20.7.11
hasta (never let me go)
23.2.07
algunos rasgos melancólicos para una estética de la lluvia
13.2.07
el escritor, el soñador y las diversas prostituciones de las pulsiones oníricas
24.6.06
arritmia (La Histeria)
*
Y si todo esto no bastase - mi absoluta descabellada sinceridad para tornarme incomprensible, extraviado -, tengo este diario. La perseverancia en la escritura me asemeja progresivamente a un monstruo. Pero también desplaza a la verdad - la destierra -, y la transforma en ficción. La ficción justifica todo, lo exonera todo (ser ficticio es una de las formas de la redención). La ficción irrealiza todo este conflicto - lo estetiza, lo diluye -: vincula todo lo que estos textos exhiben - toda la mugre, toda la desolación - a una música vertida de mi imaginación: la imaginacón violenta, lasciva, única (!) del autor, el artista (que vive en la tensión de una eterna batalla: domina o es dominado por lo que crea; o crea los nombres con los que señala y organiza las potencias intangibles que lo dominan). Aunque gritase que todo (Todo, TODO) es cierto, nunca me creerían. ¿Cuánto demora mi prosa, mi cada palabra vertida en volverse una pieza ronca del museo de las ficciones estériles; sonido roto disperso entre los vientos? Estoy a salvo.
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the cure - this is a lie
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28.4.06
time of the great undoing
nick cave - brompton oratory
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2.4.06
Eros y Tanatos

Se encontró con una ex.
1
Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).
2
Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.
3
Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.
4
A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.
5
Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.
6
El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.
7
No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.
8
Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.
9
Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.
10
El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.
11
Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.
12
D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.
13
Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.
14
En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.
15
Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.
16
Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.
17
El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.
Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.
18
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
19
Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.
Paréntesis
(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)
20
D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.
21
Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.
22
El texto quedó largo. Eso me pasa cuando no doy con las palabras inevitables, cuando malogro la idea original. Sea como fuere, aquí dejo de escribirlo. Habría que corregirlo, pero mejor que lo haga otro. O que lo corrija el texto siguiente. Si preguntan qué es, digamos que no es ficción ni es verdad: es un ensayo trunco. Hay cosas que nacen y cosas que mueren, y todo es una magia que nos sacude sin un sentido aprensible. Tenemos miedo en la tiniebla de nuestra soledad, y hacemos, con los tenues hilos de luz que tenemosa mano, sombras chinas contra la pared de la celda. Como estamos débiles y desesperados, terminamos amando a las figuras que creamos, como si estuviesen vivas. Eso es un poco el amor, y es un poco la literatura. Cuando D. me contó estas cosas, lo último que me dijo fue: supongo que hay mucha gente dentro mío. Y se quedó con la mirada perdida, frente a su escritorio atestado y su cuarto vacío.
Cuando la tecnología lo permite, habré de poner por aquí el tango “Como dos extraños”. Aunque no decido todavía cuál de la versiones.
Pero sí, como cambian las cosas los años.
19.2.06
mi melancolía, mi monotonía; mi lobotomía

Entonces tomo un libro - de esos a los que siempre estoy regresando- y copio:
Releo en una de esos estados de somnolencia sin sueño, en que nos entretenemos inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que formarán, todas juntas, mi libro de impresiones sin nexo. Y de ellas asciende hacia mí, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta de monotonía. Siento que, aun al decir que soy siempre diferente, digo siempre lo mismo; que soy más análogo a mí mismo que lo que querría confesar; que, a fin de cuentas, no he tenido la alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una ausencia de saldo de mí mismo, de un equilibrio involuntario que me debilita y me deja desolado.
Se diría que mi vida, incluso la mental, es un día de lluvia lenta, en que todo es desacontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Desconsuelo de seda rasgada. Me desconozco bajo la luz y en el tedio.
Mi esfuerzo humilde, de siquiera decir quién soy, de registrar, como una máquina de nervios, las impresiones mínimas de mi vida subjetiva y aguda, todo esto se me vació como un balde con el que se tropieza de pronto, y se derramó por la tierra como el agua de todo. Me produje con tintas falsas, terminé siendo el de la bohardilla. Mi corazón, al que le confié los grandes acontecimientos de la prosa vivida, me parece hoy, escrito en la distancia de estas páginas releídas con otra alma, una bomba de agua en una finca de provincia, instalada por instinto y maniobrada por costumbre. Naufragué sin tormenta en un mar en el que se puede hacer pie.
Y pregunto, a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de intervalos entre cosas que no existen, de qué me servió llenar tantas páginas de frases a las que creí mías, de emociones que sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejército que son, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo debajo de los tejados.
Pregunto a lo que me resta de mí a qué vienen estas páginas inútiles, consagradas a la basura y al extravío, perdidas antes de ser, entre los papeles rotos del Destino.
Pregunto y prosigo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, desmadejada de nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir, en la secuencia de mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi falta de convicción con frío.
Sigan, tales como son. Jugado el dominó, y ganado el juego, o perdido, las fichas se ponen bocabajo y el juego terminado es negro.
Me agrada saber, sin embargo, que cuando no tengo voz puedo estirarme hasta la biblioteca, o arañar algún disco, y recortar las palabras de algunos otros - esos íntimos extraños-, y todavía poder hablar.
14.2.06
la aristocracia de la tristeza

Y tampoco es cuestión de fingir (aunque con Hamlet nunca sabemos de qué lado de la razón está). Hace unos días, por ejemplo, a Debret Viana le comentaron lo bien que le quedaba estar triste. En un principio, la observación lo irritó. Pero luego, preocupado, tuvo que pensar si efectivamente era triste o si su tristeza era una decisión estética, una pose elegante. En todo caso, es como escribe Barthes: “todo escritor dirá: loco no puedo, sano no querría: sólo soy siendo neurótico.”.
Podríamos decir: escribir es una de las maneras de no comprender el mundo. En este sentido, seguir escribiendo es esbozar una lectura del universo (aun cuando esa lectura sea exhibir que no sabemos cómo leerlo, ni vemos nada legible). Así el escritor genera una fantasía, una interpretación. La fatalidad de su obra reside en que no sabe cómo ingresar en ese mundo creado. Es para los otros. La salvación y la locura consisten ambas en entrar en este sueño (que a la vez es una de las formas de la soledad). Estar loco y ser feliz significa creer en el teatro que hemos montado (a esta altura Debret Viana se da cuenta de que, básicamente, este es el argumento del relato Moonslavery, y para no repetirse corta el párrafo y continúa como si nada pasase).
Queda claro: la isla no es perfecta. Sus costas vacilan todavía y tiene metafísicos problemas de fronteras. Algunos ecos del mundo llegaron hoy, con tantos ramos de flores, bombones con forma de corazón, repeticiones de declaraciones de amor, mujeres con el peinado recién hecho, baladas tontas dedicadas por la radio, y toda la ampulosa gama de rituales correspondientes a la tradición del día.
Un poco harto de la severidad con que son acatados los calendarios, Debret Viana seleccionó una canción, que por su fina y excelsa lírica expresa un poco su férrea apatía por esta burda ceremonia, que justo ha de cincidir con uno de sus declives sentimentales. De la poética, plácida e inasible, solo es reprochable la insistencia con el autor. Calamaro – dice Debret Viana – es un estado de ánimo que pasará. Sin embargo, la reiteración con el músico (porteña cruza de Dylan y tango) queda compensada con la delicada y sutil elección de cada etérea palabra.
Pudo haber sido Byron, Tennyson, Rimbaud o T.S. Pero hay días así. ..
( calamaro again )
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Como por un vecino molesto los muros de la torre de Debret Viana temblaron. Eran los ruidos de la civilización: el bullicio que quisiera cubrir las grietas del abismo. Pudo ser un piedrazo en la frente. Fue un rock.
No es tan diferente.
___3.10.05

Tuve que despertarme a horarios hostiles, tuve que vestirme de persona y tuve que pagar cuentas, hacer largas colas, tirarme a un costado de las paredes de las oficinas para dedicarme a la espera sin que mi cuerpo entorpeciera el flujo de la civilización, tuve que discutir tarifas con empleados de telefónicas, tuve que soportar los gestos ensayados de los empleados de las telefónicas, que me parecían muñecos rotos, que me parecía que cuando por las noches se desprendieran de sus trajes y sus zapatos para ir a dormir, con las ropas también se irían sus caras y manos, y ya no quedaría nada de ellos que estuviese vivo, tuve que subir y bajar de colectivos, de subtes, tuve que llevar papeles de un sitio hacia otro, que iniciar trámites lentos que producirán para concluirse, nuevos, infinitos trámites, tuve que decir muchas palabras a mucha gente vestida de gente, palabras huecas y ajenas, y si por acaso me escuchaba hablar a mi mísmo, no lograba reconocer esa voz fútil, en muchos ascensores subí y bajé y en ningún punto me pareció estar llegando a alguna parte. Cuando se me juntaron un par de minutos vacíos, los dejé en un bar, frente a una lágrima tibia y al cuaderno abierto donde ahora escribo estas cosas (aunque entonces no pude escribir nada; tal vez porque mientras lo vivía, el día no me parecía monstruoso). Después tuve que seguir, tuve que hacer cosas parecidas a las que venía haciendo, que insertarme en el medio de la urbanidad (que tiene su centro en todas partes, en cada una de sus partes). Tuve que ser muchas cosas que no tenían nada que ver conmigo. Dislocarme.
De esa materia está hecha la normalidad. Pude cumplir con ese vaivén urbano sin demasiada torpeza, y hasta incluso mis pasos tenían de cuando en cuando, si no les prestaba atención, la firmeza de quién está yendo a un lado preciso, de quién tiene una razón severa para moverse o es esperado en algún lugar. Cosas así dan la apariencia de una vida justificada. La velocidad que requerí para participar de ese mundo abolió todo contacto con la reflexión. Lejos de mí, pude hacer esas cosas. Pero de haberme visto, me hubiese aterrado.
Cuando el día pasó, sin dejar nada excepto mi cuerpo cansado, y pude sentir en un instante diminuto de la oscuridad de mi habitación todos mis movimientos y gestos diurnos de una sola vez, solamente pude preguntarme: ¿en qué momento fue que yo me volví real?