Mostrando las entradas con la etiqueta el teatro. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta el teatro. Mostrar todas las entradas

13.3.07

principio de incertidumbre / un tratado sobre la identidad



apuntes para una gramática de sí mismo



Quizás sea tiempo de vivir
la ilusión de mirarme en ti




I
Turbio en la madrugada insomne, hastiados ya los servicios curativos que desprolijamente reposan en mi habitación, me dejo caer (como cae un pétalo de nieve sobre la nariz de un tigre de java) en los abismos típicos del pensamiento desprendido de su utilidad diurna (probablemente a esos episodios se deba mi escritura: es una praxis que solo puede sostenerse refugiándose en la quintaesencia de la más sublime inutilidad: de alguna manera, que estos devaneos que, lerdamente, van erigiendo una “literatura” no sean prácticos implica una medrosa forma de no-practicar el mundo: retraerse del mecanismo del universo (entiéndase: la vida prescripta, mal guionada por un staff de yupies hollywoodenses) haciendo circular no su oposición (no su histérica rebeldía) sino la evocación de las lejanías que habitan en trincheras calladas en un sepulto rincón de las almas amordazadas de pastillas y rutinas (la neurosis aurática) ) (así de impráctico como el paréntesis anterior: romper la virginidad del papel para decir una cosa, fugarse a la mitad, y terminar diciendo otra, a tientas: sospecho que esa será la arquitectura secreta que ejercita mi escritura: algo que no termina de empezar deviene tropezadamente en otra cosa que no sabe concluirse sin iniciar su propia interrupción, etc: una excursión por el extravío).

I
Como no he de desdecirme de uno de los postulados iniciales de Ínfimos Urbanos (la escritura es una praxis: solo se corrige hacia delante: el siguiente texto reparará el anterior) no tengo más remedio que intentar decir de nuevo lo que antes no dije:
Hundido en la espesa opacidad de la madrugada, agotados los rumbos dentro de mi cuarto, arropado por severos enjambres de innumeras monotonías que zumban inagotablemente en el oído de mi insomnio, ingreso lentamente en la deriva de las ideas, el nebuloso océano de las especulaciones de una tristeza vacante. Y esta vez, regreso al tema de la identidad (como se regresa a un libro dejado sin terminar, en el remoto umbral del tiempo evanescente).

II
Y me preguntaba: ¿cómo es posible que yo pueda dar cuenta de mí si, de las personas con las que trato, soy una de las que menos veces ve mi rostro?¿qué tengo yo que ver conmigo, si ni siquiera tengo familiaridad con las sinuosidades de mi espalda? Conozco a mi espalda como sé que existe China. Tengo de mí apenas una idea interior, como quien, en la siesta, oye distante la lluvia caer sobre los techos en su murmullo delicado. Mi idea interior de mí es tan precoz, frívola e incompleta como lo son las diversas imágenes exteriores que he causado sin intención en las sensaciones de las gentes (cercanas y esporádicas) con las que traté. Yo, envase de mí mismo que sé de mi cuerpo apenas para cubrirlo con ropas o extraviarlo en primitivos goces fálicos. Yo, histérica cápsula de angustias hermética para mí mismo, extranjero desorientado que recorre el territorio de sí mismo meramente por trámites higiénicos, y ayer descubre un lunar que nunca había visto y siente por completo su irremisible distancia de sí mismo (desarraigado incluso de su propia imagen).


III
Extranjero de todo, foráneo de mí (confundir mi reflejo con alguien, discretamente saludarlo con la cabeza, tristezas así), ¿dónde podría sentir al menos la ilusión de un hogar (un lugar donde aplicar la gramática del hogar, su discurso)? He de buscarlo – pensé – en la realidad (eso que hacen los otros y que yo, desde mi orilla lejana, observo como un disperso espectáculo que no alcanzo a comprender). La lógica contemporánea rinde su fe ante la mercancía: pero yo, con dinero, solamente podría comprar los huesos falsos de un hogar, un territorio vacío que mi presencia continuamente deshabitaría. También podría pagar un analista para que ostente su lenguaje teórico sobre mi vida; pero no me tienta ofrecerme como objeto interpretativo, conejito de indias de latigillos interesantes (la literatura ya es la hiperinterpretación múltiple de mí mismo; y es una araña celosa). Agotados los artilugios monetarios (descarté antes de que se me ocurriese comprar cosas para ser – devenir – lo que tengo) me quedaron solamente los otros. Dividí mi imagen reflejada en los otros en: a)el amor, b)la amistad, c)la familia, d)la enemistad, e)los indiferentes - aquellos que conmigo eran transeúntes de la nada -.

IV
Me traspapelé entre los significados y ausencias de significado que inscribí en las retinas de la sensibilidad intelectiva de todas esas personas y gentes (según). Me traspapelé en fotografías imaginarias: captaron una imagen de mi cuerpo en determinada posición y conjeturaron, diversamente, que yo era eso: extendieron mi gesto hasta hacer de él una personalidad (yo no soy, por ejemplo, pensativo: simplemente esa vez me picaba la barbilla). Con la idea del otro, la idea de uno mismo es no más que una serie de malentendidos.
No llegué a ninguna parte, internado en el selvático laberinto babélico de los otros: fui – allí, en realidad – muchas cosas: gente que ni siquiera imaginé, monstruos que no supuse, bellezas de las que soy indigno, máscaras que no sabría encarnar, mártires, santos y asesinos.. misterios que la verdad de mi carne hubiese decepcionado. Creo que sobretodo en el amor se dio este malentendido, donde fui amado por lo que no era, etc
Cuando me busqué en los otros, no solo me desencontré: también dí con muchos hombres... todos extraños.
...
El siguiente diálogo, en un relato de mi infancia (hoja amarilla, un poco arrugada, escrito con pilot negra):
¿Qué es lo que dice un espejo roto?
Nada. Solamente la verdad.
¿Cómo puedo capturar ese mensaje?
-No es un mensaje. Se trata de una multiplicidad de imágenes codificadas en un lenguaje incontenible. No tenés derecho a leerlo porque no lo comprenderías.


V
No me convence, tampoco, acatar la fábula de la memoria como identidad. La sumatoria de experiencias rinde un resultado casual: acepto el accidente como una travesía sublime, pero me desagrada concebir que la composición de mi identidad obedece a una consecuencia de hechos fortuitos. Convivo con el malestar estomacal de un universo carente de todo sentido (y deposito allí mi más lúcida filosofía, si ha de llamarse así a mi incapacidad de vivir por estar hilvanando la vida que veo pasar), pero esa ausencia es el principio del mito: la oportunidad de generar diversas tramas, acaso el origen de la escritura. Atenerme a los hechos – definirme por ellos – sería clausurar el elixir divino que tiene el interior de las cosas: he imaginado mucho mejor de lo que fui, del mismo modo que escribo mucho mejor de lo que soy: reniego de que una identidad pueda definirse por una vigilia direccionada la mayoría de las veces por el imperio de la inercia, o de los otros (que sería lo mismo, claro), y que exilie las biografías que brotan del silencio (tema de otro ensayo: el silencio: verdadero espacio escénico del yo). De ser así, prefiero ser juzgado – es decir, configurarme – por las cosas que soñé y deseé: es decir, lo que no soy, lo que me falta. Siento que es allí donde un alma se delata.


VI
A la pregunta ¿por qué por qué tan complicadamente expresar una idea cansada y simple? habría que responder: ¡justamente por eso!: Debret Viana no se contentaría en exhibir que sus devaneos provienen de los episodios ociosos que concilia en los márgenes de realidad (es decir: un lujo de clase, hiperburgués, semifálico), y que no difieren de las inquietudes de cualquiera, de cualquier vulgar conversación nocturna de bar cuando ya todos los barcos han partido; además, de alguna modo es preciso justificar la empresa del texto: aunque sea su carácter barroco, su música vacía, su non-sense pirotécnico.



VII
Si fuese pintor, estallaría mis sesos sobre una tela incompleta,
y sería eso;
y fallaría,
otra vez.




VIII
Recuerdo una mujer. Junto a ella vi pasar cinco años de mi vida (hoy los recuerdo como recuerdo un film que vi somnoliento en la infancia, inconexas y fragmentarias sus escenas, gratuito su comienzo y su desenlace, insulsa la trama y bastante inverosímil mi personaje, en el que no me reconozco salvo en el pelo despeinado y la ironía como recurso discursivo permanente y patético). En el borde del deslinde, mientras pronunciábamos las últimas palabras que urdían la ceremonia de la despedida, esa mujer me habló de mí. Lo que dijo me espantó: describió minuciosamente un monstruo, un ser perverso, succionador de sangre y malicioso en cada paso de su existencia. Por supuesto, no me reconocí en ese relato, y atribuí su discurso un poco al odio propio de los amantes, y otro poco a esa distancia infranqueable que ilusamente creímos haber redimido durante los cinco años en que se sostuvo aquella ficción adolescente (un poco a los tumbos, claro, y remando con lo que había a mano en medio del vértigo de una tempestad que la obnubilación del romance nos impedía medir con justicia). Sin embargo, hoy – sumiso ante el altar del texto – es oportuno confesar que uno de los motivos esenciales que dispararon la disolución era la necesidad de no adscribir a esa imagen que mi amante me relataba: no importaba que yo no lo fuese – que yo no me sintiese ese monstruo –: si me quedaba a su lado, eso significaba investirme con las ropas fétidas que ella tejía para mí. Por no ser ese (ese: imposible traducirlo aquí: un insecto dañino, un infecto parásito: no puedo darle palabras: era necesario ver cómo se contraía el rostro de esa mujer mientras me odiaba, frase a frase) me fui. Lejos, donde los vahos de esa sentencia no me intoxicase.
Hoy, median años entre nosotros (el tiempo huyó como una tormenta por las alcantarillas de la ciudad). Pero a la hora de verbalizar mi identidad, no tengo más remedio que dudar un poco, vacilar entre los diversos espejos – todos ellos, de diversos materiales - que desde el silencio se arrojan hacia mi rostro vacuo (no sé qué cara poner, qué gesto usurpar cuando nadie me mira,) y al confrontarme con ese episodio del pasado, al menos preguntarme: ¿cómo ha sido posible que la persona que más cerca tuve me haya malcomprendido tanto?¿cómo fue que en la intimidad más profunda a la que fui sometido tampoco logré hablar el mismo idioma que mi única espectadora?: tuve un tranquilo espacio escénico, sin las presiones de taquilla, y aun así me traspapelé.
Y, supongamos, a los fines especulativos de esta búsqueda, que ella leyó bien, que me capturó: entonces, ¿qué pasa conmigo?¿tan alienado estoy que no distingo en mi biografía más que una fábula, la descripción de una terrible bestia mitológica?
(nota para la futura publicación: amputar este capítulo favorece el texto)

IX
Detengo un extraño en medio de la calle, me busco en su retina: no soy más que un conflicto de luces, una figura que despierta de la oscuridad, renovada y desdoblada en los diversos ojos que me espejan.


X
¡Mi propia madre ignora todo de mí, salvo mi fase diurna! (ella advierte cierta excentricidad, a qué negarlo: pero no sospecha esta encarnación textual, no intuye todo lo que muere – todo lo que se agita, se calcina, se mueve – para que mi mano trascienda una frase; mi cuaderno abulta una soledad hermética, páramo yermo donde sembré mis horas lúcidas, desvaneciéndome.


XI
¿Vale la pena decir algo más sobre la memoria? Nadie guarda las cosas que pasaron: recordar es componer con un pastiche de reminiscencias falsas una narrativa equivocada al servicio de las inquietudes contemporáneas. Acaso si pudiese ponerme unos lentes para mirar hacia atrás con el alma que fui... pero no, no vale la pena decir nada de la memoria: es una triste hilera de pesadas maletas cargadas de cosas de algún desconocido.


XII
Hundí las orejas en el fango cóncavo de mi pecho (ya todo el pulso se había exiliado), y escuché zumbar un inanimado desierto pétreo: las moscas decoraban el horizonte, por lástima. ¡Que así sea! Me vaciaré en la página mientras tenga tinta y dejaré mi reflejo insepulto como un halo susurrante entre las frases que me tergiversan, y estaré ahí, inscripto, como un incendio está en la ceniza de los objetos chamuscados, sombra de sombra, espectro fútil de una máscara inexacta, latido que se esfuma dejando lamparones de humedad, algunas palabras detenidas, un rato, entre dos abismo, y poco menos.


XIII
¿Quién soy? Alguien que llegó tarde tarde tarde a la farsa teatral que era su vida. ¿Qué tengo que ver yo conmigo? Diré las líneas que restan hasta que el telón borre el escenario, ¿qué otra cosa puedo hacer?


...


O simplemente me aburro, aquí con mi vida a la orilla de este cuaderno intacto donde prostituyo la vigilia, y como dice Pasolini: “Soy un pequeño burqués, y tengo tendencia a dramatizarlo todo”.


..
.

20.10.06

ritual

Como ha educado su ánimo en la tragedia, a veces entra a un baño, mira el espejo, y dice cosas como:


Agonía. Soledad del hombre en el sueño lleno de ascensores y trenes donde tu vas a velocidades inasibles. Soledad de los edificios, de las esquinas, de las playas donde vos no aparecerás ya nunca.


o


Tengo un nombre entre los que tardan; y ese nombre es sombra, como todo.


Puede ser también en un ascensor, o a un kioskero, o en mitad de una calle revuelta de gente, o, desde su ventana, al vacío asfalto de la madrugada. No siempre son, como esta vez, palabras de Lorca o de Pessoa. Las dice, así: de repente. Y luego se va, y hace de cuenta que vive su vida. (Siente un poco de pena, porque sus palabras improvisadas, las que dice todos los días para mantener el flujo cotidiano, no tienen esa gravedad, ese implacable charm: lo que a él le da tristeza es que, siendo un personaje de novela, esté condenado a vagar en la vulgaridad lábil de Lo Real, sin ficción que lo proteja, desamparado en el lado cierto - el lado cruel- de las cosas, exiliado de la novela que debió contenerlo, de la trama que debía jutificarlo y que, por no existir, naufraga sus esfuerzos poéticos en la gélida vigilia... se siente un raro animal extinto, un paria.
Inconcluso en la insípida experiencia de los días.
Lo único que tiene, de vez en cuando, es un fragmento (sus estrechos márgenes, su aire apretado, su vida efímera): lucha por mantenerlo, pero más que eso - nimio, vacuo - no pueden sostener las potencias malogradas de su ilusión - herética, y un poco tonta -. Es que las paredes del teatro son tan leves. Bataría que alguien entrase en su habitación para derrumbar su imperio de naipes. Pero - piensa, exhausto - está bien: todo es levedad; todo está hecho con una fibra volátil, todo pende de un hilo herido).

11.8.06

cuento (replay)




Moonslavery

"El objeto último de todo relato, al fin de cuentas,
es despertar a otra vida"
El llanto; César Aira
.

I
Miro mis manos, tendidas en la nada. Busco mi rostro en el espejo, como si no fuera a encontrarlo otra vez en su exacto sitio, como siempre: decepcionante, ajeno. Había llegado hasta aquí preguntándome: ¿de qué lado del vidrio estoy? Ahora, me pregunto: si despedazándome accediera a la verdad, ¿elegiría despedazarme?

II
No.
No, y sin embargo los pasos que doy por las horas de los meses no sé si son otra cosa, si tienen otro nombre.
III
Yo quisiera que ningún viento corriese los velos que me dividen del mundo. Yo aprendería a darles colores, a torcerlos hacia mi goce. Tal vez, incluso a compartirlos (aunque no importaría). Creo que todos mis esfuerzos literarios son minuciosos granos de arena en la sensible arquitectura de la fibra de esos velos. Si yo viera el mundo, las cosas sin ellos, si nada mediara entre el mundo, las cosas y yo, me desintegraría al instante.

IV
Si repaso el curso del tiempo a través de mi cuerpo, veo que he pasado mis horas dinamitando las paredes del teatro. Y añorando cada trozo que quiebro: aquella época feliz en que yo vivía como si estuviese viviendo, sin teatro, sin el peso de mí mismo sobre mí, porque no había palpado todavía ninguna de las cuatro paredes, ni las había rasgado. Y no sabía qué cosa era la felicidad ni que sabor tenía el naufragio. Ni este escenario.

V
Me arrepiento todavía de haber derribado - hace tanto tanto tiempo - uno de los muros. Porque no soy suicida, tuve fuerzas para hundir sólo uno de los muros. No hubiera sobrevivido otra demolición (los muros del teatro solamente caen hacia adentro: se derraman en el escenario, lo sepultan). Hoy mismo no hago más que excéntricos y complicados malabares para impedir que caigan los muros restantes. La cosas inertes del mundo se posan en las paredes, como manchas de humedad. Poco a poco, los muros enflaquecen. Y llegará el día. Un día en el que habrán de filtrarse todas las verdades juntas: el embrabecido tumulto del ocaso.
VI
Como dije, yo trato de sostener los muros (no es sencillo: cuando abrazo uno, el otro - o a veces los otros dos - tambalean frenéticamente y tengo que sostenerlos, con lo que sea, con lo que tenga a mano, con lo único que me queda, con libros, trancándolos con pilas de libros ajenos, levantando con ellos otro muro enfrente del muro para que repose). Me esfuerzo en hacer lo único que puedo: creer en las cosas que escribo. Y escribir, por supuesto: necesito más palabras para usar como muletas, para retrasar el desmoronamiento del muro. Los libros ajenos me han sido útiles, pero ya no toleran la levedad de los muros del teatro y se han vuelto otro muro, un muro tambaleante delante de cada frágil muro del teatro. Las paredes se me acercan, y yo necesito escribir porque necesito material para sostener tantos muros heridos. Tapo los huecos de los muros con las páginas que escribo. Lo que me queda ya es esto: hacer parches. Con mi tinta tengo que producir parches. Pero yo sé que voy tejiendo lentamente el sutil material de mi reino. Me dirán que es una fuga. Puede que lo sea. Tengo algunas ventanas, y entre el hueco del murmullo de las hojas otoñales, ví piezas sueltas del mundo, de las cosas. No sé si queda por hacer algo más noble que huir hacia el sueño.
...
Y no a cualquier nebulosa onírica, sino al sueño ladrillo por ladrillo labrado.

VII
Me dirán que es una fuga. Puede que lo sea. Pero yo no tengo la entrada a ese reino: creo, con mi tinta, la magia que me absolvería, pero que me excluye: yo no puedo habitarla, no puedo entrar allí. Levanto mi sueño con paciencia, lo edifico con destreza de relojero; y sin embargo, me rehuye, me es inaccesible. El propio silencio con el que labro mi obra me expulsa: no sé cómo penetarlo; todavía.
VIII
¿Por qué? Me pregunto: ¿por qué? Me pregunto: ¿es que la literatura siempre es para otro? ¿es que mi letra es el signo de mi fracaso, la marea densa de mis sueños muertos, sepulcro de la vida que no supe hacer y sólo cuando llega a otro puede darse como consuelo, como cosa viva, como una puta? No sé. Me pregunto muchas cosas, pero tengo que seguir escribiendo.

IX
Me dirán que es una fuga. Lo es. Al menos: quisiera serlo. Está muy bien quedarse, resistir. Debe ser una tarea ardua, debe compensar a quien la emprenda. Pero que lo haga otro. La vigilia es un territorio hostil.

X
( capítulo no encontrado )

XI
Tengo que pensar esto: Mi tinta los gusanos suaves que el devaneo de mi prosa mece, en un lento devenir en seda.
Hacia el imperio ficticio donde yo pueda rendirme: un imperio de velos que alcancen el justo color de mi goce para que yo pueda mirar a través de ellos, para que todo sea en ese lugar como si fuese visto a través de esa liviana seda. Si no pienso así, me hundo.

XII
Me aturden periódicos, amantes, cuentas, relojes, corbatas, antibióticos y úlceras. No sé cuánto tiempo pueda quedarme, pero me consuela la vaga esperanza de que cuando todo se desmorone, yo ya haya logrado pasar al otro lado del espejo.

...
2005

25.12.05

el teatro de la crueldad



24 de diciembre
No comprendo todavía las reuniones familiares que se reiteran por estas épocas. Supongo que tiene que ver con mi incapacidad de resignarme a la muerte. Toda festividad me cansa de sólo sospecharla, de recrear en mi pensamiento las imagenes de su previsible realización. Me resulta fácil ver los hilos en los gestos de los participantes de la fiesta, la manera en que son conducidos, distanciados y divididos de sí mismos, de su esencia. Los diálogos en los que a veces me veo forzado a participar son siempre de un tema insulso, y se mantienen en la superficie de las cosas, a un nivel muy básico: bajo esa estructura soy incapaz de decir una verdad. No una verdad categórica, sino algo que efectivamente sea mío. Patino por las palabras de los otros, y mis respuestas son una repetición, una manera de evadir el intercambio ficticio, que me priva del contacto con los otros y solamente me da las expresiones más llanas de un pequeñísimo repertorio de máscaras estandarizadas.
La última vez se habló sobre tatuajes. Horas. Me fui y volví varias veces (a veces con mi cuerpo, a otros distritos de la sala; a veces sin mi cuerpo, bastante más lejos), y seguía la conversación. No los conversantes, que dormían, pero las palabras se seguían diciendo. ¿Cuánto más podía decirse? Probablemente todo, porque son conversaciones que no llegan a ninguna parte: tengo la impresión de que todos hablan solamente para no tener que hablar y al mismo tiempo estar vinculados con lo que acontece. Hablan para que otro hable (les hable, o tenga que hablar, y llenar el vacío que, como ya sabemos, nace en cualquier rincón que descuidamos - en la más desprevenida parte donde no llegó el barullo - y devora). Es como si pasaran una pelota ardiente. Dicen nada, una banalidad, algo completamente obvio. Y lo hacen para cumplir su turno y sacarselo de encima. ¿Concluyeron algo en el diálogo sobre tatuajes? Por supuesto que no. Simplemente en un punto se agotaron las frases hechas, y de alguna pequeña cosa que casualmente rondaba por ahí alguien sacó otro tema.
Hubiese preferido mi casa, el santuario de mi soledad, alguna película o satchmo o spinetta llenando la habitación. Claro que después hubiese tenido que dar explicaciones, porque por algún motivo se comprende que tal comportamiento es el de un depresivo o ermitaño. Siempre ante estas fechas, acabo cediendo mi calma para los otros. Ingreso en esos diálogos que son como los que se mantiene con alguien que se encuentra en el ascensor, pero terriblemente más extensos y sin la tranquilidad de saber que no será necesario generar una excusa para darlos por concluidos.
No me gusta iniciar una conversación - saberme el responsable de esa pirueta -. No me gusta aun cuando siento que tengo algo para decir. Si los iniciara, después de decir las primeras frases, estaría buscando la manera de huir de la situación, hilvanando excusas que me permitan sustrarme, o ansiando desesperadamente que alguien me llame - ¡que alguien me interrumpa! - para que mi fuga no sea brusca, descortés. El problema de hablar es que siempre hay alguien que asume la obligación de responder. Y a mí no me interesan las respuestas. El esfuerzo que tengo que hacer para que mi rostro no se desmorone mientras alguien me responde es tan grande que me cuesta suponer que mi interlocutor no percibe mi hastío.
Evidemente, la sala de la fiesta es un teatro. Es trabajoso vivir en un teatro: hay que tener algo que hacer, porque la quietud, en el escenario, es doble. Supongo que por eso bebo mucho y como mucho, y finjo venir de alguna parte cuando doy dos pasos en el salón, como si estuviese concluyendo una tarea importante. Si es que se da la posibilidad de realmente hablar con alguien, me aburro de inmediato. El otro no tiene la culpa de esto. El problema es que entro en una paradoja. La única motivación que tiene el diálogo es lo que yo pueda decir. Pero mis palabras ya las conozco. Las reconozco, y me cansan. Ya sé de qué trabajo, el barrio donde vivo, el lugar de veraneo, lo que pienso sobre política o cine, la forma en que conocí al anfitrión, mis autores predilectos, etc. Sé todo eso y repetirlo me agobia. Claro que podría adentrarme en un terreno más complejo, y aventurarme a usar todo mi lenguaje en la exposición de ideas nuevas, asumiendo un riesgo a la hora de hablar, enhebrando matices intensos. Pero eso, en una fiesta, me volvería incomprensible. Tendría que soportar la cara de desconcierto del que me oye, que respondería una evasiva cualquiera y se marcharía, o continuaríamos hablando, pero de dos cosas distintas. Las fiestas me gustan poco. Tal vez porque enfatizan los abismos y las m máscaras. Sin contar que la comida suele ser complicada y poco práctica.
Mi única arma es el humor. Hago frases que provoquen risa para poder salir del diálogo, para negarlo y volverlo obsoleto. Con la risa, impido que me involucren en esos diálogos mecánicos. Claro que estoy forzado a usar recursos humorísticos llanos y simplísimos. Aun así, no siempre me comprenden. Y esa falta puede ser terrible, porque pueden pedirme explicaciones y me arrastrarían allí de donde intento escaparme. Por fortuna, basta que se ría uno para que los demás lo sigan. Y no porque comprendan la broma, sino porque reconocen el tono de una broma y saben que a su final hay que reirse. Y se ríen. En ese mecanismo reposa mi supervivencia. Es eso, o seguirles la corriente. Pero con esa estrategia uno nunca sabe dónde se mete. No requiere de mucho esfuerzo: bastan un par de interjecciones oportunas. El problema es que, en fiestas, nunca falta alguno con compulsión a la confesión. Una vez que comienzan, es muy difícil detenerlos. La escena puede durar horas.
Si no hiciera de mí mismo una comedia tendría que lidiar de lleno con los otros. Es como si yo me hubiese perdido - nadie me avisó: juro que nadie me avisó - los ensayos que permitían que esta representación se concretara satisfactoriamente y ahora sólo me resta deslizarme por entre los personajes, intentando mover la menor cantidad posible de cosas, y no romper nada. Pero, inevitablemente soy un personaje más, y por la manera en que me buscan, presiento que formo parte de la trama - tal vez intervengo en un episodio central, definitivo -, que hay algo que tengo que decir o hacer, algo preciso que esperan de mí, pero que yo ignoro por completo. Lo que hago es comportarme como si tuviese un rol, y lo estuviese cumpliendo. Anulo sus diálogos con pasos de comedia, giro por la sala como si tuviese donde ir o regresara de algún lado, mientras confío en que el desconcierto que los agobia por las rendijas de sus máscaras no lo comunicarán y seguirán fingiendo que saben lo que hacen, y espero que las horas los vayan cansando, que se vayan yendo a sus casas para continuar otras farsas.
*
El desencuentro en los diálogos que ocurren en medio de una fiesta tiene una amargura mortecina. Hace que las palabras se vuelvan ruido para mí; un bullicio donde todo se iguala. Y yo quedo excluido: no puedo entrar en ese lenguaje (porque no lo comprendo) pero también lo hago circular, usando un rostro parecido al de los otros. Es una danza siniestra. Como si lo único que quedara por hacer fuera disimular que nos aburrimos, que no sabemos romper la máscara; en definitiva, que estamos muertos.
___________
el dibujo es El teatro de la crueldad,
hecho por Artaud

29.11.05


Habla la mujer perdida

Yo soy un delirio vano, soy un tejido de ayeres, de derrotas minúsculas, fui (...), fui en París una burguesita aburrida que se ahogó en arsénico; sepultada, en Milán, lloré un río santo; inventé la espera tejiendo y destejiendo hasta que el amante regresara de su década incendiada; me llamé Medea, me llamé Perséfone; vi morir tres hijos entre las ruinas de mi casa en Kosovo, bebí del semen de 70 soldados hasta sangrar el alma; tarde entendí las palabras de Werther, y me dejé amar por quien no supe desear; dividí, en los suburbios, a dos hermanos hasta que mi garganta sobre su cuchillo los amigó; con mis 12 años hice enloquecer a Humbert Humbert; tres vidas limpié el polvo de los muebles de otros, y apenas si supe dónde quedaba mi deseo; de lepra me deshice en Indostán; bailé hasta decapitar a Juan el bautista cuando mi nombre fue Salomé, pero también con un manto sucio sequé el sudor del cristo herido; me quiso un poeta en Italia, que dijo haber recorrido desde los infiernos hasta el edén apenas para decir mi nombre un par de veces; a 17 hombres di para beber cianuro, me hice de su dinero y morí, anciana y rica, en un lecho cálido y amable; con un hacha me quebró un estudiante en San Petersburgo; me llamé Catalina una vez, y otra Elizabeth: dos imperios danzaban a mi capricho; con una navaja un cliente me abrió el estómago en Londres, era un día opaco, de niebla; escribí un diario y había soldaditos alemanes por todas partes (y me quitaron el diario); desangré a 24 vírgenes en un castillo de Rumania, la bañadera estaba roja como una marea de vino; un marinero americano me amó y abandonó, yo me fui marchitando en las orillas del Japón; fui puta en las esquinas de Buenos Aires; canté un tango con voz de bruma; un atardecer, en un baño de un café de Maldonado, fui infiel a un hombre que hubiera muerto por darme una sonrisa, me sentí mujer y no me importó; sobre la ciudad de Creta vi un atardecer que marcó mi alma; fui Circe y disfracé la muerte entre las comidas; fui esposa de un ferroviario en la ocupada Alemania y agoté las posibilidades del engaño; dejé una hija, inocente como la brisa, secarse sobre la limada piedra de la terrible Artemisa; conduje hasta el trono la mano indecisa de mi Macbeth, y ya nunca terminé de limpiar las manchas rojas que nacían.
Hoy soy un murmullo hecho de literaturas, un síntoma de la melancolía de otro. No me pertenezco: sobre mi cuerpo se libran guerras donde mi propia muerte es apenas una batalla. Aquí, soy un espectro necesario, un recurso del narcisismo: escenifico una perversión.

Soy tu amor, soy tu muerte, soy la que te entiende, la que te descifra, soy tu víctima, tu vampiro, quiero que me cuides, que me tengas, que me partas, soy la serpiente, soy la casta acompañante del camino, la enfermera, la mucama, la asesina, la tibia esposa complaciente, soy tu puta.

Pero mi instante es efímero: todo goce es repentino, fugaz; solo queda de mí una pura pérdida, soy la ausencia que me mejora y multiplica: hoy habito en tu delirio.

Pero si yo no existiera...

Fragmento de Ruidosas Cenizas

Debret Viana

26.11.05



Repartido entre el horror de vivir y el horror de morir.
Cuando se tiene la mala suerte de haber nacido se debería tener, por lo menos, el consuelo de vivir bien y cómodamente. Si se vive mal, es que uno ha sido engañado dos veces. Yo soy la víctima de una mala broma: ¿de quién? Si se tiene la desgracia de vivir, si se tiene la conciencia de esa desgracia, al menos no se debería tener miedo a la muerte. La cosa más absurda es tener conciencia de que la existencia humana es inadmisible, que su condición es inadmisible, insoportable, y, sin embargo, agarrarse desesperadamente a ella, sabiéndolo y quejándose de que vamos a perder lo que no soportamos. Como alguien a quien se ahorca, que quiere y que no quiere que le corten la cuerda, porque debajo de él hay una estaca.
del diario de
Ionesco

5.11.05



teatro

Me han repartido el papel muy mal. Quizá estaba hecho para ser un espectador. En lugar de ser un espectador, me han hecho trabajar en la obra. Ni siquiera el papel principal. Ni siquiera un papel. Soy un partiquino, un figurante ínfimo. El figurante no puede ver la totalidad del espectáculo, ve algunas cuerdas, algunas partes posteriores de los decorados, al director que le tiraniza (...). No tengo más que una frase que decir
.
del diario de
Inonesco

3.5.05




¿Tendré que pegarme un tiro, que chorree rojo por entre las páginas, para que esto sea literatura?

Para que esto no sea un revoltijo de muertos míos como tripas abiertas de un muñeco roto: ¿tendré que pegarme un tiro, aunque la piel sea la tensa superficie de la soledad, la frontera?

No sé: vendría la máscara a devorarme...

Entonces, ¿tendré que pegarme un tiro, encender la luz detrás de las tapas del libro, de las cuatro paredes inconmovibles y entregar mi cuerpo muerto a la mirada a la succión del lector, del otro?

Me pregunto: ¿qué idioma sería ese?

Las puertas del teatro se cierran nunca . ¿Tendré que firmar con sangre? Si hubiera levantado el telón con la verdad original, se hubieran manchado de sangre las butacas desde las primeras escenas.
Me pregunto: ¿qué idioma sería ese?

Me respondo, tal vez: NINGUNO.
Porque la palabra presupone una experiencia compartida. Y la unicidad de la verdad que un cuerpo puede producir es tan absoluta - quiere ser tan absoluta - que será cada vez incomprensible;
no se dice: se padece.

Es preciso destruir el teatro. O vivir en el teatro yo
¿tendré que pegarme un tiro, saber cerrar el libro
de una vez
callar
volverme tan ilegible como cierto?

. . .


8.9.04


Bajo Fondo

En mí los rasgos de una antigua, recóndita perversión – de literatura y escenificación: “soy distancia (de mí) y puro artificio; vacío donde caigo, derramado y sin suelo” -.

I

Casualmente- porque soy demasiado perezoso como para investigar a mis amantes – encuentro cartas comprometedoras. Voy caminando por las cornisas cotidianas y de repente, en el rincón menos pensado, un bulto inquieto llameando, pidiendo. De inmediato, más allá de la molestia – desequilibrio- que es sensato sentir mientras leo esas palabras, noto en mí como un goce: sé que estoy contemplando una literatura clandestina – específicamente clandestina (para mí: como cuando vírgenes leían Sade) -.
Termino de leer las cartas: conformo un escenario como si las cartas fueran piezas de rompecabezas – el celoso siempre piensa que las evidencias que encuentra (o inventa) son vestigios de una figura que cierra en tragedia -. Reconstruyo los momentos en que mi amante no está conmigo (momento que de alguna manera coinciden con la génesis, el ecosistema de la escritura de las cartas); leo: “te paso a buscar a las 3 y tomamos un café” o “tu mano extranjera recorriendo mi espalda”. No me gusta lo que reconstruyo, pero es un delirio inevitable (también un goce: me satisface mi inteligencia; aun cuando la confirmación de mis sospechas constituyan el terrible naufragio: el -no deseado- final).
Pienso en enfrentar a mi amante. Pienso en su sorpresa, en mi superioridad: que es también mi fracaso. Pero esto es meramente furia, infantilismos. Después, pienso que es natural que ella tenga sus tentaciones y sus aventuras: nadie puede colmar absolutamente el deseo de un cuerpo
[1]: la estructura social nos fuerza a que la elección de un objeto de deseo implique la negación de los otros. Pienso que el error no está en que mi amante tenga una vida que me exceda: el error es haber encontrado rastros de ese placer que no me contempla (ese es su error, su imprudencia; o su perversión, su malicia).

II

Cuando hablamos, ese mismo día, de cosas normales, yo pienso en las cartas. Decido no decirle nada (y no es sencillo dejar de llover signos). Lo decido por muchas razones: organizar ese diálogo implica mi debilidad, implica que he hurgado allí donde no debía (aun cuando mi tropiezo con las epístolas incomodas fueran casuales); todo esto puede traer consecuencias irreversibles. Además, no tengo derecho a hacerlo: solamente podría acusarla de imprudencia – dejar que yo me entere de su placer sin mí -. Ella respondería:

1 que yo, ilícito, he profanado su intimidad (victimización del culpable).
2 que yo no he sido tan prudente tampoco (espejo).
3 “Tenés razón. Me equivoqué. Chau. (tragedie: porque el microcosmos de estabilidad de enamorado puede disolverse en la promesa de cada segundo nuevo)

III

Paso a otros temas, me comporto como si fuese un día cualquiera. Sin embargo, no olvido las cartas. Por un instante, deliro: el otro hombre firmaba “Gris crónico”. Yo, de repente vuelto Hamlet, sueño escribir una obra de teatro, dar ese nombre a uno de mis personajes - ni siquiera me importa que se trate de un nombre horrible-, brindarle un contexto donde las identidades quemen. Vislumbro las rasgaduras en el rostro de mi amante cuando presencie la escenificación de mi depravación. Imagino su vergüenza, su miedo, el vértigo bajo sus párpados, su mirada insegura: yo le devuelvo una mirada inocente, serenada: ¿qué te pasa, mi amor, que estás tan pálida?
IV

(soy como quien gustoso entraría en la muerte si le es asegurado que podrá contemplar el llanto que por él derramarían: el último narciso)

V

Eventualmente, pierdo esta idea y sigo mi vida - requeriría demasiado esfuerzo llevarla a cabo y tanto no me interesa -. Todos los detalles del tiempo de una vida se van acomodando en un monocorde tono gris, y no es mucho lo que uno efectivamente sigue: las cosas siguen solas, y apenas si nos llegan algunos ecos de lo que va pasando, como si le sucediera mi vida a otro: el Yo reducido al film que, un poco, aburrido contemplo.
...
(Pero: yo ya he escrito este texto; jugando a ser el demiurgo de mi pena, lo he sido dos veces. Ya nunca salgo del texto.)

[1] Me recuerdo de Baruch: no sabemos lo que puede un cuerpo.

6.5.04


Un detalle.


Es marzo y hasta de los bolsillos tengo que sacar los estruendos de las avenidas, que gimen de nuevo en su monótono delirio incisivo. En un teatro efímero, padezco una masacre a Moliere. He llegado por amiguismo, y revelar lo penoso que ha sido el tránsito por la obra me parece un exceso pueril. Se exhibe ante mí el preciso opuesto a lo tolerable. Todos los gestos que se dan me pesan y duelen -es insalubre el arte mancillado-.
Pero

cuando un personaje femenino dice que las mujeres dicen no para que el viril chimpancé les imponga un sí (la parte de chimpancé y su respectiva virilidad son desafortunados agregados míos), ahí tropiezo entre el público con un rasgo cómplice que nace entre amantes, que los delata diáfanos, eternos.
Se sonríen, se miran primero: él la mira, ella entiende, se besan tibio -repiten un sistema, exaltan un estereotipo; yo no sé qué mensaje han comerciado esos ojos pero no dudo de que esas miradas estaban cargadas de sentido (un sentido ilegible para mí, pero eso es apenas accidental y no cuaja el milagro-: ese paisaje justifica el precio de la entrada (no me interesa que sea un edén fugaz el que cruzó conmigo, no quiero saber a quién engaña ese beso, qué mentiras cifra, qué herida encallará). Los amantes vibran ese segundo, exhiben algunas clausulas del contrato romántico (sadomaso) que los ampara, que los recorta -yo me hundo ahora en el murmullo de la lluvia sobre el mar, pero es una imagen tardía, tramposa: ni literariamente afortunada ni sincera-. A mí me hartan esos retratos melosos, los desprecio, me jacto en soledades de no padecerlos. Me saben a banalidad grosera, a reincidencia patológica del engranaje de la civilización: son códigos vetustos y vencidos. Esta vez me place una diferencia: un instante han vibrado dos almas en la misma nota. En otras ropas que yo tuve pensé o sentí que me había sucedido un encuentro análogo, pero en la recapitulación nostálgica ya no puedo estar seguro: los puentes que tendemos son inciertos, acaso de nuestro paso tengamos algún rastro, pero el otro es una niebla moldeada por el deseo casual que habite el instante, arcilla de la ocasíón, permanente enigma. Además, desde mí nunca pude verme con precisión. Así, esta vez, anclado desde mi voyeaurismo, pude ver la vibración de esa coincidencia (y aunque mi vena no sea romántica, yo no sé si una coincidencia puede no ser un milagro).

Miro otra vez a estos amantes, ya en la salida. Ya son gente (usan los labios solo para hablar, y dicen cosas que se dicen), ya han perdido la música, o al menos yo he perdido el acceso - ya no me interesan, son comunes, se confunden con los otros, con cualquier otro; ya no significan. Intento sacudirme del cuerpo los hematomas que ha dejado este atentado cultural, me compadezco de Moliere y entro en la noche. Otra noche.

_____________________

P.S: Me pregunto - cuando escribo esta línea ya es otro día - qué es lo que me ha maravillado de ese código. No pretendo una respuesta, pero cierto rumor en mi soledad me sugiere que ese lenguaje que vi pasar es, de alguna manera, un talismán.