2.3.06

sequía

Prefacio y excusa

Ok: no es un cuento nuevo.
Un blog ejerce el ansia de la novedad: todo lo que se precipita en el pasado, cesa – casi inmediatamente – de existir. Salvando algún trasnochado, nadie regresa en el camino de un blog: su trama se dilata, invariablemente. La palabra escrita, sin embargo, inflige la blanca virginidad del papel invocando algún tipo de perpetuidad más eficaz que la liviandad del viento en que son tejidos los desvaríos de las almas embebidas de desvelo y soledad. Paradójicamente, escribir es, a un tiempo, el intento de arrojar cosas de sí y de aferrar esas mismas cosas a algo que dure un poco más que la voz furtiva. Incapaces de llegar a un alma, llegamos al papel: lo abordamos con delicadeza, oscurecemos su piel con los signos de la carne de nuestra súplica (que es siempre el ansia de un contacto). No, el cuento no es nuevo; pero la razón por la que Debret Viana insiste con él no es SOLAMENTE la sequía que lo agobia (una sequía, dicho sea de paso, llena de palabras: sólo que no logran la coherencia de un ficción, y se mantienen en el incómodo estadío de delirio bruto – inflamando cada vez más los cajones con fragmentos y fragmentos -). El caso es que este cuento, que data de octubre, será publicado en una revista literaria en el mes de marzo. Las desprolijidades usuales me privan del nombre de la revista (que ya recuperaré, pero por ahora desencuentro). Este fenómeno – el de la publicación, no el de mi olvido -, menos obra del talento que de la confusión, admite la reiteración del relato, y consolida la coartada perfecta para disimular la incapacidad por generar un nuevo texto.

De todos modos, el cuento es extenso: es improbable que el internauta promedio llegue a leerlo.

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Rizoma
23 de julio de 1932,
Montevideo
Estimado Jorge:
I
Te escribo porque no puedo escribirte. Incluso tengo que ser breve (pero, aunque sea, quería decirte esto, alcanzarte algunas palabras, que sepas que estoy mejor). Tengo que escribir cartas (muchas cartas) y no doy a basto. No nos encontramos más en los bares usuales porque he dejado de ir: estoy muy ocupado. Sé que como amigo te preocupás (haberme visto tan pálido, tan desprolijo las últimas veces te habrá alarmado). Te escribo esta carta para decirte que no puedo escribirte una carta todavía. Al menos te envío el dinero de la fianza. Y te explico un poco: el cartero no tenía nada que ver, nunca quise lastimarlo: fue una circunstancia desgraciada. Mi cabeza simplemente no estaba donde debía. Me sentía perseguido, asfixiado. De todos modos, no era para tanto: apenas lo empujé un poco.
II
¿Te acordás de aquella muchacha que no dejaba de acosarme? Descubrí la manera de perderla. Y en eso trabajo mis horas. Creo que el método es tan perfecto que lograré finalmente mantenerla distante. A ella y a quien se me antoje. Es bastante simple, aunque - eso sí - requiere un cambio de profesión. Y mucha dedicación.
III
Recordarás que a pesar de mis secos rehusamientos y desdenes esa muchacha se empeñaba en acercarse a mí, y como no tenía otro modo que el de escribirme (yo no asistía donde sabía que ella podía estar, y si la divisaba por las calles, me daba a la fuga), me agobiaba con cartas. No podrías imaginarte la cantidad de cartas: dos o tres por día (hubo veces que el tráfico llegó a veintidos). Ese bombardeo epistolar no tenía otro objeto que el chantaje: sus palabras, calculadas mezquinamente, eran lanzadas hacia mí como uñas afiladas con la pretensión de arrancarme una respuesta - es decir, mi atención, algunas miradas o momentos de mi vida, en definitiva: mi sangre-. Escribe con sangre - dice Zarathustra - y aprenderás que la sangre es espíritu. Su caligrafía misma era vampírica.
IV
Meses viví angustiado por este episodio. Traté de deshacerme de ella al principio con gentiles cartas, después con rotundas negativas (amargas e hirientes) o ya el brusco reclamo de abuso de confianza o falta de verguenza y recato. Ella aprovechaba mis respuestas para llegar a mí: me escribía cada vez más, me hablaba de su pena, de las noches de la angustia, me enviaba poemas eróticos - y algunos directamente obscenos -, me hablaba de mí mismo, me moldeaba y reinventaba como quería y todo no era más que una maquinaria para forzarme a leerla, para sostenerme ante ella, prisionero.
V
Ya sé: me dirás lo mismo: ¿por qué no simplemente dejar de responderle? ¿Acaso crees que no lo intenté? Era inútil: si yo no respondía las cartas seguían llegando, cada vez en mayor volúmen. Con pavor yo seguía el sonido opaco de los pasos del cartero por el largo pasillo hasta mi puerta. Lo oía detenerse frente a mí (divididos apenas por una frágil madera), veía dos oscuridades bajo la puerta cortando la luz: ¡no puedo decirte lo horroroso que era ver las cartas deslizándose en mi departamento! Callar es una manera de expresarse cuya ilegitimidad nos relanza a la palabra (la frase es de Blanchot, un francés que debe estar por nacer y será famoso en los setenta). Con mi silencio ella podía hacer lo que quisiese: escarbarlo, doblarlo, inventarle diversos motivos que luego desarrollaría en más y más cartas. Ella respondía a mi ausencia de respuesta multiplicando la correspondencia: si me descuidaba la puerta de mi hogar quedaba bloqueada, los sobres de las cartas la atascaban y yo tenía que quedarme encerrado, contemplando esas afiladas letras ajenas, esas tantas palabras que me enredaban y comprometían, tapando ya las ventanas, atragantandome. No importa qué decían (muchas veces no decían nada) siempre eran la demanda de mi respuesta: aun cuando directamente nunca la reclamaran. No tenía salida. Ella me llevaba allí donde yo no quería ir y me retenía. Me apresaban frente a ellas, las cartas me chupaban el alma.
VI
Mi situación era desoladora. ¿Imaginás el peligro de mi condición? Miles de cartas que hablaban de mí, que eran escritas para mí dando vueltas por la ciudad, (o por mi cuarto, o por mi cabeza: da lo mismo). Si no las enfrentaba, si no las desmentía podían devorarme, volverse reales, arrastrarme hasta su mundo; ser tan parte de mí como mi infancia o las conversaciones con amigos. No sabemos donde termina la palabra escrita: por eso es temible. Si las dejaba por ahí, o tiraba las cartas, podían ser encontradas por cualquiera. Quién sabe de qué manera pérfida podría llegar a usarlas. Si las rompía, alguien - o el mismo viento - podría restaurarlas. Incluso podían ser pegadas sin lograr el original, formando una nueva historia - y esto podía ser más terrible aun -. Si las quemaba, el humo de la tinta podía oscurecer las ciudades. La llamarada saldría de mi casa, me delataría. Además, corría el riesgo de que también ardiera lo que las palabras nombraran. Hubiese sido una catástrofe, el principio de algo espantoso.
VI y 1/2
Tengo este tipo de pruritos, y no sé diluir la ansiedad. Si hubiese vivido en el futuro, me atribularía desconsoladamente si, por ejemplo, sonase el teléfono y yo, llegando tarde, me terminase quedando, con el tubo en la mano, sin saber quién había sido el que llamaba. Me aferraría a esa incertidumbre como a un enigma del que dependiera mi vida. Y no podría moverme.
VII
Viví esa época como una enfermedad. Ya que mi silencio atraía todo su lenguaje, tuve que intentar otras cosas. Olvidé las formas de la cortesía: la maltraté, la insulté; pero ella siempre respondía con cariño, con tierna, abominable sumisión. Me decía que yo tenía razón, que el amor que sentía por mí la desdoblaba; pero que si yo le permitía, me salvaría de todas las asperezas de los días. Usé mil artimañas para herirla: le di cita en lugares hostiles para luego no presentarme, le impuse mil tareas arduas para probar su amor, hablé mal de ella a sus vecinos, la amenacé, le rogué, me hice pasar por un monstruo y llegué a dejar, durante veinte días, cada noche, flores muertas en su puerta. Nada sirvió. A decir verdad, ella usó todo lo que hice como material para sus cartas. Me decía que mi empeño por resistirme era mi manera de descreer de la imperiosa, celestial verdad. Su perseveracia era inhumana. Todo lo que yo le dijera - por más horrible que fuese - volvía a mí desfigurado, transformado en formas de interesarme por ella, de atarme a ella. Sea como fuese, me había vuelto un rehén de sus cartas: a través de esas cartas ella me sujetaba, me movía. Su opresión, su dominio era cada vez más absoluto y mi resistencia se debilitaba rápidamente, en cada palabra (no importaba ya quien de los dos la escribiese).
VIII
Tuve fiebre, y me costaba comer: no tenía hambre. Ni ganas de nada. Esa muchacha - sus diabólicas cartas - fueron el motivo por el que me encontraste tan pálido la última vez que cenamos. En mi punto más bajo, consideré dos iniquidades: matarla o casarme con ella. Era tal la desesperación que no lograba otras opciones.
VIII y 1/2
Ya lo sabemos: las mujeres que aman son terribles. Son aburridas cuando lo aman a otro, y despiadadas cuando lo aman a uno. Esta muchacha había urdido una red letal: el sentido de sus palabras no me decía nada - no me simpatizaba, no me convencía: ni siquiera me provocaba lástima -; era como leer una música monótona. Pero esa bruta invasión, esa oscura estrategia epistolar me cercaba. Por cada rendija se colaba en mi hogar una frase, me acechaban desde el pasillo el rumor de las cartas escribiendose. Hasta llegó a mandarle cartas a mis amigos hablándoles de su amor por mí, o reenviaba las violentas cartas de mi hastío a conocidos que ya después me evitaban en los bares, o cruzaban la calle si me veían, considerándome seguramente un animal. Y de hecho, eso es lo que era: un animal. En eso me había convertido. Después de todo, ¿qué se puede hacer con un amor así?
IX
Fue en una amarga depresión - te diría: propiamente en el delirio - que logré la respuesta a mi congoja. Era simple: tenía que usar sus armas. Y tenía que ser despiadado. Le escribí una carta - le dije cualquier cosa, no importaba - y antes de que respondiera, le escribí otra. ¿Entendés la maniobra? Descubrí que a las cartas no hay que responderlas: hay que escribirlas (la diferencia es abismal). Apenas le enviaba una carta, le escribía otra y (este es el centro de la cuestión) la enviaba antes de que ella me respondiese (a veces enviaba las dos juntas). De esta manera, ella estaba siempre una carta retrasada. Si me llegaba una carta de ella, ya era estéril: venía a mí muerta y yo tranquilamente podía romperla en mil pedazos; porque ya había salido otra carta mía trastocando las cosas con todos mis fantasmas.
X
Descubrí cómo funciona la máquina epistolar: me restaba un movimiento: había que dar vuelta la trampa y había que hacerlo de modo categórico, irreversible. Tenía que escribirle, pero evitar la tentación de ingresar en un diálogo. No era tan sencillo: tuve que volverme un escritor (ese fue uno de los sacrificios, pero algo tenía que ceder para salvarme). Tuve que engendrar una obra. Si decía algo, me desdecía en la carta siguiente, o modificaba la historia que había contado en una carta anterior, la contaba distinto, o la mezclaba con otra carta que había escrito semanas atrás. Escribía una carta, y la desmentía en la carta siguiente. A veces escribía una carta, y le ponía fecha de unos días atrás, o de una semana. O le hablaba de una carta que nunca le envié (que ni siquiera escribí) para que ella entendiese que por lo menos una carta se había perdido en el camino entre nosotros, y (que es lo mismo) que todo permanecería siempre inaprehensible porque todo se deslizaba permanentemente hacia el abismo: no había modo de encontrarnos. Era una calculada telaraña. Un proyecto para la locura. No había manera de responderle a eso: yo mismo iba cambiando de mil formas. Lo interesante es que ninguna carta anulaba a las otras: al contrario, las multiplicada. Así yo iba fabricando un ejército de dobles míos: era como abrir heridas en la realidad. Cada carta mía era una fisura en la imagen que ella tenía de mí. De esas fisuras chorreaban historias mías que se contradecían entre sí, pero que no se apagaban. Más bien se enredaban, se cruzaban: cada carta era una pieza que iba modificando a las otras, obligándolas a vincularse de manera distinta, a significar otra cosa. La máquina era dinámica: nunca se quedaba quieta; inapresable se extraviaba antes de que pudiese ser dominada, y ya era otra cosa, y era imposible. Lentamente se cerraba alrededor del lector. Como un teatro de sombras chinas.
XI
También las cartas previenen de que la muchacha loca venga a golpear mi puerta. Escribir cartas es siempre la postergación del encuentro: la invención de obstáculos entre el remitente y el destinatario. Mientras la maquinaria se mantenga indescifrable, yo quedaré lejos. Por ejemplo: si te sigo escribiendo, no nos veremos nunca.
XII
Siento que tras cada carta escrita me voy apropiando de la sangre que perdí (y que necesito, porque todavía estoy pálido y flaco). Lo que no sé es si esa sangre es mía o de ella. No importa: es sangre. Y la necesito.
Me dirás - ya te estoy escuchando - que si estos terminos no son un poco monstruosos. Tal vez: pero eso es bueno. Si entendí cómo funcionan las cartas, si pude dar vuelta la maquinaria, es forzoso que tenga algo de vampiro.
(Y funciona. Logré deshacerme de un tipo al que le debía plata y de una tía pesada. Ya no los veo, y sé que ellos no me buscan. De vez en cuando les envío una carta. Podría cruzarlos por la calle, claro, pero ya no camino las calles: tengo mucho que hacer sobre mi escritorio. Sólo pensar en la vida allá afuera me dá vértigo: todos están demasiado cerca)
XIII
Ella sustituyó su amor con la carta de amor; yo cambié mi celda por este proyecto epistolar. Es por esto que por ahora no puedo verte, ni puedo responder a tus cartas. No tengo tiempo. Por eso tuve que renunciar al trabajo. Este proyecto se lleva todas mis horas. Es la única manera que tengo de ser libre.
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Basado en el capítulo 4 de Kafka. Por una literatura menor. De Deleuze y Guattari.
pero tampoco como para culparlos.
el cuadro, de Munch.

27.2.06

cinema verité

para responder a algunos mails


cosas raras que tienen los límites difusos
Debret Viana ha estado recibiendo correos extraños de sus lectores. No es que no le agrade que se preocupen por él; pero le parece pertinente insistir con un tópico. Los manicomios - como la ficción - tienen problemas de fronteras. Es natural que, dadas las técnicas que el cuaderno Infimos Urbanos emplea para problematizar sus temáticas y tramas, exista una propensión a creerle demasiado a un impostor, como claramente es Debret Viana. Infimos Urbanos es, ante todo, una novela rota. Su caracter residual le permite una tolerancia bastante generosa en tanto a sus contenidos; por eso ingresan tantos despojos. De ahí proviene su caracter caótico, fragmentario. No deja de ser cierto que, últimamente, el eje central de la ficcionalización ha sido Debret Viana. Pero conviene no olvidar que Debret Viana es, de todos, el fantasma más difuso que comprende la obra. Infimos Urbanos NO es un diario. Si es un diario, es el diario de la novela que no se pudo escribir. Es la prosa del naufragio.
*

La verdad – se sabe – es una de las tramas esenciales de Ínfimos Urbanos. Si bien mentir es fácil – nunca sencillo -, porque la más leve desviación infligida a la rigurosa ruta de la verdad ya constituye una mentira – y ese caudal es vasto, casi infinito – mentir todo el tiempo es imposible.

(

Hágase la prueba y se regresará a uno mismo exhausto y derrotado; sería como vivir en un estricto teatro perpetuo donde uno mismo sería el único que – vagamente, de todos modos – conocería la condición ficticia (e improvisada) de cada paso dado.

)


La verdad – varios relatos de Ínfimos Urbanos versan sobre este tema – por alguna grieta imprevista se filtra: no hay manera de extraditarla. Sabiendo esto, Debret Viana implementó el siguiente recurso literario: decir, alguna vez, de vez en cuando, la verdad, para que las mentiras – las ficciones – resulten más creíbles. Una de las formas, por ejemplo, fue decir varias veces Debret Viana. Otra, ofrecer mínimos detalles de su vida – o que pudieron ser de su vida -. Los procesos de fantasmatización son infinitos.

Es cierto que una apariencia de verdad irrumpió las páginas. Y que esto facilitó la confusión, y con ella la buena voluntad de muchos que se acercaron con consejos y consuelo. Pero es que la verdad no puede contenerse por completo. Cuando eran cuentos, su estructura prevenía de su naturaleza ficticia y trazaba eficazmente los límites. Las últimas literaturas marginales se escriben “con la forma” de la verdad. No tienen su contenido. (Esto va para la cantidad de niñas que se sintieron inmediatamente indentificadas con la supuesta "muchacha miope" del texto anterior y esgrimieron variadísimas respuestas (a ninguna pregunta): es ficción, y es tristísimo tener que ir rindiéndole cuentas a la realidad por los devaríos que a uno se le cruzan: por favor, no protesten)

Usar la forma de la verdad, la estructura con que se ejerce, y no decirla es la mejor manera de revelar su carácter relativo, de desintegrarla.

(

Mis mayores pasiones han sido por personajes de novelas. He sufrido con la encarcelación del conde de Monte Cristo mucho más que con el relato de la pena de ningún amigo íntimo, por más portentosa que fuese su tragedia. Me ha desesperanzado el desencuentro de Romeo y Julieta, de Horacio y La Maga, de Werther y Charlottte más que los de las propias mujeres que no supe detener, y que todavía hoy recuerdo con una ternura que es como de herida. (¿quién dice esto? ¿Debret Viana? ¿yo? No es lo mismo, pero no importa)

)

Incluso si fuesen ciertas, no interesaría: importa que su prosa logre seducir, que llegue y penetre, que contenga alguna luz, y alguna belleza.
Incluso si fuesen ciertas, serían de otros: porque yo pocas veces me parezco a mí mismo.
Incluso si fuesen ciertas, serían falsas, porque el lenguaje teje historias y no es el instrumento indicado para trabajar la verdad.


Debret Viana no existe. Escribe estas cosas como si fuese otro. O acaso otro escribe estas cosas y firma, al final, Debret Viana. No importa. En un caso y en otro, es vanidad. Decir Debret Viana es tan ilusorio como decir Yo. Nunca estoy más lejos mío – recuerdo que escribía Derridá – como cuando digo “Yo”. Pirandello detiene a uno de sus personajes frente a un espejo, le pregunta a su imagen “¿quién es loco?”, y responde “tu” mientras señala al espejo, donde su imagen le devuelve el dedo inquisidor; concluye lo inevitable: somos fantasmas. Con menos palabras, hace más de un siglo Rimbaud escribía “Yo es otro”.


*

En Ínfimos Urbanos hay personajes, no personas. Si hubiesen personas, estarían viviendo y no estancadas en una torpe narrativa.

Son personajes: son mi paisaje, mi clima; acaso también mi compañía, mis estados de ánimo, mi soledad. Mi búsqueda, mis metamorfósis.

Ínfimos Urbanos es soledad. La de Debret Viana, la mía, la tuya. Soledad pura. Un poco la de todos. Aquí no hay nadie más: es naufragio. Si hubiese alguien, conversaríamos: le diría de ir al cine, nos quejaríamos del clima, de los políticos, de la fugacidad del tiempo, de cualquier cosa. Y no me quedaría en este cuarto vacío, como un prisionero anémico, haciendo literatura.


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pero pero

todo lo anterior también es coartada,

es máscara;

por supuesto.

...

en Infimos urbanos nunca se sabe de qué lado cayó la moneda

24.2.06

carta a una que me dijo que no


Estimada señorita miope;
Considerando tu rotunda y amarga negativa de adherirte a mis voluntades , te deseo
dos puntos

  • que 8 checoslovacos te orinen los muebles,
  • que te crezca una verruga del tamaño de la península de Valdés,
  • que Valdés te demande por plagio,
  • que el estado declare tus fosas nasales como reserva ecológica,
  • que te toquen el timbre cada vez que estés por alcanzar un orgasmo,
  • que todas tus almohadas estén hechas de gelatina,
  • que cada vez que estés en esos maravillosos campos verdes que ansiás, todos los insectos se reunan para vengarse de la humanidad en tu inocente (blanquísimo) cuerpo,
  • que cada vez que necesites comprar toallitas con urgencia, olvides el castellano,
  • que se multipliquen los mosquitos entre tu felicidad y vos,
  • que tus vecinos te traten como si fueses responsable por la suba de impuestos y la inaccesibilidad de la canasta familiar,
  • que cada vez que cierres un libro olvides marcar por qué página ibas y cuando quieras buscar esa página,
  • que el libro se te cierre violentamente mordiéndote la pera,
  • que cuando pases por una verdulería alguna boliviana se empecine en vender tu pera como si fuese una fruta y vos no puedas explicarle que es parte de tu cuerpo porque desaprendiste súbitamente todas las vocales y todo tu lenguaje se parece mucho a un ataque de epilepsia,
  • que cada vez que subas a un escenario, te salga automáticamente una imitación de Marcelo Tinelli y te pongas frenéticamente a comer alfajores y a arrojar pelotas a los espectadores,
  • que en los momentos en que estés diciendo las cosas más importantes de tu vida, pase un camionero y toque una tremenda bocina,
  • que te indigestes con la sola visibilidad de cualquier golosina,
  • que cada vez que llueva te vuelvas loca si no contabilizás cada gota que cayó,
  • que en la facultad los alumnos te confundan con una silla y sienten encima tuyo,
  • que tu páncreas aprenda a hablar, se llame Néstor, sea de Peñarol y te insista para que le relates los partidos, que si no le relatás los partidos, te interrumpa las conversaciones con comentarios maliciosos o sonidos de gases, u otras tribulaciones estomacales,
  • que los sábados te sean como un dolor de muelas,
  • que llegues tarde a todos los cines,
  • que cuando estés en algún teatro te agarre un brusco ataque de estornudos,
  • que te despiertes un día y te hayas convertido en tu propio dedo gordo del pie derecho,
  • que quedes atrapada dentro de un traje de buzo durante 3 años,
  • que todos tus amantes tengan aliento a polenta y pesticida,
  • que cada vez que tengas sexo bruscamente te asalte la imagen mental de Sylvester Stallone vestido de sandía gigante, abrazado a un canguro y entonando el himno nacional de Katmandú,
  • que te cases con un dentista o con un contador o con una ostra o con los tres juntos,
  • que cada vez que quieras seducir a alguien te tosan las orejas,
  • que te crezca una tercera oreja en el ombligo,
  • que el ombligo se mude a tu rodilla,
  • que tu rodilla tenga un conflicto diplomático y la extraditen al Congo Belga,
  • que el Congo Belga asuma que tu persona es un monopatín y te usen como tal,
  • que cada que te pregunten la hora sientas un irrefrenable deseo de bañarte en ketchup,
  • que la voz de tu conciencia te hable en polaco y no le entiendas un pepino,
  • que a todas partes te siga una comunidad de pingüinos y que todo el tiempo te canten las peores canciones de Arjona (que son cualquiera),
  • que tu alma, harta de tu peinado, se vaya de tu cuerpo a vagar por las lejanías, y que use tu tarjeta de crédito para pagarse todo tipo de deleites, y después se radique en Pittsburgh y te mande postales,
  • que una ardilla te cobre como premio en una rifa,
  • que cada vez que subas a un ascensor haya un vendedor de seguros,
  • que cuando vayas al dentista te toque uno que se haya adherido al movimiento surrealista y te componga una incómoda vanguardia en la boca,
  • que cuando vayas a cortarte el pelo, el peluquero sea Van Gogh,
  • que siempre sea lunes,
  • que toda tu ropa interior se vuelva beige y huela a arenque,
  • que nunca te combine la ropa,
  • que todos los apios del mundo se te atoren entre los dientes,
  • que te cobren peaje por bostezar,
  • que tu belleza de angel triste sea decretada como peste bubónica,
  • que aniden en tus bolsillos las polillas de todas las nostalgias, que te acuerdes de mí y te duela, que me busques desesperadamente; que me llames, alguna vez.
*
(- la literatura es una de las formas más elegantes de la venganza -)
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y sí, es otra fotografía de Debret Viana;

21.2.06

La tercera (el doppelganger)





"
(...) A. advierte que, en forma similar, cuando él se sienta en su habitación a escribir el Libro de la Memoria, cuenta su propia historia hablando de sí mismo como si fuera otro. Para encontrarse, primero necesita ausentarse, y por eso dice A. cuando en realidad quisiera decir.
"

de The Invention of Solitude
Auster

19.2.06

mi melancolía, mi monotonía; mi lobotomía



No estoy escribiendo. Todo – estas palabras – suceden en la no-escritura. Me dirán: el viejo truco de escribir que no se puede escribir, y entonces ya haber escrito. No; si pudiera escribir, escribiría otra cosa. Porque no puedo escribir escribo esto. Si pudiera escribir escribiría ficciones. Detrás de ellas puedo ocultarme. Las ficciones exhalan fragancias preciosas que embriagan mi alma y me distraen de la urgencia de mi melancolía. En cambio estos fragmentos torpes, esta prosa reseca revelan, exhiben, prostituyen piezas sueltas de mis devaneos. No; esto no es escribir. Es mover la pluma por la hoja mientras ansío que algo me interrumpa. Los garabatos que surgen son siempre iguales. Lo que hago es expandir la escenografía de mi fracaso. Vivo, mientras tanto, mi vida como quien recién ha llegado a un país extraño. Me ocupo de ver cómo se mueven las luces por las cosas. Sí: tareas de encarcelado (después de todo nunca supe salir de mí; aunque, precisamente porque me conozco, seguido me veo y me desconozco: pero no es lo mismo, no es que haya salido: es ser yo- todavía yo - y que mi pasado sea alguien, algún otro).
Si, en cambio, pudiese escribir, sería distinto. Mis cadenas no se modificarían, pero la literatura es el único narcótico que me priva de tener que sentir mi cuerpo, mi hastío y la manera en que las horas intensifican las muecas grotescas que mi alma hizo alguna vez, parodiándose.

Entonces tomo un libro - de esos a los que siempre estoy regresando- y copio:


Releo en una de esos estados de somnolencia sin sueño, en que nos entretenemos inteligentemente sin la inteligencia, algunas de las páginas que formarán, todas juntas, mi libro de impresiones sin nexo. Y de ellas asciende hacia mí, como un olor de cosa conocida, una impresión desierta de monotonía. Siento que, aun al decir que soy siempre diferente, digo siempre lo mismo; que soy más análogo a mí mismo que lo que querría confesar; que, a fin de cuentas, no he tenido la alegría de ganar ni la emoción de perder. Soy una ausencia de saldo de mí mismo, de un equilibrio involuntario que me debilita y me deja desolado.

Se diría que mi vida, incluso la mental, es un día de lluvia lenta, en que todo es desacontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Desconsuelo de seda rasgada. Me desconozco bajo la luz y en el tedio.

Mi esfuerzo humilde, de siquiera decir quién soy, de registrar, como una máquina de nervios, las impresiones mínimas de mi vida subjetiva y aguda, todo esto se me vació como un balde con el que se tropieza de pronto, y se derramó por la tierra como el agua de todo. Me produje con tintas falsas, terminé siendo el de la bohardilla. Mi corazón, al que le confié los grandes acontecimientos de la prosa vivida, me parece hoy, escrito en la distancia de estas páginas releídas con otra alma, una bomba de agua en una finca de provincia, instalada por instinto y maniobrada por costumbre. Naufragué sin tormenta en un mar en el que se puede hacer pie.

Y pregunto, a lo que me queda de consciente en esta serie confusa de intervalos entre cosas que no existen, de qué me servió llenar tantas páginas de frases a las que creí mías, de emociones que sentí como pensadas, de banderas y pendones de ejército que son, al final, papeles pegados con saliva por la hija del mendigo debajo de los tejados.

Pregunto a lo que me resta de mí a qué vienen estas páginas inútiles, consagradas a la basura y al extravío, perdidas antes de ser, entre los papeles rotos del Destino.

Pregunto y prosigo. Escribo la pregunta, la envuelvo en nuevas frases, desmadejada de nuevas emociones. Y mañana volveré a escribir, en la secuencia de mi libro estúpido, las impresiones diarias de mi falta de convicción con frío.

Sigan, tales como son. Jugado el dominó, y ganado el juego, o perdido, las fichas se ponen bocabajo y el juego terminado es negro.
fragmento 442,
del Libro del desasosiego;
Bernardo Soares.
__________


Me agrada saber, sin embargo, que cuando no tengo voz puedo estirarme hasta la biblioteca, o arañar algún disco, y recortar las palabras de algunos otros - esos íntimos extraños-, y todavía poder hablar.

*

14.2.06

la aristocracia de la tristeza


La ficción, como la locura, es un rincón florido donde vivir es amable – aun cuando lo que suceda allí no se parezca mucho a la vida real -. Al menos el tiempo fluye sin que la caída de sus minutos cale hondo en la piel del ánimo, y sin que se evoquen automática y perpetuamente las nostalgias imaginarias que en la inactividad de nuestra almanacen sin descanso. Allí quedan las películas, la música. La literatura. Allí queda este cuaderno, allí querría Debret Viana irse a vivir. Para su desgracia (y tibia esperanza de sus familiares y amantes) todavía no le sale. La locura es la última liberación, y lograrla implica un trabajo cotidiano y magnánimo. La pereza característica de Debret Viana le permite apenas lograr un par de delirios prácticos y un extenso repertorio de caprichos (en todos ellos es legible cierto grado de razón, siquiera a modo de ruina o despojo: nada es tan difícil como ser completamente absurdo e incoherente).
Y tampoco es cuestión de fingir (aunque con Hamlet nunca sabemos de qué lado de la razón está). Hace unos días, por ejemplo, a Debret Viana le comentaron lo bien que le quedaba estar triste. En un principio, la observación lo irritó. Pero luego, preocupado, tuvo que pensar si efectivamente era triste o si su tristeza era una decisión estética, una pose elegante. En todo caso, es como escribe Barthes: “todo escritor dirá: loco no puedo, sano no querría: sólo soy siendo neurótico.”.


Podríamos decir: escribir es una de las maneras de no comprender el mundo. En este sentido, seguir escribiendo es esbozar una lectura del universo (aun cuando esa lectura sea exhibir que no sabemos cómo leerlo, ni vemos nada legible). Así el escritor genera una fantasía, una interpretación. La fatalidad de su obra reside en que no sabe cómo ingresar en ese mundo creado. Es para los otros. La salvación y la locura consisten ambas en entrar en este sueño (que a la vez es una de las formas de la soledad). Estar loco y ser feliz significa creer en el teatro que hemos montado (a esta altura Debret Viana se da cuenta de que, básicamente, este es el argumento del relato Moonslavery, y para no repetirse corta el párrafo y continúa como si nada pasase).

Queda claro: la isla no es perfecta. Sus costas vacilan todavía y tiene metafísicos problemas de fronteras. Algunos ecos del mundo llegaron hoy, con tantos ramos de flores, bombones con forma de corazón, repeticiones de declaraciones de amor, mujeres con el peinado recién hecho, baladas tontas dedicadas por la radio, y toda la ampulosa gama de rituales correspondientes a la tradición del día.

Un poco harto de la severidad con que son acatados los calendarios, Debret Viana seleccionó una canción, que por su fina y excelsa lírica expresa un poco su férrea apatía por esta burda ceremonia, que justo ha de cincidir con uno de sus declives sentimentales. De la poética, plácida e inasible, solo es reprochable la insistencia con el autor. Calamaro – dice Debret Viana – es un estado de ánimo que pasará. Sin embargo, la reiteración con el músico (porteña cruza de Dylan y tango) queda compensada con la delicada y sutil elección de cada etérea palabra.

Pudo haber sido Byron, Tennyson, Rimbaud o T.S. Pero hay días así. ..

( calamaro again )


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*


Como por un vecino molesto los muros de la torre de Debret Viana temblaron. Eran los ruidos de la civilización: el bullicio que quisiera cubrir las grietas del abismo. Pudo ser un piedrazo en la frente. Fue un rock.

No es tan diferente.

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8.2.06

elogio del amor (como literatura)




Hoy simplemente se me da por recordar una película de Godard, de los setenta. Ni siquiera la película, sino una escena. El hombre ha esperado por ella toda la noche; nosotros lo vemos con la mirada perdida, abrazado al televisor, que emite, a esas deshoras, apenas una tumultuosa estática. Cuando ella llega, ya se prepara para irse. El quiere detenerla (sabe, de alguna manera, que no volverá a verla nunca), los vemos forcejear, gritar, llorar, besarse, romperse. El agota sus últimos gestos, sus palabras para llegar a ella: da manotazos en el aire, arroja cosas, hace frases y exhibe todo el repertorio de su pena. No sabemos nada de lo que se han dicho. Salvo que es inútil. Lo único que se oye es una canción de Tom Waits. No importa: ya sabíamos las palabras. Esa historia ya había acabado. A nosotros nos dieron para ver las migas que quedaban en el mantel, la manera en que las fieras se debatían por ellas. Los últimos rituales del funeral.
No es un final distinto el que se cierne sobre nosotros.
Ahí empezaba una historia: acaso la verdadera. No la veremos, pero nos toca vivirla. Las historias solo se pueden mirar desde la orilla final. Antes, atravesamos momentos y horas sin descanso, y no podemos comprender el hilo que hilvana la trama. Es la tristeza tardía la que les da sentido. Es necesario haber perdido al amante para lograr entrever (reconstruir, inventar) la historia en que se jugaron los papeles. En cualquier otra parte (que es siempre el medio), lo que hay es vértigo, incertidumbre, convicciones variables, emociones contradictorias, y una rara felicidad.
Es como cuando, terminando el día, sobre la almohada repasamos sus momentos. Así son los films de los amores que perdí. Mientras sucedían, no entendí mucho. Ahora, son historias que me cuento.
__________________
( tom waits - ruby´s arms )


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la letra
______*______



4.2.06

soledad posmo

;


la soledad es
saberse de memoria la arquitectura del edificio de enfrente,

y los horarios
de los camiones de basura,
de los porteros de la cuadra

y de las dos o tres ventanas que todavía tienen luz

cuando es honda la madrugada;

la soledad es
que no sea necesario salir de casa,

es conversar con mi gato
y que mi voz, al principio, me resulte ajena
es
resbalar por los 80 canales de nada

en la televisión;

la soledad es la tinta de mi lapicera,

y las decenas de cuadernos que llené

es despertar en el sofá y saber

que todas las cosas ya empezaron,

es sentir los sonidos del teléfono como el rugido
de un animal feroz y extraño;

la soledad es no saber la diferencia de los días,

es leer cartas viejas,

sí: es leer cartas viejas y que sea inútil responderlas,

es haber aprendido

los movimientos de las sombras de cada mueble de la casa,

es dejarte mensajes en el contestador,
y haber perdido la cuenta de lo cigarrillos que fumé

(la casa volviendose ceniza)

la soledad es escribir textos como éste;

es escribir palabras

con este azul lastimoso;

la soledad

es no recibir ni siquiera spam.

.

3.2.06

los laberintos cotidianos, los abismos



)-(

Cuando despertó esa mañana notó que alguien había atado los cordones de su zapato izquierdo con los del derecho. Detenido, todavía enredado con las tibias sábanas de su cama, quedó contemplando el terrible impedimento. Como él no usaba zapatos, tuvo que hundirse en su habitación hasta despertar otra vez.

(-)

2.2.06

las cenizas

*

"
(...)¡Y yo mismo! ¿Qué ha sido de mí? ¿Qué ha quedado de mí, de aquello días venturosos e intensos y de aquellas ansias y esperanzas aladas? Como la tenue exhalación de una insignificante hierbecilla, se desvanecen todas las tribulaciones del hombre, y así también se desvanece el hombre mismo.
"

último párrafo de “Y así pasó el amor”
Turgueniev
____________

Ergo: hay que aferrarse a todas las penas que se tenga; cuando se agote ese latido, ya no quedará nada.
) pero (
"
(...) deberíamos avergonzarnos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor.
"

What we talk about when we talk about love
Carver
(.)

31.1.06

triste terminar con enero otras tantas cosas


La música (sobre todo en su inclinación – o declive – pop) tiene al menos dos acepciones. El disfrute estético será, en este caso, para los demás. La selección de esta canción obedece a ciertas voluntades expresivas – simplísimas y desesperadas - que Debret Viana – por cobarde – no alcanza ni con su prosa ni con su vida. Se ubican en la problemática de identificación (que confunde lo bello con la clásica frase residual: “¡a mí me pasó lo mismo!”), y su discurso será entendido acaso por aquella a la que está destinado. Lo que Debret Viana pretende es adoptar la voz del cantante y derramar todo su lenguaje sobre su ya mítica Amante Morena.
Es una manera de hablar.

Los otros podrán disfrutar la canción, e intuir discretamente que algo le anda pasando a Debret Viana. Un poco abominable es utilizar los materiales y espacios artísticos para comunicar los detalles que puedan ocupar a la miseria personal. A Debret Viana una pena lo desborda, y esa marea termina por manchar estas páginas, corrompiendo un pocos las fronteras de las cosas – esto no es cosa que él se atreva a confesar -. Que la obra esté en comercio con la vida es un proyecto para la locura. Es como trastocar los límites de un manicomio.

Mientras aquí habrá un par de canciones tristes, Debret Viana quedará confinado en su habitación trabajando en una novela sobre el dolor de lo perdido. Claro que hoy salió hasta el barrio de Once, y compró una camisa. Y pasó por un mercado y se llevó leberbush y salame milán. Las 60 páginas logradas hasta ahora son alentadoras. Salvo por el hecho de que es preciso trabajar con el propio dolor. Así, cada letra que se avanza es una congoja que fue preciso revolver, escarbar. Debret Viana ya sabía que toda fortuna literaria estaba estrictamente supeditada al desmoronamiento de su vida. No recuerda cuando firmó ese acuerdo.

Pero ya debe ser tarde.

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me fui volando - andres calamaro

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30.1.06

la inmovilidad (nota tardía)

posible epígrafe para el cuento Néctar de las cosas furtivas

dos puntos

el pensamiento es el elixir del viajero sedentario

29.1.06

prosa dispersa


Tanto me están gustando algunos coqueteos del lenguaje que me estoy olvidando de la poesía grave que brota de las noches que arden lo que nadie camina, lo que calla la nieve, lo insepulto de mi muerte, lo que vaga torpemente como una blanca bolsa de plástico en el viento, lo que no llega a ninguna parte, lo que arañan los espejos, lo que pesa bajo los párpados, en la espalda, en el cuello cuando por el chirrido del despertador la mañana nació sobre mí para aplastarme y es como diminutos dientes en un lento desplazamiento, y no, no puedo olvidar las arañas hechas de melancolías - mías, de otros, de los que se fueron, los huecos - caminando por la habitación, multiplicándose se posan sobre muebles, libros, ausencias, y me las quitan; y la bruma gris que despido con mi tos de antiguo difunto. Tanto me están gustando algunos coqueteos del lenguaje que demoro mi vida llorándole a puertas y puertos, y amanezco cuando muere la tarde con las rodillas fruncidas de tanto trabajar el verbo. Me he llenado de adjetivos para malcomprender mi pena.
Pero no hice de mi vida ni la excusa de una frase.
*

Después de no haber dormido en toda la noche, la mañana fue como una sensación, más un movimiento en mi ánimo que en el día, o la disposición de las sombras. Enloquecidas por el resplandor, no pude quedarme con las cosas que había reunido durante la noche. Todos los murmullos se me deshicieron en las manos. Eran animalitos feroces; me lastimaban pero me divertían. Eran las llagas que me avisaban que estaba vivo. Eran palabras.

*
Tal vez yo no estaba preparado para tanta claridad. Y ahora no tengo nada para decir; y estoy solo y conmigo. Pero el día trae su ajetreo y su barullo, y me distrae de saberlo.

27.1.06

desperation dance

____
"
(...)por una rendija el nuevo día,
allá en el fondo los dientes afónicos del piano;
yo, con mis siete sombras organizaba
el polvo disperso de las cosas perdidas
hasta que no fueron horas para nada,
y caímos sobre algunas teclas del teclado,
un poco desprolijo, claro:
pero eso la sangre lo lava
"
Manuel Orellano
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el piano (de la serie Imprecisiones)
y la foto (de Furtiva bruma)
se cargan en la cuenta de Debret Viana;
...
...
eventualmente se pedirán disculpas por estos excesos

23.1.06

anclado

Sólo después de arrojarlo todo por la borda somos capaces de ascender hacia nuestra propia nada.

Girondo
Membretes






Quedarme en casa; dormir de día; ordenar los discos y la biblioteca; ver fútbol por televisión; no tener que vestirme; merendar ocho veces al día; molestar a vecinos con el piano a deshoras; ser el mejor amigo de mi gato; no atender el teléfono; escuchar una y otra vez los discos de cuando al músico lo habían abandonado o había muerto alguien cercano, o ellos mismos se estaban muriendo, los discos malditos y traumáticos; no poder escribir sino fragmentos y fragmentos; encontrarme con recuerdos de cosas viejísimas a las que en mucho tiempo no había regresado; volver a amar y a odiar a las amantes perdidas; poner etiquetas que enumeren sus contenidos al centenar de videos vírgenes que llené en estos años; no saber cómo empezar a tener ganas de hacer algo; dormir en una cama que lleva semanas deshecha; hacer bromas con mi tristeza o con mis variadas perversiones y reírme solo para no salpicarme; usar ropa sucia; conversar imaginariamente con las personas con las que me quedan asuntos pendientes; descubrir cuales eran las exactas palabras que debí haber dicho en algún momento; comer dulce de leche del pote; no levantar las cosas que se me cayeron al piso; sentir que la vida es lo que ocurre entre masturbación y masturbación, y del lado de allá de la ventana; caminar sobre centenares de manuscritos decepcionantes; no leer periódicos ni revistas; empezar y abandonar diez libros por hora; contestarle al televisor; saberme de memoria la fachada del edificio de enfrente; en fin: cosas así. Quiero seguir haciendo cosas así.

19.1.06

una mujer sobre la monogamia

"
Ayer encontré una cadena. Abrí un cajón de los muebles del pasado. Llevaba años sin abrirlo: una nube de polvo se posó sobre todas las cosas; era como un ejército de serenas mariposas grises. No reconocí las cosas que había ahí: parecían de otra. Pero vi una cadena. Una cadena vieja, vaya a saber qué fue lo que una vez retuvo. Después mi vida siguió como las cosas que siguen. O eso pensé. Lo que pasa es que todas las cosas del mundo están atadas con hilos invisibles, y cuando algo se mueve... estuve llorando toda la noche, porque me dolían las muñecas y los tobillos.
"
de la segunda parte de
La trilogía de la soledad

13.1.06

La Verité

más apuntes sobre la verdad
(fragmento de un ensayo sobre Michelangelo Antonioni; 2004)
Remember el GOLEM: la verdad implica la muerte[1]: la verdad es aquello que deja al descubierto la muerte; llegar a ella es ya no poder ir a ninguna otra parte: conviene, desde nuestra temerosa fragilidad, multiplicarla con espejos y palabras: si la verdad acepta diferentes formatos, tal vez su potencia no sea demoledora (o tal vez sea como ese libro de la mitología turca: si alguien determinado día alcanza una precisa página de cierto libro a las tres de la tarde, muere). Un poco como Wilde: si el artista es el artífice de la mentira, la Verdad tiene que ser un territorio gris y seco; tengo para mí que se entiende mucho más bonito las cosas que cómo realmente son: la lectura (la subjetividad) derrama su belleza sobre lo que mira: como es frágil, necesita distraerse con figuras, como estamos solos, necesitamos historias: precisamente en los sitios ambiguos es donde nuestra individualidad puede expresarse con mayor soltura; nada – y menos uno mismo – sobrevive a la Verdad (el amor, la literatura, las artes, la filosofía, el fútbol, perecerían ante la verdad: serían como urnas vacías que ya no vibran). Por piedad, no se pretende aprehender la Verdad (sería una cacería ilusa) sino ir errando, y que cada equívoco sea una música como una caricia.
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[1] El nombre Golem, EMET, significa verdad. Sustrayéndole una letra (MET) significa muerte.
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9.1.06

néctar de las cosas furtivas


primer draft

La memoria es la observación de los viejos
Jonathan Swift

No es literatura; sino una expiación. Una pena que me impuse
Memorias del subsuelo
Dostoievski



I

El presente es efímero: veloz e irremediablemente todo se vuelve pasado – todo se cae en la memoria, petrificado y a la vez fluctuante -. Por esto, algunos dicen que el pasado es la sustancia del tiempo. Yo no lo sé, ni busco saberlo. Solamente vivo allí. En el tiempo, en el pasado. Soy un hombre antiguo; el presente es para mí un vago rumor detrás de las ventanas de la alta negrura de la casa. Me queda el recuerdo: con él me defiendo de la muerte. Es decir, la espero.
II

En un punto de mi vida – yo era, lo presiento, demasiado joven - hubo que tomar una decisión. Dos vertientes corrían y yo tenía que arriesgarme por una. Opté por no elegir, y fui arrebatado por la corriente más cercana, la de mi rutina. La otra, levísima, no era en ese momento más que una tenue insinuación: apenas si me salpicó un poco las comisuras de la máscara. Yo no podía entender, allí, en el medio de los devenires, que se trataba de una decisión capital, definitoria; que detrás de su aparente liviandad estaba imbricada la forma en que se desplegaría el resto de mi vida. No dejé a mi mujer. El hábito se me ocurría una constelación inatacable. Ví las cosas suceder, como si fuese un teatro lejano. Por temor a terminar siendo el responsable de mi vida, no me atreví a mover las cosas del lugar en que estaban.
III

Con la otra había cruzado palabras, había caminado algunas noches a su lado, había sospechado la fragancia de su piel como una hermosa lejanía. No supe ver – ni en su cuerpo frágil, ni en su mirada de verde, musgosa tristeza – el significado que su leve presencia tenía para mí. No intuí el abismo que abriría su pérdida. Vanidosamente, supuse que la vida seguiría e igualé ese momento crucial a los otros, más frívolos. Recién hoy puedo pensar que fue como un aborto. Rehuí de las cosas que nacían, justo cuando su luz tímidamente se empezaba a asomar. Ella, ¿qué tenía para mí? Nada: un manojo de ilusiones, la certeza del riesgo, de lo otro, de lo distinto, un comienzo nuevo: tal vez una magia densa que yo no hubiese sabido penetrar. Mi vida, sin embargo, ya había encallado en cómodos y placenteros rituales. Me agradaba el contacto con las cosas familiares, mis calles sabidas, los selectos bancos de plaza desde donde el mundo era un sereno espectáculo, mis bares, los días y las noches, las paredes que sostenían mi casa y mis maneras, mi mujer, mi biblioteca, el sosiego. Yo había querido que la vida no me doliese, y me dolía poco. No supe cómo dejar esas facilidades.
IV

Yo suponía que si el amor pasaba por mi vida, lo reconocería. Sería una música que me aturdiría sin remedio. O algo. Algo fuerte, algo que me fulminara. Algo que impidiera que mis máscaras continuasen, frías e inescrutables. Pero no. Tuvieron que pasar años de vivir conmigo, de repasar mis pasos, de reiterar rituales y hábitos para que lograse verlo. Tampoco lo aguardaba expectante, porque desconfiaba de que el sentimiento existiera, y atribuía su prensa a los mitos que generaban las necesidades de las almas débiles para tolerar el universo. Cuando ocurrió, sentí algo como una vaga inquietud. Nada más. Solamente pude ponerle un nombre cuando ya había pasado. Cuando era irrecuperable.
V

Es cierto, en su momento, vi las cosas suceder como si fuese un teatro lejano. Pero lo que pasaba es que yo había llegado después de que la representación comenzara, y no podía entender – sin el principio y todavía sin el final, tan inmediato a su desarrollo imprevisible – la trascendencia de las cosas que pasaban frente a mis ojos. Ni siquiera me consideré espectador, sino alguien que casualmente pasaba por ahí, y se detenía unos momentos para ver ese espectáculo antes de volver a su vida. Tomé esas escenas como conversaciones triviales que se mantienen en el ascensor, ignorando que de esos suaves movimientos pendía mi vida. Me pareció que eran cosas comunes, y me fijé en ellas solamente de modo superficial. Era como una camisa en el armario que uno deja de elegir, una calle por la que ya no se pasa.
VI
Pienso que tal vez si yo saltaba a tiempo, y rompía con el salto el molde de mi vida hacia ese goce, entonces tampoco hubiese sabido dónde estaba, qué estaba sucediendo, qué nombre tenía. La cercanía enmudece el resplandor de las cosas, las priva de su destello. La distancia, en cambio, hace soñar. No sé qué hubiese ocurrido. Esto no es más que un pensamiento. En estos lentos días de mi vejez, tengo mucho tiempo enfrente. Y tengo que llenarlo, porque sino me dolería. Y lo lleno con pensamientos. No puedo saber qué hubiese ocurrido, pero si yo hubiese arrojado a un lado mi vida para comenzar otra junto a esta muchacha, ahora no tendría el dulce y triste consuelo de soñarla.
VII

Además, ¿a dónde hubiese saltado? A esta muchacha nunca la creí posible. Era como rozar otro mundo, era con el movimiento de quien se asoma a las vidrieras de los restoranes carísimos o las fiestas de la elite solamente por curiosidad, sabiendo de antemano que permanecerán siempre inaccesibles, que yo me acercaba a ella. Ni siquiera llegué a sus labios. Si alguna vez sospeché alguna correspondencia en ella, me apresuraba a acusar a mi debilidad, a mi deseo de trastocar la realidad para poder ver lo que necesitaba. Viví esa época – brevísima – como un encantamiento, siempre a un costado de mi vida.
VIII

Hoy, en la otra orilla de mi vida, entiendo muchas de las cosas que me dijo. No es que fueran complejas, o incomprensibles. Simplemente que en su inmediatez, supuse que eran llanas, simples. Y era verdad que no ocultaban nada. Lo que yo no sabía era que, insertadas en el contexto – del que yo no supe abstraerme -, significaban mucho más. Pedían algo de mí. Algo que yo quería dar pero temía que fuese ridículo proponer. Su llanto era más que un llanto, las palabras que daba eran símbolos de una verdad que yo no supe descifrar. Son tantas las cosas que desde entonces he poseído; son tantas las que perdí. El pasado es como un gran basural donde todo cae. Nadie puede vivir allí mucho tiempo sin asfixiarse en sus pantanos. La muerte es la única novedad que me resta. Hoy es esa muchacha (ni siquiera sé si vive), mañana serán otros recuerdos. Mientras enhebro estas cosas perdidas – y compongo el catálogo de la perversión -, cobran, cada una de ellas, una gravedad intolerable, embriagadora.
IX

Claro que mis hijos dice que no debería estar aquí, que las habitaciones, cerradas y vacías, gimen cuando atravieso los pasillos. Que debería vender la casa y mudarme a un departamento pequeño, cómodo, sin pasillos tan largos y recónditos como la memoria; organizar la vida que me queda en algunos cajones. O viajar, y no pasarme los días batallando el polvo que el tiempo extiende sobre las cosas. Pero, ¿adonde puedo viajar yo? Mi país de la infancia no existe, sino mediante fábulas o fotografías antiquísimas que ya son parecidas a las fábulas. ¿Dónde habría de llegar? Todos a los que una vez conocí, se han ido. Con ellos podía hablar, por lo menos, y regresar, siquiera un rato, a la fragancia de lo que una vez fue. No es que las cosas volvieran realmente, pero, cuando contábamos las cenizas de lo que pasó, era parecido. Mis hijos no entienden que solamente quiero reposar aquí, y morir en calma, junto a mis fantasmas: esa constelación de todos mis ayeres, y sus recovecos.
X

Una vez, ya después de haberla perdido, traté de acercarme a ella. Haber pasado por un lugar, una canción, un libro y algunas coordenadas en mi relación sentimental se combinaron para forjar su imagen en mi memoria. En un acto de bravura, la llamé por teléfono y hablamos largo rato. Imprevisiblemente, le dije que necesitaba verla. Lo dije con palabras que yo no había calculado, y que no tenían nada que ver con nuestra conversación. Ella estaba en ese entonces con otro hombre, y me dijo que no, que no podía, que mejor no. Acepté su decisión y no insistí. Su negativa me pareció una suerte de medalla: si no podía verme era porque yo algo significaba – o había significado – para ella. Esa fue una de las cosas más importantes que me ocurrieron. En la vida suceden muy pocas cosas. Muchas menos que en los periódicos. Esa tenue, etérea caricia que me dio su ausencia me bastó para complacerme, y ya no la busqué.
XI

¿Pero cómo puedo saber que esa era la mujer que me hubiese salvado la vida? Es cierto que la cercanía de la muerte ilumina mi vida con una lucidez precisa, y que me es más sencillo ubicar las piezas sueltas que integran mi vida dentro de una trama que tenga sentido. Pero es una luz engañosa, que también predispone para el delirio y el misticismo. Creo que el recurso de las verdades que enuncio no es otro que el de la fábula. ¿Cómo sé que era esa la muchacha exacta? Bueno, no lo sé: miento. Con tal de que la historia cierre, miento. Es un cuento, después de todo. No tiene nada que ver con la realidad (aunque tiene sentido, y eso debería ser más importante que la realidad). Esa joven muchacha de antaño es una imagen falseable, un recipiente vacío que mi lenguaje usa para derramar innumeras nostalgias. Es un símbolo de mis derrotas, de mis cosas perdidas. Es un nombre práctico que me sirve para decir mis melancolías, y al mismo tiempo para distraerme de ellas. Hace que la trama de mi vida tenga – como un tapiz antiguo – un motivo. Es decir: me da la razón por la cual mi vida no tiene sentido.
XII

Algo había quedado pendiente entre los dos – no sé qué: algo; algo que era el sentido o que era por dónde el sentido se escapaba o se viciaba, algo importante, fundamental -, y ese asunto inconcluso iba a contaminar toda mi vida. Si lo comprendo, es a través de esta metáfora: Era como una piedra en medio del río de mi pasado: abrió un tajo en todas mis corrientes, tocó y perturbó todas mis aguas. Su presencia no era letal (diría, más bien, que era decorativa, anecdótica), pero todo el cauce la sintió. El paso de los años fue cambiando su forma, en una lenta y agria erosión – que según el día devolvía una forma siniestra, o una forma paródica -. Pero nunca llegó a disolverla. Con el correr del tiempo y del río, las partículas que se gastaban de la piedra llegaron a esparcirse por toda la vertiente, y un ligero trozo de la piedra había en cada mínimo espacio del río. Las aguas se habían enturbiado, y la corriente no tardó en estancarse. En pudrirse. Como una úlcera.
Si yo buscaba mi reflejo en el agua, encontraba la conciencia que me condenaba, si yo lavaba cualquiera de mis cosas en sus orillas, las viciaba.
XIII

Paso el tiempo de mi vejez escribiendo. Antes, vivía. Ahora no tengo remedio salvo hacer de mí un escritor de ficciones. Trabajo para el olvido. Quiero perder cada uno de mis ayeres, salvo algún detalle oportuno que principie un relato, o que sirva de material para labrar algunos rasgos circunstanciales.
XIV

He sido feliz. Tuve horas aciagas y desplobladas, y las tuve amenas y cálidas. Disfruté de la compañía de algunas personas, y también estuve malacompañado. Me sentí dichoso de poder explayarme en la soledad – de la que conozco también su helada dentadura -. A veces me pareció que mi vida tenía la muerte de los días pasados en el hospital, o en la cárcel. Otras veces, me dejé llenar por la plácida luz de los días, que me hermanó con el mundo. El sabor del tabaco, algunos discos de jazz y la literatura me aliviaron cuando el peso de los años fue oscuro. Las penurias económicas me fueron ajenas; pude abastecer a mi hijos (dos varones, una mujer) y permitirles una vida plena. Me quedé con la mujer que se quedó conmigo, y pasamos muchas tardes cerca, dentro del mismo silencio. La amé apaciblemente, y odié haberla traicionado. Mi cansancio terminó por parecerse a la felicidad. La quietud de mi vida anclada se me confundía con la plácida calma. Morí como se muere, antes que mi cuerpo.
XV

Como cualquier otro, perdí algunas cosas. Como ésta muchacha, por ejemplo. Fue mi manera de vivir. Todas las cosas eran imposibles de asir. Cualquier elección requiere negar infinitas elecciones, infinitos mundos. Uno de ellos fue mi vida con esta muchacha: aproveché todos los obstáculos que me dividían de ella para perderla. Rehusé esa aventura a cambio de mi vida. Lo que es decir: rehusé esa aventura a cambio de soñarla.
XVI

Puedo, en el formato de sentencias verbales, combinar muchas sílabas para justificarme. Por ejemplo, puedo decir: la verdadera belleza es intolerable; si no nos ciega bruscamente, sólo nos será posible mancillarla, o perderla.
Pero no me hago ilusiones. Sé que son frases, y nada más.
XVII

Las cosas me pasaron rápido, y no supe tener conciencia de que estaba viviendo mientras vivía. Cuando elegí, no supe lo que la elección implicaba. Sin embargo, no me arrepiento de no haber detenido a esa muchacha. Lo que sí me pesa es la traición que no haberla detenido significó hacia mi esposa. Pensar hoy en esa muchacha, pensarla todavía, falsearla de mil modos con mi imaginación ha sido la peor de las infidelidades, la más deleznable de las infamias. Desde luego, nunca le dije nada. Por no herirla, me condené a cargar esa cruz solitariamente. Si ella hubiese sabido de mi dolencia y mi soñar, me hubiese arrojado a los brazos de la otra (es decir, la hubiese matado). Si ella hubiese sabido, hubiese cambiado todo por ser – para mí, o para cualquier otro hombre – esa muchacha furtiva, ese fantasma infinito.
XVIII

Otro pensamiento para llenar las horas, por ejemplo, es este. Las partes más trascendentes en la trama de una vida son silenciosas. Si la vida es un relato, es un relato para otro. Es el contexto (el mundo, la época, los otros) el que genera una idea interpretante, el que labra un código para leer (o traducir) el texto de una vida. Este texto se transforma con el tiempo, va cambiando de significados y su legibilidad no depende de sí. Si es susceptible de mil lecturas, es porque la sumatoria objetiva de los hechos que componen una vida equivale a cero. La vejez – puedo afirmarlo – no es natural. Mediante el vano artificio de la longevidad, un hombre ingresa en territorios que no le pertenecen: incapaz de vivir, y sin muerte que lo libere, puede darse a la perversión de interpretar su propia vida, a intentar comprenderla. No comprenderá nada – porque no tiene los elementos suficientes, y su miopía humana no le permite vislumbrar más que una parcialidad ínfima – pero sí hará muchos relatos, con los que esperará la muerte. Entregarse a estos ejercicios, por supuesto, implica no vivir. Si yo viviese, no tendía tiempo para estudiar mi vida, ni tendría la distancia necesaria como para cuadrarla bajo la ilusión de un sentido.
XIX

Cuando yo vivía, las cosas ocurrían. Ahora urdo, en la hondísima tarde, los hilos entre los sucesos para intentar descubrir la historia que los reúne. Como no la encuentro, fabrico muchas. Si hago esto es porque necesito que algo tenga sentido. Y el único sentido que encuentro es que no hay sentido porque lo perdí con esa muchacha. En aquella muchacha, en haber callado mi deseo, se fue la oportunidad de darle sentido a los dispersos momentos que fue mi vida.
XX

Cuando empecé – yo tendría unos treinta años – a reunir palabras en ficciones, ensayé una obra de teatro, de escaso éxito en su momento (en aquellos días el éxito no podía ser sino financiero) pero nada desafortunada para el juicio de la crítica. Se llamaba Ruidosas Cenizas; referiré su argumento:
Un anciano que vive aislado en una torre de marfil atestada de libros y manuscritos hace mover, en un escenario repentino, a su pasado, que tiene la forma de una mujer que, cuando era joven, se le perdió. El anciano mueve la marioneta de la mujer, la adiestra y le da un libreto para que represente con exactitud el museo de su memoria. Pero esa mujer se le corre, se le mueve del lugar, lo traiciona. El no busca conversar con este fantasma – hecho de literaturas y muy poco dócil -, ni decirle las cosas que no supo decir a tiempo. Hay un tercer personaje, que es el anciano, pero joven (podemos pensar que se trata de la parodia del anciano, pero es exactamente al revés). El anciano no quiere participar, si no ver la escena en la que esos dos fantasmas que el dispuso incesantemente se desencuentran. Lo que el viejo quiere es comprender: remover y escarbar la ceniza de sus ayeres hasta poder comprender su significado. Muy tarde comprendí que ese anciano era yo (que ese anciano iba a ser yo). Nunca lo sospeché cuando escribí la obra, ni durante sus representaciones: creí haber logrado una ficción genuina. Hoy, sé que tal cosa no existe: todo lo que persiste – lo que no es fugaz, lo que se sale de su espacio – traiciona. Y el escenario – y el texto, que es también un escenario – es un lugar de venganza. Lo único que yo había hecho era una metáfora de la tiniebla de mi ciénaga. La obra terminaba con la mujer que se había escurrido otra vez, y el anciano y el otro hombre conversando, en la ausencia que ella dejaba, sobre ella. Esa escena – el diálogo entre el anciano y su fantasma – me pareció el ápice de la soledad. Esta tarde, se me ocurre que escribir este texto no es demasiado diferente.
- epílogo-

Creo que es una gran historia de amor. Es una lástima que solamente uno de los dos pudo vivirla. Pero está bien que así sea: el amor es la cosa más solitaria del mundo.

___________________
*

7.1.06

uff

Finalmente, desde las entrañas mismas del insoportable calor porteño, ha surgido un nuevo cuento. Quedará publicado aquí - como cosa que se deposita en un basural - dentro de unos días. Después de largos días de poder escribir apenas fragmentos sueltos, frases dispersas e ideas desordenadas, ha sucedido un relato. Para mi desdén, se trata de otra historia de amor. Yo detesto escribir historias de amor, pero lamentablemente, eso es lo que ha salido, lo que pude capturar. Para decepcionar aun más al lector, será largo. Mucho más largo que la paciencia furtiva del internauta. Y tampoco se ubica entre los ejercicios más logrados que contiene este cuaderno. Pero en fin. Como decía Quevedo, Dios te libre, lector, de prólogos largos.

4.1.06

apuntes sobre el lenguaje
apuntes sobre la muerte


Si alguna vez llego a tener verdadera confianza en lo que escribo, no volveré al papel. Ya no lo necesitaría: sería como hacer de la voz que hallé (en mí: que logré, que trabajé) una artesanía. Buscaré los vidrios empañados, o escribiré en la arena lo que tenga que escribir.


*

Todo lo que dura es vanidad. Y siempre, en algún momento, se vuelve falso. La palabra no merece extenderse más allá del instante en que tiene sentido. Su fugacidad es preciosa: la salva de envilecerse, de pudrirse, de falsearse. En el momento en que la vibración del sonido de la palabra se agota, la palabra ya no existe. Y la verdad, ya no es posible. Y si existe es como cadáver, y si hay alguna verdad, es la verdad del otro. La tratarán justamente como a un cadáver: la abrirán, la escrutarán, la indagarán, la cortarán, etc para intentar penetrarla. Pero si logran que diga algo, será algo sobre un muerto. O sobre todos los hombres.


*

Toda palabra escrita es de otro. Sobre todo, si la escribí yo (cualquier yo).


*


Toda palabra escrita es la palabra de un muerto. Aun cuando sea propia. La palabra que queda puede ser apenas el rastro, o el despojo, de algo que ha muerto.


*

Un hombre está en una celda - es una obra de teatro -, los muros que lo contienen estás llenos de palabras, de frases escritas con las uñas de otros prisioneros ya muertos. ël, en cambio, escribe sobre un vidrio que se empaña (porque una de las paredes es de espejo - del otro lado lo observan, lo estudian - o porque tiene un espejo en la habitación, no lo recuerdo, no importa) y dice, cuando una mujer, desde otra celda le pregunta por qué se atarea con una empresa tan inútil:

"Yo escribo palabras efímeras contra las palabras del muro. Mis palabras nacen cuando las necesito, brillan su instante y luego tiemblan, se deshacen. Quedan dichas, pero pierden su cuerpo: no entregan su carne a los gusanos. Si quedaran por aquí, terminarían por asfixiarme. Me atacarían por las noches, harían cada vez más pequeña esta celda. Serían, como las otras, palabras muertas, camafeos de un latido que expiró."

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Esto no significa que la palabre acabe. A pesar de su fragilidad, es inagotable. Pero su marca nunca está en la escritura, ni en la letra que la cierra: la letra es el cuerpo muerto de la palabra. Sus marcas son etéreas: vuelan, se le clavan al que las escucha o las lee. Pero no a todos, ni de la misma manera a uno que a otro. Alguien dice llueve. Uno recordará una tarde de su infancia, en su cuarto con su abuelo, jugando con un dominó; otro las cosas que no podrá hacer en sus 7 días de veraneo si el clima no ayuda; otro apenas escuchará un sonido; otro comparará el clima con su propio ser, o la manera en que se le escabullen las cosas; otro que nuevamente los meteorólogos lo han embaucado; y así, infinitamente. Del viaje de la palabra no sabemos nada. Ni donde concluye, ni hacia donde puede desplegarse.

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Una muchacha poco avisada me interrumpe con la cara ilumianda, como si efectivamente hubiesemos estado hablando de la misma cosa. Me pregunta: ¿eso es un cita, no?

Claro. El lenguaje es un sistema de citas.

(para decir esto estoy citando a Borges)

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El lenguaje es un sistema de citas, de palabras de otros, donde el poeta lucha por decir algo propio, por alcanzar una voz suya y nueva que hilvane esas palabras muertas en una nueva cadencia. Generalmente pierde. Y si consigue algo, pronto la muerte le sube desde el mundo hasta la garganta, y lo regresa.

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El lenguaje es el sistema de la muerte.

Mi voz ya no sabe cómo luchar. Entonces, escribo estas cosas.


1.1.06

Inmensidad del mundo que tengo en la cabeza... antes estallar mil veces que reprimirlo o sepultarlo en mí; pues por este motivo estoy aquí, no tengo la menor duda.

del diario de Kafka