4.1.06

apuntes sobre el lenguaje
apuntes sobre la muerte


Si alguna vez llego a tener verdadera confianza en lo que escribo, no volveré al papel. Ya no lo necesitaría: sería como hacer de la voz que hallé (en mí: que logré, que trabajé) una artesanía. Buscaré los vidrios empañados, o escribiré en la arena lo que tenga que escribir.


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Todo lo que dura es vanidad. Y siempre, en algún momento, se vuelve falso. La palabra no merece extenderse más allá del instante en que tiene sentido. Su fugacidad es preciosa: la salva de envilecerse, de pudrirse, de falsearse. En el momento en que la vibración del sonido de la palabra se agota, la palabra ya no existe. Y la verdad, ya no es posible. Y si existe es como cadáver, y si hay alguna verdad, es la verdad del otro. La tratarán justamente como a un cadáver: la abrirán, la escrutarán, la indagarán, la cortarán, etc para intentar penetrarla. Pero si logran que diga algo, será algo sobre un muerto. O sobre todos los hombres.


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Toda palabra escrita es de otro. Sobre todo, si la escribí yo (cualquier yo).


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Toda palabra escrita es la palabra de un muerto. Aun cuando sea propia. La palabra que queda puede ser apenas el rastro, o el despojo, de algo que ha muerto.


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Un hombre está en una celda - es una obra de teatro -, los muros que lo contienen estás llenos de palabras, de frases escritas con las uñas de otros prisioneros ya muertos. ël, en cambio, escribe sobre un vidrio que se empaña (porque una de las paredes es de espejo - del otro lado lo observan, lo estudian - o porque tiene un espejo en la habitación, no lo recuerdo, no importa) y dice, cuando una mujer, desde otra celda le pregunta por qué se atarea con una empresa tan inútil:

"Yo escribo palabras efímeras contra las palabras del muro. Mis palabras nacen cuando las necesito, brillan su instante y luego tiemblan, se deshacen. Quedan dichas, pero pierden su cuerpo: no entregan su carne a los gusanos. Si quedaran por aquí, terminarían por asfixiarme. Me atacarían por las noches, harían cada vez más pequeña esta celda. Serían, como las otras, palabras muertas, camafeos de un latido que expiró."

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Esto no significa que la palabre acabe. A pesar de su fragilidad, es inagotable. Pero su marca nunca está en la escritura, ni en la letra que la cierra: la letra es el cuerpo muerto de la palabra. Sus marcas son etéreas: vuelan, se le clavan al que las escucha o las lee. Pero no a todos, ni de la misma manera a uno que a otro. Alguien dice llueve. Uno recordará una tarde de su infancia, en su cuarto con su abuelo, jugando con un dominó; otro las cosas que no podrá hacer en sus 7 días de veraneo si el clima no ayuda; otro apenas escuchará un sonido; otro comparará el clima con su propio ser, o la manera en que se le escabullen las cosas; otro que nuevamente los meteorólogos lo han embaucado; y así, infinitamente. Del viaje de la palabra no sabemos nada. Ni donde concluye, ni hacia donde puede desplegarse.

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Una muchacha poco avisada me interrumpe con la cara ilumianda, como si efectivamente hubiesemos estado hablando de la misma cosa. Me pregunta: ¿eso es un cita, no?

Claro. El lenguaje es un sistema de citas.

(para decir esto estoy citando a Borges)

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El lenguaje es un sistema de citas, de palabras de otros, donde el poeta lucha por decir algo propio, por alcanzar una voz suya y nueva que hilvane esas palabras muertas en una nueva cadencia. Generalmente pierde. Y si consigue algo, pronto la muerte le sube desde el mundo hasta la garganta, y lo regresa.

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El lenguaje es el sistema de la muerte.

Mi voz ya no sabe cómo luchar. Entonces, escribo estas cosas.


2 comentarios:

Rain dijo...

Antes leí el texto que sigue a éste.
Es extraño. Aquñi, hablas de no publicar en papel y me aferro a la idea de la ficción escrita, porque sería un acto estético tocar el libro que hays publicado.

Sólo me queda, ese débil destello/anhelo.

Debret Viana dijo...

hablo, rain, de una poesía de la que mi vida no es capaz. yo publicaré, un día de estos. me queda, al menos, el sueño de destinos más bellos.
un abrazo