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7.11.06

una ninfa



La conocí en las puertas del cementerio. No sabía todavía que era austríaca (ese fue un encanto posterior). Llegó a mí un sonido extraño y sutil, como proveniente de una máquina celestial que nunca había visto: una terrible ninfa armada con los poderes órficos: su voz, una delicada serpiente hecha con el material con el que se hacen las nubes. Por supuesto, arrasó mis defensas (soy insalvablemente sensible a la belleza) y quedé hechizado, preso de su acto de magia (que tuvo el poder de librarme hasta de mí). Supe que así debían sentirse los que oían el canto de las sirenas y se arrastraban, tras ellas, hacia la perdición. Supe, también, que tenían razón. Las paredes del cementerio: del otro lado los muertos (o sea: un espectáculo turístico). Y aquí, de este lado, tener un alma volvió a tener sentido.
La experiencia no es algo comunicable (en eso consiste la soledad), pero fue, más menos, algo así:




*

(Más tarde me enteraría que ese instrumento se llama hang, y que es suizo, que ella tenía 23 años, que se llamaba Andrea, que suele tocar por las calles de San Telmo, que es bailarina.
Supongo que, eventualmente, nos sobrepondremos al desencuentro.)