11.6.10

end times

"Por favor no me corten para saber cómo morí
Yo voy a decirles cómo morí

Cien Lofepramine, cuarenta y cinco Zopiclone, 25 Temazepam, y veinte Melleril

Todo lo que tenía."



fragmento de 4.18 Psicosis
de Sarah Kane

8.6.10

estética

Postergar indefinidamente la cognición del objeto, enredar los hilos que conducen al origen, pactar con el extravío, la disolución y la ilusión la cercanía de cada sombra que entrevimos detrás de los velos que nunca escondieron nada, pero fueron solidarios con el sueño: ese es el destino silente que yace en todo: el culto a las apariencias diferidas.

Cabe sufrirlo, o hacer de él una estética.

2.6.10

inwards

 una lábil transparencia nihilizante

0
desvío
Despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir.
Sentarme en la cama para tratar de escribirlo e ir notando, mientras las palabras no aparecen, que lo pensable de ese sueño era muy poco y el resto (allí donde puedo hacer pie) se desmorona.

1
la ficción penitente
Es una dolencia a la que me he acostumbrado. Cada vez que quiero relatar algo que he visto o me ha pasado, me saltan a la cara abismos, grietas (gaps), vacíos entre las secuencias del evento que no puedo suplir salvo falsificando sucesos y detalles circunstanciales. Pronto, la cosa que quiero decir, en el mismo gesto de decirla, se me vuelve ficción. Si yo tratara de sostener una lealtad estricta a “lo que realmente pasó” estaría condenado al balbuceo, a la errancia, al soliloquio ininteligible. Suelo pensar que quien produce ficción no es ya alguien en posesión de un don, o de una vocación: no es algo que pueda decirse: es la constancia del fracaso permanente de reponer lo real.

2
reincidencia
Trato - con mucho esfuerzo- de registrar algo. Me entristece (y fascina) el hecho de que al despertar el sueño me parecía absolutamente comunicable, pero en el momento en que quise explicármelo (cuando me pregunté: ¿qué fue lo que pasó?) salieron a mi encuentro lagunas que no pude resolver, y mucho más de la mitad del sueño se me hizo irrecuperable. La otra mitad (o algo menos) se volvió elusiva, pantanosa, entrevista a través de nieblas y densas ramas de árboles de un bosque nocturo e irresoluble..

3
detalles verosimilizantes
Me siento en la cama. No prendo la luz. Jésica duerme y no quiero despertarla otra vez, como en el sueño. Modigliani, cuando ve que me despierto, se acerca y se viene a acostar sobre mis piernas. Permanece allí casi todo el tiempo que dura la escritura de este texto. Hasta que estornudo, y se va. Lo oigo dar un leve maullido desde el pasillo. En algún punto de la escritura, vuelve.
Entonces. Me siento en la cama. Y escribo: despertar otra vez a mitad de la noche después un sueño extraño para ya no poder dormir. Escribo: otra vez un sueño dentro de otro. Sueño una cosa, y despierto falsamente a otro sueño (que ya no considero sueño sino territorio despierto). Y lo más terrible del caso es que en este segundo sueño tengo plena conciencia del sueño anterior. A ver. Algo así.

4
algo así
El primer sueño es de orden fantástico. Por desgracia, la mayor parte la he olvidado. Solo resta su sensación. Buena parte de lo que más o menos recuerdo ya no es lexicable. Tenía sentido en la sucesión de imágenes. Pero en su recuperación es incoherente. No sé cómo comienza. Sé que es la casa de mis abuelos. Desde luego, es y no es la casa de mis abuelos (es más grande, mis abuelos no están, hay otra gente, yo no soy yo, etc.) Hay niños jugando en el jardín - que es rectangular y muy alargado, con forma de boulevard, con dos largos pasillos. Ha atardecido y la puerta ya no se distingue. No sé cómo contar lo que ocurre porque no lo comprendo. Se ha recibido un texto o un enunciado que alarma a todos y sin embargo nadie entiende. Lo piensan, lo discuten pero

5
el enigma
no logran descifrarlo. Hay bastante gente, tal vez 10 personas aparte de los chicos. Tiene algo que ver con los libros.
Precisamente con el lugar donde están ubicados los números de las páginas. Hay algo que preocupa a todos de este enunciado (que no recuerdo y que no sé si supe) y si bien guardan un cierto temor terminan decidiendo que es un balbuceo que no pueden penetrar, probablemente algo escrito por un loco que no tiene ningún sentido, y lo dejan estar.

6
plot
La escena progresa, se come algo, se habla de cosas. Ningún sobresalto. Los niños, que habían sido llamados a la casa hasta que se resolviese el enigma, insisten con que los dejen salir a jugar. Salimos todos al jardín y los niños corren. Vamos a jugar a las escondidas, dice alguien. El clima es modestamente festivo. Pronto ya no se distingue ningún niño. El personaje que encarna el Yo del sueño (desde el que mayormente veo las escenas transcurrir) sonríe tontamente desde la puerta de la casa, tal vez divertido. Luego, - súbitamente – comprende. El acto de comprender es en él como si le golpeasen con un palo en la cabeza. Y su cara se desfigura de horror. Comprende mucho más que yo, que no termino de hacer visible lo que ha pasado. El comprende que era obvio, que cómo no se dieron cuenta antes, que el diablo vive en los números (no en todos: solo en ciertas figuras: ¿cuáles?) de las páginas de los libros. Yo no sé qué significa esto, pero en el sueño este personaje comprende, transfigurado por el pánico, que eso implica que el diablo se está llevando a todos los que en ese momento se detengan en un espacio oscuro. Parece que va a decir algo, pero siente que es demasiado tarde. El silencio que queda es un silencio sin niños.

7
la mismidad de lo otro
Y me despierto. A otro sueño. Quisiera ser enfático con esto porque se trata de un asunto que me ha pasado ya muchas veces y nunca ha dejado de preocuparme. En este otro sueño soy yo (y es mi cama, mi ropa tirada a un costado, casi los mismos muebles, etc). Y estoy despertando del sueño anterior. Estoy en la cama, Jésica duerme. Es una versión de mi habitación. Trato de no despertarla pero estoy inquieto. El sueño anterior me ha dejado atemorizado (como si realmente lo hubiese comprendido). Tratando de no abrir aun los ojos, avanzo tentativa y lentamente, en la reconstrucción de lo soñado. Percibo que puedo hablar sobre el sueño, pero cuando quiero nombrarlo, o necesito recurrir a cosas que ocurrieron dentro del sueño, ya no las encuentro.

8
la palabra y el devenir eco
Este Yo del segundo sueño sabe que ha soñado con un relato suyo. El ha escrito ese sueño a modo de cuento, y parece ser que ese cuento sé ha vengado regresando como pesadilla. Sin embargo, hay algunas diferencias. El sueño ha perfeccionado el relato. Algo que parecía arbitrario en el relato, en el sueño resulta armonioso y perfecto. Y este otro Debret, obsesivo, se dice a sí mismo: tengo que registrar ese sueño antes de que lo pierda; lo importante es el relato: tengo que recoger y saber usar esta información, no importa de donde haya venido.

9
escribir naufragar despertar
Y Debret se sienta sobre su cama, toma una libreta y escribe. Y parece entender lo que escribe. Toma notas, casi compulsivamente. Y a medida que avanza, empieza a tener miedo. Lo veo: se queda quieto, se muerde el labio inferior, niega con la cabeza, o simplemente mira la nada, suspira. Yo quedo un poco afuera de esto. No sé bien qué pasa pero Debret ya no puede seguir escribiendo. Deja la libreta, y abraza a Jésica. Trata de refugiarse en el calor de su cuerpo dormido. Pero el miedo se le vuelve una suerte de sufrimiento físico, y da vueltas en la cama y balbucea sin sentido. Jésica se despierta. Le pregunta qué le pasa. Y Debret quiere explicarle pero no sabe cómo. Casi iba a tratar, pero no confía en las personas como en las libretas y se calla. Las cosas se ponen difusas: el sueño trastabilla y empieza a revelar su condición de sueño, abandonando de una vez su inusual verosimilitud. Debret se levanta, busca su iPhone y cuando lo encuentra esta mojado. Todavía funciona, pero le echa la culpa a Jésica. Discuten. Modigliani se refugia debajo de la cama. Ella se ofende y sale de la habitación. Debret la sigue. Entra a una habitación muy grande, llena de camas. Más de 20 camas. Una de las paredes es de vidrio y da a una avenida. Jésica está ahí, lo está esperando con una sierra eléctrica en las manos, y Mario Barakus entra en la escena y le quiere explicar cuál es la mejor manera de untar tostadas. Pasan cosas que no recuerdo, la narración se derrapa, inconsistente, y despierto.

10
fetch
Esta vez, despierto a este lugar. Cuán verdadero será no puedo saberlo. Prefiero evitar la trillada inquietud de los soñadores soñados. Pero es el mismo lugar desde donde escribo este texto: mi vida. Al principio estoy oprimido por el horror del primer sueño. Me digo para mí que tengo que tomar notas para corregir mi relato. Pero cuando trato de pensar en el sueño noto que no tengo idea qué significa. El “todo” del sueño es una mera sensación, y las partes que me quedan a mano son poquísimas, y arcanas. Siento pena, como siempre que extravío una trama, y noto que tampoco escribí un relato ni remotamente vinculado al primer sueño. Ahí caigo en cuenta de que es el segundo sueño el verdaderamente perturbador. Donde mis cosas estaban duplicadas y vivía una versión mía. El solo hecho de que un sueño mío sueñe algo, despierte y logre hacer un relato de lo soñado (tenga conciencia y memoria de su sueño - y encima lo comprenda mejor que yo-) es algo que me espanta (me induce a sospechar un carácter fatalmente relativo en la vigilia, y con esto la gratuidad de cada cosa, la dádiva del azar que es cada segundo).

11
an ode to the dream shaper
Claro que sería ilícito que justo yo me ponga a renegar de los sueños. Debo buena parte de mis relatos a tramas que se principiaron en ese espacio onírico. Tal vez fui mezquino y abusé de ese puente, y traje demasiadas cosas de ese otro lado, y en uno de esos trayectos algo mío se cayó, y quedó allá, y su nostalgia de este lado con el tiempo se hizo sueño, y soñó, para consolarse, con todo lo que había aquí creando espejismos y duplicaciones aproximadas de todo, hasta de mí mismo. No lo sé. No sé nada. Me parecería insensato que no existiese una sanción severa para aquel que hace visible lo que ve en el territorio onírico. Se trata de algo tan poco noble como el comercio con los muertos. Temo incluso que los objetos de la casa sean cosas largamente dormidas, que en cualquier momento pueden despertar. Y recuerdo a las estatuas, y siento su petrificación como un longevo sueño donde traman la venganza. He sido arrastrado hasta la paranoia de las cosas quietas.

12
habría que haber terminado este relato antes
Jésica duerme, inmune a mi sueño. Todo lo que ese sueño movió en mí, todo lo que desesperó ha pasado sin que ella sintiese siquiera el más leve roce de las imágenes que visité. Me pregunto - detenido un instante mientras busco las pantuflas de bugs bunny que Modigliani siempre lleva debajo de la cama - si también ella será el sueño de alguien. ¿Alguien estará soñando con algo bellísimo que duerme para que yo, creyendo que vivo, me detenga a contemplar semejante acontecimiento estético en mi cama? ¿Un cuerpo que sueña, no es un cuerpo deshabitado? Divagues de un diletante insomne. Es hora de tomar café.

13
a veces divagar encalla en el principio de una forma estética (como un cuento), 
y a veces, no
Pero lo que no logro superar del todo es la nostalgia de ese cuento que el otro Debret escribió y que yo ignoraré siempre. Arriesgaría lo que tengo por volver y aunque sea lograr espiar un poco la libreta del otro. Pero tendría que matarlo primero. No sería difícil, porque lo conozco y sé sus maneras y sus vicios. El problema es dónde esconder el cuerpo. Claro que si alguien lo encontrara no sería tan grave. A lo sumo, podrían acusarme de suicidio. Quién sabe qué cadena de eventos desencadenaría eso. ¿Existe un tribunal onírico? ¿El otro Debret habrá soñado alguna vez conmigo?¿Fue simplemente un episodio de mi interioridad, o habita ese otro lado y también planea mi asesinato? Me pongo la bata, voy a la cocina, pongo la pava en el fuego y trato de imaginar las palabras del cuento. Todavía no son las cinco.


fin


26.5.10

luto



Ha terminado Lost para siempre. No sé si llegaré alguna vez a reponerme. Resulta absurdo vislumbrar un sustituto a la dicha de haber convivido entre sus delicadas incertidumbres - una leve esperanza depositada en Fringe -. Por lo pronto, solo me queda el balbuceo (y la silenciosa fascinación de su reciente final). El enigma ha sido custodiado dignamente hasta sus últimas consecuencias. Ha sido bellísimo, ha enriquecido las maneras de soñar. Lo extrañaré con la nostalgia que se guarda por las épocas dichosas que vivimos en la imaginación. Siento su pérdida como algo que se me ha arrancado del pecho. No daré aun palabras a mi tristeza; el llanto es mío. 
Entonces: palabras ajenas:

"¿Qué habremos de ver, después de Histoire(s) du cinéma y de Lost? ¿Sobre qué conversaremos en las fiestas? ¿Dónde habremos de buscar las preguntas que importan en relación con nuestro propio presente?"
(Daniel Link: Lost, novela beckettiana - radar)

20.5.10

3.5.10

umbral

I
Las cosas que temes en la noche son el ocultamiento de la noche.
Los ruiditos, los crujidos, la posibilidad de que alguien entre, de que alguien venza la cerradura, la posibilidad de un monstruo en el placard, o de que las sombras de vuelvan carne, o que la palabra de un muerto nos llame, o que las canillas viertan sangre, o que en la transparencia suave de la penumbra se distinga una mujer de blanco, flotando , o que ropa tirada sobre la cómoda cobre vida y ansíe venganza, o los pasos que se oyen en el piso de arriba, o que el viento cifre un mensaje mortal, o que el televisor se encienda de repente y de la luminosidad azul del interferencia alguien se aproxime, o algo agazapado en el balcón aguarda que apagues la luz, o que un insecto de infinita paciencia viva en tu almohada y te beba lentamente, o que el espejo se desincronice y no devuelva tus gestos, o que tu pareja, enajenada y en trance en mitad de la noche te apuñale, o que debajo de tu cama, acurrucado, alguien espera que entres en el sueño, o que etc.

II
Todo eso oculta, traspapela la noche. Encuentra algunas de esas cosas quien no quiere ver la noche. Quien no se atreve a la noche. Su vacío, su escenario próximo al sacrificio. Su espejo esencial. Artilugios de evasión de algo tan atroz e insonsable como la noche. Hemos necesitado dar un cuerpo, un nombre al malestar profundo de la noche, para exorcisar o redimir bajo la sentencia de una apariencia a una voracidad interior insaciable. Hay algo en la noche que es la noche. Un vacío, una soledad perfectas. Un silencio al que acude pronto la desesperación. Una confrontación con el cadáver de sí mismo, con los hilos de la marioneta, con el sin sentido de cada instante. La civilización no duerme de noche sino para evitar la noche. Los poetas coquetean con ella, siempre con un pie afuera, y prestan un oído a la noche y el otro lo colman de palabras. Vulgarizan el abismo de la noche hablando de la noche. La noche es inasible, inenarrable. La noche es un naufragio calladísimo. Pero esto ya no es la noche, sino la sensación de las palabras, las imágenes que quieren soñar la significancia elusiva de la noche. Pero la imagen es la presencia de una lejanía, y es en el influjo de esa lejanía donde la noche dirime su imperio.


III
La eternidad tiene el denso sabor oscuro de la noche. No es tanto la hora, ni la penumbra, ni la calma. Hay algo primitivo y terrible en la noche. Hay un llamamiento. Un sutil canto sirenaico entre el ruido del ascensor y el motor de un auto que pasa, o los pasos tenues de un gato atravesando la calle. La noche postula su pregunta: ¿venís? ¿querés ser uno con la eternidad? Y nosotros ponemos más alto el volúmen de la tv y tratamos de no atender, de no sentirnos interpelados. Hacemos de cuenta que no oímos bien, que la noche apenas si ha balbuceado algo o sustituimos esa llamada con los ruiditos, los crujidos nocturnos, y nos distraemos. Decimos que no con nuestro mirar para otro lado y nos hacemos los tontos porque la angustia de tomar en serio esa pregunta nos desasosiega. Y cometemos la vida en ese hacer de cuenta que no puede ser en serio, y como nunca nos tomamos el trabajo de arroparnos con la noche, de asimilar, de recibir la experiencia de la noche, no escuchamos del todo bien la pregunta – para nosotros son ruidos en el living, pasos en el piso de arriba, silencio que debemos confrontar -, y no sabemos entonces bien de qué manera terminamos pasando del no al sí.

noche

22.4.10

nota al margen del cuaderno

El sujeto que habla no es tanto responsable de su discurso como lo es la inexistencia en cuyo vacío se prolonga sin descanso el derramamieto indefinido del lenguaje.

El pensamiento del afuera
Foucault

13.4.10

bit

Fui el sábado a cenar y terminé en el patio de comidas de un shopping. Mientras buscábamos un lugar donde sentarnos, en la degradante pose de acarrear una bandeja para todos lados (sin duda una de las situaciones más humillantes de la posmodernidad) el engendro químico que sustituye al alimento se enfría, y regresa a su forma de pasta pestilente: en los patios de comida al comida sostiene su apariencia de comida solo en tanto esté calientes; luego, participa de lo fétido y de lo rumiante. Y, ahí, mirando las personas de ese recinto, tuve una revelación: es peculiar como en el centro de una sociedad que posterga, olvida, niega, excluye a sus ancianos fue necesario un patio de comidas de un shopping para darles otra vez sentido y utilidad, para devolverlos al mundo de la acción, para encastrarlos nuevamente en el engranaje social. Ahí estaban, cada abuelo solo y senil sentado en una mesa de 5 sillas vacías, custodiando los lugares de la familia que había ido a comprar la cena. Finalmente, después de un largo letargo orbitando en la superfluidad, los ancianos volvían a servir para algo.

8.4.10

teatro en FILO


Esta semana inician los talleres de teatro gratuitos en la Facultad de Filosofía y Letras. Como esta noticia ha convocado a tantas personas (más de 90 inscriptos en casi dos semanas), a los seis grupos de teatro (uno de los cuales - el de los sábados a las 16.30 - a mi cargo) se le suma un séptimo grupo a cargo de Cecilia Mantovani, los miércoles a las 18.30.

Esto implica 15 vacantes más para quienes gusten de participar de este nuevo acontecimiento. No es necesario tener ningún tipo de experiencia. Quienes estén interesados escribir a besugodefelpa@gmail.com

El grupo de teatro independiente de Filosofía (GITFyL) es este: http://www.facebook.com/group.php?gid=106488156045454

Allí pueden unirse, preguntar lo que deseen, disipar dudas, proponer ideas, amenazar a quienes les parezca oportuno y hacer declaraciones absurdas con la simpática finalidad de confundir al prójimo.

Pido disculpas a quienes han querido anotarse a mi grupo. De momento tenemos lista de espera, pero contamos con poder abrir nuevos grupos a partir de mayo. Si alguien tiene un deseo abrumador, impostergable y violento por ingresar a este grupo específico, bien puede presentar su caso al mail brindado.

muchas gracias
y esperamos que este proyecto sea intenso e interesante para todos.

Debret Viana


30.3.10

trama

Escribir: inclinarse sobre la hoja, arquear la espalda, cavilar la palabra, verter la tinta hasta lograr una forma pronunciable- Escribir, así: como un faro. Estéril, moribundo de día, solo de noche ilumina, desde la inútil altura solitaria. Gira desde la alta penumbra: hay un instante de luz para todos los puntos del horizonte. Quienes lo ven, más o menos náufragos de la marea que los lleva (a veces peleando contra ella, otras sumisos a su influjo) sueñan un camino en el brevísimo haz de luz que comparten. Sueñan una voz que les habla a ellos, un contacto que los distrae del rumor abrasivo del mar, y hace que la muerte los olvide el tiempo - tan fugitivo - que dura la ilusión. Nada comparten, nada es compartible: la  luz del faro no busca dar con nadie, no busca decirle nada a nadie, no quiere nada: solo necesita expulsar la luz intolerable que lo ciega. Quien lo ve, debe prevenirse: no se trata de un destino: Puede navegarse en dirección hacia esa luz durante, décadas, vanamente. Quien se acerca, se pierde; quien llega, es cegado por la voracidad de la luz; se trata apenas de un desvío que hace tolerable al destino. Es indispensable educarse en la paciencia: la luz es una senda evanescente, que corta con su hálito la espesura del imperio de la noche, harto de ajenidad y desasosiego

*

El escritor sabe, sin embargo, que lo importante no es esa breve luz sino el otro tiempo, el tiempo suyo, el tiempo de oscuridad: allí mora y allí labra la palabra. Es con tiniebla con lo que se  hilvana la voz de la palabra. Quien escribe debe adentrarse en un teatro de sombras chinas proyectado sobre los muros insomnes de la noche: las figuras, imprecisables, son una cuestión de fe; lo inhallable, debe ser soñado - y así ser llevado al umbral de la existencia - o permanecer inexistente y nulo.Toda esa negrura es vital para poder parir un instante de luz.

19.3.10

....

El titulo del libro no sale. La editorial me apura. Yo recuerdo a Fernando Pessoa:
tengo un nombre entre los que tardan (y ese nombre es sombra; como todo).

12.3.10

soñé


soñé con la premisa de los zombies de Zizek; soñé:
Que los alienígenas habían calculado un plan -minucioso y desmesurado- para conquistar la tierra. Cualquier atisbo de confrontación o combate les resultaba una noción barbara y deleznable: todo sería silencioso. Sus avanzadas tecnologías les permitían vestir la apariencia humana. Así, uno por uno estudiaron las maneras y los detalles de cada persona y cuando ya se habían educado en el último y más leve gesto, lo sustituían por uno de los suyos- que seguía viviendo del mismo modo que el abducido: - nadie podía notar la más mínima diferencia- hasta que desde los generales fuese dada la señal y los alienígenas revelasen su verdadero rostro y tomasen la tierra. Se instalaron bases de estudio y sustitución por todo el mundo, bajo la fachada de supermercados chinos, farmacitys, starbucks, tiendas nike, etc. Cualquier local podía ser un centro de operaciones alienígenas. Por cuestiones de seguridad, todos los centros respondían sólo a la nave madre, e ignoraban la locación de las demás bases terrestres. Así, uno a uno, muy lentamente fueron reemplazando a la raza humana y perpetuando sus mismos exactos procedimientos. Pasó el tiempo, y algo ocurrió con los alienígenas superiores. O fueron emboscados y destruidos por otra civilizacción o simplemente se desinteresaron por la posesión del planeta (cada día les parecía más un territorio fundido) y sigueron su ruta por el espacio. Quedaron en la tierra, ignorantes de que el plan había sido cancelado, millones y millones de alienígenas como células dormidas, cada uno pretendiendo ser humano y sin saber quién otro era un alienígena. Consiguieron trabajos, formaron familias, tuvieron hijos que creen que son humanos. Olvidados por sus pares, que navegan el universo en busca de un motín más deleitable, esperan el momento en que llegue la señal y puedan sacarse la máscara y tomar el poder. Mientras tanto fingen las emociones humanas, asisten a partidos de fútbol que no comprenden, tienen citas, van al cine, pagan impuestos. No saben que el último humano murió hace décadas y están solos en el planeta haciendo la triste pantomima de la vida, como una absurda parodia inútil sin nadie que la contemple.

10.3.10

seduisance


Todo lo que es atractivo, lo que desearíamos ver (tocar, alcanzar) es algo en lo que se fundó un misterio.
No importa si es una novela o una mujer. Una trama política o el comportamiento de los astros. No tiene nada que ver con la belleza: es la intriga del enigma la que nos llama (y nosotros, como zombies sin nostalgia seguimos ese llamado como el canto de una sirena; ¿qué otra cosa podríamos hacer?).

23.2.10

unnamed, undone

"(...)siempre hay ropa debajo de la ropa y si toco por azar algo parecido a la piel - un poco más áspero y más irónico que la piel, pero casi - es ya una mueca aprendida del diccionario de la civilización. el ansia infantil y melancólica de desnudarme por fin de la cultura, y ser algo o estar en una posición en la que cada parte de lo que soy, lo que miro, lo que hago, no tenga un nombre ni una etiqueta, ni esté pronto a ser embalado por el museo de antiguedades que la vida pasó a ser. "


Es noche - un determinado momento del tiempo al que suelo referir con un número -, y llueve. Y yo viajo a través de la lluvia en un rectángulo con ruedas sobre el suelo asfaltado (liso, profiláctico, sanado de sus imperfecciones) debajo del cual estuvo una vez el planeta. Me dejaron subir a cambio de un símbolo, inscripto de algún modo en metales redondos.

Vivir es rarísimo.

6.2.10

estética

pedro y el lobo

I
Todos conocen la historia. Pero lo que se ha escapado en la cristalización irreflexiva de la tradición fue que la enseñanza moral era estéril y que sin embargo, lo que se escondía allí era en verdad una lección literaria. 

II
Pedro tiene que contar y cuidar a los ovejas, para que no les pase nada. No es una tarea amena ni provista de muchas aventuras. Como tiene que contarlas, es probable que le de un poco de sueño también. Se aburre y no sabe qué hacer para matar el tiempo. Se le ocurre - convengamos que Pedro no es una persona muy creativa: por algo lo mandaron a cuidar ovejas - gritar: "Lobo, lobo". Vienen los aldeanos al trote y le preguntan: "¿Dónde, dónde está el lobo?" y Pedro, un poco pavote y tratando de disimular entrecortadamente la risa les responde "No, no hay ningún lobo". Los aldeanos se van, no sin mirarlo con un tanto de bronca. Al día siguiente, Pedro, aburrido y sin saber qué hacer, recuerda que lo del lobo funcionó, y fue muy divertido hacer venir corriendo a los aldeanos completamente en vano. Entonces, grita otra vez: "Lobo, lobo". Y los aldeanos de nuevo vienen al trote, y le preguntan a Pedro: "¿Dónde, dónde está el lobo?" y él les responde "No, no hay ningún lobo". Y los aldeanos, molestos, se vuelven a sus tareas, dedicandole esta vez a Pedro una serie de gestos obscenos. El tercer día, surge un lobo del bosque contiguo y Pedro, al verlo, grita nuevamente "Lobo, lobo" pero nadie viene a ayudarlo y el lobo (que probablemente ya sabía todo esto) se devora a todas las ovejas.

III
Ahora, lo que esta historia pretende dejarnos, según la tradición más vetusta, es que no hay que mentir. No hay que mentir porque en el caso de que digamos la verdad, los otros, acostumbrados a nuestras mentiras, ya no nos creerán. La palabra es frágil, y si la verdad no la verifica su crédito es brevísimo. Pero por supuesto esto falso, como todo atisbo de aleccionar moralmente a quien sea. Lo que en verdad está inscripto en esa historia, célebre y endurecida por el tiempo, es un principio estético: no hay que mentir dos veces con la misma mentira. 

*
Todo se resume en un problema de iterabilidad. La mentira es una gema que hay que tallar con delicadeza. Para que funcione, debemos usar los gestos de la sinceridad. Debe producirse como un objeto nuevo, debe profesar una originalidad, aunque más no sea en la apariencia. Su efectividad y su belleza dependen de eso. Lo que este relato - añejo y petrificado en una moraleja errada - en verdad alienta es la imaginación como potencia combatiente de las monotonías de las cosas que ya han sido. Amén.

18.1.10

sueño #82

Soñé que investigaciones científicas de tres individuos pelados (dos de bata blanca; el tercero: violeta) habían descubierto que las palabras impresas en los libros de ficción alteraban de un modo peculiar la tinta que las contenía, y que si muchos muchos libros (una vasta biblioteca de tres cuerpos con al menos 683 ejemplares por cuerpo, por ejemplo) se mantenían en un lugar quieto y más o menos cerrado, viciaban el aire y ese aire quieto y enrarecido, hecho del vapor de palabras estancadas se tornaba una espesa bruma indistinguible del oxígeno urbano típico pero que tenía la facultad de alterar los sueños, no sé bien para qué lado, porque hablaban una jerga harto específica e interrumpían su exposición cada determinada cantidad de sílabas para disputar breves partidos de badmington con el doble de riesgo de Ricky Fort, oportunamente vestido de Barney con patines. Aparentemente producía efectos alucinógenos profundos, que inducían a los afectados a presentirse portadores de un poder mesiánico vinculado al arte y sus diversas praxis - había un caso de un lituano que se había obsesionado por hacer un remix dance de La guerra y la Paz, de Tolstoi; pereció agotamiento al cuarto capítulo. Claro que no todas las personas eran susceptibles de esta peculiar polución, solo algunas (no entendí cuales: predisposición genética, algo así). Al despertarme, miré con desconfianza mi biblioteca.

16.1.10

enero; stand by

Intrascendencia de enero en Buenos Aires: es como si no ocurriera (sino a modo de somnolencia), casi como un simulacro, una pantomima. Nadie puede ser tomado en serio en enero. Incluso los partidos de fútbol no significan nada, son apenas simbólicos. No hay actividad política. El asfalto está doblemente silencioso, porque guarda en su memoria el tránsito y las congestión usual. La televisión alterna sus refritos con diversas tragedias (los muertos se apilan sin perder el místico aire de irrelevancia que imanta las cosas. Decir te amo en enero es un documento frágil que apenas dura lo que la penumbra lábil de la palabra dada al viento (quizá haya alguna belleza en esa evanescencia, reminiscencia ritual de una unicidad añeja, soñada e improbable). Las noches son lentas, multiplicadas por el tedio; los días arrancan muy temprano, solo para durar en vano. Las horas sufren de mímesis, el tiempo se atasca, vivir es innecesario - y ostentoso. Desaceleración y stand by. No hay más remedio que darse a la errancia, deambular, matar el tiempo (escribir).


9.1.10

las verdaderas aventuras de Debret Viana



I
Lo cierto es que yo siempre quise ser batman. Y eso, bueno, no se dió. Infinidad de cosas no confluyeron, y terminé no siendo batman. No tuve la aptitud física ni la voluntad de entrenar un método. Nadie cercano ni significativo murió violentamente ante mis ojos como para empujame a dar el salto de perder el prurito de la razón y encapucharme para combatir el crimen. Y – probablemente sobre todo – nunca fui rico como para poder financiar semejante actividad. (Esta bien: si realmente hubiese tenido ganas, me hubiese puesto de sombrero una bolsa de consorcio y con el primer palo que encontrase hubiese tratado de dar pelea, pero simplemente no sucedió). Era solo natural que con el tiempo esa frustración hiciese de mí un escritor. Batman es un detective, y un detective está a dos pasos (como lo prefiguran las novelas policiales y los thrillers) de ser un escritor. Me comprometí con mis posibilidades reales. Del mismo modo que muchos pretendientes de psicólogo se asumen simplemente pacientes.

II
Lo triste es que ser escritor implicó extraerme del centro del escenario y limitarme a oir los rumores de la vida detrás del telón. Es el costo, y lo pagué (el astigmatismo, la mala postura, la propensión a la noche, la flaquísima cuenta bancaria: son todas cosas que vienen con ser escritor). Es natural. batman no puede narrar su historia (ni ninguna otra: esta bastante ocupado viviendola). Toda narrativa propia surge, sino a manos de otro, mucho después. Como un racconto. Se trazan las coplas de la mujer perdida precisamente porque no está. Las cosas que no están son susceptibles de ser narradas. Cuando están, su fulgor es tan obnubilante que ocupan el presente. Hay que eligir: vivir o escribir. La gente vive, entre ellos los grandes hombres. El escritor, escribe. El escritor, excento del ajetreo de la acción, puede darse al lujo compensatorio de la escritura (alguien tiene que hilvanar la dispersión de la época). El Quijote no podía escribir su historia, ni Hamlet – que lo sabe bien y por eso compromete a Horacio con el fardo de la narración. Los grandes hombres de la historia son, al final, personajes literarios (como Cristo, Batman o Napoleón). Viven – en el imaginario de un tiempo, o de un pueblo – y son la excusa para que un escritor llene páginas: lo único que quedará al final.

III
Yo quería ser batman. No pude. Ni siquiera lo intenté. Fracasé de antemano, mientras lo imaginaba. No puede resolver cosas muy básicas: el trabajo, la ropa, el estacionamiento. Hubiese sido un superhéroe muy tercermundista y notablemente breve. Como la vida ya no tiene gracia (si no puedo ser batman no tiene gracia) vivo dentro mío. Imagino historias, o simplemente palabras -no siempre tengo historias, entonces solo digo palabras: tienen la rara tendencia de acomodarse solas de un modo que genera la ilusión (casi) de una lógica. A veces todavía imagino que soy batman. Pero no llega a ser una historia. Apenas ráfagas de imágenes diluídas (la mayor parte de mi tiempo transcurre entre ficciones que se principian y se malogran). Desisto pronto, porque es muy triste ficcionalizar las propias ilusiones derrumbadas – en fin, a uno mismo.

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1.1.10

primer post del año

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il y a toujours une autre histoire

il y a plus que ce que l´oeil peut saisir 




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1














dice Chabrol que dice W. H. Auden

31.12.09

último post de año

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Todo pasa: las tumbas también mueren






Roland Barthes
Diario de duelo (5 de junio de 1978) 

25.12.09

zamba










Es usualmente lo mismo de lo mismo, la formula reiterada hasta el hartazgo, los moldes aprendidos. El mismo estribillo, la misma cara de idiota para entonar esa voz que uniformada. Y cada tanto, aparece uno y le da un cachetazo a las reglas estipuladas, y canta la balada de nuestra biografía del otro lado de la frontera (donde ya estabamos, más solos que ahora, y sin habernos dado cuenta de que nos faltaba un idioma hasta que alguien le puso voz; en este caso, un poeta).

24.12.09

esa obsesión hamletiana, el padre

Me pegó en la cocina. Llevando los vasos al lavavajillas. La tv había quedado prendida, y repetían el programa de Lanata, que con mi padre habíamos visto juntos, mientras cenábamos, unas horas atrás. Lo acompañé al remis, lo ayudé con las valijas. Noas saludamos como si nos fuesemos a ver mañana. Y en la cocina, me pegó que mañana estaríamos a un par de miles de km. Me crucé de brazos, apoyado contra la pared. Recordé aleatoriamente trazos del tiempo que pasamos juntos. Sentí que lo iba a extrañar, y un poco de miedo. Los platos donde comimos llenos de agua para ser lavados mañana. Estanques fétidos de la noche de ayer. Yo, en mi cama, conciliando más o menos el sueño. El mirando la noche impenetrable desde la ventana del avión. Lo que fue ya no será. Esa lección yace en todo lo que ocurre en el mundo. Pero algunos gestos son más drásticos, y el deslinde se siente más fuerte.


ley para escritores estetas

es necesario llegar al final de la frase sin que el lenguaje haya tenido tiempo de sufrir


 //

(esta frase, anotada en el reverso de la tapa del cuaderno - o libreta - que se lleva a todas partes, por la dudas las musas lluevan) 


20.12.09

god art



(...) 
los poetas
son aquellos mortales que
cantando gravemente
recuperan la huella de los dioses prófugos
permanecen en esa huella
y trazan así para los mortales
sus hermanos
el camino de regreso


pero quién
entre los mortales


es capaz de descubrir
semejante huella


es propio de las huellas
ser a menudo imperceptibles
y siempre son
el legado de una atribución
apenas presentida




(...) en el tiempo de la noche del mundo
el poeta dice lo sagrado.




Jean Luc Godard
Historie(S) du cinema
libro primero, parte dos; una sola historia 

15.12.09

ex



1
Resulta que tengo que ir a cenar a casa de una ex. No tengo ganas de hacerlo, traté de zafarme de mil modos, pero al final le dije que sí, y ahora no tengo más remedio que ir. Me llamó veinte veces, me rogó. Siempre tuvo una notable aptitud para erosionar la resistencia molestando incansablemente. Encima vive en un barrio incómodo. No es exactamente lejos, pero tengo que tomar dos colectivos. Eso ya me predispone mal.


2
Trato de no mantener ningún tipo de contacto con mis ex precisamente por estas cosas. ¿Qué pueden tener que decirse dos personas que han estado juntas? Después de tanta cercanía, cada uno ha visto del otro las llagas y los monstruos. Salvo mediado por la anestesia del amor (o al menos del cariño) nadie es tolerable de cerca. Si yo más o menos soporto a los demás, es porque me importan poquísimo. Eso, y que no me acuerdo nunca de casi nada. No tengo tiempo de detestar a nadie, porque me la paso haciendo esfuerzos para que no se note demasiado que prácticamente me son desconocidos. La gente se ofende con esas pavadas.


3
No sé qué me quiere decir. Me importa poco. Mi pasado no me ata demasiado. No soy una persona nostálgica. Es por una condición de mi memoria. Me olvido las cosas con facilidad. Pasa un tiempo, y por más que haya pasado 6 años al lado de alguien, su rostro se me vuelve impreciso, y no logro discernir qué cosas hacíamos juntos ni por qué fue especial para mí. Es complejo a la hora de ser interpelado, porque a la gente le gusta recordar cosas juntos. El ritual de que alguien diga “che, te acordás de tal cosa” y el otro asienta. Me contento con decir que sí y dar pie a que el otro continue. Aunque a veces me maravilla encontrarme en relatos de otros haciendo cosas que ni imaginaría. Pero me distraigo. Tomé los dos colectivos, y fui.


4
Toqué timbre, ella bajó. Tal vez estaba un poco desprolija. Maltrecha, creo que sería la palabra. ¿O directamente sucia, pordiosera? En fin, me saludó cordialmente, me invitó a pasar. Me mostró parte de la casa. Tenía un gatito blanco. Me dijo “¿te acordás que yo era de los perros? Bueno, vos me hiciste querer a los gatos”. Supongo que sonreí, pero sobre todo para no tener que decir nada. Había cocinado pollo y papas fritas. Toda comida congelada. No importa, igual me gusta. Incluso me atrae esta idea de los conservantes. De que cuando muera, mi cuerpo va a tardar mucho en descomponerse por la cantidad de conservantes que tengo. No es que me vaya a importar mucho después de muerto. Pero me parece un detalle hacia los seres queridos. Que no lo vean a uno demasiado putrefacto. Al menos yo, cuando veo a un muerto, prefiero que esté más o menos presentable. Ya morirse es un contratiempo para todos. Es algo que fuerza a reajustar la rutina. Por lo menos, mantener una apariencia no deleznable es una delicadeza gentil llegada la hora.


5
La casa era chica. Ella decía acogedora. Pero era chica. La cocina era el living. Una puerta daba al baño. Otra, presumiblemente, a la habitación. Me pareció correcto que no me la mostrase. Habíamos estado juntos tantas veces que hubiese resultado incómodo. Hizo café para acompañar el postre. Unas porciones de torta. Bizcochuelo viejo. Apenas lo probé. Hablamos de pavadas. De política, de nuestras vidas, del trabajo. Me siguió pareciendo insoportable. Se movía mucho, hablaba muy fuerte. Tenía predisposición al monólogo. Interrumpía y detestaba que la interrumpiesen. Cuando fuimos pareja, discutíamos todo el tiempo. Y cuando nos separamos, me pregunté muchas veces por qué había estado con ella. Nunca logré responderme. Pero como me aliviaba su ausencia, no me hice demasiado problema.


6
En un momento, sentí que su máscara se quebró. La voz le salía más lenta, y parecía que iba a llorar. ¡Una escena! Lo único que me faltaba. No sé qué hacer, no sé dónde ponerme cuando la gente llora. Llorar, más ante un invitado, es una descortesía. Pero ella se puso a decir “la pasé muy mal cuando nos separamos. Casi no comía, perdí mucho peso. Casi todo un año estuve anémica. Y vincularme con otra persona, después de lo nuestro, era tan difícil. No me animaba a correr otra vez el riesgo. Disculpame que te diga estas cosas, me lo tenía que sacar del pecho”. Le dije que estaba bien, que igual habían pasado años, que etc. Traté de comer un poco de torta para mantener la boca ocupada, pero era intragable.

7
Encima cuando me enteré que estabas con otra, que vivías con ella… me dio una bronca. Hice terapia, tomé pastillas. Pero nada. Estaba obsesionada. Te quise llamar, pero para qué, ¿qué te iba a decir?”. Y caminaba por la habitación, iba y venía, movía las manos, frenéticamente. Casi parecía teatro. De repente, se detuvo, y me miró. A los ojos. Y me dijo “igual ahora estoy mucho mejor. Sï, mucho mejor. Tengo trabajo, tengo a alguien. Es muy distinto a vos, eso sí. Pero bueno, vos te acordás como nos llevábamos”. Horrible, pensé. Pero dije “y, cada uno tenía lo suyo”. “Vení” me dice, “quiero que lo conozcas; está en la habitación, duerme como bestia, todo el día, es terrible”. Y empezó a caminar hacia la habitación. Le dije “no, pará. Está durmiendo, no lo molestes. Otro día, dejá. No sabía que estaba, con todo este ruido mirá si lo incomodamos. Dejá, otro día tomamos algo”. Pero ella insistía. Yo me hubiese ido. Pero algo me decía que no se contraría a una mujer neurótica. Y mucho menos si la mujer neurótica tiene un cuchillo en la mano. Es notable como un chuchillo, un mísero metal con cierta punta afilada, modifica por completo el vínculo entre dos personas.


8
Abrió la puerta, me dijo “quiero que lo conozcas, dale, es un minuto, es importante para mí”. Yo ya me había puesto el saco, ya había pensado cuatro excusas, ya tenía el celular en la mano y ponía cara de “uh qué tarde que se me hizo”. Pero ella, esta transfigurada. Su rostro era el de alguien a punto de llorar (¡otra vez!). Y se movía tan rápido, tan sacada. Me dio más miedo que lastima. Y accedí. Di un paso hacia delante, diciendo “pero está dormido”, y ella me dijo que no importaba, que le dijera hola. Estaba la tv prendida. El cuarto se azulaba, con sombras intermitentes. Me acerqué a la pareja de mi ex. Estaba boca arriba, casi sentado en la cama. Dije “hola, que tal”. Y no respondió. Tenía los ojos abiertos. Le dije “discúlpame que te moleste, yo….” y ahí, con las publicidades de fondo, y la palidez de la piel y el olor abominable que expelía, entendí que estaba muerto. La situación fue muy incómoda. Los muertos tienen algo que no me genera afabilidad.


9
Ella me miraba desde la puerta, traté de seguir la frase, más o menos. “Yo, eh… pasaba a saludar nomás, muy linda la casa, y… bueno, ya me estaba yendo, tomamos algo un día, dale, bárbaro, chau”. Y me volví hacia la puerta y le dije “listo, ya está, me tengo que ir”. “¿Pero por qué tan rápido? ¿Ya te tenés que ir?”. “Si, ya. Es que…. Tuve una epifanía. Ya sabés como son estas cosas. Tengo que ir a escribirla. ¿Me abris?”. “Bueno, pero, qué te pareció”. Dudé sobre cómo responder a esa pregunta. “Tenías razón, no se parece a mí”. Casi digo: al menos en la parte del sístole y el diástole. Me contuve. “Porque estuvimos teniendo algunos problemas últimamente, el habló de mudarse” me dijo, un poco triste y alterada. “No, no se va a mudar nada, quedate tranquila. Son problemas de convivencia nada más”. “¿En serio? ¿Vos podrías hablar con él?”. Era palpable que la situación se volvía cada vez más compleja. “Uy justo ahora me tengo que ir, pero un día de estos lo llamo, ¿está? Dale, nos vemos y hablo con él”. Mi táctica de disuasión no tuvo efecto. Le cayeron muchas lágrimas rápidas sobre el rostro, y se llevó la mano – la que no tenía ningún cuchillo – al la frente, temblando. Entré a la habitación, y me dispuse a conversar con el muerto.


10
Mi preocupación, muy ingenua, era esta. Que el tipo se acababa de morir. Entonces, no quería estar ahí cuando ella se diera cuenta, y mucho menos quería ser quien le diera la noticia. Pero inmediatamente toda duda me fue despejada. Ella entró, y le habló al finado “Mauro, no seas irrespetuoso, y contestale. Yo le pedí que hable con vos, no seas caprichoso”. Hubo un silencio. Ella dio dos pasos al frente y le clavó tres veces el cuchillo, en el pecho y en el estómago. Me dijo “es un poco terco, pero es buen tipo”.

11
Todo se puso casi como una película de terror japonesa cuando ella dijo “no quiero interrumpirlos. Hablen tranquilos” y cerró la puerta. Oí el mecánico ruido a insecto que tienen las cerraduras cuando se gira la llave. Quise, con bastante voluntad, que todo fuese un mal sueño, para poder despertar. Pero no, no era un sueño. Era eso. Me recosté en la cama y me puse a ver televisión. Me pareció inconveniente protestar. Es decir, hasta donde sabía, mi ex tranquilamente podía haberse vuelto una psicópata homicida y lo menos que quería hacer era darle motivos para la reincidencia. Al rato me quedé dormido. ¿Qué iba a hacer? Las cosas ya eran lo que eran. Desesperarme hubiese complicado todo. El muerto olía mal, pero no peor que alguien vivo un poco sucio. Alguien vivo con resaca, o más o menos.


12
Supongo que siempre hay una competencia morbosa entre la actual pareja de una ex y uno. No pretendo esconder que me satisfacía sentirme superior al finado. Aunque más no fuese en todavía poder hacer la digestión, mover un brazo, mantener una conversación, parar un taxi, parpadear. Son cosas pequeñas, pero los detalles, a la larga, suman.


13
Cuando me desperté, había sobre la cama una bandeja con tres tazas de té, y medialunas. Ella estaba sentada en el borde, y sonreía. Me dijo que tome tranquilo, que Mauro lo tomaba frío. Yo le dije que había estado hablando con Mauro, y que era un buen momento para relajarse, cerrar los ojos, respirar hondo, y abrirse para poder comprender al otro. Ella lo hizo, y yo aproveché para golpearla con el velador y dejarla inconsciente. Luego, discretamente, me di a la fuga. Tal vez fui un poco violento, pero la situación exigía un reflejo análogo. Además, ella estaba loca. Cuando se despertara, ni se iba a acordar o iba a conjeturar cosas de loca.


fin
No sé bien qué pensé al respecto de todo esto. Esa mujer estaba loca, y vivía con un muerto. Tal vez hasta lo mató ella. O se murió ahí (entonces ella se ofende y cada tanto lo acuchilla). En una de esas el tipo era muy vago y muy callado, y casi no se notaba la diferencia. Sea como fuese, me pareció bizarro que mi ex conviviese con un muerto. No tengo nada en contra de los muertos. Comen poco, no tienen exigencias, no hay que pelear por el control remoto. Tal vez en su locura, ella era feliz. No lo parecía, claro. Parecía desequilibrada, sucia y psicótica. Pero tal vez en un rincón muy profundo era feliz. Tendría que tratarse de un rincón tremendamente profundísimo, como un sótano subterráneo o algo así. Pero era posible.¿Qué podía hacer yo? ¿Llamar a la policía? El tipo estaba muerto, y eso era irreversible. Si su cadáver mantenía contento a alguien, aunque ese alguien sea una sociópata con trastornos neurasténicos, es más útil así que enterrado en alguna tumba, ¿no? Bueno, no sé. Lo cierto es que el trámite policial que implica una denuncia es complicado y  lleva mucho tiempo. Las burocracias me desalientan.


10.12.09

the beautiful burial flowers we will never see

No, nada. ¿Tiene siempre que haber algo? Simplemente me gustaba ese título. Hace mucho que me gusta, y tenía ganas de usarlo. Si sigo esperando que surja algo que lo justifique voy a terminar traspapelandolo, o perdiendo interés. Así que bueno, lo uso arbitrariamente.

9.12.09

sigue hablando el personaje del cuento anterior



Y me parece más bien que es la sensación del recuerdo de un recuerdo. El mecanismo es efectivo, y triste. Como todo, los recuerdos se destiñen con la erosión del tiempo. Pero en este caso, la pérdida de sujeción de lo real es compensada con una máquina inventora de detalles secundarios (que podemos llamar insomnio, delirio, neurastenia, esquizofrenia, soledad, retribución, literatura, etc),


La precisión del relato es lo que delata su carácter ficticio.


No porque la memoria no aprehenda los detalles (los retiene cautivos, los usa a modo de rehenes). Es otra cosa, y no la memoria, la que enhebra esas piedras sueltas en un lujoso collar entrópico. Bonito, como todas las cosas que dan con un sentido, pero a la vez pura orfebrería del artesanato de las horas solas. Toda trama es dictada por la desesperación: el sentido acecha la veracidad de las cosas que pasaron, para consolarnos.


No: no es la memoria. Es algo que se hace pasar por la memoria, que se sufre como la memoria, pero ya no es la memoria. Es narrativa, anécdota. Los baches entre los precisos, preciosos detalles son llenados por tramas y palabras. Esa chica, me da pena que no haya existido. Si hubiese existido, tal vez las cosas hubiesen podido darse así, pero seguramente ella las recordaría distintas. Nunca supe amar cosas reales. Se mueven demasiado rápido. Con ella, en cambio, ante su imposibilidad, ahora casi que la empiezo amar. Pero lo que busco es exonerarme, pretendiendo que perdí un posible gran amor que principiaba.

7.12.09

cut here




Este relato tiene dos escenas. Después, al final, hay otra cosa. Una suerte de epílogo, donde estoy solo. O más o menos, porque la soledad... en fin. Voy a escribir las dos escenas en tercera persona. Para objetivar un poco, y establecer cierta distancia, o al menos tres onzas de su ilusión. Más que recurso estilístico se debe a esto: si estoy demasiado cerca, no voy a poder contar nada, si estoy implicado, bueno, no quiero pasar otra vez por esa experiencia. Sólo necesito ver. Desde afuera.



I
El llega un poco tarde. Es viernes, y es la noche. Todo ocurre en un bar de Palermo, cerca de la plaza Cortázar. Ella todavía está en el escenario. Canta una canción. De PJ Harvey. Las luces son tenues. Azules y violetas. Hay gente que habla, y hay gente que escucha la música. Los mozos cruzan el salón, ajenos. El se corre del camino de una bandeja con legui, dr lemon, dos capuccinos y sprite. Hace pie apoyándose en la barra. Es la última canción de la noche. Quedan poco menos de 2 minutos. El no sabe que será la última vez que la verá cantar. Ella, su voz. Es grave, profunda y felina. El alterna su atención entre la sinuosa marea de la voz y el vértigo lentísimo de ese cuerpo de mujer danzando sutil. Ambas cosas, centelleantes, lo hechizann y extravían sucesivamente. Cuando termina la canción él tiene una sonrisa boba en el rostro, y aplaude dos, casi tres segundos después que el resto. Ella agradece, saluda y sale del escenario. El cree que ella lo vió, y que le guiñó el ojo. Pero hay poca luz, y no puede estar seguro. En seguida empieza a sonar de fondo un disco de Leonard Cohen. El bar es tomado por los murmullos de las voces mezcladas de la gente. El saluda a dos conocidos que toman cerveza en una mesa cerca de la pared, y sale del bar, se queda en la puerta. Mira la noche, prende un cigarrillo. Ella se abraza con amigas y justo antes de sentarse en una mesa llena de conocidos que fueron a verla, lo ve a él, afuera, y sale a buscarlo. El está de espaldas, y la oye decir: ¿Esta es manera de decir hola?
- Hola. - y le extiende la mano, pero ella, antes de que él terminase el movimiento, ya lo ha abrazado.
- ¿Qué hacés acá afuera, ermitaño?
- Es que no pude aguantar la emoción.
- Tonto.
- En serio, fue muy bello.
- Gracias. ¿De verdad te gustó? Hubo algunas desprolijidades.
- Tenés muy buena voz. Y la canción, tan melancólica. Voy a tener que prepararme un cóctel de placebos para no entristecer hasta el desmayo.
- Ay, habló el señor arco iris.
- Bueno, pero mi tristeza es una forma refinada de elegancia, che.
- Me gustó que vinieras. Gracias.
- Cómo no iba a venir. Tengo que aprovechar ahora, porque seguro que a partir de la próxima vas a cobrar una entrada carísima.
- No creo, no creo. Falta mucho para eso.
- La humilidad es una dolencia muy primitiva. Si no tenés nada que envidiarle a Bjork.
- ¿Ah no? ¿Y a la Cantilo?
- Por favor. La Cantilo te envidia a vos. Por lo menos las neuronas no suicidadas y el tabique nasal entero. Además, dejame que te diga, esa humidad es una extravagancia entre artistas.
- Ya sé, ya sé que vos sabés de eso. Pero yo no soy un artista. A mí me gusta cantar. ¿Entrás? Le hacemos un lugar a tu ego y nos tomamos algo, ¿sí? Así conversamos un poco.
- Ah, me encantaría, pero vos ahí tenés un montón de fans y yo no quiero interponermo entre los goces y beneficios de la fama.
- No seas tonto. Son amigos. Vamos a una mesa aparte si querés.
- Me encantaría, en serio. Y te prometo que lo hacemos, la semana que viene o cuando puedas. Hoy justo no tengo el tiempo. Vine corriendo, y tengo que seguir corriendo. En serio, me encantaría.
La cara de ella aun sonríe, con tristeza. Por cortesía, no insiste. Se abrazan, se dan un ceremonial beso, cerca de la boca, pero no tanto. Se sueltan, él dice alguna cosa sarcástica, y ella ríe. Se da vuelta, y empieza a caminar. Siente la mirada de ella, sobre su hombro. No se atreve a darse vuelta. Sentirá esa mirada mucho tiempo. Dobla la esquina.





II
Ahora, pasaron un par de años. Las cosas ocurren en el hall de una sala de teatro, en el barrio del Abasto, una vez finalizada una obra de Spregelburd. Hay más gente, pero los personajes son los mismos: otra vez él, otra vez ella. Es una noche de invierno. El fue con una chica que está conociendo. Se llama Verónica, es periodista. Tendrán un amor sereno, que durará 7 años. Luego, se separarán, hastiados. Verónica se casará más tarde con un empleado de comercio. Tendrá dos hijos: Vicente y Lucas, y morirá de un cáncer de cólon a los 67 años, en la cama de un hospital de Flores, una mañana de mayo. Pero esta no es la historia de Verónica, sino de él y ella. Aunque no llegue a ser totalemente una historia. Cuando Verónica se va a saludar a una amiga de la facultad, y él queda solo, siente una mano que le toca el brazo.


- ¿D.? - dice una mujer. Previsiblemente, es ella. El lector ya lo sabe. El se da vuelta, y tarda un segundo en reconocerla. Después arquea las cejas, sorprendido, y sonríe.
- ¿J.? No lo puedo creer.
- ¡Me parecía que eras vos! Te estaba mirando, pero no estaba segura.
- ¡Si estoy igual! Bueno, no respondas a eso. ¿Qué hacés por acá?
- Mi prima es actriz, hace el personaje de la asesina serial arrepentida.
- Ah, todo un personaje. Qué raro encontrarte, ¿cómo estás tanto tiempo?
- Bien, todo bien. Trabajando y esas cosas.
- ¿Seguis cantando?
- No, no, ya no. Bueno, no regularmente al menos. Soy contadora.
- ¿Contadora?
- No lo esperabas, ¿no?
- La verdad que no.
- Disimulá la cara de decepción.
- No es decepción, es sorpresa, desorientación, ¡shock!
- ¿Vos cómo andas? ¿escribís todavía?
- Sí, sí. Soy caprichoso con mis juguetes.
- Me alegra mucho escuchar que insistís con eso.
- Bueno, es que soy muy inmaduro. Ya sé que es inconveniente, pero con el tiempo se volvió un tic infatigable.
- Fiel a vos mismo. Genial.
- Deberías decirle eso a los del nobel. ¿Viniste sola?
- No, ese allá, ves al lado de la mesa, con la botella de Isenbeck en la mano. Ese es mi marido.
- ¿El pelado?
- ¡No! Al lado del pelado.
- ¿Te casaste? Esto es demasiado.¿Por qué te casaste?
- ¿Cómo por qué? La gente se casa. Son cosas que pasan. El amor, la casa, la hipoteca, las compras al mercado, la muerte. La vida, ¿viste?
- Creo que describiste mi imagen del infierno.
- Che, el infierno puede ser un lugar super cómodo, ¿eh?
- Te tomo la palabra. Y cómo va esto del matrimonio. Estás... ¿contenta?
- ¿Feliz?
- O no sé, enfurecida, estafada, indigestada, aburrida....
- Embarazada.
- No jodas.
- De verdad.
- Ya no sé qué decirte. Sos demasiado real para mí. No sé, ¿qué se dice en estos casos?
- Y, felicitaciones, te deseo lo mejor, esas pavadas.
- Bueno, felicitaciones, y eso. La verdad es que no lo puedo creer.
- ¿Qué no podés creer?
- Que te hayas casado. Y encima con un pelado.
- ¡No es pelado!, es el que está al lado del pelado.
- Es lo mismo. Va a ser pelado, y va ser gordo. Por eso no vale la pena casarse. Porque el futuro es horrible, y conviene estar atado lo menos posible a las cosas que declinan.
- Esas cosas que decís, funcionan barbaro en los libros. Pero la vida no es del todo así.
- ¿Y cómo es la vida, chica casada?
- Ni idea. Pero es distinta. Por ejemplo, si reprodujeras este diálogo en uno de tus textos, no funcionaría. Sería aburrido, irreal. Para que sea legible tendrías que afectarlo, volverlo "literario". Y aunque el futuro sea espantoso, igual no estoy del todo segura de que vaya a ser así, bueno, lo cierto es que, como en la película de Woody Allen, ¿te acordás? Annie Hall.
- Cómo no me voy a acordar. La vi 53 veces.
- Bueno, ¿te acordás el final? La mayoría de nosotros necesitamos los huevos.
- La adultez y el matrimonio hicieron de vos una filosofa hegeliana de corte arjonesco ¿Para cuando el libro de autoayuda?
- Vos reíte, con tus ironías de nihilista super darkie que el que ríe último....
- Si, ya sé, pero el que empieza a reir primero ríe más tiempo.
- D. me tengo que ir. Me hacen señas - ella le apreta el brazo, como sintiendo pena por no poder prolongar el momento.
- ¿Señas obscenas? Es un pelado incorregible.
- ¡No! Mi marido.
- Ah, si. Lo veo. Me parece que tu marido tiene envido. Andá, no te hagás problema. Entiendo los deberes maritales...
- Me encantó verte. Espero que sigas bien.
- También me encantó, estás hermosa, como siempre. Y me resuena de un modo extrañísimo cada vez que decís "mi marido".
- Suerte, D. El amor no es completamente apocalíptico. Saludos a la chica.
- Es una amiga.
- Conozco a tus amigas.
- Saludos al pelado.
- No es pelado.
- Bueno, pero ya que pasás por ahí, saludá al pelado que está al lado de tu marido.
- Espero cruzarte pronto.
- Dependemos del azar, muchacha.
- Así parece. Besos.


Ella fue con su marido, que la ayudó a ponerse un abrigo. Luego, partieron. El se quedó mirandola. Cuando llegó Verónica, le costó retomar el ritmo de la conversación. Estuvo desfasado el resto de la noche. Pensó, durante la semana, en la distancia que había crecido entre ella y él. Un matrimonio, un hijo. Cosas que parecen irreversibles. Después, se ocupó de otras cosas, y se fue olvidando. Barajó llamarla, intermitentemente entre los meses. Pero el impulso fue perdiendo fuerza, y también pasó.


III
epitafio de una historia que no comenzó

Ahora, otra vez pasaron muchos años. Más que antes, aunque, peculiarmente, más rápido. Estoy solo. Es el epílogo. Y pienso en esa historia. No sé si llega a ser una historia. Es algo en lo que pienso. Una historia que casi comienza. Una puerta. Y el teatro especulatorio de las noches insomnes. Si tal vez me hubiese quedado esa vez en el bar. ¿Qué cosa tenía que hacer que era tan importante? Ni siquiera lo recuerdo. Alguna tontería seguramente. Pude haberme hecho el tiempo, sentarme un rato, conversar con ella. No sabía que era la última vez que nos veríamos antes de la noche del teatro. Lo pasamos para la semana siguiente, alguien canceló, por trabajo, después uno de los dos viajó, otro no llamó para no insistir. Y el tiempo pasó entre los dos, alejándonos. Después, más tarde, la semana que viene. Cosas que no llegaron nunca. A veces las cosas terminan. De repente, sin más. Sólo quedan los quizá, los tal vez. Cuando alguien muere, un conocido, un familiar, siempre me quedo rastreando en mis recuerdos cuando fue la última vez que lo vi. Y si no había en él una marca, un signo, algo que estuviese diciendo adiós. Realmente quisiera verla cantar otra vez. ¿Hubo alguna señal de que esa iba a ser la última vez? Probablemente no. Pero no me sirve para ser indulgente conmigo. Porque cada vez es potencialmente la última vez. Tampoco abogo por el desenfreno de lanzarse sobre cada circunstancia aturdido por el tic tac del fin del mundo. Pero tal vez hubiesemos dado dos o tres pasos por un camino cualquiera. Y quien sabe si ese principio no continuaba hacia alguna parte. Probablemente hoy seríamos otros. O no. Qué se yo. No me hubiese costado nada quedarme un rato. O toda la noche. Pasa que las cosas que eran importantes antes hoy no valen nada. Y lo que significa mucho, o casi todo ahora para mí, antes ni siquiera lo ví pasar, antes lo tenía traspapelado en un escritorio atestado de papeles irrelevantes, oculto a la vista de todos, como la carta robada de Poe. Y ahora es tarde. No puedo volver a esa noche, y quedarme conversando con ella. No sé si hubiesen cambiado mucho las cosas. Tal vez nada de lo que fue mi vida hubiese sido. ¿Estaría ahora mirando por la ventana, pensando en esto? Al menos la hubiese abrazado otra vez. Y hoy, saber que eso no va a pasar nunca, que nunca la voy a ver bailar otra vez. Esas son cosas que me duelen. Todo eso terminó. Y ella estará con sus hijos o con su marido, o todos juntos no sé dónde. La noche del teatro, cuando la volví a ver, me sorprendió constatar la pérdida. Hasta ese momento, ella era una nebulosa abstracta que existía en una parte difusa. Verla casada y con otro, esperando un bebé, la certificó de repente como ajena. Acepté la pérdida y seguí con mis cosas. En aquel momento yo no era el que soy. Y todo fue más bien un golpe a mi ego. Ahora, es melancolía. Ahora, es pensar que todo pudo haber sido diferente. Y que dejé pasar algo importante, tal vez trascendental. Cuando me separé, hace ya doce años, conseguí su número de teléfono. La llamé un par de veces, y corté. Me quedaba escuchando su voz del otro lado, diciendo "hola, hola". ¿Qué podía decirle? La cosas que pasan no son recuperables. Si no pasó tanto tiempo, uno puede ir y decir algo, tratar de remendar lo traspapelado con una plegaria al destino. Ahora, es tarde. Y las palabras no revierten nada. Si hacen algo, las palabras clavan con alfileres las fotos amarillentas de cosas irrecuperables. Qué bonita que era, bailando en el escenario. Qué lástima que no siguió cantando. Creo que tenía condiciones. Aunque tal vez era que yo la quería y la escuchaba con el oído embotado de su belleza. No son cosas que pueda distinguir desde aquí. Ella era la clase de chica que te abrazaba cuando habías empezado el gesto de un saludo tibio. Tal vez todo este voyage nostálgico, esta recuperación de J. no sea otra cosa que añorarme a mí mismo. Eramos tan tontos y tan hermosos. Ahora, ya me acostumbré a la idea de que las cosas que soñaba para mí no pasaron. El salto que iba a dar, la gloria asequible, el triunfo cercano, ser un escritor célebrado, un hombre admirado, un superhéroe nocturno, un hijo que no hiciese desdichada a a su madre. Ni siquiera pateé todo a la mierda para empezar de vuelta en otra parte, como siempre pensé que estaba por hacer. Esa posibilidad, con la que conviví décadas, y que siempre sentí inminente, como a la vuelta de la esquina, no ocurrió nunca. Y tampoco llamé a los números de teléfono de los que dije que ya iba a llamar. Y el azar, él tampoco colaboró con nada, salvo con la monotonía.

Y si tan solo fuese ella. Pero no, es la noche, y la dolencia del tiempo. Cada cosa que dejé entreabierta y olvidé vuelve. Y se bifurca.


Me entrego a esa afluencia, y me cuento la historia. Si cada historia es un pasillo del laberinto, es factible que en mitad de alguna me sorprenda la salida, o el minotauro. Si es que no son la misma cosa. Eso pensaba antes, cuando tenía una mínima esperanza, esa vulgar enfermedad. Ahora entiendo que yo soy el minotauro, y que cada historia es un pasillo más del laberinto, que me ahonda más y más en las profundadidas de esta construcción. Me protege a la vez de la salida, y de los demás, a quienes empujo lejos, para asistir al teatro espectral de sus ausencias animadas por las infinitas posibilidades que no serán.. Siempre hice esto. Siempre contruí cosas donde los que me buscaban se perdiesen.