25.3.09
leer de noche (los azares como destino)
12.3.09
bis
9.3.09
longest bed death speech
5.3.09
.
24.2.09
una observación sobre la posmodernidad
-
Así al principio, claro. Cuando el invento no podía aun esconder su costo, su fase siniestra. Ahora, la era de la digitalización silencia todas las aristas de lo monstruoso (toda figura disimula su puñal) mientras entramos suntuosamente al banquete y nos colocamos, con sutil elegancia, sobre el plato.
6.1.09
navegar impreciso

*
31.12.08
27.12.08
leyendo, al menos
A ti también te interesó el mundo. Fue hace mucho tiempo; te pido que lo recuerdes. Te pido que te remontes a ese preciso momento. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Acuérdate: el agua estaba fría.
Ahora estás lejos de la orilla: ¡ah, sí, qué lejos estás de la orilla! Durante mucho tiempo has creído en la existencia de otra orilla; ya no. Sin embargo, sigues nadando, y con cada movimiento estás más cerca de ahogarte. Te asfixias, te arden los pulmones. El agua te parece cada vez ás fría, y sobre todo cada vez amarga. Ya no eres tan joven. Ahora vas a morir. No pasa nada. Estoy ahí. No voy a abandonarte. Sigue leyendo.
Michel Houellebecq
ampliación del ampo de batalla
6.10.08
un poco de violencia
La cosa es que te detesto. Que quisiera matarte. Espero que no notifiques a las autoridades respecto de mis promesas. Soy un escritor. No hago las cosas; las digo. Me basta con escribir que quiero matarte para no tener que hacerlo. Así es como si de algún modo, en algún lugar (platónico, etéreo, figurativo) tu asesinato sucediera y me aliviara.
Si me callara… ahí sí tendrías de qué preocuparte.
2.10.08
escribir
12.9.08
time-traveling
I
Pasan los meses, no me responde. Rara reversibilidad de un contacto en el tiempo. No sabré cuál fue la frontera que cruzamos. Ni cuándo, ni qué particular circunstancia nos dejó el uno del otro lado del otro, ni si algo pudo hacerse para diferir los pasos por el túnel del tiempo, el deslinde.
II
La pasión sintética de lo urbano. La ciudad borra esas marcas en su afán profiláctico y su entusiasmo higiénico. Sucedemos sobre una superficie amnésica
(incluso tu piel ha de olvidarme, y a mis dedos y mi boca)
El frío y la soledad, retienen.
(¿evanescencia de los rastros de la vida en las ciudades; memoria inútil de los desiertos y las altas montañas, teatro de fantasmas aferrados a una narración para nadie?
Tal vez)
III
4.9.08
1.9.08
para responder a la pregunta: ¿de qué está hecha la tinta?

Cada vez me parece más esto: que, mientras escribo, la tinta se mueve debajo de mi lapicera como patas de una araña que huye de un peligro fatal, pero huye mal, torpemente: sin todas sus patas, a los tumbos. Me espanto de esto, pero no tiene caso: todavía hago algún intento por huir pero sé que es un gesto vano, para la audiencia - hago gestos bruscos, corro en círculos; corroboro los tics de de la desesperación -; al final, ya sé que el hilo por el cual corre termina en mí, bajo mi mano.
29.8.08
Contrato
Cuando uno se convierte en escritor, justo cuando le hacen la entrega de la lapicera y un mapa con los universos que casi pudieron haber sido, es forzado a firmar un contrato por el cual se compromete a utilizar la palabra para otra cosa que no sea nombrar incesantemente a la mujer que falta.
El precio a pagar, en caso de que no se cumpliese con el contrato es fatal. El escritor es castigado con la credibilidad: sus lectores le creen demasiado. Se compadecen de él, se identifican, practican la lástima o la empatía. Pronto, el escritor pierde su derecho a la ficción, y todo lo que escriba quedará simplificado en las estanterías de testimonios.
28.8.08
apuntes sobre el sueño
Soñar; vislumbrar algo en esa cerradura de la que la vigilia es el laberinto circular.
Prefiguración imposible de un sentido, lejano y jeroglífico; aunque más no sea para distraernos del sinsentido cotidiano, inmediato, monótono.
La vida: detritus del ideal.
25.8.08
//
Con el hilo del tono del teléfono me estrangulo hasta dos pasos antes de la asfixia, para deslindarme por fin de la vigilia, y tolerar la noche en el dormir. Y sueño con serpientes, y con cabinas de teléfono en el desierto, sonando inútilmente para nadie, con un mensaje crucial que ha de perderse, y sueño con el hilo de Ariadna enredado y pegajoso, como una telaraña y sueño con líneas invisibles que recorren las llamadas hechas desde mi teléfono celular, urdiendo, junto con los pájaros, el mapa terrible de algo que sería definitivo para mí si supiese verlo, pero no veo y sueño que tal vez cuando me tropiece la próxima vez sea con una de estas líneas, y sin embargo siga mi vida sin percatarme de que, en la otra punta, tal vez he movido – un poco, tenuemente – a alguien junto a quien pude haber sonreído durante un rato de un atardecer, y que, aunque sintió un tirón en el codo, no le da mayor importancia, asume que habrá sido un transeúnte apurado, y sigue leyendo el diario, o mirando a través de una ventana u otra cosa, o no.
Y si despierto es ya para un día que prescindiría de mí a no ser por la cuenta de teléfono por pagar, y la vana decodificación de símbolos inútiles que provee la noche para dramatizar el día, su insipidez.
(Otra vez la noche, la venganza del día.)
11.8.08
ad noctum
1
- Hay, a veces, rendijas entre los ladrillos mal ensamblados de una pared. Si miro por una de estas grietas, puede que, alguna vez, te vea. Pero no de otra manera.
Pero no.
Eso sería
real;
y yo no tengo con qué escribir sobre la realidad. Le daré
1.8.08
25.6.08
una elipsis
23.6.08
20.6.08
escribir
17.6.08
micro-relato
Ya son muchas las veces que dije que no jugaba más. Pero es inútil; mis declamaciones son pasos de comedia. No me toman en serio: alegan que todo lo que digo son ardides para perpetuar mi lugar en el juego. Tengo que quedarme así, mirando para atrás, velando cada cosa. Agoto el privilegio de ser real vigilando el sigiloso advenimiento de lo que pendula en el silencio. Si me doy vuelta, se mueven, avanzan sinuosamente desde los rincones de sombra, progresan a través del territorio indómito que se abre detrás de mi espalda.
Apenas son discernibles los pasos de los movimientos. Diminutas monedas de rara seda: inaudibles; sé de ellas que cambian el aire del ambiente con su aliento rumiante: así siento su cercanía; me quedo quieto, expectante, pero nunca confirmo nada: mi inmovilidad los disuade. Pero el tiempo cede y mi atención me deja cansado. Es inevitable que, eventualmente, alguno toque mi espalda y yo pase al otro lado del juego.
El silencio es el regreso de algo.
Algo regresa en el silencio.
16.6.08
madrugada, biblioteca; vagabundeo
11.6.08
late afternoon dream view
6.6.08
Hiroshima, mon amour, amen
*
Abro mi alma – mi interioridad, mi vacuidad – con estas palabras como una ciudad devastada por el desastre organiza un tour para que los turistas puedan recorrer el espectáculo de las ruinas, la frescura del sufrimiento.
( La literatura, memoria turística del desmoronamiento, instantáneo museo de Pompeya después del Vesubio pulcro del aburrimiento burgués, espectáculo del horror donde cada página es un sudario que abulta letras como piedras contadas en un reality show que enumera las fracciones de la realidad después del sismo, disneylandia patética de las tripas afuera, oscuro hilo de tinta hilvanado en el ocaso con el humo de la hoguera de las fosas comunes, ceniza oracular en hileras prolijas, apretadas por tapas de un libro que al cerrarse tiene de funeral sólo el sonido final del ataúd, simulacros vanidosos de un big crunch espiritual, que no pasa de indigestión, lluvia sobre el polvo de piedras de lápidas quebradas que mañana serán viento o río, y la misma lluvia. )
Oh literatura: concede la dádiva del sentido – una dirección, una música - a cambio de montar el show de mi lento derrumbe.
4.6.08
ganz endere
por mi pierna. cuando lo busco
se ha mimetizado: tiene
los colores de mi pierna, lo
confundo - con los días - con
mi pierna;
anida
en mí. Pronto
- no sabré cuando -
me reemplazará.
(así le pasó a mi madre; casi
no notamos la diferencia).
2.6.08
d´automne
Sobre los párpados el ronroneo del tibio sol otoñal, un día claro.
*
Levanto un pétalo roto del piso, que cayó de las flores que vende un peruano en la esquina. Lo pongo sobre esta hoja (antes, en la palma de mi mano – tan pálida que el fulgor del rojo del pétalo se recorta mejor – donde la miro y la miro, y pruebo su textura con mis dedos, y siento sus rugosidades, sus pliegues, y descubro sus matices y sueño con dormir arropado con sábanas de esa levedad y ese matiz, para que el simple roce me haga suspirar el influjo cansino de mis cosas soñadas – allí, en el reverso de la monotonía de la vigilia – como se exhalan las lentas cosas que resigna un cuerpo hastiado de tiempo.
Días más tarde, errando por el cuaderno, encuentro este texto. Cuando doy vuelta la página, está el pétalo. Completamente negro. La oscuridad de la tinta de mi lapicera. Si me alejo, tiene la forma de un hongo. Un hongo nuclear. Tal vez sea un pétalo de la rosa de Hiroshima. Si me acerco, le descubro venas. Son más negras que la tiniebla dispersa por la piel del pétalo derruido. Habrá navegado esos surcos el cáncer del tiempo.