21.1.07

decálogo del nostálgico empedernido



La torpeza de haber regresado al mismo lugar donde ayer estuve con X. Vivamente sentir las pequeñas cosas que ella hacía (recostar su cabeza sobre mi hombro, tomar mi mano – que se encontraba con la de ella, con ternura, por primera vez, en una danza suave y llena de torpezas encantadoras -, buscar la complicidad de mi mirada con la suya cuando una broma de Dolina le gustaba mucho, cambiar constantemente de posición, retarme por tirar al suelo el papelito de los caramelos, no creerme cuando le dije que lo hacía para prevenir el desempleo de los trabajadores de limpieza, defenderse aparatosamente del derrumbe del sueño, etc). Extraña nostalgia del día anterior, llena de gestos que todavía no se desintegraron por completo: es visible su figura subiendo las escaleras del teatro, yendo al baño, mientras yo cuidaba su cartera; es una sensación exterior – física - la ausencia de su cuerpo que temblaba entre mis brazos, que malograban un torpe combate contra el vigor enardecido del aire acondicionado. Me codeo, esta noche, con las etéreas formas que representan las escenas que ayer protagonicé (y percibo, en el tono de sus inflexiones, tal vez, un hálito de ironía).

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Una idea terrible: se trata de la presencia de la ausencia, la burla de mi soledad que escenifica el pasado (esta vez viril, y, no como siempre, lánguido, librado al capricho de mi actualidad), que, aun no mediado por la literatura de la memoria, mueve los títeres del ayer con severa malicia

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Y pensar, cuando cruzaba Corrientes, que todavía me queda el viaje en colectivo, harto de espectros.

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(Acaso por esto valga la pena protegerse de la vida: para evitar la venganza de las cosas que no supimos retener, que fantasmatizadas sobrevuelan el descontento de nuestra vida)

6 comentarios:

Javier Luján dijo...

Sí, comparto tu pavor ante los medios de transporte público, pueden arruinarte el día entero en un momento, arrancar de tu corazón cualquier ilusión momentánea.

Debret Viana dijo...

son, sin embargo, un magnífico y nutritivo teatro.

Peripecias de un Naufragio dijo...

Ahh pero si que nos encanta sufrir, martirizarnos de esa forma. Pero como gozamos viendo esos espectros, esas formas etéreas que aún nos envuelven en sus garras...

Sldos.

Rain dijo...

Cada acto prefigura al otro: las extrañezas y los dolores nos cubren, es verdad. Después, es como si uno rasguñara una pared fría, no hay nada y la transformación se opera, cuando ya no hay pausas. Es teatro, sí.


Abraxo.

Debret Viana dijo...

peripecias: tal vez. es otra forma de narcisimo. es, tambièn, no saber habitar el presente.

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rain: puro teatro. y lo más triste: estar sólo con tantas butacas vacías, sin nadie a quien comentarle las impresiones (irónicas) que nos produce el tedio de la obra.

Dahlia dijo...

Espero que valga la pena guardarme el orgullo en mi bolsillo izquierdo todo roto.
Espero que este mensajito acá, dejado de forma volátil, comprometido con fantasmagorias y sombras, te emergan de la cueva del lobo y podamos recomponer al menos la posesión de novelas y músicas.
Quizás en la restitución podamos hacer valer algo.
Voy a esperar.