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18.8.10

florecen, falsas, en el desierto, flores tropicales

love & image 

Según la velocidad, a veces basta verse una sola vez para parir el hastío. Es una simple matemáticas gravitacional. Pasado mañana, seguramente, la mecánica cuántica explicará estas cosas que hoy son apenas intuibles mediante el abuso de la literatura. Pareciera que el deseo del otro nos lleva hacia el otro como por un túnel inevitable, y de repente - estamos casi abriendo los brazos para contenerlo - ya lo perdimos: ha quedado atrás, inabordable, ajeno. Sentimos que hubo algo en el medio que se perdió. Pero no, no se perdió. Todo se pierde, a su tiempo. Y hay cosas que agonizan en su prólogo. Dignidad rara de un final en las primeras páginas, cuando las cosas parecían empezar. Lección platónica de no saber aun decapitar de un escopetazo a la ilusión que como un cáncer crece en los intersticios silenciosos de los días. Timidez terrenal de terminar viendo como enflaquece de frío en el cordón de la vereda, sola, una imagen venerada. Todo sueño cumple, eventualmente, el destino de volverse espectáculo agónico. Una imagen es una religión descartable.

26.9.06

el amante, el encarcelado en su monólogo

“Todas las cosas, para ser verdaderas, deben convertirse en religión”[1]
De Profundis;
Wilde





En todo caso, el problema es que somos pocos. Somos pocos y los papeles todavía hay que representarlos: son indispensables para que se cumpla la sacralización (la trama). Tengo que ser el apóstol, y el pueblo descarriado, tengo que escribir el evangelio y ser el lector de ese evangelio, que me salvará. Tengo que atacar, vilipendiar, despreciar al objeto del mito antes de que se convierta – tal vez por la fortuna de estos mismos procedimientos - en mito (esto lo hice hace mucho, antes de separarnos). Tengo que matarla y resucitarla. Tengo que ayudar a desaparecer el cadáver para poder sentir la compañía leve de su eterno espectro redentor. Tengo que ser el súbdito cándido que compra la representación; y, a veces, para darle veracidad, tengo que ser el cínico, el nihilista, y desconfiar de ella hasta ser convertido (por el contacto con la omisión de M.). Tengo que rezarle, tengo que sufrir. Tengo que ser también las hordas de infieles que quemaron sus relicarios, sus templos, sus fotos y sus cartas. Tengo que sentir la nostalgia de una época venturosa que nunca ocurrió. Tengo que hacerla hablar con las cosas que dijo antes, tengo que aplicar al presente las cosas que M. pudo haber dicho. Tengo que hacer todo el teatro. Y M., bueno: a M. le basta con desaparecerse: así presenta el imperio de su ausencia. Yo, en cambio, cargo con todos los esfuerzos: tuve que ser María también, tuve que parirla.
:::
Ahora, ya agotados esos episodios, soy el hombre en medio de una crisis de fe. Si creo en ella, lo que queda para contenerme es la inmanencia del mito, el culto del pasado, un repertorio de nostalgias que vivifican su ausencia. No es algo sano: no es una estructura que permita una vida en el presente. Si, en cambio, con toda mi ira desconfío de ella, si a base de recordar la Verdad demuelo el mito y desnudo de trascendencia todo el cuerpo de M. – y todas sus extensiones -, entonces estoy frente a la absoluta falta de sentido del universo.
De momento, oscilo. No llego a decidirme sobre si es peor una ausencia total de sentido, o una estructura de sentido que me excluye de la luz y me condena a vigilar los harapos del pasado, para siempre.





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21.9.06

las cuentas

" ...
no he sido cauto.
he amado.
y como todo enamorado, no tenía razón.
.
afortunadamente,
el escenario - como el texto -
es un espacio de venganza.
..."

31.8.06

la seducción


fragmentos del vigésimo cuarto capítulo de Deslinde
el pacto de intrascendencia

Sometido patéticamente a la maquinaria de seducción. Mi ego necesita afirmarse en las miradas ajenas – las mujeres que no son M.: una venganza secreta que articulo contra M.-.

Si voy solo – a cenar, al teatro – (y si no voy solo también, y es más fácil) busco cautivar a alguna mujer. Sin esa motivación, no encontraría razones para salir de mi casa. El juego de la seducción es el remedio contra la convalecencia de la espera. Para seducir hay que montar un teatro. Y montar un teatro es un esfuerzo: ocupado en esto el tiempo pasa. Pasa sin detenerse a corroer mi alma inválida. No solo no hay aburrimiento. Hay también preciosas recompensas. Como es un teatro, hay una puesta en escena. De la puesta en escena, lo que lanzamos es una imagen (para que conmueva, para que conquiste – para que someta, tuerza, abra -) y en la construcción de esa imagen podemos ser otros. Esto no es algo que esté tolerado: es imperativo ser otro. Ser nosotros mismos es incomunicable a través de una imagen. La única manera sería mediante reconocimiento: la imagen tendría que insertarse en un contexto histórico compartido. Pero en el juego de la seducción, el contexto compartido es improvisado y urgente. Lo único que tenemos es una imagen. Aun si nos desinteresamos, si no montamos nada – si no trabajamos – ella (cualquier ella) captará de nosotros una imagen cualquiera, nos verá como otro del que somos. Es preferible entretenerse en la manufactura de una pose – la pose más apropiada para el escenario inmediato – para iniciar el juego de la seducción.
Ser otro es una de las recompensas. Otra de las recompensas es el feedback: el juego realmente comienza cuando ambos participan. Si no, lo único que hay es una soledad enajenada lanzando signos al vacío. Cuando se logra un sutil diálogo compuesto por alguna sonrisa, una mirada penetrante, un gesto cálido e insinuante (todo esto ya es sexo) de nuestra contrincante, se ha triunfado.
Y es el momento de retirarse.

En este juego, lo primero que hay es un pacto de futilidad, de intrascendencia; un contrato: en el juego de las miradas, los repliegues, las leves sonrisas, la alternancia metódica e histérica del sí y del no (el gesto provocador, el gesto esquivo) y la pena, de verdad sentida, sobre la pérdida imaginaria (what might have been), existe sobre todo la condición de irse. Es una torpeza, y una falta de filosofía, prolongar el juego hasta que no haya más remedio que resolver la distancia con alguna moneda real: el diálogo, la amistad, el sexo. Antes que esto ocurra, en honor a la belleza inmarcesible, habría que saltar por la ventana, matarse, huir.

dos apéndices

Entro en una habitación llena de gente. Mi mirada (ni siquiera mi vista) tantea el repertorio. No me quedo con la más bella: me quedo con la que responde, la que juega conmigo. Y cuando nos despedimos es como decirnos al oído: en otra vida pudimos haber sido tanto, y ese destello todavía tiene algún fulgor detrás de nuestra vida ya hecha sin vos, vibra de algún modo, me hace saber que te sentí; ahora seré nadie para vos y vos serás ninguna para mí, otra vez.
Es una herida dulce.
*
Puede ser en el colectivo, en un bar, en la cola de un cine, en la espera de un semáforo en rojo. Lo que ocurre es siempre lo mismo. Lo más que obtengo, en el caso de que el juego funcione óptimamente, es un liviano consuelo – todavía puedo ser (ser confundido con) una persona -.
Y - claro, la evidencia patética - que me enamoro de cualquiera que me preste un poco de atención.
:::

25.8.06

babel

El tendría que tomarse las cosas con más filosofía. La filosofía tendría que ser el arma a empuñar para disgregar las oscuridades que hizo nacer con la materia huérfana de sus sueños deshojados. No es elegante pregonar una ética que no es capaz de ejercer. Si, después de todo - de las cuentas erradas, de la aspera desilusión de las cuentas que dieron bien -, no saldrá de sí y nadie saldrá nunca de sí, y atisbamos la idea de que es el ser (el alma, la mente, etc) no sólo el recipiente, sino también el creador (artífice y demiurgo) de todo lo que nos pasa, entonces es fácil comprender que una sensación tan bruta como el amor (y todas sus secuelas) no son más que productos nuestros, ideas nuestras. J. es una mujer, se dice. Se mira al espejo, y se dice: Yo la he cargado de símbolos: he colgado de ella debilidades mías, miedos, sueños, anhelos, vestigios de mis fracasos. Y ahora, que me falta, no puedo soportar su ausencia. Y ahora, cuando regresa en su modalidad bestial de nostalgia, arden mil cosas dentro mío que vinculé torpemente a su figura. Fui yo quien la subjetivó: soy yo quien debería restituirla a su humanidad (desacralizarla). Bastaría con darle a cada cosa su nombre. Asumir mis demonios y mis fantasmas; quebrar los intercesores y penetrar en las representaciones de mis abismos que mis abismos escenificaron en lo distritos menos protegidos de mi vida abismada. Si logro destruir este Babel, haré de J. un cuerpo – una imagen – por completo inofensiva. No he sido cauto. He amado. Y como todo enamorado, no tenía razón.
D. se dice todo esto, pero esa noche tampoco duerme bien.
*


love letter; nick cave

si he visto un video más triste,

no lo recuerdo...

16.8.06

ego-trip

el amputado, amordazado en la penumbra azul de la pantalla, identifica el ojo del lector y entonces - por fin - dice:

Reconozco haber sido, en buena parte, el detective de mi travesía. Para eso, tuve que desdoblarme. Para poder investigarme, tuve que volverme otro. La transformación no tiene mis méritos: amputado como estaba, me era intratable ser el mismo de siempre. Vuelto otro (por brutalidad, por mutilación) vi los días del pasado como pertenecientes a otro. Así, me volví el arqueólogo de esa vida. Los últimos años estuve compilando rastros que me permitiesen comprender qué fue lo que ocurrió entonces – qué le sucedió a ese cuerpo que fui para volverse esto que soy ahora (hermenéutica) -. Fue así que mi vida dejó de participar del presente.
Es preciso que se comprenda esto. Mi vida al lado de J. sucedió rodeada de un aura extraño, onírico. La única manera en que podía yo vivir esos momentos junto a ella, era privándome de reflexionar sobre ellos
[1]. Viví – exactamente al revés que como vivo ahora – en el puro presente. De allí que no haya podido entender lo que pasó. Y que hoy entienda, tal vez, que este período (de ruptura, de crisis, de soledad: la escritura) sea el complemento necesario – en otras palabras, el costo – de aquella otra época.

*

[1] Si yo me hubiese detenido a pensar en las cosas que pasaban mientras pasaban, inmediatamente hubiese sido excluido de ellas. De todos modos, el vértigo y la fascinación que esa vida tenían nunca me hubiesen permitido esa grieta.

26.7.06

religión


La ausencia es el principio del mito. Fue necesario que se pierda (se evapore, se eleve, se oculte) el cuerpo del Cristo para hacer de él una Historia (literatura).
No es algo diferente lo que yo hago con los rumores de mis amantes perdidas, hechos de un viento - frígido, gélido - que parece que habla, que está a punto de hablar; y su discurso es como una música blanda, donde la Conciencia derrama sus cavernosas tinieblas y - casi - abre la máscara y delata las apariencias cómodas de mi cuerpo diurno.

La religión es inclinarse sufridamente ante una ausencia alucinada (idealizada), apretando contra el pecho una nostalgia hipotética de cosas que nunca pasaron.

Necesitamos refugiarnos bajo una trama superior. La religión nos ofrece el amparo de una estructura donde insertarnos. Si entramos en ella, estaremos “colocados”, no ya “a la deriva”, solos. No tan popular como el cristianismo, yo me someto a la religión de la nostalgia – la de La Amante Perdida (que es la pena contemporánea donde la angustia metafísica reposa estos días su eternidad) -. Las cosas que digo sobre ella son el evangelio. Las cosas que digo de mí son la oración, - mi plegaria-.

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el cuadro:
Monje a la orilla del mar; Friedrich

31.1.06

triste terminar con enero otras tantas cosas


La música (sobre todo en su inclinación – o declive – pop) tiene al menos dos acepciones. El disfrute estético será, en este caso, para los demás. La selección de esta canción obedece a ciertas voluntades expresivas – simplísimas y desesperadas - que Debret Viana – por cobarde – no alcanza ni con su prosa ni con su vida. Se ubican en la problemática de identificación (que confunde lo bello con la clásica frase residual: “¡a mí me pasó lo mismo!”), y su discurso será entendido acaso por aquella a la que está destinado. Lo que Debret Viana pretende es adoptar la voz del cantante y derramar todo su lenguaje sobre su ya mítica Amante Morena.
Es una manera de hablar.

Los otros podrán disfrutar la canción, e intuir discretamente que algo le anda pasando a Debret Viana. Un poco abominable es utilizar los materiales y espacios artísticos para comunicar los detalles que puedan ocupar a la miseria personal. A Debret Viana una pena lo desborda, y esa marea termina por manchar estas páginas, corrompiendo un pocos las fronteras de las cosas – esto no es cosa que él se atreva a confesar -. Que la obra esté en comercio con la vida es un proyecto para la locura. Es como trastocar los límites de un manicomio.

Mientras aquí habrá un par de canciones tristes, Debret Viana quedará confinado en su habitación trabajando en una novela sobre el dolor de lo perdido. Claro que hoy salió hasta el barrio de Once, y compró una camisa. Y pasó por un mercado y se llevó leberbush y salame milán. Las 60 páginas logradas hasta ahora son alentadoras. Salvo por el hecho de que es preciso trabajar con el propio dolor. Así, cada letra que se avanza es una congoja que fue preciso revolver, escarbar. Debret Viana ya sabía que toda fortuna literaria estaba estrictamente supeditada al desmoronamiento de su vida. No recuerda cuando firmó ese acuerdo.

Pero ya debe ser tarde.

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me fui volando - andres calamaro

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9.1.06

néctar de las cosas furtivas


primer draft

La memoria es la observación de los viejos
Jonathan Swift

No es literatura; sino una expiación. Una pena que me impuse
Memorias del subsuelo
Dostoievski



I

El presente es efímero: veloz e irremediablemente todo se vuelve pasado – todo se cae en la memoria, petrificado y a la vez fluctuante -. Por esto, algunos dicen que el pasado es la sustancia del tiempo. Yo no lo sé, ni busco saberlo. Solamente vivo allí. En el tiempo, en el pasado. Soy un hombre antiguo; el presente es para mí un vago rumor detrás de las ventanas de la alta negrura de la casa. Me queda el recuerdo: con él me defiendo de la muerte. Es decir, la espero.
II

En un punto de mi vida – yo era, lo presiento, demasiado joven - hubo que tomar una decisión. Dos vertientes corrían y yo tenía que arriesgarme por una. Opté por no elegir, y fui arrebatado por la corriente más cercana, la de mi rutina. La otra, levísima, no era en ese momento más que una tenue insinuación: apenas si me salpicó un poco las comisuras de la máscara. Yo no podía entender, allí, en el medio de los devenires, que se trataba de una decisión capital, definitoria; que detrás de su aparente liviandad estaba imbricada la forma en que se desplegaría el resto de mi vida. No dejé a mi mujer. El hábito se me ocurría una constelación inatacable. Ví las cosas suceder, como si fuese un teatro lejano. Por temor a terminar siendo el responsable de mi vida, no me atreví a mover las cosas del lugar en que estaban.
III

Con la otra había cruzado palabras, había caminado algunas noches a su lado, había sospechado la fragancia de su piel como una hermosa lejanía. No supe ver – ni en su cuerpo frágil, ni en su mirada de verde, musgosa tristeza – el significado que su leve presencia tenía para mí. No intuí el abismo que abriría su pérdida. Vanidosamente, supuse que la vida seguiría e igualé ese momento crucial a los otros, más frívolos. Recién hoy puedo pensar que fue como un aborto. Rehuí de las cosas que nacían, justo cuando su luz tímidamente se empezaba a asomar. Ella, ¿qué tenía para mí? Nada: un manojo de ilusiones, la certeza del riesgo, de lo otro, de lo distinto, un comienzo nuevo: tal vez una magia densa que yo no hubiese sabido penetrar. Mi vida, sin embargo, ya había encallado en cómodos y placenteros rituales. Me agradaba el contacto con las cosas familiares, mis calles sabidas, los selectos bancos de plaza desde donde el mundo era un sereno espectáculo, mis bares, los días y las noches, las paredes que sostenían mi casa y mis maneras, mi mujer, mi biblioteca, el sosiego. Yo había querido que la vida no me doliese, y me dolía poco. No supe cómo dejar esas facilidades.
IV

Yo suponía que si el amor pasaba por mi vida, lo reconocería. Sería una música que me aturdiría sin remedio. O algo. Algo fuerte, algo que me fulminara. Algo que impidiera que mis máscaras continuasen, frías e inescrutables. Pero no. Tuvieron que pasar años de vivir conmigo, de repasar mis pasos, de reiterar rituales y hábitos para que lograse verlo. Tampoco lo aguardaba expectante, porque desconfiaba de que el sentimiento existiera, y atribuía su prensa a los mitos que generaban las necesidades de las almas débiles para tolerar el universo. Cuando ocurrió, sentí algo como una vaga inquietud. Nada más. Solamente pude ponerle un nombre cuando ya había pasado. Cuando era irrecuperable.
V

Es cierto, en su momento, vi las cosas suceder como si fuese un teatro lejano. Pero lo que pasaba es que yo había llegado después de que la representación comenzara, y no podía entender – sin el principio y todavía sin el final, tan inmediato a su desarrollo imprevisible – la trascendencia de las cosas que pasaban frente a mis ojos. Ni siquiera me consideré espectador, sino alguien que casualmente pasaba por ahí, y se detenía unos momentos para ver ese espectáculo antes de volver a su vida. Tomé esas escenas como conversaciones triviales que se mantienen en el ascensor, ignorando que de esos suaves movimientos pendía mi vida. Me pareció que eran cosas comunes, y me fijé en ellas solamente de modo superficial. Era como una camisa en el armario que uno deja de elegir, una calle por la que ya no se pasa.
VI
Pienso que tal vez si yo saltaba a tiempo, y rompía con el salto el molde de mi vida hacia ese goce, entonces tampoco hubiese sabido dónde estaba, qué estaba sucediendo, qué nombre tenía. La cercanía enmudece el resplandor de las cosas, las priva de su destello. La distancia, en cambio, hace soñar. No sé qué hubiese ocurrido. Esto no es más que un pensamiento. En estos lentos días de mi vejez, tengo mucho tiempo enfrente. Y tengo que llenarlo, porque sino me dolería. Y lo lleno con pensamientos. No puedo saber qué hubiese ocurrido, pero si yo hubiese arrojado a un lado mi vida para comenzar otra junto a esta muchacha, ahora no tendría el dulce y triste consuelo de soñarla.
VII

Además, ¿a dónde hubiese saltado? A esta muchacha nunca la creí posible. Era como rozar otro mundo, era con el movimiento de quien se asoma a las vidrieras de los restoranes carísimos o las fiestas de la elite solamente por curiosidad, sabiendo de antemano que permanecerán siempre inaccesibles, que yo me acercaba a ella. Ni siquiera llegué a sus labios. Si alguna vez sospeché alguna correspondencia en ella, me apresuraba a acusar a mi debilidad, a mi deseo de trastocar la realidad para poder ver lo que necesitaba. Viví esa época – brevísima – como un encantamiento, siempre a un costado de mi vida.
VIII

Hoy, en la otra orilla de mi vida, entiendo muchas de las cosas que me dijo. No es que fueran complejas, o incomprensibles. Simplemente que en su inmediatez, supuse que eran llanas, simples. Y era verdad que no ocultaban nada. Lo que yo no sabía era que, insertadas en el contexto – del que yo no supe abstraerme -, significaban mucho más. Pedían algo de mí. Algo que yo quería dar pero temía que fuese ridículo proponer. Su llanto era más que un llanto, las palabras que daba eran símbolos de una verdad que yo no supe descifrar. Son tantas las cosas que desde entonces he poseído; son tantas las que perdí. El pasado es como un gran basural donde todo cae. Nadie puede vivir allí mucho tiempo sin asfixiarse en sus pantanos. La muerte es la única novedad que me resta. Hoy es esa muchacha (ni siquiera sé si vive), mañana serán otros recuerdos. Mientras enhebro estas cosas perdidas – y compongo el catálogo de la perversión -, cobran, cada una de ellas, una gravedad intolerable, embriagadora.
IX

Claro que mis hijos dice que no debería estar aquí, que las habitaciones, cerradas y vacías, gimen cuando atravieso los pasillos. Que debería vender la casa y mudarme a un departamento pequeño, cómodo, sin pasillos tan largos y recónditos como la memoria; organizar la vida que me queda en algunos cajones. O viajar, y no pasarme los días batallando el polvo que el tiempo extiende sobre las cosas. Pero, ¿adonde puedo viajar yo? Mi país de la infancia no existe, sino mediante fábulas o fotografías antiquísimas que ya son parecidas a las fábulas. ¿Dónde habría de llegar? Todos a los que una vez conocí, se han ido. Con ellos podía hablar, por lo menos, y regresar, siquiera un rato, a la fragancia de lo que una vez fue. No es que las cosas volvieran realmente, pero, cuando contábamos las cenizas de lo que pasó, era parecido. Mis hijos no entienden que solamente quiero reposar aquí, y morir en calma, junto a mis fantasmas: esa constelación de todos mis ayeres, y sus recovecos.
X

Una vez, ya después de haberla perdido, traté de acercarme a ella. Haber pasado por un lugar, una canción, un libro y algunas coordenadas en mi relación sentimental se combinaron para forjar su imagen en mi memoria. En un acto de bravura, la llamé por teléfono y hablamos largo rato. Imprevisiblemente, le dije que necesitaba verla. Lo dije con palabras que yo no había calculado, y que no tenían nada que ver con nuestra conversación. Ella estaba en ese entonces con otro hombre, y me dijo que no, que no podía, que mejor no. Acepté su decisión y no insistí. Su negativa me pareció una suerte de medalla: si no podía verme era porque yo algo significaba – o había significado – para ella. Esa fue una de las cosas más importantes que me ocurrieron. En la vida suceden muy pocas cosas. Muchas menos que en los periódicos. Esa tenue, etérea caricia que me dio su ausencia me bastó para complacerme, y ya no la busqué.
XI

¿Pero cómo puedo saber que esa era la mujer que me hubiese salvado la vida? Es cierto que la cercanía de la muerte ilumina mi vida con una lucidez precisa, y que me es más sencillo ubicar las piezas sueltas que integran mi vida dentro de una trama que tenga sentido. Pero es una luz engañosa, que también predispone para el delirio y el misticismo. Creo que el recurso de las verdades que enuncio no es otro que el de la fábula. ¿Cómo sé que era esa la muchacha exacta? Bueno, no lo sé: miento. Con tal de que la historia cierre, miento. Es un cuento, después de todo. No tiene nada que ver con la realidad (aunque tiene sentido, y eso debería ser más importante que la realidad). Esa joven muchacha de antaño es una imagen falseable, un recipiente vacío que mi lenguaje usa para derramar innumeras nostalgias. Es un símbolo de mis derrotas, de mis cosas perdidas. Es un nombre práctico que me sirve para decir mis melancolías, y al mismo tiempo para distraerme de ellas. Hace que la trama de mi vida tenga – como un tapiz antiguo – un motivo. Es decir: me da la razón por la cual mi vida no tiene sentido.
XII

Algo había quedado pendiente entre los dos – no sé qué: algo; algo que era el sentido o que era por dónde el sentido se escapaba o se viciaba, algo importante, fundamental -, y ese asunto inconcluso iba a contaminar toda mi vida. Si lo comprendo, es a través de esta metáfora: Era como una piedra en medio del río de mi pasado: abrió un tajo en todas mis corrientes, tocó y perturbó todas mis aguas. Su presencia no era letal (diría, más bien, que era decorativa, anecdótica), pero todo el cauce la sintió. El paso de los años fue cambiando su forma, en una lenta y agria erosión – que según el día devolvía una forma siniestra, o una forma paródica -. Pero nunca llegó a disolverla. Con el correr del tiempo y del río, las partículas que se gastaban de la piedra llegaron a esparcirse por toda la vertiente, y un ligero trozo de la piedra había en cada mínimo espacio del río. Las aguas se habían enturbiado, y la corriente no tardó en estancarse. En pudrirse. Como una úlcera.
Si yo buscaba mi reflejo en el agua, encontraba la conciencia que me condenaba, si yo lavaba cualquiera de mis cosas en sus orillas, las viciaba.
XIII

Paso el tiempo de mi vejez escribiendo. Antes, vivía. Ahora no tengo remedio salvo hacer de mí un escritor de ficciones. Trabajo para el olvido. Quiero perder cada uno de mis ayeres, salvo algún detalle oportuno que principie un relato, o que sirva de material para labrar algunos rasgos circunstanciales.
XIV

He sido feliz. Tuve horas aciagas y desplobladas, y las tuve amenas y cálidas. Disfruté de la compañía de algunas personas, y también estuve malacompañado. Me sentí dichoso de poder explayarme en la soledad – de la que conozco también su helada dentadura -. A veces me pareció que mi vida tenía la muerte de los días pasados en el hospital, o en la cárcel. Otras veces, me dejé llenar por la plácida luz de los días, que me hermanó con el mundo. El sabor del tabaco, algunos discos de jazz y la literatura me aliviaron cuando el peso de los años fue oscuro. Las penurias económicas me fueron ajenas; pude abastecer a mi hijos (dos varones, una mujer) y permitirles una vida plena. Me quedé con la mujer que se quedó conmigo, y pasamos muchas tardes cerca, dentro del mismo silencio. La amé apaciblemente, y odié haberla traicionado. Mi cansancio terminó por parecerse a la felicidad. La quietud de mi vida anclada se me confundía con la plácida calma. Morí como se muere, antes que mi cuerpo.
XV

Como cualquier otro, perdí algunas cosas. Como ésta muchacha, por ejemplo. Fue mi manera de vivir. Todas las cosas eran imposibles de asir. Cualquier elección requiere negar infinitas elecciones, infinitos mundos. Uno de ellos fue mi vida con esta muchacha: aproveché todos los obstáculos que me dividían de ella para perderla. Rehusé esa aventura a cambio de mi vida. Lo que es decir: rehusé esa aventura a cambio de soñarla.
XVI

Puedo, en el formato de sentencias verbales, combinar muchas sílabas para justificarme. Por ejemplo, puedo decir: la verdadera belleza es intolerable; si no nos ciega bruscamente, sólo nos será posible mancillarla, o perderla.
Pero no me hago ilusiones. Sé que son frases, y nada más.
XVII

Las cosas me pasaron rápido, y no supe tener conciencia de que estaba viviendo mientras vivía. Cuando elegí, no supe lo que la elección implicaba. Sin embargo, no me arrepiento de no haber detenido a esa muchacha. Lo que sí me pesa es la traición que no haberla detenido significó hacia mi esposa. Pensar hoy en esa muchacha, pensarla todavía, falsearla de mil modos con mi imaginación ha sido la peor de las infidelidades, la más deleznable de las infamias. Desde luego, nunca le dije nada. Por no herirla, me condené a cargar esa cruz solitariamente. Si ella hubiese sabido de mi dolencia y mi soñar, me hubiese arrojado a los brazos de la otra (es decir, la hubiese matado). Si ella hubiese sabido, hubiese cambiado todo por ser – para mí, o para cualquier otro hombre – esa muchacha furtiva, ese fantasma infinito.
XVIII

Otro pensamiento para llenar las horas, por ejemplo, es este. Las partes más trascendentes en la trama de una vida son silenciosas. Si la vida es un relato, es un relato para otro. Es el contexto (el mundo, la época, los otros) el que genera una idea interpretante, el que labra un código para leer (o traducir) el texto de una vida. Este texto se transforma con el tiempo, va cambiando de significados y su legibilidad no depende de sí. Si es susceptible de mil lecturas, es porque la sumatoria objetiva de los hechos que componen una vida equivale a cero. La vejez – puedo afirmarlo – no es natural. Mediante el vano artificio de la longevidad, un hombre ingresa en territorios que no le pertenecen: incapaz de vivir, y sin muerte que lo libere, puede darse a la perversión de interpretar su propia vida, a intentar comprenderla. No comprenderá nada – porque no tiene los elementos suficientes, y su miopía humana no le permite vislumbrar más que una parcialidad ínfima – pero sí hará muchos relatos, con los que esperará la muerte. Entregarse a estos ejercicios, por supuesto, implica no vivir. Si yo viviese, no tendía tiempo para estudiar mi vida, ni tendría la distancia necesaria como para cuadrarla bajo la ilusión de un sentido.
XIX

Cuando yo vivía, las cosas ocurrían. Ahora urdo, en la hondísima tarde, los hilos entre los sucesos para intentar descubrir la historia que los reúne. Como no la encuentro, fabrico muchas. Si hago esto es porque necesito que algo tenga sentido. Y el único sentido que encuentro es que no hay sentido porque lo perdí con esa muchacha. En aquella muchacha, en haber callado mi deseo, se fue la oportunidad de darle sentido a los dispersos momentos que fue mi vida.
XX

Cuando empecé – yo tendría unos treinta años – a reunir palabras en ficciones, ensayé una obra de teatro, de escaso éxito en su momento (en aquellos días el éxito no podía ser sino financiero) pero nada desafortunada para el juicio de la crítica. Se llamaba Ruidosas Cenizas; referiré su argumento:
Un anciano que vive aislado en una torre de marfil atestada de libros y manuscritos hace mover, en un escenario repentino, a su pasado, que tiene la forma de una mujer que, cuando era joven, se le perdió. El anciano mueve la marioneta de la mujer, la adiestra y le da un libreto para que represente con exactitud el museo de su memoria. Pero esa mujer se le corre, se le mueve del lugar, lo traiciona. El no busca conversar con este fantasma – hecho de literaturas y muy poco dócil -, ni decirle las cosas que no supo decir a tiempo. Hay un tercer personaje, que es el anciano, pero joven (podemos pensar que se trata de la parodia del anciano, pero es exactamente al revés). El anciano no quiere participar, si no ver la escena en la que esos dos fantasmas que el dispuso incesantemente se desencuentran. Lo que el viejo quiere es comprender: remover y escarbar la ceniza de sus ayeres hasta poder comprender su significado. Muy tarde comprendí que ese anciano era yo (que ese anciano iba a ser yo). Nunca lo sospeché cuando escribí la obra, ni durante sus representaciones: creí haber logrado una ficción genuina. Hoy, sé que tal cosa no existe: todo lo que persiste – lo que no es fugaz, lo que se sale de su espacio – traiciona. Y el escenario – y el texto, que es también un escenario – es un lugar de venganza. Lo único que yo había hecho era una metáfora de la tiniebla de mi ciénaga. La obra terminaba con la mujer que se había escurrido otra vez, y el anciano y el otro hombre conversando, en la ausencia que ella dejaba, sobre ella. Esa escena – el diálogo entre el anciano y su fantasma – me pareció el ápice de la soledad. Esta tarde, se me ocurre que escribir este texto no es demasiado diferente.
- epílogo-

Creo que es una gran historia de amor. Es una lástima que solamente uno de los dos pudo vivirla. Pero está bien que así sea: el amor es la cosa más solitaria del mundo.

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28.12.05

only I (in the decay of the outsides)

(...)
Los otros disfrutan de la abundancia:
sólo yo parezco necesitarlo todo.
Mi espíritu parece un loco desatino,
¡un mundo propio de ignorancia y confusión!
Los triviales resplandecen como oros:
sólo yo encarno en gris.
Los vulgares disciernen como sabios:
sólo yo perduro en la torpeza;
displiciente, como quien se oculta;
sin gobierno al que asirse a la vida.
Todo el mundo parece tener metas;
sólo yo padezco de deslucido y tosco;
sólo yo soy otro que los demás.
(...)

Tao-Te-King

20.12.05


futilité

I

No sé.
Tengo que darte algunas palabras.
No sé si somos algo más que palabras. Así que sería como dar todo.
Mediamos nuestras figuras difusas con esa extraña moneda. Y lo que nos pasa no puede tener mucho que ver con la vigilia. Acaso nuestro territorio sea entre lo onírico y el puro delirio. ¿de qué otra materia podemos pretender el futuro?

III

Propongo: habría que establecer vínculos con todo aquello que destierre la realidad de nuestras pestañas. La idea del amor no es más que la plegaria por vivir un sueño: el enamorado nunca quiere despertar: con sombras e ilusiones endurece las paredes de su frágil burbuja. Pacientemente, trabaja en contra de amanecer. No sabe que es un labrador de bruma.

IV

Toda guardia es siempre vana. La daga siempre llega por el OTRO lado. El enamorado quiere la inmortalidad de lo que nunca tuvo. Por eso siempre muere asesinado en las manos de su amante (porque el amor salva, pero no salva de lo que se ama) o de la disminución de la fe (ya sabemos: un amante no tiene más que a su fe – es pura religión -: usa todo lo que pasa para fortificar la imagen de su amor hasta que todo lo que pasa la demuele).

V

Nosotros tenemos palabras. Aguas de sombra. Nuestros cuerpos hechos de palabras, tendidos laxamente en el espacio de una noche irreal, con sus botones tendidos en el teclado. Como escritores, niña, tenemos que ser falsos: la palabra es siempre una mentira, un intercesor. La sumatoria de imposturas revela el deseo latente. El deseo es la marca de una carencia: es decir, la brújula de las almas nobles. Esto es una manera de encontrarnos.

VII

Mentimos nuestras soledades: eso es una manera de encontrarnos.

X

Poco comprendo lo que acontece. Lo que pasa es las cosas siempre pasan sobre uno, aplastándolo. Por lo menos este tipo de brutas gemas, que entran para descomponer la estable monotonía de los días. Las horas caen como antes, una lluvia opaca que duerme todo pulso. Son pocas las cosas que nacen. Al menos cuando uno se empecina en ver muerte por todas partes. Entonces pasa esto de pensarte. Es una excusa para salirme de mí.

XII

Entre la madrugada. La tarea de adivinar tu voz entre la caligrafía fría de unas cartas que no respondí a tiempo. La ilusión de sentirte respirar cerca. Las ganas de romper todo lo que media, todo lo que interviene. Perder las máscaras. Hundirme en tus ojos lejanos. No sé. No tengo otra cosa que palabras para darte. Sería como darte todo. Pero aun así, quisiera que callemos juntos.

XV

El otro es una ilusión que nos pone en contacto con nuestra soledad. Espejo que retrata una pérdida. Así nos herimos contra el cristal (...).
______________
durante unas semanas se cruza - por los senderos virtuales - con una dócil muchachita, que al principio desdeña y que, recién cuando pierde definitivamente, extraña. ella le pide que le escriba, y él - que detesta prostituir su pluma - le escribe. nunca se habían visto, salvo mediados por fotografías. sabían del sabor de la voz del otro, y de esas cosas que la tecnología puede acercar, fantasmatizando. después de un tiempo, él se da cuenta de que esa muchachita sería apenas otro episodio trivial de su vida. dejan de hablarse, y después del olvido no queda rastro del leve contacto que los juntó alguna noche. queda, solitaria y frágil, esta carta mutilada como testimonio de otro vínculo ficticio. las maneras de enredarse

4.4.05

the pillow book

Greenaway
una escena


El libro del amante siempre está escrito sobre un muerto.
A veces, sobre el cuerpo muerto del amante - su ausencia -.
...

Porque la escritura siempre empieza allí donde no estás (roland).