2.4.06

Eros y Tanatos


Apúntes lisérgicos sobre la identidad del deseo,
ese músculo variable, ajeno
0

Se encontró con una ex.

1

Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).

2

Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.

3

Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.

4

A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.

5

Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.

6

El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.

7

No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.

8

Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.

9

Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.

10

El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.

11

Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.

12

D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.

13

Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.

14

En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.

15

Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.

16

Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.

17

El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.

Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.

18

Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.

19

Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.

Paréntesis

(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)

20

D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.

21

Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.

22

Todo se extravía.
23


El texto quedó largo. Eso me pasa cuando no doy con las palabras inevitables, cuando malogro la idea original. Sea como fuere, aquí dejo de escribirlo. Habría que corregirlo, pero mejor que lo haga otro. O que lo corrija el texto siguiente. Si preguntan qué es, digamos que no es ficción ni es verdad: es un ensayo trunco. Hay cosas que nacen y cosas que mueren, y todo es una magia que nos sacude sin un sentido aprensible. Tenemos miedo en la tiniebla de nuestra soledad, y hacemos, con los tenues hilos de luz que tenemosa mano, sombras chinas contra la pared de la celda. Como estamos débiles y desesperados, terminamos amando a las figuras que creamos, como si estuviesen vivas. Eso es un poco el amor, y es un poco la literatura. Cuando D. me contó estas cosas, lo último que me dijo fue: supongo que hay mucha gente dentro mío. Y se quedó con la mirada perdida, frente a su escritorio atestado y su cuarto vacío.


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Cuando la tecnología lo permite, habré de poner por aquí el tango “Como dos extraños”. Aunque no decido todavía cuál de la versiones.
Pero sí, como cambian las cosas los años.
y la foto, de Debret Viana, que salió de su celular.

9 comentarios:

Mamma Bambi dijo...

hacía mucho que no te leía. hola :)

Anónimo dijo...

angustia de saber
muertas ya la ilusion y la fe...

"que otro haga piruetas en nuestro vacío"

me conmovió.

Debret Viana dijo...

es afortunado que te haya movido: son los espejos de la propia angustia. a mí, me dolió bastante

Makuka dijo...

No pudiste encontrar una manera tan terrible y tan cierta como la que sangras. Si hay algo que queda por decir, es que el viaje valió la pena.
"Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver".
Y eso también llego a mi por vos.
Imaginate mis fantasmas a la noche

Debret Viana dijo...

que la literatura, niña, no te imprima las heridas más hondo. mi maldad retórica alcanza su justificación en el texto: no son cosas que te digo: son lúcidas especulaciones sobre el triste destino humano.
(ya sabés que, antes que nada, soy esto: alguien que escribe)
cuidate,
y que duela lo que tenga que doler,
y que la sangre limpie lo que pueda.

(y, claro, que mi recuerdo te arruine para siempre todas amores posibles)

Anónimo dijo...

Hola. He llegado a este blog a través de enlaces de enlaces y la verdad es que me ha impresionado. Magnífica forma de expresar lo que a más de una/o nos ha pasado. Gracias por esta verdad hecha poesía, porque aunque sea prosa, en espíritu, es poesía.

Ana Barrera. dijo...

Llegue por casualidad, fue bueno, me gusta tu trabajo

Endiabladamente dijo...

Me fascinan las referencias a Dostoivsky y la importancia de las comillas. Me dolío la animalidad que reconozco en mí misma.

Me gustó reconocerme en el espejo de quien no conozco.

Gracias!

Angelito dijo...

En la búsqueda de una respuesta, llegué googleando a este espacio...no conseguí la respuesta,ya que siempre la he tenido escondida adentro...esperando el instante glorioso en que pueda ver la luz...es increíble como los seres humanos nos jugamos malas pasadas haciendonos zancadillas a nosotros mismos...si la razón me indica claramente cuál es la realidad...no sé porqué sigo prendida a un espejismo...una absurda ilusión creada a partir de mi inmensa necesidad de amor.