22.6.07

infidencias

Nadie leerá lo que aquí escribo; nadie vendrá a ayudarme; si se hubieran impuesto la tarea de ayudarme, permanecerían cerradas todas las puertas de todas las casas, todas las ventanas estarían cerradas, todos estarían en cama cubriéndose la cabeza con la manta, toda la tierra se tornaría en un albergue nocturno. Esto tiene un sentido, pues nadie sabría de mí y si supiera algo, no sabría mi paradero, y si supiera mi paradero, no sabría cómo detenerme, y si supiera cómo detenerme, no sabría cómo ayudarme. El pensamiento de querer ayudarme es una enfermedad que debe curarse en la cama.


draft sobre El cazador Gracchus
Kafka
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portrait of Kafka; de Cuevas

10.6.07

reversibilidad del tiempo: literatura:



la inscripción de la pérdida


Suena el despertador a la hora en que lo puse la madrugada de hace dos noches para despertarnos ayer, (después de casi no dormir: la urgencia de los cuerpos) porque ella tenía que ir a la facultad, porque yo tenía que recuperar el tiempo concedido a la hipnótica fugacidad de los márgenes de su rendida belleza (expulsado de su subjetividad – sólo se acerca a mí bajo su apariencia objetiva – no puedo más que darme a la pasión de las formas, la pasión del contorno: el goce geológico de la feminidad seducida).

Son las 8.48; y es triste cómo las marcas de los goces de ayer, desvanecidos en la sucesión del tiempo (evanescencia doblemente desconsolada por la memoria: el remedio que hiere), se inscriben en la letanía de hoy (otra vez solo, atravesando las mismas horas, sentado en el mismo sofá, arrojado a la misma cama que ayer , con cada cosa enrarecida o usurpada por los fantasmas de las prácticas de ayer – extrañeza de quedarse en la escena del crimen -; todo esto sin pena, sin añoranza: sólo la memoria; decir pensar que ayer, a esta hora, etc, y denunciar con ese mecanismo al tiempo como un concierto de distancias y contactos), sin reversibilidad salvo en la forma de tristeza o de ironía (siempre un desdoblamiento u otro, uno después de otro, uno enfrente del otro, uno tan estéril como el otro, eventualmente dilatándose en la erosión fósil del pasaje al texto: estetización – manipulación – prostitución; una última, melancólica y vanidosa reverencia - a lo que fue, y pasó).

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Eras morocha esa noche, y servías a los propósitos más salvajes del azar del universo.
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7.6.07

cable desde el backsound (prefiguración de relevancia)



Son las 4.47 am. No encuentro las palabras para terminar un relato (sé que se llamará El otro; sé de su trama y adivino su cadencia, pero no doy con palabras etéreas que sugieran lo que no quiero decir). Cansado de pensar, me distraigo tomando libros de la biblioteca ubicada junto al escritorio. Estoy sentado en una silla con ruedas. Me deplazo, tomo un libro, leo un fragmento, lo dejo y tomo otro. Lánguidamente, reitero la ceremonia. De fondo, la tv está prendida: backsound. Pasé por Lorca, Unamuno, Camus, Pasolini, Dostoievski, Salinger, Deleuze, Gogol, y llego a Ionesco. Su diario. Paso las hojas, leo un fragmento (hay una anotación sobre el margen, dice “el yo”); el fragmento dice así:


“Releo unas páginas de mi diario íntimo. Escribir diarios íntimos es, según parece, sucumbir a una tentación individualista condenable. En realidad, el es un . Es decir, estoy determinado a ser lo que soy, a pensar como pienso, por condiciones objetivas. Estas condiciones objetivas son vividas por todo un grupo social (...)”.


Interrumpo la lectura, pronuncio, en silencio, la palabra “conciencia”. Esto lo hago muy lentamente. Lo hago para evocar esa añeja teoría que dice que un escritor no es más que la expresión de una conciencia (que claro, no es poco). Sin quererlo, soy atraído por las luces de la tv (víctima de la contemporaneidad, qué más que rendirse al hechizo lumínico del espectáculo del desmoronamiento...). Una actriz levanta la vista del libro que está leyendo, y mira a cámara, guarda silencio (¿un segundo?) y dice "conciencia".


( “...conciencia...” )


Quedo helado. La reconozco, al rato. Es Alphaville, de Godard. Siento que ha sucedido algo. Y como no sé bien qué, escribo esto.
Y cuando termino de escribir esto, me voy a ver el final de Alphaville.
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4.6.07

los 2 textos anteriores: la aversión por la catarsis, el énfasis de la ficción y que por favor dejen de adjudicarme las travesías de ese que dice yo

desmontaje
(para tranquilizar a familiares y amigos)

Miento. Siempre miento. Miento mintiendo. Miento al decir que miento. Es cierto que tengo balcón, pero no saldría con este frío. Y de salir, seguramente no me quedaría viendo un auto al pasar, y sería difícil que un gato doblase la esquina justo en ese momento. Tampoco padezco insomnio: no tengo problemas para dormir, salvo una suerte de desfasaje: el sueño me viene al amanecer; despierto a mediodía. Si apoyo la cabeza en la almohada, quedo dormido. No eran las dos de la mañana, no llamó ningún amigo (de hecho, no llamó nadie), ni creo tener un amigo que tenga un amigo que conociese a alguna de las mujeres perdí. Además, he tenido la precaución de no vincular mujeres con canciones, por lo que puedo abandonarme a mi melomanía sin emboscadas sentimentales. Café suelo tomar de mañana, y no por las noches: ¿cuál es el sentido de que un narrador que se declara insomne tome una taza de café? Y esa mujer, no sé quién será. En todo caso, no la conozco. Ni guardo nostalgias de ese orden. Estaba conociendo a una pelirroja pintora preciosa por aquellos días, y la noche en que brotó el texto casi todo estaba impregnado por la fragancia que la fascinación de su cuerpo níveo y sinuoso había manado una madrugada cercana, con la misma suavidad que nacen los relámpagos. No miré las nubes en el cielo, ni hubiese buscado en ellas figuras y si las hubiese buscado, no hubiese podido hallarlas, y de hallarlas seguramente no se parecerían a las siluetas siniestras que forman las ropas que dejo dispersas en la habitación cuando las miro desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño; sobre todo porque la ropa no es distinguible desde la perspectiva que ofrece mi cama, y aun su fuese distinguible, hay muy poca luz para ver algo (me gusta dormir en la impenetrable tiniebla); y si fuese posible ver algo, no lo vería, porque no tengo insomnio y me duermo en seguida. Y sobre la gente que pasa por las mañanas... mi barrio es muy calmo, es una calle sin tránsito, no pasan colectivos y rara vez cruza un auto, no hay negocios cerca y la gente que pasa lo hace con lerda frecuencia. Tampoco recordé ninguna frase leída en el día, y cuando prendí la tele no había un film de Woody Allen. Ojalá hubiese habido: tal vez así no hubiese escrito el texto. Pero no importaba tanto, porque no prendí la tele (y esa específica película de woody no la vi a los diecisiete). Mucho menos me hice esas preguntas que no son más que una forma estilizada de una milenaria inquietud existencial (que me ocurre de cuando en cuando, en el momento menos previsto y no necesariamente en el oportuno escenario hiperreflexivo del insomnio). No soy yo, por otra parte, quien paga la cuenta del teléfono, y tampoco compro la comida ni el papel del baño.
Y la tristeza, bueno, la tristeza es cierta.

*

Lo único cierto es que tenía ganas de escribir un texto en ese preciso tiempo verbal, me atraía que empezase con “tener 25 años”, y lo más importante es que ansiaba terminarlo con la repetición de la palabra “tristeza”. Había algo en decir “y la tristeza, la tristeza” que me fascinaba. Degusté un centenar de veces el sonido de la frase y si derramé el gesto de un ritual de una tristeza ficticia bajo la encarnación de prosa, fue para poder decir, al final, “y la tristeza, la tristeza”. Desde luego no hay repetición: su sonido es similar (n idéntico porque viene manchado con el anterior, y su cadencia no es la misma) pero su iterabilidad es imposible. Que esa palabra “tristeza” fuese tan distinta, significase tanto otra cosa que la cercanísima palabra “tristeza” era un excitante.
* *

Y todo esto es tan falso como lo primero (lo anterior, lo siguiente, lo callado). ¿Cuál es la practicidad de demostrar que he mentido exhibiendo ahora la verdad? Sólo puedo probar que miento mintiendo, mintiendo más, mintiendo todavía, no dejando de mentir nunca. Llevando hasta el exceso y la monstruosidad las fronteras de la ficción. ¿Qué la profanación publicitaria de mi biografía dé cuenta de cómo falsifico cada detalle concedido al papel? No. Para nada. Será la desmesura de la impostura la que confirme que mi palabra (las que dejo en la hoja) no tienen nada que ver con la disposición diurna de las cosas.

Soy un escritor.

28.5.07

La torre de Viterbo, Xanadu o algo



( pardon me while I have a strange interlude )
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La improductividad de mi vida social. Salgo a cenar con algún amigo, con alguna muchacha. No hago más que repetir las historias que ya me sé (con un amigo, antiquísimo, de la primera infancia, incluso nos contamos una y otra vez las mismas anécdotas, nos reímos como la primera vez).

*

Y todo para qué. Con qué propósito. Acaba de irse una pelirroja de mi casa. Son las 7am; tuve que pagarle un remis. Llovía y cuando cerró la puerta del auto, el auto arrancó y se fue, me quedé en la vereda, bajo el marco de mi puerta, viendo la lluvia caer. Y pensé. Me detuve y pensé en la evanescencia de las cosas. Como todo pasa y nada nada queda. Como cumplo serenamente las rutinas que inscribí sobre mí. La lluvia me ayuda a pensar en estas cosas (la lluvia no le hace bien al capitalismo). Me veo tantas veces perdiendo el tiempo, pasando por las horas como quien pasa por las superficies más periféricas de la savia de la existencia. Estar vivo y sentir la vida son cosas que distan tanto. Abro el cofre donde guardé las horas vividas, lo saco de la maleta donde cargo el pasado, le descorro el polvo y bajo la tapa no hay nada. ¿Y qué podría haber? Probablemente, historias apócrifas. Incluso la risa genuina, la vivencias compartidas, los episodios memorables no son experiencia más que por haber aplicado sobre ellos manías literarias que, traicionándolos, no hicieron más que volvernos un relato, un cuento que se cuenta, un artefacto estético, un dispositivo para distraer el tedio. ¿Y el sexo? Abro una mujer, la recorro, la doblo, saco de ella sonidos de fiera extasiada, gemidos, gritos, murmullos de tigre en la siesta, silencios de algas mecidas en un río quieto; gozo yo mismo en esa travesía y al rato, cuando resurjo en el tiempo lineal y la vigilia de las cosas, me aburro, quiero hacer otra cosa, irme. El puro presente que es el arrebato sexual denuncia la muerte, la fugacidad latente. Me gusta, pero vuelvo a mí con las manos vacías. Sé de la soledad. Sé que es irredimible. Me canso de reiterar los rituales de la ilusión de la comunicación. ¿A qué seguir haciendo muecas en el desierto?

*

Al final, mis únicas horas productivas son mis horas solitarias. Aun cuando no tengo nada para mostrar, cuando recorro las calles solo, y tomo un café en algún bar que encuentro en el momento en que me canso de andar, cuando abro un libro o me extravío en la contemplación del río, una plaza, un cardumen de automóviles, el ajetreo de la avenida, un hombre que lee un diario, un ave detenida, un gato, el preciso tono de la luz ese atardecer, etc, ahí siento no solo que estoy vivo – eso se siente fácil, puesto que es – sino que siento, después, cuando llego a mi casa, cuando entro en la sábanas de la noche, siento que he vivido, que estuve en ese día, que lo agoté, que fui yo, de alguna manera que tiene un no sé qué de verdad, y absoluta blancura.

*

Debería dejar todo, colgar en el perchero del sótano de mi vida cada espejismo que incitaba a cruzar la puerta de la casa, abdicar de las peripecias del movimiento, de los otros. Hablar para mí, escaparme a la montaña, o a un barrio donde nadie me conozca. Y escribir cuando sienta ganas de escribir, y tocar el piano cuando lo necesite, y escuchar música cuando quiera, y ver millones de películas para mí mismo.

*

Claro que también

turning in my climb

i looked down on the lake

traced upon the water,

there, i saw

your face

and sang in recollection

of the times we shared.

(...)


__ / * * * / __

26.5.07

Tedium Vitae



Nocturama, adrift


Tener 25 años, tener el invierno del lado de afuera de la ropa y del lado de adentro, abrir la puerta del balcón, quedarse viendo los leves matices de la luz de la madrugada en el asfalto vacío donde nada pasa, salvo a veces una reseca hoja otoñal, arrastrada por el bajo aliento nocturno, o un gato, que cruza la calle y dobla la esquina, contarse a uno mismo, frente al espejo de la espesa tiniebla de las dos de la mañana, la manera en que se perdieron las cosas perdidas, enumerar, junto al susurro de las hojas que mueve el viento gélido, las cosas que no se dijeron a tiempo, ver como ahí ya empiezan las tres de la mañana, que suene el teléfono y un amigo nos cuente que otro amigo encontró en un bar del centro a una mujer que quisimos y extraviamos hace tres años entre las diversas rutinas de los días, colgar y tararear una canción lejana para no pensar tanto en todo lo que se desmorona y recordar que esa canción tenía algo que ver con esa mujer, y pensar que esa mujer es hoy una desconocida, y pensar los silencios que habitamos juntos mientras el tiempo era un juguete inútil tirado en el suelo, al lado de la ropa y la vigilia, preparar un café, volver al balcón, buscar en el lenguaje la enunciación de sensaciones que no sentimos, ver las nubes en el cielo y descubrir las mismas figuras siniestras que forman las ropas que se dejan dispersas en la habitación cuando se miran desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño, saber que no llueve, y que mañana tampoco lloverá, y que si lloviese sería lo mismo pero al menos habría algo qué mirar, un genuino espectáculo evanescente, y pensar que decir esto es como ansiar el llanto para que sus aguas distraigan del tedio de la vida vista con los ojos del invierno de la tres de la mañana de un balcón que da al vacío sustancial de una calle pétrea, pasa un auto y verlo pasar, hundir los ojos en el silencio que deja cuando desaparece en la distancia, decirse pasa, como todo, y oracularmente presentir la gente que mañana caminará esta calle como peones lúdicos en el ajedrez trivial de las infinitas veredas de enfrente del universo ritual, ver, en la desdibujada lejanía la autopista y saber que pasan autos aunque no los vea como se sabe que la vida ocurre del otro lado del desasosiego estéril que retiene el cuerpo entre sus sabidas prácticas cotidianas, siempre más acá del deseo, distraerse con el recuerdo de una frase que se leyó en el día, prender las luces de la casa porque hubo un ruido (de pasos, de madera seca), darse cuenta de que era la tv, que quedó encendida, ver la marea azulada que adormece las paredes, es una película de Woody Allen (Manhattan), sonreír cuando a Woody Allen otra vez lo deja Diane Keaton a pesar de saber la película de memoria y recuperar de algún lugar poco visitado del pasado esa misma sonrisa que se tiene a los diecisiete años, mientras se ve la película por primera vez, apagar la tv porque es tarde, porque mañana, preguntarse ¿en qué momento fue que me volví real?, preguntarse ¿dónde comenzó el agujero por donde huyó el tiempo grácil de una amena templanza que solo tuve en la memoria y una vez en el ansia?, y responder irónicamente alguna cosa agraciada pero falsa y presentir el dolor de tener que ser irónico siempre, entrar en la habitación, entrar en la cama, ver todavía en la oscuridad la figura en el techo de las manchas de humedad, sentir la fatalidad que tiene saber que seguramente habrá de amanecer, y que hay que pagar la cuenta de teléfono, y pasar por el mercado para comprar galletas y milanesas y papel para el baño, y la tristeza, la tristeza.
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la fotografía, de Debret Viana,

19.5.07

Apología del fragmento



Dice Michael Haneke:
“La fragmentación es la única forma de abordar un tema con sinceridad”.

Nuestra propia humanidad nos niega las totalidades: somos finitos, estamos condenados a un solo sitio del presente, y estamos forzados a interrumpir la vigilia con períodos de inconsciencia que llamamos descanso o sueño. El fragmento es el único discurso al que podemos creerle: acomete una historia desde su evanescencia, detiene, unos instantes, algunos rasgos de la resbalosa verdad. Todo lo demás, es ficción (mejor o peor contada).
*

(Una cosa más sobre Haneke.
Cabe comentar, al margen, que a Debret Viana todavía le enfurecen ciertas tristes confusiones de la estructura cultural (el canon, la doxa, etc). Siente que es menos horrible que un artista no sea percibido, y habite su tiempo aislado en las periferias, que un otario que garabatea un mamarracho sea divinizado por las academias y audencias. Teniendo en cuenta los 71 fragmentos de una cronología del azar, de Haneke, Elephant, de Van Sant, no puede empezar a ser considera más que un trivial ejercicio de una mentalidad pasiva.)

17.5.07

para remediar la vanidad de pretender que somos responsables de tanta melancolía (y explicar por qué la tristeza es un estado sereno)

La vida en sí misma no es desesperada, sólo ligeramente melancólica. Algo difuso en la luz del día, impalpable como el lenguaje, da a las cosas un aire de melancolía que viene de mucho más lejos que nuestro inconsciente o nuestra historia personal.

Jean Baudrillard

15.5.07

perseverancia de lo inconcluso, y otros naufragios

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A veces un cuento se enreda, se desvía, no agota sus direcciones y cansa demasiadas palabras; el lenguaje comienza a hablar solo (con sus musgos cacofónicos sustituye a la voz diferencial del yo), subyuga a quien lo despertó y pervierte la idea que en su instancia platónica excitaba epifánicamente, justo como una imagen que se refleja en un podrido charco estancado se desdobla, y al acercar una bella lejanía, la arruina;
a veces un cuento se extravía, y captura en su desmesura errática a quien profanó la materia con la que se mantiene el silencio, lo suspende de su vida, lo pierde.
Un cuento puede ser algo muy vengativo.
A mitad de camino puede sublevarse, y su tránsito, que imaginabamos sereno, se torna un laberinto brusco lleno de pasajes falsos, sendas circulares y naufragios.
Un cuento es algo que fácilmente se vuelve arisco: seduce al principio desde su divina previsión abstracta, y luego histéricamente cierra las puertas que entornaba.
Justo como en el cuento anterior.
Hay que hacer el esfuerzo de arrancar el cuento de uno mismo como se arranca un riñón y arrojarlo lejos para que no moleste más, expulsarlo de sí y acompañarlo hasta el olvido, en medio del ajetreo de la otredad. Los mejores lugares para perder un cuento inacabado/inacabable son los cajones oscuros y poco transitados del escritorio, las hogueras, o un blog.
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la historieta: de Liniers

11.5.07

talismán; paraguas para cualquier día que se pierde

encuentro estos versos:
If I could just once catch your eye
invisible against the words
that hold you down in solitude
and never let you go
the way that every time
my eyes just close
like lids of wooden men in file
I put you under rainy day
your hat´s all off
and I´m gone away.
extraño y sutil goce en "lids of wooden men in file"; saborear el verso, sentir su particular viento pasar por mis labios como pasa la yema de un dedo por la piel tibia del agua de un río lejano mientras en los relojes del mundo atardece; repetir su fraseo en el silencio de las bibliotecas de mi habitación hasta que pierda todo sentido y quede solamente la frágil melodía rebotando las memorias abstractas del tiempo desvaído; morder mi lengua para extraer el jugo de esa música, en vano; preguntarme dónde se esconde: ¿por qué la belleza ha de ser tan fugitiva, por qué no reposa en ninguna parte, por qué solo dura el instante en que arde?; asistir a su desfallecimiento con un suspiro y una sonrisa triste, prever que la felicidad es siempre un estado anterior; contarme a mí mismo lo que sentí en ese verso como forma anticipada de cansarme de la incomuncabilidad de las cosas esenciales;
enmudecen los movimientos del mundo detrás de la ventana, todo se hace siesta, es cuestión de acurrucarse junto a ese verso - mansa serie de sonidos que resucitan un no se qué de religión que extravié de tanto estar despierto, limpísima manada de liebres que huyen en la lejanía, y abren una frontera de blancura - para soñar las sensaciones que no tengo sin el esfuerzo de pervertirlas en imagenes reconocibles, ese fascista vocabulario de la otredad: no, apenas roce de suavísima lluvia, como si de una bocanada profunda bebiera la distancia entre las cosas.

3.5.07

Tom Waits





Hace unos días estuve ahí (no diré nada del éxtasis y los ojos húmedos: la experiencia es incomunicable y el lenguaje una torpeza, un manotazo de ahogado). Tras la primer nota del piano, todo cede, furtivo, hacia el territorio níveo donde las palabras se evaden, y caen, secas, sin significado: hermosa y vanamente.




(una pena que hayan colocado dos adoquines profesionales para entrevistarlo)(fui el último en dejar el teatro; me quedé mirando las butacas vacías, el escenario obsoleto; en el hall de entrada la gente ocupaba espacio y hacía ruido - ¿qué otra cosa hace la gente? -; tomé el subte todavía con una extraña sonrisa en la cara, esa felicidad melancólica que es mi única manera de presentir la fragancia de la alegría; tomé un café en un bar del Abasto para sentarme junto a la ventana y sublimar la evanescencia que tienen todas las cosas urbanas, y por la noche fui al cine, una película oriental. todavía resonaba en el temblor de mi pulso la presencia de Tom Waits mientras esperaba el colectivo, entrada la madrugada, cansado y lejos de casa.)

1.5.07

márgenes de la escritura


Rousseau escribe, en los últimos meses de su vida las Reflexiones de un paseante solitario. El texto tiene una extraña lucidez que no dista del patetismo. En un momento, dice que la escritura es la “duplicación de la existencia”.

Supongo que una época iluminista podía permitirse esa ciega fe en un acto que aparentaba trabajar el razonamiento hasta volverlo palabra. Recuerdo a Blanchot, que se preguntaba: ¿es seguro que la literatura no trabaje para el mal? No sabemos responder. Graham Greene, por otra parte, se pregunta: ¿cómo es posible que alguien viva sin escribir? Yo me pregunto: ¿cómo es posible que alguien viva, si escribe? ¿Es pensable la escritura sino como una disfunción, una manera de no entender el circuito de la vida, de no darse al flujo ritual de las cosas inertes? No sé y no sé. Básteme decirle a Rousseau: No, no es la duplicación de la existencia, es la malversación de la existencia.
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Ah, la escritura... esa manera de discutir con los muertos, con los lejanos; y de ajustar cuentas con la realidad sin pagar el precio de ser real.

29.4.07

un ejercico narrativo (mal draft)



Muelles


( 3 polaroids )


1
Chicago, 1967

Tembló su mano en el picaporte. Con el peso de su cuerpo, agotado y tambaleante, abrió la puerta. En el bar sonaba Coltrane, de fondo y ásperamente. El aire embotado no apestaba más que su aliento. Dio algunos pasos. Al séptimo chocó contra la barra, y se sentó, un poco a tientas. Pidió una cerveza. La bebió de un sorbo, pero lentamente. La garganta le ardía: la penumbra coagulada. Miró la sala: hombres que conversaban ruidosamente, hombres que bebían, hombres que como él miraban la pared, inertes, y tres mujeres en el fondo, riendo desafinadas. ¿Se reirían de él? Ni siquiera lo habían visto, pero sentía que, a esta altura, todo se reía de él. Nadie le respondió a la pregunta que él no supo hacer. Pidió otra cerveza. A la sexta le dijeron que ya estaba bien. Casi no insistió. Miraba la barra, ausente. Tiene la barba de días, y el pelo desprolijo. La camisa fuera del pantalón, los ojos rojos. Los 42 años le pesan como nunca. Una uña morada, los cordones de un zapato desatado. Piensa: ¿con qué fuerza voy a arrastrar mi cadáver hasta el próximo bar? Cuando se acerca el hombre de 50 años que estaba sentado al otro lado de la barra, nota que tampoco tiene buen olor. Llama al cantinero por su nombre, le dice:
- Otra copa acá para el amigo -.
Y dirigiéndose a él, dice:
-Si acepta este gesto, caballero, tendrá que aceptar el próximo: un café.
- Está bien. – dice él, sin mirarlo.
- Muy bien entonces. Deje que me pida un café para mí, y ya estoy listo para escuchar su historia.
El lo mira, sonríe levemente y da un trago a la cerveza. Se dice para sí: es nadie, este hombre es nadie: como yo. Y empieza a hablar. Las palabras salen solas: es como desempacar. Sabe que el lenguaje sirve de poco (ya lo ha usado tantas veces, ha escrito cartas, ha dicho te amo, todo todo en vano), pero siente que tal vez usándolo se canse, y mañana, dormir sea algo posible. El otro prende un cigarrillo.


II
San Petesburgo; 1908

Habían sido nueve los días de nieve. Hoy, en cambio, el sol templaba la tarde. Se podía caminar las calles con placer. Ella se entregó al día. Caminó la plaza, encontró un banco que daba a la tibieza de los principios del otoño, y se sentó. Las cosas brillaban esa tarde; es la nieve, pensó, todas las cosas excitadas por la levísima duplicación en el espejo frágil que es cada copo de nieve. Tenía un libro en la cartera, se lo había robado a su hermano. Su hermano tenía tantos, no se iba a dar cuenta; además, él casi no leía literatura. Su mirada queda prendida del reflejo del sol sobre la nieve, la sinuosa evaporación de los copos, la lentísima agua que corría por las hojas de los árboles. Se pierde pronto en el libro, uno de Chéjov. Se cumplían, hacía poco, diez años de su muerte, estaba bien recuperarlo. ¡Qué triste había sido aquél entierro! El frío, la lluvia. Hasta Tolstoi se veía desconsolado. Le hubiese gustado conocer un poco más a Chéjov. Lo vio tres veces, cuando ya estaba postrado, y por sobre el hombro de su hermano, el doctor Schwohrer. Chéjov tenía un hilo de voz y estaba tan optimista, creía que se estaba curando pero su hermano le había dicho a ella que era no pasaría la semana. Era tan triste. El libro la distrae de los detalles de su memoria y cada tanto, resucita alguno que, después de una pequeña pirueta en el aire de la nostalgia, se desvanece. Un sonido metálico la interrumpe, en mitad del relato. Ve, en el suelo, junto a su zapato, un anillo plateado que rebota, gira, y se queda quieto. Un muchacho se le acerca, le pide disculpas. Levanta el anillo, lo mira, dice:
- No quise molestarla. Espero que no la haya golpeado.
- Tendría que tener más cuidado. – dice ella – Parece caro.
- No lo quiero, de todos modos. Puede quedárselo. Me recuerda a alguien.
El joven parecía no haber dormido en toda la noche, los ojos hinchados, de haber llorado tal vez. Ella dijo:
- Pasará. Todo pasa.
- Puede ser. - dijo él. Paso su mano abierta por la frente, suspiró.
- Se lo ve cansado. - dice ella.
- Fue una noche larga.
- Vaya, descanse.
- No puedo regresar al lugar de donde me fui.
La mujer lo mira, maternalmente. El muchacho se pone un poco nervioso, mira hacia la plaza, sigue el camino con la mirada, finge distraerse mirando el paso de un perro que persigue a otro perro. Finalmente, dice:
- Al menos no ahora
- El anillo, guardalo – dijo la mujer. - En el bolsillo interior, ahí. Para que no se pierda. Las cosas no se terminan. O por lo menos los finales no son nuestros para dar. Sos muy joven todavía.
El muchacho mira el anillo, tiene cara de tristeza. La mujer dice:
- Probablemente lo único que ella necesita es tiempo.
El joven la mira, se muerde el labio inferior; parece pensar. Murmura, entre dientes:
- Le dije tantas cosas, fui malo.
- Ayer nevaba. Nevó toda la semana, parecía eterno. Y hoy salió el sol, y los copos de nieve se derriten – le dice ella y hace un gesto, leve. Dos veces, con la palma de la mano, se golpea sobre la falda, suavemente. El muchacho entiende la invitación. Torpemente, con vacilaciones, se sienta sobre el banco de la plaza, y empieza a reclinarse hasta que su cabeza queda sobre la falda de ella. La mujer abre el libro, lee en voz alta el relato de Chéjov. A la tercera página se da cuenta de que el muchacho ha quedado dormido. Sigue leyendo para sí el resto del cuento, hasta que atardece.


III
Vigo, 2004

- Es la última, ¿dónde la dejo?
- Ahí, por favor – y señala un baúl marrón, desvencijado. – Ahí arriba, en cualquier lado. Da lo mismo. -
Cuando cierra la puerta, todavía oye los pasos de los empleados de mudanza por el pasillo. Frente a sus cosas desparramadas por el departamento siente por primera vez el vértigo de estar solo en una ciudad desconocida de un país extranjero. Se toma una taza de café (no sabe igual que en Buenos Aires) y empieza a desempacar. Encuentra algunas camisas, un cinturón, los cables de la pc, la pasta de dientes, un muñequito articulado de Pantro, de cuando era niño; ni señal del control remoto. Cuando da con la caja donde están los libros, entiende que lo primero que tiene que hacer es organizarlos en los estantes. Antes, cuando era joven, escribía. Había pensado, incluso, en ser escritor. Lo único que quedaba de todo eso eran los libros, el placer por la lectura. Tomó un libro al azar (era uno de Pasolini), pasó el dedo por las hojas, sin detenerse en ninguna. Ese amor táctil.
Iba poniendo los libros en los estantes, y la ropa en cajones, y el cepillo de dientes en el baño: había empacado rápido y mal y las cosas se le aparecían de repente, desordendas y caóticamente. En medio de todo el desorden, sintió la embestida. Era una idea. Una perfecta trama para un cuento: la soñó de golpe, entera, como una visión, una profecía. Quedó paralizado, parado en la habitación, con una caja en la mano: el éxtasis bestial de la musa. Qué molesto, pensó al principio. Viene en cualquier momento, despóticamente; no le interesa que esté haciendo otra cosa. Y después se preguntó: ¿cuánto hace que no escribo un cuento? ¿diez, quince años? Tal vez más. No tenía sentido dejar pasar el brote: dejó la caja en el suelo, tomo una hoja y dejó que la idea se adueñase de él, ¿a qué contrariar la dictadura del deseo?
La primer línea salió veloz, la segunda costó un poco más. Trabajosamente, logró cerrar el párrafo. Lo leyó para sí. Sonrió: le parecía legible. El segundo párrafo fue arduo, el tercero, lentísimo: escribía una palabra, la tachaba, volvía a escribirla, dudaba; daba una vuelta por la habitación, miraba por la ventana, el tránsito de la avenida, palomas en la cornisa del edificio de enfrente, y volvía a arremeter contra la hoja. Le parecía, a medida que avanzaba, que el texto se desviaba, que no decía lo que él pensó en un principio. El cuarto párrafo no lo comprendió: le hacía aguas, era sinuoso, ambiguo. Incluso obsoleto, Para el sexto párrafo se había aburrido.
Cerró la lapicera, la apoyó sobre el escritorio. No, no es para mí, se dijo. Hizo un pequeño bollo con la hoja y la arrojó a la oscuridad del cajón de la cómoda. Habría que planchar la camisa, pensó: quería darle una buena impresión al jefe de redacción, mañana, en el periódico. Pero en lugar de hacer eso abrió un libro, uno de Kawabata, y se extravió entre sus palabras. Fue un sueño
lejano, como una dulce y lenta siesta.




fin
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la foto, uno de los libros de Próspero en Prospero´s books, de Greenaway

24.4.07

¿acaso el tiempo hace que lo que pasó no pasase?


En un cuento de Bukowski, la siguiente situación: una pareja (añeja, 20 años juntos más o menos, casi rancia) conversa una noche antes de apagar la luz. Ella recupera un tema que fastidia a su marido, que sólo quiere dormir: un affaire que él cometió. El, harto, le dice: ¡Pero de eso ya pasaron cinco años!; la mujer le responde: ¿acaso el tiempo hace que lo que pasó no pasase?
El cuento sigue su camino, y toma otras direcciones (el homicidio, etc) que no son los de mi interés, que quedó fijado, petrificado en esa pregunta. Si arremeto contra esta hoja, si relaté lo que pasó hasta ahora es porque siento que debo responderla.
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Hago un esfuerzo y me olvido de mí para que, una vez siendo nada, pueda ponerme en mi lugar y sentir lo que hubiese pensado si no fuese otro, y lo que respondo suena, más o menos, así: NO;
el tiempo no hace que lo que pasó no pasase: al contrario, hace que lo que pasó una vez pase mil veces, psicóticamente rebotando en el teatro de la memoria: algo que pasó una vez es algo que pasa siempre, que nunca deja de pasar (sobre todo si nos lastima). Algo que pasó es algo de lo que somos; queda inscripto en algún resquicio de la vertiente por la que corremos, y, subrepticiamente, todo está diciendo, de una manera o de otra, eso que pasó, cada vez, todo el tiempo. Algo que pasó no necesita el esfuerzo de una resurrección: nunca se desvanece (es, y su ausencia es una presencia permanente que la delata y la nombra); en todo caso lo que pone en escena es el simulacro de su desaparición; lo hace para resurgir con violencia, masacrarnos desprevenidamente: es un truco mezquino.
Algo que pasó ingresa en la eternidad más despiadada: no termina, no sabemos lo que puede, ignoramos con qué otras piezas de la realidad puede hacer máquina, desconocemos qué bestias puede alimentar. Deberíamos saber, al menos, una cosa: volverá. Algo que pasó es siempre una fatalidad, algo que pasó es toda nuestra biografía.
:::

Somos un sótano monstruoso: todo lo que arrinconamos en la oscuridad crece fétidamente, se educa en el destierro y aprende, lenta, laboriosamente, a vengarse. No somos más que maletas de nosotros mismos, con un muerto en el baúl.

21.4.07

una maladie sentimental



En el umbral, irse. Apresar entre las manos vacías ese único anhelo. Hundirme en el vientre del futuro sin los pies embarrados de pasado, de mí. Perder estas horas desencantadas como una vestimenta gastada que sin pena se deja atrás. Parirme otra vez.




*


Caminar por Buenos Aires es para mí un fangoso recorrido por la memoria. Un laberinto especular, lento desmoronamiento. Voy por las calles y se me encarnan los espectros, se me prenden, me conversan. Las mujeres que coinciden un tiempo con mi vida son solamente un juego de identificaciones en una gran mascarada farsesca y descompasada: esa tiene la nariz de Carolina; esta los ojos almendrados de Ludmila; la otra el carácter insoportable de J.; la de más allá los pechos de A. (i remember quiet evenings trembling close to you); la de más acá la manera de morderse los labios de L.; ésta susurra sus gemidos como aquella morocha de enero; cuando le hablo de Carver ésta otra pone la misma cara de falso interés que ponía G. cuando aceptaba ver conmigo una película de Fassbinder; si vamos a un parque, esta señorita de más aquí se empieza a rascar mosquitos imaginarios del mismo modo que T. garabateaba fraseos sobre el piano de su abuela; y así etc, etc,




etc: todo es otra cosa


Hoy, un rostro en la tv (uno que vi mil veces, de una mujer intrascendente) hizo un gesto preciso que me remontó (como un trampolín, como un fusilamiento) a la imagen de J. No su rostro, ni siquiera sus maneras. Apenas ese preciso gesto – una suerte de extasiado suspiro erótico, una exhalación lenta del bruto goce – que nunca ví en nadie, salvo a esa muchacha psicótica que extravié entre los meses. Ese detalle forjó la resurrección de la memoria de J. con todas sus pulsiones y demandas, con la respectiva tristeza por haberla excluido de manera tan tajante de mi vida, y así, por supuesto, reaparecieron noches que caminamos juntos, un recital de Pedro Aznar al aire libre, un bosque nocturno donde nos descubrimos. Me arruinó la noche.


sísifo


En mis rutinas sentimentales acabo siendo una suerte de melancólico Víktor Frankenstein que imprime sobre la futilidad de su actualidad las imágenes desfasadas de tiempos ajados. En cara me echarán mis vicios nostálgicos: enhebro con carne muerta souvenires en los que dispersar mi atención y dejo intacta la vital cercanía que cruzó por mí: atesoro la reminiscencia como un fetiche, y me deslindo del cuerpo que propulsó la maquinaria recordatoria. No es nada nuevo: fui privado del presente; ya sin hermandad con las cosas que pasan, me proyecto en el triste celuloide de naufragios. A esta altura, ni a naufragar tengo derecho, sino apenas a habitar a medias las imágenes de antiguos naufragios. Soy un animal hastiado, preso en la nausea del carrusel de su memoria. Si hay un sentencia en el mundo, son estas maletas que tengo que cargar, una y otra vez, cuesta arriba.


¿el rostro de quien?


No me pidan nombres, no puedo darlos. Hay quien se ofende si la menciono y quien se siente herida si la omito. Hay quien, por ser nombrada, engendra para sí una película delirante y se me vuelve intratable para este lado de las cosas.


( )


Además, esto no es real, es peor. Es más real que lo real: es obsceno. No tiene las templanzas, las irregularidades, el non-sense de lo real. Arrebata con la intensidad de lo absoluto. No es mi vocación confesarlo todo: de hacerlo, lo haría de manera inextricable, mezclaría los símbolos en una oscura babel imposible, hundiría mi verdad en una armónica marejada de orfebrería, un cóctel de sonidos estridentes hilvanados por el canto de sirenas remotas. Pero no lo hago: al contrario, uso las maneras de la literatura para ocultarme. Estas palabras no me revelan: solo se exhiben a sí mismas: son el espejo de mi intención estética, no mío. La literatura es una máscara perversa: oculta más de lo que revela, porque lo que revela excita las ambigüedades de lo callado, multiplicando los espectros en un voluptuoso vértigo irreversible.


geole


Escucho Brahms de fondo, prendo un sahumerio, corrijo estos párrafos. Y noto otra vez que se ha escapado lo que quería decir, la excusa del texto. Se ha desviado en el retorcimiento vano del lenguaje. Buenos Aires, con su belleza y su pagana magia (esa manera de recorrer sus calles como atravesando mi propio cuerpo), se me ha vuelto inhabitable. El mismo peso de mí mismo fatigó los espacios por los que extendí imprudentemente mi vida: todo llega a mí gastado, hastiado, vano. Ante el riesgo de ser mi rutina: partir. ¿Qué diferencia hay en mirar con el ojo de la memoria y una hermética celda? Tomo una flor del verano, vigorosa, llena de color, viva y en el instante se me marchita entre los dedos porque la memoria de las flores que se han marchitado corroe mi mirada: no se puede vivir así.




¿una maladie sentimental?


Sí. O más bien, una peste. Donde sea que pose mi atención veo montarse un teatro inquisitivo donde deambulan, incoherentes y advenedizos, encarnaciones nostálgicas de diversos ayeres, no necesariamente benignos, pero que postulan la ilusión molestísima de que todo lo pasado ha sido maravilloso, no como mi actualidad, que languidece sin remedio en la periferia de la vida. Esto es falso, pero el momento en que estoy vivo, el puro presente, la inmediatez del aquí y del ahora es siempre demasiado flaco como para defenderse de las imágenes: su bombardeo, su locuacidad, su montaje, su impunidad.


for instance


Ahí ibamos a almorzar con mi tío, los domingos calmos (ahora hay un farmacity); ahí, en esa casa, tocábamos timbre con C. y en seguida salíamos corriendo: un viejo nos amenazaba en la distancia, era tan gracioso (hoy el viejo se murió, de C. supe muy poco – se juntó con una mujer que quedó embarazada, trabaja en una oficina de seguros – y ni mis piernas ni mis pulmones resistirían ese tipo de travesías); ahí había un cine: todos los jueves íbamos mi padre y yo (ahora hay una iglesia evangélica y hará una década que con mi padre no vemos una película juntos);


saudade
/
the way the blue could pull me in



Todo está ennegrecido. Cometí el error de llevar a mis lugares favoritos de Buenos Aires a demasiadas mujeres. Ahora, cada vez que voy, solo, como me gusta ir, para descansar y leer en paz, si me distraigo, me acuerdo de ellas (de alguna, de todas: da lo mismo), me acuerdo de cada naufragio particular, de cada distanciamiento, de cada deslinde. Y los momentos de sublime belleza que pasamos juntos tienen un resabio amargo, y duelen más que la tristeza triste.


Orfeo


Ok: el castigo de mirar hacia atrás es terrible, es total. Pero, ¿es que acaso puedo tener tanta fe en el futuro, puedo bastarme con el presente?¿es que debo ofrecer la espalda para facilitarle el blanco a los puñales que se afilan en la sombra de lo muerto, que urden la traición de las cosas desveladas? La paradoja es tan apocalíptica como cierta: si miro hacia atrás pierdo todo lo que tengo, y me destruyo; si no miro para atrás, solo tengo la ilusión de tener algo porque lo que tengo, lo que es mío o nunca fue mío o se desvanece si lo quiero recoger. Mi propia identidad es lo que está en juego: soy algo que pierdo o soy nada.


mellon collie and the infinite sadness


Ya ni siquiera la melancolía respeta los márgenes del insomnio, de los sopores propios de la inactividad, de las reverberaciones nocturnas, de la contemplación de paisajes diluídos en la velocidad de la ventana del tren, del hastío de todo despierto a una mañana de lluvia o de tv, de la insignificancia del cuerpo del otro después de eyacular. No: hastiada de repetirse en esos espacios (que domina, que son ya suyos) se desborda: usurpa momentos inoportunos, a plena luz del día, con la impunidad de un estornudo metafísico.


efluvios


Me dirán: en todas partes será lo mismo, puesto que el apestado eres tu. Ok. Así sea. Pessoa dice: Ah, que viajen los que no existen: yo respondo: ¿tiene alguien más derecho al exilio que yo? Aquí, las cosas, los lugares están apestados de mí. La densa melancolía que urdí a base de desencuentros e ironías es un efluvio turbio que emana de las cosas solas: la cercanía, la convivencia nos ha hermanado; no somos semejantes: somos – intercambiablemente - uno la parodia del otro. En el vértigo de los lugares desconocidos la extrañeza será un elixir redentor. O tendré que seguir escribiendo con la tristeza inmarcesible de la acedia.


my kingdom for a blank page


Condillac empieza su libro así: “Por más alto que subamos y por más bajo que lleguemos nunca salimos de nuestras sensaciones”. Sé que no habré de sanar la monotonía de mí mismo (que los paisajes son apenas una modalidad del ánimo ya lo sé). No me importa cargar con mi agonía: no busco el viaje (la distancia, la lejanía) para desprenderme de mí. Simplemente necesito nueva escenografía para inscribir allí mis desatinos nuevos. A esta altura, he tallado y tallado mil veces sobre la misma pared, y el dibujo que queda no responde ya a la verdadera pérdida (la verdadera cosa que pasó, que se fue) sino que no es más que una monstruosa caricatura que acecha, sombría y distorsionada. Hágase la prueba: dibújese cada mujer que haya significado algo para usted, oh lector, una sobre otra: ¿puede resultar otra cosa que un monstruo? Las memorias se han arrebatado: enloquecidas saltaron a lo diurno, doparon mis reflejos, y cansan mi vista con su estampida grosera de resurrecciones. Nada tengo que ver con la luz desde que las sombras de tantos ayeres filtran el día, que llega a mí como un anémico residuo imaginario. Empalidezco (no solo de quedarme escribiendo, no solo de ver tantas películas). El hastío es el néctar de la muerte que no mata.




bestialidad de las metáforas / smoke


A este punto, el humo del sahumerio cubre la habitación (se apropia de los espacios entre las cosas, y, de alguna manera, me metaforiza): la espesa niebla por todos lados, se me pega a los párpados, no puedo ver el teclado. Y, sin embargo, estas palabras las escribo igual, de memoria: mis dedos saben donde caer. Pasan a través de mí; no necesitan de mí. No quiero que así sea mi vida. He de partir. Los pasos que dé serán mi batalla íntima por no volverme un personaje de mis cuentos.
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la foto: La esperanza, de debret viana.

17.4.07

morior (un sueño viejo)


*

De lo que había sido antes no quedaba nada. Apenas el reflejo de un cansancio, algunas manchas del tiempo en la ropa. Las suelas hinchadas. Supe, en seguida, que estaba, como siempre, en cualquier punto entre el principio y el final. Ignorar los pasos que me distanciaban de cualquier lugar volvía igualmente inútiles las direcciones posibles. Revisé los bolsillos: encontré que las cosas que traía conmigo no me alcanzaban para sobrevivir el camino (no importaba cuál tomase). Me senté donde estaba. Como había una fragancia a denso azul y a llanto coagulado, entendí que era el lado de adentro de las cosas.



Me quedé labrando un alma: tenía pocas cosas - retazos del que fui, palabras viejas que tendría que combinar de manera distinta, ojos hartos que tenían mucho que desaprender -, pero tal vez algún día llegue a enfrentar los nuevos abismos. O pueda, simplemente, seguir caminando por el borde, como si no los viese.


Era el lado de adentro de las cosas. Recuerdo la línea: la primera luz, la tiniebla visible. La recuerdo ahora: allí las cosas solamente sucedían; y sucedían todas como dentro de un grave acorde piano. La vida me quedaba - todavía - en una orilla lejana. Por las rendijas de la ventana ya me rayarían los ojos los ruidos diurnos. Me diría a mí mismo, cuando relatase el sueño al espejo del baño: otra vez soñé con lo que callo, con metáforas afiladas que no sabré dónde - en qué rincón de la realidad - acomodar sin que me pinchen, me reclamen, y me fuercen a pensarlas sin descanso. Pero por ahora, me sobraba oscuridad para empezar a mirarme un poco.


///

¿Por qué? Preguntarme: ¿por qué recordar ahora esta pesadilla añeja? Y por una vez la respuesta es simple: haber visto hace unos días a la protagonista ausente de ¨Néctar de las cosas furtivas", haber escapado de ella, haber soñado esta noche con su presencia, haber cruzado con ese fantasma umbrales epifánicos que en la vigilia desencuentro, haber ajustado las cuentas que no sé tratar en el lado real de las cosas con ese lento espectro; volver a estas páginas resulta natural: es mi manera de morir despacio

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la fotografía, Debret Viana (Anatomía de los pasos solo)

15.4.07

escribir


Karl Krauss dice: ¿Por qué algunos escriben?
Porque son demasiado débiles como para no escribir.

...



(¿Por qué, entonces, escribe Karl Krauss?
Escribe para decir esto. )

Y, ¿por qué escribe Debret Viana?
¿Por qué?

....

14.4.07

estética




acedia


Yo diría algo.
No me costaría nada: lo hice tantas veces. Pero en realidad me parece que es esencial (del ensencial sartriano) agotar todo lo comunicable por el silencio y la inmovilidad.

6.4.07

Intervalo, excusa


No se trata de pereza. Me demoro, esta vez, fuera de Infimos Urbanos, con alguna justificación. Inmerso en el Festival Internacional de Cine Independiente (viendo un promedio de 5 películas por día, comiendo mal, durmiendo nada), estoy enredado en las páginas de lo que iba a ser un diario de viaje (el cine como viaje, extrapolación) y se volvió una celosa nouvelle que demanda la poca vigilia que resta entre película y película: una obrita leve que succiona la cansada sangre espesa de un cuerpo que solo funciona como antena de literaturas. Acaso sea alguna vez un blog: se trata de una obra que solo se puede escribir mal y rápido: esa concidencia con la estructura del blog reclama su pasaje a la virtualidad. Por ahora, apenas transgredir la ausencia para rectificarla con estas tibias palabras que la marcan y la anuncian (decir que ya sé que hay mucha correspondencia atrasada, y algunos cometarios sin respuesta: no se los libra a la deriva: todo será resuelto un poco más tarde, y, ya que estamos en la inflamable obsesión de la cinefilia, recordar a Godard, que decía:



"
El cine no forma parte de la industria de las comunicaciones ni de la industria del espectáculo, sino de la industria del cosmético, la industria de las máscaras. En el fondo, no es más que una pequeña sucursal de la mentira.
"


Esto, en las Histoire(s) du cinemá;





(aquí un fragmento, con una jovencísima Delpy que siniestramente se parece tanto a la protagonista ausente del relato Néctar de las cosas furtivas)

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y después del play, uno de los motivos por los que amamos el cine, una de las puertas primeras que abrí en la infancia, y, de repente, aprendí a llorar, extasiado de belleza y piedad...





*****

2.4.07

ficción


sombreros





1
Ahí, estábamos los dos ahí. En la puerta de casa. Junto a la vereda las maletas de ella (dos: una gris, otra azul). Nadie en la calle. Madrugada. Ahí, agitado de correr las escaleras, ahí, en medias, le dije: -¿Por qué? No entiendo. ¿Por qué te vas?¿por qué ahora, tan tarde? -. Le dije: -¿No podemos conversarlo? Subí – le dije – te preparo un té. Subí y hablamos -.


2
Nada. Ella no dijo nada. Bajó la cabeza. Un perro doblaba la esquina. No ví la luna en el cielo, camuflada detrás de las nubes. Grises. Pensé en el gris, en lo que el color gris significaba. La oí tararear una melodía añeja. No supe cuál era. Le dije: -¿Qué hacés? -. Le dije: -¿Por qué tarareás? - Hubo un silencio. Después, le pregunté: - ¿Qué canción es esa? -. Ella dejó de tararear. Levemente, sonrió. Creo que era una sonrisa. Tenía puesto un sombrero rojo. Y como miraba para abajo (y encima era la noche de la noche, las luces amarillentas de la calle apenas si susurraban algo) no pude ver bien sus rasgos. Le dije: -¿Qué es ese sombrero? – Le dije: -¿Desde cuando usás sombrero vos?-.


3
De repente, un auto a toda velocidad. Emerge de la niebla de la noche, frena de golpe. Justo en la puerta de la casa. Cruje el asfalto. Las hojas de los árboles, quietas. En un departamento de enfrente, del tercer piso, resplandece la intermitente luz azul del televisor. Dos hombres bajan del auto. - ¡Qué raro – me dije – que los dos hombres lleven sombrero! -. Se acercaron a las valijas, cada uno tomó una. Será la tiniebla, será la inmediatez de las cosas ocurriendo, pero no puedo distinguir uno de otro. Si hubiese bebido, asumiría que se trata de un solo hombre. Los reconozco así: el de la valija azul, el de la valija gris. Si en algún momento a uno se le ocurriese cambiar la valija con el otro, en ese instante, se volvería el otro. De pronto: una imagen se cierra ante mí. Los veo a los tres con sombrero. Me siento mal, me paso la mano por el pelo: lamento no llevar también yo un sombrero.


4
Los hombres cargaron las valijas en el baúl del auto. Les dije: - ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen con las valijas? -. No me respondieron. La miré a ella, que no me miraba. Suavemente, le puse una mano en el hombro; ella la apartó. No con desdén; ni siquiera había desprecio. Era un gesto, como cualquier otro. Enojado, le dije: - ¿Qué está pasando acá? ¿De qué se trata toda esta escena? - Puso su dedo índice sobre mis labios. Me callé, como si se me rompiesen las palabras. Me miró. A los ojos. Hizo que no con la cabeza (había ternura en el movimiento, había gracia: como si el gesto proviniese de un ballet) y empezó a caminar, a caminar hacia el auto. Uno de los hombres había abierto la puerta trasera para que ella subiera. Le dije: - ¿Quiénes son estos hombres? ¿Por qué están acá?-. Le dije: -¡No podés dejarme así! ¡son muchos años! -. Le pregunté, con un hilo de voz: -¿A dónde vas? -. Ni siquiera se dio vuelta para mirarme. No hizo un solo gesto. Se subió al auto. El hombre, delicadamente, cerró la puerta. El agua corría por el cordón. Una persiana crujía, cerrándose. Alguien, en alguna parte, abría la canilla del baño. Vibraban las hojas otoñales, como huesos. Las sábanas de una mujer, en el cuarto piso del edificio de enfrente, mientras ella se daba vuelta en la cama, eran como viento. Pasos, tal vez, a una cuadra o a dos, regulares, secos, monótonos; y el sonido de un cigarrillo consumiéndose. Era el silencio. El silencio es así: lleno de cosas.

5
Los miré, pétreo y desarmado. En vano mis ojos rogaron por una revelación: el final pasaba y me dejaba petrificado. Con lo que me quedaba moví los labios, les pregunté: -¿Puedo ir con ustedes? -. Se miraron entre ellos; yo sentí que hacían un gran esfuerzo por contener una bruta carcajada. Me miraron, y con la cabeza hicieron que no, que no podía. Ambos se señalaron el sombrero, a modo de explicación. – Ah -, dije yo.
6
Después subieron al auto. Uno de ellos encendió el motor. - ¿A dónde van? – les pregunto; - ¿Es lejos? -. El auto comienza a andar. Dije: - ¿No quieren subir a tomar algo?-. Dí unos pasos rápidos, me acerqué a la ventanilla de ella, que se alejaba, le dije: - ¿Cuándo volvés? Llamáme – le pedí – Llamáme cuando llegues -. El auto se alejaba, yo trotaba torpemente por la calle, el empedrado hostil bajo las medias, le grité: -¿Vas a volver? – le grité: - ¿alguna vez vas a volver? -. Pero no sé si las palabras salieron bien, la niebla. Había mucha niebla y si hablaba se me metía en la boca, estaba masticando niebla. El auto ya se confundía con la noche.


7
El cielo estaba gris. Parecía que, de un momento a otro, iba a llover. Daba lo mismo. Quise ponerme las manos en los bolsillos, pero tenía puesto el piyama, y no tenía bolsillos. Mis manos resbalaron en la nada. Entré en la casa, en el pasillo me crucé con el portero. Tenía un balde de agua en la mano; iba a borrar la vereda, las huellas. En un bostezo, me dijo: - Buen día –. –Buen día, Roberto -, le respondí. Subí al ascensor, apreté el número siete y soporté como pude el lento tribunal del espejo.




fin

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el cuadro: Separación, de Munch (1896)

*

27.3.07

decadentismo estético

Benjamin dice:

"
La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden.
"

--
Y ya intuimos que esto responde también a otra época: hoy, la agonía de la civilización (una ocaso bullicioso) se transita con la indiferencia del simulacro: la indiferencia propia de las cosas que están demasiado cerca, y por tanto irreconocibles, irrecuperables, inhabilitadas para la seducción; indiferencia de la convivencia: amansamiento, acostumbramiento a las colisiones (culturales, sociales, políticas, tecnológicas, éticas, etc) gracias a la apatía por el mundo, la dosificación que presupone la ilusión del final de la historia (gracias al vértigo - de noticias, información, etc - que futiliza la vida como praxis y experiencia) y la educación que hollywood nos rindió, en su euforia por representar el fin del fin (al margen, cosa a la que no tenemos derecho: no es nuestro ni siquiera el final: nadie cierra la puerta, nada desaparece: al contrario, todo se exascerba aquí, en la agonía de una cultura que expiró, y, como una máquina rota - una máquina enloquecida - se hiperreproduce a sí misma (sus gestos, no ya su "proyecto", borrado por la mano cuyo codo escribió estos días): etc; ya lo dijimos tantas veces... (el goce está impedido, cercenado: los sentidos embotados en la inmediatez de la vida, saturado de contactarse con su superficie más banal, sin poderse deslindar del aquí y ahora donde la existencia se consume, inútilmente, en una afónica danza desfasada).


-

Pero me gusta pensar que Infimos Urbanos acata esa sentencia benjaminiana, aunque más no sea en función de una elegante decadencia retro.

24.3.07

Nota marginal sobre El Laberinto del Fauno.




El film ofrece un final particular: cada quien, con su acervo cultural, su deseo, su educación, su posición filosófica, etc comprenderá (creará) un final apropiado, pertinente: así están dispuestos los elementos en su meticulosa ambigüedad (fértil panorama, suelo donde crecerá lo que sepamos hacer nacer): cada uno concluirá la historia como pueda, adecuándola a su esencia. En mi caso, disfruto este tipo de circunstancias sorbiendo todos los finales posibles y eligiendo ninguno (es así: juego a tener un abultado manojo de llaves; sé que sólo uno abre la cerradura de la puerta de la Verdad; pero como no creo en la verdad, no tengo ningún interés en abrir esa puerta – no es para mí más que un adorno, un firulete, una emboscada de ingenuos -, y me quedo gozando con las diferentes pendientes, cuencas, valles, picos de montaña y callosidades que cada llave tiene, en su divina y obsoleta unicidad); sin embargo, mi vocación nihilista, mi inmanente pesimismo (para nada negativista, pero infinitamente acusado de apocalíptico... en fin) no me permite comprar el final bello, el pasaje al mundo mejor, la recompensa por las buenas decisiones y el coraje demostrado (ojalá cada heroico muerto inocente alcanzase su premio, su realización en una trama donde la muerte fuese una conclusión, y no una gratuita interrupción). Me gustaría creer en la dicha como algo realizable. No es el caso, no es mi vida.
*

El sueño literario (disney prototype) donde la niña derrama su fe, tristemente yo no puedo más que comprenderlo como una funcionalidad esquizofrénica, un desdoblamiento que suspende el drama de la realidad, y lo sustituye por las aventuras, gratuitas y encantadoras, de la ficción: alimentada desde siempre con innumerables libros de hadas, la niña dispone de las herramientas para generar un espacio ficticio (un territorio fantástico, un espacio donde lo mágico irrumpe serenamente, para ella, hermosa y simétrica doppelganger de la otra mujer, la que atraviesa la guerra, la que sufre toda la potencia de lo real) donde desenvolverse (no es, en esto, diferente de un escritor feliz, cosa que, por supuesto, es imposible: la utopía del escritor – ingresar en su obra, habitar su cosmogonía – jamás se realiza puesto que la obra succiona la sangre del escritor – se escribe con ella – pero permanentemente lo excluye, lo expulsa: el escritor nunca tiene la suficiente fe como para vivir en lo que escribe: es por eso que lo escribe, porque no cree del todo, no se entrega completamente: escribe no más que una utopía triste, un deseo irónico: es como un marinero que ansía recorrer los secretos de los océanos pero mantiene siempre la punta de un pie en la orrila) y así fugarse de lo real – su hostilidad (la guerra, la muerte), su marginalidad (la niña, que es nadie en la realidad – apenas una víctima periférica – es una princesa en su ficción) -.
*

Es natural que el pasaje a la ficción (es decir: al territorio más real que Lo real) le cueste el cuerpo: no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, canjea su vida en la realidad por la vida en la ficción; ergo, muere. Y con su último hálito inventa la historia del pasaje de un mundo al otro (es una forma de transitar el momento traumático de la muerte: transformar su gratuidad en algo que tenga sentido: es, por supuesto, un grito desesperado que solo el loco, el niño o el moribundo pueden dar (esta niña es casi los tres): si la muerte tiene sentido, la vida, y con ella el universo, tiene sentido), y emplea toda la potencia de su imaginario, que, en estos días parcos, sembrados en un suelo donde nada crece, se ha vuelto estéril (incapaz de hallar un espacio donde producir) se torna, asimismo, el primogénito artilugio del escapismo, el esencial engranaje en el mecanismo de la evasión.
*

Así, la niña de El Laberinto del Fauno da a la felicidad su verdadero lugar: la fábula de un moribundo, la ensoñación que distiende de la agonía.
///


(Nos morimos. Y nos reímos con aparatosa violencia de tantas cosas que no tienen gracia para que el bullicio nos distraiga de que nos morimos. Nosotros, que no estamos locos, que no somos niños, no tenemos derecho a entrar en la ficción que parimos: apenas si nos queda aprender el gesto, repetir su forma, habitar las muecas de una sustancia que se secó.)

21.3.07

fact





Estos bichitos, minúsculos y estáticos, de apariencia inofensiva, intrascendentes que se suelen radicar en las paredes de los baños – se fijan en un azulejo y allí quedan, lo que dura su breve vida, en un estado de probable meditación* – exhalan, con su leve respiración, un sutil e imperceptible hedor que se impregna en los recovecos más septentrionales del ánimo humano. De su particular modo de reaccionar, en su encuentro químico, con las feromonas surge una sustancia, tan inodora como fatal, que es la responsable de que el portador de tal axioma bacteriológico llegue a las paradas de colectivo en el mismo momento en que el colectivo se ha ido.
Es un hecho.

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* Una meditación que podemos inferir poco fecunda, o al menos de una producción material efímera, prácticamente irrelevante.




(para futuro el libro: desconfíe del prójimo)