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1.5.07

márgenes de la escritura


Rousseau escribe, en los últimos meses de su vida las Reflexiones de un paseante solitario. El texto tiene una extraña lucidez que no dista del patetismo. En un momento, dice que la escritura es la “duplicación de la existencia”.

Supongo que una época iluminista podía permitirse esa ciega fe en un acto que aparentaba trabajar el razonamiento hasta volverlo palabra. Recuerdo a Blanchot, que se preguntaba: ¿es seguro que la literatura no trabaje para el mal? No sabemos responder. Graham Greene, por otra parte, se pregunta: ¿cómo es posible que alguien viva sin escribir? Yo me pregunto: ¿cómo es posible que alguien viva, si escribe? ¿Es pensable la escritura sino como una disfunción, una manera de no entender el circuito de la vida, de no darse al flujo ritual de las cosas inertes? No sé y no sé. Básteme decirle a Rousseau: No, no es la duplicación de la existencia, es la malversación de la existencia.
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Ah, la escritura... esa manera de discutir con los muertos, con los lejanos; y de ajustar cuentas con la realidad sin pagar el precio de ser real.

15.2.07

jingle

Daniel Veronese dice que hace años esta frase lo acompaña, lo hechiza, lo persigue (al punto que nombró dos de sus obras con ella). A mí me ha llegado hace un par de meses, pero la siento regresar en los momentos más desprevenidos del día: me veo recorriendo sus sílabas como si cumpliese un sacramento de un rito que desconozco, paso por su sonido como si acariciase el sinuoso lomo de una lenta serpiente; me sorprendo con los labios en mitad de la línea cuando creía que estaba pensando en otra cosa; melancólico, cuando deambulo por calles o páginas, siento que en ella se cifra la verdad de toda mi vida romántica; en la enajenación lúcida de mi tristeza estéril, la repito como una pura forma, frontera de un sentido que no puedo abordar; cierro un libro de repente, miro el techo desde mi cama, no sé nada: y esa frase vuelve. Sospecho que configura algo detrás de su simpleza: percibo - simplemente con las inflexiones de mi respiración cuando nombro la frase - las oscuridades que sugiere sin decretarlas (ninguna ambiguedad es inocente).
Sé, también, que prefigura una de las formas de la demencia.
Si la escribo ahora es, tal vez, para sacarmela de encima, para perderla.

*

Un hombre que se ahoga espía a una mujer que se mata




///

Es posible, por supuesto, que con esa frase algo se haya sembrado: late ahora en diversos episodios de mi somnolencia; no podré saber lo que, alguna vez, nacerá de ella.

13.2.07

el escritor, el soñador y las diversas prostituciones de las pulsiones oníricas

(Fragmento de un ensayo sobre Hamlet)





Actuar es empezar a morir, es adentrarse en la enfermedad del tiempo. Por esto, de algún modo, el escritor es un traidor: su palabra está hecha de tiempo, su silencio – necesario para parir la frase – está hecho de muerte (moverse es vivir, escribe Pessoa; escribir no es vida: a lo más, es una supervivencia precaria). El escritor debe mediar su sueño con artificios generalmente baratos: su angustia, su hastío suele ser el costo de no renunciar al sueño mientras sostiene el vicio de la escritura. Un soñador verdadero no puede escribir. Un verdadero soñador no colaboraría con la existencia del mundo exterior. Un verdadero soñador está siempre atento a lo inexistente: pero no lo prostituye: lo respira.

16.9.06

génesis


Al final de cuentas me vengo a enterar (un solemne informe médico) que mi angustia existencial era – apenas – insomnio. Lo único que me ha pasado en el tránsito de las horas, fue insomnio. Mi identidad toda proviene del insomnio (al fin: es insomnio).

La cosas sucedieron así: porque en las horas reglamentadas – ya desde niño – no pude dormir, me quedé despierto. Como esas eran horas deshabitadas, donde el sistema que organiza los dispersos objetos del mundo silencia su corset, las llené de pensamientos (me aburría y algo tenía que hacer). Enfrentado a la madrugada de mi niñez (sin tv, sin pc, sin mp3) todo lo que había era vacío, silencio. Un vacío insistente que ponía en escena sus dientes en cada teatralización del silencio hilvanando cada cosa de mi habitación en la terrible orfebrería de la nada. Como en el vacío, en el silencio, lo único que hay es pensamiento, me quedé pensando, dudando, haciendo frases con mi vagabundeo mental: no podía estarme quieto: la vigilia, en su abundancia, no difiere de la asfixia. Y como en ese vacío, en ese silencio sentí las cosas precipitarse en la nada, entendí el vértigo de la pérdida. Y entendí su feedback: las verdades tienen el delay de los espejos que duermen del lado de la sombra de las cosas más comunes. Atemorizado, contesté al vértigo de la pérdida. Y mi respuesta fue la escritura.
(Por supuesto una respuesta inútil. Y, además, una respuesta permanente: que debe vigilarse y ejercerse todo el tiempo; una práctica ritual que, allí donde descansa, desprotege: en esas grietas el cuerpo siente, en la voz de su propio latido, el trepidante roer de la muerte cansando las luces diurnas, como una rata que mastica la delgada muralla que la divide de la mugre, del alimento. Y, muerto de miedo, recomienza su labor infinita, trabajando delicadamente su soledad para abolir, al menos esos instantes, el agobio de la otredad.)
:*:

Eso fue todo lo que pasó. Si soy escritor, fue porque trasnoché. Si no soy normal, si me desangro de tristeza, es por el insomnio en el que eduqué mi ánimo para otra cosa, que no se parece en nada a las formas de este mundo.

24.6.06

arritmia (La Histeria)

No. Nadie habrá de salvarme. Nadie interrumpirá mi contacto exacerbado con lo más pulido de mi angustia: he descubierto cómo ocultarla; cómo hacerla desaparecer ante su misma apariencia - justamente: con la puesta en escena de sí misma -. Me bastó recordar la carta robada de Poe: sencillamente no tengo que fingir nada, sublimar nada, codificar nada. Hay que enfatizar sus muecas. Si mantengo mi cara demacrada, mis ropas vencidas, la mirada triste y cansina y todo el repertorio de gestos que denotan mi condición de desamparado (homeless íntimo), nadie podrá creerme (están demasiado acostumbrados - encandilados -al espectáculo como para desentrañarlo - despertar -), y estaré a salvo de la caridad ajena.
Estoy, después de todo, hecho una caricatura: ¿quién me tomaría en serio? En el mundo, todo lo que no es pose - pornografía, hiperviolencia - es inverosímil: las expresiones más humanas del hombre no llegamos a creerlas (el homicidio, la soledad, el miedo que desfigura, la traición elaborada, el hastío de las horas idénticas, etc). Vivimos en una burbuja precaria donde la escena se limita a ciertas performances prefijadas. Todo lo que desborde esos moldes no será asimilado más que por el desconcierto, la sorpresa, y catalogado de inmediato como otredad; pero no por eso todos esos residuos (los detritus del simulacro de la vida) que el ojo adiestrado desaprendió a distinguir dejan de ser LA verdad: lo que tenemos de cierto – todavía-, de inalienado . Como yo vivo en la verdad (la verdad kafkiana), no soy recuperable. De tanto insistir se me han torcido las vértebras hasta volverme incapaz de seguir el ritmo del cotidiano.

*

Y si todo esto no bastase - mi absoluta descabellada sinceridad para tornarme incomprensible, extraviado -, tengo este diario. La perseverancia en la escritura me asemeja progresivamente a un monstruo. Pero también desplaza a la verdad - la destierra -, y la transforma en ficción. La ficción justifica todo, lo exonera todo (ser ficticio es una de las formas de la redención). La ficción irrealiza todo este conflicto - lo estetiza, lo diluye -: vincula todo lo que estos textos exhiben - toda la mugre, toda la desolación - a una música vertida de mi imaginación: la imaginacón violenta, lasciva, única (!) del autor, el artista (que vive en la tensión de una eterna batalla: domina o es dominado por lo que crea; o crea los nombres con los que señala y organiza las potencias intangibles que lo dominan). Aunque gritase que todo (Todo, TODO) es cierto, nunca me creerían. ¿Cuánto demora mi prosa, mi cada palabra vertida en volverse una pieza ronca del museo de las ficciones estériles; sonido roto disperso entre los vientos? Estoy a salvo.

**


the cure - this is a lie

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the cure


music song lyrics

30.9.05


Para mí, la vida es como una posada del camino, donde debo demorarme hasta que llegue la diligencia del abismo. Ignoro dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esa posada como una prisión, pues estoy obligado a aguardar en ella; podría considerarla un sitio propicio para la sociabilidad, porque en ella me encuentro con otros. (...) Me siento a la puerta y embebo mis ojos y oídos en los colores y sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.
Sobre todos caerá la noche y arribará la diligencia. Disfruto de la brisa que me dan y del alma que me dieron para ello, y no pregunto más, ni busco. Si cuanto dejé escrito en el libro de los viajeros puede, releído un día por otros, entretenerlos también en la travesía, estará bien. Si no lo leyeran ni los entretuviera, estará bien de todos modos.

Fernando Pessoa
última parte del primer fragmento del Libro del desasosiego

25.9.05

Casi no recuerdo la época en que mi inquietud era jóven
.
Encuentro esta frase en un cuaderno lejano, de hace uno o tal vez dos años. Imagino haberla escrito con dramatismo adolescente, con mucha pose ojerosa de sufridas madrugadas. Me gustaría pensar que mi prosa hoy carece de esos excesos. Hoy llego a esa frase siendo otro - al menos por las ropas que visto y por Heráclito; la tristeza, un poco más lenta, me sabe igual - llego a la frase y me detengo: la miro, la doy vuelta. Es un insecto infértil. No le encuentro el más mínimo valor: es una frase que no me seduce (salvo el punctum). No sé cómo no ser cruel con aquello que fui. Sin embargo, no huyo de esas palabras entrelazadas, algo me subyuga: no puedo evitar pensar en otra cosa; en otras palabras. Recuerdo. Recuerdo porque cada baldosa del presente es una trampa: una suerte de trampolín siniestro que me lanza hacia atrás, hacia tejidos hechos de ayeres con los restos desgajados y moribundos de lo que hice, o ví, o leí - y permanentemente, como en un sueño, confundo -. Entonces recuerdo a un escritor japonés, su última línea. Antes de matarse - en el mismo minuto de su muerte -, Ryonosuke Akutagawa* llegó a una hoja virgen, y con negra tinta escribió: una vaga inquietud. Por algún motivo misterioso, eligió esa cifra para entrar en la muerte.
Tal vez algún hilo vibre entre las almas. No es cosa que me sea dada saber.
Pero sí es un sueño con el que puedo distraerme del Destino.
__________
* Olvidado en occidente, hoy su nombre suele recuperarse por haber escrito el relato del célebre film RASHOMON, de Kurosawa, y por algunas compilaciones de literatura fantástica que no pueden permitirse la omisión de un relato como SENNIN.

23.8.05



voz subterránea
Como todo basural, Infimos Urbanos no cierra nunca. Es un compendio de cosas rotas: es decir, inagotable. Su fronteras son tolerantes: basta conque algo se caiga para que pueda formar parte del cuaderno.
Pero, si se cerrara alguna vez - porque como los poemas de Valery: no terminan; se abandonan - debería cerrar así:
"(...) ¡Hay tantas cosas que quisiera olvidar para siempre! Pero... ¿no sería conveniente poner punto final a este diario? Creo que escribirlo fue un error... En fin, lo cierto es que no dejé de sentir verguenza en ningún momento de la narración de esta historia. No es literatura, sino una expiación, una pena que me impuse.
Referir con detalles cómo ha fracasado uno en su vida, su subsuelo, que es lo que he hecho yo, no puede ser interesante para nadie. Una novela necesita un héroe, y yo, como a propósito, reúno todos los rasgos de un antihéroe. Además, todo esto produciría una pésima impresión en los lectores, porque todos hemos perdido la alegría de vivir, porque todos cojeamos, algunos más algunos menos. Hasta tal punto perdimos esa alegría que sentimos cierta repugnancia por la vida real, la "vida viva". Pero a nadie le gusta que le recuerden eso."
de las Memorias del subsuelo
Dostoievski
.
Aunque claro, eso de referir los detalles del fracaso de la vida. Habría que mirar bien si cada palabra escrita no es precisamente ese signo. Si la tinta abre un alma sobre el papel, no importa lo que quede escrito: será siempre el vestigio de un latido, de una soledad; la derrota. Nuestros pasos sólo pueden dejar huellas con esa fragancia cansina. La letra es el recuerdo de algo precioso y fugitivo que no podemos aprehender. Lo que nos encandila es lo insondable: los despojos de una luz que se posó. Con la belleza de nuestro fracaso hacemos un hilo - de la textura metafísica de la espera de Ariadna - y con ese hilo atravesamos las piezas sueltas de la luz de otro - esos restos literarios - ansiando en vano hacer nacer la desvanecida figura imposible, desandando los muertos hasta el contacto con la carne del verbo. En la pérdida incesante de esa búsqueda está el goce de la lectura. El fracaso de la lectura.
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En otras palabras: creo que siempre seré feliz allí donde no estoy
foto: d.v.

10.8.05


.
Lo que pasa es que no tengo nada para decir. A veces lo digo, a veces lo grito por ahí. Las palabras rebotan un poco, y después se diluyen, incorporándose al silencio (que no existe, que no puede existir). Otras veces el narciso, y entonces lo escribo: son esas las veces en que aparece un texto en este cuaderno. Puede que sea un texto como este, escuálido, evidente. Lo cierto es que suelen aparecer un poco más vestidos, más rugosos e inaprensibles: textos que saben ocultar, breves arquitecturas que codifican el efluvio de la pena, tibias coartadas para el espejo. En definitiva, siempre es el mismo texto, siempre es la misma fuga del abismo hacia el abismo. La tensión entre lo dos silencios es un puente frágil, vibra torpemente queriéndole arrancar el sagrado jugo a las piedras, pero en sus piruetas desesperadas no hace más que decir el silencio, nombrarlo. No con un nombre, sino como el borde del camino nombra al precipicio que empieza.
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Me acuerdo de Flambert. En una carta, escribe: no puedo ver una cuna sin pensar en una tumba. Claro: si fuéramos solo carne podríamos vivir en el presente. Como los animales, como la lluvia. En fin, como el mundo. En cambio, no hacemos otra cosa que resbalar hacia las ficciones: lo días son el vaivén frenético, pendular entre el pasado y el futuro: recordamos, o soñamos, o deseamos o sentimos nostalgia, o melancolía. Todo lo que nos llega lo mediamos. Hasta minuciosamente deshacerlo. Es que las cosas que hay en la vida son para nosotros como el juguete para el niño. Tenemos que romperlas para ver como funcionan, o para apropiárnoslas. Y a veces, simplemente se rompen mientras buscábamos comprender. Se gastan. Se cansan.
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Porque lo que yo estoy diciendo es nada: solamente que en la enunciación de esa nada me crucé con algunos signos de la muerte, vi cómo iban subiendo sobre las cosas, cómo las dormían. Estas palabras son lo mismo. El primer signo de la muerte es la vida. Si la nada pudiese existir, tal vez mis palabras fueran su réplica (o al menos uno de sus suburbios). Como no existe, solamente me resta hacer frases. Y compadecerme del lector.
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Sin embargo, creo que lo importante es que ese que habla siempre dice otra cosa. Que la escritura, que a veces mal se empeña en transportar un significado, por más simple que sea, siempre acaba por develar otra cosa. Y no me refiero al pueril devaneo que acabo de ilustrar, sino a algo más pequeño. Como cuando odiamos a un amante, por ejemplo. Ese odio expresado abre el texto de la ruinas de nuestro deseo herido: el gesto de que el mundo una vez más no ha sabido sincronizarse a nuestro breve latido. O no; tal vez diga otra cosa, tal vez la idea sea: no podemos decir nada, porque todo nos delata.
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Lo que pasa es que no tengo nada para decir, y lo digo muchas veces.
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5.8.05



I

La escritura se parece a veces al exhibicionismo. El escribiente da en espectáculo una pieza suya, algo que es y que no es él mismo, algo suyo pero que no le pertenece (alguien pensó en la imagen de la piel muerta: las migas de la piel gastada, desparramándose por ahí al capricho del viento).

II

Una extraña confusión parece haber generado la idea de que yo acabo siendo, de alguna manera, responsable por las palabras en estas páginas dispersas. Apenas puedo decir que no sabría responder por lo que aquí queda escrito. No puedo dar cuentas de las frases reunidas en este cuaderno de tapas invisibles. El significado está hecho de bruma, está interrumpido por velos que tienen la textura compuesta por cada palabra derramada en la página; y el significado está inconcluso: tropieza, nace, se quiebra, se hunde, se pierde o multiplica después de cada nueva palabra, después de la mirada o el cruce del río del tiempo. Ya que no está quieto, no hay significado: siempre se está construyendo (con el proyecto secreto de nunca llegar a ser). Tal vez algún día yo lo descubra, pero no guardo un entusiasmo estruendoso.
III

De las inquisiciones que se acumulan debajo de mi puerta (y ya son tantas que la terminan trancando y después no puedo salir y tengo que vivir conmigo en una habitación cerrada; un teatro para nadie) hay una que se reitera: "¿dónde está la novela?". Yo ya había resspondido: en ninguna parte. Esto no significa, sin embargo, que no se trate de una novela. Es decir:

IV

Como el juez de la novela La Caída, de Camus caminaba el laberinto circular y brumoso de Amsterdam - su arquitectura infernal, parecida al sistema que organiza la memoria, diría Auster pensando en Cosme Rosselli (1579 ,Venecia) - A., en El libro de la Memoria, recorre - perdido - la calles grises de niebla de la ciudad extraña. Dice: "lejos de cualquier cosa que pudiera resultarle familiar, incapaz de descubrir ni siquiera un punto de referencia, descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo condución al interior de sí mismo."
V

Yo ya había dicho: son pasos. Las palabras, las palabras de otro, los textos, los falsos cuentos, las todavía más falsas anécdotas, la prosa inquieta, las fotografías, los silencios, los diversos vínculos entre las piezas de la inconexa maquinaria, TODO, todo eso es nada más que pasos, algunos pasos sin métrica por una oscura vereda circular que a fuerza de andarla y desandarla, doblarla, recorrerla, mentirla y romperla, y gastarla con la mirada, con las suelas , con la lengua se ha extrañado hasta convertirse en nada, en un espacio sin nombre, en un espejo roto que desprolijamente devuelve imagenes sueltas en este cuaderno, y proyecta sombras chinas en las paredes de las almas ajenas; y - silenciosamente - va imprimiendo las sangres para los otros: cada contacto con el espejo es un corte, una gota derramada, una palabra que se da: literatura.

VI

Si tengo que creer en alguna cosa, creo que así es la arquitectura casual de este cuaderno.

VII

la imagen de un laberinto.
enorme, sin salida.
y no pensar
que en el centro del laberinto está
la resolución del enigma,
el espejo.
no pensar tampoco
que está en la salida.
ni en la muerte.
(tal vez en el minotauro.)
pero sí
en cada
paso
dado.
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