15.7.11
un gordo pelirrojo con boina verde.
5.1.11
nada
11.10.10
madrugada y Bukowski
22.8.10
la última conferencia de Fogwill
13.8.10
4.8.10
cuaderno de viajes imaginarios
1.8.10
fetch
Repasando estos cuadernos he notado que firmé con ese nombre, Debret Viana.
Antes de empezar a escribir Infimos Urbanos, yo era él. Ahora, releyendo, noto que tiene sus propias formas, su psicología, sus modos y trampas, sus vicios y sus redenciones, su respiración, en fin: sus rasgos particulares. Diferente de mí, pero no enteramente lejano, es como una aparición que queda grabada en la hoja, como un estado de ánimo que habla, y cuando cesan sus verbos, se desvanece. Algo que, sin ser yo, en mí surge y se evacua en textos.
13.4.10
bit
23.2.10
9.1.10
las verdaderas aventuras de Debret Viana
17.5.08
je ne sais quoi
Es de noche, y por supuesto no consigo dormir, aun cuando siento, de tanto en tanto, una cierta pesadez a un costado de la conciencia, que viene como una brisa gélida y es el reflejo de que mañana he de levantarme muy temprano y tendré muchas cosas a través de las que arrastrar mi cuerpo, que tiembla ahora de un cansancio anticipado, que no tengo pero que vislumbro cada vez que siento la hora hostil que marca la infantil insurrección de mi desvelo.
*
Alterno el dolor de muelas con una novela policial de Nicholas Blake, y la novela con la ventana que da a la calle donde en la esquina una gata negra investiga las basuras de los vecinos, o con la tv, de a pantallazos fugaces, una película vieja en un canal retro que sigo poco, pero que me interesa al menos como puerto donde encallar mi vocación por la distracción (me distraigo del dolor de muelas con la novela, de la novela con la ventana, de la ventana con la tv, etc) y vuelvo, para amedrentar los vagos placeres de las ficciones, a un libro de filología rumana – un texto duro - que rastrea las vicisitudes y quehaceres de un tal Vlad Tepes, que las leyendazas populares inmortalizarían en Drácula (que significa demonio en rumano, pero, como ya sabemos, vampiro y demonio son, en muchas culturas, intercambiables). Y en medio de todo eso, en alguno de esos vaivenes y errabundeos sin método, sin disciplina, sin necesidad, doy con un librito de la biblioteca (un diario de un sociólogo) y encuentro, al abrirlo en cualquier parte (gesto melancólico y, a la vez, devoto) un fragmento que envidio. Un fragmento que restituye para mí el relampagueo del fragmento en su fulgor más delicado y embriagador:
Dentro de diez años, seguiré sin saber el color de los ojos de ese rostro. Pero lo veo en la calle, en los sueños, transparentándose en múltiples rostros que de pronto comienzan a parecérsele.
*
Goce del fragmento. De la palabra arbitraria. De aquello que me sugiere algo inaprensible; que cierra una historia y a la vez abre mi ensueño: que no se bifurca, que no sigue sendas que construye, sino que se extasía allí en el vértigo dónde se abren líneas de fuga que no seguiré, pero de las que me llega un no sé qué de sus fragancias efervescentes, diluidas en suave pirotecnia que se ausenta lentamente, como una bella mujer en un bar con la que cruzamos miradas y ahora dejamos ir sin decirle nada, (para poder soñar las cosas cuestan su ausencia).
*
Tal vez duerma un poco, después de todo.
3.10.07
akédestos
un hombre que concierta ficciones
paga con el naufragio
de todas sus realidades.

Hoy, que ya he llenado demasiadas páginas (ansiando la dicha de algún día ser sustituido por ellas), y sacrificado todo, no tengo más remedio que seguir imaginando – seguir escribiendo ficciones – para tener qué subir al altar, para tener algo que desangrar. Es el vicio de la escritura el que, en su absoluta inutilidad, habrá de nombrarme. Desisto, como quien se quita unos zapatos demasiado apretados, de mi lado de afuera. Las tantas palabras desparramadas no son otra cosa que la desprolija procesión funeraria entre dos vigilias. Mi funeral es algo que ya pasó: llegué tarde, arrojé crisantemos oscuros sobre mi pecho inmóvil con el gesto de quien deja una maleta; subí la colina de la Nada como quien ha roto los bolsillos justo en el momento en que el poniente nacía; como quien, sentado en el invierno en una parada de colectivo recuerda la textura de un pullover de la infancia, yo, con cuatro palabras, empecé a labrarme un alma: me queda grande y me queda chica, y todavía entra algo de frío por las rendijas que dejan mis sueños al parpadear, pero algunas cosas - tal vez en su centelleo tímido de mariposa herida que cruza un abismo - sonaron lindas.
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picture: William Blake;
elisha in the chamber on the wall
24.7.07
"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"

Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).
(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?
(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.
(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.
(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.
(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.
(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.
(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.
(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.
21.7.07
polaroid
7.6.07
cable desde el backsound (prefiguración de relevancia)

Y cuando termino de escribir esto, me voy a ver el final de Alphaville.
26.5.07
Tedium Vitae

3.3.07
23.2.07
algunos rasgos melancólicos para una estética de la lluvia
21.1.07
decálogo del nostálgico empedernido
La torpeza de haber regresado al mismo lugar donde ayer estuve con X. Vivamente sentir las pequeñas cosas que ella hacía (recostar su cabeza sobre mi hombro, tomar mi mano – que se encontraba con la de ella, con ternura, por primera vez, en una danza suave y llena de torpezas encantadoras -, buscar la complicidad de mi mirada con la suya cuando una broma de Dolina le gustaba mucho, cambiar constantemente de posición, retarme por tirar al suelo el papelito de los caramelos, no creerme cuando le dije que lo hacía para prevenir el desempleo de los trabajadores de limpieza, defenderse aparatosamente del derrumbe del sueño, etc). Extraña nostalgia del día anterior, llena de gestos que todavía no se desintegraron por completo: es visible su figura subiendo las escaleras del teatro, yendo al baño, mientras yo cuidaba su cartera; es una sensación exterior – física - la ausencia de su cuerpo que temblaba entre mis brazos, que malograban un torpe combate contra el vigor enardecido del aire acondicionado. Me codeo, esta noche, con las etéreas formas que representan las escenas que ayer protagonicé (y percibo, en el tono de sus inflexiones, tal vez, un hálito de ironía).
Una idea terrible: se trata de la presencia de la ausencia, la burla de mi soledad que escenifica el pasado (esta vez viril, y, no como siempre, lánguido, librado al capricho de mi actualidad), que, aun no mediado por la literatura de la memoria, mueve los títeres del ayer con severa malicia
(Acaso por esto valga la pena protegerse de la vida: para evitar la venganza de las cosas que no supimos retener, que fantasmatizadas sobrevuelan el descontento de nuestra vida)

