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20.7.11

hasta (never let me go)

Hace tiempo que mi angustia es pasajera. O al menos, que no es física. Vahos esporádicos del ánimo que tiemblan en la existencia. Y se van. Poca cosa. La angustia viene, siempre vendrá. Pero era una sensación, una imagen, un concepto. No carne. No hasta ahora. Hasta esta noche. Vi Never let me go. El cuerpo como envase. La fatalidad irredenta del tiempo. Los cortes cada operación ocurrieron en mí. Me retorcí. Y ahora siento enfermos y mortales a todos mis organos, que hasta hoy vivían en mi inconsciencia, salvando algún esporádico dolor. Siento, en la espesura de la noche, la vibración sutilísima que el flujo de la sangre roe en cada rincón de mi mortalidad.

Tengo miedo. 
Adiós Tommy. Adiós Kathy.
Daré con la novela de Ishiguro, espero que pronto.
Me voy a abrazar a mi gato.

7.6.07

cable desde el backsound (prefiguración de relevancia)



Son las 4.47 am. No encuentro las palabras para terminar un relato (sé que se llamará El otro; sé de su trama y adivino su cadencia, pero no doy con palabras etéreas que sugieran lo que no quiero decir). Cansado de pensar, me distraigo tomando libros de la biblioteca ubicada junto al escritorio. Estoy sentado en una silla con ruedas. Me deplazo, tomo un libro, leo un fragmento, lo dejo y tomo otro. Lánguidamente, reitero la ceremonia. De fondo, la tv está prendida: backsound. Pasé por Lorca, Unamuno, Camus, Pasolini, Dostoievski, Salinger, Deleuze, Gogol, y llego a Ionesco. Su diario. Paso las hojas, leo un fragmento (hay una anotación sobre el margen, dice “el yo”); el fragmento dice así:


“Releo unas páginas de mi diario íntimo. Escribir diarios íntimos es, según parece, sucumbir a una tentación individualista condenable. En realidad, el es un . Es decir, estoy determinado a ser lo que soy, a pensar como pienso, por condiciones objetivas. Estas condiciones objetivas son vividas por todo un grupo social (...)”.


Interrumpo la lectura, pronuncio, en silencio, la palabra “conciencia”. Esto lo hago muy lentamente. Lo hago para evocar esa añeja teoría que dice que un escritor no es más que la expresión de una conciencia (que claro, no es poco). Sin quererlo, soy atraído por las luces de la tv (víctima de la contemporaneidad, qué más que rendirse al hechizo lumínico del espectáculo del desmoronamiento...). Una actriz levanta la vista del libro que está leyendo, y mira a cámara, guarda silencio (¿un segundo?) y dice "conciencia".


( “...conciencia...” )


Quedo helado. La reconozco, al rato. Es Alphaville, de Godard. Siento que ha sucedido algo. Y como no sé bien qué, escribo esto.
Y cuando termino de escribir esto, me voy a ver el final de Alphaville.
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19.5.07

Apología del fragmento



Dice Michael Haneke:
“La fragmentación es la única forma de abordar un tema con sinceridad”.

Nuestra propia humanidad nos niega las totalidades: somos finitos, estamos condenados a un solo sitio del presente, y estamos forzados a interrumpir la vigilia con períodos de inconsciencia que llamamos descanso o sueño. El fragmento es el único discurso al que podemos creerle: acomete una historia desde su evanescencia, detiene, unos instantes, algunos rasgos de la resbalosa verdad. Todo lo demás, es ficción (mejor o peor contada).
*

(Una cosa más sobre Haneke.
Cabe comentar, al margen, que a Debret Viana todavía le enfurecen ciertas tristes confusiones de la estructura cultural (el canon, la doxa, etc). Siente que es menos horrible que un artista no sea percibido, y habite su tiempo aislado en las periferias, que un otario que garabatea un mamarracho sea divinizado por las academias y audencias. Teniendo en cuenta los 71 fragmentos de una cronología del azar, de Haneke, Elephant, de Van Sant, no puede empezar a ser considera más que un trivial ejercicio de una mentalidad pasiva.)

6.4.07

Intervalo, excusa


No se trata de pereza. Me demoro, esta vez, fuera de Infimos Urbanos, con alguna justificación. Inmerso en el Festival Internacional de Cine Independiente (viendo un promedio de 5 películas por día, comiendo mal, durmiendo nada), estoy enredado en las páginas de lo que iba a ser un diario de viaje (el cine como viaje, extrapolación) y se volvió una celosa nouvelle que demanda la poca vigilia que resta entre película y película: una obrita leve que succiona la cansada sangre espesa de un cuerpo que solo funciona como antena de literaturas. Acaso sea alguna vez un blog: se trata de una obra que solo se puede escribir mal y rápido: esa concidencia con la estructura del blog reclama su pasaje a la virtualidad. Por ahora, apenas transgredir la ausencia para rectificarla con estas tibias palabras que la marcan y la anuncian (decir que ya sé que hay mucha correspondencia atrasada, y algunos cometarios sin respuesta: no se los libra a la deriva: todo será resuelto un poco más tarde, y, ya que estamos en la inflamable obsesión de la cinefilia, recordar a Godard, que decía:



"
El cine no forma parte de la industria de las comunicaciones ni de la industria del espectáculo, sino de la industria del cosmético, la industria de las máscaras. En el fondo, no es más que una pequeña sucursal de la mentira.
"


Esto, en las Histoire(s) du cinemá;





(aquí un fragmento, con una jovencísima Delpy que siniestramente se parece tanto a la protagonista ausente del relato Néctar de las cosas furtivas)

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y después del play, uno de los motivos por los que amamos el cine, una de las puertas primeras que abrí en la infancia, y, de repente, aprendí a llorar, extasiado de belleza y piedad...





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24.3.07

Nota marginal sobre El Laberinto del Fauno.




El film ofrece un final particular: cada quien, con su acervo cultural, su deseo, su educación, su posición filosófica, etc comprenderá (creará) un final apropiado, pertinente: así están dispuestos los elementos en su meticulosa ambigüedad (fértil panorama, suelo donde crecerá lo que sepamos hacer nacer): cada uno concluirá la historia como pueda, adecuándola a su esencia. En mi caso, disfruto este tipo de circunstancias sorbiendo todos los finales posibles y eligiendo ninguno (es así: juego a tener un abultado manojo de llaves; sé que sólo uno abre la cerradura de la puerta de la Verdad; pero como no creo en la verdad, no tengo ningún interés en abrir esa puerta – no es para mí más que un adorno, un firulete, una emboscada de ingenuos -, y me quedo gozando con las diferentes pendientes, cuencas, valles, picos de montaña y callosidades que cada llave tiene, en su divina y obsoleta unicidad); sin embargo, mi vocación nihilista, mi inmanente pesimismo (para nada negativista, pero infinitamente acusado de apocalíptico... en fin) no me permite comprar el final bello, el pasaje al mundo mejor, la recompensa por las buenas decisiones y el coraje demostrado (ojalá cada heroico muerto inocente alcanzase su premio, su realización en una trama donde la muerte fuese una conclusión, y no una gratuita interrupción). Me gustaría creer en la dicha como algo realizable. No es el caso, no es mi vida.
*

El sueño literario (disney prototype) donde la niña derrama su fe, tristemente yo no puedo más que comprenderlo como una funcionalidad esquizofrénica, un desdoblamiento que suspende el drama de la realidad, y lo sustituye por las aventuras, gratuitas y encantadoras, de la ficción: alimentada desde siempre con innumerables libros de hadas, la niña dispone de las herramientas para generar un espacio ficticio (un territorio fantástico, un espacio donde lo mágico irrumpe serenamente, para ella, hermosa y simétrica doppelganger de la otra mujer, la que atraviesa la guerra, la que sufre toda la potencia de lo real) donde desenvolverse (no es, en esto, diferente de un escritor feliz, cosa que, por supuesto, es imposible: la utopía del escritor – ingresar en su obra, habitar su cosmogonía – jamás se realiza puesto que la obra succiona la sangre del escritor – se escribe con ella – pero permanentemente lo excluye, lo expulsa: el escritor nunca tiene la suficiente fe como para vivir en lo que escribe: es por eso que lo escribe, porque no cree del todo, no se entrega completamente: escribe no más que una utopía triste, un deseo irónico: es como un marinero que ansía recorrer los secretos de los océanos pero mantiene siempre la punta de un pie en la orrila) y así fugarse de lo real – su hostilidad (la guerra, la muerte), su marginalidad (la niña, que es nadie en la realidad – apenas una víctima periférica – es una princesa en su ficción) -.
*

Es natural que el pasaje a la ficción (es decir: al territorio más real que Lo real) le cueste el cuerpo: no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, canjea su vida en la realidad por la vida en la ficción; ergo, muere. Y con su último hálito inventa la historia del pasaje de un mundo al otro (es una forma de transitar el momento traumático de la muerte: transformar su gratuidad en algo que tenga sentido: es, por supuesto, un grito desesperado que solo el loco, el niño o el moribundo pueden dar (esta niña es casi los tres): si la muerte tiene sentido, la vida, y con ella el universo, tiene sentido), y emplea toda la potencia de su imaginario, que, en estos días parcos, sembrados en un suelo donde nada crece, se ha vuelto estéril (incapaz de hallar un espacio donde producir) se torna, asimismo, el primogénito artilugio del escapismo, el esencial engranaje en el mecanismo de la evasión.
*

Así, la niña de El Laberinto del Fauno da a la felicidad su verdadero lugar: la fábula de un moribundo, la ensoñación que distiende de la agonía.
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(Nos morimos. Y nos reímos con aparatosa violencia de tantas cosas que no tienen gracia para que el bullicio nos distraiga de que nos morimos. Nosotros, que no estamos locos, que no somos niños, no tenemos derecho a entrar en la ficción que parimos: apenas si nos queda aprender el gesto, repetir su forma, habitar las muecas de una sustancia que se secó.)

1.5.06

Debret Viana y el cine

By request, se adjunta el link a un artículo sobre Debret Viana escrito por Oscar Boyson (estudiante y periodista de cine estadounidense que se asomó a la tibia escena porteña) en la revista de cine The Passenger , de Chicago, U.S.A. y reproducido en la webpage www.livejournal.com

"(...)Damián M. Debret Viana is a literature student at the University of Buenos Aires. His appearance evokes portraits of the great classical composers: visible but elusive genius that only comes to life when the music begins. Turtleneck, pants, and painted fingernails accentuate apetit, wiryframe. The wardrobe matches the fingernails, and the fingernails match the hair-black, long, curly yet precise, explosive stuff that frames his face to elegant effect. Narrow, noble features, alert eyes behind glasses; he is an easy man to remember. (...)"


el artículo completo

8.2.06

elogio del amor (como literatura)




Hoy simplemente se me da por recordar una película de Godard, de los setenta. Ni siquiera la película, sino una escena. El hombre ha esperado por ella toda la noche; nosotros lo vemos con la mirada perdida, abrazado al televisor, que emite, a esas deshoras, apenas una tumultuosa estática. Cuando ella llega, ya se prepara para irse. El quiere detenerla (sabe, de alguna manera, que no volverá a verla nunca), los vemos forcejear, gritar, llorar, besarse, romperse. El agota sus últimos gestos, sus palabras para llegar a ella: da manotazos en el aire, arroja cosas, hace frases y exhibe todo el repertorio de su pena. No sabemos nada de lo que se han dicho. Salvo que es inútil. Lo único que se oye es una canción de Tom Waits. No importa: ya sabíamos las palabras. Esa historia ya había acabado. A nosotros nos dieron para ver las migas que quedaban en el mantel, la manera en que las fieras se debatían por ellas. Los últimos rituales del funeral.
No es un final distinto el que se cierne sobre nosotros.
Ahí empezaba una historia: acaso la verdadera. No la veremos, pero nos toca vivirla. Las historias solo se pueden mirar desde la orilla final. Antes, atravesamos momentos y horas sin descanso, y no podemos comprender el hilo que hilvana la trama. Es la tristeza tardía la que les da sentido. Es necesario haber perdido al amante para lograr entrever (reconstruir, inventar) la historia en que se jugaron los papeles. En cualquier otra parte (que es siempre el medio), lo que hay es vértigo, incertidumbre, convicciones variables, emociones contradictorias, y una rara felicidad.
Es como cuando, terminando el día, sobre la almohada repasamos sus momentos. Así son los films de los amores que perdí. Mientras sucedían, no entendí mucho. Ahora, son historias que me cuento.
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( tom waits - ruby´s arms )


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la letra
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13.1.06

La Verité

más apuntes sobre la verdad
(fragmento de un ensayo sobre Michelangelo Antonioni; 2004)
Remember el GOLEM: la verdad implica la muerte[1]: la verdad es aquello que deja al descubierto la muerte; llegar a ella es ya no poder ir a ninguna otra parte: conviene, desde nuestra temerosa fragilidad, multiplicarla con espejos y palabras: si la verdad acepta diferentes formatos, tal vez su potencia no sea demoledora (o tal vez sea como ese libro de la mitología turca: si alguien determinado día alcanza una precisa página de cierto libro a las tres de la tarde, muere). Un poco como Wilde: si el artista es el artífice de la mentira, la Verdad tiene que ser un territorio gris y seco; tengo para mí que se entiende mucho más bonito las cosas que cómo realmente son: la lectura (la subjetividad) derrama su belleza sobre lo que mira: como es frágil, necesita distraerse con figuras, como estamos solos, necesitamos historias: precisamente en los sitios ambiguos es donde nuestra individualidad puede expresarse con mayor soltura; nada – y menos uno mismo – sobrevive a la Verdad (el amor, la literatura, las artes, la filosofía, el fútbol, perecerían ante la verdad: serían como urnas vacías que ya no vibran). Por piedad, no se pretende aprehender la Verdad (sería una cacería ilusa) sino ir errando, y que cada equívoco sea una música como una caricia.
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[1] El nombre Golem, EMET, significa verdad. Sustrayéndole una letra (MET) significa muerte.
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25.9.05

Casi no recuerdo la época en que mi inquietud era jóven
.
Encuentro esta frase en un cuaderno lejano, de hace uno o tal vez dos años. Imagino haberla escrito con dramatismo adolescente, con mucha pose ojerosa de sufridas madrugadas. Me gustaría pensar que mi prosa hoy carece de esos excesos. Hoy llego a esa frase siendo otro - al menos por las ropas que visto y por Heráclito; la tristeza, un poco más lenta, me sabe igual - llego a la frase y me detengo: la miro, la doy vuelta. Es un insecto infértil. No le encuentro el más mínimo valor: es una frase que no me seduce (salvo el punctum). No sé cómo no ser cruel con aquello que fui. Sin embargo, no huyo de esas palabras entrelazadas, algo me subyuga: no puedo evitar pensar en otra cosa; en otras palabras. Recuerdo. Recuerdo porque cada baldosa del presente es una trampa: una suerte de trampolín siniestro que me lanza hacia atrás, hacia tejidos hechos de ayeres con los restos desgajados y moribundos de lo que hice, o ví, o leí - y permanentemente, como en un sueño, confundo -. Entonces recuerdo a un escritor japonés, su última línea. Antes de matarse - en el mismo minuto de su muerte -, Ryonosuke Akutagawa* llegó a una hoja virgen, y con negra tinta escribió: una vaga inquietud. Por algún motivo misterioso, eligió esa cifra para entrar en la muerte.
Tal vez algún hilo vibre entre las almas. No es cosa que me sea dada saber.
Pero sí es un sueño con el que puedo distraerme del Destino.
__________
* Olvidado en occidente, hoy su nombre suele recuperarse por haber escrito el relato del célebre film RASHOMON, de Kurosawa, y por algunas compilaciones de literatura fantástica que no pueden permitirse la omisión de un relato como SENNIN.

3.6.05



Greenaway
la misma escena


Un mes después - y con otra lapicera - pienso la ausencia del otro: ¿no es mi cuerpo muerto? Es decir: yo acariciando la textura de mi cuerpo muerto, yo cargando la pesada carne de mi cuerpo muerto, hundiendome.

4.4.05

the pillow book

Greenaway
una escena


El libro del amante siempre está escrito sobre un muerto.
A veces, sobre el cuerpo muerto del amante - su ausencia -.
...

Porque la escritura siempre empieza allí donde no estás (roland).

17.2.05

old tale

secrets
Cuando alguien tenía un secreto, y no quería decírselo a nadie, subía a una montaña. Allí, buscaba un arbol y le hacía un agujero sobre la piel. En en agujero susurraba el secreto. Después, lo tapaba con barro. Y dejaba el secreto ahí, para siempre.

24.3.04

Reconstruction

Voy a ver una película -porque qué se puede hacer sino etc-. Cuando salgo, ya no soy el mismo. Una película danesa me ha trastornado: se ha conmovido mi suelo y durante una semana no sacaré su inflexión de mi carne; incluso mi respiración transita un ritmo diferente.
Acaso he realizado la más drástica utopía tramada. Una pélícula danesa, al menos por un tiempo -sagrada brecha- me ha tornado otro.
Tal vez sea dulce el logo romántico "come share my life". Yo lo considero impreciso. Nuestro deseo requiere movimientos más hondos, más violentos que el de compartir aquello que ya somos. Pienso que la figura de quien ama lleva estampada la frase "come change my life".