La música (sobre todo en su inclinación – o declive – pop) tiene al menos dos acepciones. El disfrute estético será, en este caso, para los demás. La selección de esta canción obedece a ciertas voluntades expresivas – simplísimas y desesperadas - que Debret Viana – por cobarde – no alcanza ni con su prosa ni con su vida. Se ubican en la problemática de identificación (que confunde lo bello con la clásica frase residual: “¡a mí me pasó lo mismo!”), y su discurso será entendido acaso por aquella a la que está destinado. Lo que Debret Viana pretende es adoptar la voz del cantante y derramar todo su lenguaje sobre su ya mítica Amante Morena.
Es una manera de hablar.
Los otros podrán disfrutar la canción, e intuir discretamente que algo le anda pasando a Debret Viana. Un poco abominable es utilizar los materiales y espacios artísticos para comunicar los detalles que puedan ocupar a la miseria personal. A Debret Viana una pena lo desborda, y esa marea termina por manchar estas páginas, corrompiendo un pocos las fronteras de las cosas – esto no es cosa que él se atreva a confesar -. Que la obra esté en comercio con la vida es un proyecto para la locura. Es como trastocar los límites de un manicomio.
Mientras aquí habrá un par de canciones tristes, Debret Viana quedará confinado en su habitación trabajando en una novela sobre el dolor de lo perdido. Claro que hoy salió hasta el barrio de Once, y compró una camisa. Y pasó por un mercado y se llevó leberbush y salame milán. Las 60 páginas logradas hasta ahora son alentadoras. Salvo por el hecho de que es preciso trabajar con el propio dolor. Así, cada letra que se avanza es una congoja que fue preciso revolver, escarbar. Debret Viana ya sabía que toda fortuna literaria estaba estrictamente supeditada al desmoronamiento de su vida. No recuerda cuando firmó ese acuerdo.
Pero ya debe ser tarde.
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