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13.3.07

principio de incertidumbre / un tratado sobre la identidad



apuntes para una gramática de sí mismo



Quizás sea tiempo de vivir
la ilusión de mirarme en ti




I
Turbio en la madrugada insomne, hastiados ya los servicios curativos que desprolijamente reposan en mi habitación, me dejo caer (como cae un pétalo de nieve sobre la nariz de un tigre de java) en los abismos típicos del pensamiento desprendido de su utilidad diurna (probablemente a esos episodios se deba mi escritura: es una praxis que solo puede sostenerse refugiándose en la quintaesencia de la más sublime inutilidad: de alguna manera, que estos devaneos que, lerdamente, van erigiendo una “literatura” no sean prácticos implica una medrosa forma de no-practicar el mundo: retraerse del mecanismo del universo (entiéndase: la vida prescripta, mal guionada por un staff de yupies hollywoodenses) haciendo circular no su oposición (no su histérica rebeldía) sino la evocación de las lejanías que habitan en trincheras calladas en un sepulto rincón de las almas amordazadas de pastillas y rutinas (la neurosis aurática) ) (así de impráctico como el paréntesis anterior: romper la virginidad del papel para decir una cosa, fugarse a la mitad, y terminar diciendo otra, a tientas: sospecho que esa será la arquitectura secreta que ejercita mi escritura: algo que no termina de empezar deviene tropezadamente en otra cosa que no sabe concluirse sin iniciar su propia interrupción, etc: una excursión por el extravío).

I
Como no he de desdecirme de uno de los postulados iniciales de Ínfimos Urbanos (la escritura es una praxis: solo se corrige hacia delante: el siguiente texto reparará el anterior) no tengo más remedio que intentar decir de nuevo lo que antes no dije:
Hundido en la espesa opacidad de la madrugada, agotados los rumbos dentro de mi cuarto, arropado por severos enjambres de innumeras monotonías que zumban inagotablemente en el oído de mi insomnio, ingreso lentamente en la deriva de las ideas, el nebuloso océano de las especulaciones de una tristeza vacante. Y esta vez, regreso al tema de la identidad (como se regresa a un libro dejado sin terminar, en el remoto umbral del tiempo evanescente).

II
Y me preguntaba: ¿cómo es posible que yo pueda dar cuenta de mí si, de las personas con las que trato, soy una de las que menos veces ve mi rostro?¿qué tengo yo que ver conmigo, si ni siquiera tengo familiaridad con las sinuosidades de mi espalda? Conozco a mi espalda como sé que existe China. Tengo de mí apenas una idea interior, como quien, en la siesta, oye distante la lluvia caer sobre los techos en su murmullo delicado. Mi idea interior de mí es tan precoz, frívola e incompleta como lo son las diversas imágenes exteriores que he causado sin intención en las sensaciones de las gentes (cercanas y esporádicas) con las que traté. Yo, envase de mí mismo que sé de mi cuerpo apenas para cubrirlo con ropas o extraviarlo en primitivos goces fálicos. Yo, histérica cápsula de angustias hermética para mí mismo, extranjero desorientado que recorre el territorio de sí mismo meramente por trámites higiénicos, y ayer descubre un lunar que nunca había visto y siente por completo su irremisible distancia de sí mismo (desarraigado incluso de su propia imagen).


III
Extranjero de todo, foráneo de mí (confundir mi reflejo con alguien, discretamente saludarlo con la cabeza, tristezas así), ¿dónde podría sentir al menos la ilusión de un hogar (un lugar donde aplicar la gramática del hogar, su discurso)? He de buscarlo – pensé – en la realidad (eso que hacen los otros y que yo, desde mi orilla lejana, observo como un disperso espectáculo que no alcanzo a comprender). La lógica contemporánea rinde su fe ante la mercancía: pero yo, con dinero, solamente podría comprar los huesos falsos de un hogar, un territorio vacío que mi presencia continuamente deshabitaría. También podría pagar un analista para que ostente su lenguaje teórico sobre mi vida; pero no me tienta ofrecerme como objeto interpretativo, conejito de indias de latigillos interesantes (la literatura ya es la hiperinterpretación múltiple de mí mismo; y es una araña celosa). Agotados los artilugios monetarios (descarté antes de que se me ocurriese comprar cosas para ser – devenir – lo que tengo) me quedaron solamente los otros. Dividí mi imagen reflejada en los otros en: a)el amor, b)la amistad, c)la familia, d)la enemistad, e)los indiferentes - aquellos que conmigo eran transeúntes de la nada -.

IV
Me traspapelé entre los significados y ausencias de significado que inscribí en las retinas de la sensibilidad intelectiva de todas esas personas y gentes (según). Me traspapelé en fotografías imaginarias: captaron una imagen de mi cuerpo en determinada posición y conjeturaron, diversamente, que yo era eso: extendieron mi gesto hasta hacer de él una personalidad (yo no soy, por ejemplo, pensativo: simplemente esa vez me picaba la barbilla). Con la idea del otro, la idea de uno mismo es no más que una serie de malentendidos.
No llegué a ninguna parte, internado en el selvático laberinto babélico de los otros: fui – allí, en realidad – muchas cosas: gente que ni siquiera imaginé, monstruos que no supuse, bellezas de las que soy indigno, máscaras que no sabría encarnar, mártires, santos y asesinos.. misterios que la verdad de mi carne hubiese decepcionado. Creo que sobretodo en el amor se dio este malentendido, donde fui amado por lo que no era, etc
Cuando me busqué en los otros, no solo me desencontré: también dí con muchos hombres... todos extraños.
...
El siguiente diálogo, en un relato de mi infancia (hoja amarilla, un poco arrugada, escrito con pilot negra):
¿Qué es lo que dice un espejo roto?
Nada. Solamente la verdad.
¿Cómo puedo capturar ese mensaje?
-No es un mensaje. Se trata de una multiplicidad de imágenes codificadas en un lenguaje incontenible. No tenés derecho a leerlo porque no lo comprenderías.


V
No me convence, tampoco, acatar la fábula de la memoria como identidad. La sumatoria de experiencias rinde un resultado casual: acepto el accidente como una travesía sublime, pero me desagrada concebir que la composición de mi identidad obedece a una consecuencia de hechos fortuitos. Convivo con el malestar estomacal de un universo carente de todo sentido (y deposito allí mi más lúcida filosofía, si ha de llamarse así a mi incapacidad de vivir por estar hilvanando la vida que veo pasar), pero esa ausencia es el principio del mito: la oportunidad de generar diversas tramas, acaso el origen de la escritura. Atenerme a los hechos – definirme por ellos – sería clausurar el elixir divino que tiene el interior de las cosas: he imaginado mucho mejor de lo que fui, del mismo modo que escribo mucho mejor de lo que soy: reniego de que una identidad pueda definirse por una vigilia direccionada la mayoría de las veces por el imperio de la inercia, o de los otros (que sería lo mismo, claro), y que exilie las biografías que brotan del silencio (tema de otro ensayo: el silencio: verdadero espacio escénico del yo). De ser así, prefiero ser juzgado – es decir, configurarme – por las cosas que soñé y deseé: es decir, lo que no soy, lo que me falta. Siento que es allí donde un alma se delata.


VI
A la pregunta ¿por qué por qué tan complicadamente expresar una idea cansada y simple? habría que responder: ¡justamente por eso!: Debret Viana no se contentaría en exhibir que sus devaneos provienen de los episodios ociosos que concilia en los márgenes de realidad (es decir: un lujo de clase, hiperburgués, semifálico), y que no difieren de las inquietudes de cualquiera, de cualquier vulgar conversación nocturna de bar cuando ya todos los barcos han partido; además, de alguna modo es preciso justificar la empresa del texto: aunque sea su carácter barroco, su música vacía, su non-sense pirotécnico.



VII
Si fuese pintor, estallaría mis sesos sobre una tela incompleta,
y sería eso;
y fallaría,
otra vez.




VIII
Recuerdo una mujer. Junto a ella vi pasar cinco años de mi vida (hoy los recuerdo como recuerdo un film que vi somnoliento en la infancia, inconexas y fragmentarias sus escenas, gratuito su comienzo y su desenlace, insulsa la trama y bastante inverosímil mi personaje, en el que no me reconozco salvo en el pelo despeinado y la ironía como recurso discursivo permanente y patético). En el borde del deslinde, mientras pronunciábamos las últimas palabras que urdían la ceremonia de la despedida, esa mujer me habló de mí. Lo que dijo me espantó: describió minuciosamente un monstruo, un ser perverso, succionador de sangre y malicioso en cada paso de su existencia. Por supuesto, no me reconocí en ese relato, y atribuí su discurso un poco al odio propio de los amantes, y otro poco a esa distancia infranqueable que ilusamente creímos haber redimido durante los cinco años en que se sostuvo aquella ficción adolescente (un poco a los tumbos, claro, y remando con lo que había a mano en medio del vértigo de una tempestad que la obnubilación del romance nos impedía medir con justicia). Sin embargo, hoy – sumiso ante el altar del texto – es oportuno confesar que uno de los motivos esenciales que dispararon la disolución era la necesidad de no adscribir a esa imagen que mi amante me relataba: no importaba que yo no lo fuese – que yo no me sintiese ese monstruo –: si me quedaba a su lado, eso significaba investirme con las ropas fétidas que ella tejía para mí. Por no ser ese (ese: imposible traducirlo aquí: un insecto dañino, un infecto parásito: no puedo darle palabras: era necesario ver cómo se contraía el rostro de esa mujer mientras me odiaba, frase a frase) me fui. Lejos, donde los vahos de esa sentencia no me intoxicase.
Hoy, median años entre nosotros (el tiempo huyó como una tormenta por las alcantarillas de la ciudad). Pero a la hora de verbalizar mi identidad, no tengo más remedio que dudar un poco, vacilar entre los diversos espejos – todos ellos, de diversos materiales - que desde el silencio se arrojan hacia mi rostro vacuo (no sé qué cara poner, qué gesto usurpar cuando nadie me mira,) y al confrontarme con ese episodio del pasado, al menos preguntarme: ¿cómo ha sido posible que la persona que más cerca tuve me haya malcomprendido tanto?¿cómo fue que en la intimidad más profunda a la que fui sometido tampoco logré hablar el mismo idioma que mi única espectadora?: tuve un tranquilo espacio escénico, sin las presiones de taquilla, y aun así me traspapelé.
Y, supongamos, a los fines especulativos de esta búsqueda, que ella leyó bien, que me capturó: entonces, ¿qué pasa conmigo?¿tan alienado estoy que no distingo en mi biografía más que una fábula, la descripción de una terrible bestia mitológica?
(nota para la futura publicación: amputar este capítulo favorece el texto)

IX
Detengo un extraño en medio de la calle, me busco en su retina: no soy más que un conflicto de luces, una figura que despierta de la oscuridad, renovada y desdoblada en los diversos ojos que me espejan.


X
¡Mi propia madre ignora todo de mí, salvo mi fase diurna! (ella advierte cierta excentricidad, a qué negarlo: pero no sospecha esta encarnación textual, no intuye todo lo que muere – todo lo que se agita, se calcina, se mueve – para que mi mano trascienda una frase; mi cuaderno abulta una soledad hermética, páramo yermo donde sembré mis horas lúcidas, desvaneciéndome.


XI
¿Vale la pena decir algo más sobre la memoria? Nadie guarda las cosas que pasaron: recordar es componer con un pastiche de reminiscencias falsas una narrativa equivocada al servicio de las inquietudes contemporáneas. Acaso si pudiese ponerme unos lentes para mirar hacia atrás con el alma que fui... pero no, no vale la pena decir nada de la memoria: es una triste hilera de pesadas maletas cargadas de cosas de algún desconocido.


XII
Hundí las orejas en el fango cóncavo de mi pecho (ya todo el pulso se había exiliado), y escuché zumbar un inanimado desierto pétreo: las moscas decoraban el horizonte, por lástima. ¡Que así sea! Me vaciaré en la página mientras tenga tinta y dejaré mi reflejo insepulto como un halo susurrante entre las frases que me tergiversan, y estaré ahí, inscripto, como un incendio está en la ceniza de los objetos chamuscados, sombra de sombra, espectro fútil de una máscara inexacta, latido que se esfuma dejando lamparones de humedad, algunas palabras detenidas, un rato, entre dos abismo, y poco menos.


XIII
¿Quién soy? Alguien que llegó tarde tarde tarde a la farsa teatral que era su vida. ¿Qué tengo que ver yo conmigo? Diré las líneas que restan hasta que el telón borre el escenario, ¿qué otra cosa puedo hacer?


...


O simplemente me aburro, aquí con mi vida a la orilla de este cuaderno intacto donde prostituyo la vigilia, y como dice Pasolini: “Soy un pequeño burqués, y tengo tendencia a dramatizarlo todo”.


..
.

24.12.06

Sí: las cosas se vengan representando el teatro de nuestra futilidad.


fireworks


Ahora, el espectáculo del cielo de nochebuena. Aislado, en un rincón de la familia, me apoyo contra el marco de la ventana abierta con el gesto del quien por fin respirará y siento: ese cielo como un signo, una incadescente metáfora ofrecida ante mí para arder los velos que median las dispares cosas aquí abajo: ya no el ritual oriental - eso es parte de lo perdido: lo que se toma de otra cultura nunca es el ritual, sino el gesto vaciado de contenido, la mueca -, sino estallidos furtivos que interrumpen un instante intrascendente del silencio, y fugaces episodios lumínicos que rayan el cielo - como un niño que patalea o como un ahogado que se niega - hasta diluirse en la llana oscuridad del universo: así todas las ansias humanas, cargando los cuerpos en el esfuerzo de dar sentido a la casualidad de estar vivos, hasta perecer en las fosas comunes del polvo, gastados, en el tránsito inútil, por los vientos que surgían - como siempre - contra los pasos que quisimos dar.

Encender un cigarrilo me protege: me da tiempo para decirme "esto es apenas una impresión"; como todo.




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10.12.06

vanitas







/ 25 /





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He decidido este experimento: escribir hasta cumplir 25 años. Son las 6.14am; hace un rato llegué a mi casa, pasé un tiempo sentado en el inodoro, pensando en lo que hubiese tenido que ser mi vida. La noche fue amable: una cena con mis dos mayores amigos, cercanos desde los tiempos de la infancia. Tengo ahora 24 años; cuando deje de escribir habré pasado la frontera del cuarto de siglo. No tengo nada para decir. Las cosas que digo usualmente son cosas que pensé o adquirí alrededor de los 15 años. Desde entonces no hago más que repetir, reformular, reestructurar. No tengo nada para decir pero dormir... ya es demasiado temprano para dormir. Y quedarme solo conmigo, azarosamente recapitulando las escenas de mi vida sería tortuoso. La penitencia de escribir al menos me obliga a rehuir la inmediatez de mi calvario.

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Artaud considera a la poesía, y al arte en general, como vida concreta que se vuelve trascendente. Estas palabras mías, en cambio, son efimerías.

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Del amor nunca entendí nada. Hablé mucho, vanamente. Puedo decir, del amor, cosas tristes. Y también puedo decir algunas cosas bellas. Pero nunca entendí nada. Las cosas que dije, las dije por mera devoción poética. Nada más. Los resultados de mis análisis racionales del amor son apenas una mueca de desesperación. Porque nunca entendí nada. No entendí nada de los beneficios del amor, no supe nunca por qué me quisieron; no entendí tampoco las cosas que me desolaron.
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Mi último cumpleaños en Buenos Aires: eso también me predispone un poco hacia la tristeza. Las cosas que se acercan son una delicada despedida.
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Muy rica la picada en Recoleta; bien – aunque debió estar más frío – el licuado de banana en costanera sur. Hubiese preferido cualquier otra cosa que no fuese un sábado: toda la gente dando vueltas, ocupando la noche, privándome de la quietud.
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Dato para mí: es la primera vez, desde mis 18 años, que paso mi cumpleaños sin estar en pareja. La soltería me sienta bien: gozo de sus libertades, de su egocentrismo, de su versatilidad. Lo que me cansa es la desesperación.
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" my shoes are gone
my life spent "


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Grave: Borges publicó a los 24 años. Ese era el límite que secretamente me había impuesto. Con eso me excusaba ante mis padres: ¿qué pretenden de mí si Borges –¡BORGES! – recién publicó a los 24 años? ¿Dónde me esconderé ahora?
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Amanece. Los primeros autos manchan el canto de los pájaros en la ventana. Pronto, mi vereda se cubrirá de sol: veré el amarillo tenue, derramado sobre mi persiana cerrada.
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El cine comercial de este año ha sido terrible. Si no fuese por el festival de cine independiente (ver cinco películas por día; Kitano maravilloso) hubiese sido una pérdida total. Lo único memorable: El tigre y la nieve, de Benigni.
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Harto del mapa de fracasos románticos que implica cualquier viaje en colectivo por Buenos Aires. Gracias a mi imprudencia topográfica, desparramé mis romances, mis deslices, mis estériles ansias por todas partes y ahora, vaya por donde vaya, me cruzo siempre con alguna mancha de sangre (por lo general, mía) que de inmediato me retrotrae a un tremendo repertorio de recuerdos pasados y pisados.
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Me predispongo a escribir mal (en la medida de lo posible) estos fragmentos inconexos. Es apenas una precaución: no quisiera confundir este ejercicio terapéutico con Literatura.
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Panfleto (la presencia gatuna que habita mi casa) es mi única compañía, fuera de este texto y este precario sándwich de jamón con mayonesa (todos los demás duermen). Con ellos soportaré el tránsito de edad.
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He recibido, a modo de regalo, cosas completamente absurdas (algunas en estricta contradicción con mis principios ideológicos). Me conocen poco. Al menos yo me regalé dos libros (el Kafka de Deleuze/Guattari; La teoría estética, de Adorno).
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Es cierto, hice un poco de zapping. ¡Qué culpable me siento cuando hago zapping! No necesariamente en el momento, porque estoy preso de la hipnosis televisiva; pero después, cuando cuento el tiempo que se desvaneció... cuánta culpa.
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Bostezo, miro la hora. Tengo todavía 24 años: habrá que seguir escribiendo.
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En el desorden de mi escritorio (colosal caos el de mi habitación; suelo ser desordenado, pero desde que me enteré de mi mudanza, he perdido todo ánimo organizatorio: dejé de usar cajones, está todo fuera, por el piso, los libros apilándose, las hojas medio escritas, los discos, programas de obras de teatro, la botella de vino que compré hace 4 meses para abrir en alguna ocasión especial) encuentro Teorema, de Pasolini, que saqué de la biblioteca del living para decirle a una muchacha, por teléfono, quien era el traductor (Pezzoni; porque ella justo lo había comprado, barato, en Plaza Italia), y quedó aquí, como todo, haciendo bulto. Y ahora pienso qué fue lo que pasó con esta muchacha (la de la Noche Glaciar), por qué ella, en ningún momento, sintió por mí nada más que una lejana simpatía, una dispensable proximidad. Siempre creí que juntos la hubiésemos pasado deliciosamente (eramos tan... no sé; me pareció que estábamos cerca...) y en cambio ella va y se enamora de un tipo con el que estaba ensayando Hamlet (no por el tipo per se, sino porque ella lo confunde con Hamlet: claro, ¡si tenían las mismas líneas!) y no ve en mí más que un desdichado escritor proclive a las tristezas, exasperadamente verborrágico y con un peculiar sentido del humor. Ahora ya se desilusionó del tipo con el que ensayaba Hamlet (evidentemente el tipo no supo sostener el rol en la vida real), pero lo que pudo ser nuestro fue apenas un espejismo mío (exhausto de peregrinar desiertos) y, fuese lo que fuese, naufragó.
Además, es algo que ya me había prometido: salir con actrices, nevermore.
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¡Qué mal, qué mal me ha hecho leer Los Subterráneos; cuánto daño me ha hecho Kerouac!
Espero que mi prosa se reponga pronto.
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Cuando tenía 17 años, en el Aeropuerto de Río de Janeiro, gasté mis últimos reales en una reproducción enmarcada de La noche estrellada, de Van Gogh. La he puesto en la biblioteca frontal, sobre un libro de Rilke, y cuando levanto la vista de la escritura, siempre recaigo en ese terrible y precioso paisaje de inquietos vientos e incendiadas estrellas.
Recuerdo esto por otra cosa: haber sentido el declive de mis potencias físicas al tiempo en que mis facultades sensitivas profundizaban su agudeza; de allí sólo saqué heridas, y alguna errante frase lúcida. Y brotó en mi mente aquella frase de Vincent, que le escribía a su hermano: “acaso para un artista la muerte no sea l más difícil”.
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Ah, Vincent, que también decía: “estar herido de muerte y de inmortalidad”.
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¿Es esta la mejor manera de cumplir 25 años? Pienso en Blanchot: ¿estamos realmente seguros de que la escritura no pertenezca al mal? No sé, no sé... pero qué otra cosa podría hacer. ¿Acostarme, y recibir la sentencia del tiempo en medio de un sueño?¿Ir a caminar por ahí? No con este cansancio. Pensé también en una gran manifestación eyaculatoria: recibir los 25 en medio de un orgasmo. Pero me pareció demasiado aparatoso. Seguiré escribiendo, tomando y escuchando un poco de música (rotular eye movement).
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Entre este párrafo y el anterior me lavé los dientes, apoyado en la ventana mirando la calle vacía del domingo que empieza. Me doy cuenta de que la luz que dejé encendida ya no es necesaria, y la apago.
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Después, me doy cuenta de que lo que no es necesario es el día: bajo la persiana y enciendo otra vez la luz.
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Se enciende la alarma del equipo de audio. Me levantaba ayer a esta hora, tomaba el tren en la estación Flores, iba a mis clases en el museo de Bellas Artes, una muchacha que suele almorzar conmigo me decía que prefería no almorzar conmigo, que tenía que irse y yo me sentía abandonado (como siempre que no me siento amado, idolatrado, admirado, requerido: de la tranquilidad es de lo que no tengo noticias, salvo en las lecturas felices, o las siestas mecidas con música).
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¡El vino que compré hace 4 meses para abrir en una ocasión especial, muerto de risa!
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Mi padre me regaló una bella lapicera de pluma (Cross, de oro y plata; se desliza sobre la hoja con suavidad etérea). Cuando llegué a mi casa, después de cenar con él en un restaurant de Boedo (noche de lluvia), vi que en el manual de instrucciones (es una lapicera muy compleja) había una dedicatoria de mi padre. Era muy tierna y conmovedora (no la transcribiré); y al mismo tiempo estaba cargada de tristeza, de conciencia de finitud. Me quedé pensando mucho insomnio en eso.
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Justo suena el precioso verso:
make my make believe believe in me

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Tendré que comparecer – alguna vez – ante el tribunal de la literatura: oh...todo lo que he hecho de mí: devaneos torpes, vanidad incisiva, pura nada llenando páginas.
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...pura nada llenando páginas simplemente para que mi soledad tuviese alguna relevancia, para que todo no sea una pérdida, para no ser los demás....
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Me entero de que Munch nació un 12 de diciembre; me digo para mí: con razón pintaba esas cosas, con razón esa melancolía desesperada.
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La única disculpa que tienen estos fragmentos inertes, de pobre trama y triste desarrollo es la indulgencia de su humanidad.
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La verdad es: no tengo ganas de hacer un balance de sumas y saldos. Perdí algunas cosas, gané otras. Hubo cosas que terminaron, y otras cosas que empezaron; incluso hay bastante que ha sobrevivido el tránsito del año. Hubo películas, mujeres (que me dejaron de llamar, que empecé a conocer), una novela, nocturnas conversaciones con amigos, salpicadas notas en el piano prestado de mi habitación, el placer táctil de mis libros y canciones para mis estados de ánimo. Monedas más, monedas menos.
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Qué molestia esto de decir yo, de tener que cargar con mi cuerpo a través del texto...
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Tal vez mi mano sigue trazando frases como siguen creciendo las uñas, el pelo de un muerto.
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Bueno, ya está: tengo 25 años. No concibo una mejor manera de estrenar mi edad que durmiendo hasta que decline el día.



/-/

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la fotografía: selfportrait as a young artist
o selfportrait as a young ghost
por Debret Viana

4.12.06

poética del intersticio


Se queda mirando las cosas que escribió. Mira la montaña de papeles, después los desparrama por el escritorio. Debret Viana se enreda con el cadáver extendido que su tinta negra va rodeando. No logra comprender qué figura delatan sus letras: lo único que intuye es la absoluta falta de significado que emanan sus horas solas, volcadas en tantos papeles. Se pregunta - desestabiliza -: ¿qué es lo que hay entre texto y texto? ¿qué es lo que sucede en ese mágico intersticio que cualquier lector siente como un vacío divisorio, una respiración, una supervivencia (de la virginidad) del papel?



Se responde - porque llueve y hace frío, y no tiene dónde llegar -, alternativamente: nada y mi vida.


Y ninguna de las dos respuestas es injusta o falsa.

14.11.06

evanescencia

Hoy toqué, con mis palabras – improvisadas y densas, casi en mitad de la calle y de la conversación, cerca del atardecer – el alma de una muchacha (el alma: me niego a rebajar mi lenguaje a la mitología moderna y decir – por ejemplo – “la conciencia de una muchacha”). Fue un instante (furtivo furtivo episodio lumínico, un rayo metafísico en el tiempo de un parpadeo), pero sentí que haber salido de mi casa (la monotonía de las paredes cada vez más grises, los souvenires del pasado que no me atrevo a quemar) se justificaba. Ver la inflexión de su rostro la calma trastabillando el repentino proceso de extrañamiento el ingreso brusco en el revés de las apariencias la máscara resquebrajada revelando los rasgos bellísimos de una niña perdida y desolada su boca entreabierta incapaz de hacer pie (todo su lenguaje roto, estéril) (encima: con lo que a mí me fascina la soledad en la mujer, la tristeza). Dejó en mí una impresión profunda -la sensación de algo: algo trascendente (en fin: algo) – (como de haber pulsado un cartílago de la música secreta del universo: dos notas armónicas que se encontraban en medio del bullicio de las avenidas las máquinas la ciudad barata orfebrería). Estaban afónicas mis potencias proféticas (meses de aridez, de lejanía; meses de silencio: abdicando de la vida y de los otros, saltando de texto en texto – protegido por las ficciones - como quien huye cruzando un campo minado) y su conmoción (la presencia violenta de su vulnerabilidad, el destello incandescente de su inocencia surgiendo entre los escombros diurnos de lo rituales gestos civilizados) ante el único instrumento que sé tocar (la cavernosa verborragia de mi soledad: el único, y desparejo, espectáculo que puedo dar; allí donde me retuerzo las venas en mil morisquetas verbales, allí donde exhibo la sangre de la oscuridad con todos los lujos de la prosa) resignificó un poco la disposición de mis sombras, mi ánimo aparcado en la angustia; y no fue solamente vanidad: fue -¡también! – el signo de que, por algún fortuito accidente, por alguna casualidad de los vientos, los velos, las máscaras, los caparazones pueden derrumbarse (al menos agrietarse hasta ofrecer una hendidura – un pasaje (efímero; ¡qué importa!, un tímido conducto) y que la prisión de la piel ceda su imperio para que el milagro del contacto (un milagro muy raro) acontezca, y alivie con su paso (brevísimo: casi no ocupa espacio en el tiempo sucesivo; que ¡menos mal! es de los tiempos el menos habitado) las llagas las llagas que la perseverancia melancólica de Lo Real hundió en lo más callado de mi deseo desierto, harto de ansia, errante entre las ruinas de un cuerpo hecho de nostalgias de lo que no ha sido, y para las lágrimas (la tinta de mi lapicera) de lo que tuvo que ser, vanamente. Hoy toqué, con mis palabras, el alma de una muchacha: hermética como era se abrió ante mí en un maravilloso desconcierto. Es una cosa fugitiva (lo que dura una ilusión antes de volverse condena); pero tiene algo de comunión, algo que redime: me deja creer que tengo un alma (como se le deja creer a un niño en la magia) y que todos los desasosiegos que empleé en labrarla no fueron totalmente estériles – no fueron solamente literatura -.