25.10.09

fallen


cómo se escribe una catarsis

Ahora ya llegó el momento de pensar que lo que pensé que iba a pasar y no pasó probablemente no vaya a pasar nunca. Al contrario, lo que es posible que sí pase es otra cosa. Tal vez, lo imprevisible. Pero lo más probable es que siga pasando lo mismo de siempre. O sea nada. Pero sobre todas las cosas, justamente no lo que pensé que iba a pasar (y que por alguna razón - tal vez por haber sido educado por películas - dí por hecho). Tengo 31 años y no soy mi alter ego. No tengo plata y tengo ojeras. La piel peculiarmente ajada, tal vez soriasis. El futuro, por otra parte, no solucionará nada. No heredaré nada de nadie. Mi familia es de una estirpe de perdedores que fueron viendo desvanecer lo poco que alcanzaron. Tuve que dejar la facultad para buscar un trabajo que no encuentro. Como mal. Comida congelada. Me plantee la semana pasada probar la comida del gato. Si a él le sirven esas piedritas por qué a mí no. Nunca me consideré mejor que un gato. Raspo una papa frita fría contra contra el condimento que quedó medio pegado en la caja de una hamburguesa. ¿Cómo llegué a esto? ¿En qué momento doblé mal y me desencontré con mi destino de reina? De mirar a mi alrededor, defino que los fast food son aguantaderos de los espectros del capitalismo. Los desalojados, los zombies, los outsiders, los parias. La gente va y viene. Come y se va; sigue. Con lo poco que tienen, sus vidas amontonadas en el calendario. Nosotros nos anclamos. Yo, por ejemplo, vuelvo a la literatura. Una y otra vez. Recaigo, como un adicto. Antes pensaba que practicar la ficción era un privilegio, sobre todo en un mundo hostil donde tantos tienen que cagarse a piñas para conseguir el pan duro que mc donald´s tiró a la basura. Hoy, pasó a ser una necesidad, un refugio, una fuga. Un tic del naufragio, un reflejo de la soledad. Quisiera sentarme en un sillón de starbucks y escribir un cuento o lo que salga de las palabras, en una notebook con un caramel macchiato al lado. Pero ni siquiera puedo comprar una pluma. La mía, que me regaló mi viejo hace unos años, la perdí no sé donde la semana pasada. Escribo con una bic en servilletas. Soy un poeta descartable. Muy posmoderno, claro: si da lo mismo, si significa nada o muy poco. Ahí estoy, tratando de empeñar la medalla estúpida: eternamente inédito, under y de culto. ¿Para qué? ¿Para quién? Soy un escritor de servilletas. ¿Alguien lee? Sí, cada tanto: y a los 5 minutos se limpian las migas de las medialunas con mis palabras. Soy un escritor de servilletas: casi tan fugaz como la voz. Del mismo modo que otros se limpian los restos de comida yo me limpio la boca de palabras. Pero siguen brotando porque mi conciencia sangra, y las conciencias solo sangran palabras que la nostalgia interpreta con su primitiva psicología de canciones pop (festín de los analistas panqueques). Es tarde para todo. La oportunidad para salir de esto pasó de largo y no la vi. O no pasó ni va a pasar, porque no es imprescindible que mi vida tenga solución. Simplemente, no sé acomodarme en la realidad. Y deambulo con mi juguete roto por el invierno eterno del desencajado. Creí que estaba destinado para el protagónico y me pasé el tiempo aprendiéndome las líneas, pero nunca me enteré donde se hizo el casting y parece empezaron sin mí: y a lo más que llegué fue colarme un poco detrás de el último extra, pero ni siquiera sabría decir si la cámara estaba prendida. Lo único que quise fue escribir historias para que mi época tenga fábulas y sueños, y no pude (todo quedó en el cajón del escritorio, un modesto ataúd de palabras) y ahora escribo como un mendigo que balbucea, o una madre loca que mece a su hijo muerto, y profundizo la ficción como un pozo que voy cavando con las uñas ya casi sin atender que ha llovido tanto y que la tierra que se hizo barro ya me cubre; la respiración a cada línea se me hace más áspera y final.

8 comentarios:

Fersina dijo...

¿Un artista del hambre...?

R. dijo...

genial, abrumador, brillante.

Gabriel Transech dijo...

Mirá no sé si eso que escribis es verdad o no, pero se siente muy honesto. o sea o es muy terrible y lo decís muy bien o contruis excelentemente la verosimilitud. sea como sea, me parece digno de sacarse el sombrero.
saludos, desde san luis

Carolina Luj dijo...

extraordinario!! el escritor de servilletas, qué magnífica metáfora. una prosa tremendamente sincera. genial. voy a seguir leyendo este blog

Mister Bottom dijo...

Estimado Debret, empecé a leer su blog con el prejuicio de que era usted un escritor eternamente inédito y desencajado de la realidad. A la cuarta entrada debo decir que me cae cada vez mejor.

Debret Viana dijo...

Fernanda;

Sí, totalmente. Pienso en Kafka mientras todo declina. Lo malo es que el hambre implica solo prestigios póstumos.

hasta pronto

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R.
El espectáculo de la decadencia tiene esos atractivos.

saludos


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Gabriel;

No estoy seguro cual de las dos opciones escoger. Ojalá sea la segunda.

gracias, de todos modos.

Debret Viana dijo...

Carolina;

Gracias, y espero que la senda que sigas en el blog no te canse pronto.

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Mr Bottom;

Sin embargo, caballero, no creo que su primer percepción haya sido desacertada.

estaré cerca para cuando quiera quejarse

Mister Bottom dijo...

Pero Debret, uno se queda contento cuando le emboca con prejuicios. Por lo general dan la vuelta cinco veces y se pierden vater adentro.