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1.2.11

la mujer perfecta

apuntes dispersos 
// draft  



la mujer perfecta carece de  nombre, y es un lugar. a veces, más que un lugar, es un momento. pero ese momento es, en verdad, un hogar. por eso la mujer perfecta es un lugar.  

la mujer perfecta no es una identidad estable, no es algo aferrado a una permanencia. puede que esa mujer no sea la mujer perfecta, y en un instante epifánico devenga en ella.

lo perfecto en la mujer perfecta es una noción desesperada. tal vez la previsión de la intimidad con algo salvaje, la cercanía táctil de una protuberancia de la eternidad, llameante en la obnubilación efímera de la frágil cadencia con la que los cuerpos se acercan y se desencuentran.

sé que la mujer perfecta tiene un lunar. me consta. sin embargo, otras mujeres también tienen lunares.

5b
la mujer perfecta no es tal o cual mujer. es un éxtasis que reside en la mujer. es una forma de desborde y consubstanciación. en determinado punto, y por un breve instante, tal o cual mujer se traspapela en la mujer perfecta, se ausenta en la mujer perfecta.  

6 
una mujer tal vez pueda decir que la mujer perfecta es una perversa invención misógina. puede ser.

7 
la mujer perfecta ocurre. no es algo que puede razonarse ni pactarse. sin embargo, la mujer perfecta puede no ocurrir nunca. 

8
la mujer perfecta debe saber partir. debe reconocer lo fulgurante de su instante, y en el ápice de su destello, desaparecerse. no estar es una de las condiciones de su perfección.

la mujer perfecta debe sembrar delicadamente, como si hiciera otra cosa, la posibilidad de su inminente inexistencia. 
  
9
si la dicha es excesiva, tal vez la mujer perfecta, además de tener el caudal intempestivo de su perfección, sepa cocinar. 

10
entre dos cuerpos dormidos puede rugir, sin más, un llamamiento nocturno. el  universo queda abolido. puede que esto, en la memoria, deje la ilusión de que mujer perfecta ha pasado.

11
en la mujer perfecta algo late. es la respiración del enigma. 

12 
la mujer perfecta no existe.

13
esta bien, la mujer perfecta no existe. pero puede traspapelarse y volverse visible súbitamente, si se dan ciertas variables imprescisables. a mí me pasó. me desperté a las 5am solo en mi cama y caminé al living a oscuras y ahí estaba, la vi entre mis lagañas y la penumbra. esto pudo no haber pasado. esto pueden ser palabras nada más.

14
si pienso en la mujer perfecta, la ignoro. si la busco, no doy con ella. si quiero llamarla por un nombre, la perdí. si tengo ganas de mandarle un mensaje de texto, no comprendí nada de la mujer perfecta.

15 
hay una prueba, que es más bien la confirmación de un milagro. si dos cuerpos dormidos se reposicionan durante el sueño y se enredan inocentemente y forman una sola figura, se vuelven necesarios hasta el punto de ser confundibles con un solo cuerpo, allí hay una isla. y en la isla, puede morar la mujer perfecta. pero todo esto debe darse en el territorio de la inconsciencia, y no sirve buscarlo. los cuerpos durmientes ensayan formas de ensamblarse toda la noche, y rara vez ocurre el milagro, y cuando ocurre nadie lo sabe ni lo recuerda. solo queda el vago reflejo de la comunión del instante. lo  bello, y lo sagrado de lo bello, son ocasiones de lo efímero.
  
16
la mujer perfecta está 
desnuda sentada 
en el 
sofá 
de mi imaginación 
leyendo un comic 
de Alan 
Moore.

17
desnuda es una forma de decir. tuvo la elegancia del detalle, y se puso sus lentes de lectura. 




24.7.07

"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"


one night stand






Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).


(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?


(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.


(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.


(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.


(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.


(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.


(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.


(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.

21.1.07

decálogo del nostálgico empedernido



La torpeza de haber regresado al mismo lugar donde ayer estuve con X. Vivamente sentir las pequeñas cosas que ella hacía (recostar su cabeza sobre mi hombro, tomar mi mano – que se encontraba con la de ella, con ternura, por primera vez, en una danza suave y llena de torpezas encantadoras -, buscar la complicidad de mi mirada con la suya cuando una broma de Dolina le gustaba mucho, cambiar constantemente de posición, retarme por tirar al suelo el papelito de los caramelos, no creerme cuando le dije que lo hacía para prevenir el desempleo de los trabajadores de limpieza, defenderse aparatosamente del derrumbe del sueño, etc). Extraña nostalgia del día anterior, llena de gestos que todavía no se desintegraron por completo: es visible su figura subiendo las escaleras del teatro, yendo al baño, mientras yo cuidaba su cartera; es una sensación exterior – física - la ausencia de su cuerpo que temblaba entre mis brazos, que malograban un torpe combate contra el vigor enardecido del aire acondicionado. Me codeo, esta noche, con las etéreas formas que representan las escenas que ayer protagonicé (y percibo, en el tono de sus inflexiones, tal vez, un hálito de ironía).

( )

Una idea terrible: se trata de la presencia de la ausencia, la burla de mi soledad que escenifica el pasado (esta vez viril, y, no como siempre, lánguido, librado al capricho de mi actualidad), que, aun no mediado por la literatura de la memoria, mueve los títeres del ayer con severa malicia

*
Y pensar, cuando cruzaba Corrientes, que todavía me queda el viaje en colectivo, harto de espectros.

///

(Acaso por esto valga la pena protegerse de la vida: para evitar la venganza de las cosas que no supimos retener, que fantasmatizadas sobrevuelan el descontento de nuestra vida)

13.1.07

los rebotes de la palabra (inagotable flujo)


Obra de alguna confusión, un cuento lejano termina publicado en una revista italiana de literatura (BURAN); lo poco que sabe de italiano lo aprendió de Fellini (es decir, de la boca de Marcello Mastroianni) pero al aproximarse a las palabras inaccesibles de su propia prosa siente un encantamiento extraño (ostranemie: son sutiles animalitos sonoros, silenciosa pirotecnia auditiva; la forma del signo extendiéndose en el tiempo pero ausente de todo significado: la utopía: la torpe literatura de Debret Viana vuelta piano), se siente mecer por una melodía de sílabas que le ofrecen un brusco y sutil goce: confirma otra vez su destino de escritor - de narciso.



///



poses para llorar

- 2do draft -




tan pronto como deja de padecer, a la vez deja también de ser.


Etica, de Baruch Spinoza




0

No importa cuándo. Esto ocurrió siempre hace mucho: historias como ésta estan vaciadas de contemporaneidad. - no ocurren nunca: han siempre ya ocurrido -.




1

En la ciudad de Rosario un hombre se acercó a una mujer, como si fuera niño y padre a la vez. Su insistencia fue desesperada - perdió el molde de su saco, y empañó los puños de sus camisas en el esfuerzo -, hasta que la mujer cedió, por simpatía o por piedad, y cometió el acto más solitario: se enamoró. Era casual que su nombre fuera Sandra. El hombre trabajó hasta conmover el alma de Sandra, poseyéndola. La tuvo, la quiso, la abrió y la rompió delicadamente. Ella no sabía cómo despegarse de él, cómo pensar en otra cosa. Su vida se había vuelto un torpe andar a tientas por los rastros vagos que ese hombre había hundido en ella, ansiando que tal vez desembocaran en la carne del alma de él, ahora tan callado, tan ausente. Una vez que consiguió lo que pretendía, el hombre se marchó. Nada le significaba conservar lo que ya poseía. Sandra lloró.



2
La historia es común; y todavía nada interesante. Sandra lloró como se llora, sólo que organizó sus lágrimas. Pudo ser otra vez el llanto estereotípico de la mujer herida que llora. Sin embargo, conservó cada lágrima: le encontraba un sentido - absurdo y secreto para nosotros - a salvar lo que se va deslizando hacia el olvido. En baldes, en botellas escurría sus pañuelos. No salía a la calle sin un frasquito donde derramar su llanto. Con el tiempo, había establecido un horario para llorar. Tenía también un cuarto para llorar: una habitación con fotos. Ella se sentaba en su silla para llorar. Y lloraba.


3
Es pensable que ya la causa del llanto se hubiera vencido, que su llanto era un vicio, o un oficio. Se trata de meras especulaciones que no hacen a la historia; murmullo en derredor. Yo quisiera quedarme cercano a los hechos, los pocos que pude juntar. Creo que ya se comprende que el hombre que abrió la herida era un accidente de la historia, acaso necesario pero sin duda circunstancial. Que fuese su precisa pezuña la que había empezado las cosas era un detalle casual: había antes en Sandra algo que se desbordaba, pero que no encontraba expresión. Era ella la que lo había usado a ese hombre como excusa para lograr su obra, su terrible biblioteca de frascos con lágrimas, que se alzaba en cada pared de la casa.



4
Lo cierto es que lloró con sistema (empresa magna, como la de pensar con sistema: Sandra como la Spinoza de las lágrimas). Y que cuidó su llanto. No permitió que nadie se lo secara, que nadie se lo arrebatara: fue como decir este llanto es mío, estas lágrimas también soy yo (mi lenguaje). Había algo de sagrado y algo de temible, de inhumano en la disciplina con la que ejerció su pena. No dejó que eso que de alguna manera la decía - la delataba - se perdiera: recogió su llanto y lo guardó: vivió con él (entre botellas, frascos, pañuelos mojados y baldes) el tiempo de su vida.



5
No podemos ignorar el esfuerzo que esto implica. Sandra tuvo que estar sola. No podía darse a ningún hombre si pretendía articular hasta el final la titánica tarea. Tenía que aferrarse a su dolor, a su inmensa tristeza. Un hombre la distraería. Aun si resultaba bueno, amable, y realmente la amase, le secaría las lágrimas con terciopelos azules y entorpecería toda la empresa. Hacer brotar un río de agua salada no era un trabajo menos que divino: lo único serio que cabía era librarse de las tentaciones mundanas. Solitariamente dió esos pasos. Se dejó casi todo el tiempo encerrada en su casa; apenas de vez en cuando se la veía en la ciudad. Al principio, solamente sospecharon que se había vuelto loca. De la intriga de los vecinos empezaron muchas literaturas.


6




Como toda leyenda, las voces la multiplican, la tocan, la cambian. Ya he relatado lo que se sabe: ahora, las fábulas que surgieron son numerosas, y creo que no pertenecen al destino de Sandra. Una muchacha lloró y, hasta donde se sabe, guardó cada gota de ese llanto. Después, su vida se pierde entre las vidas, y salvando ese mínimo hecho, se vuelve irrecuperable. En el barrio, sin embargo, Sandra se perpetúa en ese sólo movimiento, se cristaliza en una imagen revisitada por el folclore rosarino, por las viejas que le rezan como a una santa y los pibes que le temen como a un dios triste. Es cierto que ya no es Sandra. Que la verdadera muchacha ahora puede ser abogada, o psicóloga o ama de casa y estar felizmente casada por ahí, o cualquiera de los destinos asequibles. Como nada sé de lo que fue de ella - y estoy convencido de que lo que resultó es mucho menos estético que las habladurías -, recojo algunas declamaciones barriales; dicen:
  • que se bañaba en sus lágrimas
  • que planeaba tener la suficiente cantidad de agua como para un día ahogar a su amado

  • que vendió su llanto a pueblos de tierra árida, y trabajó, prósperamente, reemplazando la lluvia (menos caudalosa, pero puntual)


  • que sabiendo de tanta gente incapaz de emocionarse sinceramente, fundó una agencia de lágrimas a domicilio (frasquitos con llanto a pedido)


  • que aguardó a secarse para arrojar un baldazo de lagrimas a su amado y después vivió tranquila


  • que, seca, obligaba a vírgenes a llorar por ella para que nunca se detenga la maquinaria lacrimosa


  • que su llanto era sagrado, y se cerraban las heridas allí mojadas


  • que desbordó el Paraná


  • que abandonó el barrio para triunfar en México como estrella de melodramas


  • que la encontraron un día muerta en su casa, rodeada de frascos y baldes con agua salada. Tenía la piel muy seca, áspera. Suele llover en el aniversario de su muerte. Esa lluvia se la conoce como las lágrimas de Sandra


  • que no lloraba nada, y capturaba en palanganas gotas de lluvia (lo hacía para montar un teatro que distrajese las voces de la humillación de ser usada y abandonada por un tipo)


  • que lavaba su ropa en su llanto, logrando un blanco tan pulcro y absoluto que una compañía de jabón en polvo le compró la fórmula


  • que un día, de hacer tanta fuerza por llorar, lloró sangre


  • que le costaba llorar porque ya ni se acordaba del tipo, entonces hizo valijas y salió en busca de nuevas penas para llorar largo y tendido


  • que, húmeda, se pudrió junto a las paredes de la casa


  • que lo que en realidad amaba era la manera en que el mundo se veía a través de los frascos llenos con sus lágrimas


  • que se fue al sur y puso un hotel con termas tibias y saludables


  • que una noche de tormenta un extranjero perdido golpeó su puerta; Sandra lo dejó pasar y el extranjero vió como esa casa y la tormenta eran muy parecidas.


  • que una vez se le cayó un frasco y se quebró en el piso, y Sandra no pudo soportar su obra inútil en el suelo y se abrió las venas con los vidrio rotos del frasco, pero de ella sólo brotaba agua salada


  • que hombres misteriosos se la llevaron una noche hacia un páramo lejano y solitario, la violaron y la acuchillaron; de las heridas de Sandra salía agua salada e inundó el lugar


  • que de tanto llorar perdió la vista, y sólo tenía calma cuando pasaba la yema de los dedos sobre la superficie del agua de sus lágrimas, acariciándola como si fuera un gato


  • que seccionó en gotas todo el llanto que tenía y contó 140.853.411 lágrimas


  • que regaba su jardín con esa agua: el más florido de Rosario



7
La historia se cierra en literatura - se abre: infinitamente -. La tarea de Sandra era, desde luego, una tarea inútil. A su manera, todas lo son. No es diferente la manera en que vos necesitás aferrarte a algún talismán vacío para suponer una dirección a tu errática somnolencia, y prevenirte de que el abismo te salte encima como una fiera afilada. Yo, harto de letras las hojas limpias también para soportar la fragancia rancia que las horas me dejan al pasar por mí como pasa el viento sucio y grisáceo que tiene la voz de los segundos que gotean lejanos en la madera de los muebles nocturnos. No importa. Que nos baste saber que una vez, en la ciudad de Rosario, una muchacha lloró.


____*____


el cuadro: vista del sur, de Ezeiza


7.11.06

una ninfa



La conocí en las puertas del cementerio. No sabía todavía que era austríaca (ese fue un encanto posterior). Llegó a mí un sonido extraño y sutil, como proveniente de una máquina celestial que nunca había visto: una terrible ninfa armada con los poderes órficos: su voz, una delicada serpiente hecha con el material con el que se hacen las nubes. Por supuesto, arrasó mis defensas (soy insalvablemente sensible a la belleza) y quedé hechizado, preso de su acto de magia (que tuvo el poder de librarme hasta de mí). Supe que así debían sentirse los que oían el canto de las sirenas y se arrastraban, tras ellas, hacia la perdición. Supe, también, que tenían razón. Las paredes del cementerio: del otro lado los muertos (o sea: un espectáculo turístico). Y aquí, de este lado, tener un alma volvió a tener sentido.
La experiencia no es algo comunicable (en eso consiste la soledad), pero fue, más menos, algo así:




*

(Más tarde me enteraría que ese instrumento se llama hang, y que es suizo, que ella tenía 23 años, que se llamaba Andrea, que suele tocar por las calles de San Telmo, que es bailarina.
Supongo que, eventualmente, nos sobrepondremos al desencuentro.)

15.10.06

Anecdotario;




primer draft



noche ártica


“todo lo que escribía... era
una inacabable despedida de ti”
del diario de Kafka




I
Era cierto que se había levantado un viento fresco. La noche estaba muy profunda y salíamos de cenar (ya no quedaba nadie en las calles). Ella estaba bastante desabrigada (apenas se defendía con una levísima tela, casi transparente); pero de todos modos me acompañó a la parada del colectivo porque vivía muy cerca (a la vuelta) y a mí, en cambio, me quedaban por atravesar todavía otras parcelas de la misma noche.




II
Sentí, mientras caminábamos, un silencio crecer entre nosotros. El tiempo que tardamos en llegar a la parada del colectivo fue para mí como una procesión mortuoria donde ella estaba forzada éticamente a acompañar a mi maltratado cadáver (lo hacía con elegancia: aun allí era nocivamente bella). Quise desaparecerme, para liberarla de ese trabajo. Y lo hubiese hecho si ella me lo pedía. Pero el silencio estaba ahí, se había corporizado y nos acompañaba. Incluso le guiñaba el ojo, le hacía caras y lo peor del caso es que ella respondía a ese juego (lo hacía subrepticiamente, sin dejar rastro alguno; pero yo me daba cuenta). No ven la hora de librarse de mí, pensé, para quedarse solos. Y después pensé: ¿pero por qué, si yo estoy postrado, enfermo de inmovilidad, si no sé cómo interrumpirlos? Y el silencio me respondió: no importa, interrumpís igual; estás lleno de lo signos de tu inquietud: esos signos, por más callado que te quedes, los tenés en la ropa, en la mirada, se te caen de los bolsillos y no dejan, a modo de bullicio y con poca claridad, de agitar sus manos, de murmurar su grito coagulado, de pedir ayuda.
Ella no me miraba, pero parecía asentir.




III
Quise decirle algo, atenuar la gravedad de la cosas que habían pasado antes, pero hacía mucho frío, y mis palabras se caían al suelo, estallaban como informes bloques de hielo en un inútil sonido de hueso partido. Comprendí pronto que el lenguaje (mi instrumento más afinado) había quedado vedado en ese contexto, me había sido arrebatado por las extenuantes circunstancias climáticas. Desprovisto de él, yo era como un juguete roto. Tuve que contentarme con algunos gestos, arqueé las cejas, fruncí mi nariz y hasta intenté organizar una sonrisa en mi rostro para aunque sea rendir ante ella un signo de calidez. Es factible que esos esfuerzos no me hayan salido bien: mis músculos estaban entorpecidos por el frío, y lo único que logré fue una expresión de alucinado, un rostro de psicótico. Ella no se enteró de estas cosas: jugaba con el humo de su aliento, dibujaba figuras en el aire y luego las decapitaba; por lo demás, estaba muy ocupada temblando. El frío.




IV
Esperó cinco minutos, y en mitad de un diálogo dijo: - Es tarde. Tengo frío. Me voy -. Me abrazó (todavía se dio vuelta una vez más para decir “nos hablamos” – tuvo esa ambigua delicadeza -) y se fue.




V
Me quedé con el invierno en la garganta, con mis palabras rotas en el piso, con la imagen perpetua de su cuerpo doblando la esquina. En este punto de la noche, la nieve casi llegaba a mis rodillas (era el principio). Tomé del suelo las resquebrajadas piezas sueltas de lo que habían sido mis palabras, les limpié la nieve y jugué con ellas como si fuese un rompecabezas (con algo tenía que entretenerme). Cuando llegó el colectivo, casi tenía armada una frase; me dio pena tener que abandonarla, pero era necesario (cargar palabras viejas es un equipaje nostálgico que entorpece el trámite de estar vivo).




VI
Yo sabía que ella se levantaba muy temprano en la mañana y que había hecho un esfuerzo para poder quedarse hasta tan tarde (la madrugada, con todos sus dientes). Sabía la hostilidad de la noche, y las desavenencias del frío[1]. Sabía también que nuestro vínculo, sea cual fuere, excedía los límites de ese ínfimo evento. Pero todo esto lo sabía inútilmente: era el final, y como final tenía la potencia como para clausurar todas las esperanzas; como final tenía la clave para reinterpretar (envilecer) todas las anteriores horas juntos bajo esta nueva lente del desamparo. Además, era una metáfora, y las metáforas hieren: una metáfora, aun cuando no sea cierta, tiene un vigor superior a cualquier argumento, convicción, silogismo o compendio de verdades. Entendí lo único que sé entender: que ella no me amaba.


VII

Había atenuantes si los hubiese querido (...) pero porque siempre hay atenuantes si se está dispuesto a aceptarlos, a leer mal: los imaginaba como tímidos consuelos artesanales ante una verdad de violencia profética. Ella no había dicho nada, pero porque no hacía falta: su voz hubiese sido redundante. Un teatro había surgido de las entrañas de la noche: cada cosa estaba dispuesta para significar algo, y esa moraleja... había que ser muy iluso para desoírla. Mi automática resignación, mi vocación al fracaso me libra al menos del esfuerzo de tener que mentirme. Yo estaba envejecido de tantas despedidas; y la sentencia (de su desinterés) ahí, en el centro del invierno, ya era inapelable.




:fin:
*

[1] Aunque, ¿el frío no es siempre el síntoma de una intimidad fallida, naufragada)

7.4.06

acontecimiento de la pasión, farsa de la despedida


En un texto de Baudrillard encuentro el epígrafe para el texto anterior:
"
Con las mujeres ocurre lo mismo que con los acontecimientos históricos: se presentan una primera vez en nuestra vida como acontecimiento y tienen derecho a una segunda existencia como farsa.
"
Y entonces, Debret escribe:
Amanecía en mi ventana; era la hora de abrir la cama y empezar el sueño. Pero pude pensar un poco en Eros y Tanatos. Si hay muerte, es porque hubo vida. La muerte enfatiza el hecho de que la vida se está, mal o bien, ejerciendo. Es un consuelo efímero ahora que mis manos remueven las arenas grisáceas de la memoria, y no me queda más remedio que encontrarme frente a frente con el cadáver pútrido de la vida que dejé. Ahora su polvo se columpia en el aire, y me contamina todo. Pero es cierto que junto a ese animalito cálido y feroz pasé horas de sosiego y encantamiento. Eventualmente, correntadas más viriles arrastrarán los velos de mi mirada. Quedará un resabio de los ayeres, pero acaso quede librada una grieta donde acurrucar la vida, y seguir. Por ahora me parece inútil disecar ese cuerpo con el anhelo turbio de comprenderlo. No hay nada que enteder: fue; y ya no será (como El Libro de la Memoria, de Auster). Fue - y, desde el momento que compone, pieza a pieza, partes sueltas de mi historia - no estuvo mal.
Hay una metáfora, también de Baudrillard, que creo que ilustra bien las cosas:
"
Dos formas de la ruptura: una por alejamiento, otra por exceso de proximidad. Ruptura de carga, ruptura de encanto. Una priximidad semejante, día tras día, a lo largo de los miles de kilómetros del desierto puede llegar a ser tan insoportable como un crimen.
"
Y, a decir verdad, algo así fue.
...
Habrá que saber, alguna vez, dónde detenerse. ( lo que no sé es si es: "te conocí tanto hasta ver el monstruo que había en vos" o " llegué a conocerte tan profundamente que te volví un monstruo")

2.4.06

Eros y Tanatos


Apúntes lisérgicos sobre la identidad del deseo,
ese músculo variable, ajeno
0

Se encontró con una ex.

1

Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).

2

Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.

3

Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.

4

A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.

5

Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.

6

El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.

7

No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.

8

Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.

9

Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.

10

El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.

11

Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.

12

D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.

13

Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.

14

En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.

15

Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.

16

Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.

17

El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.

Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.

18

Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.

19

Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.

Paréntesis

(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)

20

D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.

21

Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.

22

Todo se extravía.
23


El texto quedó largo. Eso me pasa cuando no doy con las palabras inevitables, cuando malogro la idea original. Sea como fuere, aquí dejo de escribirlo. Habría que corregirlo, pero mejor que lo haga otro. O que lo corrija el texto siguiente. Si preguntan qué es, digamos que no es ficción ni es verdad: es un ensayo trunco. Hay cosas que nacen y cosas que mueren, y todo es una magia que nos sacude sin un sentido aprensible. Tenemos miedo en la tiniebla de nuestra soledad, y hacemos, con los tenues hilos de luz que tenemosa mano, sombras chinas contra la pared de la celda. Como estamos débiles y desesperados, terminamos amando a las figuras que creamos, como si estuviesen vivas. Eso es un poco el amor, y es un poco la literatura. Cuando D. me contó estas cosas, lo último que me dijo fue: supongo que hay mucha gente dentro mío. Y se quedó con la mirada perdida, frente a su escritorio atestado y su cuarto vacío.


______________

Cuando la tecnología lo permite, habré de poner por aquí el tango “Como dos extraños”. Aunque no decido todavía cuál de la versiones.
Pero sí, como cambian las cosas los años.
y la foto, de Debret Viana, que salió de su celular.

20.12.05


futilité

I

No sé.
Tengo que darte algunas palabras.
No sé si somos algo más que palabras. Así que sería como dar todo.
Mediamos nuestras figuras difusas con esa extraña moneda. Y lo que nos pasa no puede tener mucho que ver con la vigilia. Acaso nuestro territorio sea entre lo onírico y el puro delirio. ¿de qué otra materia podemos pretender el futuro?

III

Propongo: habría que establecer vínculos con todo aquello que destierre la realidad de nuestras pestañas. La idea del amor no es más que la plegaria por vivir un sueño: el enamorado nunca quiere despertar: con sombras e ilusiones endurece las paredes de su frágil burbuja. Pacientemente, trabaja en contra de amanecer. No sabe que es un labrador de bruma.

IV

Toda guardia es siempre vana. La daga siempre llega por el OTRO lado. El enamorado quiere la inmortalidad de lo que nunca tuvo. Por eso siempre muere asesinado en las manos de su amante (porque el amor salva, pero no salva de lo que se ama) o de la disminución de la fe (ya sabemos: un amante no tiene más que a su fe – es pura religión -: usa todo lo que pasa para fortificar la imagen de su amor hasta que todo lo que pasa la demuele).

V

Nosotros tenemos palabras. Aguas de sombra. Nuestros cuerpos hechos de palabras, tendidos laxamente en el espacio de una noche irreal, con sus botones tendidos en el teclado. Como escritores, niña, tenemos que ser falsos: la palabra es siempre una mentira, un intercesor. La sumatoria de imposturas revela el deseo latente. El deseo es la marca de una carencia: es decir, la brújula de las almas nobles. Esto es una manera de encontrarnos.

VII

Mentimos nuestras soledades: eso es una manera de encontrarnos.

X

Poco comprendo lo que acontece. Lo que pasa es las cosas siempre pasan sobre uno, aplastándolo. Por lo menos este tipo de brutas gemas, que entran para descomponer la estable monotonía de los días. Las horas caen como antes, una lluvia opaca que duerme todo pulso. Son pocas las cosas que nacen. Al menos cuando uno se empecina en ver muerte por todas partes. Entonces pasa esto de pensarte. Es una excusa para salirme de mí.

XII

Entre la madrugada. La tarea de adivinar tu voz entre la caligrafía fría de unas cartas que no respondí a tiempo. La ilusión de sentirte respirar cerca. Las ganas de romper todo lo que media, todo lo que interviene. Perder las máscaras. Hundirme en tus ojos lejanos. No sé. No tengo otra cosa que palabras para darte. Sería como darte todo. Pero aun así, quisiera que callemos juntos.

XV

El otro es una ilusión que nos pone en contacto con nuestra soledad. Espejo que retrata una pérdida. Así nos herimos contra el cristal (...).
______________
durante unas semanas se cruza - por los senderos virtuales - con una dócil muchachita, que al principio desdeña y que, recién cuando pierde definitivamente, extraña. ella le pide que le escriba, y él - que detesta prostituir su pluma - le escribe. nunca se habían visto, salvo mediados por fotografías. sabían del sabor de la voz del otro, y de esas cosas que la tecnología puede acercar, fantasmatizando. después de un tiempo, él se da cuenta de que esa muchachita sería apenas otro episodio trivial de su vida. dejan de hablarse, y después del olvido no queda rastro del leve contacto que los juntó alguna noche. queda, solitaria y frágil, esta carta mutilada como testimonio de otro vínculo ficticio. las maneras de enredarse

29.11.05


Habla la mujer perdida

Yo soy un delirio vano, soy un tejido de ayeres, de derrotas minúsculas, fui (...), fui en París una burguesita aburrida que se ahogó en arsénico; sepultada, en Milán, lloré un río santo; inventé la espera tejiendo y destejiendo hasta que el amante regresara de su década incendiada; me llamé Medea, me llamé Perséfone; vi morir tres hijos entre las ruinas de mi casa en Kosovo, bebí del semen de 70 soldados hasta sangrar el alma; tarde entendí las palabras de Werther, y me dejé amar por quien no supe desear; dividí, en los suburbios, a dos hermanos hasta que mi garganta sobre su cuchillo los amigó; con mis 12 años hice enloquecer a Humbert Humbert; tres vidas limpié el polvo de los muebles de otros, y apenas si supe dónde quedaba mi deseo; de lepra me deshice en Indostán; bailé hasta decapitar a Juan el bautista cuando mi nombre fue Salomé, pero también con un manto sucio sequé el sudor del cristo herido; me quiso un poeta en Italia, que dijo haber recorrido desde los infiernos hasta el edén apenas para decir mi nombre un par de veces; a 17 hombres di para beber cianuro, me hice de su dinero y morí, anciana y rica, en un lecho cálido y amable; con un hacha me quebró un estudiante en San Petersburgo; me llamé Catalina una vez, y otra Elizabeth: dos imperios danzaban a mi capricho; con una navaja un cliente me abrió el estómago en Londres, era un día opaco, de niebla; escribí un diario y había soldaditos alemanes por todas partes (y me quitaron el diario); desangré a 24 vírgenes en un castillo de Rumania, la bañadera estaba roja como una marea de vino; un marinero americano me amó y abandonó, yo me fui marchitando en las orillas del Japón; fui puta en las esquinas de Buenos Aires; canté un tango con voz de bruma; un atardecer, en un baño de un café de Maldonado, fui infiel a un hombre que hubiera muerto por darme una sonrisa, me sentí mujer y no me importó; sobre la ciudad de Creta vi un atardecer que marcó mi alma; fui Circe y disfracé la muerte entre las comidas; fui esposa de un ferroviario en la ocupada Alemania y agoté las posibilidades del engaño; dejé una hija, inocente como la brisa, secarse sobre la limada piedra de la terrible Artemisa; conduje hasta el trono la mano indecisa de mi Macbeth, y ya nunca terminé de limpiar las manchas rojas que nacían.
Hoy soy un murmullo hecho de literaturas, un síntoma de la melancolía de otro. No me pertenezco: sobre mi cuerpo se libran guerras donde mi propia muerte es apenas una batalla. Aquí, soy un espectro necesario, un recurso del narcisismo: escenifico una perversión.

Soy tu amor, soy tu muerte, soy la que te entiende, la que te descifra, soy tu víctima, tu vampiro, quiero que me cuides, que me tengas, que me partas, soy la serpiente, soy la casta acompañante del camino, la enfermera, la mucama, la asesina, la tibia esposa complaciente, soy tu puta.

Pero mi instante es efímero: todo goce es repentino, fugaz; solo queda de mí una pura pérdida, soy la ausencia que me mejora y multiplica: hoy habito en tu delirio.

Pero si yo no existiera...

Fragmento de Ruidosas Cenizas

Debret Viana

5.9.05

La metáfora
1
Hoy una mujer me mentía. Nos conocíamos hace años - incluso yo había pensado que teníamos algo en común -. Era triste, un poco desconsolador ver los esfuerzos que hacía por sostener su mentira. Lo peor era que yo ya sabía que mentía (de no estar avisado, hubiese comprado sus palabras). Yo sabía, y se lo dije: para evitar la escena. Pero ella, empecinada, me forzaba a presenciar el amargo espectáculo de su decadencia. Tuve que ver cómo hacía uso de su repertorio de mezquindades hasta agotarlo, cómo estiraba los gestos en su cara para mantener su burdo castillo de naipes.
2
La mentira era pequeña, sobre un asunto sin importancia. Sin embargo, al exhibirse en pleno día, daba la idea de simbolizar algo mucho más grande. Era una tontería, pero su existencia se proyectaba sobre todas las cosas, y dejaba la impronta de la falsedad sobre todo lo vivido. Puedo decir: era un recordatorio de las condiciones de las horas: si no es, al menos todo puede ser falso. No lo sabemos, pero esa sospecha no nos deja dormir. Y nosotros necesitamos creer en algo, aferrarnos a algo. Cuando uno de los ladrillos de la construcción se esfuma ante nuestros ojos, nos sobreviene algo parecido al miedo: la idea de que cualquier otro ladrillo puede también pulverizarse, y también de que todos pueden pulveriazarse, si es que acaso ya no desaparecieron y nosotros vivimos aferrados a apariencias, sombras de sombras, respiración de cadáveres.
3
El asunto era de una inmensa tristeza. Ya me había pasado antes, y uno cree curarse de ese tipo de estragos. Sin embargo, cuando se delata la traición es la melancolía otra vez clavada en medio del alma. Había visto ya a mucha gente mancillar lo que más amaba, herirlo de muerte, retorcerlo. Cada vez que lo presenciaba, recordaba a Wilde: tal vez haya que matar lo que se ama. Sentí pena por ella. La pena que se siente por un enfermo mortal que nos quiere convencer de su salud intacta con grotescos ademanes de fortaleza y piruetas tontas y exageradas. Hubiera querido enojarme, pero no supe. Solamente sentía lástima: ella ya había mentido, pero yo le ofrecía la salida digna. Pero ella no: prefería hundirse con su navío hecho de falsas promesas, esas fragancias trastornadas en rancias pestes. Daba manotazos al aire, como quien se ahoga. Fingía enojarse o irse, lloraba y todas eran patéticas herramientas que movía con destreza para poder salvarse. Yo pensé: ¿salvarse de qué? Aun si yo adhiero a su mentira, si la acepto y hago como si fuera verdad, ella es la que tiene que volver con sus tristes mezquindades a su casa, y cargarlas para siempre.
4
Pobrecita, me acuerdo que pensé. Sus esfuerzos me cansaban. Era un muerto que me quería explicar cómo respiraba. Yo hubiera cambiado el orden de las cosas y hubiera vuelto su falsedad algo cierto si eso me hubiese librado de tener que verla. Lo que me sorprendía era que su rostro no trastabillaba: defendía su mentira como si fuese una verdad tan elemental como vital. Llegaba incluso a ofenderse, a culparme a mí de su mentira: cómo podía ser que alguien no creyera en su montaje.
5
Y de pronto, oigo el sonido de un hueso que se quiebra: todas sus hebras deshilachándose. Una gruesa rama del enorme y cansado árbol desnudo de la vereda de enfrente se rompe, y cae belicosamente en medio de la calle desolada del domingo a mediodía.
6
Pensé para mí: ¿qué es esto? A veces no puedo evitar ver en las cosas que pasan signos de mi propia vida. Trato de no tomarmelos demasiado en serio: después de todo sé que mi mirada va hilándo los elementos dispersos para producir las verdades que necesito. Las cosas ni siquiera son falsas: simplemente están vacías. Pero aun así, no deja de ser cierto que un montaje trazado de este modo produce un efecto más absoluto, embriagador y subyugante que meras palabras, o cosas que las voluntades de los hombres pueden entretejer. Tal vez nos dice lo mismo, lo que ya sabíamos o precisabamos, pero afirma de una manera inapelable. Los podemos aceptar, rehuir, detestar, podemos tratar de ignorarlos o quejarnos de lo que nos ahuguran, pordemos acaso entender cómo eran las cosas finalmente, o creer que entendemos. A los símbolos, lo que no se puede hacer es contestarles.
7
Yo pensaba: tal vez esa rama es una metáfora de este vínculo, el cadáver exhibido de lo que fuimos. Estabamos secos, podridos por dentro. Bastó que una de sus mentiras se delatara esta última vez para volvernos irreversiblemente distantes. Esa rama que se estrellaba en el cemento nos daba gratuitamente nuestra verdad.
8
He leído mucho, llenado mis paredes de libros. A esta altura de los años, me pasa que me confundo entre lo que leí y lo que me pasó. Recordé las novelas de Kawabata, donde los personajes iban comprendiendo que esas cosas que se sucedían en la realidad en verdad eran símbolos de su vida íntima: la realidad como un texto donde están codificados los movimientos del alma. Un texto por supuesto ilegible, en un idioma extraño que de vez en cuando se nos insinúa, que a través de una grieta abierta en la vigilia parece sangrar una revelación clara, irrebatible. Entendí que yo estaba jugando a ser un personaje de Kawabata. Pero que ese juego no impedía que las cosas que presentía fueran ciertas. Nada impide que los delirios de un loco encallen en la verdad.
9
No lo sé: puedo especular. Tal vez es más sencillo pensar que aunque el árbol se estirase hacia el cielo, los edificios impedían que se bañase de luz, lo asfixiaban. Los inviernos son largos, los árboles mueren: son cosas que pasan. Justo a ese le tocó quebrarse delante mío, mientras una mujer me miraba a los ojos y me decía mentiras. Debe ser infantil pensar que ambos sucesos no son cosas diferentes. Una mujer me miente, un árbol se seca y cae. Atribuirles una correspondencia es simplemente querer que el mundo tenga sentido.
- Apéndices -
(y también un gran narciso: pensar que el universo repara en mí y organiza el fluir de sus astros para brindarle símbolos a mis diminutas circunstancias)
.
Lo que pasa es que esa mujer rompió muchas cosas mientas mentía.

10.6.05



Contrato en una servilleta de café
__
Varias veces se habían cruzado ya. La tensión en las miradas era una delicia que les recordaba que estaban vivos. Un dulce vibrar, la sensación de un pulso que los diferenciaba de lo inerte, del ritual cotidiano. Acaso, sentían que los salvaba. Durante un tiempo supieron respetar ese pacto. Callados, mirarse tímidamente. Tal vez fue pudor, cobardía. Yo creo que, a su manera, fueron felices. Cuando ya el roce no podía evitarse, cuando el silencio entre ambas miradas era un absurdo insostenible, él, para preservar esa furtiva magia del lenguaje, esbozó este contrato.
Esto sucedió hace mucho tiempo, en un rincón de una ciudad metropolitana.
un juego
parte 1
I

Un poco harto de las cosas iguales, los días parecidos a los días, la misma pasta dentífrica, las palabras que se dicen, etc.

II

Esto un poco como un riesgo, una fuga. Un juego que no quiebra nada pero al mismo tiempo es una música y una isla.
III

El contacto urbano es vertiginoso, asfixiante. Entre las cosas perdidas: la escritura. No digo cartas; lo epistolar es un esfuerzo. Sino que el juego más o menos así: lees este papel y tal vez no lo tirás y no lo perdés. Si te dan ganas, cuando me veas, me darás un papelito (que diga algo, cualquier cosa -¿qué importa que mientas?-). No hablaríamos nunca, y nuestro contacto casual tendría un poco de magia y de absurdo: me gustan las ventanas que dan a otra parte que no sea la vigilia.
IV

No vale decir nada obvio, nada automático. Este es el lugar para decir aquello que en la vorágine cotidiana no tiene territorio. Yo te digo por ejemplo que tengo un nombre pero que no importa, que te ví tan concentrada es ese libro de Arthur Machen que tuve que escribir esto sin saber por qué, que pienso que la tristeza es una condición de la música, que no espero nada de vos sino una voz diferente de la mía.
V
Correrte los velos sería asesinarte. La verdad demuele o asesina. La verdad es lo que, suprimido, no dejaría al descubierto sino la muerte. Como el Golem. La verdad es la parte del fantasma que necesita ser demorada. Todo esto se lo robo a Barthes. Lo que pasa es que yo sé bien que defraudaré este suspenso. Mi vida trabaja en contra de cualquier idea romántica que hayas logrado de mí. Siempre seremos otra cosa.
VI

Entiendo que este papelito no es típico y que estas situaciones no son usuales. Precisamente ese es el punto. Si no te gusta, si no te atrae, si no te enciende nada, podrás hacer un bollito de murmullo con el papel y dejarlo olvidado entre la calle; ¿quién sabe, después de todo, dónde agota su destino la palabra escrita?
VII

En todo caso, toma esto como alguien que te dijo hola como sonriendo, sin pretender un mensaje de los símbolos.
fin
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___________
Nota:
El contrato fue rechazado. La magia, disuelta. Conversaron en una esquina, caminaron algunas cuadras juntos. Luego salieron, fueron al cine, tomaron café, se acostaron, amanecieron - ajenos, intactos -. Las cosas que se hacen. Para ambos, el resultado de su vínculo era inferior a la promesa que el suspenso suscitaba. Y siempre lo sería. No importaba cuán perfectos fueran sus pasos. Con el tiempo, volvieron a ser comunes. Se distanciaron, porque cada uno era para el otro el signo vivo del naufragio de las quimeras. Algunas veces más se cruzaron. Intentaron no mirarse. Si era inevitable, se saludaban apenas. Con un gesto, con una palabra fría. Eventualmente, lograron volverse desconocidos, y olvidarse.

6.4.05

starry night, munch (abyss i see)




Ejemplo de la tristeza

A mitad del poema "A volta da mulher morena", de Vinicius de Moraes, lo interrumpió el estruendo del teléfono. Era su amante. La que más profundo se había hundido en él. Esa vez hablaron cosas que se hablan. Cosas comunes, perdidas. En el vértigo de los días se fueron separando; se volvieron ajenos hasta diluirse. El viento ya borró sus caras, sus hábitos.

Pero

todavía, de siglo en siglo, él abre ese libro - como una religión - y empieza a leer, otra vez, el mismo poema, queriendo que no acabe aun (que no acabe siempre). Ansioso de una interrupción el segundero del abismo trastabilla, falsamente. A veces hay ecos, o sombras furtivas, o regresan imagenes ajadas de nostalgias antiquísimas, o es el viento, que hace gemir al silencio en la noche vasta, o el ardor del deseo, que hace temblar a las hojas tímidas de los arboles nocturnos - como pétalos de fiebre -; pero nada más.
Porque ya no queda nadie en el mundo.

10.2.05

soñar raro




La desintegración de la vigilia




soñar raro


I
Hace algunas noches tuve un sueño al que fui regresando paulatinamente, entre los rincones del cotidiano. Yo salía de mi casa con mi abuelo, y como siempre la geografía no correspondía demasiado a la vigilia (vivo en el barrio de Flores, pero al cruzar la puerta era ya el sabor de Palermo, la infancia, los colores añejos). Aparentemente, yo debía tomar un colectivo. Antes de llegar a la parada, encuentro, esperando a otro colectivo, a una compañera de facultad. Es una muchacha con la que tejimos una relación harto particular - tal vez todas, a su modo, lo son -, pero desentendida de toda intimidad real (excepto un tropiezo entre las sábanas, una noche violenta, que pertenece más a la ficción que a nosotros). Al principio, hicimos como si no nos vieramos, luego, nos saludamos y conversamos: lo que nos dijimos lo perdí. Después, ella subió a su colectivo, y yo al mío; mi abuelo ya no estaba y su desaparición era natural para la lógica de ese sueño. A una cuadra del recorrido estaba la Plaza Italia, que se veía ahora como un perfecto círculo que daba la idea de estadio romano, o de toreada. Mi colectivo alcanzó al suyo, pero cada uno tomó por un lado de la plaza, y nos fuimos abriendo, primero rodeando la plaza y después por calles paralelas que se perdían. Yo distinguí su figura en la distancia, durante muchas cuadras, levantando su mano en el aire, moviendola dulcemente, saludandome.


II
En este sueño me quedé pensando. Me parecía extraño, pero no llegué a darme a la idea de que cifraba un mensaje de los símbolos. Me interesaba, sobre todo en relación a esa mujer: como enigmática expresión del vínculo que teníamos; la manera en que mi imaginario había traducido una lectura (etrusca, surreal) de nosotros. Pensé en escribirle y contarle el sueño, y de paso invitarla a ver alguna película danesa o turca o lejana. Fui olvidando, poco a poco, ese deseo: postergándolo a cambio de nada.


III
La noche de ayer cambió algunas cosas: otra vez soñé. Yo caminaba por la avenida Alberdi, cuando es angosta y los colectivos se pegotean entre sí en una sinfonía del aturdimiento urbano. Frente a mí, veo a esa misma amiga, caminando. Cuando nos cruzamos, otra vez nos sacamos la vista de encima. Pero en seguida ella se vuelve contra mí y me saluda. Hablamos un poco, y de repente me oigo decir - no sabés qué raro-. Y así le relato, de punta a punta, el sueño que había tenido con ella. Ella se entusiasma con la historia (lo siento en sus facciones, que se tensan y brillan contra el grisáceo paladar del asfalto y las casas gastadas de siglos). Después, dice algo de un lavarropa, y yo recién veo detrás de ella muchas bolsas pesadas, hinchadas de trapos oscuros y rotos. Veo también que a nuestro lado hay una tienda de lavarropas, pero cuando ella va a entrar, se queda en la puerta, mira hacia adentro y luego me mira a mí, y me dice que después, que ahora está lleno. Yo casi no veo gente, pero acepto y le digo de ir a alguna parte. Ella asiente, aunque tiene ojotas naranja espantosas. Siento que el sueño continúa, pero nada más recuerdo.


IV
Sí recuerdo que cuando desperté me costó asimilarlo como sueño. Lo había sentido tan real que me exrtañaba no haberle contado de verdad el sueño anterior a mi amiga. Fue uno de esos sueños en los que, mientras duró, nunca pude decir "esto es un sueño". Fuera de la categoría de sueño lúcido, siempre hay como una vaga conciencia (la percepción tibia de una nebulosa) de estar soñando, si no durante, al menos al despertar, uno exclama: "¡qué sueño el que tuve!". Hoy mismo he soñado una historia de amor entre dos japoneses: ella era camarera y el lavaplatos e iba a la facultad por las noches. Ella se enojaba porque entendía que él crecía mucho más que ella, y que ese desarrollo los distanciaría. Las calles eran el japón, que era como un San Telmo, pero más angosto. Me pareció encantador que yo no formara parte del sueño. Era un sueño como un film (uno de Wong-Kar-Wei, para ser precisos). Estuve muy dentro de esa historia, pero nunca la confundí conmigo, ni la traspapelé con la vigilia.


V
El sueño de mi amiga fue diferente. Nunca dudé que fuera real. Convengamos la siguiente clásula de verosimilitud: uno no suele soñar que cuenta un sueño que ha tenido. Y menos se lo cuenta a la persona con que lo ha tenido: es un desdoblamiento de fantasmas. He relatado a una figura imaginaria en un sueño que con su imagen soñé en otro sueño: y todo esto sin llegar a rozar siquiera el aire alrededor de esa amiga desde donde han nacido estas representaciones multiplicadas en sombra; todo eso ha pasado sin mover las piezas de la vigilia.


VI
O ocaso sí se alteró la vigilia: si yo estoy pensando esto, si esto me afecta como para dejar agitar una lapicera sobre un papel, si esto me toca como para hacerme entrar en mi soledad para remover el callado polvo alrededor, entonces algo debió cambiar. Aunque habría que ver desde donde es que escribo.


VII
Siento ahora que debo contárselo cuanto antes: temo haber encadenando mis posibilidades oníricas. es un temor infantil, pero ese sueño revela lo frágil del presente: la desintegración de la vigilia: si yo puedo soñar que cuento un sueño que soñé, ¿cómo puedo, en algún momento, decir que he despertado?