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4.6.07

los 2 textos anteriores: la aversión por la catarsis, el énfasis de la ficción y que por favor dejen de adjudicarme las travesías de ese que dice yo

desmontaje
(para tranquilizar a familiares y amigos)

Miento. Siempre miento. Miento mintiendo. Miento al decir que miento. Es cierto que tengo balcón, pero no saldría con este frío. Y de salir, seguramente no me quedaría viendo un auto al pasar, y sería difícil que un gato doblase la esquina justo en ese momento. Tampoco padezco insomnio: no tengo problemas para dormir, salvo una suerte de desfasaje: el sueño me viene al amanecer; despierto a mediodía. Si apoyo la cabeza en la almohada, quedo dormido. No eran las dos de la mañana, no llamó ningún amigo (de hecho, no llamó nadie), ni creo tener un amigo que tenga un amigo que conociese a alguna de las mujeres perdí. Además, he tenido la precaución de no vincular mujeres con canciones, por lo que puedo abandonarme a mi melomanía sin emboscadas sentimentales. Café suelo tomar de mañana, y no por las noches: ¿cuál es el sentido de que un narrador que se declara insomne tome una taza de café? Y esa mujer, no sé quién será. En todo caso, no la conozco. Ni guardo nostalgias de ese orden. Estaba conociendo a una pelirroja pintora preciosa por aquellos días, y la noche en que brotó el texto casi todo estaba impregnado por la fragancia que la fascinación de su cuerpo níveo y sinuoso había manado una madrugada cercana, con la misma suavidad que nacen los relámpagos. No miré las nubes en el cielo, ni hubiese buscado en ellas figuras y si las hubiese buscado, no hubiese podido hallarlas, y de hallarlas seguramente no se parecerían a las siluetas siniestras que forman las ropas que dejo dispersas en la habitación cuando las miro desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño; sobre todo porque la ropa no es distinguible desde la perspectiva que ofrece mi cama, y aun su fuese distinguible, hay muy poca luz para ver algo (me gusta dormir en la impenetrable tiniebla); y si fuese posible ver algo, no lo vería, porque no tengo insomnio y me duermo en seguida. Y sobre la gente que pasa por las mañanas... mi barrio es muy calmo, es una calle sin tránsito, no pasan colectivos y rara vez cruza un auto, no hay negocios cerca y la gente que pasa lo hace con lerda frecuencia. Tampoco recordé ninguna frase leída en el día, y cuando prendí la tele no había un film de Woody Allen. Ojalá hubiese habido: tal vez así no hubiese escrito el texto. Pero no importaba tanto, porque no prendí la tele (y esa específica película de woody no la vi a los diecisiete). Mucho menos me hice esas preguntas que no son más que una forma estilizada de una milenaria inquietud existencial (que me ocurre de cuando en cuando, en el momento menos previsto y no necesariamente en el oportuno escenario hiperreflexivo del insomnio). No soy yo, por otra parte, quien paga la cuenta del teléfono, y tampoco compro la comida ni el papel del baño.
Y la tristeza, bueno, la tristeza es cierta.

*

Lo único cierto es que tenía ganas de escribir un texto en ese preciso tiempo verbal, me atraía que empezase con “tener 25 años”, y lo más importante es que ansiaba terminarlo con la repetición de la palabra “tristeza”. Había algo en decir “y la tristeza, la tristeza” que me fascinaba. Degusté un centenar de veces el sonido de la frase y si derramé el gesto de un ritual de una tristeza ficticia bajo la encarnación de prosa, fue para poder decir, al final, “y la tristeza, la tristeza”. Desde luego no hay repetición: su sonido es similar (n idéntico porque viene manchado con el anterior, y su cadencia no es la misma) pero su iterabilidad es imposible. Que esa palabra “tristeza” fuese tan distinta, significase tanto otra cosa que la cercanísima palabra “tristeza” era un excitante.
* *

Y todo esto es tan falso como lo primero (lo anterior, lo siguiente, lo callado). ¿Cuál es la practicidad de demostrar que he mentido exhibiendo ahora la verdad? Sólo puedo probar que miento mintiendo, mintiendo más, mintiendo todavía, no dejando de mentir nunca. Llevando hasta el exceso y la monstruosidad las fronteras de la ficción. ¿Qué la profanación publicitaria de mi biografía dé cuenta de cómo falsifico cada detalle concedido al papel? No. Para nada. Será la desmesura de la impostura la que confirme que mi palabra (las que dejo en la hoja) no tienen nada que ver con la disposición diurna de las cosas.

Soy un escritor.

18.8.06

notificación al pelandrún promedio

Queda certificado por la presente que J. no existe (salvo en el orden - etéreo y nebuloso - de la ficción), D. tampoco existe. Aquel que dice YO casi existe, y Debret Viana existe, pero como si le pesara - y sus cosas solo vagamente se orillan a la penumbra ritual de Infimos Urbanos). Se insiste en esto: Infimos Urbanos, mayormente, es una obra de ficción (rota, fragmentaria, lindando con la catástrofe; pero literatura al fin: si se prefiere: diario de literaturas náufragas).
Se agradece desde ya que no se le acerquen consuelos, condenas, cánticos reprobatorios ni amables frases de contención al autor por las supuestas penas que atraviesa ese que dice YO: no es muy sano consolar al autor por las penas de sus personajes ni crucificarlo por los delitos anímicos en que aquellos incurrieren.
Sería - si disculpan la bruta analogía - como mandar a la horca a Dostoievski porque Raskolnicov serruchó a una vieja.
*
El autor asume el riesgo de decir YO: la profunda violencia de la despersonalización que esto implica, y la marejada de lecturas que lo obligan, de tanto en tanto, a responder por sus personajes. No significa que le guste, ni que no se canse. Sea, al margen, toda intervención estética bienvenida
El autor asume el riesgo de decir YO: este sinuoso manifiesto no implica una desvinculación - ni ética ni estética - con las cosas que acontezcan en el blog; simplemente se señala que todo lo que hay de relevante - llegado el caso - es una expresión estetizada, a veces orquestada en forma de cuento, a veces de fragmento; y el que habla es - siempre - una máscara (más o menos hermética, según el cansancio, la fragilidad, la profundiad de la noche, la inmediata pericia en la manipulación del lenguaje, la situación climática de la ciudad, el índice merval, etc).
El autor asume el riesgo de decir YO: pero nunca deja de ser una delicada falsificación.
El autor asume el riesgo de decir YO: porque es casi como decir nada.
la dirección
____
nota de Debret Viana: por supuesto que el Yo es el que está en permanente riesgo, porque la escritura lo tuerce, lo disgrega, lo fuerza a enfrentarse: en una palabra, lo obliga a un tiempo a ser (puesto que es la materia de todo) y a silenciarse (desaparecerse) en prosa;
el yo debe ejercerse mientras pone en escena su desaparición;
pero no de una manera literal, sino apenas metafísica, simbólica.

5.5.06

¿ ?



¿Pero no es una emboscada ansiar la verdad movilizando los lujos del lenguaje? Ya que no hay novela - o la novela se rompió -, ¿no habría que perder lo novelesco: no habría que ser áspero, crudo, completamente cierto?¿Es posible creer que el lenguaje estetizado - que no es nada excepto vanidad - podrá descifrar lo terrible, lo despiadado, lo muerto en lo vivo; y expresar - finalmente - lo silencioso del alma que calla incierta ante sí misma?¿No es hora de hacer arder la ficción, de terminarla: de mirar los hoyos del cadáver que pende en la otra orilla de la literatura?
Tal vez hayamos hecho las preguntas incorrectas.
Tal vez haya que preguntar:
¿es posible no ser completamente - inmundamente - falsos?¿fuera de la ficción: hay algo? ¿hay alguna manera de que podamos abrir la boca, apoyar la lapicera en el papel, enfocar la cámara y no crear, brusca y violentamente, otra cosa que ficciones estériles, furtivas desrealidades y naufragio?
Y lo silencioso de esa alma:
¿no será la nada metafísica, la indigestión de las ideas que atravesada de monotonía predispone al cuerpo - ya frágil de estropearse bajo el clima de la otredad - al delirio encendido de las ficciones diurnas?
No sé, no importa.
En todo caso, queda enrarecido el aire desde donde son pronunciadas estas cosas. Vertidas fuera de sí, son como un dentelleo en plena tiniebla, que distrae del vacío circundante. Puede que haya cedido - una vez más - a la seducción del lenguaje, a la orfebrería vacua del oficio: tampoco se pretendía desmembrar lo oculto combinando palabritas. Supongo: se reincide en el verbo - incluso para decir lo mismo - porque es otro de los residuos de la desesperación: la desesperación tienen sus actividades. Esa noche tenía muchos días detrás. Esa noche ya no se pudo escribir nada; excepto que era tarde, que otra vez había hecho frases con su desierto desorientado, que el universo quedaba intacto.
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no insistir: no es un poema.
foto: D. V.
(como casi todas, pero se olvida de anotar)

27.2.06

cinema verité

para responder a algunos mails


cosas raras que tienen los límites difusos
Debret Viana ha estado recibiendo correos extraños de sus lectores. No es que no le agrade que se preocupen por él; pero le parece pertinente insistir con un tópico. Los manicomios - como la ficción - tienen problemas de fronteras. Es natural que, dadas las técnicas que el cuaderno Infimos Urbanos emplea para problematizar sus temáticas y tramas, exista una propensión a creerle demasiado a un impostor, como claramente es Debret Viana. Infimos Urbanos es, ante todo, una novela rota. Su caracter residual le permite una tolerancia bastante generosa en tanto a sus contenidos; por eso ingresan tantos despojos. De ahí proviene su caracter caótico, fragmentario. No deja de ser cierto que, últimamente, el eje central de la ficcionalización ha sido Debret Viana. Pero conviene no olvidar que Debret Viana es, de todos, el fantasma más difuso que comprende la obra. Infimos Urbanos NO es un diario. Si es un diario, es el diario de la novela que no se pudo escribir. Es la prosa del naufragio.
*

La verdad – se sabe – es una de las tramas esenciales de Ínfimos Urbanos. Si bien mentir es fácil – nunca sencillo -, porque la más leve desviación infligida a la rigurosa ruta de la verdad ya constituye una mentira – y ese caudal es vasto, casi infinito – mentir todo el tiempo es imposible.

(

Hágase la prueba y se regresará a uno mismo exhausto y derrotado; sería como vivir en un estricto teatro perpetuo donde uno mismo sería el único que – vagamente, de todos modos – conocería la condición ficticia (e improvisada) de cada paso dado.

)


La verdad – varios relatos de Ínfimos Urbanos versan sobre este tema – por alguna grieta imprevista se filtra: no hay manera de extraditarla. Sabiendo esto, Debret Viana implementó el siguiente recurso literario: decir, alguna vez, de vez en cuando, la verdad, para que las mentiras – las ficciones – resulten más creíbles. Una de las formas, por ejemplo, fue decir varias veces Debret Viana. Otra, ofrecer mínimos detalles de su vida – o que pudieron ser de su vida -. Los procesos de fantasmatización son infinitos.

Es cierto que una apariencia de verdad irrumpió las páginas. Y que esto facilitó la confusión, y con ella la buena voluntad de muchos que se acercaron con consejos y consuelo. Pero es que la verdad no puede contenerse por completo. Cuando eran cuentos, su estructura prevenía de su naturaleza ficticia y trazaba eficazmente los límites. Las últimas literaturas marginales se escriben “con la forma” de la verdad. No tienen su contenido. (Esto va para la cantidad de niñas que se sintieron inmediatamente indentificadas con la supuesta "muchacha miope" del texto anterior y esgrimieron variadísimas respuestas (a ninguna pregunta): es ficción, y es tristísimo tener que ir rindiéndole cuentas a la realidad por los devaríos que a uno se le cruzan: por favor, no protesten)

Usar la forma de la verdad, la estructura con que se ejerce, y no decirla es la mejor manera de revelar su carácter relativo, de desintegrarla.

(

Mis mayores pasiones han sido por personajes de novelas. He sufrido con la encarcelación del conde de Monte Cristo mucho más que con el relato de la pena de ningún amigo íntimo, por más portentosa que fuese su tragedia. Me ha desesperanzado el desencuentro de Romeo y Julieta, de Horacio y La Maga, de Werther y Charlottte más que los de las propias mujeres que no supe detener, y que todavía hoy recuerdo con una ternura que es como de herida. (¿quién dice esto? ¿Debret Viana? ¿yo? No es lo mismo, pero no importa)

)

Incluso si fuesen ciertas, no interesaría: importa que su prosa logre seducir, que llegue y penetre, que contenga alguna luz, y alguna belleza.
Incluso si fuesen ciertas, serían de otros: porque yo pocas veces me parezco a mí mismo.
Incluso si fuesen ciertas, serían falsas, porque el lenguaje teje historias y no es el instrumento indicado para trabajar la verdad.


Debret Viana no existe. Escribe estas cosas como si fuese otro. O acaso otro escribe estas cosas y firma, al final, Debret Viana. No importa. En un caso y en otro, es vanidad. Decir Debret Viana es tan ilusorio como decir Yo. Nunca estoy más lejos mío – recuerdo que escribía Derridá – como cuando digo “Yo”. Pirandello detiene a uno de sus personajes frente a un espejo, le pregunta a su imagen “¿quién es loco?”, y responde “tu” mientras señala al espejo, donde su imagen le devuelve el dedo inquisidor; concluye lo inevitable: somos fantasmas. Con menos palabras, hace más de un siglo Rimbaud escribía “Yo es otro”.


*

En Ínfimos Urbanos hay personajes, no personas. Si hubiesen personas, estarían viviendo y no estancadas en una torpe narrativa.

Son personajes: son mi paisaje, mi clima; acaso también mi compañía, mis estados de ánimo, mi soledad. Mi búsqueda, mis metamorfósis.

Ínfimos Urbanos es soledad. La de Debret Viana, la mía, la tuya. Soledad pura. Un poco la de todos. Aquí no hay nadie más: es naufragio. Si hubiese alguien, conversaríamos: le diría de ir al cine, nos quejaríamos del clima, de los políticos, de la fugacidad del tiempo, de cualquier cosa. Y no me quedaría en este cuarto vacío, como un prisionero anémico, haciendo literatura.


_____________

pero pero

todo lo anterior también es coartada,

es máscara;

por supuesto.

...

en Infimos urbanos nunca se sabe de qué lado cayó la moneda

5.8.05



I

La escritura se parece a veces al exhibicionismo. El escribiente da en espectáculo una pieza suya, algo que es y que no es él mismo, algo suyo pero que no le pertenece (alguien pensó en la imagen de la piel muerta: las migas de la piel gastada, desparramándose por ahí al capricho del viento).

II

Una extraña confusión parece haber generado la idea de que yo acabo siendo, de alguna manera, responsable por las palabras en estas páginas dispersas. Apenas puedo decir que no sabría responder por lo que aquí queda escrito. No puedo dar cuentas de las frases reunidas en este cuaderno de tapas invisibles. El significado está hecho de bruma, está interrumpido por velos que tienen la textura compuesta por cada palabra derramada en la página; y el significado está inconcluso: tropieza, nace, se quiebra, se hunde, se pierde o multiplica después de cada nueva palabra, después de la mirada o el cruce del río del tiempo. Ya que no está quieto, no hay significado: siempre se está construyendo (con el proyecto secreto de nunca llegar a ser). Tal vez algún día yo lo descubra, pero no guardo un entusiasmo estruendoso.
III

De las inquisiciones que se acumulan debajo de mi puerta (y ya son tantas que la terminan trancando y después no puedo salir y tengo que vivir conmigo en una habitación cerrada; un teatro para nadie) hay una que se reitera: "¿dónde está la novela?". Yo ya había resspondido: en ninguna parte. Esto no significa, sin embargo, que no se trate de una novela. Es decir:

IV

Como el juez de la novela La Caída, de Camus caminaba el laberinto circular y brumoso de Amsterdam - su arquitectura infernal, parecida al sistema que organiza la memoria, diría Auster pensando en Cosme Rosselli (1579 ,Venecia) - A., en El libro de la Memoria, recorre - perdido - la calles grises de niebla de la ciudad extraña. Dice: "lejos de cualquier cosa que pudiera resultarle familiar, incapaz de descubrir ni siquiera un punto de referencia, descubrió que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo condución al interior de sí mismo."
V

Yo ya había dicho: son pasos. Las palabras, las palabras de otro, los textos, los falsos cuentos, las todavía más falsas anécdotas, la prosa inquieta, las fotografías, los silencios, los diversos vínculos entre las piezas de la inconexa maquinaria, TODO, todo eso es nada más que pasos, algunos pasos sin métrica por una oscura vereda circular que a fuerza de andarla y desandarla, doblarla, recorrerla, mentirla y romperla, y gastarla con la mirada, con las suelas , con la lengua se ha extrañado hasta convertirse en nada, en un espacio sin nombre, en un espejo roto que desprolijamente devuelve imagenes sueltas en este cuaderno, y proyecta sombras chinas en las paredes de las almas ajenas; y - silenciosamente - va imprimiendo las sangres para los otros: cada contacto con el espejo es un corte, una gota derramada, una palabra que se da: literatura.

VI

Si tengo que creer en alguna cosa, creo que así es la arquitectura casual de este cuaderno.

VII

la imagen de un laberinto.
enorme, sin salida.
y no pensar
que en el centro del laberinto está
la resolución del enigma,
el espejo.
no pensar tampoco
que está en la salida.
ni en la muerte.
(tal vez en el minotauro.)
pero sí
en cada
paso
dado.
pasorotosbruscosnuncaproyectadossaltojustamentecomosaltosinhaberantes
planeadoelsuelodondetranquilamentellegarpasosvivossinbocetosniborradores
fragmentosdeunaimagenquenopodemosser