24.7.07

"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"


one night stand






Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).


(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?


(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.


(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.


(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.


(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.


(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.


(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.


(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.

6 comentarios:

Naturaleza desenfrenada (......) dijo...

¿Conmovedor? No, impotencia por la falta de palabras al terminar el texto. Releo líneas y aseguraría que todo eso sucedió en este mismo lugar.
Es bueno leerte. Saludos!

laveron dijo...

Lo perdido, la casa de los dioses abandonada...inmensamente poético.
Gracias Debret!
PD: hoy sale la paloma mensajera!

Anónimo dijo...

La puta que lo pario debret me hizo llorar. es hermoso este texto

Melina

Debret Viana dijo...

Muchas gracias anónimo/melina. Hacer nacer el llanto es una tarea que enaltece a esas palabras. Como si de algún modo, por alguna peculiar magia, una sensación fuese compartible siquiera los instantes que dura la voz de las palabras.
Saludos

abstrakta dijo...

lo peor es que lo vuelvo a leer y vuelvo a llorar. estare enferma o vos sabras mucho? no se, una pregunta: los (...) indican que faltan partes? si es asi, sos un ser cruel muy cruel

Debret Viana dijo...

No, muchacha. Yo no sé nada. O poquísimo.
Y sí, claro que faltan partes. Justamente el relato es lo horadado, lo que se extravió (y tal vez si lloraste dos veces al menos uno habrá sido por haber rozado lo perdido).
Un abrazo