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22.11.10

la verdadera trama de oriente (Bin Laden - Osho)

Era absolutamente evidente. Tanto que sucedió en la cara de todo el mundo, y nadie se dio cuenta. Las cosas más extrañas dan su peripecia más inverosímil frente a las narices de los espectadores del mundo, que jamás se han detenido a reparar que la estrategia de lo absurdo es lúcida: sucede imantado a una transparencia que lo delata tan imposible, tan irreconciliable con lo pensable, que adopta la apariencia de algo que no definitivamente no sucede (la ficción) o se acepta con la naturalidad de algo que ha sido siempre así (la política). Este caso es el primero. Para perpetrar completamente su misión de destruir occidente, Bin Laden se disfrazó de Osho. 










Socavar la conciencia de una civilización es más lento pero más drástico que tirar edificios. Desde luego, los edificios son meramente simbólicos. No implican una modificación drástica. Han sido un ardid distractivo. Estaban predispuestos a teatralizar el horror y el pánico en occidente, para que sus mentes menos avisadas (las masas, casi todos, etc) huyeran hacia la "espiritualidad". Por supuesto, estaba contemplado que occidente no produciría su espiritualidad, sino que compraría una en las gondolas donde se venden modos fáciles de cocinar pescado, o de armar estanterías. Y ahí, Bin Laden, en sus ropajes de Osho - el mismo no trató de disimular demasiado, ya que era tan inverosímil que jamás nadie haría el puente entre uno y otro - trasvestiría la moral y la principiante inteligencia de una civilización, lentamente trabajaría dentro de la conciencia de los pueblos, y eventualmente los viraría hacia la venganza terrible. 

 *
  
Desde luego, Bin Laden comprendía que su labor era tan mesiánica como vasta, y que no convenía encarar solitariamente semejante empresa. Convocó a pseudo-pensadores del mundo para que colaborasen con él (desde luego, sin saber que colaboraban). Seleccionó aquellos que, ya sea por su predisposición para la idiotez o por su poca pericia a la hora de producir una línea inteligible, albergaban en sí la mayor capacidad de daño. No quisiera dar nombres - no me toca el rol de acusar, sino el de instaurar esta sana sospecha para que aun pueda librarse la batalla final con alguna dignidad. Pero si usted cree que estamos hablando de Stamateas, Hicks, Chopra, Rhonda Byrne, y el peor contador de chistes de la radiofonía, Ari Paluch, probablemente sea por algo.


Así que, ojo. (Ojo con Osho).

Por el bien de la humanidad, cuando vea alguien con uno de esos "libros", reducido a esta inhóspita actividad, parasitado por los poderes oscuros del fin del mundo (pensante) arrebate del prójimo estos hechizos perversos que los han hipnotizados y revertido al nivel intelectual de una mitocondria, y sustituya un Stamateas por un Sartre, un Paluch por un Roth, un Coelho por un Levrero. 

He dicho esto, y ahora temo por mi vida. Bin Laden no me dejará pasar esta. Haremos de cuenta que esto ha sido una ficción más. Un juego, un delirio. Me cuidaré las espaldas, por si acaso. Y ustedes. Ustedes no escatimen violencias: un  buen y oportuno puñetazo a la mandíbula metafísica de la pereza intelectual puede despertar del embobamiento matrixiano a más de uno. 



Los libros no son lugares donde buscar respuestas. Son principios de otra cosa. 

























18.9.10

voces


Maurice Blanchot, en De  Kafka a Kafka, comenta sobre la pluralidad combatiente de voces que conviven en un escritor y lo tironean belicosamente:

" Una voz dice: no escribirás, seguirás siendo nada, guardarás silencio, desconcerás las palabras.
La otra: conoce sólo las palabras.
- Escribe para no decir nada.
- Escribe para decir algo.
- Ninguna obra, sino la vivencia de tu mismo, el conocimiento de lo que desconoces.
- ¡Una obra! Una obra real, reconocida por los demás e importante para ellos.
- Borra al lector.
- Desaparece ante el lector.
- Escribe para ser sincero.
- Escribe por la verdad.
- Entonces, sé mentira, pues escribir con vistas a la verdad es escribir lo que aun no es cierto y que tal vez nunca lo será.
- No importa, escribe para actuar.
- Escribe, tu que tienes miedo de actuar.
- Deja hablar en ti a la libertad.
- ¡Oh! No dejes que la libertad sea palabra en ti."

¿Qué ley seguir? ¿Cual voz oir?
Blanchot responde: El escritor debe seguirlas todas.

7.9.10

filba

and the rest is silence

Todo festival literario está destinado al fracaso. Al hacer de un evento artístico un circo de masas, se vuelve imprescindible vulgarizar y simplificar el objeto de estudio, para volverlo cercano a los neófitos que se acercan con el propósito de tener que ver algo con la cultura.

Un puertoriqueño viene y da una conferencia (nominada "worshop", oh sí, muy top). Se jacta al principio de haber escrito libros que han sido celebrados por los críticos, y otros libros que han sido best-sellers. Enfatiza el hecho de que hay que escribir para todos. Y luego dice un par de cosas sobre la literatura, sobre el cuento, sobre la novela. Ni siquiera puede decirse en la mayoría de los casos que esté errado. Simplemente es estrictamente básico, y brinda definiciones que no dejan de ser meras etiquetas iniciáticas. 

Se le ocurre realizar una serie de ejercicios con la audiencia (estos, algunos estudiantes de letras o febriles intentos de escritores que toman notas de las pavadas que dice el señor, y la mayoría señoras muy mayores que en su decrepitud se inclinan al hobby de la literatura). Los hace escribir breves textos que deben manifestar, según el caso, frío, calor, felicidad, tristeza. Y en ningún caso está permitido utilizar la palabra que debe darse a entender. Porque según el buen hombre, hay dos modos de narrar: el modo directo, y el modo indirecto: celebremos la simpleza de la literatura en los centros culturales chetos.

Al azar, los entusiastas del auditorio leen sus modestas creaciones. Y el parámetro que el puertoriqueño establece para esos textos es cuánta gente percibió el "mensaje": levanten la mano los que sintieron frío (calor, felicidad, tristeza), etc. Así, da por triunfantes aquellos textos que son comprendidos por las mayorías, y ningunea a los textos que son comprendidos por pocos (un texto, incluso, es acusado de filosófico).

Pensé en Wilde, que enfatizaba que un artista siempre debe luchar por permanecer incomprensible. Y entonces me enojé. ¿Qué es esto de ofrecer el "valor" de un texto literario a una grupúsculo de gente aleatoria? ¿Qué dice de un texto su transparencia, su comprensibilidad más que su chatura y su falta de textura y densidad? ¿Qué importa que entiendan pocos o muchos? ¿Cuántos artistas han sido incomprendidos en su época? ¿Cuántos han sido considerados herméticos, crípticos? ¿Cuánta belleza no depende de esas exactas condiciones? ¿Índice de qué pueden ser las mayorías? ¿La inmediata comprensión del sentido de un texto es qué clase de mérito? 


El arte necesita no ser lo que ya es, y lo que ha sido. Para eso, debe producir reglas nuevas. Debe irrumpir y patear las estructuras establecidas. De ahí, precisamente que cuando el estruendo fulgurante del arte sucede, las cosas tambalean. Y no puede hablarse de comprensión inmediata, sino de enrarecimiento del aire. Sentimos que nos aproximamos a un objeto aracano, que nos llama y nos nombra, y nos dice algo de nosotros que no sabiamos que sabíamos, y la atracción está fundada sobre todo en que lo que se abre es una profunda incertidumbre. El advenimiento de una subjetividad no puede ser nunca algo simple, algo dirimible en la barbarie de las mayorías, algo pensable desde la pueril comunicabilidad del periodismo. Yo puedo comprender que las palabras del portoriqueño estaban destinadas a esa cosa burda, primitiva e inculta que se denomina público en general. Aun así, iniciar a un grupete de neófitos imponiendoles claridad en su comunicaciones es obstruir la travesía bella y terrible de la literatura: lidiar con la plabra elusiva, con el riesgo de la palabra que nos extravía, con el naufragio imprescindible que está implicado en el vicio del silencio de traicionar las horas, la sucesión del tiempo, al vida allá afuera, ansiando tallar en la hoja algún indicio significativo de la savia de nuestra existencia.

No se trata de narrar. Narrar pertenece a otro mundo. Un mundo donde se pensaba que las palabras debían nominar las cosas como manera oscura de dominarlas. Esa batalla se perdió. No importa: era una batalla tonta de todos modos. Se trata, en cambio, de rasgar nuestra interioridad hasta darle carne al silencio que nos circunda. Estamos callados frente a un libro, o frente a una libreta, con la lapicera atenta. Puede ser en un  bar, en un colectivo. Pero se siente más en la profundidad de la noche, cuando todo está quedo y el vacío entre las cosas se vuelve audible. Ese silencio que brota de nosotros es el silencio de la eternidad. Es el silencio que había antes de nosotros, y es el silencio que vendrá después. Somos frágiles y poquísimo. No existimos durante mucho tiempo, mientras el mundo ocurría. Ahora, estamos vivos. Mañana, o pasado mañana, no. Ese silencio ancestral de lo no-vivo también habita en nosotros, y trepa hasta nuestra garganta. Tiene muchas formas. Puede ser un malestar psicológico, una angustia existencial, un estado de inercia, la formulación de una pregunta, o de una serie compulsiva de preguntas, el ansia desesperada de un sentido, el llanto, el miedo frío y paralizante, la contemplación de las paredes, las fugas etílicas, el amor, la fe desmedida en el amor, la soledad etc. Y la palabra. La persistencia en la música de las palabras como una plegaria por algo que signifique, o alivie, o algo.

La literatura no es la clarificación de un enunciado; es el sueño de la historia y es la historia de las soledades y es la interrogación solitaria del cáncer que es el silencio de la eternidad, y es la pasión por un camino que termina en un abismo por el solo placer que nos provoca el paisaje exótico que florece en los márgenes, y es la fe en el artesanato de los símbolos, de que lo que vive y calla en nosotros se sueñe en palabras y roce en alguien algo íntimo y lo haga vibrar en nuestro mismo idioma; y es el lugar donde he visto disgregarse mis mejores horas. 


7.7.10

actualización de sistema lista para ser instalada


Releyendo un libro que me han regalado recientemente (el mío, comprado allá por la temprana adolescencia en versión baratísima de calle Corrientes, ha de estar sepultado por otros libros en la desprolija biblioteca e inhallable) un poco recupero el goce inicial de la primeras lecturas - sólo un poco: ahora no tengo más remedio que leer con todo lo que he sido y pensado y perdido - pero luego, anclado en el sillón blanco de la habitación pienso en el tiempo, y cómo los imaginarios de cada época actualizan los temas que nosotros, porque somos breves, sentimos eternos. Lejos de tener el suficiente apetito como para esbozar un ensayo donde desarrollar mi modesta idea de entretiempo de España-Alemania, me contento con identificar un ejemplo, y dejar que él hable por mí. 

________

Los beneficios de la luna

La luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo "Esa criatura me agrada".
Y bajó con suavidad por su escala de nubes y pasó silenciosa a través de los vidrios. Se acostó sobre ti con la ternura flexible de una madre, y ardió sus colores sobre tu rostro. Tus pupilas se pusieron verdes, y las mejillas extraordinariamente pálidas. Al contemplar a esta visitante tus ojos se agrandaron extrañamente, y ella te oprimió con tal delicadeza la garganta que te quedó para siempre el deseo de llorar.
Sin embargo, en la expansión de su gozo, la luna poblaba todo el cuarto como atmósfera fosforescente, como veneno fúlgido; y esta vívida luz pensaba y decía: "¡padecerás eternamente el influjo de mi beso. Serás bella a mi manera. Amarás lo que amo y lo que me ama: el agua informe y multiforme; el sitio donde no estés; el amante que no conocerás; las flores monstruosas; los perfumes que provocan delirio; los gatos desmayados sobre los pianos y que gimen como mujeres, con voz ronca y suave!".
"Y serás amada por mis amantes, cortejada por quienes me cortejen. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes cerré asimismo la garganta con mis caricias nocturnas; de los que aman el mar, el mar vasto, tumultuoso y verde; el agua informe y multiforme, el sitio donde no están, la mujer que no conocen, las flores fúnebres que se parecen a los incensarios de una religión desconocida, los perfumes que turban la voluntad, y los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura".
Y por ello, maldita, querida niña consentida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en tu figura el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

Charles Baudelaire, 
en Pequeños poemas en prosa.

- y / o -


Lunática

Luna, satélite conchudo de la tierra
yo no sé para que mierda, tanta vuelta
 sos la puta blanca de la noche negra
sos el blanco de las pajas
que se clava el corazón en desventaja
sos la eterna compañera
que ilumina y no visita mi catrera.


Luna, inútil barrilete de la tierra
porque ya no dejás las aguas quietas
rompés las bolas de los pescadores
sos el blanco de las pajas
de los que ni manotearon las rebajas
sos la eterna compañera
que no coge, ni calienta, ni la prueba.


Luna, farola perdedora de la noche
que envejecés haciéndote reproches
pintabas para reina y hoy ya ni mostrás las piernas
sos el blanco de las pajas
de los que se conformaron con migajas
sos la eterna compañera
a los que todos la cagan con cualquiera.



A 384 mil kilómetros de mí
es difícil mandarte a la mierda
caliente de día, de noche muy fría
adelgaza y engorda, ilumina y se borra
yo sé, cual es tu tipo de mujer



No me pidas el Sol mi amor
porque quema, quema como loco
no me pidas el sol mi amor
la Poronga es el Helado de los Crotos
ademas hasta allá en que mierda voy
no me deja ni un transbordador




Luna, te inventaron mil romances con el sol
mirá si te va a dar pelota a vos
soltera, solterona, que te abandonó tu cola
sos el blanco de las pajas
de los que ven como la hora se les pasa
sos la eterna compañera
que cada día que pasa es más fulera.





Luna, te hablo siempre en representación
de las turras que se portan como vos
siempre rodeada de estrellas, pero muy lejos de ellas
sos el blanco de las pajas
de los que antes que al amor miran la caja
sos la eterna compañera
de a los que la tentación los sermonea.




Luna, decime que carajo te creíste
si nunca fuiste mucho más que un chiste
sin gracia, ni talento, apostabas a tu esfuerzo
sos el blanco de las pajas
de los que se fueron rápido a barajas
sos la eterna compañera
de los que nunca se enamoran de rameras.




A 384 mil kilómetros de mí
es difícil mandarte a la mierda
caliente de día, de noche muy fría
adelgaza y engorda, ilumina y se borra
yo sé, cual es tu tipo de mujer / 
que estoy cansado de querer.


Zambayonny
en La Pendeja Puta Que Todos Llevamos Dentro 


14.6.10

blancura

Despierta en mí esta idea: un hombre que llena páginas – con lo que puede, con mentiras, porque las cosas ciertas se le acabaron en la séptima página – para combatir la cegadora blancura del papel. Tiene, con su tinta negra, que disminuir la blancura de la hoja porque esa luz lo cegaría. Y se queda ahí, toda su vida, anclado frente al escritorio, escribiendo, para combatir un resplandor del que su sola idea le quema los párpados. Y con cada palabra terminada, sueña la noche, para descansar de una vez de la luz, y de luchar contra la luz. Su tinta trama la noche, pero no le alcanza más que para estar ocupado, y no tener que sentir la blancura de lleno, ni el atardecer que detrás, en la ventana, empieza.

20.5.10

6.2.10

estética

pedro y el lobo

I
Todos conocen la historia. Pero lo que se ha escapado en la cristalización irreflexiva de la tradición fue que la enseñanza moral era estéril y que sin embargo, lo que se escondía allí era en verdad una lección literaria. 

II
Pedro tiene que contar y cuidar a los ovejas, para que no les pase nada. No es una tarea amena ni provista de muchas aventuras. Como tiene que contarlas, es probable que le de un poco de sueño también. Se aburre y no sabe qué hacer para matar el tiempo. Se le ocurre - convengamos que Pedro no es una persona muy creativa: por algo lo mandaron a cuidar ovejas - gritar: "Lobo, lobo". Vienen los aldeanos al trote y le preguntan: "¿Dónde, dónde está el lobo?" y Pedro, un poco pavote y tratando de disimular entrecortadamente la risa les responde "No, no hay ningún lobo". Los aldeanos se van, no sin mirarlo con un tanto de bronca. Al día siguiente, Pedro, aburrido y sin saber qué hacer, recuerda que lo del lobo funcionó, y fue muy divertido hacer venir corriendo a los aldeanos completamente en vano. Entonces, grita otra vez: "Lobo, lobo". Y los aldeanos de nuevo vienen al trote, y le preguntan a Pedro: "¿Dónde, dónde está el lobo?" y él les responde "No, no hay ningún lobo". Y los aldeanos, molestos, se vuelven a sus tareas, dedicandole esta vez a Pedro una serie de gestos obscenos. El tercer día, surge un lobo del bosque contiguo y Pedro, al verlo, grita nuevamente "Lobo, lobo" pero nadie viene a ayudarlo y el lobo (que probablemente ya sabía todo esto) se devora a todas las ovejas.

III
Ahora, lo que esta historia pretende dejarnos, según la tradición más vetusta, es que no hay que mentir. No hay que mentir porque en el caso de que digamos la verdad, los otros, acostumbrados a nuestras mentiras, ya no nos creerán. La palabra es frágil, y si la verdad no la verifica su crédito es brevísimo. Pero por supuesto esto falso, como todo atisbo de aleccionar moralmente a quien sea. Lo que en verdad está inscripto en esa historia, célebre y endurecida por el tiempo, es un principio estético: no hay que mentir dos veces con la misma mentira. 

*
Todo se resume en un problema de iterabilidad. La mentira es una gema que hay que tallar con delicadeza. Para que funcione, debemos usar los gestos de la sinceridad. Debe producirse como un objeto nuevo, debe profesar una originalidad, aunque más no sea en la apariencia. Su efectividad y su belleza dependen de eso. Lo que este relato - añejo y petrificado en una moraleja errada - en verdad alienta es la imaginación como potencia combatiente de las monotonías de las cosas que ya han sido. Amén.

14.4.07

estética




acedia


Yo diría algo.
No me costaría nada: lo hice tantas veces. Pero en realidad me parece que es esencial (del ensencial sartriano) agotar todo lo comunicable por el silencio y la inmovilidad.

7.12.06

un ensayo apologético


















preámbulo al manual del mentiroso estético






Quizá la verdad alcance el precio de una perla que luce más durante el día, pero no alcanzará el precio de un diamante que brilla más bajo luces variadas. El mezclarle una mentira tiene que agregarle encanto. ¿Duda alguien que si se quitaran de la mente de los hombres las opiniones vacuas, los cálculos erróneos, las mimadas fantasías y cosas análogas, no quedaría la mente de algunos hombres como pobres cosas hundidas llenas de melancolía y desanimadas, algo desagradable para ellos?
Bacon
Ensayos





I
Es que tal vez clamar por la verdad es la traición- tender la mano y que detrás grite el ansia de la verdad: ahí es donde empieza la traición-. Entrar en la verdad es darse a una lógica ajena. Es decir: no sé lo que quiero decir pero sería como decir: la verdad es como ingresar en un sistema de cosas al que habría que subordinarse. Sería necesaria una correspondencia ciega con las tensiones homogeneizantes para lograr pertenecer a la verdad. Porque lo cierto es que adherir a una verdad inmediatamente bloquearía el desarrollo libre de las características subjetivas e individualizantes.


II
l...a verdad la verdad la verdad ....la verdad.
(Apunte para otro día: buscar La verité, de Sade, robar líneas de allí)


III
Mentir sería abrir una herida en la linealidad del tiempo. Como la sangre que brota de la herida y se derrama libremente lo que nace de la mentira es una historia. Una historia que es - desde luego - una bifurcación en la secuencia real de las cosas, algo como una senda paralela. Transitable para muy pocos (locos, esquizo, artistas) pero – y esta es su luz - no inenarrable.
La realidad continúa su irrefrenable, terrible caudal. La mentira, dicha en cualquier punto de la realidad, abre un tajo y por allí se derrama. Esa historia que inicia no se detiene: continúa su trama en otra parte. Y no es imposible que, en cualquier otro punto, evolucionada, se contacte con Lo Real: lo corte, lo mueva, lo trastorne: en fin, lo modifique.
Y también para atrás, por supuesto: las cosas no serían las mismas si creemos que las obras de Shakespeare fueron escritas por Marlowe, por ejemplo.


IV
No hablo de la mentira burda, la de los políticos, la maliciosa, la canallesca. Hablo de la mentira estética.


V
El único problema es que es difícil cargar con una existencia de mentiras. Si componemos nuestra vida a partir de un compendio de mentiras, significaría mucho trabajo lograr que no las mate la realidad y, sobre todo, que no se apuñalen entre sí (porque la mentira estética es como un gato salvaje que quiere correr libre, y no es probable que se la pueda congeniar coherentemente con otros ejercicios de fabulación). Si se consigue, es algo muy parecido al delirio. Como vivir en una novela.


VI
Es claro que no todos soportan el peso de su ficción. Tenemos, por ejemplo, el caso del francés que pretendía ser médico. Le decía a su familia, a sus amigos que trabajaba en el hospital. Salía de mañana al trabajo, pero se quedaba en bares lejanos, dormía en el auto, en parajes de la autopista. Iba incluso al hospital: cumplía sus horarios pero se quedaba haciendo nada, sentado, dormitando o leyendo revistas sobre medicina. Asistía a congresos y estaba al tanto de todos los avances técnicos de su supuesta profesión. Atendía a familiares y amigos - algunos de ellos, médicos -. Sus mejores amigos eran doctores y nunca sospecharon la farsa. Mil veces pudo ser descubierto, caminó tambaleante las fronteras de su fábula. Yo creo que, por el final, él ansiaba con desesperación que alguien le arrancara la máscara; hubiese sido su salvación. Sin embargo, la casualidad trabajó a favor de la farsa. Terminó asesinando a sus padres, a su esposa, a sus dos hijos. Era el peso de la máscara.


VII
Los hay que sí logran cargar con el teatro y se dan a esa representación. Como Jesús, o Eróstrato (Hamlet, en cambio, perece en la travesía: paga con su cuerpo).




VIII
O Swedenborg, Joan D´arc, una parte de Rimbaud, Byron, Saint Germain. Incógnitamente: Kafka y Pessoa. También Blake, Van Gough, Artaud. Y tal vez algunos asesinos seriales también. Todo es susceptible de ser tornado artístico.


IX
Hay que comprender que uno siempre es ficción. El punto es: ¿de quién? La mentira estética es un mecanismo de apropiación de los hilos ficticios de la vida. O sea: hacer nuestra, nuestra propia marioneta. Lo otro sería dejar que Lo Otro (las tensiones sociales, la mirada del otro, las corrientes de moda, las maneras y fetiches de la época, la mediatización de la vida, la buena educación, la economía, etc) conduzca nuestros pasos.


X
Imagino a ese tipo. El francés, el falso médico. Al final, yendo a menos, mintiendo mal. Queriendo que alguien descubriera su farsa para poder dejar de mentir. El no pudo entrar en su ficción: su vida se volvió la parodia de su cuento. Debe de ser desesperante no poder salirse de la máscara.


XI
O no.
Hay algún placer - tal vez un placer de artesano - en vivir en la casa que uno construye. Qué importan los materiales. Yo hablo de una mentira - de un delirio - construido con delicadeza, artesanalmente: hay que mentir hasta componer nuestra cara. Debe ser fascinante tejer un mundo y habitarlo. Como el marinero, de Fernando Pessoa.


(-)
El Marinero, de Fernando Pessoa dos puntos
En una habitación circular, símil de la torre de un castillo, tres veladoras sentadas alrededor de un ataúd. Nadie se mueve. Hablan. Hasta hundirse, hasta que todo tiemble. Una de ella cuenta que soñó con un marinero. Náufrago en una isla perdida, el marinero dejó pasar los días soñando. Soñó un mundo.
"(...) Durante años y años, día a día, el marinero erigía en un sueño continuo su nueva tierra natal... Todos los días ponía una piedra de sueño en ese edificio imposible... Pronto iba teniendo un país que ya tantas veces había recorrido. Millares de horas recordaba haber ya transitado a lo largo de sus costas. Sabía de qué color solían ser los crepúsculos en una bahía del norte (…)"[1]
Al tiempo, logró vivir en ese mundo. Un día se cansó de soñar y quiso recordar su patria verdadera. Pero ya no existía para él, no le quedaba ni un vestigio. Su única vida era su vida soñada. “Vio que no podía ser que otra vida hubiera existido... Si de ni una calle, ni de una figura, ni de un gesto materno se acordaba... Y en la vida que le parecía haber soñado, todo era real y había sido...”[2]. Y cuenta la veladora que vino un día un barco, pasó por la isla. Y allí ya no estaba el marinero.
Heridas de muerte por el relato del sueño, por su simbología, las veladoras conversan temblorosas la irrealidad de cada cosa.



XII

Para caerse en la verdad hay que producir la verdad; es decir: subjetivarse. Es decir: MENTIR (mentir como traicionar el flujo del mundo). Para construir la verdad hace falta la maquina de mentiras. Hay que mentir (erigir una ficción) hasta que la ficción nos ampare. No hacerlo significa convivir con los codos de la ficción del otro. Vivir en el mundo de los otros.



XIII

Esto parece una apología: ¡hay que estar loco!
Puede ser. La cordura civilizada es también el límite del otro (que el otro pone) - ¿dónde lo pone? obviamente: ¡sobre nosotros! -. Además, basta mirar un poco: la cordura civilizada se parece mucho a la locura. Vemos la realidad, los días, periódicos, la tv, las vidas ajenas, las vidrieras y no podemos dejar de decir: ¡esto es la locura!
Claro: es la locura del otro. (la verdad del otro)
(¿de quién? No importa de quién: ¡siempre es de otro; de cualquier otro!
y siempre pesa sobre nosotros: es lo que hay que ser - o sea,
la inercia, la muerte -)



XIV

Este viene siendo un texto largo - para el interés de un internauta-. Nadie lee textos largos. Tengo que suponer que estoy a salvo. Además, tengo fiebre. Puedo alegar desequilibrio momentáneo. Y no corregirlo.




XV

Es que la locura hay que merecerla: hay que construirla. Yo creo que debe ser desde el arte hasta encallar en la vida, rozar sus costas. Si empezamos por elementos no artísticos, si tenemos fines mezquinos, si nuestras mentiras no son nobles corremos el riesgo de terminar como el doctor francés. Es decir, que yo no me acuerde de su nombre. No como Shakespeare o Jesús. Pero yo no sería tan enfático al afirmar esto. Tal vez el orden, los materiales sean misteriosos. Como Charlotte Corday. En todo caso, será memorable. La historia rescata - de alguna manera - a los que entraron en su propio sueño (al sueño que construyen). Descreo de que el elemento artístico no participe. En todo caso, la trama de esa vida será legible como pieza literaria. O se perderá.
Invariablemente.



XVI
Lo que pasa es que hay mucha gente en mi delirio.
///



[1] Pessoa, Fernando: O Marinheiro.
[2] Idem

12.11.06

dos notas sobre la escritura

La tinta es para el escritor un tímido hilo (en sí toda la tarea no difiere de la esperanza de Ariadna y de la espera de Penelope). Con él va recogiendo sus heridas, e intenta imbricarlas en una trama, darles sentido. ¿Espera que haya alguien, algo (una respuesta, una recompensa) al final de ese hilo? A veces sí (es un animal iluso, se confunde). Otras veces, - más lúcido y más gastado - no espera nada. Pero aun en esto está condenado a esperar: su posición frente a la hoja en blanco es la de alguien ante una plegaria, alguien que espera; a lo que no tiene derecho es a la esperanza: un escritor debe desesperar (esto último: Blanchot).



///





Cuando la tinta adquiere el cuerpo de una letra en el papel, es una cicatriz que no sabe cómo cerrarse. Por eso cae y recae en la desesperación de seguir escribiendo: el momento cuando, al final del hilo, pueda hacer un nudo y contener toda la sangre que está perdiendo (con la que escribe). Pero el final del hilo no existe (antes que el final, cubrirá todo el cuerpo, lo sepultará como una ceremonia mortuoria). Existe la muerte, pero no el final del texto.

*

1.5.06

Debret Viana y el cine

By request, se adjunta el link a un artículo sobre Debret Viana escrito por Oscar Boyson (estudiante y periodista de cine estadounidense que se asomó a la tibia escena porteña) en la revista de cine The Passenger , de Chicago, U.S.A. y reproducido en la webpage www.livejournal.com

"(...)Damián M. Debret Viana is a literature student at the University of Buenos Aires. His appearance evokes portraits of the great classical composers: visible but elusive genius that only comes to life when the music begins. Turtleneck, pants, and painted fingernails accentuate apetit, wiryframe. The wardrobe matches the fingernails, and the fingernails match the hair-black, long, curly yet precise, explosive stuff that frames his face to elegant effect. Narrow, noble features, alert eyes behind glasses; he is an easy man to remember. (...)"


el artículo completo

27.2.06

cinema verité

para responder a algunos mails


cosas raras que tienen los límites difusos
Debret Viana ha estado recibiendo correos extraños de sus lectores. No es que no le agrade que se preocupen por él; pero le parece pertinente insistir con un tópico. Los manicomios - como la ficción - tienen problemas de fronteras. Es natural que, dadas las técnicas que el cuaderno Infimos Urbanos emplea para problematizar sus temáticas y tramas, exista una propensión a creerle demasiado a un impostor, como claramente es Debret Viana. Infimos Urbanos es, ante todo, una novela rota. Su caracter residual le permite una tolerancia bastante generosa en tanto a sus contenidos; por eso ingresan tantos despojos. De ahí proviene su caracter caótico, fragmentario. No deja de ser cierto que, últimamente, el eje central de la ficcionalización ha sido Debret Viana. Pero conviene no olvidar que Debret Viana es, de todos, el fantasma más difuso que comprende la obra. Infimos Urbanos NO es un diario. Si es un diario, es el diario de la novela que no se pudo escribir. Es la prosa del naufragio.
*

La verdad – se sabe – es una de las tramas esenciales de Ínfimos Urbanos. Si bien mentir es fácil – nunca sencillo -, porque la más leve desviación infligida a la rigurosa ruta de la verdad ya constituye una mentira – y ese caudal es vasto, casi infinito – mentir todo el tiempo es imposible.

(

Hágase la prueba y se regresará a uno mismo exhausto y derrotado; sería como vivir en un estricto teatro perpetuo donde uno mismo sería el único que – vagamente, de todos modos – conocería la condición ficticia (e improvisada) de cada paso dado.

)


La verdad – varios relatos de Ínfimos Urbanos versan sobre este tema – por alguna grieta imprevista se filtra: no hay manera de extraditarla. Sabiendo esto, Debret Viana implementó el siguiente recurso literario: decir, alguna vez, de vez en cuando, la verdad, para que las mentiras – las ficciones – resulten más creíbles. Una de las formas, por ejemplo, fue decir varias veces Debret Viana. Otra, ofrecer mínimos detalles de su vida – o que pudieron ser de su vida -. Los procesos de fantasmatización son infinitos.

Es cierto que una apariencia de verdad irrumpió las páginas. Y que esto facilitó la confusión, y con ella la buena voluntad de muchos que se acercaron con consejos y consuelo. Pero es que la verdad no puede contenerse por completo. Cuando eran cuentos, su estructura prevenía de su naturaleza ficticia y trazaba eficazmente los límites. Las últimas literaturas marginales se escriben “con la forma” de la verdad. No tienen su contenido. (Esto va para la cantidad de niñas que se sintieron inmediatamente indentificadas con la supuesta "muchacha miope" del texto anterior y esgrimieron variadísimas respuestas (a ninguna pregunta): es ficción, y es tristísimo tener que ir rindiéndole cuentas a la realidad por los devaríos que a uno se le cruzan: por favor, no protesten)

Usar la forma de la verdad, la estructura con que se ejerce, y no decirla es la mejor manera de revelar su carácter relativo, de desintegrarla.

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Mis mayores pasiones han sido por personajes de novelas. He sufrido con la encarcelación del conde de Monte Cristo mucho más que con el relato de la pena de ningún amigo íntimo, por más portentosa que fuese su tragedia. Me ha desesperanzado el desencuentro de Romeo y Julieta, de Horacio y La Maga, de Werther y Charlottte más que los de las propias mujeres que no supe detener, y que todavía hoy recuerdo con una ternura que es como de herida. (¿quién dice esto? ¿Debret Viana? ¿yo? No es lo mismo, pero no importa)

)

Incluso si fuesen ciertas, no interesaría: importa que su prosa logre seducir, que llegue y penetre, que contenga alguna luz, y alguna belleza.
Incluso si fuesen ciertas, serían de otros: porque yo pocas veces me parezco a mí mismo.
Incluso si fuesen ciertas, serían falsas, porque el lenguaje teje historias y no es el instrumento indicado para trabajar la verdad.


Debret Viana no existe. Escribe estas cosas como si fuese otro. O acaso otro escribe estas cosas y firma, al final, Debret Viana. No importa. En un caso y en otro, es vanidad. Decir Debret Viana es tan ilusorio como decir Yo. Nunca estoy más lejos mío – recuerdo que escribía Derridá – como cuando digo “Yo”. Pirandello detiene a uno de sus personajes frente a un espejo, le pregunta a su imagen “¿quién es loco?”, y responde “tu” mientras señala al espejo, donde su imagen le devuelve el dedo inquisidor; concluye lo inevitable: somos fantasmas. Con menos palabras, hace más de un siglo Rimbaud escribía “Yo es otro”.


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En Ínfimos Urbanos hay personajes, no personas. Si hubiesen personas, estarían viviendo y no estancadas en una torpe narrativa.

Son personajes: son mi paisaje, mi clima; acaso también mi compañía, mis estados de ánimo, mi soledad. Mi búsqueda, mis metamorfósis.

Ínfimos Urbanos es soledad. La de Debret Viana, la mía, la tuya. Soledad pura. Un poco la de todos. Aquí no hay nadie más: es naufragio. Si hubiese alguien, conversaríamos: le diría de ir al cine, nos quejaríamos del clima, de los políticos, de la fugacidad del tiempo, de cualquier cosa. Y no me quedaría en este cuarto vacío, como un prisionero anémico, haciendo literatura.


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pero pero

todo lo anterior también es coartada,

es máscara;

por supuesto.

...

en Infimos urbanos nunca se sabe de qué lado cayó la moneda