16.8.10


*

Viajo a Montevideo, y no llevo cámara. Me llevan a ver el mar, y Laura me saca una foto. Una vez en Buenos Aires, la veo y noto que, además de colaborar con el personaje, es casi un frame bergmaniano.

15.8.10

(o)culto blue

 Y yo vuelvo a la literatura. Una y otra vez. Recaigo, como un adicto. Antes pensaba que practicar la ficción era un privilegio, sobre todo en un mundo hostil donde tantos tienen que cagarse a piñas para conseguir el pan duro de ayer que mc donald´s tiró a la basura. Hoy, pasó a ser una necesidad, un refugio, una fuga. Un tic del naufragio, un reflejo de la soledad. Quisiera sentarme en un sillón de starbucks y escribir un cuento o lo que salga de las palabras, en una notebook con un caramel macchiato al lado. Pero ni siquiera puedo comprar una pluma decente. La mía, que me regaló mi viejo hace unos años - hermosa, con detalles de oro y un cargador de tinta de los que ya no se fabrican -, la perdí no sé donde la semana pasada. Escribo con una bic en servilletas. Soy un poeta descartable. Muy posmoderno, claro: si da lo mismo, si significa nada o muy poco. Ahí estoy, tratando de empeñar la medalla estúpida: eternamente inédito, under y de culto. ¿Para qué? ¿Para quién? Soy un escritor de servilletas. ¿Alguien lee? Sí, cada tanto: y a los 5 minutos se limpian las migas de las medialunas con mis palabras. Soy un escritor de servilletas: ni siquiera el trapo viejo olvidado en el fondo del armario, sino un papelito amnésico destinado a un protagonismo efímero y lateral. Del mismo modo que otros se limpian los restos de comida yo me limpio la boca de palabras. Pero siguen brotando porque mi conciencia sangra, y las conciencias solo sangran palabras que la nostalgia interpreta con su primitiva psicología de canciones pop de tres minutos y después a otra cosa. Soy un poeta de servilletas: mis prosa profiláctica pasa casi sin dejar huellas ni manchas: pasa, como la compañía circunstancial de los paisajes tediosos cuando ya no sabemos donde mirar; mi evanescencia tiene la sola dignidad de las cosas inútiles.

13.8.10

Cruza el charco, hasta Montevideo, para asistir al festival literario eñe. Lo que realmente aprecia de viajar son, como dice Vincent Vega, las pequeñas diferencias. Con el tiempo, descubre un placer sutil y a la vez identitario por las listas que recogen estos detalles; por ejemplo:

• las peatonales del microcentro están todavía desiertas pasadas las 9am. Todo comienza lento, y más tarde.
• en todos los restaurantes donde fue, le dieron una mostaza amarilla y muy liquida. Rica, pero distinta.
• el centro esta lleno de gatos (allá, en cambio, perros).
• la sprite tiene otro sabor. Más limonado, similar a la 7up. Después de corroborar esto no pidió mas sprite.
• todos los lugares tienen un extraño enchufe de tres patas de punta circular alineados uno al lado del otro. Grandes dificultades a la hora de enchufar cosas. El primer día ya se queda sin celular.
• en burguer king tienen coca-cola y no Pepsi.
• no hay semáforos en el microcentro. Se asombra ante el respeto sagrado que los conductores le otorgan a la cebra. Basta tener la leve intención de cruzar una calle que ya se ha detenido la ciudad.
• los niños de primaria van al colegio con una netbook.
• no suele haber estufas. Le dijeron que el gas es muy caro. No logra razonar cómo se puede convivir con semejante frío.
• los baños de los lugares públicos están limpios. - esta hipótesis, con el pasar de los días, no se sostiene.
• los puestos de diario son rojos.
• los mendigos son amables.
• los taxistas les dan la propina a los que abren las puertas, y para bajar las ventanas hay que pedirle al chofer.
• la presencia del río – que ellos llaman mar y razón no les falta – vuelve a la existencia más tolerable.
• en lugar de decir “che”, dicen “bo”.
• la tv es la misma, el star system es el mismo.
• a las 22hs, la existencia cesa.
• los alfajores son más ricos y artesanales.
• la predisposición para la tristeza se sostiene: es un síntoma rioplatense,
• tiene que hacer un esfuerzo para sentir que está en otro país. Sólo la persistencia de las imagenes de Forlán le acerca esa noción.
• etc. 

4.8.10

cuaderno de viajes imaginarios

 en la previsión de los derrumbes inminentes

Estancado en un bar de mala muerte, preso de la incertidumbre de carecer de wifi, literalmente anclado por un equipaje demasiado pesado como para poder irme, aguardo - mientras algunos homeless afuera se organizan para esperarme sigilosamente - a que un llamada resuelva mi situación. Mi celular tiene poca batería y dependo de el. Lo apago y lo vuelvo a prender. La situación es simple: si esa llamada llega s mí, estoy salvado. Si no llega, no. Sin embargo, la simplicidad del asunto no me contenta y desperdicio mis pocas energías en teatralizar la ansiedad de los diversos infortunios en los que puede devenir mi condición.
Y a todo esto, escribo. Que otra cosa podría hacer? Llamar a alguien! grita el lector compasivo. Es una ciudad extranjera, no sé a quien llamar. La única persona que conozco esta en alguna parte de la ciudad, moviéndose, irrastreable - tal vez acercándose a mi (pero cómo si no le pude decir donde estoy?) tal vez haciendo cualquier otra cosa, habiéndose olvidado de mi -. El bar va a cerrar pronto y seré expulsado al centro de la madrugada donde ni siquiera el rastro de un camino es discernible y refugiados por las tinieblas los mendigos que me espían ya no necesitarán sus apariencias humanas. ¿Qué significa escribir en este caso? Bueno: que todo ya ha fallado, que ya no queda ni siquiera la esperanza (solo la espera, de la que la escritura es una de sus formas), que no vale la pena intentar una acción - ni siquiera en el imaginario - para evadir la catástrofe, que ya hemos capitulado nuestras fuerzas, que no queda nada salvo que algo extraño, inesperado, poco convencional irrumpa y nos libre. Y como eso es improbable, existe la escritura. Plegaria y a la vez claudicación. Como el soldado que se hace el muerto entre el lodo de la noche y se acurruca tratando de moverse entre sus compañeros muertos para no ser detectado: así se escribe a veces. No se espera algo. La espera - vana, imprecisa- es simplemente lo único a qué aferrarse. Y como por sí misma es desesperada, hay que llenarla con algo. A veces, la escritura.

2.8.10

Vincent & Dr. Who




Si hacían falta más motivos para inclinar mi devoción hacia una pasión desmedida, el décimo capítulo de la quinta temporada de Dr. Who (si a alguien le interesa bajarlo) versa sobre Vincent Van Gogh. No ocurre seguido la belleza en la tv. Pero entre las excepciones pensables, hoy lloré (lloramos, en realidad) mi domingo por la tarde frente a esta ocasión sublime. Raro, además, que la ciencia ficción - tan dada a explosiones grandilocuentes y a la imaginación de futuros, lejanías y monstruos - se haya concentrado en alcanzarle un poco de justicia a la desdichada existencia de Vincent. Incluso esa línea, cuando el Doctor dice: - I`ve seen many things, my friend. But nothing quite as wonderful as the things you see. Pero lo maravilloso es el final. Si alguien ha apreciado la violencia de esos retazos de color con los que Van Gogh ha despertado la belleza más descarnada, no podrá no derrumbarse en el final. No diré nada más. Amanece, y en unas horas habré de viajar. Me queda apenas un rato entre las sábanas, aferrado al ansia de tal vez soñar un poco con los sueños que quedaron dormidos en los pinceles secos de Vincent, después de los cuervos negros sobre el trigal.

1.8.10

fetch



Repasando estos cuadernos he notado que firmé con ese nombre, Debret Viana.




Antes de empezar a escribir Infimos Urbanos, yo era él. Ahora, releyendo, noto que tiene sus propias formas, su psicología, sus modos y trampas, sus vicios y sus redenciones, su respiración, en fin: sus rasgos particulares. Diferente de mí, pero no enteramente lejano, es como una aparición que queda grabada en la hoja, como un estado de ánimo que habla, y cuando cesan sus verbos, se desvanece. Algo que, sin ser yo, en mí surge y se evacua en textos. 




Su sintaxis – muy otra que la mía – se ha apropiado, sin embargo, de algunos detalles de mi propia vida. Hoy, no sin cierto horror, debo enfrentarme a una suerte de duelo con un doble (el horror sensato de comprender que ambas partes constituyen el equilibrio de una balanza, y que de exiliar a una de ellas, todo se desmoronaría)... Si esas cosas componen – como de hecho lo hacen – a Debret Viana, ¿entonces qué queda para mí? Si él ya es eso, yo no tengo más remedio que ser otro.

¿Pero quién?

Me siento como quien fue a un baile de disfraces, y en el tumulto perdió, no su máscara, sino su rostro. Y ahora no hace más que esforzarse en llegar a ser la máscara que le queda, mientras se oculta detrás de tibias improvisaciones que no logran ser una personalidad, simplemente como una forma de disimular que no se es nadie, que se esta repentinamente vacío, que, en medio del ajetreo, por alguna confusión, extravié las cosas que era y ahora no queda más que empezar a urdir un rostro otra vez, a practicar gestos en la soledad nocturna de la habitación hasta conseguir un lugar donde ocultarme y una manera de enunciar mi tristeza que no sea ya un tic de Debret Viana.

30.7.10



 *


Ilustración del artista plástico Miguel Angel Troncoso a partir de la nouvelle "otro", incluida en el libro "menos", de Debret Viana.

24.7.10

prólogo de "Menos", de Debret Viana



Prólogo
Ganz endere
 
 
  
il me semble que je serais toujours bien  
là où je en suis pas.  
Baudelaire
  
Kafka no encuentra, en el tiempo de que dispone, la extensión que permitiría a la historia desarrollarse como ella quiere, en todas las direcciones; la historia es un fragmento, luego otro fragmento: "¿cómo a partir de trozos puedo fundir una historia capaz de tomar vuelo?" De manera que, al no haber sido dominada, al no haber suscitado el espacio propio donde la necesidad de escribir debe ser a la vez reprimida y expresada, la historia se desencadena, se extravía, regresa a la noche de donde vino, y retiene dolorosamente a quien no supo darla a luz.
Maurice Blanchot
de Kafka a Kafka



I
El verbo es la carne del viento. Tan frágil, como su misma arcilla primitiva. 
La literatura misma está hecha de viento. Palabras: viento detenido, viento encriptado en la blancura del papel; que tarde o temprano volverá a la blancura, porque la tinta es más lenta que el arsénico, pero el viento lamerá cada sílaba hasta purificar las cosas del paso del hombre. La tinta es el hilo que captura el susurro del viento. La palabra, cautiva de las negras ataduras de la tinta, trabajará en silencio por su desintegración.
Volverá al viento, eventualmente: el papel volado por el viento, abducido, hilvanado por el viento, corriendo con el viento, y cuando alguien lo vea, por la ventana de una casa, atravesar la calle de enfrente dirá: hay viento.


II
El tiempo, la lectura erosionarán estas palabras hasta que no quede nada. Parecerá el final, pero es apenas desintegración. Son diferentes las cosas que arriban a una conclusión de aquellas que son cercenadas. La progresión de este fenómeno puede constatarse en las páginas de este propio libro: lo escribí pensando que ascendía una montaña, me percaté tarde de que se trataba de una caída, a los tumbos, torpemente por la áspera rocosidad del paisaje, y lo abandoné antes de concluirlo, para evitar el advenimiento del suelo y de la decepción. Fui de la nouvelle al relato, del relato a la prosa, de la prosa al fragmento, del fragmento al balbuceo, del balbuceo al silencio. Cada vez más despojado, cada vez menos… Del lujo (ostentoso, burgués) de la literatura a la necesidad (primaria, desesperada) de la escritura. Lejos de ser un libro que crece, es un libro que declina: viaja de la voz hasta el murmullo. Lo que se fue perdiendo, inaccesible, transita en los vientos sutiles que transpiran las noches, se susurra en los intersticios de los grumos del silencio, se insinúa en las manchas de humedad de las ventanas de los colectivos cuando llueve en la ciudad, un martes.

III
Tan inaccesible ha sido que lo fue también para mí, que me previne del gasto de decorar sus despojos sabiéndolo ya de antemano perdido. Errará lo mismo por los desiertos y los delirios, porque es la ruina de una potencia irredenta: todas las cosas no realizadas deambulan espectrales por los pasillos del imaginario.
Perdido como estaba el libro, opté por su lenta inconclusión, su abandono. A medida que me adentraba las tempestades multiplicaban su vigor, y tuve que ver como cada vez más palabras se volaban o se desdoblaban, atomizadas sin remedio, exponencialmente. La persistencia de la mirada sobre la palabra es como una lima meticulosa. Casi imperceptiblemente la palabra en el tiempo cambia, enflaquece. Gana en ambigüedad lo que pierde en sentido. Y se vuelve para su autor algo ajeno, extraño.
(Cuando me asomo a releer lo que quedó, veo que las palabras están en otro lugar, levemente heridas o trastornadas, y ya no significan nada para mí, o muy poco, u otra cosa.)

IV
Avergonzado por persistir en la compulsión de la escritura después de haber agotado mi destreza en el género de novela breve, y luego en la tradición del cuento, entré en las escrituras del yo, trocando mis horas yermas por las palabras que las traicionaban, en un vulgar exhibicionismo. Entregué el libro a la editorial dos pasos antes de haber agotado toda posibilidad de enigma. Claro que tuve que seguir escribiendo. En las paredes, en las arenas del desierto, en los vidrios empañados, en el aire, en el paladar con los movimientos húmedos de la lengua, en mi imaginación. Este libro, tan inerme y tan sí mismo en tus manos, seguirá más allá de la palabra impresa, ya sin mí: inconcluso, inagotable. Esta misma palabra que lees ahora ya no es mía, no es tuya, ya no es nada: apenas el camafeo de un latido que expiró. Existen las tapas del libro, existe la muerte. Lo que no hay es el fin del texto.
*

Cuando de repente, mirando el techo de tu insomnio alguna noche, en un traspié del silencio, brote de la nada una palabra murmurada, una línea que no encalla en tu contexto, tal vez sea yo que contaminé el viento con tantos garabatos.

V
Estamos haciendo algo, y de repente, sin ningún motivo, miramos hacia una dirección – es casi un reflejo – y vemos que alguien nos mira: la mirada es un contacto, una opresión. La palabra no es inmune a la mirada así como la dentadura no lo es a los dulces. Con el tiempo la palabra se carea, se desfigura. Y termina siendo otra cosa. Hasta disgregarse en el polvo, con todo lo demás.
Basta con que se pierda una coma para que el texto se vuelva otra cosa. Todo esta destinado a la ambigüedad de los signos enloquecidos: es como un rompecabezas viejo, con las piezas mordidas, gastadas, incluso algunas rotas. De repente cualquier pieza encastra con cualquiera, se ensamblan sentidos impensados y el cuadro final es caótico, sin sentido o monstruoso o, simplemente una otra cosa completamente otra.
Hay una cierta belleza evanescente en el carácter efímero de una palabra dada.
Pero estas cosas ya pasaron, y aquel instante puro ya se extravió.
Este libro es la carne de una batalla perdida: documenta la desintegración de sí mismo. Tal vez, mientras declina, el lector adivine un espejo involuntario. No tuve la pretensión de una metáfora, pero tampoco la fuerza como para impedirla (the sea refuses no river). Sea como fuese, no se ha querido lastimar a nadie.

*

Postergar indefinidamente la cognición del objeto, enredar los hilos que conducen al origen, pactar con el extravío, la disolución y la ilusión1 la cercanía de cada sombra que entrevimos detrás de los velos que nunca escondieron nada, pero fueron solidarios con el sueño: ese es el destino silente que yace en todo: el culto a las apariencias diferidas. 
Cabe sufrirlo, o hacer de él una estética.


Debret
Abril, 2010 

23.7.10

y ahí está nomás el libro


*

Y finalmente ha salido el libro. Hoy me llegaron un par de ejemplares, y - un poco de casualidad - el primero lo tiene Alan Pauls, probablemente olvidado en un rincón marginal de su biblioteca. Aun no está en librerías (cuando esté, avisaré las coordenadas precisas). De momento, quien lo desee puede enviar un mail a la editorial, pedirlo por Feisbuc, o bien encargarmelo a mí vía mail, o lo que fuese. La infinita modestia de la editorial Deveret, permite que el precio del libro alcance la accesibilísima cifra de $25 (o sea, menos que un combo de McDonalds!). Bon appétit. 

Prometo ceder a las amenazas fraternales de amigos y familiares, y  mañana subir el prólogo.

i dreamt in a foreign language

I dreamt i woke and saw the breath of the dead.
Legions, they were, and were quiet and waiting with such patience
you would say there was no one there.

But the rare mist of their breathing, it waved
a vast ocean of dark stillness - so serene
you would sail willingly, you would wish to see the distant depths
 if you could ignore the fingers that  moved the tide
the cold hands in the fog as they lie, and wait,
the little steps of time craving you off.

I would not have believed that death had unmade so many.

19.7.10

moneda

El paraíso invisible y la rosa de Paracelso


cara
Su renombre como alquimista viene desde muy lejos. Había logrado torcer cualquier piedra en oro y eso no algo que los siglos - hechos de mercaderes y avaros - olviden senciilamente. Menos se lo conoce por su rosa. Podía, según se dice, quemar un rosa hasta volverla ceniza, tomar la ceniza en su mano, decir una palabra (que tal vez era el Verbo) u operar una alquimia secreta y la ceniza recobraba su forma de rosa. De la anécdota sólo quiero decir, como el Paracelso borgeano insiste, que la rosa nunca dejó de ser rosa. Que nada cesa en el mundo. Que respiramos el hedor del cuerpo muerto de Shakespeare y del César, que el polvo que se levanta en las tardes ventosas puede venir de las guerras de Troya, de Luxemburgo, del polvo que levantó el derrumbe de Cártago o Kosovo ; que el tiempo es un juego y un espejismo.

cruz
Ni siquiera de niño he sabido aferrarme a religiones clásicas. Dejando de lado la literatura, no tengo nada en qué creer. He simpatizado con ciertas doctrinas teológicas – como las de Swedenborg – pero atribuyo mi adhesión al bellísimo estilo en que esas ideas son expresadas. Mi devoción es estética.  
Sin periódicos de por medio, he visto estos días una pizca de la miseria del mundo. Me basta no hundirme en mis auriculares mientras camino por casi cualquier calle porteña. Y pensé que la Caída no fue la expulsión del paraíso. Fue otra cosa: fue ceguera; fue no saber ya cómo verlo. Después de todo, si aceptamos que la divinidad creó el mundo, y que la divinidad es perfecta, no pudo haber creado otra cosa que no fuera el paraíso. La condena del hombre es no saber verlo. Y es natural, entonces, que se comporte como si no existiera el paraíso, mancillando todo lo que toca y vulgarizando cada paso de su tiempo.  
Pero, está bien - al menos a modo de licencia poética - que Milton ignorara que todo lo que había era un cuerpo miope, condenado a desencontrarse eternamente con su dicha, resbalando entre los días sin lograr la savia de su luz.


texto hallado en una servilleta de un bar de palermo, allá por el 2007

7.7.10

actualización de sistema lista para ser instalada


Releyendo un libro que me han regalado recientemente (el mío, comprado allá por la temprana adolescencia en versión baratísima de calle Corrientes, ha de estar sepultado por otros libros en la desprolija biblioteca e inhallable) un poco recupero el goce inicial de la primeras lecturas - sólo un poco: ahora no tengo más remedio que leer con todo lo que he sido y pensado y perdido - pero luego, anclado en el sillón blanco de la habitación pienso en el tiempo, y cómo los imaginarios de cada época actualizan los temas que nosotros, porque somos breves, sentimos eternos. Lejos de tener el suficiente apetito como para esbozar un ensayo donde desarrollar mi modesta idea de entretiempo de España-Alemania, me contento con identificar un ejemplo, y dejar que él hable por mí. 

________

Los beneficios de la luna

La luna, que es el capricho mismo, se asomó por la ventana mientras dormías en la cuna, y se dijo "Esa criatura me agrada".
Y bajó con suavidad por su escala de nubes y pasó silenciosa a través de los vidrios. Se acostó sobre ti con la ternura flexible de una madre, y ardió sus colores sobre tu rostro. Tus pupilas se pusieron verdes, y las mejillas extraordinariamente pálidas. Al contemplar a esta visitante tus ojos se agrandaron extrañamente, y ella te oprimió con tal delicadeza la garganta que te quedó para siempre el deseo de llorar.
Sin embargo, en la expansión de su gozo, la luna poblaba todo el cuarto como atmósfera fosforescente, como veneno fúlgido; y esta vívida luz pensaba y decía: "¡padecerás eternamente el influjo de mi beso. Serás bella a mi manera. Amarás lo que amo y lo que me ama: el agua informe y multiforme; el sitio donde no estés; el amante que no conocerás; las flores monstruosas; los perfumes que provocan delirio; los gatos desmayados sobre los pianos y que gimen como mujeres, con voz ronca y suave!".
"Y serás amada por mis amantes, cortejada por quienes me cortejen. Serás reina de los hombres de ojos verdes a quienes cerré asimismo la garganta con mis caricias nocturnas; de los que aman el mar, el mar vasto, tumultuoso y verde; el agua informe y multiforme, el sitio donde no están, la mujer que no conocen, las flores fúnebres que se parecen a los incensarios de una religión desconocida, los perfumes que turban la voluntad, y los animales salvajes y voluptuosos que son emblema de su locura".
Y por ello, maldita, querida niña consentida, estoy ahora tendido a tus pies, buscando en tu figura el reflejo de la terrible divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

Charles Baudelaire, 
en Pequeños poemas en prosa.

- y / o -


Lunática

Luna, satélite conchudo de la tierra
yo no sé para que mierda, tanta vuelta
 sos la puta blanca de la noche negra
sos el blanco de las pajas
que se clava el corazón en desventaja
sos la eterna compañera
que ilumina y no visita mi catrera.


Luna, inútil barrilete de la tierra
porque ya no dejás las aguas quietas
rompés las bolas de los pescadores
sos el blanco de las pajas
de los que ni manotearon las rebajas
sos la eterna compañera
que no coge, ni calienta, ni la prueba.


Luna, farola perdedora de la noche
que envejecés haciéndote reproches
pintabas para reina y hoy ya ni mostrás las piernas
sos el blanco de las pajas
de los que se conformaron con migajas
sos la eterna compañera
a los que todos la cagan con cualquiera.



A 384 mil kilómetros de mí
es difícil mandarte a la mierda
caliente de día, de noche muy fría
adelgaza y engorda, ilumina y se borra
yo sé, cual es tu tipo de mujer



No me pidas el Sol mi amor
porque quema, quema como loco
no me pidas el sol mi amor
la Poronga es el Helado de los Crotos
ademas hasta allá en que mierda voy
no me deja ni un transbordador




Luna, te inventaron mil romances con el sol
mirá si te va a dar pelota a vos
soltera, solterona, que te abandonó tu cola
sos el blanco de las pajas
de los que ven como la hora se les pasa
sos la eterna compañera
que cada día que pasa es más fulera.





Luna, te hablo siempre en representación
de las turras que se portan como vos
siempre rodeada de estrellas, pero muy lejos de ellas
sos el blanco de las pajas
de los que antes que al amor miran la caja
sos la eterna compañera
de a los que la tentación los sermonea.




Luna, decime que carajo te creíste
si nunca fuiste mucho más que un chiste
sin gracia, ni talento, apostabas a tu esfuerzo
sos el blanco de las pajas
de los que se fueron rápido a barajas
sos la eterna compañera
de los que nunca se enamoran de rameras.




A 384 mil kilómetros de mí
es difícil mandarte a la mierda
caliente de día, de noche muy fría
adelgaza y engorda, ilumina y se borra
yo sé, cual es tu tipo de mujer / 
que estoy cansado de querer.


Zambayonny
en La Pendeja Puta Que Todos Llevamos Dentro 


2.7.10

recorrido nocturno por los anaqueles poco visitados de la biblioteca

cláusulas


I
Las mujeres toman siempre la forma del sueño que las contiene.

II
Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo, componen un ser monstruoso: la pareja.

III
Soy un Adán que sueña en el paraíso, pero siempre despierto con las costillas intactas.

IV
Boletín de útlima hora: en la lucha con el ángel, he perdido por indecisión.

V
Toda belleza es formal.

Juan José Arreola
Confabulario

20.6.10

solo

Soledad = no tener a nadie en casa a quien poder decir: regreso a tal hora o a quien poder hablar por teléfono para decir: ya regresé.



Nota del 11 de noviembre de 1977
Diario de duelo
Roland Barthes

14.6.10

blancura

Despierta en mí esta idea: un hombre que llena páginas – con lo que puede, con mentiras, porque las cosas ciertas se le acabaron en la séptima página – para combatir la cegadora blancura del papel. Tiene, con su tinta negra, que disminuir la blancura de la hoja porque esa luz lo cegaría. Y se queda ahí, toda su vida, anclado frente al escritorio, escribiendo, para combatir un resplandor del que su sola idea le quema los párpados. Y con cada palabra terminada, sueña la noche, para descansar de una vez de la luz, y de luchar contra la luz. Su tinta trama la noche, pero no le alcanza más que para estar ocupado, y no tener que sentir la blancura de lleno, ni el atardecer que detrás, en la ventana, empieza.

11.6.10

end times

"Por favor no me corten para saber cómo morí
Yo voy a decirles cómo morí

Cien Lofepramine, cuarenta y cinco Zopiclone, 25 Temazepam, y veinte Melleril

Todo lo que tenía."



fragmento de 4.18 Psicosis
de Sarah Kane

8.6.10

estética

Postergar indefinidamente la cognición del objeto, enredar los hilos que conducen al origen, pactar con el extravío, la disolución y la ilusión la cercanía de cada sombra que entrevimos detrás de los velos que nunca escondieron nada, pero fueron solidarios con el sueño: ese es el destino silente que yace en todo: el culto a las apariencias diferidas.

Cabe sufrirlo, o hacer de él una estética.

2.6.10

inwards

 una lábil transparencia nihilizante

0
desvío
Despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir.
Sentarme en la cama para tratar de escribirlo e ir notando, mientras las palabras no aparecen, que lo pensable de ese sueño era muy poco y el resto (allí donde puedo hacer pie) se desmorona.

1
la ficción penitente
Es una dolencia a la que me he acostumbrado. Cada vez que quiero relatar algo que he visto o me ha pasado, me saltan a la cara abismos, grietas (gaps), vacíos entre las secuencias del evento que no puedo suplir salvo falsificando sucesos y detalles circunstanciales. Pronto, la cosa que quiero decir, en el mismo gesto de decirla, se me vuelve ficción. Si yo tratara de sostener una lealtad estricta a “lo que realmente pasó” estaría condenado al balbuceo, a la errancia, al soliloquio ininteligible. Suelo pensar que quien produce ficción no es ya alguien en posesión de un don, o de una vocación: no es algo que pueda decirse: es la constancia del fracaso permanente de reponer lo real.

2
reincidencia
Trato - con mucho esfuerzo- de registrar algo. Me entristece (y fascina) el hecho de que al despertar el sueño me parecía absolutamente comunicable, pero en el momento en que quise explicármelo (cuando me pregunté: ¿qué fue lo que pasó?) salieron a mi encuentro lagunas que no pude resolver, y mucho más de la mitad del sueño se me hizo irrecuperable. La otra mitad (o algo menos) se volvió elusiva, pantanosa, entrevista a través de nieblas y densas ramas de árboles de un bosque nocturo e irresoluble..

3
detalles verosimilizantes
Me siento en la cama. No prendo la luz. Jésica duerme y no quiero despertarla otra vez, como en el sueño. Modigliani, cuando ve que me despierto, se acerca y se viene a acostar sobre mis piernas. Permanece allí casi todo el tiempo que dura la escritura de este texto. Hasta que estornudo, y se va. Lo oigo dar un leve maullido desde el pasillo. En algún punto de la escritura, vuelve.
Entonces. Me siento en la cama. Y escribo: despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir. Escribo: otra vez un sueño dentro de otro. Sueño una cosa, y despierto falsamente a otro sueño (que ya no considero sueño sino territorio despierto). Y lo más terrible del caso es que en este segundo sueño tengo plena conciencia del sueño anterior. A ver. Algo así.

4
algo así
El primer sueño es de orden fantástico. Por desgracia, la mayor parte la he olvidado. Solo resta su sensación. Buena parte de lo que más o menos recuerdo ya no es lexicable. Tenía sentido en la sucesión de imágenes. Pero en su recuperación es incoherente. No sé cómo comienza. Sé que es la casa de mis abuelos. Desde luego, es y no es la casa de mis abuelos (es más grande, mis abuelos no están, hay otra gente, yo no soy yo, etc.) Hay niños jugando en el jardín - que es rectangular y muy alargado, con forma de boulevard, con dos largos pasillos. Ha atardecido y la puerta ya no se distingue. No sé cómo contar lo que ocurre porque no lo comprendo. Se ha recibido un texto o un enunciado que alarma a todos y sin embargo nadie entiende. Lo piensan, lo discuten pero

5
el enigma
no logran descifrarlo. Hay bastante gente, tal vez 10 personas aparte de los chicos. Tiene algo que ver con los libros.
Precisamente con el lugar donde están ubicados los números de las páginas. Hay algo que preocupa a todos de este enunciado (que no recuerdo y que no sé si supe) y si bien guardan un cierto temor terminan decidiendo que es un balbuceo que no pueden penetrar, probablemente algo escrito por un loco que no tiene ningún sentido, y lo dejan estar.

6
plot
La escena progresa, se come algo, se habla de cosas. Ningún sobresalto. Los niños, que habían sido llamados a la casa hasta que se resolviese el enigma, insisten con que los dejen salir a jugar. Salimos todos al jardín y los niños corren. Vamos a jugar a las escondidas, dice alguien. El clima es modestamente festivo. Pronto ya no se distingue ningún niño. El personaje que encarna el Yo del sueño (desde el que mayormente veo las escenas transcurrir) sonríe tontamente desde la puerta de la casa, tal vez divertido. Luego, - súbitamente – comprende. El acto de comprender es en él como si le golpeasen con un palo en la cabeza. Y su cara se desfigura de horror. Comprende mucho más que yo, que no termino de hacer visible lo que ha pasado. El comprende que era obvio, que cómo no se dieron cuenta antes, que el diablo vive en los números (no en todos: solo en ciertas figuras: ¿cuáles?) de las páginas de los libros. Yo no sé qué significa esto, pero en el sueño este personaje comprende, transfigurado por el pánico, que eso implica que el diablo se está llevando a todos los que en ese momento se detengan en un espacio oscuro. Parece que va a decir algo, pero siente que es demasiado tarde. El silencio que queda es un silencio sin niños.

7
la mismidad de lo otro
Y me despierto. A otro sueño. Quisiera ser enfático con esto porque se trata de un asunto que me ha pasado ya muchas veces y nunca ha dejado de preocuparme. En este otro sueño soy yo (y es mi cama, mi ropa tirada a un costado, casi los mismos muebles, etc). Y estoy despertando del sueño anterior. Estoy en la cama, Jésica duerme. Es una versión de mi habitación. Trato de no despertarla pero estoy inquieto. El sueño anterior me ha dejado atemorizado (como si realmente lo hubiese comprendido). Tratando de no abrir aun los ojos, avanzo tentativa y lentamente, en la reconstrucción de lo soñado. Percibo que puedo hablar sobre el sueño, pero cuando quiero nombrarlo, o necesito recurrir a cosas que ocurrieron dentro del sueño, ya no las encuentro.

8
la palabra y el devenir eco
Este Yo del segundo sueño sabe que ha soñado con un relato suyo. El ha escrito ese sueño a modo de cuento, y parece ser que ese cuento sé ha vengado regresando como pesadilla. Sin embargo, hay algunas diferencias. El sueño ha perfeccionado el relato. Algo que parecía arbitrario en el relato, en el sueño resulta armonioso y perfecto. Y este otro Debret, obsesivo, se dice a sí mismo: tengo que registrar ese sueño antes de que lo pierda; lo importante es el relato: tengo que recoger y saber usar esta información, no importa de donde haya venido.

9
escribir naufragar despertar
Y Debret se sienta sobre su cama, toma una libreta y escribe. Y parece entender lo que escribe. Toma notas, casi compulsivamente. Y a medida que avanza, empieza a tener miedo. Lo veo: se queda quieto, se muerde el labio inferior, niega con la cabeza, o simplemente mira la nada, suspira. Yo quedo un poco afuera de esto. No sé bien qué pasa pero Debret ya no puede seguir escribiendo. Deja la libreta, y abraza a Jésica. Trata de refugiarse en el calor de su cuerpo dormido. Pero el miedo se le vuelve una suerte de sufrimiento físico, y da vueltas en la cama y balbucea sin sentido. Jésica se despierta. Le pregunta qué le pasa. Y Debret quiere explicarle pero no sabe cómo. Casi iba a tratar, pero no confía en las personas como en las libretas y se calla. Las cosas se ponen difusas: el sueño trastabilla y empieza a revelar su condición de sueño, abandonando de una vez su inusual verosimilitud. Debret se levanta, busca su iPhone y cuando lo encuentra esta mojado. Todavía funciona, pero le echa la culpa a Jésica. Discuten. Modigliani se refugia debajo de la cama. Ella se ofende y sale de la habitación. Debret la sigue. Entra a una habitación muy grande, llena de camas. Más de 20 camas. Una de las paredes es de vidrio y da a una avenida. Jésica está ahí, lo está esperando con una sierra eléctrica en las manos, y Mario Barakus entra en la escena y le quiere explicar cuál es la mejor manera de untar tostadas. Pasan cosas que no recuerdo, la narración se derrapa, inconsistente, y despierto.

10
fetch
Esta vez, despierto a este lugar. Cuán verdadero será no puedo saberlo. Prefiero evitar la trillada inquietud de los soñadores soñados. Pero es el mismo lugar desde donde escribo este texto: mi vida. Al principio estoy oprimido por el horror del primer sueño. Me digo para mí que tengo que tomar notas para corregir mi relato. Pero cuando trato de pensar en el sueño noto que no tengo idea qué significa. El “todo” del sueño es una mera sensación, y las partes que me quedan a mano son poquísimas, y arcanas. Siento pena, como siempre que extravío una trama, y noto que tampoco escribí un relato ni remotamente vinculado al primer sueño. Ahí caigo en cuenta de que es el segundo sueño el verdaderamente perturbador. Donde mis cosas estaban duplicadas y vivía una versión mía. El solo hecho de que un sueño mío sueñe algo, despierte y logre hacer un relato de lo soñado (tenga conciencia y memoria de su sueño - y encima lo comprenda mejor que yo-) es algo que me espanta (me induce a sospechar un carácter fatalmente relativo en la vigilia, y con esto la gratuidad de cada cosa, la dádiva del azar que es cada segundo).

11
an ode to the dream shaper
Claro que sería ilícito que justo yo me ponga a renegar de los sueños. Debo buena parte de mis relatos a tramas que se principiaron en ese espacio onírico. Tal vez fui mezquino y abusé de ese puente, y traje demasiadas cosas de ese otro lado, y en uno de esos trayectos algo mío se cayó, y quedó allá, y su nostalgia de este lado con el tiempo se hizo sueño, y soñó, para consolarse, con todo lo que había aquí creando espejismos y duplicaciones aproximadas de todo, hasta de mí mismo. No lo sé. No sé nada. Me parecería insensato que no existiese una sanción severa para aquel que hace visible lo que ve en el territorio onírico. Se trata de algo tan poco noble como el comercio con los muertos. Temo incluso que los objetos de la casa sean cosas largamente dormidas, que en cualquier momento pueden despertar. Y recuerdo a las estatuas, y siento su petrificación como un longevo sueño donde traman la venganza. He sido arrastrado hasta la paranoia de las cosas quietas.

12
habría que haber terminado este relato antes
Jésica duerme, inmune a mi sueño. Todo lo que ese sueño movió en mí, todo lo que desesperó ha pasado sin que ella sintiese siquiera el más leve roce de las imágenes que visité. Me pregunto - detenido un instante mientras busco las pantuflas de bugs bunny que Modigliani siempre lleva debajo de la cama - si también ella será el sueño de alguien. ¿Alguien estará soñando con algo bellísimo que duerme para que yo, creyendo que vivo, me detenga a contemplar semejante acontecimiento estético en mi cama? ¿Un cuerpo que sueña, no es un cuerpo deshabitado? Divagues de un diletante insomne. Es hora de tomar café.

13
a veces divagar encalla en el principio de una forma estética (como un cuento), 
y a veces, no
Pero lo que no logro superar del todo es la nostalgia de ese cuento que el otro Debret escribió y que yo ignoraré siempre. Arriesgaría lo que tengo por volver y aunque sea lograr espiar un poco la libreta del otro. Pero tendría que matarlo primero. No sería difícil, porque lo conozco y sé sus maneras y sus vicios. El problema es dónde esconder el cuerpo. Claro que si alguien lo encontrara no sería tan grave. A lo sumo, podrían acusarme de suicidio. Quién sabe qué cadena de eventos desencadenaría eso. ¿Existe un tribunal onírico? ¿El otro Debret habrá soñado alguna vez conmigo?¿Fue simplemente un episodio de mi interioridad, o habita ese otro lado y también planea mi asesinato? Me pongo la bata, voy a la cocina, pongo la pava en el fuego y trato de imaginar las palabras del cuento. Todavía no son las cinco.


fin


26.5.10

luto



Ha terminado Lost para siempre. No sé si llegaré alguna vez a reponerme. Resulta absurdo vislumbrar un sustituto a la dicha de haber convivido entre sus delicadas incertidumbres - una leve esperanza depositada en Fringe -. Por lo pronto, solo me queda el balbuceo (y la silenciosa fascinación de su reciente final). El enigma ha sido custodiado dignamente hasta sus últimas consecuencias. Ha sido bellísimo, ha enriquecido las maneras de soñar. Lo extrañaré con la nostalgia que se guarda por las épocas dichosas que vivimos en la imaginación. Siento su pérdida como algo que se me ha arrancado del pecho. No daré aun palabras a mi tristeza; el llanto es mío. 
Entonces: palabras ajenas:

"¿Qué habremos de ver, después de Histoire(s) du cinéma y de Lost? ¿Sobre qué conversaremos en las fiestas? ¿Dónde habremos de buscar las preguntas que importan en relación con nuestro propio presente?"
(Daniel Link: Lost, novela beckettiana - radar)

20.5.10

3.5.10

umbral

I
Las cosas que temes en la noche son el ocultamiento de la noche.
Los ruiditos, los crujidos, la posibilidad de que alguien entre, de que alguien venza la cerradura, la posibilidad de un monstruo en el placard, o de que las sombras de vuelvan carne, o que la palabra de un muerto nos llame, o que las canillas viertan sangre, o que en la transparencia suave de la penumbra se distinga una mujer de blanco, flotando , o que ropa tirada sobre la cómoda cobre vida y ansíe venganza, o los pasos que se oyen en el piso de arriba, o que el viento cifre un mensaje mortal, o que el televisor se encienda de repente y de la luminosidad azul del interferencia alguien se aproxime, o algo agazapado en el balcón aguarda que apagues la luz, o que un insecto de infinita paciencia viva en tu almohada y te beba lentamente, o que el espejo se desincronice y no devuelva tus gestos, o que tu pareja, enajenada y en trance en mitad de la noche te apuñale, o que debajo de tu cama, acurrucado, alguien espera que entres en el sueño, o que etc.

II
Todo eso oculta, traspapela la noche. Encuentra algunas de esas cosas quien no quiere ver la noche. Quien no se atreve a la noche. Su vacío, su escenario próximo al sacrificio. Su espejo esencial. Artilugios de evasión de algo tan atroz e insonsable como la noche. Hemos necesitado dar un cuerpo, un nombre al malestar profundo de la noche, para exorcisar o redimir bajo la sentencia de una apariencia a una voracidad interior insaciable. Hay algo en la noche que es la noche. Un vacío, una soledad perfectas. Un silencio al que acude pronto la desesperación. Una confrontación con el cadáver de sí mismo, con los hilos de la marioneta, con el sin sentido de cada instante. La civilización no duerme de noche sino para evitar la noche. Los poetas coquetean con ella, siempre con un pie afuera, y prestan un oído a la noche y el otro lo colman de palabras. Vulgarizan el abismo de la noche hablando de la noche. La noche es inasible, inenarrable. La noche es un naufragio calladísimo. Pero esto ya no es la noche, sino la sensación de las palabras, las imágenes que quieren soñar la significancia elusiva de la noche. Pero la imagen es la presencia de una lejanía, y es en el influjo de esa lejanía donde la noche dirime su imperio.


III
La eternidad tiene el denso sabor oscuro de la noche. No es tanto la hora, ni la penumbra, ni la calma. Hay algo primitivo y terrible en la noche. Hay un llamamiento. Un sutil canto sirenaico entre el ruido del ascensor y el motor de un auto que pasa, o los pasos tenues de un gato atravesando la calle. La noche postula su pregunta: ¿venís? ¿querés ser uno con la eternidad? Y nosotros ponemos más alto el volúmen de la tv y tratamos de no atender, de no sentirnos interpelados. Hacemos de cuenta que no oímos bien, que la noche apenas si ha balbuceado algo o sustituimos esa llamada con los ruiditos, los crujidos nocturnos, y nos distraemos. Decimos que no con nuestro mirar para otro lado y nos hacemos los tontos porque la angustia de tomar en serio esa pregunta nos desasosiega. Y cometemos la vida en ese hacer de cuenta que no puede ser en serio, y como nunca nos tomamos el trabajo de arroparnos con la noche, de asimilar, de recibir la experiencia de la noche, no escuchamos del todo bien la pregunta – para nosotros son ruidos en el living, pasos en el piso de arriba, silencio que debemos confrontar -, y no sabemos entonces bien de qué manera terminamos pasando del no al sí.

noche

22.4.10

nota al margen del cuaderno

El sujeto que habla no es tanto responsable de su discurso como lo es la inexistencia en cuyo vacío se prolonga sin descanso el derramamieto indefinido del lenguaje.

El pensamiento del afuera
Foucault

13.4.10

bit

Fui el sábado a cenar y terminé en el patio de comidas de un shopping. Mientras buscábamos un lugar donde sentarnos, en la degradante pose de acarrear una bandeja para todos lados (sin duda una de las situaciones más humillantes de la posmodernidad) el engendro químico que sustituye al alimento se enfría, y regresa a su forma de pasta pestilente: en los patios de comida al comida sostiene su apariencia de comida solo en tanto esté calientes; luego, participa de lo fétido y de lo rumiante. Y, ahí, mirando las personas de ese recinto, tuve una revelación: es peculiar como en el centro de una sociedad que posterga, olvida, niega, excluye a sus ancianos fue necesario un patio de comidas de un shopping para darles otra vez sentido y utilidad, para devolverlos al mundo de la acción, para encastrarlos nuevamente en el engranaje social. Ahí estaban, cada abuelo solo y senil sentado en una mesa de 5 sillas vacías, custodiando los lugares de la familia que había ido a comprar la cena. Finalmente, después de un largo letargo orbitando en la superfluidad, los ancianos volvían a servir para algo.

8.4.10

teatro en FILO


Esta semana inician los talleres de teatro gratuitos en la Facultad de Filosofía y Letras. Como esta noticia ha convocado a tantas personas (más de 90 inscriptos en casi dos semanas), a los seis grupos de teatro (uno de los cuales - el de los sábados a las 16.30 - a mi cargo) se le suma un séptimo grupo a cargo de Cecilia Mantovani, los miércoles a las 18.30.

Esto implica 15 vacantes más para quienes gusten de participar de este nuevo acontecimiento. No es necesario tener ningún tipo de experiencia. Quienes estén interesados escribir a besugodefelpa@gmail.com

El grupo de teatro independiente de Filosofía (GITFyL) es este: http://www.facebook.com/group.php?gid=106488156045454

Allí pueden unirse, preguntar lo que deseen, disipar dudas, proponer ideas, amenazar a quienes les parezca oportuno y hacer declaraciones absurdas con la simpática finalidad de confundir al prójimo.

Pido disculpas a quienes han querido anotarse a mi grupo. De momento tenemos lista de espera, pero contamos con poder abrir nuevos grupos a partir de mayo. Si alguien tiene un deseo abrumador, impostergable y violento por ingresar a este grupo específico, bien puede presentar su caso al mail brindado.

muchas gracias
y esperamos que este proyecto sea intenso e interesante para todos.

Debret Viana


30.3.10

trama

Escribir: inclinarse sobre la hoja, arquear la espalda, cavilar la palabra, verter la tinta hasta lograr una forma pronunciable- Escribir, así: como un faro. Estéril, moribundo de día, solo de noche ilumina, desde la inútil altura solitaria. Gira desde la alta penumbra: hay un instante de luz para todos los puntos del horizonte. Quienes lo ven, más o menos náufragos de la marea que los lleva (a veces peleando contra ella, otras sumisos a su influjo) sueñan un camino en el brevísimo haz de luz que comparten. Sueñan una voz que les habla a ellos, un contacto que los distrae del rumor abrasivo del mar, y hace que la muerte los olvide el tiempo - tan fugitivo - que dura la ilusión. Nada comparten, nada es compartible: la  luz del faro no busca dar con nadie, no busca decirle nada a nadie, no quiere nada: solo necesita expulsar la luz intolerable que lo ciega. Quien lo ve, debe prevenirse: no se trata de un destino: Puede navegarse en dirección hacia esa luz durante, décadas, vanamente. Quien se acerca, se pierde; quien llega, es cegado por la voracidad de la luz; se trata apenas de un desvío que hace tolerable al destino. Es indispensable educarse en la paciencia: la luz es una senda evanescente, que corta con su hálito la espesura del imperio de la noche, harto de ajenidad y desasosiego

*

El escritor sabe, sin embargo, que lo importante no es esa breve luz sino el otro tiempo, el tiempo suyo, el tiempo de oscuridad: allí mora y allí labra la palabra. Es con tiniebla con lo que se  hilvana la voz de la palabra. Quien escribe debe adentrarse en un teatro de sombras chinas proyectado sobre los muros insomnes de la noche: las figuras, imprecisables, son una cuestión de fe; lo inhallable, debe ser soñado - y así ser llevado al umbral de la existencia - o permanecer inexistente y nulo.Toda esa negrura es vital para poder parir un instante de luz.

19.3.10

....

El titulo del libro no sale. La editorial me apura. Yo recuerdo a Fernando Pessoa:
tengo un nombre entre los que tardan (y ese nombre es sombra; como todo).

12.3.10

soñé


soñé con la premisa de los zombies de Zizek; soñé:
Que los alienígenas habían calculado un plan -minucioso y desmesurado- para conquistar la tierra. Cualquier atisbo de confrontación o combate les resultaba una noción barbara y deleznable: todo sería silencioso. Sus avanzadas tecnologías les permitían vestir la apariencia humana. Así, uno por uno estudiaron las maneras y los detalles de cada persona y cuando ya se habían educado en el último y más leve gesto, lo sustituían por uno de los suyos- que seguía viviendo del mismo modo que el abducido: - nadie podía notar la más mínima diferencia- hasta que desde los generales fuese dada la señal y los alienígenas revelasen su verdadero rostro y tomasen la tierra. Se instalaron bases de estudio y sustitución por todo el mundo, bajo la fachada de supermercados chinos, farmacitys, starbucks, tiendas nike, etc. Cualquier local podía ser un centro de operaciones alienígenas. Por cuestiones de seguridad, todos los centros respondían sólo a la nave madre, e ignoraban la locación de las demás bases terrestres. Así, uno a uno, muy lentamente fueron reemplazando a la raza humana y perpetuando sus mismos exactos procedimientos. Pasó el tiempo, y algo ocurrió con los alienígenas superiores. O fueron emboscados y destruidos por otra civilizacción o simplemente se desinteresaron por la posesión del planeta (cada día les parecía más un territorio fundido) y sigueron su ruta por el espacio. Quedaron en la tierra, ignorantes de que el plan había sido cancelado, millones y millones de alienígenas como células dormidas, cada uno pretendiendo ser humano y sin saber quién otro era un alienígena. Consiguieron trabajos, formaron familias, tuvieron hijos que creen que son humanos. Olvidados por sus pares, que navegan el universo en busca de un motín más deleitable, esperan el momento en que llegue la señal y puedan sacarse la máscara y tomar el poder. Mientras tanto fingen las emociones humanas, asisten a partidos de fútbol que no comprenden, tienen citas, van al cine, pagan impuestos. No saben que el último humano murió hace décadas y están solos en el planeta haciendo la triste pantomima de la vida, como una absurda parodia inútil sin nadie que la contemple.

10.3.10

seduisance


Todo lo que es atractivo, lo que desearíamos ver (tocar, alcanzar) es algo en lo que se fundó un misterio.
No importa si es una novela o una mujer. Una trama política o el comportamiento de los astros. No tiene nada que ver con la belleza: es la intriga del enigma la que nos llama (y nosotros, como zombies sin nostalgia seguimos ese llamado como el canto de una sirena; ¿qué otra cosa podríamos hacer?).