Mostrando las entradas con la etiqueta el amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta el amor. Mostrar todas las entradas
30.4.12
justo cuando
el colectivo
pasa
por el bar
donde tomamos
algo
la última
vez
me distraigo
y miro
a otro lado
y no veo el bar
y me doy cuenta
dos cuadras
después
y bruscamente
giro la cabeza
hacia atrás y
me lamento
como si hubiese
perdido algo
como si hubiese
cometido un
sacrilegio
pero qué?
qué?
qué es perdible
de lo que ya
no está allí?
qué esperaba
ver?
a los dos?
a ella y a
mi
sentados
en la esquina
los espectros
patéticos
que reiteran
una rutina
para el teatro
insomne de mi
melancolía?
a otros
sentados
en la misma
mesa
de los que inferiré
quien sabe
por semejanza quien
sabe por diferencia
la indiferencia de
qué destino
absurdo?
la esperanza
siempre tan confundible
con la
espera
enreda lo visible
con las alimañas
que moran
en nuestro
interior.
además,
para qué?
tengo que dejar
fríos a los objetos
fríos
y no ensañarme
con poblarlos de
fantasmas.
18.2.11
el amor no existe
El deseo existe; el placer existe; el hambre existe, la sed... Y el agua y los alimentos existen, y el cuerpo. Pero el vino no existía: fue necesario inventarlo. La gastronomía tampoco existía: es un arte, una invención, una creación. Del mismo modo el amor no existe, ni el alma, pero se crean, día a día, como una luz en la noche oscura.
El lenguaje existe. No la poesía.
El hombre tiene un lenguaje, hace poemas.
El hombre tiene un cuerpo. Crea su alma.
El amor es el poema de los cuerpos. Y tanto aquí como allá, como diría Valery, las coerciones son exquisitas.
El lenguaje existe. No la poesía.
El hombre tiene un lenguaje, hace poemas.
El hombre tiene un cuerpo. Crea su alma.
El amor es el poema de los cuerpos. Y tanto aquí como allá, como diría Valery, las coerciones son exquisitas.
Auguste Comte-Sponville
7.11.10
love poem
Errando en el goce ocioso de la mañana desocupada de un domingo frente a la pc, y luego de desayunar tostadas con manteca y dulce de leche, trato de escribir algunas cosas pero Modigliani acostado en el teclado interrumpe con sus intermitencias mi labor. Entonces, yendo de acá para allá, leyendo poemas de Cummings y de Carver, escuchando a John Cale y Lou Reed sobre Warhol, corrigiendo al pasar textos de libretas añejas, etc doy con un poema de Bukoswki que había leído hacía mucho pero en castellano y todavía ahora me entristece profundamente. Y pienso, si existe esa tontería publicitaria que llaman amor, debe ser algo así, tiene que doler así, tiene que dejar estas secuelas irreversibles.
for Jane;
225 days under grass
and you know more than I.
they have long taken your blood,
you are a dry stick in a basket.
is this how it works?
in this room
the hours of love
still make shadows.
when you left
you took almost
everything.
I kneel
in the nights
before tigers
that will not let me be.
what you were
will not happen again.
the tigers have found me
and I do not care.
Charles Bukowski
* Su perfección queda establecida en el primer verso: 225 días. ¿Qué son 225 días? Nada. No son nada. 365 son un año, 30 son un mes, 5 o 7 una semana. 225 no son nada. No es un aniversario. Es nada. Algo ha de importarnos demasiado, algo tiene que haber significado todo como para computar una ausencia de 225 días.
2.10.10
love; a definition
el amor es la espera
por un colectivo
que no pasa por esa calle
o bien
confundido o harto
haberse subido a otro
que parecía que nos dejaba cerca
18.8.10
florecen, falsas, en el desierto, flores tropicales
love & image
Según la velocidad, a veces basta verse una sola vez para parir el hastío. Es una simple matemáticas gravitacional. Pasado mañana, seguramente, la mecánica cuántica explicará estas cosas que hoy son apenas intuibles mediante el abuso de la literatura. Pareciera que el deseo del otro nos lleva hacia el otro como por un túnel inevitable, y de repente - estamos casi abriendo los brazos para contenerlo - ya lo perdimos: ha quedado atrás, inabordable, ajeno. Sentimos que hubo algo en el medio que se perdió. Pero no, no se perdió. Todo se pierde, a su tiempo. Y hay cosas que agonizan en su prólogo. Dignidad rara de un final en las primeras páginas, cuando las cosas parecían empezar. Lección platónica de no saber aun decapitar de un escopetazo a la ilusión que como un cáncer crece en los intersticios silenciosos de los días. Timidez terrenal de terminar viendo como enflaquece de frío en el cordón de la vereda, sola, una imagen venerada. Todo sueño cumple, eventualmente, el destino de volverse espectáculo agónico. Una imagen es una religión descartable.
7.12.09
cut here
Este relato tiene dos escenas. Después, al final, hay otra cosa. Una suerte de epílogo, donde estoy solo. O más o menos, porque la soledad... en fin. Voy a escribir las dos escenas en tercera persona. Para objetivar un poco, y establecer cierta distancia, o al menos tres onzas de su ilusión. Más que recurso estilístico se debe a esto: si estoy demasiado cerca, no voy a poder contar nada, si estoy implicado, bueno, no quiero pasar otra vez por esa experiencia. Sólo necesito ver. Desde afuera.
I
El llega un poco tarde. Es viernes, y es la noche. Todo ocurre en un bar de Palermo, cerca de la plaza Cortázar. Ella todavía está en el escenario. Canta una canción. De PJ Harvey. Las luces son tenues. Azules y violetas. Hay gente que habla, y hay gente que escucha la música. Los mozos cruzan el salón, ajenos. El se corre del camino de una bandeja con legui, dr lemon, dos capuccinos y sprite. Hace pie apoyándose en la barra. Es la última canción de la noche. Quedan poco menos de 2 minutos. El no sabe que será la última vez que la verá cantar. Ella, su voz. Es grave, profunda y felina. El alterna su atención entre la sinuosa marea de la voz y el vértigo lentísimo de ese cuerpo de mujer danzando sutil. Ambas cosas, centelleantes, lo hechizann y extravían sucesivamente. Cuando termina la canción él tiene una sonrisa boba en el rostro, y aplaude dos, casi tres segundos después que el resto. Ella agradece, saluda y sale del escenario. El cree que ella lo vió, y que le guiñó el ojo. Pero hay poca luz, y no puede estar seguro. En seguida empieza a sonar de fondo un disco de Leonard Cohen. El bar es tomado por los murmullos de las voces mezcladas de la gente. El saluda a dos conocidos que toman cerveza en una mesa cerca de la pared, y sale del bar, se queda en la puerta. Mira la noche, prende un cigarrillo. Ella se abraza con amigas y justo antes de sentarse en una mesa llena de conocidos que fueron a verla, lo ve a él, afuera, y sale a buscarlo. El está de espaldas, y la oye decir: ¿Esta es manera de decir hola?
- Hola. - y le extiende la mano, pero ella, antes de que él terminase el movimiento, ya lo ha abrazado.
- ¿Qué hacés acá afuera, ermitaño?
- Es que no pude aguantar la emoción.
- Tonto.
- En serio, fue muy bello.
- Gracias. ¿De verdad te gustó? Hubo algunas desprolijidades.
- Tenés muy buena voz. Y la canción, tan melancólica. Voy a tener que prepararme un cóctel de placebos para no entristecer hasta el desmayo.
- Ay, habló el señor arco iris.
- Bueno, pero mi tristeza es una forma refinada de elegancia, che.
- Me gustó que vinieras. Gracias.
- Cómo no iba a venir. Tengo que aprovechar ahora, porque seguro que a partir de la próxima vas a cobrar una entrada carísima.
- No creo, no creo. Falta mucho para eso.
- La humilidad es una dolencia muy primitiva. Si no tenés nada que envidiarle a Bjork.
- ¿Ah no? ¿Y a la Cantilo?
- Por favor. La Cantilo te envidia a vos. Por lo menos las neuronas no suicidadas y el tabique nasal entero. Además, dejame que te diga, esa humidad es una extravagancia entre artistas.
- Ya sé, ya sé que vos sabés de eso. Pero yo no soy un artista. A mí me gusta cantar. ¿Entrás? Le hacemos un lugar a tu ego y nos tomamos algo, ¿sí? Así conversamos un poco.
- Ah, me encantaría, pero vos ahí tenés un montón de fans y yo no quiero interponermo entre los goces y beneficios de la fama.
- No seas tonto. Son amigos. Vamos a una mesa aparte si querés.
- Me encantaría, en serio. Y te prometo que lo hacemos, la semana que viene o cuando puedas. Hoy justo no tengo el tiempo. Vine corriendo, y tengo que seguir corriendo. En serio, me encantaría.
La cara de ella aun sonríe, con tristeza. Por cortesía, no insiste. Se abrazan, se dan un ceremonial beso, cerca de la boca, pero no tanto. Se sueltan, él dice alguna cosa sarcástica, y ella ríe. Se da vuelta, y empieza a caminar. Siente la mirada de ella, sobre su hombro. No se atreve a darse vuelta. Sentirá esa mirada mucho tiempo. Dobla la esquina.
II
Ahora, pasaron un par de años. Las cosas ocurren en el hall de una sala de teatro, en el barrio del Abasto, una vez finalizada una obra de Spregelburd. Hay más gente, pero los personajes son los mismos: otra vez él, otra vez ella. Es una noche de invierno. El fue con una chica que está conociendo. Se llama Verónica, es periodista. Tendrán un amor sereno, que durará 7 años. Luego, se separarán, hastiados. Verónica se casará más tarde con un empleado de comercio. Tendrá dos hijos: Vicente y Lucas, y morirá de un cáncer de cólon a los 67 años, en la cama de un hospital de Flores, una mañana de mayo. Pero esta no es la historia de Verónica, sino de él y ella. Aunque no llegue a ser totalemente una historia. Cuando Verónica se va a saludar a una amiga de la facultad, y él queda solo, siente una mano que le toca el brazo.
- ¿D.? - dice una mujer. Previsiblemente, es ella. El lector ya lo sabe. El se da vuelta, y tarda un segundo en reconocerla. Después arquea las cejas, sorprendido, y sonríe.
- ¿J.? No lo puedo creer.
- ¡Me parecía que eras vos! Te estaba mirando, pero no estaba segura.
- ¡Si estoy igual! Bueno, no respondas a eso. ¿Qué hacés por acá?
- Mi prima es actriz, hace el personaje de la asesina serial arrepentida.
- Ah, todo un personaje. Qué raro encontrarte, ¿cómo estás tanto tiempo?
- Bien, todo bien. Trabajando y esas cosas.
- ¿Seguis cantando?
- No, no, ya no. Bueno, no regularmente al menos. Soy contadora.
- ¿Contadora?
- No lo esperabas, ¿no?
- La verdad que no.
- Disimulá la cara de decepción.
- No es decepción, es sorpresa, desorientación, ¡shock!
- ¿Vos cómo andas? ¿escribís todavía?
- Sí, sí. Soy caprichoso con mis juguetes.
- Me alegra mucho escuchar que insistís con eso.
- Bueno, es que soy muy inmaduro. Ya sé que es inconveniente, pero con el tiempo se volvió un tic infatigable.
- Fiel a vos mismo. Genial.
- Deberías decirle eso a los del nobel. ¿Viniste sola?
- No, ese allá, ves al lado de la mesa, con la botella de Isenbeck en la mano. Ese es mi marido.
- ¿El pelado?
- ¡No! Al lado del pelado.
- ¿Te casaste? Esto es demasiado.¿Por qué te casaste?
- ¿Cómo por qué? La gente se casa. Son cosas que pasan. El amor, la casa, la hipoteca, las compras al mercado, la muerte. La vida, ¿viste?
- Creo que describiste mi imagen del infierno.
- Che, el infierno puede ser un lugar super cómodo, ¿eh?
- Te tomo la palabra. Y cómo va esto del matrimonio. Estás... ¿contenta?
- ¿Feliz?
- O no sé, enfurecida, estafada, indigestada, aburrida....
- Embarazada.
- No jodas.
- De verdad.
- Ya no sé qué decirte. Sos demasiado real para mí. No sé, ¿qué se dice en estos casos?
- Y, felicitaciones, te deseo lo mejor, esas pavadas.
- Bueno, felicitaciones, y eso. La verdad es que no lo puedo creer.
- ¿Qué no podés creer?
- Que te hayas casado. Y encima con un pelado.
- ¡No es pelado!, es el que está al lado del pelado.
- Es lo mismo. Va a ser pelado, y va ser gordo. Por eso no vale la pena casarse. Porque el futuro es horrible, y conviene estar atado lo menos posible a las cosas que declinan.
- Esas cosas que decís, funcionan barbaro en los libros. Pero la vida no es del todo así.
- ¿Y cómo es la vida, chica casada?
- Ni idea. Pero es distinta. Por ejemplo, si reprodujeras este diálogo en uno de tus textos, no funcionaría. Sería aburrido, irreal. Para que sea legible tendrías que afectarlo, volverlo "literario". Y aunque el futuro sea espantoso, igual no estoy del todo segura de que vaya a ser así, bueno, lo cierto es que, como en la película de Woody Allen, ¿te acordás? Annie Hall.
- Cómo no me voy a acordar. La vi 53 veces.
- Bueno, ¿te acordás el final? La mayoría de nosotros necesitamos los huevos.
- La adultez y el matrimonio hicieron de vos una filosofa hegeliana de corte arjonesco ¿Para cuando el libro de autoayuda?
- Vos reíte, con tus ironías de nihilista super darkie que el que ríe último....
- Si, ya sé, pero el que empieza a reir primero ríe más tiempo.
- D. me tengo que ir. Me hacen señas - ella le apreta el brazo, como sintiendo pena por no poder prolongar el momento.
- ¿Señas obscenas? Es un pelado incorregible.
- ¡No! Mi marido.
- Ah, si. Lo veo. Me parece que tu marido tiene envido. Andá, no te hagás problema. Entiendo los deberes maritales...
- Me encantó verte. Espero que sigas bien.
- También me encantó, estás hermosa, como siempre. Y me resuena de un modo extrañísimo cada vez que decís "mi marido".
- Suerte, D. El amor no es completamente apocalíptico. Saludos a la chica.
- Es una amiga.
- Conozco a tus amigas.
- Saludos al pelado.
- No es pelado.
- Bueno, pero ya que pasás por ahí, saludá al pelado que está al lado de tu marido.
- Espero cruzarte pronto.
- Dependemos del azar, muchacha.
- Así parece. Besos.
Ella fue con su marido, que la ayudó a ponerse un abrigo. Luego, partieron. El se quedó mirandola. Cuando llegó Verónica, le costó retomar el ritmo de la conversación. Estuvo desfasado el resto de la noche. Pensó, durante la semana, en la distancia que había crecido entre ella y él. Un matrimonio, un hijo. Cosas que parecen irreversibles. Después, se ocupó de otras cosas, y se fue olvidando. Barajó llamarla, intermitentemente entre los meses. Pero el impulso fue perdiendo fuerza, y también pasó.
III
epitafio de una historia que no comenzó
Ahora, otra vez pasaron muchos años. Más que antes, aunque, peculiarmente, más rápido. Estoy solo. Es el epílogo. Y pienso en esa historia. No sé si llega a ser una historia. Es algo en lo que pienso. Una historia que casi comienza. Una puerta. Y el teatro especulatorio de las noches insomnes. Si tal vez me hubiese quedado esa vez en el bar. ¿Qué cosa tenía que hacer que era tan importante? Ni siquiera lo recuerdo. Alguna tontería seguramente. Pude haberme hecho el tiempo, sentarme un rato, conversar con ella. No sabía que era la última vez que nos veríamos antes de la noche del teatro. Lo pasamos para la semana siguiente, alguien canceló, por trabajo, después uno de los dos viajó, otro no llamó para no insistir. Y el tiempo pasó entre los dos, alejándonos. Después, más tarde, la semana que viene. Cosas que no llegaron nunca. A veces las cosas terminan. De repente, sin más. Sólo quedan los quizá, los tal vez. Cuando alguien muere, un conocido, un familiar, siempre me quedo rastreando en mis recuerdos cuando fue la última vez que lo vi. Y si no había en él una marca, un signo, algo que estuviese diciendo adiós. Realmente quisiera verla cantar otra vez. ¿Hubo alguna señal de que esa iba a ser la última vez? Probablemente no. Pero no me sirve para ser indulgente conmigo. Porque cada vez es potencialmente la última vez. Tampoco abogo por el desenfreno de lanzarse sobre cada circunstancia aturdido por el tic tac del fin del mundo. Pero tal vez hubiesemos dado dos o tres pasos por un camino cualquiera. Y quien sabe si ese principio no continuaba hacia alguna parte. Probablemente hoy seríamos otros. O no. Qué se yo. No me hubiese costado nada quedarme un rato. O toda la noche. Pasa que las cosas que eran importantes antes hoy no valen nada. Y lo que significa mucho, o casi todo ahora para mí, antes ni siquiera lo ví pasar, antes lo tenía traspapelado en un escritorio atestado de papeles irrelevantes, oculto a la vista de todos, como la carta robada de Poe. Y ahora es tarde. No puedo volver a esa noche, y quedarme conversando con ella. No sé si hubiesen cambiado mucho las cosas. Tal vez nada de lo que fue mi vida hubiese sido. ¿Estaría ahora mirando por la ventana, pensando en esto? Al menos la hubiese abrazado otra vez. Y hoy, saber que eso no va a pasar nunca, que nunca la voy a ver bailar otra vez. Esas son cosas que me duelen. Todo eso terminó. Y ella estará con sus hijos o con su marido, o todos juntos no sé dónde. La noche del teatro, cuando la volví a ver, me sorprendió constatar la pérdida. Hasta ese momento, ella era una nebulosa abstracta que existía en una parte difusa. Verla casada y con otro, esperando un bebé, la certificó de repente como ajena. Acepté la pérdida y seguí con mis cosas. En aquel momento yo no era el que soy. Y todo fue más bien un golpe a mi ego. Ahora, es melancolía. Ahora, es pensar que todo pudo haber sido diferente. Y que dejé pasar algo importante, tal vez trascendental. Cuando me separé, hace ya doce años, conseguí su número de teléfono. La llamé un par de veces, y corté. Me quedaba escuchando su voz del otro lado, diciendo "hola, hola". ¿Qué podía decirle? La cosas que pasan no son recuperables. Si no pasó tanto tiempo, uno puede ir y decir algo, tratar de remendar lo traspapelado con una plegaria al destino. Ahora, es tarde. Y las palabras no revierten nada. Si hacen algo, las palabras clavan con alfileres las fotos amarillentas de cosas irrecuperables. Qué bonita que era, bailando en el escenario. Qué lástima que no siguió cantando. Creo que tenía condiciones. Aunque tal vez era que yo la quería y la escuchaba con el oído embotado de su belleza. No son cosas que pueda distinguir desde aquí. Ella era la clase de chica que te abrazaba cuando habías empezado el gesto de un saludo tibio. Tal vez todo este voyage nostálgico, esta recuperación de J. no sea otra cosa que añorarme a mí mismo. Eramos tan tontos y tan hermosos. Ahora, ya me acostumbré a la idea de que las cosas que soñaba para mí no pasaron. El salto que iba a dar, la gloria asequible, el triunfo cercano, ser un escritor célebrado, un hombre admirado, un superhéroe nocturno, un hijo que no hiciese desdichada a a su madre. Ni siquiera pateé todo a la mierda para empezar de vuelta en otra parte, como siempre pensé que estaba por hacer. Esa posibilidad, con la que conviví décadas, y que siempre sentí inminente, como a la vuelta de la esquina, no ocurrió nunca. Y tampoco llamé a los números de teléfono de los que dije que ya iba a llamar. Y el azar, él tampoco colaboró con nada, salvo con la monotonía.
Y si tan solo fuese ella. Pero no, es la noche, y la dolencia del tiempo. Cada cosa que dejé entreabierta y olvidé vuelve. Y se bifurca.
Me entrego a esa afluencia, y me cuento la historia. Si cada historia es un pasillo del laberinto, es factible que en mitad de alguna me sorprenda la salida, o el minotauro. Si es que no son la misma cosa. Eso pensaba antes, cuando tenía una mínima esperanza, esa vulgar enfermedad. Ahora entiendo que yo soy el minotauro, y que cada historia es un pasillo más del laberinto, que me ahonda más y más en las profundadidas de esta construcción. Me protege a la vez de la salida, y de los demás, a quienes empujo lejos, para asistir al teatro espectral de sus ausencias animadas por las infinitas posibilidades que no serán.. Siempre hice esto. Siempre contruí cosas donde los que me buscaban se perdiesen.
*
4.5.08
die niemands rose

. . .
Supongo que la quería. Quejarme, de todos modos, es una actividad profana.
La vi venir, un día, arrastrada por el viento. A los tumbos, por el camino de tierra. La ayudé a levantarse. Se arregló el pelo como pudo, me sonrió tímidamente mientras se arreglaba un poco la ropa. Se quedó un tiempo, aprendimos a no estar solos. El viento vibraba en el vidrio de las ventanas cerradas; casi no lo notábamos. Una mañana me desperté y ella ya no estaba. Vi, en la tierra del jardín, la marca de sus uñas. Sembré, sobre esa tierra arañada, magnolias bellísimas. Si no crecieron, o crecieron y el viento también las arrasó, no lo sé. Sueño todavía con la belleza de esas flores que no vi. Es una rara nostalgia.
La vi venir, un día, arrastrada por el viento. A los tumbos, por el camino de tierra. La ayudé a levantarse. Se arregló el pelo como pudo, me sonrió tímidamente mientras se arreglaba un poco la ropa. Se quedó un tiempo, aprendimos a no estar solos. El viento vibraba en el vidrio de las ventanas cerradas; casi no lo notábamos. Una mañana me desperté y ella ya no estaba. Vi, en la tierra del jardín, la marca de sus uñas. Sembré, sobre esa tierra arañada, magnolias bellísimas. Si no crecieron, o crecieron y el viento también las arrasó, no lo sé. Sueño todavía con la belleza de esas flores que no vi. Es una rara nostalgia.
///
2.9.07
el amor
Se me dio por acordarme de Baudrillard, de algunas cosas que decía sobre el amor, dispersamente, por ejemplo, se preguntaba:
.
"¿Por qué efecto providencial, por qué milagro de la voluntad, por qué golpe de teatro lo seres estarían destinados a amarse, por qué imaginación loca es posible concebir que: "Te amo", que las personas se aman, que nosotros nos amamos?... Existe ahí una proyección desatinada de un pincipio universal de atracción y equilibrio que es una pura fantasmagoría. Fantasmagoría subjetiva, pasión moderna por excelencia."
.
Más adelante diría, directamente: "El pathos de la modernidad"
.
Y también que hoy estamos atrapados en un "revival del discurso amoroso, una reactivación del afecto por aburrimiento, por saturación".
.
En favor de mi corpus, diría: "Lo típico de una pasión universal como el amor es que es individual y que en ella cada cual se encuentra solo".
.
Y más tarde, por el final de ese capítulo sobre el objeto maligno de la pasión, concluiría (un tanto más melancólico): "Amar a alguien es aislarle del mundo, es borrar sus huellas, desposeerle de su sombra, arrarrarle a un futuro homicida. Es girar en torno a él como un astro muerto, y absorberle en una luz negra. Todo se juega en una desorbitante exigencia de exclusividad sobre cualquier ser humano. Es en eso, sin duda, que es una pasión: porque su objeto está interiorizado como fin ideal, y sabemos que solo hay objeto ideal cuando está muerto."
.
*
.
Me da por recordarlo ahora (a Jean B.), quizá para exorcizar (o amortiguar) esos momentos raros de extravío cuando sueño, enredado en algún Otro (alguna ella particular que recorto de la marejada insípida de otredades que deambulan sonámbulas por el estrépito cotidiano hecho de esperas y esperas de otras esperas) que la comunicabilidad no es necesariamente una ilusión que labro con el pulso de la muerte, y me empujo sentimentalmente (patética, patológicamente) en el ansia vertiginosa de vislumbrar, entre la brutalidad de la cercanía del otro cuerpo (que se agita conmigo, que quiere abrirse y ser abierto, comerme en el acto de ser devorado, pero que siempre termina en el agotamiento, el sueño, y el alba que nos dividirá incluso del exabrupto de la fe, extrañándonos), ese algo más fugitivo que debería resultar de la frotación de las superficies, que debería extraditar al frío de una vez en lugar de solo un rato silenciarlo, ese tributo rendido al tímido altar de las novelas junto a las cuales viajamos por territorios que solo existían del lado de adentro de la soledad, ese algo más - ese glow - que convulsivos como bacantes buscamos sentir en una distancia que se cierra cada vez más sobre esa fe infantil de querer que aquello que soñamos en la mitológica nostalgia de lo que nunca fue tenga algo que ver con las cosas despiertas.
La ininterrumpida soledad es la vidriera parca desde la que también me veo ahora levantarme de este texto, e ir a la cocina a preparar un café, en mitad de la madrugada de un sábado.
La ininterrumpida soledad es la vidriera parca desde la que también me veo ahora levantarme de este texto, e ir a la cocina a preparar un café, en mitad de la madrugada de un sábado.
( Duerme una mujer desnuda en mi cama sin mí; la siento soñar detrás mío. A veces levanto la vista de estas palabras, la veo. Su presencia es un silencio (un silencio antiguo y ondulado). Su cuerpo me retiene con esa implacable inocencia de cosa rendida. Sé que es el universo seduciendome a través de ella. Tiene de bello lo que tiene de lejana. Vuelvo al texto, pienso: ¿qué soñará? Es un ánfora hermética temblando en el vaivén de mi noche insomne. El aire de la habitación cobra la densidad de su impenetrabilidad. Cifra, en su respiración de marea serena, un no sé qué que sería vital para mí. Se lo llevará cuando despierte (si estuviese despierta ahora haríamos cosas pedestres: en ella no se implicarían las furias sensuales que naufragan en las literaturas, yo no podría ser un poeta). Rara fruta en la vastedad de un desierto lentísimo donde cada variación compone su monotonía. Tal vez ella, con su sueño, me dicta estas palabras con meticulosa potencia oracular, no lo sé. Ella no sabe que visito en ella lo que perderé. O lo sabe, y por eso perpetra la melancólica venganza de inscribir en mi memoria el instante sagrado de sus rasgos ofreciendo los inextricables signos oníricos de los que penderé semanas. Y yo, quizá también lo sé, y anticipadamente escribo estas cosas, para perderla antes de que pese. Ella. Inmóvil funámbula. Nívea párvula. Ella dádiva del azar. Débil transparencia de sí misma. Ella. Sótano de mí mismo donde se espejan las grietas donde derramo la sangre de la tinta de mis lapiceras. Seña de la muerte. Murmullo de felino en la siesta. Ella. Ella ensaya que muere sobre mi cama para que su ausencia no sea mortal, mañana; hasta esa delicadeza tiene. Ella tiene el silencio de las melodías que sueño cuando no hay ningún piano cerca - esta es mi manera de decir adios -. El universo se posterga en el cuerpo dormido de esa mujer; pero no me absuelve de mí )
10.6.07
reversibilidad del tiempo: literatura:

la inscripción de la pérdida
Suena el despertador a la hora en que lo puse la madrugada de hace dos noches para despertarnos ayer, (después de casi no dormir: la urgencia de los cuerpos) porque ella tenía que ir a la facultad, porque yo tenía que recuperar el tiempo concedido a la hipnótica fugacidad de los márgenes de su rendida belleza (expulsado de su subjetividad – sólo se acerca a mí bajo su apariencia objetiva – no puedo más que darme a la pasión de las formas, la pasión del contorno: el goce geológico de la feminidad seducida).
Son las 8.48; y es triste cómo las marcas de los goces de ayer, desvanecidos en la sucesión del tiempo (evanescencia doblemente desconsolada por la memoria: el remedio que hiere), se inscriben en la letanía de hoy (otra vez solo, atravesando las mismas horas, sentado en el mismo sofá, arrojado a la misma cama que ayer , con cada cosa enrarecida o usurpada por los fantasmas de las prácticas de ayer – extrañeza de quedarse en la escena del crimen -; todo esto sin pena, sin añoranza: sólo la memoria; decir pensar que ayer, a esta hora, etc, y denunciar con ese mecanismo al tiempo como un concierto de distancias y contactos), sin reversibilidad salvo en la forma de tristeza o de ironía (siempre un desdoblamiento u otro, uno después de otro, uno enfrente del otro, uno tan estéril como el otro, eventualmente dilatándose en la erosión fósil del pasaje al texto: estetización – manipulación – prostitución; una última, melancólica y vanidosa reverencia - a lo que fue, y pasó).///
Eras morocha esa noche, y servías a los propósitos más salvajes del azar del universo.
:::

2.4.07
ficción

sombreros
1
Ahí, estábamos los dos ahí. En la puerta de casa. Junto a la vereda las maletas de ella (dos: una gris, otra azul). Nadie en la calle. Madrugada. Ahí, agitado de correr las escaleras, ahí, en medias, le dije: -¿Por qué? No entiendo. ¿Por qué te vas?¿por qué ahora, tan tarde? -. Le dije: -¿No podemos conversarlo? Subí – le dije – te preparo un té. Subí y hablamos -.
2
Nada. Ella no dijo nada. Bajó la cabeza. Un perro doblaba la esquina. No ví la luna en el cielo, camuflada detrás de las nubes. Grises. Pensé en el gris, en lo que el color gris significaba. La oí tararear una melodía añeja. No supe cuál era. Le dije: -¿Qué hacés? -. Le dije: -¿Por qué tarareás? - Hubo un silencio. Después, le pregunté: - ¿Qué canción es esa? -. Ella dejó de tararear. Levemente, sonrió. Creo que era una sonrisa. Tenía puesto un sombrero rojo. Y como miraba para abajo (y encima era la noche de la noche, las luces amarillentas de la calle apenas si susurraban algo) no pude ver bien sus rasgos. Le dije: -¿Qué es ese sombrero? – Le dije: -¿Desde cuando usás sombrero vos?-.
3
De repente, un auto a toda velocidad. Emerge de la niebla de la noche, frena de golpe. Justo en la puerta de la casa. Cruje el asfalto. Las hojas de los árboles, quietas. En un departamento de enfrente, del tercer piso, resplandece la intermitente luz azul del televisor. Dos hombres bajan del auto. - ¡Qué raro – me dije – que los dos hombres lleven sombrero! -. Se acercaron a las valijas, cada uno tomó una. Será la tiniebla, será la inmediatez de las cosas ocurriendo, pero no puedo distinguir uno de otro. Si hubiese bebido, asumiría que se trata de un solo hombre. Los reconozco así: el de la valija azul, el de la valija gris. Si en algún momento a uno se le ocurriese cambiar la valija con el otro, en ese instante, se volvería el otro. De pronto: una imagen se cierra ante mí. Los veo a los tres con sombrero. Me siento mal, me paso la mano por el pelo: lamento no llevar también yo un sombrero.
4
Los hombres cargaron las valijas en el baúl del auto. Les dije: - ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen con las valijas? -. No me respondieron. La miré a ella, que no me miraba. Suavemente, le puse una mano en el hombro; ella la apartó. No con desdén; ni siquiera había desprecio. Era un gesto, como cualquier otro. Enojado, le dije: - ¿Qué está pasando acá? ¿De qué se trata toda esta escena? - Puso su dedo índice sobre mis labios. Me callé, como si se me rompiesen las palabras. Me miró. A los ojos. Hizo que no con la cabeza (había ternura en el movimiento, había gracia: como si el gesto proviniese de un ballet) y empezó a caminar, a caminar hacia el auto. Uno de los hombres había abierto la puerta trasera para que ella subiera. Le dije: - ¿Quiénes son estos hombres? ¿Por qué están acá?-. Le dije: -¡No podés dejarme así! ¡son muchos años! -. Le pregunté, con un hilo de voz: -¿A dónde vas? -. Ni siquiera se dio vuelta para mirarme. No hizo un solo gesto. Se subió al auto. El hombre, delicadamente, cerró la puerta. El agua corría por el cordón. Una persiana crujía, cerrándose. Alguien, en alguna parte, abría la canilla del baño. Vibraban las hojas otoñales, como huesos. Las sábanas de una mujer, en el cuarto piso del edificio de enfrente, mientras ella se daba vuelta en la cama, eran como viento. Pasos, tal vez, a una cuadra o a dos, regulares, secos, monótonos; y el sonido de un cigarrillo consumiéndose. Era el silencio. El silencio es así: lleno de cosas.
5
Los miré, pétreo y desarmado. En vano mis ojos rogaron por una revelación: el final pasaba y me dejaba petrificado. Con lo que me quedaba moví los labios, les pregunté: -¿Puedo ir con ustedes? -. Se miraron entre ellos; yo sentí que hacían un gran esfuerzo por contener una bruta carcajada. Me miraron, y con la cabeza hicieron que no, que no podía. Ambos se señalaron el sombrero, a modo de explicación. – Ah -, dije yo.
6
Después subieron al auto. Uno de ellos encendió el motor. - ¿A dónde van? – les pregunto; - ¿Es lejos? -. El auto comienza a andar. Dije: - ¿No quieren subir a tomar algo?-. Dí unos pasos rápidos, me acerqué a la ventanilla de ella, que se alejaba, le dije: - ¿Cuándo volvés? Llamáme – le pedí – Llamáme cuando llegues -. El auto se alejaba, yo trotaba torpemente por la calle, el empedrado hostil bajo las medias, le grité: -¿Vas a volver? – le grité: - ¿alguna vez vas a volver? -. Pero no sé si las palabras salieron bien, la niebla. Había mucha niebla y si hablaba se me metía en la boca, estaba masticando niebla. El auto ya se confundía con la noche.
7
El cielo estaba gris. Parecía que, de un momento a otro, iba a llover. Daba lo mismo. Quise ponerme las manos en los bolsillos, pero tenía puesto el piyama, y no tenía bolsillos. Mis manos resbalaron en la nada. Entré en la casa, en el pasillo me crucé con el portero. Tenía un balde de agua en la mano; iba a borrar la vereda, las huellas. En un bostezo, me dijo: - Buen día –. –Buen día, Roberto -, le respondí. Subí al ascensor, apreté el número siete y soporté como pude el lento tribunal del espejo.
fin
____________________
el cuadro: Separación, de Munch (1896)
*
18.12.06
conspiración en la oscuridad
“
(...) Mucho se ha discutido acerca de la irresoluble respuesta a ala pregunta: ¿mientes? Pero pregúntale a alguien que está a tu lado, muy quedo para no despertarle: ¿duermes? Si responde que está durmiendo, miente. Pero puede responder con el juego del sueño, que no es mentir, sino jugar a la mentira. Hay una gran diferencia, porque éste es un juego de amor. La pregunta en sí es un juego de amor, ya que supone que el otro no duerme, aunque toma todas las precauciones para no despertarlo. Por otra parte, es una única y misma pregunta: ¿me amas?, ¿mientes?, ¿duermes? Y la respuesta: sí te amo; sí, miento, sí duermo, también es paradójica. Pero no es mentirosa. Sencillamente viene de otro mundo, que no es la verdad del primero. “Sí, duermo; sí, miento; sí, te amo” atestiguan un sonambulismo maravilloso y, a fin de cuentas, una gran lucidez sobre las relaciones que establecemos con la realidad en el sueño, en la mentira o en el amor.
“
en Cool Memories
Baudrillard
///
(Así es como creo que funciona el texto: la esencia de las ficciones (su distancia de la verdad y de la mentira; su desesperación erótica; su estado híbrido entre vigilia y sueño; etc) – por lo menos en el caso de Ínfimos Urbanos - yace inscripta en este fragmento que, por supuesto, habla de otra cosa) (para encontrar algo es imprescindible estar buscando otra cosa).
2.11.06
love story I
Nostálgico: es una semana de agobio académico; tengo cercenadas las licencias poéticas. Pero, hace mucho, este relato inauguró la posibilidad de cuentos en Infimos Urbanos. Ha pasado bastante (la prosa ha sufrido la erosión del tiempo), y como me agota el caracter efímero de un blog, su predisposición hacia la vaguedad, lo frívolo y lo fugitivo, no me parece ocioso reaccionar recuperando la primer ficción deliberada que arribó a este espacio (que no iba a ser un territorio de ficciones, que no soñaba la dicha de un lector, y que no podía preveer su montruosa desmesura) cuando las primeras tentativas virtuales principiaban, casual y perezosamente.
Diario para seguir un sueño
“... and if he left off dreaming about you...”[1]
La mujer – una buena fuente de sueños.
No la toques
Bernardo Soares
I
El trabajo me deparó las mismas cosas en su mismo sitio. Más tarde, ensayar una obra de teatro sobre un hombre que miente a su mujer para poder amarla que se extiende, se bifurca, se complica y se demora, pagar patrióticamente las cuentas, besar a la mujer que amo como un ritual mediante el cual la libro al mundo. Ya en mi casa, dedicarme a la lectura en las horas quedas; y fue cuando, mientras de fondo sonaba "Green eyes" de Nick Cave, y yo extendía mi cansina visión metafísica sobre el áspero techo de un departamento alquilado, quedé dormido y apareciste vos.
II
Me quedan ahora ramas oscuras que solo sinuosamente me permiten entrever piezas sueltas del sueño. Íbamos en un auto, con otras gentes sin rostro, que yo no conozco pero trataba como íntimos. Regresábamos de una suerte de fiesta -y es raro soñar con fiestas porque yo nunca asisto a ellas: con violencia me aburren, me cansan -. Vos preguntaste la hora. Era de noche, y alguien respondió las seis y cuarto. Decidiste bajar del auto y yo entendí que era temprano para llegar a tu casa y que preferías caminar un poco. Acepté que esa era la avenida Acoyte, aunque en nada se asemejaba. Pensé en bajarme del auto a unas cuadras, pensé en alcanzarte. Lo que supe, de repente, fue que ya te había encontrado, y era en un callejón oscuro y lleno de árboles de hojas opacas que se estremecían como lluvia y muros grises de una antigüedad y una tristeza milenaria: estabas ahí, frente a mí, esperando. Yo te dije que recién entraba a las 9, pero pensaba en cómo iba a hacer, porque sabía que en el trabajo debía estar a las 7. Vos dijiste que teníamos tiempo, - ¿querés tomar algo?-.
III
Lo siguiente que recuerdo es que era un claro día de sol, pero era el mismo día. Caminábamos juntos vos y yo -tenía que ser la tarde- por parques preciosos que la arquitectura de Buenos Aires no se ha permitido. Pienso ahora que ya he visto en otros sueños[2] el parque laberíntico por el que cruzamos sin perdernos, ni darnos cuenta del riesgo, ni de lo que habíamos encontrado: esa inconsciencia la del romance. Había visto esos parques, pero nunca esa laguna redonda, perfecta, quieta, nunca esos puentes de piedra, anacrónicos, que decoraban nuestras conversaciones con un contexto bastante siglo XIX (sus novelas, por supuesto).
IV
La espesura de las paredes del parque era profunda; cada tanto escuchábamos un rugido que se alzaba en la lejanía y ya sabíamos hacia dónde no teníamos que dirigirnos, porque detrás de ese estruendo feroz había una bestia que nos quebraría de un solo zarpazo. No nos parecía terrible, sino parte del paisaje. Era como reparar en qué dirección vendrían los autos en una avenida vacía. Nos detuvimos cerca de una fuente vasta pero superficial. Miramos las estatuas que se movían en el centro de ese acuario, cumpliendo incesantemente sus dos o tres gestos rituales. Vos te apenaste un poco al recordar que ellos habían sido hombres alguna vez, antes de que la piel se les secara hasta volverse de helada piedra. Yo te consolé mal, diciéndote que ellos no eran sino una metáfora precaria de cada espectador. Exhibían la impenetrable piedra hacia almas cerradas con el mismo material. Estas cosas las dije con tristeza, y no con mi usual cinismo. Tal vez por ese tono en mi voz, te acurrucaste en mi pecho, tiernamente.
V
Sé que hablamos de todo. Sin embargo, ignoro si es que no recuerdo las cosas que dijimos o si en el sueño yo acepté ya haber hablado de todo. Vos estabas rodeada de un aura divino[3]. A mí las cosas se me confunden un poco, y recuerdo que era de noche, que yo tenía que irme. Algo había pasado -tal vez algo se había roto- y vos me decías que me querías. Para mis adentros, vulgarmente, creo haberme jactado. Yo te decía cosas lindas que sé decir para endulzar lo imposible de tu verbo. Yo me tenía que ir. Vos llorabas. Me dijiste "es la primera vez que estoy enamorada", y nos besamos; y no era un beso de amantes con ese fuego abrasador que vence los párpados, sino una caricia compasiva.
VI
Nada me ha pasado en este día que recuerde más vivamente que el sabor de tus lágrimas, ese salado altar que me redimía. (Pensé, mientras se extendía el instante del beso, que ahora tendría que dejar a mi mujer, imaginé la situación, la ví frente a mí, atravesé la idea de la pena, y luego llegué a mi vida con vos, ya inevitable) Todo era precioso y tan triste. Cuando desperté ya eran las 12am y cené comida recalentada. Murmuraban a través de mí las marcas calladas de un sueño que había tenido y ahora no podía recordar. El encanto de lo poseído y perdido. Sólo sabía que me había sentido tan bien. Vi una película de Fellini y a las 4am, mientras leía un sueño de Talita en Rayuela, me llegaron las coordenadas mínimas de esa caricia onírica que brilló mi día. Si tengo la necesidad de escribirlo es porque no quiero perder la sensación de ese sueño, y no porque pretenda literatura. Por eso escribo, diminuto y simple, sin trucos: abierto.
VII
Yo sé que mañana indagaré en tu rostro rastros del sueño que hoy me ha desvelado. También sé que serás otra cosa, distinta por completo de aquella enamorada muchacha que soñé. Hablaremos cosas que se hablan, y vos no sabrás que me has besado, que yo probé la sal de tu sangre. Solamente resta un desierto de vigilia, allí donde no podes interesarme, junto a las horas sucesivas y la inmediatez de estar vivo. Pessoa diría conmigo: ¡Qué nostalgia de la que nunca has sido...!
VIII
Tu nombre lo sé apenas y de tu apellido me enteré hace poco. Yo seré para vos un manojo de gestos intelectuales. No pasaremos de compartir juicios y sentimentalismos sobre algunos libros en que, solitariamente, coincidimos.
Tu cara habitó un fantasma hermoso.
Tu cara habitó un fantasma hermoso.
IX
Detalle narcisista: pensé en darte estas palabras, en alcanzarte este texto como si fuera literatura, y secretamente mirarte mientras lo leyeras. Para qué, no lo sé: para ver si algo brilla o trastabilla en vos, para ver si eras vos la que cruzó conmigo los puentes de piedra y saló mis labios con el néctar más triste, o si el sueño es solamente otro episodio de la soledad, apenas ese mismo fantasma travieso de lo que no hay ni puede haber que ha tomado tus ropas para burlarme otra vez y dejarme herido, persiguiendo un cuerpo ya vacío.
X
Te encuentro, dos meses después: definitivamente no sos la misma que soñé. Cuando te soñé no te conocía: supongo que por eso eras habitable por la ilusión –aunque yo, despierto, no lo supiera. Luego, vinieron días, te volviste humana. No es culpa tuya: someter tu destino a cumplir un libreto que mi deseo expone en el teatro nocturno es una cruz que nadie merece. En todo caso, tu imagen ha sido el soporte de un precioso espectro: de alguna manera eso te justifica (aun siendo que últimamente solo me das bronca porque te encuentro vulgar, torpe, vacía y sin nada para decir). Me queda este texto: saber que algo de mí fue dicho, y no importa demasiado que yo todavía no sepa leerlo.
XI
Sucesivamente, en mis noches el rostro cambia. Otras mujeres, otros recipientes sirven de símbolo para exaltar mi soledad. Pienso que también el amor es siempre el mismo; nuestros amados son excusas de la necesidad del sentimiento.
XII
Como las pesadillas: el horror es mío, pero la imagen que se identifica con ese horror viene después; se fabrica como una coartada para justificar el horror. Pero también me ayuda a comprender mi horror a través de una metáfora. Lo terrible: paso la vida temiendo a metáforas, sin tener idea de la fuente de la pena. Desandar ese camino, de lo literario hacia la expresión, deben ser pasos difíciles. Un camino que termina en el nombre verdadero. Entre tanto, tu imagen – y otras tantas – son como urnas preciosas donde mi vista puede descansar y encandilarse; los receptáculos donde vierto el flujo de mi pena hasta viciarle la forma. Está bien: te dispenso de acoplarte a mi idea de vos.
fin
[1] Las Ruinas circulares.
[2] Hablo de otros sueños pero: si hay otros sueños no lo sé –aunque nada sé-, pero me es grato imaginar que existe un solo sueño, que es el preciso reverso de la vigilia: no producimos un sueño, sino que regresamos a él.
[3] (yo ahora pienso en Benjamin: delicia onírica: allí ni siquiera se me cruzó Benjamín; idea de ideal: acaso allí yo, salvado, ni siquiera era yo: la última redención).
________________
El cuadro: Monet: el parlamento
15.10.06
Anecdotario;

primer draft
noche ártica
“todo lo que escribía... era
una inacabable despedida de ti”
del diario de Kafka
I
Era cierto que se había levantado un viento fresco. La noche estaba muy profunda y salíamos de cenar (ya no quedaba nadie en las calles). Ella estaba bastante desabrigada (apenas se defendía con una levísima tela, casi transparente); pero de todos modos me acompañó a la parada del colectivo porque vivía muy cerca (a la vuelta) y a mí, en cambio, me quedaban por atravesar todavía otras parcelas de la misma noche.
II
Sentí, mientras caminábamos, un silencio crecer entre nosotros. El tiempo que tardamos en llegar a la parada del colectivo fue para mí como una procesión mortuoria donde ella estaba forzada éticamente a acompañar a mi maltratado cadáver (lo hacía con elegancia: aun allí era nocivamente bella). Quise desaparecerme, para liberarla de ese trabajo. Y lo hubiese hecho si ella me lo pedía. Pero el silencio estaba ahí, se había corporizado y nos acompañaba. Incluso le guiñaba el ojo, le hacía caras y lo peor del caso es que ella respondía a ese juego (lo hacía subrepticiamente, sin dejar rastro alguno; pero yo me daba cuenta). No ven la hora de librarse de mí, pensé, para quedarse solos. Y después pensé: ¿pero por qué, si yo estoy postrado, enfermo de inmovilidad, si no sé cómo interrumpirlos? Y el silencio me respondió: no importa, interrumpís igual; estás lleno de lo signos de tu inquietud: esos signos, por más callado que te quedes, los tenés en la ropa, en la mirada, se te caen de los bolsillos y no dejan, a modo de bullicio y con poca claridad, de agitar sus manos, de murmurar su grito coagulado, de pedir ayuda.
Ella no me miraba, pero parecía asentir.
Ella no me miraba, pero parecía asentir.
III
Quise decirle algo, atenuar la gravedad de la cosas que habían pasado antes, pero hacía mucho frío, y mis palabras se caían al suelo, estallaban como informes bloques de hielo en un inútil sonido de hueso partido. Comprendí pronto que el lenguaje (mi instrumento más afinado) había quedado vedado en ese contexto, me había sido arrebatado por las extenuantes circunstancias climáticas. Desprovisto de él, yo era como un juguete roto. Tuve que contentarme con algunos gestos, arqueé las cejas, fruncí mi nariz y hasta intenté organizar una sonrisa en mi rostro para aunque sea rendir ante ella un signo de calidez. Es factible que esos esfuerzos no me hayan salido bien: mis músculos estaban entorpecidos por el frío, y lo único que logré fue una expresión de alucinado, un rostro de psicótico. Ella no se enteró de estas cosas: jugaba con el humo de su aliento, dibujaba figuras en el aire y luego las decapitaba; por lo demás, estaba muy ocupada temblando. El frío.
IV
Esperó cinco minutos, y en mitad de un diálogo dijo: - Es tarde. Tengo frío. Me voy -. Me abrazó (todavía se dio vuelta una vez más para decir “nos hablamos” – tuvo esa ambigua delicadeza -) y se fue.
V
Me quedé con el invierno en la garganta, con mis palabras rotas en el piso, con la imagen perpetua de su cuerpo doblando la esquina. En este punto de la noche, la nieve casi llegaba a mis rodillas (era el principio). Tomé del suelo las resquebrajadas piezas sueltas de lo que habían sido mis palabras, les limpié la nieve y jugué con ellas como si fuese un rompecabezas (con algo tenía que entretenerme). Cuando llegó el colectivo, casi tenía armada una frase; me dio pena tener que abandonarla, pero era necesario (cargar palabras viejas es un equipaje nostálgico que entorpece el trámite de estar vivo).
VI
Yo sabía que ella se levantaba muy temprano en la mañana y que había hecho un esfuerzo para poder quedarse hasta tan tarde (la madrugada, con todos sus dientes). Sabía la hostilidad de la noche, y las desavenencias del frío[1]. Sabía también que nuestro vínculo, sea cual fuere, excedía los límites de ese ínfimo evento. Pero todo esto lo sabía inútilmente: era el final, y como final tenía la potencia como para clausurar todas las esperanzas; como final tenía la clave para reinterpretar (envilecer) todas las anteriores horas juntos bajo esta nueva lente del desamparo. Además, era una metáfora, y las metáforas hieren: una metáfora, aun cuando no sea cierta, tiene un vigor superior a cualquier argumento, convicción, silogismo o compendio de verdades. Entendí lo único que sé entender: que ella no me amaba.
VII
Había atenuantes si los hubiese querido (...) pero porque siempre hay atenuantes si se está dispuesto a aceptarlos, a leer mal: los imaginaba como tímidos consuelos artesanales ante una verdad de violencia profética. Ella no había dicho nada, pero porque no hacía falta: su voz hubiese sido redundante. Un teatro había surgido de las entrañas de la noche: cada cosa estaba dispuesta para significar algo, y esa moraleja... había que ser muy iluso para desoírla. Mi automática resignación, mi vocación al fracaso me libra al menos del esfuerzo de tener que mentirme. Yo estaba envejecido de tantas despedidas; y la sentencia (de su desinterés) ahí, en el centro del invierno, ya era inapelable.
:fin:
*
2.10.06
portrait (backfire)
18
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
::
22.7.06
especulaciones autorreflexivas sobre la ausencia de J.
y es entonces un personaje de novela, un mutilado, un amputado
que se presenta en medio del escenario
y dice:
farsa
A las preguntas “¿por qué tantas palabras?” y “¿por qué no me pego un tiro?” he de decir:
Quiero sentir una vez la pasión en mi vida. Quiero una pena literaria, un amor (un dolor) que amerite una novela. Yo nunca amé a nadie. No busqué las mujeres que deseé (preferí verlas partir, atesorar su imagen): acepté las que fueron llegando; no supe decir que no a las que se quedaban: mi amor tenía la forma de la costumbre. Fui el amado; y no lo fui por virtudes mías, sino apenas porque no supe querer ni supe impedir que me quisieran (aun cuando tantas veces fue una carga). Nunca sufrí penas románticas: abandoné y fui abandonado sin que se trastornasen ni mi salud, ni mi conciencia, ni mi sueño. Entendí que la variedad de cuerpos donde el goce puede educarse, además de guardar una fragancia a tibio vértigo, tenía también un consuelo inmediato para cualquier desatino. La diferencia (la vanidad de la unicidad) inscripta en cada mujer era lo que me llamaba: esa diferencia me seducía como seduce una sirena, pero no me capturaba: por más fascinado que estuviese mi cuerpo – por más apresado – pronto se rendía cautivo del un nuevo canto de una sirena distante; la belleza siempre me ha parecido una condición de la distancia. Lo que me quedaba cerca me hastiaba; tal vez porque yo lo había tocado, (lo había mancillado).
Incluso J.
*
la máscara es el rostro
Al final de cuentas, este diario es – sí – una farsa. Pero que sea una farsa no implica que sea falso. Incluye la parodia de mí mismo. La tematización de mi perversión. Además, a medida que avanzo en la trama – en D., en J., en mí mismo – me voy creyendo la historia. Y la llego a extrañar de verdad, con toda la carne de la noche.
Quiero arder en este cuaderno. Que no haya sentido las cosas antes no me impide sentirlas ahora (sentirlas como ideas, como pensamiento). Decidí dejar de vivir: petrificarme en la ausencia de J. Si ella estuviese conmigo, mi amor sería imposible: se rompería de inmediato porque mi ansia es divina y J., terrestre. Pero su ausencia es celestial (fantasmática); a través de su falta me puedo contactar con todas las hipotéticas emociones que mi hastío me impidió. Necesito vaciar mi alma en las posibilidades de esta distancia. Lo que perdí – lo que no viví a tiempo – quiero que llueva sobre mí, que me asfixie de insomnio, que me destroce las puntas de las plumas convulsionadas sobre el cuaderno.
Por eso no puedo pegarme un tiro. Un tiro es el final de la farsa, es el territorio de la verdad. Y la verdad es, como lo exhiben Unamuno o Antonioni, una cuestión democrática. La verdad es siempre la verdad de los otros. Yo elijo sostenerme dentro de la farsa, porque solo allí puedo mirar el rostro terrible de las cosas, puedo enfrentar el vacío que impera sobre mi vida, mis días, mis cosas. Sólo allí se construye, con cada episodio, el paisaje cierto de mi alma, que se busca y se lastima para descubrirse y parirse en un mismo y sangriento acto.
No me divierto. No lo hago como un demiurgo que conduce los hilos de la trama: lo hago como un personaje de novela que no sabe que está en una novela, y padece los caprichos del destino, sometido a los vaivenes de la literatura.
Quiero arder en este cuaderno. Que no haya sentido las cosas antes no me impide sentirlas ahora (sentirlas como ideas, como pensamiento). Decidí dejar de vivir: petrificarme en la ausencia de J. Si ella estuviese conmigo, mi amor sería imposible: se rompería de inmediato porque mi ansia es divina y J., terrestre. Pero su ausencia es celestial (fantasmática); a través de su falta me puedo contactar con todas las hipotéticas emociones que mi hastío me impidió. Necesito vaciar mi alma en las posibilidades de esta distancia. Lo que perdí – lo que no viví a tiempo – quiero que llueva sobre mí, que me asfixie de insomnio, que me destroce las puntas de las plumas convulsionadas sobre el cuaderno.
Por eso no puedo pegarme un tiro. Un tiro es el final de la farsa, es el territorio de la verdad. Y la verdad es, como lo exhiben Unamuno o Antonioni, una cuestión democrática. La verdad es siempre la verdad de los otros. Yo elijo sostenerme dentro de la farsa, porque solo allí puedo mirar el rostro terrible de las cosas, puedo enfrentar el vacío que impera sobre mi vida, mis días, mis cosas. Sólo allí se construye, con cada episodio, el paisaje cierto de mi alma, que se busca y se lastima para descubrirse y parirse en un mismo y sangriento acto.
No me divierto. No lo hago como un demiurgo que conduce los hilos de la trama: lo hago como un personaje de novela que no sabe que está en una novela, y padece los caprichos del destino, sometido a los vaivenes de la literatura.
*
y después las luces bajan
y detrás ya no queda nadie (palpable oscuridad)
como quien ha dado vuelta una hoja de un libro
y la encuentra vacía
6.6.06
el demiurgo
El recuerdo azaroso de algunas pequeñas cosas que pasamos juntos me obliga a redimir todo el tiempo compartido. Supongo que tiene que ver con lo defectuoso, casi parapléjico, de mi presente. Veo, con estos ojos hundidos de naufragio, hacia atrás, y las cosas me parecen resplandecer con una luz que mientras ocurrieron no tenían. No importa. La nostalgia es algo que he padecido siempre, incluso mientras las cosas por las que sentía nostalgia todavía estaban conmigo.
*
Pienso: lo que nos unió – alguna vez – fue tan casual, como aquello que nos separó. Hay una magia que no llego a comprender, y es la del absoluto caos al que estamos todos librados. Si sufro, no es tanto por el paso del tiempo, por la ausencia de L., por la cadencia insípida de mis días. Si sufro, es porque anhelo un sentido para las cosas que me pasaron. Con la literatura, ese sentido lo invento. Con mi vida, no. Ni lo encuentro por ningún lado. Tal vez estaba, tal vez mientras yo vivía, el sentido existía, pero cuando retrocedí para buscarlo, como Orfeo, desapareció.
*
Puedo decir: L. no era L. Yo nunca quise a L. sino a una imagen que yo había construido sobre L., un bellísimo fantasma que yo tramé con mis miedos, ansiedades y necesidades, que casualmente reposé sobre el moreno cuerpo de L.
Y si digo esto, ¿qué? ¿Me ayuda? ¿Me sirve? ¿Me exonera, me redime?
Nada.
Si digo esto es la confirmación de mi soledad. No naufragó mi relación con L., naufragó mi relación con el universo. Tejí un espectro a mi medida, y aun así fallé.
Ni siquiera a mí mismo pude amarme.
*
Ni siquiera a esa creación mía pude retener a mi lado. Hasta de mi delirio fui desertado.
*
Como en las últimas líneas de estos versos japoneses (tankas) del siglo IX:
Ni en la realidad
Ni en el sueño
Yo te encontré.
*
El punto es: no importa a través de qué estructura mire mi vida; siempre podré lograr frases desalentadoras, tristes.
***
1.6.06
la nostalgia

Una vez un hombre que había estado relacionado con una mujer le envió, años más tarde, estas palabras:
!Si del pasado
Anudar pudiera el hilo
Y hacer que volviera hoy
El tiempo que fue!
Estas fueron sus palabras, pero es de creer que la mujer no se ocupó más de él.
Cuento XXXII de Los Cuentos de Ise,
de Ariwara No Narihira (siglo X)
__________________
7.4.06
acontecimiento de la pasión, farsa de la despedida
En un texto de Baudrillard encuentro el epígrafe para el texto anterior:
"
Con las mujeres ocurre lo mismo que con los acontecimientos históricos: se presentan una primera vez en nuestra vida como acontecimiento y tienen derecho a una segunda existencia como farsa.
"
Y entonces, Debret escribe:
Amanecía en mi ventana; era la hora de abrir la cama y empezar el sueño. Pero pude pensar un poco en Eros y Tanatos. Si hay muerte, es porque hubo vida. La muerte enfatiza el hecho de que la vida se está, mal o bien, ejerciendo. Es un consuelo efímero ahora que mis manos remueven las arenas grisáceas de la memoria, y no me queda más remedio que encontrarme frente a frente con el cadáver pútrido de la vida que dejé. Ahora su polvo se columpia en el aire, y me contamina todo. Pero es cierto que junto a ese animalito cálido y feroz pasé horas de sosiego y encantamiento. Eventualmente, correntadas más viriles arrastrarán los velos de mi mirada. Quedará un resabio de los ayeres, pero acaso quede librada una grieta donde acurrucar la vida, y seguir. Por ahora me parece inútil disecar ese cuerpo con el anhelo turbio de comprenderlo. No hay nada que enteder: fue; y ya no será (como El Libro de la Memoria, de Auster). Fue - y, desde el momento que compone, pieza a pieza, partes sueltas de mi historia - no estuvo mal.
Hay una metáfora, también de Baudrillard, que creo que ilustra bien las cosas:
"
Dos formas de la ruptura: una por alejamiento, otra por exceso de proximidad. Ruptura de carga, ruptura de encanto. Una priximidad semejante, día tras día, a lo largo de los miles de kilómetros del desierto puede llegar a ser tan insoportable como un crimen.
"
Y, a decir verdad, algo así fue.
...
Habrá que saber, alguna vez, dónde detenerse. ( lo que no sé es si es: "te conocí tanto hasta ver el monstruo que había en vos" o " llegué a conocerte tan profundamente que te volví un monstruo")
2.4.06
Eros y Tanatos

Apúntes lisérgicos sobre la identidad del deseo,
ese músculo variable, ajeno
0
Se encontró con una ex.
1
Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).
2
Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.
3
Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.
4
A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.
5
Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.
6
El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.
7
No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.
8
Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.
9
Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.
10
El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.
11
Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.
12
D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.
13
Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.
14
En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.
15
Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.
16
Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.
17
El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.
Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.
18
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
19
Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.
Paréntesis
(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)
20
D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.
21
Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.
22
Se encontró con una ex.
1
Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).
2
Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.
3
Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.
4
A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.
5
Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.
6
El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.
7
No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.
8
Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.
9
Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.
10
El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.
11
Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.
12
D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.
13
Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.
14
En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.
15
Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.
16
Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.
17
El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.
Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.
18
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
19
Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.
Paréntesis
(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)
20
D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.
21
Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.
22
Todo se extravía.
23
El texto quedó largo. Eso me pasa cuando no doy con las palabras inevitables, cuando malogro la idea original. Sea como fuere, aquí dejo de escribirlo. Habría que corregirlo, pero mejor que lo haga otro. O que lo corrija el texto siguiente. Si preguntan qué es, digamos que no es ficción ni es verdad: es un ensayo trunco. Hay cosas que nacen y cosas que mueren, y todo es una magia que nos sacude sin un sentido aprensible. Tenemos miedo en la tiniebla de nuestra soledad, y hacemos, con los tenues hilos de luz que tenemosa mano, sombras chinas contra la pared de la celda. Como estamos débiles y desesperados, terminamos amando a las figuras que creamos, como si estuviesen vivas. Eso es un poco el amor, y es un poco la literatura. Cuando D. me contó estas cosas, lo último que me dijo fue: supongo que hay mucha gente dentro mío. Y se quedó con la mirada perdida, frente a su escritorio atestado y su cuarto vacío.
______________
Cuando la tecnología lo permite, habré de poner por aquí el tango “Como dos extraños”. Aunque no decido todavía cuál de la versiones.
Pero sí, como cambian las cosas los años.
y la foto, de Debret Viana, que salió de su celular.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


