Mostrando las entradas con la etiqueta las verdaderas aventuras de Debret Viana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta las verdaderas aventuras de Debret Viana. Mostrar todas las entradas

15.7.11

un gordo pelirrojo con boina verde.


Apenas salgo de la librería salto al 12, para llegar cuanto antes a Congreso y tomar el subte A hasta Carababo y Rivadavia, donde el 113 me deja a tres cuadras de casa. El partido de Argentina empezó hace 15 minutos y sufro la infantil ansiedad de no poder verlo (aun cuando jueguen pésimo, es necesaria la experiencia épica del devenir del partido: es un espacio ritual y ajedrecístico donde se dirimen fuerzas inextricables del universo). Mientras acierto las monedas en la maquina del 12, un atisbo de alegría me embarga: la radio del colectivo esta sintonizando el partido. Mi atención se concentra en los sonidos que la ciudad disipa, y el cándido contento se extravía: un gordo pelirrojo con boina verde tiene una radio. No tiene audífonos y tiene el volumen altísimo. Y está escuchando al pibe odol, Claudio Maria Dominguez, que ofrece a bajo costo la receta de la felicidad, el éxito, el amor, y todo lo demás. Ambas radios, a un volumen similar, comienzan a entrelazarse. Oigo la rara mezcla de las realidades: Messi elude a la razón de la felicidad y casi la clava al costado del miedo interior que nos impide realizarnos a nosotros mismos; es una pena que Batista no puso el deseo verdadero de reflexionar sobre Pastore y porque así Messi no tiene con quien generar volumen de luz con la que plasmar su yo tóxico, su yo negativo que no lo deja jugarse por la vida y falta de Burdisso.

Odio al gordo pelirrojo de boina verde.
Cuando me bajo, le dedico una mirada mortal.

5.1.11

y paro de llover. minutos, nada más, duró la lentísima agua. y ese parar de llover es como el codo que borra lo que la lluvia casi nombra. y es también una forma de puntuar la nada. sería necesario alguien muy atento, muy insomne a lo sutil del reptar de la nada entre los intersticios de las cosas para afirmar que todo eso - la lluvia, y con ella el viento cansino, y el arbol de enfrente y la calle - realmente existió.

nada

3am, un disco de amanda palmer, galletitas de chocolate y la ventana abierta mientras escribo como una manera de declamar el espacio ocioso de la madrugada, y también a la vez como una manera de decirme lo inerte de la escritura ante el mundo, la vida, allá afuera. escribo, dos, tres líneas, y miro para la ventana. nada ocurre. pero la ventana está ahí, y es una promesa. el árbol de afuera, la calle desierta, la basura en el cordón de la vereda, un auto que pasa, lejos, un inadaptado al que le sobró pirotecnia de año nuevo en la distancia, la esquina con su vacío suspenso: todo eso son formas de la nada. y sin embargo, cada tanto, miro. no miro precisamente como se mira, buscando algo o informandome de lo que hay. miro como tic, como forma evasiva, y cuando viene la levísima brisa desde la ventana, la siento como un llamamiento de la noche, y miro otra vez, y no ocurre nada y no me decepciona porque el suspenso ha quedado abolido y es esa aparente nada la silueta misma de la noche, o de esa parcela de la noche que se da por mi ventana. y al rato, entre las intermitencias de mirar y no mirar por la ventana, de forjar una línea más a la novela eternamente inconclusa, sucede algo.  afuera, comienza una suave lluvia, que ronronea sobre el asfalto con un no sé qué de sensualidad que debe venir quien sabe de la lentitud de las gotas, quien sabe desde la tersura del murmullo de las hojas del arbol de enfrente, mecida apenas por un viento que existe tan poco que casi es aire quieto.

11.10.10

madrugada y Bukowski


Entonces, esto soy yo. Cenando solo a las 6 de la mañana de un lunes feriado. Las persianas bajas, para postergar la noticia de las primeras luces. Cociné una milanesa de pollo con papas fritas congeladas. En la mesa, el arroz que J. abandonó hace horas (J. en la habitación de al lado, duerme, después de haber vomitado todo el domingo). No hice ni concibo la posibilidad de tener ganas de empezar a hacer todo lo que tengo que hacer. Los mails por responder me cansan en su prefiguración. Ni siquiera el ánimo como para escribir una línea de nada. Y ni siquiera es tristeza - eso es lo peor. Es la serena apatía de la inercia. La dolencia de la futilidad: esa monotonía circular y calma que se instala después de haber sentido lo innecesario que es todo. Las milanesas están bien - las hizo mi abuela, y habitaban el freezer un tiempo incalculable. Como sentado en el sofá. Los aderezos (mostaza, mayonesa, barbacoa) apoyados sobre los blisters vacíos de buscapina y dos sobres de uvasal que tuve que ir a comprar al chino a media tarde aun cuando me había propuesto no salir a la calle hoy. Estoy viendo un documental sobre Bukowski. Born into this. Lo bueno es que compila centenares de filmaciones de Bukowski y no se trata de un manojo de conocidos diciendo lo grande que era ahora que está muerto. Y en una entrevista que le hicieron en 1983, le preguntan cuál es tu definición del amor. Y Hank prende un puro, y contesta:

- Love is a fog and it burns with the first daylight of reality.

Entonces tengo que dejarlo en pausa, venir, y escribir esto. Casi no me distrae el caos que impera en el escritorio - cuento, un poco de casualidad, los libros apilados desprolijamente y que tampoco transitaré ni restituiré a su lugar: 19) Y cuando vuelvo, Modigliani se ha comido buena parte del último resto de milanesa. Y mientras lo veo huir, un poco culposo, ya distingo las luces perezosamente amarillentas del día que comienza. Y siento un poco de nauseas. Por esto de esar vivo. Y que no signifique nada. Y me digo que tendría que hacer una escala en la habitación, y ver cómo esta J.

22.8.10

la última conferencia de Fogwill





Fogwill


I
Llego a casa pasadas las 5 de la mañana. Fui al cine (“inception”, de Nolan: muy bien: siempre me agradan las cosas que tienen dentro cosas que tienen dentro etc) y a cenar. Viajo parado de regreso casi todo el viaje (gansos que van a flores a bailar). Y cuando llego, mientras me estoy cambiando leo de refilón en feisbuc que murió fogwill. Y paro.

II
Me siento en la cama. No sé si es tristeza. J. me pregunta si me puse mal. Le digo que no sé. Que lo que pasa más que nada es que estuve con él la semana pasada. Que si bien estaba vestido como un homeless y protestaba por todo se lo veía activo, visceral. J. se da vuelta y se tapa. Supongo que sabe que va a dormir sola. Se queda dormida rapidísimo.

III
En Montevideo. En el festival ñ. Allí lo vi a Fogwill. Su conferencia era lo màs esperado, y fue el punto más alto de todo el festival. Una de las chicas que trabajan para el consulado de España me contó que Fogwill las estaba volviendo locas a todas. Pedía rarezas, se quejaba por todo, las miraba libidinosamente, etc. El Charly García de la literatura.

IV
La ultima vez que lo ví fue el sábado 7. En el bar del consulado. Me miró un par de veces pero no me animé a acercarme. No otra vez. Estaba almorzando con Arturo Carrera. Después los llamaron y viajaron para buenos aires. A los 10 minutos Arturo Carrera vuelve. Se había olvidado una bolsita en la mesa. Yo me dediqué a mi medialuna con jamón y queso.

V
Y hoy resulta que tengo en este mismo aparato con el que escribo ahora la ultima conferencia de Fogwill, que presencie en vivo en la primera fila. Y eso que grabe un poco como souvenir se vuelve de repente un documento de relevancia vital. Y a pesar de que casi son las seis, me pongo a escucharlo otra vez. Ahora habla desde el mas allá. Y sus palabras cobran otro valor. Es como un mensaje desde otra orilla. Y aun así es muy gracioso, y a pesar de sentirme mal, o raro, me río un par de veces.

VI
Una profesora del cbc, de semiología me pasó chica punk. Muchísimos años pasaron. Se llamaba Mariana. Me agradecía que yo escribiese sobre cualquier cosa, porque decía que corregir 70 veces lo mismo era uno de los círculos infernales de Dante. Me acuerdo que me lo mandó por mail. El archivo se llamaba “fofo”. No sé dónde estará Mariana hoy. Me gustaría decirle hola.

VII
Cuando termina la conferencia, me quedo. La gente se va dispersando. Algunos se acercan, tímidos. Nunca se sabe cómo reaccionará Fogwill. Veo en temor en los rostros. Me retraigo, y decido esperar a que se sosieguen las voces y los vaivenes. Estoy ahí, con mi librito. Lo escucho tratar de levantarse a toda mujer que pase cerca – sobre todo si andan por los veinte años. Tiene un par de libros suyos, de cuentos. La antología de Alfaguara. Firma uno y se lo regala a una chica. Le pide el nombre a otra, para regalarle otro, y ella dice que ya lo tiene. Un gordito medio pelado aparece desde atrás y dice que él no lo tiene. No lo tenés?, dice Fogwill. Bueno, compralo, pibe. Los libros solo los regalo a chicas lindas.

VIII
Se acercan organizadores y le dicen donde hay que ir, donde hay que comer, cual es el itinerario del día siguiente. Los fleta rápido. Se está haciendo pis. Maltrata con gran diligencia a quienes quieren hablarle y huye al baño. Cuando vuelve está de mejor humor. Le ofrece a una chica que lo acompañe al hotel. Centroamericana, morocha, no está mal. Ella se ríe y dice que no. El hace una broma. Cuando se va, y él queda solo, me acerco. Le doy el libro, le digo que soy de Buenos Aires, que ni siquiera hace falta que lo leo. Se queda unos segundos mirándolo, y asiente con la cabeza. Qué linda tapa, dice. Y qué buen título. Dejame tu mail. Le escribo el mail en una de las primeras páginas. Tengo, por supuesto, ninguna esperanza de que lo lea. Se lo llevan los organizadores. Fin de la historia del libro.

IX
Me pregunto: ¿quién heredará su biblioteca? ¿qué será de los renglones subrayados por Fogwill? ¿y dónde ira a parar mi librito, si es que llegó al olvido de la biblioteca sin haberse extraviado antes en algún recoveco montevideano? No sé. Ya no importa.

X
Amaneció. Ni siquiera me dí cuenta de los matices del cielo. Los pájaros enloquecen. Los gatos vienen y me piden comida. Está cálido. Probablemente llueva. Pienso en mí, en todas las cosas inconclusas de mi vida. Fogwill me interrumpe, cantando una vieja canción uruguaya. Me duele el estómago. El costo de mis excesos. Pero no tengo tiempo para el ritual melodramático del dolor. Tomo dos buscapinas y trato de ignorarlo. Busco, algún programa que me permita subir la conferencia de Fogwill. Pruebo un par, pero no me sirven. Me piden mi tarjeta de crédito. Ni loco.

XI
Suena un celular. Fogwill (que estaba hablado de Mallarmé) calla y mira a la audiencia y dice: - el que tenga un celular, por favor dejelo prendido; es maravilloso que estemos comunicados. Todos ríen. Cuando sepa cómo, subiré la conferencia.

XII
Voy a la cocina, abro la heladera. Encuentro los restos felices de la picada de ayer. La voz de Fogwill viene desde la habitación. Prendo un fósforo para hacerme un café. Pero pienso que el café no le sienta muy bien a la picada. Y mientras pienso esto el fuego a avanzado por el fósforo. Pero antes de temer quemarme, antes de moverme para apagarlo, el fuego, leve, se consume de pronto. Y solo deja detrás un cadáver chamuscado.

XIII
Y después me acuerdo de esto: cuando terminaba la conferencia, Fogwill pedía, insistía, casi rogaba que le hiciesen preguntas. De lo que fuese. Queria hablar. Queria seguir hablando. Dialogar. Hubiese hablado toda la noche si la audiencia uruguaya no hubiese sido tan correcta. Y esa imagen me entristeció mucho. Fue su ultima conferencia y él quería seguir hablando. Pero nadie le preguntó nada. Dijo de leer su poema sobre los malos poetas, en la versión sin censuras. Pero el público no reaccionó. Después del incomodo silencio, dijo bueno, basta y terminó todo. Yo tampoco le pregunté nada. Y me apena haber colaborado con el fin de esa conferencia. Pobre Fogwill. Espero que le den excusas para hablar. Donde sea que esté.


Me voy a dormir. Prefiguro el cuerpo cálido de J. entre las sábanas. Me pesa horrores tener que ir al baño y lavarme los dientes.

13.8.10

Cruza el charco, hasta Montevideo, para asistir al festival literario eñe. Lo que realmente aprecia de viajar son, como dice Vincent Vega, las pequeñas diferencias. Con el tiempo, descubre un placer sutil y a la vez identitario por las listas que recogen estos detalles; por ejemplo:

• las peatonales del microcentro están todavía desiertas pasadas las 9am. Todo comienza lento, y más tarde.
• en todos los restaurantes donde fue, le dieron una mostaza amarilla y muy liquida. Rica, pero distinta.
• el centro esta lleno de gatos (allá, en cambio, perros).
• la sprite tiene otro sabor. Más limonado, similar a la 7up. Después de corroborar esto no pidió mas sprite.
• todos los lugares tienen un extraño enchufe de tres patas de punta circular alineados uno al lado del otro. Grandes dificultades a la hora de enchufar cosas. El primer día ya se queda sin celular.
• en burguer king tienen coca-cola y no Pepsi.
• no hay semáforos en el microcentro. Se asombra ante el respeto sagrado que los conductores le otorgan a la cebra. Basta tener la leve intención de cruzar una calle que ya se ha detenido la ciudad.
• los niños de primaria van al colegio con una netbook.
• no suele haber estufas. Le dijeron que el gas es muy caro. No logra razonar cómo se puede convivir con semejante frío.
• los baños de los lugares públicos están limpios. - esta hipótesis, con el pasar de los días, no se sostiene.
• los puestos de diario son rojos.
• los mendigos son amables.
• los taxistas les dan la propina a los que abren las puertas, y para bajar las ventanas hay que pedirle al chofer.
• la presencia del río – que ellos llaman mar y razón no les falta – vuelve a la existencia más tolerable.
• en lugar de decir “che”, dicen “bo”.
• la tv es la misma, el star system es el mismo.
• a las 22hs, la existencia cesa.
• los alfajores son más ricos y artesanales.
• la predisposición para la tristeza se sostiene: es un síntoma rioplatense,
• tiene que hacer un esfuerzo para sentir que está en otro país. Sólo la persistencia de las imagenes de Forlán le acerca esa noción.
• etc. 

4.8.10

cuaderno de viajes imaginarios

 en la previsión de los derrumbes inminentes

Estancado en un bar de mala muerte, preso de la incertidumbre de carecer de wifi, literalmente anclado por un equipaje demasiado pesado como para poder irme, aguardo - mientras algunos homeless afuera se organizan para esperarme sigilosamente - a que un llamada resuelva mi situación. Mi celular tiene poca batería y dependo de el. Lo apago y lo vuelvo a prender. La situación es simple: si esa llamada llega s mí, estoy salvado. Si no llega, no. Sin embargo, la simplicidad del asunto no me contenta y desperdicio mis pocas energías en teatralizar la ansiedad de los diversos infortunios en los que puede devenir mi condición.
Y a todo esto, escribo. Que otra cosa podría hacer? Llamar a alguien! grita el lector compasivo. Es una ciudad extranjera, no sé a quien llamar. La única persona que conozco esta en alguna parte de la ciudad, moviéndose, irrastreable - tal vez acercándose a mi (pero cómo si no le pude decir donde estoy?) tal vez haciendo cualquier otra cosa, habiéndose olvidado de mi -. El bar va a cerrar pronto y seré expulsado al centro de la madrugada donde ni siquiera el rastro de un camino es discernible y refugiados por las tinieblas los mendigos que me espían ya no necesitarán sus apariencias humanas. ¿Qué significa escribir en este caso? Bueno: que todo ya ha fallado, que ya no queda ni siquiera la esperanza (solo la espera, de la que la escritura es una de sus formas), que no vale la pena intentar una acción - ni siquiera en el imaginario - para evadir la catástrofe, que ya hemos capitulado nuestras fuerzas, que no queda nada salvo que algo extraño, inesperado, poco convencional irrumpa y nos libre. Y como eso es improbable, existe la escritura. Plegaria y a la vez claudicación. Como el soldado que se hace el muerto entre el lodo de la noche y se acurruca tratando de moverse entre sus compañeros muertos para no ser detectado: así se escribe a veces. No se espera algo. La espera - vana, imprecisa- es simplemente lo único a qué aferrarse. Y como por sí misma es desesperada, hay que llenarla con algo. A veces, la escritura.

1.8.10

fetch



Repasando estos cuadernos he notado que firmé con ese nombre, Debret Viana.




Antes de empezar a escribir Infimos Urbanos, yo era él. Ahora, releyendo, noto que tiene sus propias formas, su psicología, sus modos y trampas, sus vicios y sus redenciones, su respiración, en fin: sus rasgos particulares. Diferente de mí, pero no enteramente lejano, es como una aparición que queda grabada en la hoja, como un estado de ánimo que habla, y cuando cesan sus verbos, se desvanece. Algo que, sin ser yo, en mí surge y se evacua en textos. 




Su sintaxis – muy otra que la mía – se ha apropiado, sin embargo, de algunos detalles de mi propia vida. Hoy, no sin cierto horror, debo enfrentarme a una suerte de duelo con un doble (el horror sensato de comprender que ambas partes constituyen el equilibrio de una balanza, y que de exiliar a una de ellas, todo se desmoronaría)... Si esas cosas componen – como de hecho lo hacen – a Debret Viana, ¿entonces qué queda para mí? Si él ya es eso, yo no tengo más remedio que ser otro.

¿Pero quién?

Me siento como quien fue a un baile de disfraces, y en el tumulto perdió, no su máscara, sino su rostro. Y ahora no hace más que esforzarse en llegar a ser la máscara que le queda, mientras se oculta detrás de tibias improvisaciones que no logran ser una personalidad, simplemente como una forma de disimular que no se es nadie, que se esta repentinamente vacío, que, en medio del ajetreo, por alguna confusión, extravié las cosas que era y ahora no queda más que empezar a urdir un rostro otra vez, a practicar gestos en la soledad nocturna de la habitación hasta conseguir un lugar donde ocultarme y una manera de enunciar mi tristeza que no sea ya un tic de Debret Viana.

13.4.10

bit

Fui el sábado a cenar y terminé en el patio de comidas de un shopping. Mientras buscábamos un lugar donde sentarnos, en la degradante pose de acarrear una bandeja para todos lados (sin duda una de las situaciones más humillantes de la posmodernidad) el engendro químico que sustituye al alimento se enfría, y regresa a su forma de pasta pestilente: en los patios de comida al comida sostiene su apariencia de comida solo en tanto esté calientes; luego, participa de lo fétido y de lo rumiante. Y, ahí, mirando las personas de ese recinto, tuve una revelación: es peculiar como en el centro de una sociedad que posterga, olvida, niega, excluye a sus ancianos fue necesario un patio de comidas de un shopping para darles otra vez sentido y utilidad, para devolverlos al mundo de la acción, para encastrarlos nuevamente en el engranaje social. Ahí estaban, cada abuelo solo y senil sentado en una mesa de 5 sillas vacías, custodiando los lugares de la familia que había ido a comprar la cena. Finalmente, después de un largo letargo orbitando en la superfluidad, los ancianos volvían a servir para algo.

23.2.10


Es noche - un determinado momento del tiempo al que suelo referir con un número -, y llueve. Y yo viajo a través de la lluvia en un rectángulo con ruedas sobre el suelo asfaltado (liso, profiláctico, sanado de sus imperfecciones) debajo del cual estuvo una vez el planeta. Me dejaron subir a cambio de un símbolo, inscripto de algún modo en metales redondos.

Vivir es rarísimo.

9.1.10

las verdaderas aventuras de Debret Viana



I
Lo cierto es que yo siempre quise ser batman. Y eso, bueno, no se dió. Infinidad de cosas no confluyeron, y terminé no siendo batman. No tuve la aptitud física ni la voluntad de entrenar un método. Nadie cercano ni significativo murió violentamente ante mis ojos como para empujame a dar el salto de perder el prurito de la razón y encapucharme para combatir el crimen. Y – probablemente sobre todo – nunca fui rico como para poder financiar semejante actividad. (Esta bien: si realmente hubiese tenido ganas, me hubiese puesto de sombrero una bolsa de consorcio y con el primer palo que encontrase hubiese tratado de dar pelea, pero simplemente no sucedió). Era solo natural que con el tiempo esa frustración hiciese de mí un escritor. Batman es un detective, y un detective está a dos pasos (como lo prefiguran las novelas policiales y los thrillers) de ser un escritor. Me comprometí con mis posibilidades reales. Del mismo modo que muchos pretendientes de psicólogo se asumen simplemente pacientes.

II
Lo triste es que ser escritor implicó extraerme del centro del escenario y limitarme a oir los rumores de la vida detrás del telón. Es el costo, y lo pagué (el astigmatismo, la mala postura, la propensión a la noche, la flaquísima cuenta bancaria: son todas cosas que vienen con ser escritor). Es natural. batman no puede narrar su historia (ni ninguna otra: esta bastante ocupado viviendola). Toda narrativa propia surge, sino a manos de otro, mucho después. Como un racconto. Se trazan las coplas de la mujer perdida precisamente porque no está. Las cosas que no están son susceptibles de ser narradas. Cuando están, su fulgor es tan obnubilante que ocupan el presente. Hay que eligir: vivir o escribir. La gente vive, entre ellos los grandes hombres. El escritor, escribe. El escritor, excento del ajetreo de la acción, puede darse al lujo compensatorio de la escritura (alguien tiene que hilvanar la dispersión de la época). El Quijote no podía escribir su historia, ni Hamlet – que lo sabe bien y por eso compromete a Horacio con el fardo de la narración. Los grandes hombres de la historia son, al final, personajes literarios (como Cristo, Batman o Napoleón). Viven – en el imaginario de un tiempo, o de un pueblo – y son la excusa para que un escritor llene páginas: lo único que quedará al final.

III
Yo quería ser batman. No pude. Ni siquiera lo intenté. Fracasé de antemano, mientras lo imaginaba. No puede resolver cosas muy básicas: el trabajo, la ropa, el estacionamiento. Hubiese sido un superhéroe muy tercermundista y notablemente breve. Como la vida ya no tiene gracia (si no puedo ser batman no tiene gracia) vivo dentro mío. Imagino historias, o simplemente palabras -no siempre tengo historias, entonces solo digo palabras: tienen la rara tendencia de acomodarse solas de un modo que genera la ilusión (casi) de una lógica. A veces todavía imagino que soy batman. Pero no llega a ser una historia. Apenas ráfagas de imágenes diluídas (la mayor parte de mi tiempo transcurre entre ficciones que se principian y se malogran). Desisto pronto, porque es muy triste ficcionalizar las propias ilusiones derrumbadas – en fin, a uno mismo.

-

17.5.08

je ne sais quoi

Es de noche, y por supuesto no consigo dormir, aun cuando siento, de tanto en tanto, una cierta pesadez a un costado de la conciencia, que viene como una brisa gélida y es el reflejo de que mañana he de levantarme muy temprano y tendré muchas cosas a través de las que arrastrar mi cuerpo, que tiembla ahora de un cansancio anticipado, que no tengo pero que vislumbro cada vez que siento la hora hostil que marca la infantil insurrección de mi desvelo.

*

Alterno el dolor de muelas con una novela policial de Nicholas Blake, y la novela con la ventana que da a la calle donde en la esquina una gata negra investiga las basuras de los vecinos, o con la tv, de a pantallazos fugaces, una película vieja en un canal retro que sigo poco, pero que me interesa al menos como puerto donde encallar mi vocación por la distracción (me distraigo del dolor de muelas con la novela, de la novela con la ventana, de la ventana con la tv, etc) y vuelvo, para amedrentar los vagos placeres de las ficciones, a un libro de filología rumana – un texto duro - que rastrea las vicisitudes y quehaceres de un tal Vlad Tepes, que las leyendazas populares inmortalizarían en Drácula (que significa demonio en rumano, pero, como ya sabemos, vampiro y demonio son, en muchas culturas, intercambiables). Y en medio de todo eso, en alguno de esos vaivenes y errabundeos sin método, sin disciplina, sin necesidad, doy con un librito de la biblioteca (un diario de un sociólogo) y encuentro, al abrirlo en cualquier parte (gesto melancólico y, a la vez, devoto) un fragmento que envidio. Un fragmento que restituye para mí el relampagueo del fragmento en su fulgor más delicado y embriagador:

Dentro de diez años, seguiré sin saber el color de los ojos de ese rostro. Pero lo veo en la calle, en los sueños, transparentándose en múltiples rostros que de pronto comienzan a parecérsele.

*

Goce del fragmento. De la palabra arbitraria. De aquello que me sugiere algo inaprensible; que cierra una historia y a la vez abre mi ensueño: que no se bifurca, que no sigue sendas que construye, sino que se extasía allí en el vértigo dónde se abren líneas de fuga que no seguiré, pero de las que me llega un no sé qué de sus fragancias efervescentes, diluidas en suave pirotecnia que se ausenta lentamente, como una bella mujer en un bar con la que cruzamos miradas y ahora dejamos ir sin decirle nada, (para poder soñar las cosas cuestan su ausencia).

*

Tal vez duerma un poco, después de todo.


///

3.10.07

akédestos

un hombre que concierta ficciones

paga con el naufragio

de todas sus realidades.





Hoy, que ya he llenado demasiadas páginas (ansiando la dicha de algún día ser sustituido por ellas), y sacrificado todo, no tengo más remedio que seguir imaginando – seguir escribiendo ficciones – para tener qué subir al altar, para tener algo que desangrar. Es el vicio de la escritura el que, en su absoluta inutilidad, habrá de nombrarme. Desisto, como quien se quita unos zapatos demasiado apretados, de mi lado de afuera. Las tantas palabras desparramadas no son otra cosa que la desprolija procesión funeraria entre dos vigilias. Mi funeral es algo que ya pasó: llegué tarde, arrojé crisantemos oscuros sobre mi pecho inmóvil con el gesto de quien deja una maleta; subí la colina de la Nada como quien ha roto los bolsillos justo en el momento en que el poniente nacía; como quien, sentado en el invierno en una parada de colectivo recuerda la textura de un pullover de la infancia, yo, con cuatro palabras, empecé a labrarme un alma: me queda grande y me queda chica, y todavía entra algo de frío por las rendijas que dejan mis sueños al parpadear, pero algunas cosas - tal vez en su centelleo tímido de mariposa herida que cruza un abismo - sonaron lindas.

///

picture: William Blake;

elisha in the chamber on the wall

24.7.07

"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"


one night stand






Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).


(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?


(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.


(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.


(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.


(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.


(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.


(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.


(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.

21.7.07

polaroid

Pasó caminar por las calles laterales del centro cuando atardecía después de haber sido abducido por millares de trámites. Y ver todos esos bares, diminutos, 7 por cuadra, tan tentadores, todos tan distintos entre sí, algunos con un tinte decadente, otros antiguos, otros supermodernos con todos de plástico. Deseo sensual de pasar muchas tardes esta tarde en cada uno de ellos, imaginar lo bella que sería la calle horrible por la que paso desde esa mesa que da a la ventana, soñar también con un viaje a esos bares, dedicar meticulosamente las horas a pasar por ellos, a tomar un café o un submarino, y simplemente quedarme allí, leyendo un diario, o viendo las cosas pasar sin más pretensión que su melancólica evanescencia. Y sentir, por primera vez en todo este mes de pérdidas e irreversibilidad, ganas de escribir. No llegar a hacerlo porque me esperaba una mujer en la entrada de un subte y yo estaba llegando tarde, y porque desandar el camino hasta el bolsillo donde guardo la lapicera me pareció fatídico.

7.6.07

cable desde el backsound (prefiguración de relevancia)



Son las 4.47 am. No encuentro las palabras para terminar un relato (sé que se llamará El otro; sé de su trama y adivino su cadencia, pero no doy con palabras etéreas que sugieran lo que no quiero decir). Cansado de pensar, me distraigo tomando libros de la biblioteca ubicada junto al escritorio. Estoy sentado en una silla con ruedas. Me deplazo, tomo un libro, leo un fragmento, lo dejo y tomo otro. Lánguidamente, reitero la ceremonia. De fondo, la tv está prendida: backsound. Pasé por Lorca, Unamuno, Camus, Pasolini, Dostoievski, Salinger, Deleuze, Gogol, y llego a Ionesco. Su diario. Paso las hojas, leo un fragmento (hay una anotación sobre el margen, dice “el yo”); el fragmento dice así:


“Releo unas páginas de mi diario íntimo. Escribir diarios íntimos es, según parece, sucumbir a una tentación individualista condenable. En realidad, el es un . Es decir, estoy determinado a ser lo que soy, a pensar como pienso, por condiciones objetivas. Estas condiciones objetivas son vividas por todo un grupo social (...)”.


Interrumpo la lectura, pronuncio, en silencio, la palabra “conciencia”. Esto lo hago muy lentamente. Lo hago para evocar esa añeja teoría que dice que un escritor no es más que la expresión de una conciencia (que claro, no es poco). Sin quererlo, soy atraído por las luces de la tv (víctima de la contemporaneidad, qué más que rendirse al hechizo lumínico del espectáculo del desmoronamiento...). Una actriz levanta la vista del libro que está leyendo, y mira a cámara, guarda silencio (¿un segundo?) y dice "conciencia".


( “...conciencia...” )


Quedo helado. La reconozco, al rato. Es Alphaville, de Godard. Siento que ha sucedido algo. Y como no sé bien qué, escribo esto.
Y cuando termino de escribir esto, me voy a ver el final de Alphaville.
///

26.5.07

Tedium Vitae



Nocturama, adrift


Tener 25 años, tener el invierno del lado de afuera de la ropa y del lado de adentro, abrir la puerta del balcón, quedarse viendo los leves matices de la luz de la madrugada en el asfalto vacío donde nada pasa, salvo a veces una reseca hoja otoñal, arrastrada por el bajo aliento nocturno, o un gato, que cruza la calle y dobla la esquina, contarse a uno mismo, frente al espejo de la espesa tiniebla de las dos de la mañana, la manera en que se perdieron las cosas perdidas, enumerar, junto al susurro de las hojas que mueve el viento gélido, las cosas que no se dijeron a tiempo, ver como ahí ya empiezan las tres de la mañana, que suene el teléfono y un amigo nos cuente que otro amigo encontró en un bar del centro a una mujer que quisimos y extraviamos hace tres años entre las diversas rutinas de los días, colgar y tararear una canción lejana para no pensar tanto en todo lo que se desmorona y recordar que esa canción tenía algo que ver con esa mujer, y pensar que esa mujer es hoy una desconocida, y pensar los silencios que habitamos juntos mientras el tiempo era un juguete inútil tirado en el suelo, al lado de la ropa y la vigilia, preparar un café, volver al balcón, buscar en el lenguaje la enunciación de sensaciones que no sentimos, ver las nubes en el cielo y descubrir las mismas figuras siniestras que forman las ropas que se dejan dispersas en la habitación cuando se miran desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño, saber que no llueve, y que mañana tampoco lloverá, y que si lloviese sería lo mismo pero al menos habría algo qué mirar, un genuino espectáculo evanescente, y pensar que decir esto es como ansiar el llanto para que sus aguas distraigan del tedio de la vida vista con los ojos del invierno de la tres de la mañana de un balcón que da al vacío sustancial de una calle pétrea, pasa un auto y verlo pasar, hundir los ojos en el silencio que deja cuando desaparece en la distancia, decirse pasa, como todo, y oracularmente presentir la gente que mañana caminará esta calle como peones lúdicos en el ajedrez trivial de las infinitas veredas de enfrente del universo ritual, ver, en la desdibujada lejanía la autopista y saber que pasan autos aunque no los vea como se sabe que la vida ocurre del otro lado del desasosiego estéril que retiene el cuerpo entre sus sabidas prácticas cotidianas, siempre más acá del deseo, distraerse con el recuerdo de una frase que se leyó en el día, prender las luces de la casa porque hubo un ruido (de pasos, de madera seca), darse cuenta de que era la tv, que quedó encendida, ver la marea azulada que adormece las paredes, es una película de Woody Allen (Manhattan), sonreír cuando a Woody Allen otra vez lo deja Diane Keaton a pesar de saber la película de memoria y recuperar de algún lugar poco visitado del pasado esa misma sonrisa que se tiene a los diecisiete años, mientras se ve la película por primera vez, apagar la tv porque es tarde, porque mañana, preguntarse ¿en qué momento fue que me volví real?, preguntarse ¿dónde comenzó el agujero por donde huyó el tiempo grácil de una amena templanza que solo tuve en la memoria y una vez en el ansia?, y responder irónicamente alguna cosa agraciada pero falsa y presentir el dolor de tener que ser irónico siempre, entrar en la habitación, entrar en la cama, ver todavía en la oscuridad la figura en el techo de las manchas de humedad, sentir la fatalidad que tiene saber que seguramente habrá de amanecer, y que hay que pagar la cuenta de teléfono, y pasar por el mercado para comprar galletas y milanesas y papel para el baño, y la tristeza, la tristeza.
_________
la fotografía, de Debret Viana,

23.2.07

algunos rasgos melancólicos para una estética de la lluvia

Supuse que las lluvias tenían una melodía, irredenta y desprolija, que en el ajetreo de estar vivos perdemos, sustituyéndola por un monótono repiqueteo de sintaxis grisácea. Tristemente, nuestra condena a la inercia calla la magia que las cosas extienden: hemos sumado nuestras horas de vigilia, y con lo inerte de ese resultado, sentenciamos al universo. Quise, por una vez, desentenderme de la intrascendencia de un cuerpo hastiado que corta la luz del tiempo, vanamente, y salvar de su destino cloacal algunas de las gotas de la tormenta que atrasó un poco a Buenos Aires de su velocísimo ritmo errante. Las letras no me alcanzaban para capturar ese sonido (lo supe, y cerré el cuaderno, que además se mojaba, inútil), y salí con la cámara a sentir la lluvia en los ojos (utopía del poeta: que su piel sea la piel de la retina): me sirvió de poco, pero quedó este tímido registro de imágenes (como quedan debajo de las uñas del náufrago residuos furtivos de la vida real, la madera del barco): imágenes que, de alguna manera, hilvanan la piel de una lluvia que ya, como todo, se secó.


La intrascendencia carece de los acordes violentos de la tragedia; la memoria no sabrá desaparecer lo que nunca la intervino........................
...Iremos cayendo, más tarde o más temprano, en el abismo sin abismo del olvido sin olvido.

21.1.07

decálogo del nostálgico empedernido



La torpeza de haber regresado al mismo lugar donde ayer estuve con X. Vivamente sentir las pequeñas cosas que ella hacía (recostar su cabeza sobre mi hombro, tomar mi mano – que se encontraba con la de ella, con ternura, por primera vez, en una danza suave y llena de torpezas encantadoras -, buscar la complicidad de mi mirada con la suya cuando una broma de Dolina le gustaba mucho, cambiar constantemente de posición, retarme por tirar al suelo el papelito de los caramelos, no creerme cuando le dije que lo hacía para prevenir el desempleo de los trabajadores de limpieza, defenderse aparatosamente del derrumbe del sueño, etc). Extraña nostalgia del día anterior, llena de gestos que todavía no se desintegraron por completo: es visible su figura subiendo las escaleras del teatro, yendo al baño, mientras yo cuidaba su cartera; es una sensación exterior – física - la ausencia de su cuerpo que temblaba entre mis brazos, que malograban un torpe combate contra el vigor enardecido del aire acondicionado. Me codeo, esta noche, con las etéreas formas que representan las escenas que ayer protagonicé (y percibo, en el tono de sus inflexiones, tal vez, un hálito de ironía).

( )

Una idea terrible: se trata de la presencia de la ausencia, la burla de mi soledad que escenifica el pasado (esta vez viril, y, no como siempre, lánguido, librado al capricho de mi actualidad), que, aun no mediado por la literatura de la memoria, mueve los títeres del ayer con severa malicia

*
Y pensar, cuando cruzaba Corrientes, que todavía me queda el viaje en colectivo, harto de espectros.

///

(Acaso por esto valga la pena protegerse de la vida: para evitar la venganza de las cosas que no supimos retener, que fantasmatizadas sobrevuelan el descontento de nuestra vida)