30.12.05

Recibo una de las respuestas más insólitas. Un amigo de hace muchos años, de la infancia, de cuando las cosas eran simples, me cuenta lo mal que se lleva con su pareja, los problemas que le da, las preocupaciones que le significa. Me dice que no tiene paz, que está harto. Yo le creo, porque veo lo exhausto que queda después de hacerme un sintético relato de su congoja. Le pregunto: ¿y qué hacés ahí? ¿por qué no te vas? Bueno - me dice - estoy en eso. Estoy aprendiendo a dejarla. Sólo junto a ella puedo aprender la manera de no estar con ella, de no necesitarla.
Al principio creí: esto es la locura. Atarse a la pena que uno tenga para llegar a saber perderla es de un masoquismo inútil. Como siempre, lo que hacía eran frases estériles y apresuradas. Frases irreflexibas y coloridas (si me detuviera a pensarlas hondamante, no las diría; pero tampoco sería un escritor). Después me quedé pensando si TODO no será así. Las cercanías entre las personas son cosas muy extrañas, repletas de abismo y soledad.

2 comentarios:

Rain dijo...

Por eso, las uniones armónicas, son tan extraordinarias como el vuelo rasante de un halcón sobre un rascacielos.

Debret Viana dijo...

y yo cada día desconfío más de que existan esas uniones armónicas y sin embargo vivo en esa ilusión (irónicamente)