Mostrando las entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas

24.9.07

nada revela un género como su parodia

"
El emperador Ho Sin tuvo un sueño en el que contemplaba un palacio más grande que el suyo por la mitad de alquiler. Al atravesar los portales del edificio, Ho Sin descubrió que su cuerpo volvía a ser jóven, aunque su cabeza seguía contando entre sesenta y cinco y setenta años. Al abrir una puerta encontró otra puerta, que le ccondujo a otra; pronto se percató de que había franqueado cien puertas y que ahora se hallaba en un patio trasero.

Cuando Ho Sin se sentía ya invadido por la desesperación, un ruiseñor se posó sobre su hombro para entonar la más hermosa canción que había oído y luego le mordió en la nariz.

Escarmentado, Ho Sin se miró en un espejo y, en vez de contemplar su propio reflejo, vio a un hombre llamado Mendel Goldblatt que trabajaba para la fontanería Wasserman y que le acusó de robarle el gabán.

Gracias a esto Ho Sin decubrió el secreto de la vida, que era "jamás cantes melodías tirolesas".

Cuando el emperador se despertó, le bañaba un sudor frío y no pudo recordar si había soñado el sueño, o estaba siendo soñado por un siervo de su confianza.

"


Woody Allen

26.5.07

Tedium Vitae



Nocturama, adrift


Tener 25 años, tener el invierno del lado de afuera de la ropa y del lado de adentro, abrir la puerta del balcón, quedarse viendo los leves matices de la luz de la madrugada en el asfalto vacío donde nada pasa, salvo a veces una reseca hoja otoñal, arrastrada por el bajo aliento nocturno, o un gato, que cruza la calle y dobla la esquina, contarse a uno mismo, frente al espejo de la espesa tiniebla de las dos de la mañana, la manera en que se perdieron las cosas perdidas, enumerar, junto al susurro de las hojas que mueve el viento gélido, las cosas que no se dijeron a tiempo, ver como ahí ya empiezan las tres de la mañana, que suene el teléfono y un amigo nos cuente que otro amigo encontró en un bar del centro a una mujer que quisimos y extraviamos hace tres años entre las diversas rutinas de los días, colgar y tararear una canción lejana para no pensar tanto en todo lo que se desmorona y recordar que esa canción tenía algo que ver con esa mujer, y pensar que esa mujer es hoy una desconocida, y pensar los silencios que habitamos juntos mientras el tiempo era un juguete inútil tirado en el suelo, al lado de la ropa y la vigilia, preparar un café, volver al balcón, buscar en el lenguaje la enunciación de sensaciones que no sentimos, ver las nubes en el cielo y descubrir las mismas figuras siniestras que forman las ropas que se dejan dispersas en la habitación cuando se miran desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño, saber que no llueve, y que mañana tampoco lloverá, y que si lloviese sería lo mismo pero al menos habría algo qué mirar, un genuino espectáculo evanescente, y pensar que decir esto es como ansiar el llanto para que sus aguas distraigan del tedio de la vida vista con los ojos del invierno de la tres de la mañana de un balcón que da al vacío sustancial de una calle pétrea, pasa un auto y verlo pasar, hundir los ojos en el silencio que deja cuando desaparece en la distancia, decirse pasa, como todo, y oracularmente presentir la gente que mañana caminará esta calle como peones lúdicos en el ajedrez trivial de las infinitas veredas de enfrente del universo ritual, ver, en la desdibujada lejanía la autopista y saber que pasan autos aunque no los vea como se sabe que la vida ocurre del otro lado del desasosiego estéril que retiene el cuerpo entre sus sabidas prácticas cotidianas, siempre más acá del deseo, distraerse con el recuerdo de una frase que se leyó en el día, prender las luces de la casa porque hubo un ruido (de pasos, de madera seca), darse cuenta de que era la tv, que quedó encendida, ver la marea azulada que adormece las paredes, es una película de Woody Allen (Manhattan), sonreír cuando a Woody Allen otra vez lo deja Diane Keaton a pesar de saber la película de memoria y recuperar de algún lugar poco visitado del pasado esa misma sonrisa que se tiene a los diecisiete años, mientras se ve la película por primera vez, apagar la tv porque es tarde, porque mañana, preguntarse ¿en qué momento fue que me volví real?, preguntarse ¿dónde comenzó el agujero por donde huyó el tiempo grácil de una amena templanza que solo tuve en la memoria y una vez en el ansia?, y responder irónicamente alguna cosa agraciada pero falsa y presentir el dolor de tener que ser irónico siempre, entrar en la habitación, entrar en la cama, ver todavía en la oscuridad la figura en el techo de las manchas de humedad, sentir la fatalidad que tiene saber que seguramente habrá de amanecer, y que hay que pagar la cuenta de teléfono, y pasar por el mercado para comprar galletas y milanesas y papel para el baño, y la tristeza, la tristeza.
_________
la fotografía, de Debret Viana,