26.9.06

el amante, el encarcelado en su monólogo

“Todas las cosas, para ser verdaderas, deben convertirse en religión”[1]
De Profundis;
Wilde





En todo caso, el problema es que somos pocos. Somos pocos y los papeles todavía hay que representarlos: son indispensables para que se cumpla la sacralización (la trama). Tengo que ser el apóstol, y el pueblo descarriado, tengo que escribir el evangelio y ser el lector de ese evangelio, que me salvará. Tengo que atacar, vilipendiar, despreciar al objeto del mito antes de que se convierta – tal vez por la fortuna de estos mismos procedimientos - en mito (esto lo hice hace mucho, antes de separarnos). Tengo que matarla y resucitarla. Tengo que ayudar a desaparecer el cadáver para poder sentir la compañía leve de su eterno espectro redentor. Tengo que ser el súbdito cándido que compra la representación; y, a veces, para darle veracidad, tengo que ser el cínico, el nihilista, y desconfiar de ella hasta ser convertido (por el contacto con la omisión de M.). Tengo que rezarle, tengo que sufrir. Tengo que ser también las hordas de infieles que quemaron sus relicarios, sus templos, sus fotos y sus cartas. Tengo que sentir la nostalgia de una época venturosa que nunca ocurrió. Tengo que hacerla hablar con las cosas que dijo antes, tengo que aplicar al presente las cosas que M. pudo haber dicho. Tengo que hacer todo el teatro. Y M., bueno: a M. le basta con desaparecerse: así presenta el imperio de su ausencia. Yo, en cambio, cargo con todos los esfuerzos: tuve que ser María también, tuve que parirla.
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Ahora, ya agotados esos episodios, soy el hombre en medio de una crisis de fe. Si creo en ella, lo que queda para contenerme es la inmanencia del mito, el culto del pasado, un repertorio de nostalgias que vivifican su ausencia. No es algo sano: no es una estructura que permita una vida en el presente. Si, en cambio, con toda mi ira desconfío de ella, si a base de recordar la Verdad demuelo el mito y desnudo de trascendencia todo el cuerpo de M. – y todas sus extensiones -, entonces estoy frente a la absoluta falta de sentido del universo.
De momento, oscilo. No llego a decidirme sobre si es peor una ausencia total de sentido, o una estructura de sentido que me excluye de la luz y me condena a vigilar los harapos del pasado, para siempre.





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2 comentarios:

Rain dijo...

Qué lenguaje tan misterioso en su descarnado develamiento...

Debret Viana dijo...

supongo que son las frases que permite la desesperación.