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13.3.07

principio de incertidumbre / un tratado sobre la identidad



apuntes para una gramática de sí mismo



Quizás sea tiempo de vivir
la ilusión de mirarme en ti




I
Turbio en la madrugada insomne, hastiados ya los servicios curativos que desprolijamente reposan en mi habitación, me dejo caer (como cae un pétalo de nieve sobre la nariz de un tigre de java) en los abismos típicos del pensamiento desprendido de su utilidad diurna (probablemente a esos episodios se deba mi escritura: es una praxis que solo puede sostenerse refugiándose en la quintaesencia de la más sublime inutilidad: de alguna manera, que estos devaneos que, lerdamente, van erigiendo una “literatura” no sean prácticos implica una medrosa forma de no-practicar el mundo: retraerse del mecanismo del universo (entiéndase: la vida prescripta, mal guionada por un staff de yupies hollywoodenses) haciendo circular no su oposición (no su histérica rebeldía) sino la evocación de las lejanías que habitan en trincheras calladas en un sepulto rincón de las almas amordazadas de pastillas y rutinas (la neurosis aurática) ) (así de impráctico como el paréntesis anterior: romper la virginidad del papel para decir una cosa, fugarse a la mitad, y terminar diciendo otra, a tientas: sospecho que esa será la arquitectura secreta que ejercita mi escritura: algo que no termina de empezar deviene tropezadamente en otra cosa que no sabe concluirse sin iniciar su propia interrupción, etc: una excursión por el extravío).

I
Como no he de desdecirme de uno de los postulados iniciales de Ínfimos Urbanos (la escritura es una praxis: solo se corrige hacia delante: el siguiente texto reparará el anterior) no tengo más remedio que intentar decir de nuevo lo que antes no dije:
Hundido en la espesa opacidad de la madrugada, agotados los rumbos dentro de mi cuarto, arropado por severos enjambres de innumeras monotonías que zumban inagotablemente en el oído de mi insomnio, ingreso lentamente en la deriva de las ideas, el nebuloso océano de las especulaciones de una tristeza vacante. Y esta vez, regreso al tema de la identidad (como se regresa a un libro dejado sin terminar, en el remoto umbral del tiempo evanescente).

II
Y me preguntaba: ¿cómo es posible que yo pueda dar cuenta de mí si, de las personas con las que trato, soy una de las que menos veces ve mi rostro?¿qué tengo yo que ver conmigo, si ni siquiera tengo familiaridad con las sinuosidades de mi espalda? Conozco a mi espalda como sé que existe China. Tengo de mí apenas una idea interior, como quien, en la siesta, oye distante la lluvia caer sobre los techos en su murmullo delicado. Mi idea interior de mí es tan precoz, frívola e incompleta como lo son las diversas imágenes exteriores que he causado sin intención en las sensaciones de las gentes (cercanas y esporádicas) con las que traté. Yo, envase de mí mismo que sé de mi cuerpo apenas para cubrirlo con ropas o extraviarlo en primitivos goces fálicos. Yo, histérica cápsula de angustias hermética para mí mismo, extranjero desorientado que recorre el territorio de sí mismo meramente por trámites higiénicos, y ayer descubre un lunar que nunca había visto y siente por completo su irremisible distancia de sí mismo (desarraigado incluso de su propia imagen).


III
Extranjero de todo, foráneo de mí (confundir mi reflejo con alguien, discretamente saludarlo con la cabeza, tristezas así), ¿dónde podría sentir al menos la ilusión de un hogar (un lugar donde aplicar la gramática del hogar, su discurso)? He de buscarlo – pensé – en la realidad (eso que hacen los otros y que yo, desde mi orilla lejana, observo como un disperso espectáculo que no alcanzo a comprender). La lógica contemporánea rinde su fe ante la mercancía: pero yo, con dinero, solamente podría comprar los huesos falsos de un hogar, un territorio vacío que mi presencia continuamente deshabitaría. También podría pagar un analista para que ostente su lenguaje teórico sobre mi vida; pero no me tienta ofrecerme como objeto interpretativo, conejito de indias de latigillos interesantes (la literatura ya es la hiperinterpretación múltiple de mí mismo; y es una araña celosa). Agotados los artilugios monetarios (descarté antes de que se me ocurriese comprar cosas para ser – devenir – lo que tengo) me quedaron solamente los otros. Dividí mi imagen reflejada en los otros en: a)el amor, b)la amistad, c)la familia, d)la enemistad, e)los indiferentes - aquellos que conmigo eran transeúntes de la nada -.

IV
Me traspapelé entre los significados y ausencias de significado que inscribí en las retinas de la sensibilidad intelectiva de todas esas personas y gentes (según). Me traspapelé en fotografías imaginarias: captaron una imagen de mi cuerpo en determinada posición y conjeturaron, diversamente, que yo era eso: extendieron mi gesto hasta hacer de él una personalidad (yo no soy, por ejemplo, pensativo: simplemente esa vez me picaba la barbilla). Con la idea del otro, la idea de uno mismo es no más que una serie de malentendidos.
No llegué a ninguna parte, internado en el selvático laberinto babélico de los otros: fui – allí, en realidad – muchas cosas: gente que ni siquiera imaginé, monstruos que no supuse, bellezas de las que soy indigno, máscaras que no sabría encarnar, mártires, santos y asesinos.. misterios que la verdad de mi carne hubiese decepcionado. Creo que sobretodo en el amor se dio este malentendido, donde fui amado por lo que no era, etc
Cuando me busqué en los otros, no solo me desencontré: también dí con muchos hombres... todos extraños.
...
El siguiente diálogo, en un relato de mi infancia (hoja amarilla, un poco arrugada, escrito con pilot negra):
¿Qué es lo que dice un espejo roto?
Nada. Solamente la verdad.
¿Cómo puedo capturar ese mensaje?
-No es un mensaje. Se trata de una multiplicidad de imágenes codificadas en un lenguaje incontenible. No tenés derecho a leerlo porque no lo comprenderías.


V
No me convence, tampoco, acatar la fábula de la memoria como identidad. La sumatoria de experiencias rinde un resultado casual: acepto el accidente como una travesía sublime, pero me desagrada concebir que la composición de mi identidad obedece a una consecuencia de hechos fortuitos. Convivo con el malestar estomacal de un universo carente de todo sentido (y deposito allí mi más lúcida filosofía, si ha de llamarse así a mi incapacidad de vivir por estar hilvanando la vida que veo pasar), pero esa ausencia es el principio del mito: la oportunidad de generar diversas tramas, acaso el origen de la escritura. Atenerme a los hechos – definirme por ellos – sería clausurar el elixir divino que tiene el interior de las cosas: he imaginado mucho mejor de lo que fui, del mismo modo que escribo mucho mejor de lo que soy: reniego de que una identidad pueda definirse por una vigilia direccionada la mayoría de las veces por el imperio de la inercia, o de los otros (que sería lo mismo, claro), y que exilie las biografías que brotan del silencio (tema de otro ensayo: el silencio: verdadero espacio escénico del yo). De ser así, prefiero ser juzgado – es decir, configurarme – por las cosas que soñé y deseé: es decir, lo que no soy, lo que me falta. Siento que es allí donde un alma se delata.


VI
A la pregunta ¿por qué por qué tan complicadamente expresar una idea cansada y simple? habría que responder: ¡justamente por eso!: Debret Viana no se contentaría en exhibir que sus devaneos provienen de los episodios ociosos que concilia en los márgenes de realidad (es decir: un lujo de clase, hiperburgués, semifálico), y que no difieren de las inquietudes de cualquiera, de cualquier vulgar conversación nocturna de bar cuando ya todos los barcos han partido; además, de alguna modo es preciso justificar la empresa del texto: aunque sea su carácter barroco, su música vacía, su non-sense pirotécnico.



VII
Si fuese pintor, estallaría mis sesos sobre una tela incompleta,
y sería eso;
y fallaría,
otra vez.




VIII
Recuerdo una mujer. Junto a ella vi pasar cinco años de mi vida (hoy los recuerdo como recuerdo un film que vi somnoliento en la infancia, inconexas y fragmentarias sus escenas, gratuito su comienzo y su desenlace, insulsa la trama y bastante inverosímil mi personaje, en el que no me reconozco salvo en el pelo despeinado y la ironía como recurso discursivo permanente y patético). En el borde del deslinde, mientras pronunciábamos las últimas palabras que urdían la ceremonia de la despedida, esa mujer me habló de mí. Lo que dijo me espantó: describió minuciosamente un monstruo, un ser perverso, succionador de sangre y malicioso en cada paso de su existencia. Por supuesto, no me reconocí en ese relato, y atribuí su discurso un poco al odio propio de los amantes, y otro poco a esa distancia infranqueable que ilusamente creímos haber redimido durante los cinco años en que se sostuvo aquella ficción adolescente (un poco a los tumbos, claro, y remando con lo que había a mano en medio del vértigo de una tempestad que la obnubilación del romance nos impedía medir con justicia). Sin embargo, hoy – sumiso ante el altar del texto – es oportuno confesar que uno de los motivos esenciales que dispararon la disolución era la necesidad de no adscribir a esa imagen que mi amante me relataba: no importaba que yo no lo fuese – que yo no me sintiese ese monstruo –: si me quedaba a su lado, eso significaba investirme con las ropas fétidas que ella tejía para mí. Por no ser ese (ese: imposible traducirlo aquí: un insecto dañino, un infecto parásito: no puedo darle palabras: era necesario ver cómo se contraía el rostro de esa mujer mientras me odiaba, frase a frase) me fui. Lejos, donde los vahos de esa sentencia no me intoxicase.
Hoy, median años entre nosotros (el tiempo huyó como una tormenta por las alcantarillas de la ciudad). Pero a la hora de verbalizar mi identidad, no tengo más remedio que dudar un poco, vacilar entre los diversos espejos – todos ellos, de diversos materiales - que desde el silencio se arrojan hacia mi rostro vacuo (no sé qué cara poner, qué gesto usurpar cuando nadie me mira,) y al confrontarme con ese episodio del pasado, al menos preguntarme: ¿cómo ha sido posible que la persona que más cerca tuve me haya malcomprendido tanto?¿cómo fue que en la intimidad más profunda a la que fui sometido tampoco logré hablar el mismo idioma que mi única espectadora?: tuve un tranquilo espacio escénico, sin las presiones de taquilla, y aun así me traspapelé.
Y, supongamos, a los fines especulativos de esta búsqueda, que ella leyó bien, que me capturó: entonces, ¿qué pasa conmigo?¿tan alienado estoy que no distingo en mi biografía más que una fábula, la descripción de una terrible bestia mitológica?
(nota para la futura publicación: amputar este capítulo favorece el texto)

IX
Detengo un extraño en medio de la calle, me busco en su retina: no soy más que un conflicto de luces, una figura que despierta de la oscuridad, renovada y desdoblada en los diversos ojos que me espejan.


X
¡Mi propia madre ignora todo de mí, salvo mi fase diurna! (ella advierte cierta excentricidad, a qué negarlo: pero no sospecha esta encarnación textual, no intuye todo lo que muere – todo lo que se agita, se calcina, se mueve – para que mi mano trascienda una frase; mi cuaderno abulta una soledad hermética, páramo yermo donde sembré mis horas lúcidas, desvaneciéndome.


XI
¿Vale la pena decir algo más sobre la memoria? Nadie guarda las cosas que pasaron: recordar es componer con un pastiche de reminiscencias falsas una narrativa equivocada al servicio de las inquietudes contemporáneas. Acaso si pudiese ponerme unos lentes para mirar hacia atrás con el alma que fui... pero no, no vale la pena decir nada de la memoria: es una triste hilera de pesadas maletas cargadas de cosas de algún desconocido.


XII
Hundí las orejas en el fango cóncavo de mi pecho (ya todo el pulso se había exiliado), y escuché zumbar un inanimado desierto pétreo: las moscas decoraban el horizonte, por lástima. ¡Que así sea! Me vaciaré en la página mientras tenga tinta y dejaré mi reflejo insepulto como un halo susurrante entre las frases que me tergiversan, y estaré ahí, inscripto, como un incendio está en la ceniza de los objetos chamuscados, sombra de sombra, espectro fútil de una máscara inexacta, latido que se esfuma dejando lamparones de humedad, algunas palabras detenidas, un rato, entre dos abismo, y poco menos.


XIII
¿Quién soy? Alguien que llegó tarde tarde tarde a la farsa teatral que era su vida. ¿Qué tengo que ver yo conmigo? Diré las líneas que restan hasta que el telón borre el escenario, ¿qué otra cosa puedo hacer?


...


O simplemente me aburro, aquí con mi vida a la orilla de este cuaderno intacto donde prostituyo la vigilia, y como dice Pasolini: “Soy un pequeño burqués, y tengo tendencia a dramatizarlo todo”.


..
.

6.2.07

10 notas para una mitología personal


No he venido aquí para escribir.
He venido aquí para estar loco.
Walser




I

Innumerablemente, he declamado: el escenario es un lugar de venganza; de ahí que Ínfimos Urbanos (enorme, bestial escenario que todo fagocita) resultase una praxis agresiva, un ajuste de cuentas (con el desencanto de lo real, con los tártaros de las ilusiones, las nostalgias de plenitudes sin existencia, la intoxicación de los mundos posibles que no se dieron, las mujeres perdidas, el hastío de un destino insulso, la angustia de la irrelevancia de todo, el pasillo indeclinable por el que cada cosa se vuelve nada, etc.). Hubo que hacer algo en el momento en que las tensiones del mundo dejaron de coincidir con las inquietudes de mi cuerpo; cuando la ética de mi deseo se desencontró brutalmente con las maneras de lo real, había que capitular (acatamiento, sometimiento, suicidio) o ejercer un camino desesperado, personal, incierto (la soledad, la escritura).


II

Desprevenido, no supe leer totalmente el signo que esa sentencia suscitaba: me quedé con el estribillo, repetí su superficie (su máscara, su marioneta: su farsa) y prescindí del presagio que latía bajo la piel de ese signo. Es raro que las verdades se presenten sin su revés (por lo general, una emboscada): es común, sin embargo, dejarse encandilar por el destello erróneo de una frase parida – un juguete, al fin -, bajar las defensas, abusar del souvenir y desatender la negrura que puede resguardarse dentro de los márgenes del signo.


III

Porque cuando busqué mi imagen, el reflejo me devolvió otra, y yo me contenté con esa confusión (como cuando nos abrazan y nos dicen “todo estará bien”) es que he sobrevivido mi estadía en la realidad. Pero, iluso sería no prever esta pregunta: ¿hasta cuándo el espejo diferirá la verdad?
Una pieza del cuadro llegó a mí, la vi por accidente, se susurró de golpe mientras yo me ocupaba de otra cosa. ¡Sublime torpeza no haberlo pensado antes! Avisado de que nada es gratuito, ¿con qué ingenuidad suponer que la venganza no tendría un costo?


IV

Desterrado de las alegrías reales (aquellas junto a las que la humanidad tolera el peso de la existencia); extranjerizado de las cosas comunes; incapaz de habitar pacíficamente el presente (desbordado de nostalgias e imágenes oníricas); incomprendido y malversado; costeando los placeres con dosis cada vez más enfermizas de soledad; devoto de las lejanías y hastiado prontamente de las inmediateces; cansado de arrastrar tantas muecas a falta de un máscara que proteja mi ausencia de rostro, - esa desnudez -; inaudible para la tibieza de atardecer que vibran las flores; expulsado de mi niñez, inerme; hechizado por femeninos espejismos que tentaron mi confusión con mitologías absurdas; extendido ante luces que mecieron mis sueños pero llagaron mi carne, arruinándome para la vigilia; testigo irónico del funeral de mí mismo, a un costado de mi cuerpo, que obedecía las rutinas, ya sin mí..........en fin: de todo eso me vengaba literaturizando los diferentes distritos de mi agonía, tratando a cada uno como a un ladrillo de una inmensa construcción, que devendría eventualmente en un templo que, cerrado sobre mí (como Artemisa se cierra sobre la palabra de Heráclito), tendría ventanas desde donde yo vería a las fragancias de mis literaturas, como raros pájaros etéreos revoloteando por los delgados cielos del crepúsculo, en una danza lúdica sin solemnidad, y con tristeza bella.
En esas pirotecnias marchitaría mi alma, encantado.


V

Ejecutado en la aérea acuarela de mi metafísica sin destino ni consuelo, que viene de tanta lluvia contemplada que germinó del lado de adentro de los ojos, hartos de paisajes pedestres.


VI

Y era simple: ¿qué es necesario para acometer la empresa de una venganza?
Tiempo.
Dedicación.
Soledad. Para ejecutar una venganza, hay que realizar un sacrificio. Acorde a la medida de la venganza serán las dimensiones del sacrificio. Tan desmesurada la ambición de mi proyecto que tuve que rendir mi vida entera. La composición de una venganza es una arquitectura vasta y compleja (más cuando lo que yo pretendía ajusticiar era el universo). La exigencia de semejante obra es severa: es imprescindible abdicar de los rituales simples que componen la vida. Un hombre que concierta ficciones paga con el naufragio de todas sus realidades.


VII

El escenario – como el texto – es un espacio de venganza. Y el altar del sacrificio.


VIII

Algo ya había intuido, cuando decía que un escritor sólo escribe con sangre (tibia metáfora para decir que la escritura es tiempo - un suspendido tiempo de aire enrarecido, pero tiempo al fin): en el vínculo parasitario, vampírico entre el escritor y el texto (el artista y la obra) estaba insinuada la escena que recién ahora concientizo.


IX


Fui un penitente que cumplía su condena ejerciendo prácticas que suponía parte de su decisión ética (como si se pudiese decidir estar enfermo). Asumí la literatura para generar líneas de fuga de la vida, sin darme cuenta de que era mi manera de no vivir. Si hubiese sabido este axioma completo, ¿hubiese pagado el precio? No lo sé. En todo caso, es la pregunta errada (yo ya soy otro, y no puedo responder por mis diversos pasados). Acaso nunca hubo otra cosa para mí.
A esta altura, ya no es posible desandar el camino, ni abandonarlo y empezar una vida real. He profundizado tanto en las agonías de estar vivo que ya sé sentir la belleza sutil del instante, impregnado de su inmarcesible unicidad, y - claro - de su incandescente futilidad. El sacrificio reclamaba que cediese cosas para las que de todos modos no tenía alma para vivir: ¿qué hubiese hecho yo en la normalidad? La opresión de las normas me hubiese gastado. Sacrifiqué cosas para las que era previsiblemente estéril (el amor, la familia, la sociabilidad, la euforia, la hipocresía, la convivencia, la música pop, el cine industrial, las corbatas, el trabajo, los periódicos, la felicidad, etc).


X


Hoy, que ya he llenado demasiadas páginas (ansiando la dicha de algún día ser sustituido por ellas), y sacrificado todo, no tengo más remedio que seguir imaginando – seguir escribiendo ficciones – para tener qué subir al altar, para tener algo que desangrar. Es el vicio de la escritura el que, en su absoluta inutilidad, habrá de nombrarme. Desisto, como quien se quita unos zapatos demasiado apretados, de mi lado de afuera. Las tantas palabras desparramadas no son otra cosa que la desprolija procesión funeraria entre dos vigilias. Mi funeral es algo que ya pasó: llegué tarde, arrojé crisantemos oscuros sobre mi pecho inmóvil con el gesto de quien deja una maleta; subí la colina de la Nada como quien ha roto los bolsillos justo en el momento en que el poniente nacía; como quien, sentado en el invierno en una parada de colectivo recuerda la textura de un pullover de la infancia, yo, con cuatro palabras, empecé a labrarme un alma: me queda grande y me queda chica, y todavía entra algo de frío por las rendijas que dejan mis sueños al parpadear, pero algunas cosas - tal vez en su centelleo tímido de mariposa herida que cruza un abismo - sonaron lindas.






¿fin?

::::
el cuadro: shouting portrait, de William Blake

7.12.06

un ensayo apologético


















preámbulo al manual del mentiroso estético






Quizá la verdad alcance el precio de una perla que luce más durante el día, pero no alcanzará el precio de un diamante que brilla más bajo luces variadas. El mezclarle una mentira tiene que agregarle encanto. ¿Duda alguien que si se quitaran de la mente de los hombres las opiniones vacuas, los cálculos erróneos, las mimadas fantasías y cosas análogas, no quedaría la mente de algunos hombres como pobres cosas hundidas llenas de melancolía y desanimadas, algo desagradable para ellos?
Bacon
Ensayos





I
Es que tal vez clamar por la verdad es la traición- tender la mano y que detrás grite el ansia de la verdad: ahí es donde empieza la traición-. Entrar en la verdad es darse a una lógica ajena. Es decir: no sé lo que quiero decir pero sería como decir: la verdad es como ingresar en un sistema de cosas al que habría que subordinarse. Sería necesaria una correspondencia ciega con las tensiones homogeneizantes para lograr pertenecer a la verdad. Porque lo cierto es que adherir a una verdad inmediatamente bloquearía el desarrollo libre de las características subjetivas e individualizantes.


II
l...a verdad la verdad la verdad ....la verdad.
(Apunte para otro día: buscar La verité, de Sade, robar líneas de allí)


III
Mentir sería abrir una herida en la linealidad del tiempo. Como la sangre que brota de la herida y se derrama libremente lo que nace de la mentira es una historia. Una historia que es - desde luego - una bifurcación en la secuencia real de las cosas, algo como una senda paralela. Transitable para muy pocos (locos, esquizo, artistas) pero – y esta es su luz - no inenarrable.
La realidad continúa su irrefrenable, terrible caudal. La mentira, dicha en cualquier punto de la realidad, abre un tajo y por allí se derrama. Esa historia que inicia no se detiene: continúa su trama en otra parte. Y no es imposible que, en cualquier otro punto, evolucionada, se contacte con Lo Real: lo corte, lo mueva, lo trastorne: en fin, lo modifique.
Y también para atrás, por supuesto: las cosas no serían las mismas si creemos que las obras de Shakespeare fueron escritas por Marlowe, por ejemplo.


IV
No hablo de la mentira burda, la de los políticos, la maliciosa, la canallesca. Hablo de la mentira estética.


V
El único problema es que es difícil cargar con una existencia de mentiras. Si componemos nuestra vida a partir de un compendio de mentiras, significaría mucho trabajo lograr que no las mate la realidad y, sobre todo, que no se apuñalen entre sí (porque la mentira estética es como un gato salvaje que quiere correr libre, y no es probable que se la pueda congeniar coherentemente con otros ejercicios de fabulación). Si se consigue, es algo muy parecido al delirio. Como vivir en una novela.


VI
Es claro que no todos soportan el peso de su ficción. Tenemos, por ejemplo, el caso del francés que pretendía ser médico. Le decía a su familia, a sus amigos que trabajaba en el hospital. Salía de mañana al trabajo, pero se quedaba en bares lejanos, dormía en el auto, en parajes de la autopista. Iba incluso al hospital: cumplía sus horarios pero se quedaba haciendo nada, sentado, dormitando o leyendo revistas sobre medicina. Asistía a congresos y estaba al tanto de todos los avances técnicos de su supuesta profesión. Atendía a familiares y amigos - algunos de ellos, médicos -. Sus mejores amigos eran doctores y nunca sospecharon la farsa. Mil veces pudo ser descubierto, caminó tambaleante las fronteras de su fábula. Yo creo que, por el final, él ansiaba con desesperación que alguien le arrancara la máscara; hubiese sido su salvación. Sin embargo, la casualidad trabajó a favor de la farsa. Terminó asesinando a sus padres, a su esposa, a sus dos hijos. Era el peso de la máscara.


VII
Los hay que sí logran cargar con el teatro y se dan a esa representación. Como Jesús, o Eróstrato (Hamlet, en cambio, perece en la travesía: paga con su cuerpo).




VIII
O Swedenborg, Joan D´arc, una parte de Rimbaud, Byron, Saint Germain. Incógnitamente: Kafka y Pessoa. También Blake, Van Gough, Artaud. Y tal vez algunos asesinos seriales también. Todo es susceptible de ser tornado artístico.


IX
Hay que comprender que uno siempre es ficción. El punto es: ¿de quién? La mentira estética es un mecanismo de apropiación de los hilos ficticios de la vida. O sea: hacer nuestra, nuestra propia marioneta. Lo otro sería dejar que Lo Otro (las tensiones sociales, la mirada del otro, las corrientes de moda, las maneras y fetiches de la época, la mediatización de la vida, la buena educación, la economía, etc) conduzca nuestros pasos.


X
Imagino a ese tipo. El francés, el falso médico. Al final, yendo a menos, mintiendo mal. Queriendo que alguien descubriera su farsa para poder dejar de mentir. El no pudo entrar en su ficción: su vida se volvió la parodia de su cuento. Debe de ser desesperante no poder salirse de la máscara.


XI
O no.
Hay algún placer - tal vez un placer de artesano - en vivir en la casa que uno construye. Qué importan los materiales. Yo hablo de una mentira - de un delirio - construido con delicadeza, artesanalmente: hay que mentir hasta componer nuestra cara. Debe ser fascinante tejer un mundo y habitarlo. Como el marinero, de Fernando Pessoa.


(-)
El Marinero, de Fernando Pessoa dos puntos
En una habitación circular, símil de la torre de un castillo, tres veladoras sentadas alrededor de un ataúd. Nadie se mueve. Hablan. Hasta hundirse, hasta que todo tiemble. Una de ella cuenta que soñó con un marinero. Náufrago en una isla perdida, el marinero dejó pasar los días soñando. Soñó un mundo.
"(...) Durante años y años, día a día, el marinero erigía en un sueño continuo su nueva tierra natal... Todos los días ponía una piedra de sueño en ese edificio imposible... Pronto iba teniendo un país que ya tantas veces había recorrido. Millares de horas recordaba haber ya transitado a lo largo de sus costas. Sabía de qué color solían ser los crepúsculos en una bahía del norte (…)"[1]
Al tiempo, logró vivir en ese mundo. Un día se cansó de soñar y quiso recordar su patria verdadera. Pero ya no existía para él, no le quedaba ni un vestigio. Su única vida era su vida soñada. “Vio que no podía ser que otra vida hubiera existido... Si de ni una calle, ni de una figura, ni de un gesto materno se acordaba... Y en la vida que le parecía haber soñado, todo era real y había sido...”[2]. Y cuenta la veladora que vino un día un barco, pasó por la isla. Y allí ya no estaba el marinero.
Heridas de muerte por el relato del sueño, por su simbología, las veladoras conversan temblorosas la irrealidad de cada cosa.



XII

Para caerse en la verdad hay que producir la verdad; es decir: subjetivarse. Es decir: MENTIR (mentir como traicionar el flujo del mundo). Para construir la verdad hace falta la maquina de mentiras. Hay que mentir (erigir una ficción) hasta que la ficción nos ampare. No hacerlo significa convivir con los codos de la ficción del otro. Vivir en el mundo de los otros.



XIII

Esto parece una apología: ¡hay que estar loco!
Puede ser. La cordura civilizada es también el límite del otro (que el otro pone) - ¿dónde lo pone? obviamente: ¡sobre nosotros! -. Además, basta mirar un poco: la cordura civilizada se parece mucho a la locura. Vemos la realidad, los días, periódicos, la tv, las vidas ajenas, las vidrieras y no podemos dejar de decir: ¡esto es la locura!
Claro: es la locura del otro. (la verdad del otro)
(¿de quién? No importa de quién: ¡siempre es de otro; de cualquier otro!
y siempre pesa sobre nosotros: es lo que hay que ser - o sea,
la inercia, la muerte -)



XIV

Este viene siendo un texto largo - para el interés de un internauta-. Nadie lee textos largos. Tengo que suponer que estoy a salvo. Además, tengo fiebre. Puedo alegar desequilibrio momentáneo. Y no corregirlo.




XV

Es que la locura hay que merecerla: hay que construirla. Yo creo que debe ser desde el arte hasta encallar en la vida, rozar sus costas. Si empezamos por elementos no artísticos, si tenemos fines mezquinos, si nuestras mentiras no son nobles corremos el riesgo de terminar como el doctor francés. Es decir, que yo no me acuerde de su nombre. No como Shakespeare o Jesús. Pero yo no sería tan enfático al afirmar esto. Tal vez el orden, los materiales sean misteriosos. Como Charlotte Corday. En todo caso, será memorable. La historia rescata - de alguna manera - a los que entraron en su propio sueño (al sueño que construyen). Descreo de que el elemento artístico no participe. En todo caso, la trama de esa vida será legible como pieza literaria. O se perderá.
Invariablemente.



XVI
Lo que pasa es que hay mucha gente en mi delirio.
///



[1] Pessoa, Fernando: O Marinheiro.
[2] Idem

2.12.06

remembering vincent


La ventana de saint-remy






Hacía falta estar en un manicomio para ver el cielo arremolinado, lleno de tristeza y presagios. La ciudad duerme silenciosa, inerme – protegida de lo que no sabe solamente por no saberlo -, y la noche tiene allí el color de la noche, su sabor sabido, su serena marea de oscuridades.


Era necesaria la ventana de un manicomio (hospital Saint-Remy) para sentir el denso influjo de los espectros que respiran detrás de las apariencias, esas corrientes cargadas de letanía: pincel que vierte furiosos símbolos del portador del pincel; como si fuese el puente por donde la sangre se derrama, de las venas hasta el lienzo, estallando en coléricos colores – ondulante ebullición - que son como gritos, que quieren salir.


Despierta la noche del artista ante los ojos diurnos de tu cuerpo, desaprendido de su más profunda intimidad.


No había que aceptar la sencilla conciliación del sueño común; esa noche había que mirar las visiones oníricas con los febriles ojos de la vigilia: soportar el costo atroz de la verdad, fluyendo de las paredes, transpiradas. Era imprescindible la ventana de Saint-Remy: no importaba que estuviese cerrada; una pintura así es un paisaje interior: sólo puede ser pintado sin el mundo, dentro del convulsionado silencio del alma desolada: elíptica tormenta.



11.9.06

la soledad de la Literatura

apuntes para la máquina literaria
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El carácter impenetrable de la máquina literaria (su existencia como forma – bella, seductora – y nunca como sustancia) queda inscripto, como metáfora perezosa que es preciso intervenir, en una breve leyenda de La construcción de la muralla china, de Kafka. No seré yo quien coloque el resultado de esta decodificación en la inagotable voz kafkiana. Ya bastante tiene con haber inventado el siglo xx. Apenas si esbozaré un frágil teorema: tampoco diré que me pertenece: el cadáver de Kafka es la última profecía y, según parece, todo lo integra, todo lo nombra.

1
El destino de la literatura, el mensaje, queda develado (y encriptado, codificado, postergado para siempre) en este texto.
2
Se emite un mensaje (la literatura). Se dice como un murmullo, para aliviar las músicas de su transporte y, vanamente, ansiar que brote la savia esencial. El mensaje es para vos, un “mísero súbdito”, una “sombra minúscula”, un lector. Este mensaje le es dado al mensajero (el lenguaje), que lo carga y lo lleva. El mensajero debe arrodillarse (debe suspender el bullicio de su propia frivolidad coloquial) para ser digno de recibir el mensaje. El emisor, el escritor, le pide que al mensajero que repita el mensaje, para cerciorarse de que ha comprendido y sabrá reproducirlo. Pero el escritor está ya en su lecho de muerte, como siempre que escribe, como siempre que corrige lo que escribió. Aprueba el mensaje – levemente asiente con la cabeza -, pero porque no tiene ya fuerzas para rehacerlo ni para repetirlo.

3
Para el mensajero este mensaje es la misión más importante, y la más complicada. El mensaje justifica la existencia del mensajero: sin ese mensaje, no tendría razón de ser, perecería de intrascendencia, desintegrado antes que su cuerpo, obsoleto.

4
Entonces el mensajero se esfuerza, se abre camino. Los obstáculos le alcanzan uno tras otro, pareciera que nacen a su paso: y lo demoran infinitamente. Son los obstáculos propios de la (ilusión de la) comunicación: el ruido, la propia vida sucediendo, la irredimible distancia hacia el otro, la falta de pericia en el uso del lenguaje o la incapacidad de ingresar en el idioma del oyente, la soledad, el acostumbramiento a las reiteraciones de la superficie del lenguaje, el lenguaje que habla solo y utiliza, como un ventrílocuo a su muñeco, la boca de un sujeto, los tantos acostumbrados a que el lenguaje tome de rehén a sus usuarios y ya no escuchan, etc. Kafka nos avisa que los obstáculos son terribles, y que, aunque el mensajero sortee el primero, el segundo, aun el tercero – que son imposibles de superar -, no le serviría de nada, porque todavía le quedan centenares, cada uno tan infranqueable como el anterior.

5
El lenguaje luchará. Se nos dice “es fuerte, incansable; un nadador sin igual”. Con lo que pueda se abrirá camino; dará la lucha del silencio sustancial contra el bullicio vacío.
Y fracasará. Una y otra vez, fracasará.

6
La literatura es siempre el mensaje de un muerto, de un paria, de un extranjero (como nos dice Blanchot: el mensaje de un moribundo y sin verdad). El que escribe se sustrae de su propio tiempo, suspende la acción de su vida para vivir apenas en el pensamiento. A medida que teje frases, que urde párrafos va perdiendo la conciencia de su propio cuerpo, que desaparece tras cada palabra cedida al papel. Su soledad es perfecta. Y la perfección de esa soledad es indispensable para labrar cada sílaba. Es la misma perfección la que previene la comunicación del mensaje. La única herramienta que posee el escritor es el silencio, del que abusa incesantemente. Pero este silencio es, como toda cosa exterior, una apariencia, una fachada. Dentro del escritor bulle la fascinación del lenguaje como una tormenta incontenible. Escribir es una agonía serena. Es, de las formas de morirse, acaso la más lenta. Pero muy poco tiene que ver con la vida. Todo su trabajo depende del susurro fantasmático, del comercio con las cavernas más inferiores de la muerte. El escritor puede llegar – según sus dotes arquitectónicas – a erigir una forma que seduzca. Pero jamás realizará el deseo barthesiano de la escritura: ser amado. Y no lo hará porque el escritor siempre permanece inaprensible, ardiendo en la hoguera de su mensaje. Por eso ha empezado a escribir: para decir su mensaje; pero lo único que puede hacer son frases. Puede que lo distraigan un poco de la muerte circundante, pero no lo salvan. La literatura es el lado equivocado de la verdad.
Y el lenguaje no puede llegar a ningún lado con ese peso. Nadie podría abrirse paso entre la infinita muchedumbre de obstáculos que median entre el mensajero y el lector. “Y menos con el mensaje de un muerto”.

7
El escritor, mientras escribe, es un moribundo. Después, terminado el texto, ya no le queda más pulso. Y es arrastrado hacia una realidad que lo niega. Es un hombre. O poco menos

8
Ese es el destino de la literatura. No llegará nunca a ninguna parte, no significará nada; pero “tu (el lector) te sientas en la ventana y sueñas con el mensaje cuando llega la noche”. Porque entre la emisión del mensaje y su naufragio, hay - siempre - una historia. Y esa historia es una mentira (porque leer es como soñar), y esa mentira está en vos (porque la literatura es una excitadora de sueños pero esa materia onírica ya habitaba en tu silencio) – dice Alberto Caeiro – “mi lector, mi hermano”.
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