15.8.10

(o)culto blue

 Y yo vuelvo a la literatura. Una y otra vez. Recaigo, como un adicto. Antes pensaba que practicar la ficción era un privilegio, sobre todo en un mundo hostil donde tantos tienen que cagarse a piñas para conseguir el pan duro de ayer que mc donald´s tiró a la basura. Hoy, pasó a ser una necesidad, un refugio, una fuga. Un tic del naufragio, un reflejo de la soledad. Quisiera sentarme en un sillón de starbucks y escribir un cuento o lo que salga de las palabras, en una notebook con un caramel macchiato al lado. Pero ni siquiera puedo comprar una pluma decente. La mía, que me regaló mi viejo hace unos años - hermosa, con detalles de oro y un cargador de tinta de los que ya no se fabrican -, la perdí no sé donde la semana pasada. Escribo con una bic en servilletas. Soy un poeta descartable. Muy posmoderno, claro: si da lo mismo, si significa nada o muy poco. Ahí estoy, tratando de empeñar la medalla estúpida: eternamente inédito, under y de culto. ¿Para qué? ¿Para quién? Soy un escritor de servilletas. ¿Alguien lee? Sí, cada tanto: y a los 5 minutos se limpian las migas de las medialunas con mis palabras. Soy un escritor de servilletas: ni siquiera el trapo viejo olvidado en el fondo del armario, sino un papelito amnésico destinado a un protagonismo efímero y lateral. Del mismo modo que otros se limpian los restos de comida yo me limpio la boca de palabras. Pero siguen brotando porque mi conciencia sangra, y las conciencias solo sangran palabras que la nostalgia interpreta con su primitiva psicología de canciones pop de tres minutos y después a otra cosa. Soy un poeta de servilletas: mis prosa profiláctica pasa casi sin dejar huellas ni manchas: pasa, como la compañía circunstancial de los paisajes tediosos cuando ya no sabemos donde mirar; mi evanescencia tiene la sola dignidad de las cosas inútiles.

2 comentarios:

Abstrakta dijo...

ay pequeño Debret Viana, justo yo le tengo que decir justo a Ud. que nunca se sabe donde termina una palabra?
su prosa no mancha, aparentemente, es una sombra que se coagula.
y sus palabras bien pueden ir a parar a las comisuras de esas bocas crédulas o bien a ese abismo ingrávido que tiene la ficcion de las cosas inutiles: la melancolía, lo cual, no es poco. pero aun asi, falta, ninguno de sus relatos se agota, siempre es poco el tiempo que dura y precisa la escultura qeu dedica a la inmediatez de cada imagen, siempre menos de lo que alcanza para aburrirme y en tanto falte algo lo seguiremos leyendo.

Debret Viana dijo...

Son bellas y amables palabras. Tal vez sirvan un rato de consuelo. Aun cuando el destino de una palabra sea incierto e inagotable, todo eso queda después y lejos de la solitaria labor de la escritura. Por lo general, la replica de lo que derramo en la página, es silencio.

Abrazo, melona.
Y después tendrá que explicarme qué quiso decir con "pequeño".