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17.4.13

root


  

Se despierta, está temblando. No puede decir si el temblor se inicia con el despertar, tan abrupto, o si viene de antes, arrastrado del sueño hasta la vigilia. Sentado en la cama, tiembla. El frío disuelve todas las disociaciones, y lo vuelve una sola cosa en un solo lugar. Un cuerpo sufriente.

Asume – como es sensato pensar – que dejó la ventana abierta. Que el viento del lago ha visitado su cuerpo dormido, y lo ha congelado. Se levanta, muy despacio, para no despertar a Camila. Que duerme, como si no estuviese viva. Va hacia la ventana, en plena oscuridad, y pisa un zapato y se dobla un poco el pie, y tiene que agarrarse de la pared y un poco de la mesa de luz para no caer del todo. No hay voz, sin embargo. Le alcanza con formar en los labios las letras de alguna grosería expiatoria. Luego, cuando llega a la ventana, la ventana está cerrada.

Mira el lago, la negrura del agua en su monótona danza.

No es un viaje sin riesgos, la contemplación de la negrura. El infinito es vertiginoso y es interior. Y es en la negrura, mucho mejor que en la distancia, donde puede abrir más ferozmente su boca.

Las ciudades, y casi cada cosa que compone la civilización, nos protege de la negrura plena. A lo sumo un charco de negrura imperfecta desde la tv apagada, o cuando despierta a la noche para ir al baño y se aventura a las opacidades de las sombras sin llevar consigo el celular con el que iluminar el pasillo. Pero nada de eso es la negrura. Se trata apenas de simulacros perezosos. Souvenirs tranquilos de una bestia insondable y deportada, que tributariamente es recordada a través de teatros inermes.
La negrura es primitiva.
Y es terrible.

Ya es tarde para dormir, piensa. Busca una silla, y enciende el Kindle. Usa la opción de brillo para iluminar la pantalla, y no tener que prender la luz. Lee un ensayo de Richard Dawkins sobre la inexistencia de Dios. Siempre supo la inexistencia de Dios, y sin embargo siente compensado ese sentimiento triste en el goce de ver el flagelo de quienes sí creen por la superioridad de los argumentos de los que no creen. Creer es una genuflexión de la sabiduría. Estamos aquí ahora, y mañana tal vez no. Eso es todo. El resto es literatura. Se sirve un vaso de agua. Siente la falta de un cigarrillo entre sus manos.

Mientras lee, no puede evitar pensar en la negrura, en el lago. De un modo lateral, no del todo conciente, pero cada vez más presente y más acuciante. El lago, el cielo. Ambos, hermanados por la noche, fundidos en una sola negrura. Ambos conformando una “cosa”: algo que no es ni lo uno ni lo otro, ni una sumatoria ni una combinatoria. Pero algo vivo. Latente, y reptante. El silencio de la eternidad mora allí, pensó. Ese tipo de silencio que no existe: el verdadero silencio. No el silencio de algo que calla, no es silencio de los ruidos lejanos, no el silencio del crujir de la madera de los muebles, o del crepitar del ascensor trasnochado, o de un gato a dos cuadras, o un auto que cruza. Sino la nada. O más bien, la idea de la nada. Otra vez ese sistema de pensamiento: la nada no existe pero existe porque alguien cree que existe, y todo en lo que se cree existe, no porque exista, sino porque la creencia depositada en un objeto lo vuelve, de algún modo – como concepto, o en las palabras, o en la sensación, o etc etc – existente. Y eso que existía en la vasta negrura de la ventana era la nada, y la nada era un llamamiento.  Y la voz de la nada es la voz de las sirenas, y por eso es impostergable. Y el llamamiento de la nada convoca a la inexistencia, y por eso es oscuro oírlo: solo podemos oir lo que entendemos, porque, de alguna manera, ya vive en nosotros. Escuchar la invitación a desexistir es que ya la inexistencia crece en nosotros, ya sentimos su espeso coqueteo, ya no hemos sabido decir que no a la seducción del fin.

Cuando vuelve los ojos a la lectura, encuentra el wallpaper del Kindle. Entendió que se había extraviado en sus divagaciones. Pero lo entendió brevemente porque sintió la negrura posar su pezuña en el marco de la ventana. Y amó un poco el horror de sentir el advenimiento de la experiencia de lo nuevo. Y un leve gemir lo interrumpió. El cuerpo dormido de Camila se reacomodaba en el sueño, de un modo tan sutil que parecía casi no haberse movido. Un poco de costado, un poco de espaldas, los brazos extendidos. Se acercó, y le pareció otra vez perfecta y lejana. Nunca voy a conocerla realmente, pensó. Nunca nos vamos a encontrar de un modo absoluto. Corrió las sábanas y descubrió su cuerpo. Las tetas apretadas,  un poco una contra la otra. La garganta ofrecida, con su sutilísima huella del pulso. La boca apenas abierta. Los pezones perfectos. Algo había allí todavía sagrado. Algo que no podía encontrar si ella estuviese despierta. Allí, siendo su cuerpo su propia ausencia al mismo tiempo presente, era algo tan vivo que lo aturdía: lo hacía querer vivir, y querer matar, lo empujaba. Le sacó unas fotos con el celular, pero el flash arruinaba todo. La belleza no resiste el flash. El flash es demasiado real; como el porno.

Ahora lee un ensayo de Philip Dick. Sobre el alma primitiva de los objetos. La máquina como pre-humano. Otra vez se sienta cerca de la ventana. Dejó los pechos de Camila descubiertos. La leve brisa erecta los pezones, que se endurecen y apuntan a la ventana. Interrumpe al principio la lectura, para ver sus pechos levemente distinguibles en la oscuridad de la habitación. Y lo que en principio le pareció una leve humillación hacia ella, estar exhibida inerme, creció hacia otra cosa, y le parece ahora que el humillado es él, como un pagano ante su deidad, sintiendo manar de sí toda su insignificancia.


En algún punto, Camila cambió de posición, y sus pechos dejaron de ser visibles, y pudo volver al kindle sin la acusación de eso ahí, eso yaciente y santo que manaba de su mujer, que parecía coincidir con la silueta de su mujer pero que no era su mujer. O en todo caso, era un momento, un ángulo, una distracción de su  mujer.

Dick es un loco querible. El tipo de loco romántico que cree en su locura, que cae sacrificialmente en ella. Le parece peculiar el prurito réprobo que existe en la literatura “seria” para con la ciencia ficción. El también lo padece. No acaba de tomarlo del todo en serio. Como si la ciencia ficción estuviese más cerca de ser un juego, más cerca de ser un entretenimiento, más cerca de alcanzar apenas un valor perenne. Y sin embargo, es la ciencia ficción la que se ha hecho las cinco o seis preguntas más relevantes del siglo xx.

Ahora Dick dice que la realidad es una ilusión. La realidad está cubierta por un velo. Dokos. Pero ese Dokos es benigno, y nos protege. Es la forma que tiene nuestro cerebro de volver tolerable lo intolerable. Pero despertaremos, eventualmente.  Y podremos decir que el caos está cayendo sobre las cosas, o que la realidad está ocurriendo sobre las ilusiones. Y que esa realidad casi sin dudas será horrible y fatal, y no sobreviviremos a ella. Pero, acaso ese acceso a la verdad tenga algún valor sublime.
El no lo cree así. El prefiere las ficciones. Las mentiras. Cualquier cosa que impida el arribo de la realidad.
Lo distrae, debajo de la puerta, una línea de luz.

Son las cuatro de la mañana. En el piso del hotel, solo hay dos habitaciones. La otra, está vacía. Y sin embargo, la luz del pasillo se apaga y se prende. Se apaga, y se prende.

Quiere leer, pero cada movimiento de la luz lo distrae. Y acaba por estar suspenso de cada modificación, atento a los pasos que habrán de cortar – de un momento a otro- la línea de luz debajo de la puerta. Pero eso no pasa. Como tantas cosas que pensó que pasarían, y no pasaron. Continúa la intermitencia. Se apaga, se prende. Cuando está aburrido de contemplar la oscuridad, cuando casi ya va a irse a dormir, se prende la luz.

Es un hombre práctico. Aborda pronto a una explicación, y se aferra a ella. La luz del pasillo del hotel detecta el movimiento. Cuando algo se mueve, la luz se prende. Al rato, se apaga. Es un hotel. Por tanto, hay fantasmas. Por algún motivo, es mucho más sencillo creer en fantasmas que en Dios. El sensor de la luz  ha de ser muy sensible, y percibe las pendulaciones del espectro. Es obvio, se dice, si abro la puerta veré allí parado a un niño muerto, esperándome.

Le extraña no oír el lago.
La ventana que da al lago está a 5 metros de la orilla. Por la tarde, el ruido del lago llenaba todo. Camila dijo que temía no poder dormir con todo ese ruido, toda esa agua.

Ahora la luz está apagada.
Va al baño y vomita. Poco. Una bilis lívida. Cuando sale, la línea de luz está prendida.

Lo que pasa es algo más simple. Hoy cenaron en el boliche de Alberto. En el de pastas. Estaban muy ricas. En la mesa de al lado estaba sentada una pareja mayor. La mujer pidió ñoquis. Y cuando vinieron, le parecieron muy pocos. Y se lo dijo al marido. Se lo dijo durante toda la cena. Y se lo dijo a tres camareras. Y quiso hablar con Alberto, para decírselo también pero Alberto en ese momento no estaba. Y cuando se lo dijo a todos, se lo dijo algunas veces más a su marido. Y él vió todo eso, y vio la cara del marido, su silencio resentido, su hartazgo sereno. Y pensó esto es un cuento. Si yo fuese un escritor todavía, esto es un cuento.

2.4.11

un cuento en Mexico



Me había olvidado. Me pasa seguido. O me enredo con la pereza, o me olvido. El caso es que. La amabilísima y culta gente de La Palanca, han publicado en su revista el cuento "EX", que por un capricho que hoy no me explico dejé fuera de "MENOS". Si algún lector mexicano la quiere, allí está el link. salú.



16.9.10

ummmbrella

Se sabe que

si en alguna parte comienza a llover a las 6 de la tarde, y a esa hora un belga estornuda y un pelado que camina por una avenida saluda a alguien que le dijo hola y se queda pensando "¿y este quién era?", y dentro del radio de la media hora un pibe obse (no puede tener más de 23 años) le manda por feisbuc otro video musical a una rubia que le gusta y que no le da bola, y Tom Waits bosteza, y a alguien que espera determinado colectivo y el colectivo al pasar no le para - y esto pasa dos veces seguidas - tararea sin querer una melodía muy similar a karma police, y otra persona, un seudo teen de 35 años con zapatillas de 600 pesos y remerita manga corta en V, se entristece frente a una publicidad de cervezas porque percibe que su vida no se parece al jolgorio de los comerciales, y una chica goza y sufre leyendo “Sandman” porque cree que el hombre que desea se parece a Oneiros, y un perro le ladra tres veces a un pibe en bicicleta de delivery de empanadas, y alguien repentinamente en un bar cierra el libro que leía y piensa "sí, es así, posta que es así", y un viejo senil hundido en un sillón de geriátrico sueña o recuerda el beso de una mujer bajo la sombra de un árbol del verano sin percibir que no le paso a él sino que es una película que vio en la infancia en el cine que estaba al lado de la pizzería de sus padres, donde sus padres canjeaban café y medialunas para los acomodadores por películas, y alguien recibe un mail que prefiere no contestar ahora, sino más tarde, con tiempo, y un florero viejísimo en un living de una departamento del barrio de Lagoa, en Río de Janeiro, solo y de repente, se astilla, y nadie presta atención a una canción de Daniel Johnston que cayó en el aleatorio de un iPod porque justo sonó el teléfono, y un señor se tropieza cruzando la calle y dice para sí "Macri de mierda", y un niño carga y descarga la .22 del padre que encontró en un cajón, y en un bar de Ciudad Vieja, en Montevideo, dos amigos de hace tiempo toman ella un café y él una gaseosa, y en un instante piensan al mismo tiempo “¿y si le digo? ¿qué puede pasar si le digo? ¿sería tan malo que le diga? ¿le digo?” y ninguno dice nada, u otra cosa, y alguien en una facultad de algo levanta la vista de los garabatos que está haciendo en el margen del cuaderno y al percibir que no tiene idea de lo que está diciendo el profesor decide “no, esta carrera no es para mí”, y otro en la biblioteca de su casa pone juntos un libro de Bukowski, un libro de Kerouac, un libro Carver, y una pava hirviendo suena más de tres minutos porque quien quería un té está aferrado a una ventana de chat de la que aguarda una respuesta que siente crucial, y un hombre hace tiempo frente a una cerveza porque no quiere volver a su casa, y Andrés Calamaro compone 15 canciones sobre su reciente experiencia de cortarse el pelo, y un auto atropella a un perro viejo y rengo, y alguien, abstraído en sus auriculares, escuchando “underneath the stars” de The Cure, no ve pasar a su lado a su amigo de la infancia, el “capuchón” Gutierrez, con quien se sentó casi todo el primario, y un muchacho con pretensiones literarias le muestra un haiku que escribió a un amigo y el amigo le responde “pero esto no tiene 17 sílabas”, y el delicadísimo pólen de una flor en una maceta de un balcón de un séptimo piso es arrastrado por el viento hasta incrustarse en el ojo desprevenido de un transeúnte que lleva medias verdes, y por 4 segundos nadie piensa en comprar nada, y una mujer en alguna parte mira el mar del invierno y sueña abstracta y felizmente con el rumor de las lejanías, y en su habitación una chica de 14 años le muestra una teta a un italiano cuarentón que se hace pasar por pendejo vía webcam, y alguien termina de hacer en el baño de un Mc Donalds lo que tenía que hacer y descubre que no hay papel, y alguien cierra su laptop y descubre una ventana o el amor, y el besugo da, repentinamente, su salto evolutivo, y se organiza una huelga de checoslovacos, y dos personas que se aman se llaman al mismo tiempo cada uno al celular del otro y les da ocupado y sienten celos, y un homeless, semi dormido en un banco de plaza, mueve los dedos en el aire y recuerda cuando estudiaba artes y pintaba, y una muchacha de 16 años toma 28 lexotanils, y siete pelados de diferentes nacionalidades estornudan al unísono y alguien lee, o recuerda, u olvida este texto...

Si todo eso ocurre, si cada pieza cae en su sitio – todas son indispensables en el conjunto, y obsoletas y nimias en sí mismas - sucederá el día en que los paraguas empiecen a comer humanos.
Así, de repente, quien se protegiere de la lluvia bajo un paraguas verá cerrarse sobre su cabeza el mismo, y será engullido fatalmente después de ser masticado por los dientes metálicos del paraguas.



Es improbable, claro. Pero la calma objetal de la paciencia de los paraguas radica en que cosas mucho menos probables han ocurrido.

2.6.10

inwards

 una lábil transparencia nihilizante

0
desvío
Despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir.
Sentarme en la cama para tratar de escribirlo e ir notando, mientras las palabras no aparecen, que lo pensable de ese sueño era muy poco y el resto (allí donde puedo hacer pie) se desmorona.

1
la ficción penitente
Es una dolencia a la que me he acostumbrado. Cada vez que quiero relatar algo que he visto o me ha pasado, me saltan a la cara abismos, grietas (gaps), vacíos entre las secuencias del evento que no puedo suplir salvo falsificando sucesos y detalles circunstanciales. Pronto, la cosa que quiero decir, en el mismo gesto de decirla, se me vuelve ficción. Si yo tratara de sostener una lealtad estricta a “lo que realmente pasó” estaría condenado al balbuceo, a la errancia, al soliloquio ininteligible. Suelo pensar que quien produce ficción no es ya alguien en posesión de un don, o de una vocación: no es algo que pueda decirse: es la constancia del fracaso permanente de reponer lo real.

2
reincidencia
Trato - con mucho esfuerzo- de registrar algo. Me entristece (y fascina) el hecho de que al despertar el sueño me parecía absolutamente comunicable, pero en el momento en que quise explicármelo (cuando me pregunté: ¿qué fue lo que pasó?) salieron a mi encuentro lagunas que no pude resolver, y mucho más de la mitad del sueño se me hizo irrecuperable. La otra mitad (o algo menos) se volvió elusiva, pantanosa, entrevista a través de nieblas y densas ramas de árboles de un bosque nocturo e irresoluble..

3
detalles verosimilizantes
Me siento en la cama. No prendo la luz. Jésica duerme y no quiero despertarla otra vez, como en el sueño. Modigliani, cuando ve que me despierto, se acerca y se viene a acostar sobre mis piernas. Permanece allí casi todo el tiempo que dura la escritura de este texto. Hasta que estornudo, y se va. Lo oigo dar un leve maullido desde el pasillo. En algún punto de la escritura, vuelve.
Entonces. Me siento en la cama. Y escribo: despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir. Escribo: otra vez un sueño dentro de otro. Sueño una cosa, y despierto falsamente a otro sueño (que ya no considero sueño sino territorio despierto). Y lo más terrible del caso es que en este segundo sueño tengo plena conciencia del sueño anterior. A ver. Algo así.

4
algo así
El primer sueño es de orden fantástico. Por desgracia, la mayor parte la he olvidado. Solo resta su sensación. Buena parte de lo que más o menos recuerdo ya no es lexicable. Tenía sentido en la sucesión de imágenes. Pero en su recuperación es incoherente. No sé cómo comienza. Sé que es la casa de mis abuelos. Desde luego, es y no es la casa de mis abuelos (es más grande, mis abuelos no están, hay otra gente, yo no soy yo, etc.) Hay niños jugando en el jardín - que es rectangular y muy alargado, con forma de boulevard, con dos largos pasillos. Ha atardecido y la puerta ya no se distingue. No sé cómo contar lo que ocurre porque no lo comprendo. Se ha recibido un texto o un enunciado que alarma a todos y sin embargo nadie entiende. Lo piensan, lo discuten pero

5
el enigma
no logran descifrarlo. Hay bastante gente, tal vez 10 personas aparte de los chicos. Tiene algo que ver con los libros.
Precisamente con el lugar donde están ubicados los números de las páginas. Hay algo que preocupa a todos de este enunciado (que no recuerdo y que no sé si supe) y si bien guardan un cierto temor terminan decidiendo que es un balbuceo que no pueden penetrar, probablemente algo escrito por un loco que no tiene ningún sentido, y lo dejan estar.

6
plot
La escena progresa, se come algo, se habla de cosas. Ningún sobresalto. Los niños, que habían sido llamados a la casa hasta que se resolviese el enigma, insisten con que los dejen salir a jugar. Salimos todos al jardín y los niños corren. Vamos a jugar a las escondidas, dice alguien. El clima es modestamente festivo. Pronto ya no se distingue ningún niño. El personaje que encarna el Yo del sueño (desde el que mayormente veo las escenas transcurrir) sonríe tontamente desde la puerta de la casa, tal vez divertido. Luego, - súbitamente – comprende. El acto de comprender es en él como si le golpeasen con un palo en la cabeza. Y su cara se desfigura de horror. Comprende mucho más que yo, que no termino de hacer visible lo que ha pasado. El comprende que era obvio, que cómo no se dieron cuenta antes, que el diablo vive en los números (no en todos: solo en ciertas figuras: ¿cuáles?) de las páginas de los libros. Yo no sé qué significa esto, pero en el sueño este personaje comprende, transfigurado por el pánico, que eso implica que el diablo se está llevando a todos los que en ese momento se detengan en un espacio oscuro. Parece que va a decir algo, pero siente que es demasiado tarde. El silencio que queda es un silencio sin niños.

7
la mismidad de lo otro
Y me despierto. A otro sueño. Quisiera ser enfático con esto porque se trata de un asunto que me ha pasado ya muchas veces y nunca ha dejado de preocuparme. En este otro sueño soy yo (y es mi cama, mi ropa tirada a un costado, casi los mismos muebles, etc). Y estoy despertando del sueño anterior. Estoy en la cama, Jésica duerme. Es una versión de mi habitación. Trato de no despertarla pero estoy inquieto. El sueño anterior me ha dejado atemorizado (como si realmente lo hubiese comprendido). Tratando de no abrir aun los ojos, avanzo tentativa y lentamente, en la reconstrucción de lo soñado. Percibo que puedo hablar sobre el sueño, pero cuando quiero nombrarlo, o necesito recurrir a cosas que ocurrieron dentro del sueño, ya no las encuentro.

8
la palabra y el devenir eco
Este Yo del segundo sueño sabe que ha soñado con un relato suyo. El ha escrito ese sueño a modo de cuento, y parece ser que ese cuento sé ha vengado regresando como pesadilla. Sin embargo, hay algunas diferencias. El sueño ha perfeccionado el relato. Algo que parecía arbitrario en el relato, en el sueño resulta armonioso y perfecto. Y este otro Debret, obsesivo, se dice a sí mismo: tengo que registrar ese sueño antes de que lo pierda; lo importante es el relato: tengo que recoger y saber usar esta información, no importa de donde haya venido.

9
escribir naufragar despertar
Y Debret se sienta sobre su cama, toma una libreta y escribe. Y parece entender lo que escribe. Toma notas, casi compulsivamente. Y a medida que avanza, empieza a tener miedo. Lo veo: se queda quieto, se muerde el labio inferior, niega con la cabeza, o simplemente mira la nada, suspira. Yo quedo un poco afuera de esto. No sé bien qué pasa pero Debret ya no puede seguir escribiendo. Deja la libreta, y abraza a Jésica. Trata de refugiarse en el calor de su cuerpo dormido. Pero el miedo se le vuelve una suerte de sufrimiento físico, y da vueltas en la cama y balbucea sin sentido. Jésica se despierta. Le pregunta qué le pasa. Y Debret quiere explicarle pero no sabe cómo. Casi iba a tratar, pero no confía en las personas como en las libretas y se calla. Las cosas se ponen difusas: el sueño trastabilla y empieza a revelar su condición de sueño, abandonando de una vez su inusual verosimilitud. Debret se levanta, busca su iPhone y cuando lo encuentra esta mojado. Todavía funciona, pero le echa la culpa a Jésica. Discuten. Modigliani se refugia debajo de la cama. Ella se ofende y sale de la habitación. Debret la sigue. Entra a una habitación muy grande, llena de camas. Más de 20 camas. Una de las paredes es de vidrio y da a una avenida. Jésica está ahí, lo está esperando con una sierra eléctrica en las manos, y Mario Barakus entra en la escena y le quiere explicar cuál es la mejor manera de untar tostadas. Pasan cosas que no recuerdo, la narración se derrapa, inconsistente, y despierto.

10
fetch
Esta vez, despierto a este lugar. Cuán verdadero será no puedo saberlo. Prefiero evitar la trillada inquietud de los soñadores soñados. Pero es el mismo lugar desde donde escribo este texto: mi vida. Al principio estoy oprimido por el horror del primer sueño. Me digo para mí que tengo que tomar notas para corregir mi relato. Pero cuando trato de pensar en el sueño noto que no tengo idea qué significa. El “todo” del sueño es una mera sensación, y las partes que me quedan a mano son poquísimas, y arcanas. Siento pena, como siempre que extravío una trama, y noto que tampoco escribí un relato ni remotamente vinculado al primer sueño. Ahí caigo en cuenta de que es el segundo sueño el verdaderamente perturbador. Donde mis cosas estaban duplicadas y vivía una versión mía. El solo hecho de que un sueño mío sueñe algo, despierte y logre hacer un relato de lo soñado (tenga conciencia y memoria de su sueño - y encima lo comprenda mejor que yo-) es algo que me espanta (me induce a sospechar un carácter fatalmente relativo en la vigilia, y con esto la gratuidad de cada cosa, la dádiva del azar que es cada segundo).

11
an ode to the dream shaper
Claro que sería ilícito que justo yo me ponga a renegar de los sueños. Debo buena parte de mis relatos a tramas que se principiaron en ese espacio onírico. Tal vez fui mezquino y abusé de ese puente, y traje demasiadas cosas de ese otro lado, y en uno de esos trayectos algo mío se cayó, y quedó allá, y su nostalgia de este lado con el tiempo se hizo sueño, y soñó, para consolarse, con todo lo que había aquí creando espejismos y duplicaciones aproximadas de todo, hasta de mí mismo. No lo sé. No sé nada. Me parecería insensato que no existiese una sanción severa para aquel que hace visible lo que ve en el territorio onírico. Se trata de algo tan poco noble como el comercio con los muertos. Temo incluso que los objetos de la casa sean cosas largamente dormidas, que en cualquier momento pueden despertar. Y recuerdo a las estatuas, y siento su petrificación como un longevo sueño donde traman la venganza. He sido arrastrado hasta la paranoia de las cosas quietas.

12
habría que haber terminado este relato antes
Jésica duerme, inmune a mi sueño. Todo lo que ese sueño movió en mí, todo lo que desesperó ha pasado sin que ella sintiese siquiera el más leve roce de las imágenes que visité. Me pregunto - detenido un instante mientras busco las pantuflas de bugs bunny que Modigliani siempre lleva debajo de la cama - si también ella será el sueño de alguien. ¿Alguien estará soñando con algo bellísimo que duerme para que yo, creyendo que vivo, me detenga a contemplar semejante acontecimiento estético en mi cama? ¿Un cuerpo que sueña, no es un cuerpo deshabitado? Divagues de un diletante insomne. Es hora de tomar café.

13
a veces divagar encalla en el principio de una forma estética (como un cuento), 
y a veces, no
Pero lo que no logro superar del todo es la nostalgia de ese cuento que el otro Debret escribió y que yo ignoraré siempre. Arriesgaría lo que tengo por volver y aunque sea lograr espiar un poco la libreta del otro. Pero tendría que matarlo primero. No sería difícil, porque lo conozco y sé sus maneras y sus vicios. El problema es dónde esconder el cuerpo. Claro que si alguien lo encontrara no sería tan grave. A lo sumo, podrían acusarme de suicidio. Quién sabe qué cadena de eventos desencadenaría eso. ¿Existe un tribunal onírico? ¿El otro Debret habrá soñado alguna vez conmigo?¿Fue simplemente un episodio de mi interioridad, o habita ese otro lado y también planea mi asesinato? Me pongo la bata, voy a la cocina, pongo la pava en el fuego y trato de imaginar las palabras del cuento. Todavía no son las cinco.


fin


15.12.09

ex



1
Resulta que tengo que ir a cenar a casa de una ex. No tengo ganas de hacerlo, traté de zafarme de mil modos, pero al final le dije que sí, y ahora no tengo más remedio que ir. Me llamó veinte veces, me rogó. Siempre tuvo una notable aptitud para erosionar la resistencia molestando incansablemente. Encima vive en un barrio incómodo. No es exactamente lejos, pero tengo que tomar dos colectivos. Eso ya me predispone mal.


2
Trato de no mantener ningún tipo de contacto con mis ex precisamente por estas cosas. ¿Qué pueden tener que decirse dos personas que han estado juntas? Después de tanta cercanía, cada uno ha visto del otro las llagas y los monstruos. Salvo mediado por la anestesia del amor (o al menos del cariño) nadie es tolerable de cerca. Si yo más o menos soporto a los demás, es porque me importan poquísimo. Eso, y que no me acuerdo nunca de casi nada. No tengo tiempo de detestar a nadie, porque me la paso haciendo esfuerzos para que no se note demasiado que prácticamente me son desconocidos. La gente se ofende con esas pavadas.


3
No sé qué me quiere decir. Me importa poco. Mi pasado no me ata demasiado. No soy una persona nostálgica. Es por una condición de mi memoria. Me olvido las cosas con facilidad. Pasa un tiempo, y por más que haya pasado 6 años al lado de alguien, su rostro se me vuelve impreciso, y no logro discernir qué cosas hacíamos juntos ni por qué fue especial para mí. Es complejo a la hora de ser interpelado, porque a la gente le gusta recordar cosas juntos. El ritual de que alguien diga “che, te acordás de tal cosa” y el otro asienta. Me contento con decir que sí y dar pie a que el otro continue. Aunque a veces me maravilla encontrarme en relatos de otros haciendo cosas que ni imaginaría. Pero me distraigo. Tomé los dos colectivos, y fui.


4
Toqué timbre, ella bajó. Tal vez estaba un poco desprolija. Maltrecha, creo que sería la palabra. ¿O directamente sucia, pordiosera? En fin, me saludó cordialmente, me invitó a pasar. Me mostró parte de la casa. Tenía un gatito blanco. Me dijo “¿te acordás que yo era de los perros? Bueno, vos me hiciste querer a los gatos”. Supongo que sonreí, pero sobre todo para no tener que decir nada. Había cocinado pollo y papas fritas. Toda comida congelada. No importa, igual me gusta. Incluso me atrae esta idea de los conservantes. De que cuando muera, mi cuerpo va a tardar mucho en descomponerse por la cantidad de conservantes que tengo. No es que me vaya a importar mucho después de muerto. Pero me parece un detalle hacia los seres queridos. Que no lo vean a uno demasiado putrefacto. Al menos yo, cuando veo a un muerto, prefiero que esté más o menos presentable. Ya morirse es un contratiempo para todos. Es algo que fuerza a reajustar la rutina. Por lo menos, mantener una apariencia no deleznable es una delicadeza gentil llegada la hora.


5
La casa era chica. Ella decía acogedora. Pero era chica. La cocina era el living. Una puerta daba al baño. Otra, presumiblemente, a la habitación. Me pareció correcto que no me la mostrase. Habíamos estado juntos tantas veces que hubiese resultado incómodo. Hizo café para acompañar el postre. Unas porciones de torta. Bizcochuelo viejo. Apenas lo probé. Hablamos de pavadas. De política, de nuestras vidas, del trabajo. Me siguió pareciendo insoportable. Se movía mucho, hablaba muy fuerte. Tenía predisposición al monólogo. Interrumpía y detestaba que la interrumpiesen. Cuando fuimos pareja, discutíamos todo el tiempo. Y cuando nos separamos, me pregunté muchas veces por qué había estado con ella. Nunca logré responderme. Pero como me aliviaba su ausencia, no me hice demasiado problema.


6
En un momento, sentí que su máscara se quebró. La voz le salía más lenta, y parecía que iba a llorar. ¡Una escena! Lo único que me faltaba. No sé qué hacer, no sé dónde ponerme cuando la gente llora. Llorar, más ante un invitado, es una descortesía. Pero ella se puso a decir “la pasé muy mal cuando nos separamos. Casi no comía, perdí mucho peso. Casi todo un año estuve anémica. Y vincularme con otra persona, después de lo nuestro, era tan difícil. No me animaba a correr otra vez el riesgo. Disculpame que te diga estas cosas, me lo tenía que sacar del pecho”. Le dije que estaba bien, que igual habían pasado años, que etc. Traté de comer un poco de torta para mantener la boca ocupada, pero era intragable.

7
“Encima cuando me enteré que estabas con otra, que vivías con ella… me dio una bronca. Hice terapia, tomé pastillas. Pero nada. Estaba obsesionada. Te quise llamar, pero para qué, ¿qué te iba a decir?”. Y caminaba por la habitación, iba y venía, movía las manos, frenéticamente. Casi parecía teatro. De repente, se detuvo, y me miró. A los ojos. Y me dijo “igual ahora estoy mucho mejor. Sï, mucho mejor. Tengo trabajo, tengo a alguien. Es muy distinto a vos, eso sí. Pero bueno, vos te acordás como nos llevábamos”. Horrible, pensé. Pero dije “y, cada uno tenía lo suyo”. “Vení” me dice, “quiero que lo conozcas; está en la habitación, duerme como bestia, todo el día, es terrible”. Y empezó a caminar hacia la habitación. Le dije “no, pará. Está durmiendo, no lo molestes. Otro día, dejá. No sabía que estaba, con todo este ruido mirá si lo incomodamos. Dejá, otro día tomamos algo”. Pero ella insistía. Yo me hubiese ido. Pero algo me decía que no se contraría a una mujer neurótica. Y mucho menos si la mujer neurótica tiene un cuchillo en la mano. Es notable como un chuchillo, un mísero metal con cierta punta afilada, modifica por completo el vínculo entre dos personas.


8
Abrió la puerta, me dijo “quiero que lo conozcas, dale, es un minuto, es importante para mí”. Yo ya me había puesto el saco, ya había pensado cuatro excusas, ya tenía el celular en la mano y ponía cara de “uh qué tarde que se me hizo”. Pero ella, esta transfigurada. Su rostro era el de alguien a punto de llorar (¡otra vez!). Y se movía tan rápido, tan sacada. Me dio más miedo que lastima. Y accedí. Di un paso hacia delante, diciendo “pero está dormido”, y ella me dijo que no importaba, que le dijera hola. Estaba la tv prendida. El cuarto se azulaba, con sombras intermitentes. Me acerqué a la pareja de mi ex. Estaba boca arriba, casi sentado en la cama. Dije “hola, que tal”. Y no respondió. Tenía los ojos abiertos. Le dije “discúlpame que te moleste, yo….” y ahí, con las publicidades de fondo, y la palidez de la piel y el olor abominable que expelía, entendí que estaba muerto. La situación fue muy incómoda. Los muertos tienen algo que no me genera afabilidad.


9
Ella me miraba desde la puerta, traté de seguir la frase, más o menos. “Yo, eh… pasaba a saludar nomás, muy linda la casa, y… bueno, ya me estaba yendo, tomamos algo un día, dale, bárbaro, chau”. Y me volví hacia la puerta y le dije “listo, ya está, me tengo que ir”. “¿Pero por qué tan rápido? ¿Ya te tenés que ir?”. “Si, ya. Es que…. Tuve una epifanía. Ya sabés como son estas cosas. Tengo que ir a escribirla. ¿Me abris?”. “Bueno, pero, qué te pareció”. Dudé sobre cómo responder a esa pregunta. “Tenías razón, no se parece a mí”. Casi digo: al menos en la parte del sístole y el diástole. Me contuve. “Porque estuvimos teniendo algunos problemas últimamente, el habló de mudarse” me dijo, un poco triste y alterada. “No, no se va a mudar nada, quedate tranquila. Son problemas de convivencia nada más”. “¿En serio? ¿Vos podrías hablar con él?”. Era palpable que la situación se volvía cada vez más compleja. “Uy justo ahora me tengo que ir, pero un día de estos lo llamo, ¿está? Dale, nos vemos y hablo con él”. Mi táctica de disuasión no tuvo efecto. Le cayeron muchas lágrimas rápidas sobre el rostro, y se llevó la mano – la que no tenía ningún cuchillo – al la frente, temblando. Entré a la habitación, y me dispuse a conversar con el muerto.


10
Mi preocupación, muy ingenua, era esta. Que el tipo se acababa de morir. Entonces, no quería estar ahí cuando ella se diera cuenta, y mucho menos quería ser quien le diera la noticia. Pero inmediatamente toda duda me fue despejada. Ella entró, y le habló al finado “Mauro, no seas irrespetuoso, y contestale. Yo le pedí que hable con vos, no seas caprichoso”. Hubo un silencio. Ella dio dos pasos al frente y le clavó tres veces el cuchillo, en el pecho y en el estómago. Me dijo “es un poco terco, pero es buen tipo”.

11
Todo se puso casi como una película de terror japonesa cuando ella dijo “no quiero interrumpirlos. Hablen tranquilos” y cerró la puerta. Oí el mecánico ruido a insecto que tienen las cerraduras cuando se gira la llave. Quise, con bastante voluntad, que todo fuese un mal sueño, para poder despertar. Pero no, no era un sueño. Era eso. Me recosté en la cama y me puse a ver televisión. Me pareció inconveniente protestar. Es decir, hasta donde sabía, mi ex tranquilamente podía haberse vuelto una psicópata homicida y lo menos que quería hacer era darle motivos para la reincidencia. Al rato me quedé dormido. ¿Qué iba a hacer? Las cosas ya eran lo que eran. Desesperarme hubiese complicado todo. El muerto olía mal, pero no peor que alguien vivo un poco sucio. Alguien vivo con resaca, o más o menos.


12
Supongo que siempre hay una competencia morbosa entre la actual pareja de una ex y uno. No pretendo esconder que me satisfacía sentirme superior al finado. Aunque más no fuese en todavía poder hacer la digestión, mover un brazo, mantener una conversación, parar un taxi, parpadear. Son cosas pequeñas, pero los detalles, a la larga, suman.


13
Cuando me desperté, había sobre la cama una bandeja con tres tazas de té, y medialunas. Ella estaba sentada en el borde, y sonreía. Me dijo que tome tranquilo, que Mauro lo tomaba frío. Yo le dije que había estado hablando con Mauro, y que era un buen momento para relajarse, cerrar los ojos, respirar hondo, y abrirse para poder comprender al otro. Ella lo hizo, y yo aproveché para golpearla con el velador y dejarla inconsciente. Luego, discretamente, me di a la fuga. Tal vez fui un poco violento, pero la situación exigía un reflejo análogo. Además, ella estaba loca. Cuando se despertara, ni se iba a acordar o iba a conjeturar cosas de loca.


fin
No sé bien qué pensé al respecto de todo esto. Esa mujer estaba loca, y vivía con un muerto. Tal vez hasta lo mató ella. O se murió ahí (entonces ella se ofende y cada tanto lo acuchilla). En una de esas el tipo era muy vago y muy callado, y casi no se notaba la diferencia. Sea como fuese, me pareció bizarro que mi ex conviviese con un muerto. No tengo nada en contra de los muertos. Comen poco, no tienen exigencias, no hay que pelear por el control remoto. Tal vez en su locura, ella era feliz. No lo parecía, claro. Parecía desequilibrada, sucia y psicótica. Pero tal vez en un rincón muy profundo era feliz. Tendría que tratarse de un rincón tremendamente profundísimo, como un sótano subterráneo o algo así. Pero era posible.¿Qué podía hacer yo? ¿Llamar a la policía? El tipo estaba muerto, y eso era irreversible. Si su cadáver mantenía contento a alguien, aunque ese alguien sea una sociópata con trastornos neurasténicos, es más útil así que enterrado en alguna tumba, ¿no? Bueno, no sé. Lo cierto es que el trámite policial que implica una denuncia es complicado y  lleva mucho tiempo. Las burocracias me desalientan.


7.12.09

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Este relato tiene dos escenas. Después, al final, hay otra cosa. Una suerte de epílogo, donde estoy solo. O más o menos, porque la soledad... en fin. Voy a escribir las dos escenas en tercera persona. Para objetivar un poco, y establecer cierta distancia, o al menos tres onzas de su ilusión. Más que recurso estilístico se debe a esto: si estoy demasiado cerca, no voy a poder contar nada, si estoy implicado, bueno, no quiero pasar otra vez por esa experiencia. Sólo necesito ver. Desde afuera.



I
El llega un poco tarde. Es viernes, y es la noche. Todo ocurre en un bar de Palermo, cerca de la plaza Cortázar. Ella todavía está en el escenario. Canta una canción. De PJ Harvey. Las luces son tenues. Azules y violetas. Hay gente que habla, y hay gente que escucha la música. Los mozos cruzan el salón, ajenos. El se corre del camino de una bandeja con legui, dr lemon, dos capuccinos y sprite. Hace pie apoyándose en la barra. Es la última canción de la noche. Quedan poco menos de 2 minutos. El no sabe que será la última vez que la verá cantar. Ella, su voz. Es grave, profunda y felina. El alterna su atención entre la sinuosa marea de la voz y el vértigo lentísimo de ese cuerpo de mujer danzando sutil. Ambas cosas, centelleantes, lo hechizann y extravían sucesivamente. Cuando termina la canción él tiene una sonrisa boba en el rostro, y aplaude dos, casi tres segundos después que el resto. Ella agradece, saluda y sale del escenario. El cree que ella lo vió, y que le guiñó el ojo. Pero hay poca luz, y no puede estar seguro. En seguida empieza a sonar de fondo un disco de Leonard Cohen. El bar es tomado por los murmullos de las voces mezcladas de la gente. El saluda a dos conocidos que toman cerveza en una mesa cerca de la pared, y sale del bar, se queda en la puerta. Mira la noche, prende un cigarrillo. Ella se abraza con amigas y justo antes de sentarse en una mesa llena de conocidos que fueron a verla, lo ve a él, afuera, y sale a buscarlo. El está de espaldas, y la oye decir: ¿Esta es manera de decir hola?
- Hola. - y le extiende la mano, pero ella, antes de que él terminase el movimiento, ya lo ha abrazado.
- ¿Qué hacés acá afuera, ermitaño?
- Es que no pude aguantar la emoción.
- Tonto.
- En serio, fue muy bello.
- Gracias. ¿De verdad te gustó? Hubo algunas desprolijidades.
- Tenés muy buena voz. Y la canción, tan melancólica. Voy a tener que prepararme un cóctel de placebos para no entristecer hasta el desmayo.
- Ay, habló el señor arco iris.
- Bueno, pero mi tristeza es una forma refinada de elegancia, che.
- Me gustó que vinieras. Gracias.
- Cómo no iba a venir. Tengo que aprovechar ahora, porque seguro que a partir de la próxima vas a cobrar una entrada carísima.
- No creo, no creo. Falta mucho para eso.
- La humilidad es una dolencia muy primitiva. Si no tenés nada que envidiarle a Bjork.
- ¿Ah no? ¿Y a la Cantilo?
- Por favor. La Cantilo te envidia a vos. Por lo menos las neuronas no suicidadas y el tabique nasal entero. Además, dejame que te diga, esa humidad es una extravagancia entre artistas.
- Ya sé, ya sé que vos sabés de eso. Pero yo no soy un artista. A mí me gusta cantar. ¿Entrás? Le hacemos un lugar a tu ego y nos tomamos algo, ¿sí? Así conversamos un poco.
- Ah, me encantaría, pero vos ahí tenés un montón de fans y yo no quiero interponermo entre los goces y beneficios de la fama.
- No seas tonto. Son amigos. Vamos a una mesa aparte si querés.
- Me encantaría, en serio. Y te prometo que lo hacemos, la semana que viene o cuando puedas. Hoy justo no tengo el tiempo. Vine corriendo, y tengo que seguir corriendo. En serio, me encantaría.
La cara de ella aun sonríe, con tristeza. Por cortesía, no insiste. Se abrazan, se dan un ceremonial beso, cerca de la boca, pero no tanto. Se sueltan, él dice alguna cosa sarcástica, y ella ríe. Se da vuelta, y empieza a caminar. Siente la mirada de ella, sobre su hombro. No se atreve a darse vuelta. Sentirá esa mirada mucho tiempo. Dobla la esquina.





II
Ahora, pasaron un par de años. Las cosas ocurren en el hall de una sala de teatro, en el barrio del Abasto, una vez finalizada una obra de Spregelburd. Hay más gente, pero los personajes son los mismos: otra vez él, otra vez ella. Es una noche de invierno. El fue con una chica que está conociendo. Se llama Verónica, es periodista. Tendrán un amor sereno, que durará 7 años. Luego, se separarán, hastiados. Verónica se casará más tarde con un empleado de comercio. Tendrá dos hijos: Vicente y Lucas, y morirá de un cáncer de cólon a los 67 años, en la cama de un hospital de Flores, una mañana de mayo. Pero esta no es la historia de Verónica, sino de él y ella. Aunque no llegue a ser totalemente una historia. Cuando Verónica se va a saludar a una amiga de la facultad, y él queda solo, siente una mano que le toca el brazo.


- ¿D.? - dice una mujer. Previsiblemente, es ella. El lector ya lo sabe. El se da vuelta, y tarda un segundo en reconocerla. Después arquea las cejas, sorprendido, y sonríe.
- ¿J.? No lo puedo creer.
- ¡Me parecía que eras vos! Te estaba mirando, pero no estaba segura.
- ¡Si estoy igual! Bueno, no respondas a eso. ¿Qué hacés por acá?
- Mi prima es actriz, hace el personaje de la asesina serial arrepentida.
- Ah, todo un personaje. Qué raro encontrarte, ¿cómo estás tanto tiempo?
- Bien, todo bien. Trabajando y esas cosas.
- ¿Seguis cantando?
- No, no, ya no. Bueno, no regularmente al menos. Soy contadora.
- ¿Contadora?
- No lo esperabas, ¿no?
- La verdad que no.
- Disimulá la cara de decepción.
- No es decepción, es sorpresa, desorientación, ¡shock!
- ¿Vos cómo andas? ¿escribís todavía?
- Sí, sí. Soy caprichoso con mis juguetes.
- Me alegra mucho escuchar que insistís con eso.
- Bueno, es que soy muy inmaduro. Ya sé que es inconveniente, pero con el tiempo se volvió un tic infatigable.
- Fiel a vos mismo. Genial.
- Deberías decirle eso a los del nobel. ¿Viniste sola?
- No, ese allá, ves al lado de la mesa, con la botella de Isenbeck en la mano. Ese es mi marido.
- ¿El pelado?
- ¡No! Al lado del pelado.
- ¿Te casaste? Esto es demasiado.¿Por qué te casaste?
- ¿Cómo por qué? La gente se casa. Son cosas que pasan. El amor, la casa, la hipoteca, las compras al mercado, la muerte. La vida, ¿viste?
- Creo que describiste mi imagen del infierno.
- Che, el infierno puede ser un lugar super cómodo, ¿eh?
- Te tomo la palabra. Y cómo va esto del matrimonio. Estás... ¿contenta?
- ¿Feliz?
- O no sé, enfurecida, estafada, indigestada, aburrida....
- Embarazada.
- No jodas.
- De verdad.
- Ya no sé qué decirte. Sos demasiado real para mí. No sé, ¿qué se dice en estos casos?
- Y, felicitaciones, te deseo lo mejor, esas pavadas.
- Bueno, felicitaciones, y eso. La verdad es que no lo puedo creer.
- ¿Qué no podés creer?
- Que te hayas casado. Y encima con un pelado.
- ¡No es pelado!, es el que está al lado del pelado.
- Es lo mismo. Va a ser pelado, y va ser gordo. Por eso no vale la pena casarse. Porque el futuro es horrible, y conviene estar atado lo menos posible a las cosas que declinan.
- Esas cosas que decís, funcionan barbaro en los libros. Pero la vida no es del todo así.
- ¿Y cómo es la vida, chica casada?
- Ni idea. Pero es distinta. Por ejemplo, si reprodujeras este diálogo en uno de tus textos, no funcionaría. Sería aburrido, irreal. Para que sea legible tendrías que afectarlo, volverlo "literario". Y aunque el futuro sea espantoso, igual no estoy del todo segura de que vaya a ser así, bueno, lo cierto es que, como en la película de Woody Allen, ¿te acordás? Annie Hall.
- Cómo no me voy a acordar. La vi 53 veces.
- Bueno, ¿te acordás el final? La mayoría de nosotros necesitamos los huevos.
- La adultez y el matrimonio hicieron de vos una filosofa hegeliana de corte arjonesco ¿Para cuando el libro de autoayuda?
- Vos reíte, con tus ironías de nihilista super darkie que el que ríe último....
- Si, ya sé, pero el que empieza a reir primero ríe más tiempo.
- D. me tengo que ir. Me hacen señas - ella le apreta el brazo, como sintiendo pena por no poder prolongar el momento.
- ¿Señas obscenas? Es un pelado incorregible.
- ¡No! Mi marido.
- Ah, si. Lo veo. Me parece que tu marido tiene envido. Andá, no te hagás problema. Entiendo los deberes maritales...
- Me encantó verte. Espero que sigas bien.
- También me encantó, estás hermosa, como siempre. Y me resuena de un modo extrañísimo cada vez que decís "mi marido".
- Suerte, D. El amor no es completamente apocalíptico. Saludos a la chica.
- Es una amiga.
- Conozco a tus amigas.
- Saludos al pelado.
- No es pelado.
- Bueno, pero ya que pasás por ahí, saludá al pelado que está al lado de tu marido.
- Espero cruzarte pronto.
- Dependemos del azar, muchacha.
- Así parece. Besos.


Ella fue con su marido, que la ayudó a ponerse un abrigo. Luego, partieron. El se quedó mirandola. Cuando llegó Verónica, le costó retomar el ritmo de la conversación. Estuvo desfasado el resto de la noche. Pensó, durante la semana, en la distancia que había crecido entre ella y él. Un matrimonio, un hijo. Cosas que parecen irreversibles. Después, se ocupó de otras cosas, y se fue olvidando. Barajó llamarla, intermitentemente entre los meses. Pero el impulso fue perdiendo fuerza, y también pasó.


III
epitafio de una historia que no comenzó

Ahora, otra vez pasaron muchos años. Más que antes, aunque, peculiarmente, más rápido. Estoy solo. Es el epílogo. Y pienso en esa historia. No sé si llega a ser una historia. Es algo en lo que pienso. Una historia que casi comienza. Una puerta. Y el teatro especulatorio de las noches insomnes. Si tal vez me hubiese quedado esa vez en el bar. ¿Qué cosa tenía que hacer que era tan importante? Ni siquiera lo recuerdo. Alguna tontería seguramente. Pude haberme hecho el tiempo, sentarme un rato, conversar con ella. No sabía que era la última vez que nos veríamos antes de la noche del teatro. Lo pasamos para la semana siguiente, alguien canceló, por trabajo, después uno de los dos viajó, otro no llamó para no insistir. Y el tiempo pasó entre los dos, alejándonos. Después, más tarde, la semana que viene. Cosas que no llegaron nunca. A veces las cosas terminan. De repente, sin más. Sólo quedan los quizá, los tal vez. Cuando alguien muere, un conocido, un familiar, siempre me quedo rastreando en mis recuerdos cuando fue la última vez que lo vi. Y si no había en él una marca, un signo, algo que estuviese diciendo adiós. Realmente quisiera verla cantar otra vez. ¿Hubo alguna señal de que esa iba a ser la última vez? Probablemente no. Pero no me sirve para ser indulgente conmigo. Porque cada vez es potencialmente la última vez. Tampoco abogo por el desenfreno de lanzarse sobre cada circunstancia aturdido por el tic tac del fin del mundo. Pero tal vez hubiesemos dado dos o tres pasos por un camino cualquiera. Y quien sabe si ese principio no continuaba hacia alguna parte. Probablemente hoy seríamos otros. O no. Qué se yo. No me hubiese costado nada quedarme un rato. O toda la noche. Pasa que las cosas que eran importantes antes hoy no valen nada. Y lo que significa mucho, o casi todo ahora para mí, antes ni siquiera lo ví pasar, antes lo tenía traspapelado en un escritorio atestado de papeles irrelevantes, oculto a la vista de todos, como la carta robada de Poe. Y ahora es tarde. No puedo volver a esa noche, y quedarme conversando con ella. No sé si hubiesen cambiado mucho las cosas. Tal vez nada de lo que fue mi vida hubiese sido. ¿Estaría ahora mirando por la ventana, pensando en esto? Al menos la hubiese abrazado otra vez. Y hoy, saber que eso no va a pasar nunca, que nunca la voy a ver bailar otra vez. Esas son cosas que me duelen. Todo eso terminó. Y ella estará con sus hijos o con su marido, o todos juntos no sé dónde. La noche del teatro, cuando la volví a ver, me sorprendió constatar la pérdida. Hasta ese momento, ella era una nebulosa abstracta que existía en una parte difusa. Verla casada y con otro, esperando un bebé, la certificó de repente como ajena. Acepté la pérdida y seguí con mis cosas. En aquel momento yo no era el que soy. Y todo fue más bien un golpe a mi ego. Ahora, es melancolía. Ahora, es pensar que todo pudo haber sido diferente. Y que dejé pasar algo importante, tal vez trascendental. Cuando me separé, hace ya doce años, conseguí su número de teléfono. La llamé un par de veces, y corté. Me quedaba escuchando su voz del otro lado, diciendo "hola, hola". ¿Qué podía decirle? La cosas que pasan no son recuperables. Si no pasó tanto tiempo, uno puede ir y decir algo, tratar de remendar lo traspapelado con una plegaria al destino. Ahora, es tarde. Y las palabras no revierten nada. Si hacen algo, las palabras clavan con alfileres las fotos amarillentas de cosas irrecuperables. Qué bonita que era, bailando en el escenario. Qué lástima que no siguió cantando. Creo que tenía condiciones. Aunque tal vez era que yo la quería y la escuchaba con el oído embotado de su belleza. No son cosas que pueda distinguir desde aquí. Ella era la clase de chica que te abrazaba cuando habías empezado el gesto de un saludo tibio. Tal vez todo este voyage nostálgico, esta recuperación de J. no sea otra cosa que añorarme a mí mismo. Eramos tan tontos y tan hermosos. Ahora, ya me acostumbré a la idea de que las cosas que soñaba para mí no pasaron. El salto que iba a dar, la gloria asequible, el triunfo cercano, ser un escritor célebrado, un hombre admirado, un superhéroe nocturno, un hijo que no hiciese desdichada a a su madre. Ni siquiera pateé todo a la mierda para empezar de vuelta en otra parte, como siempre pensé que estaba por hacer. Esa posibilidad, con la que conviví décadas, y que siempre sentí inminente, como a la vuelta de la esquina, no ocurrió nunca. Y tampoco llamé a los números de teléfono de los que dije que ya iba a llamar. Y el azar, él tampoco colaboró con nada, salvo con la monotonía.

Y si tan solo fuese ella. Pero no, es la noche, y la dolencia del tiempo. Cada cosa que dejé entreabierta y olvidé vuelve. Y se bifurca.


Me entrego a esa afluencia, y me cuento la historia. Si cada historia es un pasillo del laberinto, es factible que en mitad de alguna me sorprenda la salida, o el minotauro. Si es que no son la misma cosa. Eso pensaba antes, cuando tenía una mínima esperanza, esa vulgar enfermedad. Ahora entiendo que yo soy el minotauro, y que cada historia es un pasillo más del laberinto, que me ahonda más y más en las profundadidas de esta construcción. Me protege a la vez de la salida, y de los demás, a quienes empujo lejos, para asistir al teatro espectral de sus ausencias animadas por las infinitas posibilidades que no serán.. Siempre hice esto. Siempre contruí cosas donde los que me buscaban se perdiesen.

* 

10.10.09

los falsificadores



Alfonso Quijano envejecía, solo – su mujer había muerto joven, de una enfermedad velocísima – y aburrido en su humilde hogar en las afueras de Andalucía. Una herida en la cabeza acabó prontamente, cuando apenas comenzaba, su carrera de soldado. Siempre sintió pena por no haber podido ir a la guerra. Sólo allí se comprueba un hombre. A él, en cambio, su longevidad le pesaba: la lejanía de la guerra lo había preservado de la muerte, y también del heroísmo. Con esa pena sentía que su destino se había desviado, que nada le quedaba más que aceptar la inercia infértil de los días, que llenaba con la ensoñación de una vida diferente, y con la lectura de novelas de caballería. Una tarde, un condecorado militar, que había perdido un brazo en el frente, llegó al mercado central solicitando un traductor de árabe. Quijano, sospechando que se trataría de una misión en esas tierras lejanas, dio un paso al frente. Añoraba la aventura, y su tiempo declinaba. Tal vez embriagado por el entusiasmo no se percató de que el militar no objetara su avanzada edad, ni su pobre estado físico. Quijano sólo pensaba en cumplir su destino de travesías y heroísmo. Cuando Cervantes le comentó que pagaría bien por sus dotes del árabe, porque necesitaba descifrar un libro escrito por Cide Hamete Benengeli, Quijano sintió que ya era demasiado tarde para revelar que no sabía una palabra de esa lengua extraña, y optó por continuar la farsa hasta las últimas consecuencias. Nadie pensaría en él para una expedición militar, era triste pero era la verdad. ¡Yo un héroe! Nada más ridículo. Se sentía decepcionado, pero no había tiempo para manifestarlo: era momento de fingir. Se sentó frente al libro, en soledad, y respetando los números de capítulos y la cantidad de páginas, escribió sobre lo que sabía: sobre Alfonso Quijano; su patética ansia de heroísmo, su persistencia en el delirio infantil, en detrimento de la realidad, su ilimitada fe en una travesía absurda y trascendente. Exageró, satirizó sus rasgos. Se rió de sí mismo y de las novelas que tanto veneraba, y de sus sueños y de sus derrotas, y lo mezcló todo como si jugara. Tengo un alma y tengo un fracaso, se dijo, y a ambos los vestiré de gala y bailaré como un loco por las avenidas de la cordura hasta todo arda. Si no iba a realizar su destino, al menos divagaría irónicamente sobre él. Los nombres los sacó, probablemente, de la infancia. En el proceso, mientras su tragedia se volvía una sucesión triste de pasos de comedia, su pena se volvió más ligera. Entregó la traducción casi conteniendo la risa, pensando que todo era un gran disparate. A Cervantes le gustó lo que leyó, le pagó bien y hasta tal vez le preguntó cómo se llamaba, y eligió, a la hora de escribir su novela, homenajear al traductor y salvar su nombre. Tal vez no, y el personaje de mi relato no se llamaba Alonso Quijano, sino de otro modo. Sea como fuese, su humilde falsificación enriqueció la literatura. Cervantes trató de decir la verdad, pero era tan inverosímil que fue tildado de escritor de ficciones. Parece que le agradó la confusión, y se ocupó de enriquecer el mito. Quijano, por su parte, tradujo un par de libros del árabe para furtivos escritores e historiadores, con escaso éxito y abundante olvido.


*
Hay, en todo este asunto, un musulmán al que nadie le cree que haya existido. En mis horas yermas, arrojado al sofá de mi casa en penumbras, o cuando espero en las salas de espera de los consultorios médicos, sueño con lo que estaba escrito en las páginas del inextricable y perdido libro de Cide Hamete Benengeli.

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4.5.08

die niemands rose


. . .


Supongo que la quería. Quejarme, de todos modos, es una actividad profana.
La vi venir, un día, arrastrada por el viento. A los tumbos, por el camino de tierra. La ayudé a levantarse. Se arregló el pelo como pudo, me sonrió tímidamente mientras se arreglaba un poco la ropa. Se quedó un tiempo, aprendimos a no estar solos. El viento vibraba en el vidrio de las ventanas cerradas; casi no lo notábamos. Una mañana me desperté y ella ya no estaba. Vi, en la tierra del jardín, la marca de sus uñas. Sembré, sobre esa tierra arañada, magnolias bellísimas. Si no crecieron, o crecieron y el viento también las arrasó, no lo sé. Sueño todavía con la belleza de esas flores que no vi. Es una rara nostalgia.


///

7.9.07

apuntes para una fábula sobre el tiempo

la distancia

Pasa una mariposa (¿de dónde pudo salir?). Vuela lentamente frente a mí, se posa en mi mano. Me digo: ¡Qué fulgurante, efímera belleza! La miro, sus alas azules con delicados jeroglíficos negros. Quiero tomarla por las alas, sostenerla un instante. Extiendo mi brazo, abro mi mano, y la mariposa echa a volar. Temo perderla, pero compruebo en seguida que su vuelto es pesado. Sí, agita sus alas con velocidad, pero en cambio ella misma queda quieta casi en el mismo sitio donde estaba, como un helicóptero de seda, como si atravesase en elaire la paradoja de Zenón. Mi mano llega a ella. Cierro el puño, y dejo extendidos el pulgar y el índice, para sujetarla sin hacerle daño, pero justo cuando mis dedos se cierran sobre ella, la mariposa envejece de repente, se marchita, y cuando se juntan mi dedo índice con el pulgar, solo pellizco unas fibras del polvo de su ceniza, que lentamente vacila en el aire.

29.4.07

un ejercico narrativo (mal draft)



Muelles


( 3 polaroids )


1
Chicago, 1967

Tembló su mano en el picaporte. Con el peso de su cuerpo, agotado y tambaleante, abrió la puerta. En el bar sonaba Coltrane, de fondo y ásperamente. El aire embotado no apestaba más que su aliento. Dio algunos pasos. Al séptimo chocó contra la barra, y se sentó, un poco a tientas. Pidió una cerveza. La bebió de un sorbo, pero lentamente. La garganta le ardía: la penumbra coagulada. Miró la sala: hombres que conversaban ruidosamente, hombres que bebían, hombres que como él miraban la pared, inertes, y tres mujeres en el fondo, riendo desafinadas. ¿Se reirían de él? Ni siquiera lo habían visto, pero sentía que, a esta altura, todo se reía de él. Nadie le respondió a la pregunta que él no supo hacer. Pidió otra cerveza. A la sexta le dijeron que ya estaba bien. Casi no insistió. Miraba la barra, ausente. Tiene la barba de días, y el pelo desprolijo. La camisa fuera del pantalón, los ojos rojos. Los 42 años le pesan como nunca. Una uña morada, los cordones de un zapato desatado. Piensa: ¿con qué fuerza voy a arrastrar mi cadáver hasta el próximo bar? Cuando se acerca el hombre de 50 años que estaba sentado al otro lado de la barra, nota que tampoco tiene buen olor. Llama al cantinero por su nombre, le dice:
- Otra copa acá para el amigo -.
Y dirigiéndose a él, dice:
-Si acepta este gesto, caballero, tendrá que aceptar el próximo: un café.
- Está bien. – dice él, sin mirarlo.
- Muy bien entonces. Deje que me pida un café para mí, y ya estoy listo para escuchar su historia.
El lo mira, sonríe levemente y da un trago a la cerveza. Se dice para sí: es nadie, este hombre es nadie: como yo. Y empieza a hablar. Las palabras salen solas: es como desempacar. Sabe que el lenguaje sirve de poco (ya lo ha usado tantas veces, ha escrito cartas, ha dicho te amo, todo todo en vano), pero siente que tal vez usándolo se canse, y mañana, dormir sea algo posible. El otro prende un cigarrillo.


II
San Petesburgo; 1908

Habían sido nueve los días de nieve. Hoy, en cambio, el sol templaba la tarde. Se podía caminar las calles con placer. Ella se entregó al día. Caminó la plaza, encontró un banco que daba a la tibieza de los principios del otoño, y se sentó. Las cosas brillaban esa tarde; es la nieve, pensó, todas las cosas excitadas por la levísima duplicación en el espejo frágil que es cada copo de nieve. Tenía un libro en la cartera, se lo había robado a su hermano. Su hermano tenía tantos, no se iba a dar cuenta; además, él casi no leía literatura. Su mirada queda prendida del reflejo del sol sobre la nieve, la sinuosa evaporación de los copos, la lentísima agua que corría por las hojas de los árboles. Se pierde pronto en el libro, uno de Chéjov. Se cumplían, hacía poco, diez años de su muerte, estaba bien recuperarlo. ¡Qué triste había sido aquél entierro! El frío, la lluvia. Hasta Tolstoi se veía desconsolado. Le hubiese gustado conocer un poco más a Chéjov. Lo vio tres veces, cuando ya estaba postrado, y por sobre el hombro de su hermano, el doctor Schwohrer. Chéjov tenía un hilo de voz y estaba tan optimista, creía que se estaba curando pero su hermano le había dicho a ella que era no pasaría la semana. Era tan triste. El libro la distrae de los detalles de su memoria y cada tanto, resucita alguno que, después de una pequeña pirueta en el aire de la nostalgia, se desvanece. Un sonido metálico la interrumpe, en mitad del relato. Ve, en el suelo, junto a su zapato, un anillo plateado que rebota, gira, y se queda quieto. Un muchacho se le acerca, le pide disculpas. Levanta el anillo, lo mira, dice:
- No quise molestarla. Espero que no la haya golpeado.
- Tendría que tener más cuidado. – dice ella – Parece caro.
- No lo quiero, de todos modos. Puede quedárselo. Me recuerda a alguien.
El joven parecía no haber dormido en toda la noche, los ojos hinchados, de haber llorado tal vez. Ella dijo:
- Pasará. Todo pasa.
- Puede ser. - dijo él. Paso su mano abierta por la frente, suspiró.
- Se lo ve cansado. - dice ella.
- Fue una noche larga.
- Vaya, descanse.
- No puedo regresar al lugar de donde me fui.
La mujer lo mira, maternalmente. El muchacho se pone un poco nervioso, mira hacia la plaza, sigue el camino con la mirada, finge distraerse mirando el paso de un perro que persigue a otro perro. Finalmente, dice:
- Al menos no ahora
- El anillo, guardalo – dijo la mujer. - En el bolsillo interior, ahí. Para que no se pierda. Las cosas no se terminan. O por lo menos los finales no son nuestros para dar. Sos muy joven todavía.
El muchacho mira el anillo, tiene cara de tristeza. La mujer dice:
- Probablemente lo único que ella necesita es tiempo.
El joven la mira, se muerde el labio inferior; parece pensar. Murmura, entre dientes:
- Le dije tantas cosas, fui malo.
- Ayer nevaba. Nevó toda la semana, parecía eterno. Y hoy salió el sol, y los copos de nieve se derriten – le dice ella y hace un gesto, leve. Dos veces, con la palma de la mano, se golpea sobre la falda, suavemente. El muchacho entiende la invitación. Torpemente, con vacilaciones, se sienta sobre el banco de la plaza, y empieza a reclinarse hasta que su cabeza queda sobre la falda de ella. La mujer abre el libro, lee en voz alta el relato de Chéjov. A la tercera página se da cuenta de que el muchacho ha quedado dormido. Sigue leyendo para sí el resto del cuento, hasta que atardece.


III
Vigo, 2004

- Es la última, ¿dónde la dejo?
- Ahí, por favor – y señala un baúl marrón, desvencijado. – Ahí arriba, en cualquier lado. Da lo mismo. -
Cuando cierra la puerta, todavía oye los pasos de los empleados de mudanza por el pasillo. Frente a sus cosas desparramadas por el departamento siente por primera vez el vértigo de estar solo en una ciudad desconocida de un país extranjero. Se toma una taza de café (no sabe igual que en Buenos Aires) y empieza a desempacar. Encuentra algunas camisas, un cinturón, los cables de la pc, la pasta de dientes, un muñequito articulado de Pantro, de cuando era niño; ni señal del control remoto. Cuando da con la caja donde están los libros, entiende que lo primero que tiene que hacer es organizarlos en los estantes. Antes, cuando era joven, escribía. Había pensado, incluso, en ser escritor. Lo único que quedaba de todo eso eran los libros, el placer por la lectura. Tomó un libro al azar (era uno de Pasolini), pasó el dedo por las hojas, sin detenerse en ninguna. Ese amor táctil.
Iba poniendo los libros en los estantes, y la ropa en cajones, y el cepillo de dientes en el baño: había empacado rápido y mal y las cosas se le aparecían de repente, desordendas y caóticamente. En medio de todo el desorden, sintió la embestida. Era una idea. Una perfecta trama para un cuento: la soñó de golpe, entera, como una visión, una profecía. Quedó paralizado, parado en la habitación, con una caja en la mano: el éxtasis bestial de la musa. Qué molesto, pensó al principio. Viene en cualquier momento, despóticamente; no le interesa que esté haciendo otra cosa. Y después se preguntó: ¿cuánto hace que no escribo un cuento? ¿diez, quince años? Tal vez más. No tenía sentido dejar pasar el brote: dejó la caja en el suelo, tomo una hoja y dejó que la idea se adueñase de él, ¿a qué contrariar la dictadura del deseo?
La primer línea salió veloz, la segunda costó un poco más. Trabajosamente, logró cerrar el párrafo. Lo leyó para sí. Sonrió: le parecía legible. El segundo párrafo fue arduo, el tercero, lentísimo: escribía una palabra, la tachaba, volvía a escribirla, dudaba; daba una vuelta por la habitación, miraba por la ventana, el tránsito de la avenida, palomas en la cornisa del edificio de enfrente, y volvía a arremeter contra la hoja. Le parecía, a medida que avanzaba, que el texto se desviaba, que no decía lo que él pensó en un principio. El cuarto párrafo no lo comprendió: le hacía aguas, era sinuoso, ambiguo. Incluso obsoleto, Para el sexto párrafo se había aburrido.
Cerró la lapicera, la apoyó sobre el escritorio. No, no es para mí, se dijo. Hizo un pequeño bollo con la hoja y la arrojó a la oscuridad del cajón de la cómoda. Habría que planchar la camisa, pensó: quería darle una buena impresión al jefe de redacción, mañana, en el periódico. Pero en lugar de hacer eso abrió un libro, uno de Kawabata, y se extravió entre sus palabras. Fue un sueño
lejano, como una dulce y lenta siesta.




fin
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la foto, uno de los libros de Próspero en Prospero´s books, de Greenaway

2.4.07

ficción


sombreros





1
Ahí, estábamos los dos ahí. En la puerta de casa. Junto a la vereda las maletas de ella (dos: una gris, otra azul). Nadie en la calle. Madrugada. Ahí, agitado de correr las escaleras, ahí, en medias, le dije: -¿Por qué? No entiendo. ¿Por qué te vas?¿por qué ahora, tan tarde? -. Le dije: -¿No podemos conversarlo? Subí – le dije – te preparo un té. Subí y hablamos -.


2
Nada. Ella no dijo nada. Bajó la cabeza. Un perro doblaba la esquina. No ví la luna en el cielo, camuflada detrás de las nubes. Grises. Pensé en el gris, en lo que el color gris significaba. La oí tararear una melodía añeja. No supe cuál era. Le dije: -¿Qué hacés? -. Le dije: -¿Por qué tarareás? - Hubo un silencio. Después, le pregunté: - ¿Qué canción es esa? -. Ella dejó de tararear. Levemente, sonrió. Creo que era una sonrisa. Tenía puesto un sombrero rojo. Y como miraba para abajo (y encima era la noche de la noche, las luces amarillentas de la calle apenas si susurraban algo) no pude ver bien sus rasgos. Le dije: -¿Qué es ese sombrero? – Le dije: -¿Desde cuando usás sombrero vos?-.


3
De repente, un auto a toda velocidad. Emerge de la niebla de la noche, frena de golpe. Justo en la puerta de la casa. Cruje el asfalto. Las hojas de los árboles, quietas. En un departamento de enfrente, del tercer piso, resplandece la intermitente luz azul del televisor. Dos hombres bajan del auto. - ¡Qué raro – me dije – que los dos hombres lleven sombrero! -. Se acercaron a las valijas, cada uno tomó una. Será la tiniebla, será la inmediatez de las cosas ocurriendo, pero no puedo distinguir uno de otro. Si hubiese bebido, asumiría que se trata de un solo hombre. Los reconozco así: el de la valija azul, el de la valija gris. Si en algún momento a uno se le ocurriese cambiar la valija con el otro, en ese instante, se volvería el otro. De pronto: una imagen se cierra ante mí. Los veo a los tres con sombrero. Me siento mal, me paso la mano por el pelo: lamento no llevar también yo un sombrero.


4
Los hombres cargaron las valijas en el baúl del auto. Les dije: - ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen con las valijas? -. No me respondieron. La miré a ella, que no me miraba. Suavemente, le puse una mano en el hombro; ella la apartó. No con desdén; ni siquiera había desprecio. Era un gesto, como cualquier otro. Enojado, le dije: - ¿Qué está pasando acá? ¿De qué se trata toda esta escena? - Puso su dedo índice sobre mis labios. Me callé, como si se me rompiesen las palabras. Me miró. A los ojos. Hizo que no con la cabeza (había ternura en el movimiento, había gracia: como si el gesto proviniese de un ballet) y empezó a caminar, a caminar hacia el auto. Uno de los hombres había abierto la puerta trasera para que ella subiera. Le dije: - ¿Quiénes son estos hombres? ¿Por qué están acá?-. Le dije: -¡No podés dejarme así! ¡son muchos años! -. Le pregunté, con un hilo de voz: -¿A dónde vas? -. Ni siquiera se dio vuelta para mirarme. No hizo un solo gesto. Se subió al auto. El hombre, delicadamente, cerró la puerta. El agua corría por el cordón. Una persiana crujía, cerrándose. Alguien, en alguna parte, abría la canilla del baño. Vibraban las hojas otoñales, como huesos. Las sábanas de una mujer, en el cuarto piso del edificio de enfrente, mientras ella se daba vuelta en la cama, eran como viento. Pasos, tal vez, a una cuadra o a dos, regulares, secos, monótonos; y el sonido de un cigarrillo consumiéndose. Era el silencio. El silencio es así: lleno de cosas.

5
Los miré, pétreo y desarmado. En vano mis ojos rogaron por una revelación: el final pasaba y me dejaba petrificado. Con lo que me quedaba moví los labios, les pregunté: -¿Puedo ir con ustedes? -. Se miraron entre ellos; yo sentí que hacían un gran esfuerzo por contener una bruta carcajada. Me miraron, y con la cabeza hicieron que no, que no podía. Ambos se señalaron el sombrero, a modo de explicación. – Ah -, dije yo.
6
Después subieron al auto. Uno de ellos encendió el motor. - ¿A dónde van? – les pregunto; - ¿Es lejos? -. El auto comienza a andar. Dije: - ¿No quieren subir a tomar algo?-. Dí unos pasos rápidos, me acerqué a la ventanilla de ella, que se alejaba, le dije: - ¿Cuándo volvés? Llamáme – le pedí – Llamáme cuando llegues -. El auto se alejaba, yo trotaba torpemente por la calle, el empedrado hostil bajo las medias, le grité: -¿Vas a volver? – le grité: - ¿alguna vez vas a volver? -. Pero no sé si las palabras salieron bien, la niebla. Había mucha niebla y si hablaba se me metía en la boca, estaba masticando niebla. El auto ya se confundía con la noche.


7
El cielo estaba gris. Parecía que, de un momento a otro, iba a llover. Daba lo mismo. Quise ponerme las manos en los bolsillos, pero tenía puesto el piyama, y no tenía bolsillos. Mis manos resbalaron en la nada. Entré en la casa, en el pasillo me crucé con el portero. Tenía un balde de agua en la mano; iba a borrar la vereda, las huellas. En un bostezo, me dijo: - Buen día –. –Buen día, Roberto -, le respondí. Subí al ascensor, apreté el número siete y soporté como pude el lento tribunal del espejo.




fin

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el cuadro: Separación, de Munch (1896)

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