6.2.07

10 notas para una mitología personal


No he venido aquí para escribir.
He venido aquí para estar loco.
Walser




I

Innumerablemente, he declamado: el escenario es un lugar de venganza; de ahí que Ínfimos Urbanos (enorme, bestial escenario que todo fagocita) resultase una praxis agresiva, un ajuste de cuentas (con el desencanto de lo real, con los tártaros de las ilusiones, las nostalgias de plenitudes sin existencia, la intoxicación de los mundos posibles que no se dieron, las mujeres perdidas, el hastío de un destino insulso, la angustia de la irrelevancia de todo, el pasillo indeclinable por el que cada cosa se vuelve nada, etc.). Hubo que hacer algo en el momento en que las tensiones del mundo dejaron de coincidir con las inquietudes de mi cuerpo; cuando la ética de mi deseo se desencontró brutalmente con las maneras de lo real, había que capitular (acatamiento, sometimiento, suicidio) o ejercer un camino desesperado, personal, incierto (la soledad, la escritura).


II

Desprevenido, no supe leer totalmente el signo que esa sentencia suscitaba: me quedé con el estribillo, repetí su superficie (su máscara, su marioneta: su farsa) y prescindí del presagio que latía bajo la piel de ese signo. Es raro que las verdades se presenten sin su revés (por lo general, una emboscada): es común, sin embargo, dejarse encandilar por el destello erróneo de una frase parida – un juguete, al fin -, bajar las defensas, abusar del souvenir y desatender la negrura que puede resguardarse dentro de los márgenes del signo.


III

Porque cuando busqué mi imagen, el reflejo me devolvió otra, y yo me contenté con esa confusión (como cuando nos abrazan y nos dicen “todo estará bien”) es que he sobrevivido mi estadía en la realidad. Pero, iluso sería no prever esta pregunta: ¿hasta cuándo el espejo diferirá la verdad?
Una pieza del cuadro llegó a mí, la vi por accidente, se susurró de golpe mientras yo me ocupaba de otra cosa. ¡Sublime torpeza no haberlo pensado antes! Avisado de que nada es gratuito, ¿con qué ingenuidad suponer que la venganza no tendría un costo?


IV

Desterrado de las alegrías reales (aquellas junto a las que la humanidad tolera el peso de la existencia); extranjerizado de las cosas comunes; incapaz de habitar pacíficamente el presente (desbordado de nostalgias e imágenes oníricas); incomprendido y malversado; costeando los placeres con dosis cada vez más enfermizas de soledad; devoto de las lejanías y hastiado prontamente de las inmediateces; cansado de arrastrar tantas muecas a falta de un máscara que proteja mi ausencia de rostro, - esa desnudez -; inaudible para la tibieza de atardecer que vibran las flores; expulsado de mi niñez, inerme; hechizado por femeninos espejismos que tentaron mi confusión con mitologías absurdas; extendido ante luces que mecieron mis sueños pero llagaron mi carne, arruinándome para la vigilia; testigo irónico del funeral de mí mismo, a un costado de mi cuerpo, que obedecía las rutinas, ya sin mí..........en fin: de todo eso me vengaba literaturizando los diferentes distritos de mi agonía, tratando a cada uno como a un ladrillo de una inmensa construcción, que devendría eventualmente en un templo que, cerrado sobre mí (como Artemisa se cierra sobre la palabra de Heráclito), tendría ventanas desde donde yo vería a las fragancias de mis literaturas, como raros pájaros etéreos revoloteando por los delgados cielos del crepúsculo, en una danza lúdica sin solemnidad, y con tristeza bella.
En esas pirotecnias marchitaría mi alma, encantado.


V

Ejecutado en la aérea acuarela de mi metafísica sin destino ni consuelo, que viene de tanta lluvia contemplada que germinó del lado de adentro de los ojos, hartos de paisajes pedestres.


VI

Y era simple: ¿qué es necesario para acometer la empresa de una venganza?
Tiempo.
Dedicación.
Soledad. Para ejecutar una venganza, hay que realizar un sacrificio. Acorde a la medida de la venganza serán las dimensiones del sacrificio. Tan desmesurada la ambición de mi proyecto que tuve que rendir mi vida entera. La composición de una venganza es una arquitectura vasta y compleja (más cuando lo que yo pretendía ajusticiar era el universo). La exigencia de semejante obra es severa: es imprescindible abdicar de los rituales simples que componen la vida. Un hombre que concierta ficciones paga con el naufragio de todas sus realidades.


VII

El escenario – como el texto – es un espacio de venganza. Y el altar del sacrificio.


VIII

Algo ya había intuido, cuando decía que un escritor sólo escribe con sangre (tibia metáfora para decir que la escritura es tiempo - un suspendido tiempo de aire enrarecido, pero tiempo al fin): en el vínculo parasitario, vampírico entre el escritor y el texto (el artista y la obra) estaba insinuada la escena que recién ahora concientizo.


IX


Fui un penitente que cumplía su condena ejerciendo prácticas que suponía parte de su decisión ética (como si se pudiese decidir estar enfermo). Asumí la literatura para generar líneas de fuga de la vida, sin darme cuenta de que era mi manera de no vivir. Si hubiese sabido este axioma completo, ¿hubiese pagado el precio? No lo sé. En todo caso, es la pregunta errada (yo ya soy otro, y no puedo responder por mis diversos pasados). Acaso nunca hubo otra cosa para mí.
A esta altura, ya no es posible desandar el camino, ni abandonarlo y empezar una vida real. He profundizado tanto en las agonías de estar vivo que ya sé sentir la belleza sutil del instante, impregnado de su inmarcesible unicidad, y - claro - de su incandescente futilidad. El sacrificio reclamaba que cediese cosas para las que de todos modos no tenía alma para vivir: ¿qué hubiese hecho yo en la normalidad? La opresión de las normas me hubiese gastado. Sacrifiqué cosas para las que era previsiblemente estéril (el amor, la familia, la sociabilidad, la euforia, la hipocresía, la convivencia, la música pop, el cine industrial, las corbatas, el trabajo, los periódicos, la felicidad, etc).


X


Hoy, que ya he llenado demasiadas páginas (ansiando la dicha de algún día ser sustituido por ellas), y sacrificado todo, no tengo más remedio que seguir imaginando – seguir escribiendo ficciones – para tener qué subir al altar, para tener algo que desangrar. Es el vicio de la escritura el que, en su absoluta inutilidad, habrá de nombrarme. Desisto, como quien se quita unos zapatos demasiado apretados, de mi lado de afuera. Las tantas palabras desparramadas no son otra cosa que la desprolija procesión funeraria entre dos vigilias. Mi funeral es algo que ya pasó: llegué tarde, arrojé crisantemos oscuros sobre mi pecho inmóvil con el gesto de quien deja una maleta; subí la colina de la Nada como quien ha roto los bolsillos justo en el momento en que el poniente nacía; como quien, sentado en el invierno en una parada de colectivo recuerda la textura de un pullover de la infancia, yo, con cuatro palabras, empecé a labrarme un alma: me queda grande y me queda chica, y todavía entra algo de frío por las rendijas que dejan mis sueños al parpadear, pero algunas cosas - tal vez en su centelleo tímido de mariposa herida que cruza un abismo - sonaron lindas.






¿fin?

::::
el cuadro: shouting portrait, de William Blake

4.2.07

las letanías iniciáticas


esto pasó

Busqué la literatura como quien entra en la tormenta, para que la lluvia disimule su llanto.
El agua pudrió mis ropas. Infecto como estaba, nadie abrió una puerta para mí. Organicé las lágrimas en textos. Cada tanto, alguien siente que su pena y la mía no son diferentes; y quedo menos solo.

29.1.07

postergación de las imposibilidades


*

Es un personaje de ficción. Se detiene sobre una hoja: para abrir su miedo, su parálisis. Para verla. Y escribe. Dos puntos.


la otra orilla

1
Como Ahab tras Moby Dick tras mí mismo me lanzo, a través del fantasma de la vida que Melville vió en el mar, y yo más seguido. Terminamos pareciéndonos: castrados, desequilibrados, obsesivos.Como él, seguiré perdido o me habré hundido. Como él, no sabré cuando detenerme. Y hasta que no abrace el latido que vibra en el fantasma de la vida, y con él lo absurdo y superfluo de todo propósito, no tendré paz.




2
Después tampoco habrá paz: desierto de deseo, seré un cadáver vivo vaciado de sentido y sin dirección dónde encaminar su desesperación. Pero confío en el tiempo: no sabré vivir hasta la otra orilla.


3
Es un acantilado infinito, y estoy solo. Si, harto de todo, me lanzase a él, vagaría por sus profundidades, moriría de viejo en la caída antes de romperme en las piedras finales. Tendría que llorar, en su borde, infinitamente para llenarlo. Tendría que arrancarme las máscaras, y urdir con sus piezas una balsa para cruzar la mojada sal.

3
Si llegase, llegaría limpio.

3
Pero la máscara será endeble, y, mojados sus intersticios, declinará en el océano terrible: me ahogaré de mí mismo (de lo que de mí hice nacer, lo que perdí).

3
Y el llanto mío sólo puede producir un animal vengativo (está adiestrado para herir, para el chantaje). Será calmo hasta que me aventure en él, y violento y despiadado cuando llegue a su centro - que queda en cualquier parte que no sean sus orillas -.

3
Y, además, mi melancolía es serena: no tengo nada mío para exprimir hasta lograr tanto llanto. Si lloro, es ya una ironía, una pose. Es verme llorando porque un sentido estético me inclina a entender lo bien que quedo llorando en ese momento. Si exprimo, solo saldrá literatura.

3
Por no decir que la máscara, al arrancármela, se llevará trozos de carne mía, me destrozará el rostro: quedaré desangrado en la misma orilla del principio.


3
Aunque lo cierto es que no podría sacármela: tan profundo ha calado en mí que talló sus rasgos hasta lo indeleble, y es posible que la haya perdido hace tiempo, y no me dé cuenta.

///
- Es como el prisionero que es vigilado por alguién que lo mira pero que él no llega a divisar (como un vidrio polarizado, o espejado): detrás puede no haber nadie, pero el cumplirá las ceremonias de su condena como si hubiese alguien. O como un amigo, que llega a su casa tarde por las noches y procura no hacer ruido para no despertar a su madre, que duerme. Su madre ha muerto hace tres años, pero el cuerpo de mi amigo se acostumbró a ese ritual. -



3
Todo esto imaginando que alguna vez vislumbre esa otra orilla. Y, si la veo, no elija irme. O precipitarme por el acantilado.



4
Me hago demasiados problemas; aun si encuentro esa orilla ansiada, no la reconocería. Lo que a mí me toca es escribir textos. Ni siquiera saldré de esta habitación. Me quedaré prendido de mis hábitos y mis libros, respirando el mismo aire cansado que ya exhalé

4
- el enrarecido espacio rectángular aturdido de silencios de otros inscriptos en innúmeras páginas, con la monotonía de las imprentas y una tristeza parecida a la que hoy me inclina sobre este teclado donde la "s" funciona bastante mal -

5
Alguna vez pasaré por el supermercado. Y puede que vaya al cine, yire por los teatros, me deje estar entre los estantes de las librerías.

5
(y ya no creo que te llame); (como esta línea se la digo a nadie, la extiendo a todas las posibles muchachas donde, junto a sus ausencias, entristeceré)

6
Abdico de la búsqueda insensata de la otra orilla de la misma manera en que abdico de todo:
para poder soñar.


7
Para poder soñar, cínicamente.
La vida ocurre a expensas del sueño: estar viviendo es arrancar de sí el yugo aéreo de todas las almas. He finiquitado todos los destinos que pensé o soñé en la tranquila letanía de mi cama, antes de descender al mundo, para ser este cuerpo que agoniza enmascarando su desangramiento con la coartada de la literatura.
Es - apenas - una sensación; como todo.
Ya que he de perecer, y mi declive ni siquiera se redime en la estructura de una tragedia (decaigo torpemente, como en una farsa mal escrita, una ficción aburrida), decido no prescindir de la elegancia: solamente así declamaré mi patético quejido de insecto fútil.


8


No es más sensato que nada.
No es nada.
9


Todavía estoy demasiado vestido. Y no me sale.

23.1.07

así fue que perdí toda mi audiencia

Con un zapato en la mano, dije:


- El problema en la línea de fuga que Deleuze y Guattari ven en los diversos procesos de animalización en Kafka es que todo el proyecto concluye en la más hermética soledad: esa es la estación final del viaje que inicia la línea de fuga. Coincide, eso sí, un poco con mi vocación por el delirio, la locura, como manera de liberación, pero donde yo pretendo habitar una construcción (la locura es un trabajo meticuloso), ellos eligen la ruptura, el desvínculo total: en sí, el abismo. Parecen exigir la deshumanización, es como si dijese: en tanto exilie toda humanidad de mí - en tanto nada mío pueda ser recuperado como imagen de humanidad-, los poderes que rigen la humanidad no tendrán derecho a reclamarme, me habré vuelto otro, incomprensible, inasimilable (para las estructuras subyugadoras homogeneizantes), ajeno, irreductible. Distante tanto de la tolerancia como de la exigencia de la vida; y seré libre.


Pero, ¿libre para qué? Esa debería ser la pregunta. La febril ansia de libertad tiene tal urgencia por lograr la quebradura de las cadenas de coerción que posterga hasta sepultar en el olvido el simple hecho de que la libertad es una praxis, y no una finalidad, un instrumento, y no una meta. Y la libertad, como ejercicio, conlleva una ética, que esta vez no habré de comentar, ni reclamar (aunque es algo urgente, claro). Bajo este modelo de liberación mi libertad (mi otredad) atraerá la ira de los sumisos, y demandará que el poder me ajusticie. Es cierto, aun así me habré desprendido de las pueriles cadenas de la esclavitud, y el castigo de las autoridades es una módica venganza que solamente confirma mi liberación, mi ruptura. Me dirás, ya te veo, ¿de qué me sirve la libertad si no puedo ejercerla, si, por recibirla, soy terminado? Ese es, justamente, el dilema. Desprovisto de las lógicas del poder, ajeno a la dictadura silenciosa de la normalidad, en fin, libre de una vez, no queda ya mucho que hacer, puesto que mi libertad me vuelve paria, extranjero de todo, incapaz incluso de accionar mi supervivencia. Y todo esto, ¿por qué? Pues porque animalizado, fugado de toda relación con lo humano, no solo no se puede ser tolerado (recordar las manzanas en la caparazón de Gregorio) sino que tal morfosis vuelve obsoleto el dilema de la libertad: acaba aboliendo la dialéctica libre / no libre, y produce, a modo de respuesta, otra cosa (en todo caso, un monstruo) que no solo se excluye y es excluída del sistema, sino que, dado el caracter integrador y voraz del sistema actual, no exilia a los desiertos, porque ya no hay desiertos, sino que, al no haber lado de afuera en esta celda, el animalizado no tiene más remedio que capitular: su propia libertad, bajo la forma de ruptura de sujeciones, le confiesa el abismo que besa las fronteras de la prisión: no hay nada, no hay nada que hacer: con sus cadenas perdió el lenguaje con el que podía moverse por el mundo, y ahora sólo puede perpetrar su desaparición.

Por esto prefiero devenir loco, que devenir animal. La locura, para empezar, guarda la apariencia de ser una modificación menos radical: se mantienen, todavía, ciertos rasgos humanos (lo que implica el riesgo de que sobrevengan algunas exigencias por parte del poder; pero, en este estadio, sorteables) pero la locura - el loco: quien habita su constelación interior de representaciones, actor de su propia puesta teatral, arquitecto de un mundo personal, subjetivo, que, con la exigencia indeclinable de sus soledad, puede habitar - tolera, sino la convivencia (de los cuerpos, no de los mundos) el título de enfermo, enajenado, alienado: estas protecciones jurídicas pueden adjudicar, acaso, también el olvido: en su serenidad puede extenderse el universo entero de las alucinaciones. El problema de la animalización es que actúa también sobre el cuerpo: la locura, en cambio, deja intactas las apariencias de lo real, y mueve su campo de acción al territorio onírico de la imaginación: seremos sustraídos de los real (el mundo del otro) y nuestro cuerpo disimulará la partida, ocultará las maneras de nuestra vida interior. En una época donde no hay afuera - regida por un imperio tan vasto como invisible - no podemos afrontar el lujo de destruir nuestras apariencias: este sistema no es destruible (porque esta destrucción implica, también, la nuestra); lo que podemos hacer es acomodarnos, escapar, no hacia fuera (del sistema), sino hacia adentro (de sí): pero claro, es imprescindible, primero, tener lado de adentro, ¿no?

- Grkkkl... grkkl... - dijo la cucaracha, y huyó debajo de la cama, refugiada por la oscuridad. Era difícil dormir, la noche retenía el calor del día, su asfixia, y yo perdí así toda mi audiencia.

21.1.07

decálogo del nostálgico empedernido



La torpeza de haber regresado al mismo lugar donde ayer estuve con X. Vivamente sentir las pequeñas cosas que ella hacía (recostar su cabeza sobre mi hombro, tomar mi mano – que se encontraba con la de ella, con ternura, por primera vez, en una danza suave y llena de torpezas encantadoras -, buscar la complicidad de mi mirada con la suya cuando una broma de Dolina le gustaba mucho, cambiar constantemente de posición, retarme por tirar al suelo el papelito de los caramelos, no creerme cuando le dije que lo hacía para prevenir el desempleo de los trabajadores de limpieza, defenderse aparatosamente del derrumbe del sueño, etc). Extraña nostalgia del día anterior, llena de gestos que todavía no se desintegraron por completo: es visible su figura subiendo las escaleras del teatro, yendo al baño, mientras yo cuidaba su cartera; es una sensación exterior – física - la ausencia de su cuerpo que temblaba entre mis brazos, que malograban un torpe combate contra el vigor enardecido del aire acondicionado. Me codeo, esta noche, con las etéreas formas que representan las escenas que ayer protagonicé (y percibo, en el tono de sus inflexiones, tal vez, un hálito de ironía).

( )

Una idea terrible: se trata de la presencia de la ausencia, la burla de mi soledad que escenifica el pasado (esta vez viril, y, no como siempre, lánguido, librado al capricho de mi actualidad), que, aun no mediado por la literatura de la memoria, mueve los títeres del ayer con severa malicia

*
Y pensar, cuando cruzaba Corrientes, que todavía me queda el viaje en colectivo, harto de espectros.

///

(Acaso por esto valga la pena protegerse de la vida: para evitar la venganza de las cosas que no supimos retener, que fantasmatizadas sobrevuelan el descontento de nuestra vida)

18.1.07

el virus

"
(...) No es insensato afirmar que el exteriminio del hombre comienza por el exterminio de los gérmenes. Pues tal como es, con sus humores, sus pasiones, su risa, su sexo, sus secresiones, el mismo hombre no es más que un sucio y pequeño virus irracional que altera el universo de la transparencia. Cuando esté expurgado, cuando se haya puesto fin a los procesos virales, a toda contaminación social y bacilar, solo quedará el virus de la tristeza, en un universo de una limpieza y una sofisticación mortales.
"

Baudrillard
El otro por sí mismo.





*

El poeta, entre tanto, abrirá su cuerpo profético a los padecimientos de la tristeza, desangrado por las agonías del futuro.

13.1.07

los rebotes de la palabra (inagotable flujo)


Obra de alguna confusión, un cuento lejano termina publicado en una revista italiana de literatura (BURAN); lo poco que sabe de italiano lo aprendió de Fellini (es decir, de la boca de Marcello Mastroianni) pero al aproximarse a las palabras inaccesibles de su propia prosa siente un encantamiento extraño (ostranemie: son sutiles animalitos sonoros, silenciosa pirotecnia auditiva; la forma del signo extendiéndose en el tiempo pero ausente de todo significado: la utopía: la torpe literatura de Debret Viana vuelta piano), se siente mecer por una melodía de sílabas que le ofrecen un brusco y sutil goce: confirma otra vez su destino de escritor - de narciso.



///



poses para llorar

- 2do draft -




tan pronto como deja de padecer, a la vez deja también de ser.


Etica, de Baruch Spinoza




0

No importa cuándo. Esto ocurrió siempre hace mucho: historias como ésta estan vaciadas de contemporaneidad. - no ocurren nunca: han siempre ya ocurrido -.




1

En la ciudad de Rosario un hombre se acercó a una mujer, como si fuera niño y padre a la vez. Su insistencia fue desesperada - perdió el molde de su saco, y empañó los puños de sus camisas en el esfuerzo -, hasta que la mujer cedió, por simpatía o por piedad, y cometió el acto más solitario: se enamoró. Era casual que su nombre fuera Sandra. El hombre trabajó hasta conmover el alma de Sandra, poseyéndola. La tuvo, la quiso, la abrió y la rompió delicadamente. Ella no sabía cómo despegarse de él, cómo pensar en otra cosa. Su vida se había vuelto un torpe andar a tientas por los rastros vagos que ese hombre había hundido en ella, ansiando que tal vez desembocaran en la carne del alma de él, ahora tan callado, tan ausente. Una vez que consiguió lo que pretendía, el hombre se marchó. Nada le significaba conservar lo que ya poseía. Sandra lloró.



2
La historia es común; y todavía nada interesante. Sandra lloró como se llora, sólo que organizó sus lágrimas. Pudo ser otra vez el llanto estereotípico de la mujer herida que llora. Sin embargo, conservó cada lágrima: le encontraba un sentido - absurdo y secreto para nosotros - a salvar lo que se va deslizando hacia el olvido. En baldes, en botellas escurría sus pañuelos. No salía a la calle sin un frasquito donde derramar su llanto. Con el tiempo, había establecido un horario para llorar. Tenía también un cuarto para llorar: una habitación con fotos. Ella se sentaba en su silla para llorar. Y lloraba.


3
Es pensable que ya la causa del llanto se hubiera vencido, que su llanto era un vicio, o un oficio. Se trata de meras especulaciones que no hacen a la historia; murmullo en derredor. Yo quisiera quedarme cercano a los hechos, los pocos que pude juntar. Creo que ya se comprende que el hombre que abrió la herida era un accidente de la historia, acaso necesario pero sin duda circunstancial. Que fuese su precisa pezuña la que había empezado las cosas era un detalle casual: había antes en Sandra algo que se desbordaba, pero que no encontraba expresión. Era ella la que lo había usado a ese hombre como excusa para lograr su obra, su terrible biblioteca de frascos con lágrimas, que se alzaba en cada pared de la casa.



4
Lo cierto es que lloró con sistema (empresa magna, como la de pensar con sistema: Sandra como la Spinoza de las lágrimas). Y que cuidó su llanto. No permitió que nadie se lo secara, que nadie se lo arrebatara: fue como decir este llanto es mío, estas lágrimas también soy yo (mi lenguaje). Había algo de sagrado y algo de temible, de inhumano en la disciplina con la que ejerció su pena. No dejó que eso que de alguna manera la decía - la delataba - se perdiera: recogió su llanto y lo guardó: vivió con él (entre botellas, frascos, pañuelos mojados y baldes) el tiempo de su vida.



5
No podemos ignorar el esfuerzo que esto implica. Sandra tuvo que estar sola. No podía darse a ningún hombre si pretendía articular hasta el final la titánica tarea. Tenía que aferrarse a su dolor, a su inmensa tristeza. Un hombre la distraería. Aun si resultaba bueno, amable, y realmente la amase, le secaría las lágrimas con terciopelos azules y entorpecería toda la empresa. Hacer brotar un río de agua salada no era un trabajo menos que divino: lo único serio que cabía era librarse de las tentaciones mundanas. Solitariamente dió esos pasos. Se dejó casi todo el tiempo encerrada en su casa; apenas de vez en cuando se la veía en la ciudad. Al principio, solamente sospecharon que se había vuelto loca. De la intriga de los vecinos empezaron muchas literaturas.


6




Como toda leyenda, las voces la multiplican, la tocan, la cambian. Ya he relatado lo que se sabe: ahora, las fábulas que surgieron son numerosas, y creo que no pertenecen al destino de Sandra. Una muchacha lloró y, hasta donde se sabe, guardó cada gota de ese llanto. Después, su vida se pierde entre las vidas, y salvando ese mínimo hecho, se vuelve irrecuperable. En el barrio, sin embargo, Sandra se perpetúa en ese sólo movimiento, se cristaliza en una imagen revisitada por el folclore rosarino, por las viejas que le rezan como a una santa y los pibes que le temen como a un dios triste. Es cierto que ya no es Sandra. Que la verdadera muchacha ahora puede ser abogada, o psicóloga o ama de casa y estar felizmente casada por ahí, o cualquiera de los destinos asequibles. Como nada sé de lo que fue de ella - y estoy convencido de que lo que resultó es mucho menos estético que las habladurías -, recojo algunas declamaciones barriales; dicen:
  • que se bañaba en sus lágrimas
  • que planeaba tener la suficiente cantidad de agua como para un día ahogar a su amado

  • que vendió su llanto a pueblos de tierra árida, y trabajó, prósperamente, reemplazando la lluvia (menos caudalosa, pero puntual)


  • que sabiendo de tanta gente incapaz de emocionarse sinceramente, fundó una agencia de lágrimas a domicilio (frasquitos con llanto a pedido)


  • que aguardó a secarse para arrojar un baldazo de lagrimas a su amado y después vivió tranquila


  • que, seca, obligaba a vírgenes a llorar por ella para que nunca se detenga la maquinaria lacrimosa


  • que su llanto era sagrado, y se cerraban las heridas allí mojadas


  • que desbordó el Paraná


  • que abandonó el barrio para triunfar en México como estrella de melodramas


  • que la encontraron un día muerta en su casa, rodeada de frascos y baldes con agua salada. Tenía la piel muy seca, áspera. Suele llover en el aniversario de su muerte. Esa lluvia se la conoce como las lágrimas de Sandra


  • que no lloraba nada, y capturaba en palanganas gotas de lluvia (lo hacía para montar un teatro que distrajese las voces de la humillación de ser usada y abandonada por un tipo)


  • que lavaba su ropa en su llanto, logrando un blanco tan pulcro y absoluto que una compañía de jabón en polvo le compró la fórmula


  • que un día, de hacer tanta fuerza por llorar, lloró sangre


  • que le costaba llorar porque ya ni se acordaba del tipo, entonces hizo valijas y salió en busca de nuevas penas para llorar largo y tendido


  • que, húmeda, se pudrió junto a las paredes de la casa


  • que lo que en realidad amaba era la manera en que el mundo se veía a través de los frascos llenos con sus lágrimas


  • que se fue al sur y puso un hotel con termas tibias y saludables


  • que una noche de tormenta un extranjero perdido golpeó su puerta; Sandra lo dejó pasar y el extranjero vió como esa casa y la tormenta eran muy parecidas.


  • que una vez se le cayó un frasco y se quebró en el piso, y Sandra no pudo soportar su obra inútil en el suelo y se abrió las venas con los vidrio rotos del frasco, pero de ella sólo brotaba agua salada


  • que hombres misteriosos se la llevaron una noche hacia un páramo lejano y solitario, la violaron y la acuchillaron; de las heridas de Sandra salía agua salada e inundó el lugar


  • que de tanto llorar perdió la vista, y sólo tenía calma cuando pasaba la yema de los dedos sobre la superficie del agua de sus lágrimas, acariciándola como si fuera un gato


  • que seccionó en gotas todo el llanto que tenía y contó 140.853.411 lágrimas


  • que regaba su jardín con esa agua: el más florido de Rosario



7
La historia se cierra en literatura - se abre: infinitamente -. La tarea de Sandra era, desde luego, una tarea inútil. A su manera, todas lo son. No es diferente la manera en que vos necesitás aferrarte a algún talismán vacío para suponer una dirección a tu errática somnolencia, y prevenirte de que el abismo te salte encima como una fiera afilada. Yo, harto de letras las hojas limpias también para soportar la fragancia rancia que las horas me dejan al pasar por mí como pasa el viento sucio y grisáceo que tiene la voz de los segundos que gotean lejanos en la madera de los muebles nocturnos. No importa. Que nos baste saber que una vez, en la ciudad de Rosario, una muchacha lloró.


____*____


el cuadro: vista del sur, de Ezeiza


10.1.07

ética de la agonía I

En la sala de espera del hospital, madrugada (la sala mal iluminada, dos sillones, poca gente - anclada pero inquieta - pero expresiones que delatan un Munch ocurriendo dentro de esas almas; la madrugada aletarga los desangramientos del día), una abeja (¿de dónde pudo haber salido?: hace meses que no veía ninguna; no es época de abejas, no es la hora del día, tampoco es el lugar propicio, etc) deambula por el suelo, un errabundeo frenético, choca contra las paredes sin poder levantar vuelo, gira torpemenente con un bzzzzz que bosteza patetismo. Alguien, en el nombre de la Justicia, debería aplastarla, librarla de ese calvario. Es lo que cada paso de la abeja pide: es la ética de la agonía (salvo para un escritor, que gusta desangrarse lentamente sobre el papel, en un no menos patético ademán narcisista: escribir es una de las formas más lentas de morirse: una forma lujosa - a cada frase, el escritor, desde siempre moribundo, lo único que hace es ostentar su muerte, estilizarla*). Espero a mi abuelo, de 85 años, senil, roto, hundido en la sombra de sí mismo, sustituido - delante de los ojos de todos nosotros, su familia - por una raquítica y triste mueca de desesperación, detenido, por alguna magia terrible, en el instante de transición espectral, condenado (como Metzengerstein) en el umbral de la eternidad. No quiero ser yo (:no quiero ser real; que no sean mis suelas las que tengan que mancharse).



///

* De ahí que goce sabiendo que alguien lee: es el goce perverso del que imagina la concurrencia de su funeral, la tristeza de quienes miran su cuerpo; el último narciso: el texto es la extensión del cadáver, una pieza del sujeto fractal, un patético grito final (¡amenmé!) pero que no agota totalmente la materia (la vida): le exige, pero no la colma.

6.1.07

before storm

No tanto el cielo estrellado, sino en el plomizo cielo nocturno cubierto por el espeso manto gris de la inminente tormenta: ahí Devret siente más carnalmente la idea del infinito (incluso se marea, en su imaginación, un segundo, cae).

5.1.07

barthes provee las excusas

"El fragmento (como el haiku) es torin; implica un goce inmediato: es el fantasma de un discurso, un bostezo de deseo."


pero también

"Producción de mis fragmentos. Contemplación de mis fragmentos (correción, pulimiento, etc.). Contemplación de mis deshechos (narcisismo)."

Roland Barthes por Roland Barthes

3.1.07

expiación a través del fragmento

De pronto, en medio de la noche (todos duermen, la casa silenciosa), sentado en el baño, mirando el suelo (encarno, con toda la fuerza de las imágenes, el despojo, la silenciosa ruina interna del desahuciado) veo latir mi corazón en los mechones de mi pelo, que tiemblan.

1.1.07

palimpsesto

No siendo escribir una actividad normativa ni científica, no puedo decir por qué ni para qué se escribe. Solamente puedo enumerar razones por las cuales creo que escribo:

1) por una necesidad de placer que, como es sabido, guarda relación con el encanto erótico;
2) porque la escritura descentra el habla, el individuo, la persona, realiza un trabajo cuyo origen es indiscernible;
3) para poner en práctica un , satisfacer una actividad distintiva, producir una diferencia;
4) para ser reconocido, gratificado, amado, discutido, confirmado;
5) para cumplir cometido ideológicos o contra-ideológicos;
6) para obedecer las órdenes terminantes de una tipología secreta, de una distribución combatiente, de una evaluación permanente;
7) para satisfacer a mis amigos e irritar a mi enemigos;
8) para contribuir a agrietar el sistema simbólico de nuestra sociedad;
9) para producir sentidos nuevos, es decir, fuerzas nuevas, apoderarse de las cosas de una manera nueva, socavar y cambiar la subyugación de los sentidos;
10) finalmente, y tal como resulta de la multiplicidad y la contradicción deliberadas de estas razones, para desbaratar la idea, el ídolo, el fetiche de la Determinación Única, de la Causa (la caualidad y la , y acreditar así el valor superior de una actividad pluralista, sin causalidad, finalidad, ni generalidad, como lo es el texto mismo.




en Variaciones sobre la escritura
Roland Barthes

30.12.06

la verdad no es mimética

Llovía. Salí a la calle a sentir las gotas. Heladas. En un charco busqué mi reflejo, acribillado por las gotas de agua - violentas, grises -. Era como un espejo roto; un espejo improvisado rompiendose infinitamente, astillándose sin llegar a quebrarse. Pensé: mi biografía.

27.12.06

la época enhebra sus metáforas

Un reloj - muy grande, de madera, sobre la pared del living de la deshabitada casa de mis abuelos - tan pesado que me sorprende cada tanto (de día prácticamente no existe: es un mero objeto que rinde su función utilitaria, pero de noche...), me petrifica en la habitación y creo sentir los pasos de alguien que sigilosa y monótonamente - pero voraz, implacable - se aproxima (por el ritmo, por la sequedad, por la manera en que retumban en el ambiente, por la forma en que rebotan en mi cabeza entiendo que esos pasos no pueden tener buenas intenciones). Y después, con todo suspendido (yo mismo vuelto un objeto inmóvil, tan perseguido que debo asumir la pose protectora de quien persigue) notar que se trataba del reloj, y sonreír para mí con suficiencia, para disimular, para disculpar mi ridiculez, para no tener que darme cuenta de que tenía razón.

24.12.06

Sí: las cosas se vengan representando el teatro de nuestra futilidad.


fireworks


Ahora, el espectáculo del cielo de nochebuena. Aislado, en un rincón de la familia, me apoyo contra el marco de la ventana abierta con el gesto del quien por fin respirará y siento: ese cielo como un signo, una incadescente metáfora ofrecida ante mí para arder los velos que median las dispares cosas aquí abajo: ya no el ritual oriental - eso es parte de lo perdido: lo que se toma de otra cultura nunca es el ritual, sino el gesto vaciado de contenido, la mueca -, sino estallidos furtivos que interrumpen un instante intrascendente del silencio, y fugaces episodios lumínicos que rayan el cielo - como un niño que patalea o como un ahogado que se niega - hasta diluirse en la llana oscuridad del universo: así todas las ansias humanas, cargando los cuerpos en el esfuerzo de dar sentido a la casualidad de estar vivos, hasta perecer en las fosas comunes del polvo, gastados, en el tránsito inútil, por los vientos que surgían - como siempre - contra los pasos que quisimos dar.

Encender un cigarrilo me protege: me da tiempo para decirme "esto es apenas una impresión"; como todo.




*


18.12.06

conspiración en la oscuridad





(...) Mucho se ha discutido acerca de la irresoluble respuesta a ala pregunta: ¿mientes? Pero pregúntale a alguien que está a tu lado, muy quedo para no despertarle: ¿duermes? Si responde que está durmiendo, miente. Pero puede responder con el juego del sueño, que no es mentir, sino jugar a la mentira. Hay una gran diferencia, porque éste es un juego de amor. La pregunta en sí es un juego de amor, ya que supone que el otro no duerme, aunque toma todas las precauciones para no despertarlo. Por otra parte, es una única y misma pregunta: ¿me amas?, ¿mientes?, ¿duermes? Y la respuesta: sí te amo; sí, miento, sí duermo, también es paradójica. Pero no es mentirosa. Sencillamente viene de otro mundo, que no es la verdad del primero. “Sí, duermo; sí, miento; sí, te amo” atestiguan un sonambulismo maravilloso y, a fin de cuentas, una gran lucidez sobre las relaciones que establecemos con la realidad en el sueño, en la mentira o en el amor.




en Cool Memories
Baudrillard


///


(Así es como creo que funciona el texto: la esencia de las ficciones (su distancia de la verdad y de la mentira; su desesperación erótica; su estado híbrido entre vigilia y sueño; etc) – por lo menos en el caso de Ínfimos Urbanos - yace inscripta en este fragmento que, por supuesto, habla de otra cosa) (para encontrar algo es imprescindible estar buscando otra cosa).

15.12.06

preciosa fugacidad





Si alguna vez llego a tener verdadera confianza en lo que escribo, no volveré al papel. Ya no lo necesitaría: sería como hacer de la voz que hallé (en mí: que logré, que trabajé) una artesanía. Buscaré los vidrios empañados, o escribiré en la arena lo que tenga que escribir.

*

Todo lo que dura es vanidad. Y siempre, en algún momento, se vuelve falso. La palabra no merece extenderse más allá del instante en que tiene sentido. Su fugacidad es preciosa: la salva de envilecerse, de pudrirse, de falsearse. En el momento en que la vibración del sonido de la palabra se agota, la palabra ya no existe. Y la verdad, ya no es posible. Y si existe es como cadáver, y si hay alguna verdad, es la verdad del otro. La tratarán justamente como a un cadáver: la abrirán, la escrutarán, la indagarán, la cortarán, etc para intentar penetrarla. Pero si logran que diga algo, será algo sobre un muerto. O sobre todos los hombres, sobre cualquiera.

10.12.06

remains

Al menos murió Pinochet.
Eso hace más digno al día de mi cumpleaños (casualmente, el día de los derechos humanos).


*
La tv emite todo tipo de imagenes con respecto a su fallecimiento (gente alegre, gente triste, recortes de diarios de las últimas semanas, de las últimas décadas, y algunas escenas dispersas de la historia chilena) y termino viendo, en un desafortunado zapping, declaraciones de prensa de Pinochet a mediados de la década del 70. Me disculpará Pacino, pero este señor (con sus deformidades externas e internas) nació para encarnar a Ricardo III. Tal vez si lo hubiésemos subido a las tablas nos ahorrábamos los costos de la realidad.


*

Cuando la tecnología me lo permita (mi pc palmó, y la página web donde almaceno canciones se niega a funcionar) habrá aquí, en lugar de esta queja, una canción (te recuerdo, Amanda) de Victor Jara.

vanitas







/ 25 /





*
He decidido este experimento: escribir hasta cumplir 25 años. Son las 6.14am; hace un rato llegué a mi casa, pasé un tiempo sentado en el inodoro, pensando en lo que hubiese tenido que ser mi vida. La noche fue amable: una cena con mis dos mayores amigos, cercanos desde los tiempos de la infancia. Tengo ahora 24 años; cuando deje de escribir habré pasado la frontera del cuarto de siglo. No tengo nada para decir. Las cosas que digo usualmente son cosas que pensé o adquirí alrededor de los 15 años. Desde entonces no hago más que repetir, reformular, reestructurar. No tengo nada para decir pero dormir... ya es demasiado temprano para dormir. Y quedarme solo conmigo, azarosamente recapitulando las escenas de mi vida sería tortuoso. La penitencia de escribir al menos me obliga a rehuir la inmediatez de mi calvario.

*
Artaud considera a la poesía, y al arte en general, como vida concreta que se vuelve trascendente. Estas palabras mías, en cambio, son efimerías.

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Del amor nunca entendí nada. Hablé mucho, vanamente. Puedo decir, del amor, cosas tristes. Y también puedo decir algunas cosas bellas. Pero nunca entendí nada. Las cosas que dije, las dije por mera devoción poética. Nada más. Los resultados de mis análisis racionales del amor son apenas una mueca de desesperación. Porque nunca entendí nada. No entendí nada de los beneficios del amor, no supe nunca por qué me quisieron; no entendí tampoco las cosas que me desolaron.
*
Mi último cumpleaños en Buenos Aires: eso también me predispone un poco hacia la tristeza. Las cosas que se acercan son una delicada despedida.
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Muy rica la picada en Recoleta; bien – aunque debió estar más frío – el licuado de banana en costanera sur. Hubiese preferido cualquier otra cosa que no fuese un sábado: toda la gente dando vueltas, ocupando la noche, privándome de la quietud.
*
Dato para mí: es la primera vez, desde mis 18 años, que paso mi cumpleaños sin estar en pareja. La soltería me sienta bien: gozo de sus libertades, de su egocentrismo, de su versatilidad. Lo que me cansa es la desesperación.
*
" my shoes are gone
my life spent "


*
Grave: Borges publicó a los 24 años. Ese era el límite que secretamente me había impuesto. Con eso me excusaba ante mis padres: ¿qué pretenden de mí si Borges –¡BORGES! – recién publicó a los 24 años? ¿Dónde me esconderé ahora?
*
Amanece. Los primeros autos manchan el canto de los pájaros en la ventana. Pronto, mi vereda se cubrirá de sol: veré el amarillo tenue, derramado sobre mi persiana cerrada.
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El cine comercial de este año ha sido terrible. Si no fuese por el festival de cine independiente (ver cinco películas por día; Kitano maravilloso) hubiese sido una pérdida total. Lo único memorable: El tigre y la nieve, de Benigni.
*
Harto del mapa de fracasos románticos que implica cualquier viaje en colectivo por Buenos Aires. Gracias a mi imprudencia topográfica, desparramé mis romances, mis deslices, mis estériles ansias por todas partes y ahora, vaya por donde vaya, me cruzo siempre con alguna mancha de sangre (por lo general, mía) que de inmediato me retrotrae a un tremendo repertorio de recuerdos pasados y pisados.
*
Me predispongo a escribir mal (en la medida de lo posible) estos fragmentos inconexos. Es apenas una precaución: no quisiera confundir este ejercicio terapéutico con Literatura.
*
Panfleto (la presencia gatuna que habita mi casa) es mi única compañía, fuera de este texto y este precario sándwich de jamón con mayonesa (todos los demás duermen). Con ellos soportaré el tránsito de edad.
*
He recibido, a modo de regalo, cosas completamente absurdas (algunas en estricta contradicción con mis principios ideológicos). Me conocen poco. Al menos yo me regalé dos libros (el Kafka de Deleuze/Guattari; La teoría estética, de Adorno).
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Es cierto, hice un poco de zapping. ¡Qué culpable me siento cuando hago zapping! No necesariamente en el momento, porque estoy preso de la hipnosis televisiva; pero después, cuando cuento el tiempo que se desvaneció... cuánta culpa.
*
Bostezo, miro la hora. Tengo todavía 24 años: habrá que seguir escribiendo.
*
En el desorden de mi escritorio (colosal caos el de mi habitación; suelo ser desordenado, pero desde que me enteré de mi mudanza, he perdido todo ánimo organizatorio: dejé de usar cajones, está todo fuera, por el piso, los libros apilándose, las hojas medio escritas, los discos, programas de obras de teatro, la botella de vino que compré hace 4 meses para abrir en alguna ocasión especial) encuentro Teorema, de Pasolini, que saqué de la biblioteca del living para decirle a una muchacha, por teléfono, quien era el traductor (Pezzoni; porque ella justo lo había comprado, barato, en Plaza Italia), y quedó aquí, como todo, haciendo bulto. Y ahora pienso qué fue lo que pasó con esta muchacha (la de la Noche Glaciar), por qué ella, en ningún momento, sintió por mí nada más que una lejana simpatía, una dispensable proximidad. Siempre creí que juntos la hubiésemos pasado deliciosamente (eramos tan... no sé; me pareció que estábamos cerca...) y en cambio ella va y se enamora de un tipo con el que estaba ensayando Hamlet (no por el tipo per se, sino porque ella lo confunde con Hamlet: claro, ¡si tenían las mismas líneas!) y no ve en mí más que un desdichado escritor proclive a las tristezas, exasperadamente verborrágico y con un peculiar sentido del humor. Ahora ya se desilusionó del tipo con el que ensayaba Hamlet (evidentemente el tipo no supo sostener el rol en la vida real), pero lo que pudo ser nuestro fue apenas un espejismo mío (exhausto de peregrinar desiertos) y, fuese lo que fuese, naufragó.
Además, es algo que ya me había prometido: salir con actrices, nevermore.
*
¡Qué mal, qué mal me ha hecho leer Los Subterráneos; cuánto daño me ha hecho Kerouac!
Espero que mi prosa se reponga pronto.
*
Cuando tenía 17 años, en el Aeropuerto de Río de Janeiro, gasté mis últimos reales en una reproducción enmarcada de La noche estrellada, de Van Gogh. La he puesto en la biblioteca frontal, sobre un libro de Rilke, y cuando levanto la vista de la escritura, siempre recaigo en ese terrible y precioso paisaje de inquietos vientos e incendiadas estrellas.
Recuerdo esto por otra cosa: haber sentido el declive de mis potencias físicas al tiempo en que mis facultades sensitivas profundizaban su agudeza; de allí sólo saqué heridas, y alguna errante frase lúcida. Y brotó en mi mente aquella frase de Vincent, que le escribía a su hermano: “acaso para un artista la muerte no sea l más difícil”.
*
Ah, Vincent, que también decía: “estar herido de muerte y de inmortalidad”.
*
¿Es esta la mejor manera de cumplir 25 años? Pienso en Blanchot: ¿estamos realmente seguros de que la escritura no pertenezca al mal? No sé, no sé... pero qué otra cosa podría hacer. ¿Acostarme, y recibir la sentencia del tiempo en medio de un sueño?¿Ir a caminar por ahí? No con este cansancio. Pensé también en una gran manifestación eyaculatoria: recibir los 25 en medio de un orgasmo. Pero me pareció demasiado aparatoso. Seguiré escribiendo, tomando y escuchando un poco de música (rotular eye movement).
*
Entre este párrafo y el anterior me lavé los dientes, apoyado en la ventana mirando la calle vacía del domingo que empieza. Me doy cuenta de que la luz que dejé encendida ya no es necesaria, y la apago.
*
Después, me doy cuenta de que lo que no es necesario es el día: bajo la persiana y enciendo otra vez la luz.
*
Se enciende la alarma del equipo de audio. Me levantaba ayer a esta hora, tomaba el tren en la estación Flores, iba a mis clases en el museo de Bellas Artes, una muchacha que suele almorzar conmigo me decía que prefería no almorzar conmigo, que tenía que irse y yo me sentía abandonado (como siempre que no me siento amado, idolatrado, admirado, requerido: de la tranquilidad es de lo que no tengo noticias, salvo en las lecturas felices, o las siestas mecidas con música).
*
¡El vino que compré hace 4 meses para abrir en una ocasión especial, muerto de risa!
*
Mi padre me regaló una bella lapicera de pluma (Cross, de oro y plata; se desliza sobre la hoja con suavidad etérea). Cuando llegué a mi casa, después de cenar con él en un restaurant de Boedo (noche de lluvia), vi que en el manual de instrucciones (es una lapicera muy compleja) había una dedicatoria de mi padre. Era muy tierna y conmovedora (no la transcribiré); y al mismo tiempo estaba cargada de tristeza, de conciencia de finitud. Me quedé pensando mucho insomnio en eso.
*
Justo suena el precioso verso:
make my make believe believe in me

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Tendré que comparecer – alguna vez – ante el tribunal de la literatura: oh...todo lo que he hecho de mí: devaneos torpes, vanidad incisiva, pura nada llenando páginas.
*
...pura nada llenando páginas simplemente para que mi soledad tuviese alguna relevancia, para que todo no sea una pérdida, para no ser los demás....
*
Me entero de que Munch nació un 12 de diciembre; me digo para mí: con razón pintaba esas cosas, con razón esa melancolía desesperada.
*
La única disculpa que tienen estos fragmentos inertes, de pobre trama y triste desarrollo es la indulgencia de su humanidad.
*
La verdad es: no tengo ganas de hacer un balance de sumas y saldos. Perdí algunas cosas, gané otras. Hubo cosas que terminaron, y otras cosas que empezaron; incluso hay bastante que ha sobrevivido el tránsito del año. Hubo películas, mujeres (que me dejaron de llamar, que empecé a conocer), una novela, nocturnas conversaciones con amigos, salpicadas notas en el piano prestado de mi habitación, el placer táctil de mis libros y canciones para mis estados de ánimo. Monedas más, monedas menos.
*
Qué molestia esto de decir yo, de tener que cargar con mi cuerpo a través del texto...
*
Tal vez mi mano sigue trazando frases como siguen creciendo las uñas, el pelo de un muerto.
*
Bueno, ya está: tengo 25 años. No concibo una mejor manera de estrenar mi edad que durmiendo hasta que decline el día.



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la fotografía: selfportrait as a young artist
o selfportrait as a young ghost
por Debret Viana

7.12.06

un ensayo apologético


















preámbulo al manual del mentiroso estético






Quizá la verdad alcance el precio de una perla que luce más durante el día, pero no alcanzará el precio de un diamante que brilla más bajo luces variadas. El mezclarle una mentira tiene que agregarle encanto. ¿Duda alguien que si se quitaran de la mente de los hombres las opiniones vacuas, los cálculos erróneos, las mimadas fantasías y cosas análogas, no quedaría la mente de algunos hombres como pobres cosas hundidas llenas de melancolía y desanimadas, algo desagradable para ellos?
Bacon
Ensayos





I
Es que tal vez clamar por la verdad es la traición- tender la mano y que detrás grite el ansia de la verdad: ahí es donde empieza la traición-. Entrar en la verdad es darse a una lógica ajena. Es decir: no sé lo que quiero decir pero sería como decir: la verdad es como ingresar en un sistema de cosas al que habría que subordinarse. Sería necesaria una correspondencia ciega con las tensiones homogeneizantes para lograr pertenecer a la verdad. Porque lo cierto es que adherir a una verdad inmediatamente bloquearía el desarrollo libre de las características subjetivas e individualizantes.


II
l...a verdad la verdad la verdad ....la verdad.
(Apunte para otro día: buscar La verité, de Sade, robar líneas de allí)


III
Mentir sería abrir una herida en la linealidad del tiempo. Como la sangre que brota de la herida y se derrama libremente lo que nace de la mentira es una historia. Una historia que es - desde luego - una bifurcación en la secuencia real de las cosas, algo como una senda paralela. Transitable para muy pocos (locos, esquizo, artistas) pero – y esta es su luz - no inenarrable.
La realidad continúa su irrefrenable, terrible caudal. La mentira, dicha en cualquier punto de la realidad, abre un tajo y por allí se derrama. Esa historia que inicia no se detiene: continúa su trama en otra parte. Y no es imposible que, en cualquier otro punto, evolucionada, se contacte con Lo Real: lo corte, lo mueva, lo trastorne: en fin, lo modifique.
Y también para atrás, por supuesto: las cosas no serían las mismas si creemos que las obras de Shakespeare fueron escritas por Marlowe, por ejemplo.


IV
No hablo de la mentira burda, la de los políticos, la maliciosa, la canallesca. Hablo de la mentira estética.


V
El único problema es que es difícil cargar con una existencia de mentiras. Si componemos nuestra vida a partir de un compendio de mentiras, significaría mucho trabajo lograr que no las mate la realidad y, sobre todo, que no se apuñalen entre sí (porque la mentira estética es como un gato salvaje que quiere correr libre, y no es probable que se la pueda congeniar coherentemente con otros ejercicios de fabulación). Si se consigue, es algo muy parecido al delirio. Como vivir en una novela.


VI
Es claro que no todos soportan el peso de su ficción. Tenemos, por ejemplo, el caso del francés que pretendía ser médico. Le decía a su familia, a sus amigos que trabajaba en el hospital. Salía de mañana al trabajo, pero se quedaba en bares lejanos, dormía en el auto, en parajes de la autopista. Iba incluso al hospital: cumplía sus horarios pero se quedaba haciendo nada, sentado, dormitando o leyendo revistas sobre medicina. Asistía a congresos y estaba al tanto de todos los avances técnicos de su supuesta profesión. Atendía a familiares y amigos - algunos de ellos, médicos -. Sus mejores amigos eran doctores y nunca sospecharon la farsa. Mil veces pudo ser descubierto, caminó tambaleante las fronteras de su fábula. Yo creo que, por el final, él ansiaba con desesperación que alguien le arrancara la máscara; hubiese sido su salvación. Sin embargo, la casualidad trabajó a favor de la farsa. Terminó asesinando a sus padres, a su esposa, a sus dos hijos. Era el peso de la máscara.


VII
Los hay que sí logran cargar con el teatro y se dan a esa representación. Como Jesús, o Eróstrato (Hamlet, en cambio, perece en la travesía: paga con su cuerpo).




VIII
O Swedenborg, Joan D´arc, una parte de Rimbaud, Byron, Saint Germain. Incógnitamente: Kafka y Pessoa. También Blake, Van Gough, Artaud. Y tal vez algunos asesinos seriales también. Todo es susceptible de ser tornado artístico.


IX
Hay que comprender que uno siempre es ficción. El punto es: ¿de quién? La mentira estética es un mecanismo de apropiación de los hilos ficticios de la vida. O sea: hacer nuestra, nuestra propia marioneta. Lo otro sería dejar que Lo Otro (las tensiones sociales, la mirada del otro, las corrientes de moda, las maneras y fetiches de la época, la mediatización de la vida, la buena educación, la economía, etc) conduzca nuestros pasos.


X
Imagino a ese tipo. El francés, el falso médico. Al final, yendo a menos, mintiendo mal. Queriendo que alguien descubriera su farsa para poder dejar de mentir. El no pudo entrar en su ficción: su vida se volvió la parodia de su cuento. Debe de ser desesperante no poder salirse de la máscara.


XI
O no.
Hay algún placer - tal vez un placer de artesano - en vivir en la casa que uno construye. Qué importan los materiales. Yo hablo de una mentira - de un delirio - construido con delicadeza, artesanalmente: hay que mentir hasta componer nuestra cara. Debe ser fascinante tejer un mundo y habitarlo. Como el marinero, de Fernando Pessoa.


(-)
El Marinero, de Fernando Pessoa dos puntos
En una habitación circular, símil de la torre de un castillo, tres veladoras sentadas alrededor de un ataúd. Nadie se mueve. Hablan. Hasta hundirse, hasta que todo tiemble. Una de ella cuenta que soñó con un marinero. Náufrago en una isla perdida, el marinero dejó pasar los días soñando. Soñó un mundo.
"(...) Durante años y años, día a día, el marinero erigía en un sueño continuo su nueva tierra natal... Todos los días ponía una piedra de sueño en ese edificio imposible... Pronto iba teniendo un país que ya tantas veces había recorrido. Millares de horas recordaba haber ya transitado a lo largo de sus costas. Sabía de qué color solían ser los crepúsculos en una bahía del norte (…)"[1]
Al tiempo, logró vivir en ese mundo. Un día se cansó de soñar y quiso recordar su patria verdadera. Pero ya no existía para él, no le quedaba ni un vestigio. Su única vida era su vida soñada. “Vio que no podía ser que otra vida hubiera existido... Si de ni una calle, ni de una figura, ni de un gesto materno se acordaba... Y en la vida que le parecía haber soñado, todo era real y había sido...”[2]. Y cuenta la veladora que vino un día un barco, pasó por la isla. Y allí ya no estaba el marinero.
Heridas de muerte por el relato del sueño, por su simbología, las veladoras conversan temblorosas la irrealidad de cada cosa.



XII

Para caerse en la verdad hay que producir la verdad; es decir: subjetivarse. Es decir: MENTIR (mentir como traicionar el flujo del mundo). Para construir la verdad hace falta la maquina de mentiras. Hay que mentir (erigir una ficción) hasta que la ficción nos ampare. No hacerlo significa convivir con los codos de la ficción del otro. Vivir en el mundo de los otros.



XIII

Esto parece una apología: ¡hay que estar loco!
Puede ser. La cordura civilizada es también el límite del otro (que el otro pone) - ¿dónde lo pone? obviamente: ¡sobre nosotros! -. Además, basta mirar un poco: la cordura civilizada se parece mucho a la locura. Vemos la realidad, los días, periódicos, la tv, las vidas ajenas, las vidrieras y no podemos dejar de decir: ¡esto es la locura!
Claro: es la locura del otro. (la verdad del otro)
(¿de quién? No importa de quién: ¡siempre es de otro; de cualquier otro!
y siempre pesa sobre nosotros: es lo que hay que ser - o sea,
la inercia, la muerte -)



XIV

Este viene siendo un texto largo - para el interés de un internauta-. Nadie lee textos largos. Tengo que suponer que estoy a salvo. Además, tengo fiebre. Puedo alegar desequilibrio momentáneo. Y no corregirlo.




XV

Es que la locura hay que merecerla: hay que construirla. Yo creo que debe ser desde el arte hasta encallar en la vida, rozar sus costas. Si empezamos por elementos no artísticos, si tenemos fines mezquinos, si nuestras mentiras no son nobles corremos el riesgo de terminar como el doctor francés. Es decir, que yo no me acuerde de su nombre. No como Shakespeare o Jesús. Pero yo no sería tan enfático al afirmar esto. Tal vez el orden, los materiales sean misteriosos. Como Charlotte Corday. En todo caso, será memorable. La historia rescata - de alguna manera - a los que entraron en su propio sueño (al sueño que construyen). Descreo de que el elemento artístico no participe. En todo caso, la trama de esa vida será legible como pieza literaria. O se perderá.
Invariablemente.



XVI
Lo que pasa es que hay mucha gente en mi delirio.
///



[1] Pessoa, Fernando: O Marinheiro.
[2] Idem

4.12.06

poética del intersticio


Se queda mirando las cosas que escribió. Mira la montaña de papeles, después los desparrama por el escritorio. Debret Viana se enreda con el cadáver extendido que su tinta negra va rodeando. No logra comprender qué figura delatan sus letras: lo único que intuye es la absoluta falta de significado que emanan sus horas solas, volcadas en tantos papeles. Se pregunta - desestabiliza -: ¿qué es lo que hay entre texto y texto? ¿qué es lo que sucede en ese mágico intersticio que cualquier lector siente como un vacío divisorio, una respiración, una supervivencia (de la virginidad) del papel?



Se responde - porque llueve y hace frío, y no tiene dónde llegar -, alternativamente: nada y mi vida.


Y ninguna de las dos respuestas es injusta o falsa.

2.12.06

remembering vincent


La ventana de saint-remy






Hacía falta estar en un manicomio para ver el cielo arremolinado, lleno de tristeza y presagios. La ciudad duerme silenciosa, inerme – protegida de lo que no sabe solamente por no saberlo -, y la noche tiene allí el color de la noche, su sabor sabido, su serena marea de oscuridades.


Era necesaria la ventana de un manicomio (hospital Saint-Remy) para sentir el denso influjo de los espectros que respiran detrás de las apariencias, esas corrientes cargadas de letanía: pincel que vierte furiosos símbolos del portador del pincel; como si fuese el puente por donde la sangre se derrama, de las venas hasta el lienzo, estallando en coléricos colores – ondulante ebullición - que son como gritos, que quieren salir.


Despierta la noche del artista ante los ojos diurnos de tu cuerpo, desaprendido de su más profunda intimidad.


No había que aceptar la sencilla conciliación del sueño común; esa noche había que mirar las visiones oníricas con los febriles ojos de la vigilia: soportar el costo atroz de la verdad, fluyendo de las paredes, transpiradas. Era imprescindible la ventana de Saint-Remy: no importaba que estuviese cerrada; una pintura así es un paisaje interior: sólo puede ser pintado sin el mundo, dentro del convulsionado silencio del alma desolada: elíptica tormenta.