El atardecer se posa sobre mí como un veneno, un espejo (como los polos opuestos se atraen hacia mí mismo atraigo mi mirar). El mar, ese brebaje antiquísimo con piel de serpiente, facilita la tristeza. No soy principiante en la marea de angustias potenciales: intento una huída. Estoy sentado en una pequeña montaña de rocas: debajo, las olas se rompen. Estoy cansado de tantos pasos dados, y recién despierto de una improvisada siesta sobre la arena. Estoy quieto: no tengo ánimo más que para estar sentado. Y mirar. Detrás de la distancia (detrás de este mar) un morro divide la acompasada calma del océano. Sobre él, centenares de diminutas luces resplandecen, amontonadas: como el cielo de una noche desvelada. Podría permitirme especulaciones poéticas pero ya sé que se trata de favelas, de cetenares de diminutos hogares virados lentejuela por la lejanía.
3.9.06
lentejuela
El atardecer se posa sobre mí como un veneno, un espejo (como los polos opuestos se atraen hacia mí mismo atraigo mi mirar). El mar, ese brebaje antiquísimo con piel de serpiente, facilita la tristeza. No soy principiante en la marea de angustias potenciales: intento una huída. Estoy sentado en una pequeña montaña de rocas: debajo, las olas se rompen. Estoy cansado de tantos pasos dados, y recién despierto de una improvisada siesta sobre la arena. Estoy quieto: no tengo ánimo más que para estar sentado. Y mirar. Detrás de la distancia (detrás de este mar) un morro divide la acompasada calma del océano. Sobre él, centenares de diminutas luces resplandecen, amontonadas: como el cielo de una noche desvelada. Podría permitirme especulaciones poéticas pero ya sé que se trata de favelas, de cetenares de diminutos hogares virados lentejuela por la lejanía.
9.5.06
la memoria (refrito)
15.7.04
En el colectivo, de regreso a casa. Venía del centro, de un embotellamiento, de no llegar a ver una película japonesa. En los viajes, suelo leer. De algún modo, siento que la lectura me justifica, sino a mí, al menos al viaje. Que el hecho de desplazarse signifique una postergación de la existencia me parece un vacío terrible, devorador: siento los rastros del tiempo en la carne, los veo diluirse en vano: es culpa mía, por haber aceptado el sistema sexagesimal. Lo cierto es que la mayoría de la gente cae en una suerte de letargo cuando se transporta a lo extenso de la ciudad, y literalmente muere: quedan sus cuerpos vacíos como apéndices inútiles del pasamanos, pendiendo al ritmo hostil del empedrado (en el tren hay un signo más explícito: el monótono ruido de la locomotora reemplaza el latido de los corazones de los transeúntes y los coordina en un solo, mortuorio golpeteo). La voz de una mujer me saca del “Diario en Moscú”, de Walter Benjamin. La mujer habla con el colectivero, le dice que no tiene dinero, le pregunta si puede pasar. No tenía apariencia andrajosa, pero sí humilde. El colectivero, áspero y enfático, clama que no, le abre la puerta, le dice que se baje. Ella quiere explicarle, lo hace en tono bajo, herido. Es un ruego suave, como de quien sangra, lentamente, y siente la vida mecerse hacia la lejanía.. Como el colectivero ha clavado el colectivo, e insiste que se baje, ella dice que no, que no se baja, que no puede. Su tono no es imperativo. El colectivero, ya grosero, brusco, dice que no le importa, que se quedará allí quieto si es preciso, le pide que no lo comprometa, que él es buena persona, que se ocupa de lo suyo. En esa frase yo quise trompearlo. Ella calla. Tendría unos cincuenta y pico de años. En los ojos, en las maneras de las manos se deja ver su humillación. Tres, cuatro personas de las que están sentadas adelante reúnen la efímera cifra de 80 centavos y se la dan al colectivero. En una primera instancia, yo pensé escribir que había colaborado con esa suma. Lo cierto es que no puse un centavo. Se organizaron rápido, consiguieron de inmediato el dinero y yo persistí en mi postura distante. No sé qué nombre ponerle, pero nunca me siento interpelado por los llamados de la sociedad. Nunca sentí que yo era parte de algo. La mujer, cuando le dicen que ya tiene su boleto, que ya le han pagado al colectivero, llora. Un llanto muy lento, y en seguida reprimido. Agradece, agradece mucho y el resto del viaje es tentada por excesos místicos: cada tanto grita, agradece al pueblo y alecciona al colectivero sobre causas sensibles. El colectivero, ni bien la cifra fue abonada, enmudece. Yo quiero volcarme sobre el diario de Benjamin, porque su debilidad por Asia me conmueve. Pero también deliro otras imágenes que me confortan: que me acerco al colectivero, le digo que es un mal tipo, que discuto con él y lo humillo con mi retórica, que el tiempo retrocede al instante de la colecta, y yo me anticipo, entrego el dinero –¿qué significan 80 centavos para mí?- y le explico al colectivero su propia mezquindad. Para que estos fantasmas de lo que no ha sido no me ahoguen, los escribo: los delato. Me hubiera gustado decirle, mientras me bajaba, siquiera algo mínimo. Apenas atiné a mirarlo severo, y creo que el colectivero ni siquiera reparó en mí. Lo cierto es que bastó una cifra tan modesta como 80 centavos para que ese hombre revelara su oscuridad, su lastimosa piel. Es posible que ya fuera antes un ser mediocre, opaco, penoso. Pero fue preciso ese episodio para que a los ojos de varios transeúntes se delatara. No es la cifra, ni tampoco es el hecho: es su símbolo. ¿Qué le habrá sucedido a ese hombre para olvidar que el otro –esta vez esa mujer- es igual a él, es su propia imagen desdoblada en un determinado tiempo y espacio, en un escenario preciso que la resuelve despojada y desvalida, en un momento en que precisó ayuda –y encima una ayuda tan barata-? A estas horas ya es una máscara más, una mueca vencida que recorre Buenos Aires, confundiéndose en el vértigo urbano. Yo hubiera querido decirle estas cosas y algunas otras. No me consuela este texto. Pero entiendo que es un paso. ¿Hacia dónde? Hacia mí. Es un paso hacia mí para saber o pretender que no estoy seco.
18.3.04
Las horas
Son las 20.30 de un diciembre rojo. Sobre las cosas se sienta -tiernamente- la noche, su progresiva, ineluctable sombra. Estoy en el parque Rivadavia; solo; vengo de leer algunos capítulos de "El Pasado", de Alan Pauls (meses después, desencantado, pensaré que su única fortuna reside en la posibilidad de identificación: el lector se identifica con anécdotas banales). Estoy triste, pero porque soy triste: no preciso motivos particulares para articular mi congoja - y en todo caso, me los invento-.
Veo
parejas arrojadas sobre bancos del parque como si para siempre se hubieran rescatado de la muerte. ("NO ESTOY CELOSO") Veo en ellos gestos típicos, como si vaciados de su subjetividad fueran en realidad no esa historia íntima, única que naufraga de los horarios, entregándose golosamente en los pliegues de la civilización, sino una terrible expresión dogmática, una petrificación del gesto arquetípico que cada hombre cumplirá -creyéndolo propio y merecido- determinada cantidad de veces a lo largo de su vida (pienso en un sueño que Borges sufrió en Alemania): esos gestos me recuerdan tambien a mí, a algunos que yo fuí.
Triste y resignado, pienso: No hay caso: todas las parejas son - como el fuego de Julio- la misma pareja (que obedece sus ritos como en una milenaria ceremonia mecánica). La gente sigue yirando errática, con su inmóvil brújula cotidiana apuntando a ese norte asfaltado donde el día es un manto de mecanismos sin sobresaltos. Las cosas en su sitio.
Yo - herido-
como en cada naufragio, me extiendo sobre el pasto;
crucificado.
Descubro la belleza del instante: ya es noche, pero las nubes que pueblan el cielo son rojas, no furiosas, pero sí plácidas, confortantes, abrasadoras.
Sonrío, salvado.
La gente continúa su labor de ser gente. Su suizo ritmo invariable y helado. Yo mismo, dentro de un rato (acaso luego de este texto que me/te interrumpe) tendré que retomar mi día y mis horarios dejados en la suela de mis zapatos. Asumir la gris responsabilidad de ser un gesto más que acompañe el movimiento que, por simple repetición, clava al cotidiano el velo transitable de su ficción. Antes de insertarme, y a pesar de hacerlo, este rojo difuso y penetrante es mi amuleto. No me interesa la posibilidad de un dios: pero es santo este intervalo que conservaré, quizá, vagamente en estas letras que lo aluden, para que al releerlo pueda, como ahora, respirar mejor y respirar en serio.
Sé bien que mi derrota es incuestionable, que no es heroica y es común. Nada me salva de la especie, salvo este instante.
Y su nostalgia.
Viviré horas y décadas fugaces y en las cuentas finales habrá dado lo mismo mi participación mecánica o mi ausencia definitiva.
Es triste estar vivo.
Lo único que duele de la muerte es la vida.
(parece un grafito pelotudo, pero no.)
Godard tiene razón: un adulto no existe. Todo mi rostro es una mueca difusa, un confuso deseo transfigurado: estoy perdido, y no hay respuesta que me resuelva. Las/Mis preguntas son juegos con sombras.
(que esa morocha me mire felina por sobre el hombro de su amante, ¿qué puede significar? Indudable: el pasaje de regreso a estar vanamente vivo, con todos los componentes intrascendentes que urden las horas.)
Seguiré como se sigue. Pero, ¿en que rincón de mis pupilas quedará marcado ese rojo? ¿No será que en otras pupilas que no las mías se ha trazado también sagradamente mi redención?
Ese rojo no puede ser entendido sin que arañe los ojos. Sin que desgarre los espejos.
Pero sigo solo (enredado entre las sombras potenciales de algún Otro específico; pero solo).
Y descrifrar pupilas no es un destino.