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1.4.05

...
Eventualmente, habré de dejar mi cuerpo, como un cansado vestido, colgado en el perchero de lo efímero.
Mi alma es por ahora la que, cada mañana - al borde de salir al mundo - dejo bien doblada en los cajones del armario. No sea cosa que se me manche con lo trivial, y después me nieguen la entrada al banquete de lo eterno por pilchas harapientas.

24.2.05

nota
Estarme cayendo permanentemente del presente - no saber estar en el instante de mi cuerpo: me resbalo: recuerdo o sueño (me caigo para delante o me caigo para atrás; pero me caigo)-.
¿Y no es obvio? Si yo fuera carne, tal vez pudiera habitar el presente, quedarme quieto en mí, ocupar el furtivo espacio en que soy. Pero todas las potencias que se mueven en mí (sueño, nostalgias, conciencia, proyección, deseo, recuerdo, etc) significan un desplazamiento del aquí y ahora; me arrastran.
...
La infelicidad del hombre (Pascal) consiste en no saber estar quieto en su habitación (en su vida, en su momento, en sí mismo).

13.10.04



The silent direction

En un bar, en la esquina de la facultad de letras, reposo un poco del agobio, con un café sobre las "Sombras breves" de Benjamin. Me sorprendo mirando a un hombre: no logro decidirme: ¿me parece conocido o me parece atractivo? Enunciado esto, siento la herida: ¿acaso no se trata de la misma cosa? ¿aquello que nos atrae - como fuerza que no concientizamos - no es precisamente eso que nos resulta vagamente, innombrablemente familiar?
Esta cercanía como sensación (por completo etérea) halla en un cuerpo extranjero una identidad - con la íntima esencia -. El amor, entonces, como una suerte de regreso - ¿hacia donde? hacia uno mismo: lo pasado -.

Mi deseo se orienta hacia un territorio, que si bien extraño, siento, a medida que avanzo, como si lo reconociera.
No me atrevo a postular una teoría - después de todo, esto puede estar pasandome solamente a mí -.

(ahora: ¿qué es esa vanidad que sugiere que algo puede pasarme solamente a mí?: delirio de unicidad)

Es la sensación de desde siempre. Hacia los extraños que me atraen siento que me vincula un pasado que nos trenza - pero es un pasado inaccesible para la imagen: lo percibo si no me lo pregunto, y si lo busco lo perdí: un poco como San Agustín y un poco como Orfeo -.
En el amor - ese accidente, ese cruce -, cuando mujeres confundieron su deseo en mí, nos dijimos cosas (como quien cambia figuritas). Que uno está bien con el otro, que se siente cómodo, que lo quiere, que le agrada compartir la vida, que "siento que te conozco desde siempre".

(lo inverso del vínculo familiar: cuerpos ajenos - y distantes de mi manera de vibrar - se me hacen conocidos por obra de la cercanía, de la costumbre: por haber estado alrededor mucho tiempo, o por imposición de títulos nobiliarios "andá, saludá a tu tío" -)

Anclado en este bar - un bar siempre es estar afuera, estar desencajado, fuera del sistema, bajado del flujo: la vida por la vidriera, pasando - entiendo el desfasaje. Allí donde deseo siento una calidez familiar, pero que no he estado allí: la reminiscencia de donde no estuve.

¿Será el pulso de mi atracción una de las formas de la nostalgia?
No sé y no sé.

Hace poco - por algún costado todavía sangro - me he salido de una relación de tres años. Yo sentía el cuerpo de esa mujer como un templo, como mi hogar. Allí, en ella, yo estaba en casa y las cosas en su sitio (me acuerdo de que era fácil vivir). Cuando nos separámos volví a mí un poco desencajado. Al tiempo, la encontré en la calle o en un teatro (como si efectivamente hubiera diferencia). Y ya no pude verla: era otra (de fondo, los primeros acordes melancólicos de Dos extraños): las cosas que me decía yo no podía identificarlas con la mujer que compartió mi vida aquel tiempo. Yo ya no la quería: no la reconocía; todo lo de ella traicionaba la imagen que yo había amado. Su manera de hablar, sus modos frívolos, el vacío sentido que comunicaba, su ropas vulgares, todo trabajaba contra mi idea de ella. A pesar de haber pasado junto a ella 3 años no teníamos un lenguaje que nos identificara: incluso los detalles del pasado - las cartas, las fotos, los regalos, la memoria del sexo, el hueco de su figura en mi colchón - me parecían cosas que le habían pasado a otro: llegaban a mí solamente como un film viejo.

"Las cosas que eran nuestras me parecían en su boca no nostálgicas, sino paródicas, doctor".

(Hace dos semanas conocí a una mujer. Tres veces nos encontramos. Siento, otra vez, el desde siempre: siento que la entiendo y que me descifra: me pregunto si la familiaridad latente en el objeto del deseo no es el deseo de familiaridad: porque te quiero - porque te quiero querer - construyo la ilusión de la familiaridad: solo así puedo romper el hielo hacia el otro: izar el puente; si sos extraña, no puedo darme a vos; por eso de tu silencio tramo una calidez, una correspondencia conmigo: es como una música

Pero, si es así: ¿hasta qué punto no es una farsa, una mentira que orquesta mi necesidad?)

No me quisiera apartar de mi tema. Quisiera saber si el sistema de atracción está organizado por reconocimiento (vago); como el conocimiento platónico: si conocer es recordar, ¿acaso desear no puede ser la percepción de una plenitud perdida y nunca jamás actual?
¿El deseo como actualización del yo escindido?

Solamente puedo especular a través de ejemplos, de literatura.

24.8.04

Equilibrio distante

Yo, absorto en la piel del espectador. Aun dentro de una representación sensual: observo a mi amante transfigurándose en un símbolo de mi deseo. Pero, interpelado para la escenificación de la fantasía preliminar (participación requerida para la manutención del contrato de ficción - de una ficción tramada para mí -) no logro ingresar en el lenguaje, no me creo - no admito la pérdida del rol de voyeur -. Digo algo, una tontera, una ironía, un agudo sarcasmo, un halago a mi amante (tal vez burdo, tal vez elegante): quiebro la estructura; prefiero perder el espectáculo de mi deseo antes que ingresar en él.
No puedo participar. Así todo (porque participar es privarme del goce de contemplarlo: siempre sería un actor, reaccionando a una estructura).
Supongo que por lo mismo - diferente y parecido -, el otro escribió en una servilleta:


Soneto a la mujer que pasa

Serás en mí la callada, la brisa encendida, la siempre ausente,
la pesada lagaña cansina que recomienda
el sueño altísimo como desatino y enmienda
a la cruda certidumbre de que vivo, de que hay muerte.
Serás el incierto vapor alcohólico de la madrugada,
lo que pudo ser y no ha sido,
los pliegues cerrados del destino,
como un cáncer la marca de haberte visto; la indeleble llaga.
Cada silueta de la niebla, cada puerta que no abra
será la precisa y será la tuya, cada ambiguo recodo
de ceniza y de sombra; registro sutil de los despojos
del día que el tiempo concilia con el polvo, con la nada.
Sólo soy un idioma furtivo, una cosa pasada entre tus rojas cosas.
Y vos un poco de ídolo vacío donde la penumbra se demora.
(12-2-003)
Convengo que no es precisamente el ejercicio literario más acabado. Es la temática la que me preocupa, porque esa trama es mi delirio: aceptar que la materialización de una ilusión siempre será inferior al clamor de sus posibilidades en suspenso.
Conversaba por teléfono con una mujer que nunca ví antes. Jugabamos cada uno con la bruma del otro y eramos un talismán y un enigma profundo. Noches así, hasta lograr meses reincidiendo en los murmullos y los velos: ese era el contrato. Cuando quiso encontrarse conmigo, inauguré evasivas: yo sabía que no podría enfrentarme a mi fantasma, que mi presencia jamás lograría vencer a mi ausencia (al poder de la ausencia), que la imagen que ella había urdido con los endebles materiales que fui cediendo sería mucho mejor que yo mismo; yo sabía que en mí ella era la excusa - el puente - hacía una belleza espectral que a ella misma no le concernía. El amor no es algo diferente: ven en nosotros algo de lo que no somos culpables; aman ese fantasma hasta que lo desmentimos (en ese momento, hacen maletas y se van, o se casan con nosotros y ahondan el sofá).
Terminé por decirle que estabamos destinados al naufragio: en el mejor de los casos, ella sería:
  • el amor de mi vida,
  • nos casaríamos
  • y tendríamos hijos (pero quién en su sano juicio puede querer hijos, quien que no sea uilizado como recipiente por la nauraleza)
  • o recorreríamos el mundo tomando fotografías de nuestra dicha,
  • o sería simplemente una preciosa y bestial noche salvaje,
  • anecdótica.

Clichés así: la imaginación calza en estructuras; sueño categorías donde ingresar (porque estoy solo, porque no pertenezco). Cada una de esas cosas es efímera en relación a cómo su sombra, su delicada figura incierta se iba acercando cada vez al caprichoso deseo que me nacía en determinado momento para morir en las orillas del deseo concretado, del éxtasis pasado; y regresar - diferente y precisa - cuando la cadencia de mi soñar la reclamara. No recuerdo qué respondió. Inventé una excusa, y colgué. Por las dudas, los martes de madrugada, si suena el teléfono, subo el volúmen de la música y hago como si no supiera. Miro por la ventana, pensando cual de todos los espectros porteños será el de ella: sueño otra vez.

Evidentemente, me recuerdo de Pessoa: "Yo no te querría para nada, sino para no tenerte"