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23.11.09
lo real, y sus opciones de mierda
Ingreso progresivo en el crudo espanto de lo real. Debret Viana se halla ante la disyuntiva épica. El carácter cool de su despojo y la fase elegante de su carencia de medios se han visto transformados en lisa y llana pobreza marginal, a tres o cuatro pasos de la categoría de homeless. Entonces, ¿qué hacer? Las alternativas de Buenos Aires son escasas, y acaso indignas. Lejos aun de las barajas de la mendicidad o el suicidio – y todavía postergando un poco más el exilio -, las opciones se reducen a dos.
1 – El destino kafkiano (o pessoano, como se quiera): esto no se trata de una estilística, sino de algo más mundano. Como Kafka (o Pessoa) conseguir un empleo gris, aburrido e irrelevante, que implicase poco compromiso intelectual y consuma 8 horas diarias seis veces a la semana. Subsistir con el sueldo de ese empleo, y dar las horas que queden (pocas, en la noche probablemente, robadas al sueño) a la escritura. Ante la cercanía de la obliteración, la actividad literaria sobreviviría al costo de volverse casi un hobbie (palabra deleznable, por supuesto). Claro que la concesión a lo real bien puede significar ser abducido por lo real (Charly García dixit: la entrada es gratis, la salida... vemos). Desde luego, se trataría de un empleo horroroso e indigno. Sólo a eso puede aspirarse estos días.
2 – Hacerse el hippie: Tratar de no ceder la higiene personal, pero ir a plazas con pequeños libritos impresos en casa (50 paginas aprox) y con fotografías. Tirar una lona en Palermo, y apoyar los libritos y las fotografías, tal vez vender algo, ser leído un poco, y vivir en el ansia de que un turista pague en euros o, fascinado, guste financiar una edición real y resuelva así la impronta de eternamente inédito que ha cultivado. Volver la propia obra (vastísima, por cierto) un capital productivo tiene su parte seductora. Sin embargo, por más que las palabras de Debret Viana se vuelvan objeto, las expectativas de venta son discretas (por no decir flaquísimas). Y entre tanto, el hambre – y las facturas impagas – se avecinan.
*
Las opciones distan de ser ideales: al contrario, son lo que queda después de haber arañado el fondo del último tarro de mermelada. Debret Viana abre la heladera y como está vacía su mirada va dar sin escalas al fondo, donde ve su reflejo en una chapa de metal. En el espejo improvisado corrobora el paso del tiempo, y el declive. Las ojeras ya no se limpian solas, las marcas de la piel se profundizan, ya tiene un poco de panza, la barba de 3 días, desprolija. Para la cena, ya vislumbra con desdén los fideos en la mesada. En el escritorio encuentra unas galletitas húmedas, y se derrumba en el sofá. ¿Qué hace a las tres de la tarde, en bata, buscando un sentido al universo en las grietas del techo mal pintado? Yo que nací para reina, piensa, en la manera inútil en que un suspiro es pensamiento.
30.12.06
la verdad no es mimética
Llovía. Salí a la calle a sentir las gotas. Heladas. En un charco busqué mi reflejo, acribillado por las gotas de agua - violentas, grises -. Era como un espejo roto; un espejo improvisado rompiendose infinitamente, astillándose sin llegar a quebrarse. Pensé: mi biografía.
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