15.10.06

Anecdotario;




primer draft



noche ártica


“todo lo que escribía... era
una inacabable despedida de ti”
del diario de Kafka




I
Era cierto que se había levantado un viento fresco. La noche estaba muy profunda y salíamos de cenar (ya no quedaba nadie en las calles). Ella estaba bastante desabrigada (apenas se defendía con una levísima tela, casi transparente); pero de todos modos me acompañó a la parada del colectivo porque vivía muy cerca (a la vuelta) y a mí, en cambio, me quedaban por atravesar todavía otras parcelas de la misma noche.




II
Sentí, mientras caminábamos, un silencio crecer entre nosotros. El tiempo que tardamos en llegar a la parada del colectivo fue para mí como una procesión mortuoria donde ella estaba forzada éticamente a acompañar a mi maltratado cadáver (lo hacía con elegancia: aun allí era nocivamente bella). Quise desaparecerme, para liberarla de ese trabajo. Y lo hubiese hecho si ella me lo pedía. Pero el silencio estaba ahí, se había corporizado y nos acompañaba. Incluso le guiñaba el ojo, le hacía caras y lo peor del caso es que ella respondía a ese juego (lo hacía subrepticiamente, sin dejar rastro alguno; pero yo me daba cuenta). No ven la hora de librarse de mí, pensé, para quedarse solos. Y después pensé: ¿pero por qué, si yo estoy postrado, enfermo de inmovilidad, si no sé cómo interrumpirlos? Y el silencio me respondió: no importa, interrumpís igual; estás lleno de lo signos de tu inquietud: esos signos, por más callado que te quedes, los tenés en la ropa, en la mirada, se te caen de los bolsillos y no dejan, a modo de bullicio y con poca claridad, de agitar sus manos, de murmurar su grito coagulado, de pedir ayuda.
Ella no me miraba, pero parecía asentir.




III
Quise decirle algo, atenuar la gravedad de la cosas que habían pasado antes, pero hacía mucho frío, y mis palabras se caían al suelo, estallaban como informes bloques de hielo en un inútil sonido de hueso partido. Comprendí pronto que el lenguaje (mi instrumento más afinado) había quedado vedado en ese contexto, me había sido arrebatado por las extenuantes circunstancias climáticas. Desprovisto de él, yo era como un juguete roto. Tuve que contentarme con algunos gestos, arqueé las cejas, fruncí mi nariz y hasta intenté organizar una sonrisa en mi rostro para aunque sea rendir ante ella un signo de calidez. Es factible que esos esfuerzos no me hayan salido bien: mis músculos estaban entorpecidos por el frío, y lo único que logré fue una expresión de alucinado, un rostro de psicótico. Ella no se enteró de estas cosas: jugaba con el humo de su aliento, dibujaba figuras en el aire y luego las decapitaba; por lo demás, estaba muy ocupada temblando. El frío.




IV
Esperó cinco minutos, y en mitad de un diálogo dijo: - Es tarde. Tengo frío. Me voy -. Me abrazó (todavía se dio vuelta una vez más para decir “nos hablamos” – tuvo esa ambigua delicadeza -) y se fue.




V
Me quedé con el invierno en la garganta, con mis palabras rotas en el piso, con la imagen perpetua de su cuerpo doblando la esquina. En este punto de la noche, la nieve casi llegaba a mis rodillas (era el principio). Tomé del suelo las resquebrajadas piezas sueltas de lo que habían sido mis palabras, les limpié la nieve y jugué con ellas como si fuese un rompecabezas (con algo tenía que entretenerme). Cuando llegó el colectivo, casi tenía armada una frase; me dio pena tener que abandonarla, pero era necesario (cargar palabras viejas es un equipaje nostálgico que entorpece el trámite de estar vivo).




VI
Yo sabía que ella se levantaba muy temprano en la mañana y que había hecho un esfuerzo para poder quedarse hasta tan tarde (la madrugada, con todos sus dientes). Sabía la hostilidad de la noche, y las desavenencias del frío[1]. Sabía también que nuestro vínculo, sea cual fuere, excedía los límites de ese ínfimo evento. Pero todo esto lo sabía inútilmente: era el final, y como final tenía la potencia como para clausurar todas las esperanzas; como final tenía la clave para reinterpretar (envilecer) todas las anteriores horas juntos bajo esta nueva lente del desamparo. Además, era una metáfora, y las metáforas hieren: una metáfora, aun cuando no sea cierta, tiene un vigor superior a cualquier argumento, convicción, silogismo o compendio de verdades. Entendí lo único que sé entender: que ella no me amaba.


VII

Había atenuantes si los hubiese querido (...) pero porque siempre hay atenuantes si se está dispuesto a aceptarlos, a leer mal: los imaginaba como tímidos consuelos artesanales ante una verdad de violencia profética. Ella no había dicho nada, pero porque no hacía falta: su voz hubiese sido redundante. Un teatro había surgido de las entrañas de la noche: cada cosa estaba dispuesta para significar algo, y esa moraleja... había que ser muy iluso para desoírla. Mi automática resignación, mi vocación al fracaso me libra al menos del esfuerzo de tener que mentirme. Yo estaba envejecido de tantas despedidas; y la sentencia (de su desinterés) ahí, en el centro del invierno, ya era inapelable.




:fin:
*

[1] Aunque, ¿el frío no es siempre el síntoma de una intimidad fallida, naufragada)

8 comentarios:

mar dijo...

cuando querés, la tonalidad kafkiana te sale perfecta.

bonzo Z dijo...

me parece excelente como está trabajado el tema de la incomunicación, la distancia cercana en este texto. me hizo sentir muy solo, y era muy cierto. un saludo desde montevideo.

Triste Dulcinea dijo...

Debret: Es muy tarde y debo admitir que aún teniendo que dormir y enfrentarme a mi vulgar vida, me he quedado despierta leyéndote casi sin parar (algo que nunca hago en internet)...ahora, "tus despojos de algo que ha muerto" pasan a formar parte de mí. No puedo más que desenmascararme y decir (una vez más) que me conmueve. Es todo.
Laura

Laura.. dijo...

Bueno, yo soy otra laura, y a mí también me gustó.

Debret Viana dijo...

triste dulcinea: se cumple en vos, muchacha, todo el sentido de las palabras que retraso al olvido. Sé que no es sano leer de la web (y no lo recomendaría); pero la noticia de tu lectura, de tu conmoción es deliciosa. Y no puedo imaginar que provienese de un mejor nombre.

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mar: precisamente era necesario el velo de los artificis kafkianos para sepultar algunas cosas que no quería que se viesen.

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bonzo: supongo que es una de las tramas que más me obsesionan. en tanto a la soledad, no hay otra solución que la caricia de otra soledad.
saludos.
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Laura: te agradezco que dejes algo antes de irte.

Rain dijo...

Es como un profundo corte, un quiebre, la sacudida, y también una constatación...

Rain dijo...

Ese zapato que aparece, como tímido o por irse con el fondo gris plomizo acentúa lo que se desprende de este texto.

Debret Viana dijo...

es, básicamente, rain, algo espantoso. y la foto, creo ayuda. pero me parece que inquieta por sì misma.
un abrazo