5.9.06

la celda impalpable (posmodernidad)


1
Praxis (desespero)


No hay calma, no hay descanso. El aire que respiramos está lleno de imágenes televisivas, de las ondas que captará el televisor y traducirá en la mascarada de la cultura, el aire está infiltrado de voces que buscan desesperadas el teléfono móvil donde encallar (y reiterar allí el vértigo de su nada). El verdadero silencio ha muerto. Somos bombardeados todo el tiempo. No hay calma, no hay descanso. Estas cosas están ahí, interfieren los sueños, median cuando miramos el horizonte ansiando la grieta donde reposa la paz, acurrucada como un raro pájaro herido. Estos instrumentos nos desterraron de nuestro interior, forzándonos a deambular erráticamente por la vacía exterioridad del bullicio de las tandas publicitarias y las avenidas hartas de luces e hinchadas de automóviles que son siempre – y solamente - la propaganda de sí mismos, de esta forma de puro presente – difunta la memoria, aniquilado el músculo del deseo – que adopta la muerte para disfrazar su pezuña. La invisibilidad de estas armas no implica su ausencia. Al contrario, es esta invisibilidad – esta manera de escenificar su desaparición - la que permite que la invasión sea incontestable.
Si nos concentramos, podemos sentir, en el viento de la madrugada, las siluetas insistentes de una cultura agónica que desesperadamente reproduce su grito final, como el eco de los manotazos de un ahogado caprichoso.

2
Teoría (autopsia)

El énfasis posmoderno, la exacerbación de sus gestos y de sus rituales responde a su propia muerte. Porque ya no existe necesita la puesta en escena del escándalo de sus maneras, exagerados hasta la caricatura. Justamente como un cadáver, que, insepulto, ridículamente exhibe las marcas de su deceso; y hiede desde sus heridas una negrura irónica cada vez más profunda. Como no hemos sabido parir una nueva forma de vida, es allí – en ese eco deforme – donde vivimos el simulacro de la vida.
:::

3.9.06

lentejuela

Papel viejo. Encuentro un cuaderno (tapa azul, dura; las hojas un poco amarillentas - el tiempo -) en el fondo del placard. Es de hace años (1998), comprada en Río de Janeiro para cumplir la sujeción de ideas e impresiones que brotaran de mi recorrido por la ciudad. Por ese entonces me parece que yo ya sospechaba la inutilidad de los viajes: si por algún lado habría de caminar, sería por mí; si verdaderamente es posible perderse, es enredado en la tiniebla que exhala el propio silencio. Transcribo una página de un atardecer de Leblon.

El atardecer se posa sobre mí como un veneno, un espejo (como los polos opuestos se atraen hacia mí mismo atraigo mi mirar). El mar, ese brebaje antiquísimo con piel de serpiente, facilita la tristeza. No soy principiante en la marea de angustias potenciales: intento una huída. Estoy sentado en una pequeña montaña de rocas: debajo, las olas se rompen. Estoy cansado de tantos pasos dados, y recién despierto de una improvisada siesta sobre la arena. Estoy quieto: no tengo ánimo más que para estar sentado. Y mirar. Detrás de la distancia (detrás de este mar) un morro divide la acompasada calma del océano. Sobre él, centenares de diminutas luces resplandecen, amontonadas: como el cielo de una noche desvelada. Podría permitirme especulaciones poéticas pero ya sé que se trata de favelas, de cetenares de diminutos hogares virados lentejuela por la lejanía.
Me quedo pensando si la distancia no hace que todo se vuelva espectáculo.
Y otra vez me parece irreal que la vida - vida real, vida pura, vida cada día vivida, vida otra - suceda en tantas partes, con esa simultaneidad vertiginosa. Pero creo que lo que me sorprende es otra cosa. Nada me cansa como este trabajo de ser yo, este esfuerzo que hago sobre mí para los otros de ser siempre yo.
´98

31.8.06

la seducción


fragmentos del vigésimo cuarto capítulo de Deslinde
el pacto de intrascendencia

Sometido patéticamente a la maquinaria de seducción. Mi ego necesita afirmarse en las miradas ajenas – las mujeres que no son M.: una venganza secreta que articulo contra M.-.

Si voy solo – a cenar, al teatro – (y si no voy solo también, y es más fácil) busco cautivar a alguna mujer. Sin esa motivación, no encontraría razones para salir de mi casa. El juego de la seducción es el remedio contra la convalecencia de la espera. Para seducir hay que montar un teatro. Y montar un teatro es un esfuerzo: ocupado en esto el tiempo pasa. Pasa sin detenerse a corroer mi alma inválida. No solo no hay aburrimiento. Hay también preciosas recompensas. Como es un teatro, hay una puesta en escena. De la puesta en escena, lo que lanzamos es una imagen (para que conmueva, para que conquiste – para que someta, tuerza, abra -) y en la construcción de esa imagen podemos ser otros. Esto no es algo que esté tolerado: es imperativo ser otro. Ser nosotros mismos es incomunicable a través de una imagen. La única manera sería mediante reconocimiento: la imagen tendría que insertarse en un contexto histórico compartido. Pero en el juego de la seducción, el contexto compartido es improvisado y urgente. Lo único que tenemos es una imagen. Aun si nos desinteresamos, si no montamos nada – si no trabajamos – ella (cualquier ella) captará de nosotros una imagen cualquiera, nos verá como otro del que somos. Es preferible entretenerse en la manufactura de una pose – la pose más apropiada para el escenario inmediato – para iniciar el juego de la seducción.
Ser otro es una de las recompensas. Otra de las recompensas es el feedback: el juego realmente comienza cuando ambos participan. Si no, lo único que hay es una soledad enajenada lanzando signos al vacío. Cuando se logra un sutil diálogo compuesto por alguna sonrisa, una mirada penetrante, un gesto cálido e insinuante (todo esto ya es sexo) de nuestra contrincante, se ha triunfado.
Y es el momento de retirarse.

En este juego, lo primero que hay es un pacto de futilidad, de intrascendencia; un contrato: en el juego de las miradas, los repliegues, las leves sonrisas, la alternancia metódica e histérica del sí y del no (el gesto provocador, el gesto esquivo) y la pena, de verdad sentida, sobre la pérdida imaginaria (what might have been), existe sobre todo la condición de irse. Es una torpeza, y una falta de filosofía, prolongar el juego hasta que no haya más remedio que resolver la distancia con alguna moneda real: el diálogo, la amistad, el sexo. Antes que esto ocurra, en honor a la belleza inmarcesible, habría que saltar por la ventana, matarse, huir.

dos apéndices

Entro en una habitación llena de gente. Mi mirada (ni siquiera mi vista) tantea el repertorio. No me quedo con la más bella: me quedo con la que responde, la que juega conmigo. Y cuando nos despedimos es como decirnos al oído: en otra vida pudimos haber sido tanto, y ese destello todavía tiene algún fulgor detrás de nuestra vida ya hecha sin vos, vibra de algún modo, me hace saber que te sentí; ahora seré nadie para vos y vos serás ninguna para mí, otra vez.
Es una herida dulce.
*
Puede ser en el colectivo, en un bar, en la cola de un cine, en la espera de un semáforo en rojo. Lo que ocurre es siempre lo mismo. Lo más que obtengo, en el caso de que el juego funcione óptimamente, es un liviano consuelo – todavía puedo ser (ser confundido con) una persona -.
Y - claro, la evidencia patética - que me enamoro de cualquiera que me preste un poco de atención.
:::

29.8.06

nunca pensé que iba a subir un poema de Bukowski


culminación del dolor

oigo incluso como ríen
las montañas
arriba y abajo de sus azules laderas
y abajo en el agua
los peces lloran
y toda el agua
son sus lágrimas.
oigo el agua
las noches que consumo bebiendo
y la tristeza se hace tan grande
que la oigo en mi reloj
se vuelve pomos en la cómoda
se vuelve papel sobre el suelo
se vuelve calzador
ticket de lavandería
se vuelve
humo de cigarillo
escalando un templo de oscuras enredaderas...

poco importa

poco amor
o poca vida
no es tan malo

lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso

nací para robar rosas de las avenidas de la muerte.

::

25.8.06

babel

El tendría que tomarse las cosas con más filosofía. La filosofía tendría que ser el arma a empuñar para disgregar las oscuridades que hizo nacer con la materia huérfana de sus sueños deshojados. No es elegante pregonar una ética que no es capaz de ejercer. Si, después de todo - de las cuentas erradas, de la aspera desilusión de las cuentas que dieron bien -, no saldrá de sí y nadie saldrá nunca de sí, y atisbamos la idea de que es el ser (el alma, la mente, etc) no sólo el recipiente, sino también el creador (artífice y demiurgo) de todo lo que nos pasa, entonces es fácil comprender que una sensación tan bruta como el amor (y todas sus secuelas) no son más que productos nuestros, ideas nuestras. J. es una mujer, se dice. Se mira al espejo, y se dice: Yo la he cargado de símbolos: he colgado de ella debilidades mías, miedos, sueños, anhelos, vestigios de mis fracasos. Y ahora, que me falta, no puedo soportar su ausencia. Y ahora, cuando regresa en su modalidad bestial de nostalgia, arden mil cosas dentro mío que vinculé torpemente a su figura. Fui yo quien la subjetivó: soy yo quien debería restituirla a su humanidad (desacralizarla). Bastaría con darle a cada cosa su nombre. Asumir mis demonios y mis fantasmas; quebrar los intercesores y penetrar en las representaciones de mis abismos que mis abismos escenificaron en lo distritos menos protegidos de mi vida abismada. Si logro destruir este Babel, haré de J. un cuerpo – una imagen – por completo inofensiva. No he sido cauto. He amado. Y como todo enamorado, no tenía razón.
D. se dice todo esto, pero esa noche tampoco duerme bien.
*


love letter; nick cave

si he visto un video más triste,

no lo recuerdo...

23.8.06

fin

octava manera de terminar Infimos Urbanos,
en el hipotético (e imposible) caso de que esto pudiese - alguna vez, de algún modo - terminar


(...) y esta es la historia. Si significa algo o no, yo no lo sé (en todo caso, la historia debería haberlo dicho). Si yo llegué hasta aquí fue buscando excusas. Si dije todas estas cosas fue precisamente huyendo de su significado. Solo pude contar la historia porque me sabía las palabras.

21.8.06

sense




Encuentra, en uno de los cajones del escritorio por los que ya no pasa, una libreta. La abre en un lugar cualquiera, y lee:
...
Yo busco un sentido.
Lo que hago en el silencio (este diario, esta novela, esos poemas ilegibles, esa prosa abrupta) y lo que hago fuera del silencio (mi vida) es la incesante búsqueda de sentido.
...
Levanta la vista y piensa: han pasado 5 años, y todavía estoy de acuerdo conmigo.
Toma la lapicera - es de otro color -, y agrega, a un costado:
...
Lo que es claro es que no tengo nada que ver con la respuesta.

19.8.06

short story

"
Un niño tenía una amiga imaginaria. La llevó a la playa y jugaron juntos en el mar. Un hombre salió del agua y se la llevó. A la mañana siguiente, la marea arrojó a la playa el cuerpo de una niña.
Tenía los puños cerrados, y en las manos tenía arena.
"
Sarah Kane
de la obra poética/teatral Crave

18.8.06

notificación al pelandrún promedio

Queda certificado por la presente que J. no existe (salvo en el orden - etéreo y nebuloso - de la ficción), D. tampoco existe. Aquel que dice YO casi existe, y Debret Viana existe, pero como si le pesara - y sus cosas solo vagamente se orillan a la penumbra ritual de Infimos Urbanos). Se insiste en esto: Infimos Urbanos, mayormente, es una obra de ficción (rota, fragmentaria, lindando con la catástrofe; pero literatura al fin: si se prefiere: diario de literaturas náufragas).
Se agradece desde ya que no se le acerquen consuelos, condenas, cánticos reprobatorios ni amables frases de contención al autor por las supuestas penas que atraviesa ese que dice YO: no es muy sano consolar al autor por las penas de sus personajes ni crucificarlo por los delitos anímicos en que aquellos incurrieren.
Sería - si disculpan la bruta analogía - como mandar a la horca a Dostoievski porque Raskolnicov serruchó a una vieja.
*
El autor asume el riesgo de decir YO: la profunda violencia de la despersonalización que esto implica, y la marejada de lecturas que lo obligan, de tanto en tanto, a responder por sus personajes. No significa que le guste, ni que no se canse. Sea, al margen, toda intervención estética bienvenida
El autor asume el riesgo de decir YO: este sinuoso manifiesto no implica una desvinculación - ni ética ni estética - con las cosas que acontezcan en el blog; simplemente se señala que todo lo que hay de relevante - llegado el caso - es una expresión estetizada, a veces orquestada en forma de cuento, a veces de fragmento; y el que habla es - siempre - una máscara (más o menos hermética, según el cansancio, la fragilidad, la profundiad de la noche, la inmediata pericia en la manipulación del lenguaje, la situación climática de la ciudad, el índice merval, etc).
El autor asume el riesgo de decir YO: pero nunca deja de ser una delicada falsificación.
El autor asume el riesgo de decir YO: porque es casi como decir nada.
la dirección
____
nota de Debret Viana: por supuesto que el Yo es el que está en permanente riesgo, porque la escritura lo tuerce, lo disgrega, lo fuerza a enfrentarse: en una palabra, lo obliga a un tiempo a ser (puesto que es la materia de todo) y a silenciarse (desaparecerse) en prosa;
el yo debe ejercerse mientras pone en escena su desaparición;
pero no de una manera literal, sino apenas metafísica, simbólica.

16.8.06

ego-trip

el amputado, amordazado en la penumbra azul de la pantalla, identifica el ojo del lector y entonces - por fin - dice:

Reconozco haber sido, en buena parte, el detective de mi travesía. Para eso, tuve que desdoblarme. Para poder investigarme, tuve que volverme otro. La transformación no tiene mis méritos: amputado como estaba, me era intratable ser el mismo de siempre. Vuelto otro (por brutalidad, por mutilación) vi los días del pasado como pertenecientes a otro. Así, me volví el arqueólogo de esa vida. Los últimos años estuve compilando rastros que me permitiesen comprender qué fue lo que ocurrió entonces – qué le sucedió a ese cuerpo que fui para volverse esto que soy ahora (hermenéutica) -. Fue así que mi vida dejó de participar del presente.
Es preciso que se comprenda esto. Mi vida al lado de J. sucedió rodeada de un aura extraño, onírico. La única manera en que podía yo vivir esos momentos junto a ella, era privándome de reflexionar sobre ellos
[1]. Viví – exactamente al revés que como vivo ahora – en el puro presente. De allí que no haya podido entender lo que pasó. Y que hoy entienda, tal vez, que este período (de ruptura, de crisis, de soledad: la escritura) sea el complemento necesario – en otras palabras, el costo – de aquella otra época.

*

[1] Si yo me hubiese detenido a pensar en las cosas que pasaban mientras pasaban, inmediatamente hubiese sido excluido de ellas. De todos modos, el vértigo y la fascinación que esa vida tenían nunca me hubiesen permitido esa grieta.

13.8.06

reincidencias

…seguir diciendo lo mismo en otra parte (acaso como yo, como aquí: cada vez con menos fuerza, cada vez con mayor monotonía). Lo más probable es que comience otro página (otro ritual) y allí reincida en los motivos ya inaugurados.
Yo, indigno de la prosa – indigno de la novela – tristemente recaigo en el fragmento: es como si las heridas metafísicas de mi alma (de mi ego) se exhibieran como los espacios blancos en la hoja, tajando e impidiendo la unidad, el texto, la catarsis definitiva, la que me deje, de una vez y para siempre, seco de mí (de mi pasado).

11.8.06

cuento (replay)




Moonslavery

"El objeto último de todo relato, al fin de cuentas,
es despertar a otra vida"
El llanto; César Aira
.

I
Miro mis manos, tendidas en la nada. Busco mi rostro en el espejo, como si no fuera a encontrarlo otra vez en su exacto sitio, como siempre: decepcionante, ajeno. Había llegado hasta aquí preguntándome: ¿de qué lado del vidrio estoy? Ahora, me pregunto: si despedazándome accediera a la verdad, ¿elegiría despedazarme?

II
No.
No, y sin embargo los pasos que doy por las horas de los meses no sé si son otra cosa, si tienen otro nombre.
III
Yo quisiera que ningún viento corriese los velos que me dividen del mundo. Yo aprendería a darles colores, a torcerlos hacia mi goce. Tal vez, incluso a compartirlos (aunque no importaría). Creo que todos mis esfuerzos literarios son minuciosos granos de arena en la sensible arquitectura de la fibra de esos velos. Si yo viera el mundo, las cosas sin ellos, si nada mediara entre el mundo, las cosas y yo, me desintegraría al instante.

IV
Si repaso el curso del tiempo a través de mi cuerpo, veo que he pasado mis horas dinamitando las paredes del teatro. Y añorando cada trozo que quiebro: aquella época feliz en que yo vivía como si estuviese viviendo, sin teatro, sin el peso de mí mismo sobre mí, porque no había palpado todavía ninguna de las cuatro paredes, ni las había rasgado. Y no sabía qué cosa era la felicidad ni que sabor tenía el naufragio. Ni este escenario.

V
Me arrepiento todavía de haber derribado - hace tanto tanto tiempo - uno de los muros. Porque no soy suicida, tuve fuerzas para hundir sólo uno de los muros. No hubiera sobrevivido otra demolición (los muros del teatro solamente caen hacia adentro: se derraman en el escenario, lo sepultan). Hoy mismo no hago más que excéntricos y complicados malabares para impedir que caigan los muros restantes. La cosas inertes del mundo se posan en las paredes, como manchas de humedad. Poco a poco, los muros enflaquecen. Y llegará el día. Un día en el que habrán de filtrarse todas las verdades juntas: el embrabecido tumulto del ocaso.
VI
Como dije, yo trato de sostener los muros (no es sencillo: cuando abrazo uno, el otro - o a veces los otros dos - tambalean frenéticamente y tengo que sostenerlos, con lo que sea, con lo que tenga a mano, con lo único que me queda, con libros, trancándolos con pilas de libros ajenos, levantando con ellos otro muro enfrente del muro para que repose). Me esfuerzo en hacer lo único que puedo: creer en las cosas que escribo. Y escribir, por supuesto: necesito más palabras para usar como muletas, para retrasar el desmoronamiento del muro. Los libros ajenos me han sido útiles, pero ya no toleran la levedad de los muros del teatro y se han vuelto otro muro, un muro tambaleante delante de cada frágil muro del teatro. Las paredes se me acercan, y yo necesito escribir porque necesito material para sostener tantos muros heridos. Tapo los huecos de los muros con las páginas que escribo. Lo que me queda ya es esto: hacer parches. Con mi tinta tengo que producir parches. Pero yo sé que voy tejiendo lentamente el sutil material de mi reino. Me dirán que es una fuga. Puede que lo sea. Tengo algunas ventanas, y entre el hueco del murmullo de las hojas otoñales, ví piezas sueltas del mundo, de las cosas. No sé si queda por hacer algo más noble que huir hacia el sueño.
...
Y no a cualquier nebulosa onírica, sino al sueño ladrillo por ladrillo labrado.

VII
Me dirán que es una fuga. Puede que lo sea. Pero yo no tengo la entrada a ese reino: creo, con mi tinta, la magia que me absolvería, pero que me excluye: yo no puedo habitarla, no puedo entrar allí. Levanto mi sueño con paciencia, lo edifico con destreza de relojero; y sin embargo, me rehuye, me es inaccesible. El propio silencio con el que labro mi obra me expulsa: no sé cómo penetarlo; todavía.
VIII
¿Por qué? Me pregunto: ¿por qué? Me pregunto: ¿es que la literatura siempre es para otro? ¿es que mi letra es el signo de mi fracaso, la marea densa de mis sueños muertos, sepulcro de la vida que no supe hacer y sólo cuando llega a otro puede darse como consuelo, como cosa viva, como una puta? No sé. Me pregunto muchas cosas, pero tengo que seguir escribiendo.

IX
Me dirán que es una fuga. Lo es. Al menos: quisiera serlo. Está muy bien quedarse, resistir. Debe ser una tarea ardua, debe compensar a quien la emprenda. Pero que lo haga otro. La vigilia es un territorio hostil.

X
( capítulo no encontrado )

XI
Tengo que pensar esto: Mi tinta los gusanos suaves que el devaneo de mi prosa mece, en un lento devenir en seda.
Hacia el imperio ficticio donde yo pueda rendirme: un imperio de velos que alcancen el justo color de mi goce para que yo pueda mirar a través de ellos, para que todo sea en ese lugar como si fuese visto a través de esa liviana seda. Si no pienso así, me hundo.

XII
Me aturden periódicos, amantes, cuentas, relojes, corbatas, antibióticos y úlceras. No sé cuánto tiempo pueda quedarme, pero me consuela la vaga esperanza de que cuando todo se desmorone, yo ya haya logrado pasar al otro lado del espejo.

...
2005

10.8.06

blame the desert your dry heart

Había un trampa.


Mucho más tarde lee la frase "Y, a decir verdad, algo así fue" y comprende: hay una trampa. Era relegar la responsabilidad de todo el declive al desierto (a su paisaje agobiante, su clima de hastío, los acompañantes del camino, la imposiblidad de divisar ni una ruta ni un lugar dónde llegar, donde descansar, todo eso, el desierto).
Quien derrama su pena sobre la hoja ansía vaciarse; quien lo hace en forma de prosa, en forma de diario, lo que busca es una coartada.

Había que terminar con estos temas - que nunca terminan -. Y como los poemas de Valery - que nunca terminan - hay que hacer lo único que se puede hacer: abandonarlos. Pero no quiere escribir la frase (por pudor): Tengo que dejar de escribir sobre nosotros. Sabe que en el fondo, siempre escribe sobre él mismo. Y que los fracasos circunstanciales por los que su prosa va pasando son apenas la manifestación concreta de una bruma intangible y esencial que circunda su existencia.


Pero hay que dejar de escribir sobre estas cosas.


*



8.8.06

escribir

"
El diario no es esencialmente confesión, relato de sí mismo. Es un memorial. ¿Qué debe recordar el escritor? Debe recordarse a sí mismo, al que es cuando no escribe, cuando vive la vida cotidiana, cuando está vivo y verdadero y no moribundo y sin verdad. Pero el medio que utiliza para recordarse a sí mismo es, cosa extraña, el elemento mismo del olvido: escribir.
"

Maurice Blanchot
de La soledad esencial
en" El espacio literario"

5.8.06

aniversario distante - (emotional musical report)

D. se agotaba, dando vueltas entre las sábanas del insomnio. La noche afuera era del invierno: caminarla costaba el cuerpo. La noche adentro era de la nostalgia: respirarla estremecía el alma. Sacó cuentas, y se quedó en su habitación. Las palabras, pensó, para una fragancia tan inquieta, tan brusca como esta, están demás. Será mejor buscarle la melodía que sepa acompañar esta exacta pena. Revolvió discos, eligió minuciosamente con qué se iba a dejar doler esa madrugada.
________
Esa noche, en otra parte de la ciudad, algo que había pertenecido a su vida (por supuesto: a su pasado) cumplía años, y lo celebraba - futil ceremonia -. Eso le hizo pensar que todavía había cosas que vivían. Pero la idea le llegaba como un vago rumor, que tímidamente se perdía enredado entre las notas de sus músicas para llorar.
Y también le hizo pensar que, ya que había un aniversario (la marca de las cosas que siguen) era lícito, por una vez, sangrar los recuerdos.
::


no te puedo olvidar - falú

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seasick yet still dock (live)- morrisey

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de barro - goyeneche

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la´avventura - legiao urbana

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dance me to the end of love - Leonard Cohen

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to wish impossible things - the cure

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bagatelle - spinetta

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me tenés podrido - fontova

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desde que te perdí - johansen

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para cubrir la ausencia - debret viana (instrumental)

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un barco un poco - calamaro

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mesmo sozinho - titas (nando reis)

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los pájaros perdidos - piazzola

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la baba por ti - maslíah

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i´ll wait & pray - coltrane

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perfect - billy corgan

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people ain´t no good - nick cave

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before three - the cure

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you are a big girl now - dylan

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chau... no va más - goyeneche

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casero - momento etéreo/poético de alto vuelo

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y sin embargo (vivo) - sabina

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fotos de tokio - pedro aznar

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*
(amanece)
vento no litoral - renato russo

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_______________
este post se autodestruirá en una semana:
no conviene diseminar los rastros de una mala noche

1.8.06

principio estético número 7

"
(…) se dice una cosa no porque sea verdadera, sino porque sentimos placer en decirla, y la escuchamos con nuestra propia voz, como si procediese de alguien ajeno a nosotros mismos.

"
Proust
en busca del tiempo perdido
(del lado de Swann)

30.7.06

secreto




Si alguien quiere guardar un secreto que aprenda a mentir (tarareo de la Pequeña Orquesta Reincidentes, mientras cruzo, ebrio de melancolía, la madrugada, ) Callar no sirve para nada: callar denuncia que hay algo que no se está diciendo: instala la sospecha. Además, para callar (para callar bien) hay que hacer algo. Uno no puede callar simplemente. Tiene que sustituir lo que no dice con algo más que el silencio, porque el silencio ocupa mucho espacio y se delata solo, y al final es como colocarse un énfasis. Hay que hacer algo: estudiar abogacía, ponerse un kiosko, tener un hijo; lo que sea: hay que parecer ocupado. Yo no tuve más remedio que perfeccionar la mentira: escribir este libro. Si escribo este libro – y digo estas cosas – es porque hay cosas que no quiero decir (tal vez una sola). Escribir es una coartada.

___________

el cuadro: Asesino en la alameda;
de Munch

28.7.06

frases para repetir frente al espejo

Me tocó en suerte una época extraña. Cuando es tarde, y entro en una habitación donde hay gente, en lugar de decir "Quisiera morir", hago un gesto civilizado, y digo "Buenas noches".

26.7.06

religión


La ausencia es el principio del mito. Fue necesario que se pierda (se evapore, se eleve, se oculte) el cuerpo del Cristo para hacer de él una Historia (literatura).
No es algo diferente lo que yo hago con los rumores de mis amantes perdidas, hechos de un viento - frígido, gélido - que parece que habla, que está a punto de hablar; y su discurso es como una música blanda, donde la Conciencia derrama sus cavernosas tinieblas y - casi - abre la máscara y delata las apariencias cómodas de mi cuerpo diurno.

La religión es inclinarse sufridamente ante una ausencia alucinada (idealizada), apretando contra el pecho una nostalgia hipotética de cosas que nunca pasaron.

Necesitamos refugiarnos bajo una trama superior. La religión nos ofrece el amparo de una estructura donde insertarnos. Si entramos en ella, estaremos “colocados”, no ya “a la deriva”, solos. No tan popular como el cristianismo, yo me someto a la religión de la nostalgia – la de La Amante Perdida (que es la pena contemporánea donde la angustia metafísica reposa estos días su eternidad) -. Las cosas que digo sobre ella son el evangelio. Las cosas que digo de mí son la oración, - mi plegaria-.

_______________

el cuadro:
Monje a la orilla del mar; Friedrich

24.7.06

Infimos Urbanos; una definición

Detritus
"
Es una parodia al mismo tiempo que una palinodia del arte y de la historia del arte, una parodia de la cultura por ella misma en forma de venganza, característica de la desilusión radical. Es como si el arte, como si la historia, hicieran sus propios basureros y buscaran su redención en los detritus.
"



Baudrillard

23.7.06

aunque

" Yo no soy la clase de persona que diría esto "
*


NO - pequeña orquesta reincidentes

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22.7.06

especulaciones autorreflexivas sobre la ausencia de J.

y es entonces un personaje de novela, un mutilado, un amputado
que se presenta en medio del escenario
y dice:



farsa


A las preguntas “¿por qué tantas palabras?” y “¿por qué no me pego un tiro?” he de decir:

Quiero sentir una vez la pasión en mi vida. Quiero una pena literaria, un amor (un dolor) que amerite una novela. Yo nunca amé a nadie. No busqué las mujeres que deseé (preferí verlas partir, atesorar su imagen): acepté las que fueron llegando; no supe decir que no a las que se quedaban: mi amor tenía la forma de la costumbre. Fui el amado; y no lo fui por virtudes mías, sino apenas porque no supe querer ni supe impedir que me quisieran (aun cuando tantas veces fue una carga). Nunca sufrí penas románticas: abandoné y fui abandonado sin que se trastornasen ni mi salud, ni mi conciencia, ni mi sueño. Entendí que la variedad de cuerpos donde el goce puede educarse, además de guardar una fragancia a tibio vértigo, tenía también un consuelo inmediato para cualquier desatino. La diferencia (la vanidad de la unicidad) inscripta en cada mujer era lo que me llamaba: esa diferencia me seducía como seduce una sirena, pero no me capturaba: por más fascinado que estuviese mi cuerpo – por más apresado – pronto se rendía cautivo del un nuevo canto de una sirena distante; la belleza siempre me ha parecido una condición de la distancia. Lo que me quedaba cerca me hastiaba; tal vez porque yo lo había tocado, (lo había mancillado).
Incluso J.

*

la máscara es el rostro



Al final de cuentas, este diario es – sí – una farsa. Pero que sea una farsa no implica que sea falso. Incluye la parodia de mí mismo. La tematización de mi perversión. Además, a medida que avanzo en la trama – en D., en J., en mí mismo – me voy creyendo la historia. Y la llego a extrañar de verdad, con toda la carne de la noche.
Quiero arder en este cuaderno. Que no haya sentido las cosas antes no me impide sentirlas ahora (sentirlas como ideas, como pensamiento). Decidí dejar de vivir: petrificarme en la ausencia de J. Si ella estuviese conmigo, mi amor sería imposible: se rompería de inmediato porque mi ansia es divina y J., terrestre. Pero su ausencia es celestial (fantasmática); a través de su falta me puedo contactar con todas las hipotéticas emociones que mi hastío me impidió. Necesito vaciar mi alma en las posibilidades de esta distancia. Lo que perdí – lo que no viví a tiempo – quiero que llueva sobre mí, que me asfixie de insomnio, que me destroce las puntas de las plumas convulsionadas sobre el cuaderno.
Por eso no puedo pegarme un tiro. Un tiro es el final de la farsa, es el territorio de la verdad. Y la verdad es, como lo exhiben Unamuno o Antonioni, una cuestión democrática. La verdad es siempre la verdad de los otros. Yo elijo sostenerme dentro de la farsa, porque solo allí puedo mirar el rostro terrible de las cosas, puedo enfrentar el vacío que impera sobre mi vida, mis días, mis cosas. Sólo allí se construye, con cada episodio, el paisaje cierto de mi alma, que se busca y se lastima para descubrirse y parirse en un mismo y sangriento acto.

No me divierto. No lo hago como un demiurgo que conduce los hilos de la trama: lo hago como un personaje de novela que no sabe que está en una novela, y padece los caprichos del destino, sometido a los vaivenes de la literatura.

*



y después las luces bajan
y detrás ya no queda nadie (palpable oscuridad)
como quien ha dado vuelta una hoja de un libro
y la encuentra vacía



21.7.06

súcubos




*



El problema de decir yo es que inmediatamente el otro (el oyente, el espectador, el lector) se transforma en un proyecto de psicólogo, una máquina interpretante atenta a reconocer en mi discurso (mis cosas no dichas, mis titubeos, mis énfasis, mis repeticiones, mi adjetivación) los signos de la verdad que yo – sabiéndola o no – oculto; me vuelvo – con mi lenguaje – un cadáver pronto a su autopsia: todo lo que dije me traiciona: empieza a ser el instrumento con el cual soy abierto (cortado, mutilado, despedazado) para que, observando las partes sueltas de mí mismo, puedan comprender – rompiéndola - cómo funcionaba la maquinaria.
Decir
yo es comenzar una novela policial.



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10.7.06

la imagen delata la nada (de la que la palabra es una coartada, una repetición distractiva)

la memoria


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Lo que precisamente Debret Viana no tiene - justo ahora, justo aquí - son palabras. Las que tenía ya no le sirven para decirse (para seducir, para reclamar lo único: ser querido); las que tenía solamente reiteran los juegos antiguos. Las actuales, las que quedan, se agotan entre las páginas de una novela que se bifurca, que deambula nocturnamente detrás de sus párpados, todo el día. Si alguna le sobra, la usa para comprar algo en el supermercado, o atender el teléfono (esas palabras son un lujo: no siempre las puede costear).
En un período tan seco, lo que sobran son imagenes. No es Infimos Urbanos el lugar para dejar que caigan, pero al menos es preciso dejar el aviso: hay fotografías que dicen lo que por ahora no tiene palabras: se cuelgan (ahora sí) aquí: Anatomía de los pasos solo. Adolescen de un caracter abstracto, desencarnado. Es justo por eso que hablan (que gritan). Son muchas - asfixiantes -; y de a poco las iré arrimando. Resulta necesario parir un nuevo vínculo con la palabra: creo que a través de espectros es un buen camino.


*



4.7.06

historia de amor lejana



"
Una vez un hombre y una mujer, profundamente enamorados uno del otro, no tenían sino su amor en sus cabezas. ¿Qué pasó entonces? Alguna cosa insignificante le hizo tomar aversión por esa existencia y (la mujer) partió, dejando este poema escrito sobre un objeto:



Si me alejo
Es porque mi corazón es volátil,
Se dirá.
Más es porque el ánimo de los esposos
El mundo no conoce.




Escrito que hubo esos versos, ella partió. Al ver aquellas palabras (dejadas por su mujer), el hombre no lograba recordar qué cosa la había podido herir tanto, y lloró amargamente. Fue hastael portal para ver hacia qué dirección había ido, miró a la derecha y a la izquierda, pero no la divisó. Entonces entró, y compuso estos versos:




Sin ningún valor
Era nuestra relación.
¿Durante meses y años
He vivido yo
en una falsa unión?




Permaneció con los ojos perdidos en el vacío, luego escribió:



Mi mujer...pues bien...
¿Pensará ella en mí?
Por mi parte,
Su imagen tan bella
De mi vista no se aparta.




Mucho tiempo después, la mujer pensaba (en el pasado) y se sentía desdichada. Le envió al hombre esto:




Ahora (ya es tarde)
Pero, semillas
De hierba del olvido
En vuestro corazón
Quisiera no haber sembrado.



El respondió:




Si al menos supieras
Que haces crecer (en tu corazón)
La hierba del olvido
Sabría que me amabas.



Entonces sus relaciones fueron todavía mejores que en el pasado. El hombre:




¿Ella no me olvidará?
Piensa mi corazón
Preso por la duda.
Más que en el pasado
Yo estoy apenado.



Ella contestó:



Las nubes
que se elevan en el cielo
No dejan rastro.
Así como ellas yo
Cosa efímera soy.




Así se hablaban entre ellos. Sin embargo, como cada uno por su lado se había unido con otra persona, volvieron a ser mutuamente extraños.

"
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cuento XXI de Los Cuentos de Ise,
de Ariwara No Narihira
(siglo X)




1.7.06

Paréntesis mundial: a por el suicidio de Pekerman



Infimos Urbanos abandona la poesía, la densa prosa, el hedor a sombra y muerte, la interlocución de la soledad y demás pavadas para meterse
por una vez,
en un tema importante

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URGENTE




Debret Viana, y la administración de Infimos urbanos, lanzan un plebiscito que pretende hacer un uso justo y atemperado de las potencias de la democracia, tan dormidas y desfallencientes en un país mecido por la apatía, la pasividad.



Se ruega a todo aquel que piense que la derrota del equipo argentino - y su consecuente eliminación de la copa del mundo - se han dado GRACIAS a la participación inequívoca de la COBARDÏA e INCAPACIDAD (táctica, estratégica, conceptual, mental, lógica) de su director técnico, Pekerman, que a su vez es el responsable determinante de la prematuro hundimiento del equipo argentino, que tuvo que lidiar con un técnico que fraguaba todos los méritos que el talento individual lograba producir (méritos que le permitieron acceder hasta los cuartos de final A PESAR de las abominables intervenciones del Hombre Peker); y que por ende les parezca sensato reclamar el SUICIDIO del ya nombrado entrenador bajo los cargos de TRAICION a una TRADICION futbolística ESTËTICA y OFENSIVA, - y no la mariconeada con la que se empecinó en insistir- envíen un correo electrónico a





Si se llega a la cifra de 500.000 firmantes, habremos de pedir, ante el estado nacional, que se haga efectivo al SUICIDIO inmediato del Hombre Peker. Se trata de una medida por completo democrática, que, entendemos, habrá de favorecer la estética del fútbol que este señor, con su deplorable uso del coraje, ha mancillado.



Gracias a un superlativo esfuerzo de producción estos mails serán contabilizados por mecanismos de alta tecnología, compuestos por dos monos, un adoquín y 47 belgas en bermudas.


Para reconstituir la imagen de un fútbol nacional bello es IMPRESCINDIBLE la aniquilación de un señor (el Hombre Peker) que ha conseguido malograr la potencialidad de la materia prima que tuvo a disposición, produciendo un espectáculo VERGONZOSO para cualquier amante del buen fobal.





Se agradece la colaboración de los participantes.



Todo sea porque la belleza del fútbol no quede demacrada por las mezquindades de la cobardía

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Debret Viana

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