30.5.06

las aguas etéreas

0
Entonces finalmente se inaugura el blog de haikus. Es un proyecto que a Debret Viana apenas le toca apadrinar, pero habrá de conformar un reposo de Infimos Urbanos, un sitio suave, aéreo. Se llamará Las Aguas Etéreas; y todavía está en pañales. Se espera que con Anatomía de los pasos solos, se genere una suerte de maquinaria. Pero toda expectativa es pretenciosa. Al menos sirva este nuevo espacio de excusa que justifique la poca prosa de Debret Viana, ocupadísimo en la delicada construcción del nuevo blog.


principio




1
La vanidad me hace pensar que él sabía que yo era un escritor, que me había leído y por eso me eligió para entregarme su manuscrito. No es algo que pueda saber. Por lo que me consta, pudo haberselo entregado al primer desconocido que encontró. Tal vez mi recepción obedecía a un calculado juego. Tal vez ya estaban coordinados los pasos siguientes, que juzgué míos. Tal vez ni siquiera eran sus versos: ese cuaderno pasaba ritualmente de mano en mano. Esa tarde no cruzamos una sola palabra. Se acercó a mi mesa, dejó junto a la tasa de café su cuadernito de tapas azules, y desapareció. Pensé, en un principio, que era un vendedor de artesanías. El cuadernito me parecía bonito, lo tomé y ví como pasaba junto a la ventana el muchacho, perdiéndose. Abrí el cuaderno, y noté que estaba todo escrito. Una letra apurada, desprolija. Azul. Eran haikus.
2
Después de haber leído los haikus del muchacho, pensé que era un poco injusto que el circuito se acabase así. No sabía su nombre, ni tenía modo de dar con él. Pregunté al mozo: jamás lo había visto. Quedé sin poder replicar sobre su trabajo. Ahí fue cuando se me ocurrió crear un blog, subir sus sutiles ejercicios literarios. Desconozco con qué propósito. Me basta saber que es una bella historia. Prefiero ser el puente de estos versos, que el lugar donde encallan.
3
De los haikus puedo decir que algunos no están mal. La mayoría no obedece a la métrica establecida por el lejano oriente, pero andan cerca. Algunos simplemente parecen aforismos baratos. Pocos cumplen la sentencia de Basho: capturar el aquí y el ahora. Son más de 400 (no los conté). No publicaré todos de inmediato. Guardaré algunos en el cuaderno todavía, y cada tanto iré revelando - y consecuentemente perdiendo - algún otro. No me parece celoso pretender guardarme un par para mí.
*
___________________

28.5.06

génesis del monstruo (la celebridad)




En las últimas semanas, a Debret Viana lo han acusado de:


  • soberbio


  • egocéntrico


  • solemne


  • tanguero


  • vanidoso


  • aburrida y tenebrosamente enciclopédico


  • mujeriego


  • perverso
  • liliputiense mental
  • choto
  • burgués

  • incapaz de vivir


  • quejoso


  • trasnochado


  • complejo


  • autobiográfico


  • preciosista


  • cínico


  • narcisista


  • difícil


  • hinchapelotas


  • elitista


  • oscuro


  • vago


  • malísimo


  • desmesurado


  • irreal


  • lacaniano


  • anarquista


  • caprichoso


  • antirevolucionario


  • vejete


  • absurdo


  • denso


  • bohemio


  • hostil


  • infantil


  • byroniano (ojalá)


  • mimado


  • manipulador


  • (hacerse el) banana (!)


  • manipulador


  • falseador


  • puto


  • esquizofrénico


  • snob


  • obsesivo


  • triste a sueldo


  • amargo


  • carente de compromiso social


  • neurasténico

(si me olvido alguno, sientanse, amables lectores, invitados a colaborar)

________
Fin de etapa:
tercer paso concretado: el monstruo ha sido legitimado socialmente (se habla de él - contradictoria y desmesuradamente; ergo, existe).

27.5.06

juguete

"
Siempre hay un momento en que el calígrafo renuncia al significado de las palabras para ocuparse sólo de su disfraz, y reclama para sí el derecho a no saber nada, a no entender nada, a dibujar serenamente una incompresible lengua extranjera.
"

De Santis
El calígrafo de Voltaire

26.5.06

hemingway al revés

Vano es coordinar las miradas a mi capricho - que tiene voluntades endebles, direcciones furtivas y ansias violentas, infantiles -. No tengo la fuerza como para sostener los márgenes de mi escritura. Los que beban mi tinta después de mí degustarán un color que yo no sentí: lo que sentí es como brisa que despeina el pelo de una manera irrecuperable: mi caligrafía tiene el signo de esa ausencia. Batallar la sentencia de la mirada del otro es una empresa desdichada. Si el lector prefiere, estas cosas me pasaron. Si el lector quiere, cada vez que digo "yo" estoy hablando de mí. Acaso yo sea esta máscara adicta al soliloquio. Al final de cuentas, lo único que se escribe es autobiografía.

____________


las palabras - paez

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25.5.06

el arte la verdad

"
¿Para qué sirven las novelas?
¿Para qué sirven? Hombres hipócritas y perversos - porque sólo ustedes hacen esta ridícula pregunta -, sirve para pintarlos tal como son, individuos orgullosos que quieren sustraerse a la pluma porque temen sus efectos. La novela es, si es posible llamarla así, el cuadro de las costumbres seculares, y tan esencial como la historia para el filósofo que aspira conocer al hombre, porque sólo lo describe cuando se lo permite y entonces ya no es él; la ambición, el orgullo cubren su frente con una máscara que sólo representa esas dos pasiones. La pluma de la novela, al contrario, lo toma desde el interior, lo toma cuando se quita esa máscara y la esboza de una manera más interesante y, al mismo tiempo, mucho más verdadera; esa es la utilidad de las novelas. Ustedes, a los que no les gustan son sólo censores fríos, y se parecen al lisiado que decía "¿para qué se hacen retratos?"
"
SADE
- Ideas sobre la Novela -

21.5.06

3 haikus posmodernos

1
Por la tarde caminé el otoño, y poco más.
2
A pesar del frío (ahora es de noche) abrí la ventana de mi habitación, apoyé los codos. Inclinado hacia la calle, ví el viento mover las hojas secas por la vereda. Sentí que ahí se estaba diciendo todo lo que yo pensaba.
3
Son las tres de la mañana. En el edificio de enfrente se apaga la última luz. La oscuridad la devora de inmediato: ninguna huella resta, salvo en mí. La noche se me hace más honda.

13.5.06

trama

"
Otro pensamiento para llenar las horas, por ejemplo, es este. Las partes más trascendentes en la trama de una vida son silenciosas. Si la vida es un relato, es un relato para otro. Es el contexto (el mundo, la época, los otros) el que genera una idea interpretante, el que labra un código para leer (o traducir) el texto de una vida. Este texto se transforma con el tiempo, va cambiando de significados y su legibilidad no depende de sí. Si es susceptible de mil lecturas, es porque la sumatoria objetiva de los hechos que componen una vida equivale a cero. La vejez – puedo afirmarlo – no es natural. Mediante el vano artificio de la longevidad, un hombre ingresa en territorios que no le pertenecen: incapaz de vivir, y sin muerte que lo libere, puede darse a la perversión de interpretar su propia vida, a intentar comprenderla. No comprenderá nada – porque no tiene los elementos suficientes, y su miopía humana no le permite vislumbrar más que una parcialidad ínfima – pero sí hará muchos relatos, con los que esperará la muerte. Entregarse a estos ejercicios, por supuesto, implica no vivir. Si yo viviese, no tendía tiempo para estudiar mi vida, ni tendría la distancia necesaria como para cuadrarla bajo la ilusión de un sentido.
"


fragmento del cuento: " Néctar de las cosas furtivas "

capítulo XVIII

9.5.06

la memoria (refrito)

En los detalles mínimos, lejanos la delicia:
Honda la madrugada en el monumento a la bandera, en Rosario, hace dos años ya. No sé por qué recupero hoy - distraídamente - estas cosas. Nadie cerca: la noche vacía llena del doble silencio que tiene el suelo repleto de pasos hace apenas unas horas; yo en el centro de ese emporio. No hace frío, pero la brisa insiste, violenta. En derredor del predio hay montones de banderas de argentina izadas, desplegadas en lo alto. Son los restos de una ceremonia a la Palabra, por el congreso de las lengua (ya han hablado Sabato, Saramago, Fontanarrosa). Lo precioso - y nimio y mío - era que el viento, al agitar las banderas, movía los cables que las sujetaban. Cada cable tenía un anillo de metal: el anillo golpeaba -suavemente, era como un susurro - el mástil; sonaba como cuando alguien deja caer su cubierto sobre el plato, pero como si el plato y el cubierto estuviesen afinados. Como eran muchísimas banderas, el sonido me llegaba, desparejo, de todas partes: me rodeaba (después de todo yo estaba en el centro de ese anfiteatro vacío). Un ruido como chirriante, como banda sonora de la asfixia (los pasos metálicos, acercándose desde todas las direcciones - pero, terribles, juegan a no llegar; a estar siempre llegando -).
Y en ese terror que yo no sentía por verlo como si fuese una idea estaba implicada mi vaga felicidad nocturna. No sé por qué, en medio de un día frugal, me llegó ese sabor perdido. No creo que en el mundo pasen muchas cosas - los periódicos multiplican mugre y ficción tediosa- pero mis pasos están hechos de cosas así: cosas así son las que verdaderamente ocurren (no el índice merval, la caída del dólar, las cifras de la muerte, la carta documento que me deja sin casa).
_______________
al final, siente que todo es lejanía.

7.5.06

el homeless erótico

"
¿En qué se convierte un escritor sin (menos) su escritura? En un sacrificado. Una especie de homeless erótico que sólo puede constatar una y otra vez la misma evidencia: que no hay imagen, no para él, sino para lo que él mismo ha desnudado al renunciar a escribir: su deseo. Tal vez ese sacrificio de la escritura sea lo que Barthes llamaba escribir un diario a muerte: llevar al límite la desposesión, quedarse sin escritura, perder lo más preciado para no ganar nada.
"



Alan Pauls
sobre Incidentes, de Barthes

5.5.06

¿ ?



¿Pero no es una emboscada ansiar la verdad movilizando los lujos del lenguaje? Ya que no hay novela - o la novela se rompió -, ¿no habría que perder lo novelesco: no habría que ser áspero, crudo, completamente cierto?¿Es posible creer que el lenguaje estetizado - que no es nada excepto vanidad - podrá descifrar lo terrible, lo despiadado, lo muerto en lo vivo; y expresar - finalmente - lo silencioso del alma que calla incierta ante sí misma?¿No es hora de hacer arder la ficción, de terminarla: de mirar los hoyos del cadáver que pende en la otra orilla de la literatura?
Tal vez hayamos hecho las preguntas incorrectas.
Tal vez haya que preguntar:
¿es posible no ser completamente - inmundamente - falsos?¿fuera de la ficción: hay algo? ¿hay alguna manera de que podamos abrir la boca, apoyar la lapicera en el papel, enfocar la cámara y no crear, brusca y violentamente, otra cosa que ficciones estériles, furtivas desrealidades y naufragio?
Y lo silencioso de esa alma:
¿no será la nada metafísica, la indigestión de las ideas que atravesada de monotonía predispone al cuerpo - ya frágil de estropearse bajo el clima de la otredad - al delirio encendido de las ficciones diurnas?
No sé, no importa.
En todo caso, queda enrarecido el aire desde donde son pronunciadas estas cosas. Vertidas fuera de sí, son como un dentelleo en plena tiniebla, que distrae del vacío circundante. Puede que haya cedido - una vez más - a la seducción del lenguaje, a la orfebrería vacua del oficio: tampoco se pretendía desmembrar lo oculto combinando palabritas. Supongo: se reincide en el verbo - incluso para decir lo mismo - porque es otro de los residuos de la desesperación: la desesperación tienen sus actividades. Esa noche tenía muchos días detrás. Esa noche ya no se pudo escribir nada; excepto que era tarde, que otra vez había hecho frases con su desierto desorientado, que el universo quedaba intacto.
________________________
no insistir: no es un poema.
foto: D. V.
(como casi todas, pero se olvida de anotar)

4.5.06

luz y parálisis (parte de "la ética de la estética)

12 de junio; 1923
"
Estos últimos períodos, terribles, incontables, casi ininterrumpidos. Paseos, noches, días, incapaz para todo, excepto para el dolor.
(...)
Cada vez me da más miedo escribir cosas. Es comprensible. Cada palabra, retorcida en manos de los espíritus - este impulso de la mano es su movimiento característico - se convierte en una lanza dirigida contra el que habla. Y muy especialmente, una observación como ésta. Y así, hasta el infinito. El consuelo sería sólo: ocurrirá, quieras o no. Y lo que tu quieres, te sirve de bien poco. Más que un consuelo, sería esto: tu también tienes armas.
"
Kafka
La literatura es el comercio con un vampiro. Llegar lejos en la manipulación de sus formas (forjar la sensación de una verdad nueva, torcerla hasta volverla una máquina de profecía) implica - la mayoría de las veces - quedarse vacío, seco. Hay quien ha pensando la imagen de una estilográfica como el puente por el cual la negra sangre del escritor se derrama, pluriforme, sobre los papeles vírgenes. No lo sé. El texto anterior es la última entrada de su diario. Kafka no escribiría una palabra más. Poco menos de un año después, se moría.
Alguien que había sentido el influjo terrible de la palabra escrita, que había prevenido sobre las fuezas oscuras de las cartas y la literatura era, antes de ser devorado por una enfermedad retro, paralizado en vida (claro: lo que él comprendía por vida/parálisis, que estaba determinado por escribir o no escribir). No creo que valga la pena hablar de mártir: dentro de todo, resulta sano que el hombre - ni bien ingresa en la vida - logre escoger o crear la herramienta que, progresivamente, lo va a matar.
También es cierto que Kafka había creado un monstruo - un monstruo terriblemente cierto -. Hoy todavía ese monstruo está vivo, tiene mil formas (una es la de la modernidad) e incluso parió a buena parte de este siglo. ¿Cuánto tiempo iba ese monstruo a permitir la continuidad de su progenitor? Engendrar la tematización, la puesta en escena de los recintos más abismales del yo; revelar la lógica, la cadencia verbal con que se narran los sueños no es algo que atravesará el cosmos gratuitamente.
Si hay alguna justicia poética, en el momento en que uno enuncia una verdad esencial o alcanza un instante de belleza absoluta, merece perecer fulminado. Si el mundo fuera estético, detendría las vidas en su momento más bello (este es uno de los incisos de la ética de la estética - que ya escribiremos -: como no funciona así, la literatura tiene que generar leyendas articulando trozos sueltos de vidas que tengan predisposición a ser reterritorializadas en novela).
Hay una venganza que las cosas infligen en aquellos que las desnudaron bestialmente. Hay una luminosidad etérea e inmarcesible que un alma puede brillar: pero no se sobrevive a ella. Supongo que es el precio.
Kafka pagó.

1.5.06

Debret Viana y el cine

By request, se adjunta el link a un artículo sobre Debret Viana escrito por Oscar Boyson (estudiante y periodista de cine estadounidense que se asomó a la tibia escena porteña) en la revista de cine The Passenger , de Chicago, U.S.A. y reproducido en la webpage www.livejournal.com

"(...)Damián M. Debret Viana is a literature student at the University of Buenos Aires. His appearance evokes portraits of the great classical composers: visible but elusive genius that only comes to life when the music begins. Turtleneck, pants, and painted fingernails accentuate apetit, wiryframe. The wardrobe matches the fingernails, and the fingernails match the hair-black, long, curly yet precise, explosive stuff that frames his face to elegant effect. Narrow, noble features, alert eyes behind glasses; he is an easy man to remember. (...)"


el artículo completo

28.4.06

time of the great undoing

Se mira: se abre los poros, se tuerce los gestos, entra por los pliegues de la ropa, escarba en los límites del repertorio de máscaras. Se pregunta: ¿será que en algún punto mi vida sabrá ingresar en el ritmo de las cosas, cuadrar bajo su manto severo de monotonía coagulada y podré sentir, serena, la calma que proviene de la mímesis con las mayorías, de las tumultuosas sombras mezclandose en un mismo - - colapso , y no este reptar mezquino en las fronteras de la vigilia?
Debret Viana sabe de antemano la respuesta a ese tipo de preguntas: por supuesto que no. Por eso existe la música, por eso pasa noches desvelado frente a los dientes de su piano: para inundar la desarmonía del universo con algunas notas que por un rato le encaminen el alma desencantada por la ilusión de un sentido, donde cada instante de su cuerpo no es puro derroche, sino - etérea y nívea - trascendencia.
Lo que pasa es que tiene la costumbre de mirarse demasiado cerca. Las cosas pierden su figura, y no hay lo que no se torne garabato. Triste por la desconfiguración de su existencia, sucumbe ante reflexiones insustanciales. Esta noche lo salva una melodía, unas palabras de Nick Cave:
Outside I sit on the stone steps
With nothing much to do
Forlorn and exhausted
By the absence of you
Poco importa qué rostro, qué episodios lejanos le regresan en la tristeza en que se mece esa voz. La canción terminará, y con ella la furtiva anestesia que retrasó la arritmia urbana. Habrá que hacer las cosas que se hacen, entrar en las rutinas como se entra en un pulover, y aceptar la sucesión de las horas sin la bagatela de los dispersos residuos oníricos por los que huye mientras su cuerpo transita la realidad. Sin embargo, ese instante de sereno éxtasis tiene que tener algo de sagrado. Tal vez por eso lo recorta, lo mete entre sus cuadernos. Y pasa el día con esas palabritas susurrándole entre los dedos, mientras se codea en el subte con otros cuerpos - tan errantes y tan rotos -, mientras conversa frases de ascensor, o mientras sube las escaleras buscando en todos los bolsillos las llaves que siempre aparecen en el último rincón abordado.


nick cave - brompton oratory

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NICK CAVE lyrics

27.4.06

principio ético

barthesiana


Lo que pasa - lo que trastorna la lectura - es que por lo general se omite esa línea del principio, esas letras pequeñitas que previenen que aquí todo (Todo, TODO) lo que se dice lo dice un personaje ficticio dentro de una novela desmesurada, desbordada y en pleno naufragio.

26.4.06

la otra orilla

Es un personaje de ficción. Se detiene sobre una hoja, para abrir su miedo, su parálisis. Para verla. Y escribe. Dos puntos.

1
Como Ahab tras Moby Dick tras mí mismo me lanzo, a través del fantasma de la vida que Melville vió en el mar, y yo más seguido. Terminamos pareciéndonos: castrados, desequilibrados, obsesivos.
Como él, seguiré perdido o me habré hundido. Como él, no sabré cuando detenerme. Y hasta que no abrace el latido que vibra en el fantasma de la vida, y con él lo absurdo y superfluo de todo propósito, no tendré paz.
2
Después tampoco habrá paz: desierto de deseo, seré un cadáver vivo vaciado de sentido y sin dirección dónde encaminar su desesperación. Pero confío en el tiempo: no sabré vivir hasta la otra orilla.
3
Es un acantilado infinito, y estoy solo. Si, harto de todo, me lanzase a él, vagaría por sus profundidades, moriría de viejo en la caída antes de romperme en las piedras finales. Tendría que llorar, en su borde, infinitamente para llenarlo. Tendría que arrancarme las máscaras, y urdir con sus piezas una balsa para cruzar la mojada sal.
3
Si llegase, llegaría limpio.
3
Pero la máscara será endeble, y, mojados sus intersticios, declinará en el océano terrible: me ahogaré de mí mismo (de lo que de mí hice nacer).
3
Y el llanto mío sólo puede producir un animal vengativo (está adiestrado para herir, para el chantaje). Será calmo hasta que me aventure en él, y violento y despiadado cuando llegue a su centro - que queda en cualquier parte que no sean sus orillas -.
3
Y, además, mi melancolía es serena: no tengo nada mío para exprimir hasta lograr tanto llanto. Si lloro, es ya una ironía, una pose. Es verme llorando porque un sentido estético me inclina a entender lo bien que quedo llorando en ese momento. Si exprimo, solo saldrá literatura.
3
Por no decir que la máscara, al arrancármela, se llevará trozos de carne mía, me destrozará el rostro: quedaré desangrado en la misma orilla del principio.
3
Aunque lo cierto es que no podría sacármela: tan profundo ha calado en mí que talló sus rasgos hasta lo indeleble, y es posible que la haya perdido hace tiempo, y no me dé cuenta.

- Es como el prisionero que es vigilado por alguién que lo mira pero que él no llega a divisar (como un vidrio polarizado, o espejado): detrás puede no haber nadie, pero el cumplirá las ceremonias de su condena como si hubiese alguien. O como un amigo, que llega a su casa tarde por las noches y procura no hacer ruido para no despertar a su madre, que duerme. Su madre ha muerto hace tres años, pero el cuerpo de mi amigo se acostumbró a ese ritual. -

3
Todo esto imaginando que alguna vez vislumbre esa otra orilla. Y, si la veo, no elija irme. O precipitarme por el acantilado.
4
Me hago demasiados problemas; aun si encuentro esa orilla ansiada, no la reconocería. Lo que a mí me toca es escribir textos. Ni siquiera saldré de esta habitación. Me quedaré prendido de mis hábitos y mis libros, respirando el mismo aire cansado que ya exhalé.
5
Alguna vez pasaré por el supermercado. Y puede que vaya al cine.
5
(y ya no creo que te llame)
6
Abdico de la búsqueda insensata de la otra orilla de la misma manera en que abdico de todo:
para poder soñar.
7
Para poder soñar cínicamente.
La vida ocurre a expensas del sueño: estar viviendo es arrancar de sí el yugo aéreo de todas las almas. Es - apenas - una sensación. Pero no tengo planeado salir de mi cuerpo: todo aquello que sienta será mi realidad. Es un proyecto para la locura.
8
No es más sensato.
No es nada.
9
Todavía estoy demasiado vestido. Y no me sale.

___________

17.4.06

gacetilla

A los lectores de Infimos Urbanos,

de Daiana Moruá y Jimena Berbón
de la revista literaria El otro quinoto


Al final convencimos a Debret (terriblemente arisco) de que nos dé un pequeño espacio en Infimos. Esto es una convocatoria: el mes entrante la revista El otro quinoto le hará una entrevista al autor de este blog, y nos parece una buena idea que sus lectores puedan interactuar enviandonos alguna pregunta que tengan ganas de hacerle, y que pasará a formar parte de la entrevista.
Nos pueden mandar sus preguntas, comentarios e inquietudes a elotroquinoto@yahoo.com.ar
Para aquellos que no lo saben El otro quinoto es una revista que hacemos estudiantes de la Facultad de Letras de Buenos Aires, en la que participan algunos profesores. Versa, más que nada sobre artes (sobre todo literatura, cine y teatro) y problemáticas sociales.
Eso fue todo. Agradecemos la atención, y a Debret, por prestarnos el espacio. Y por algún que otro error gramatical que nos corrigió.

12.4.06

del amor, de quelque chose

"

18
Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.
"
de los Apúntes lisérgicos sobre la identidad del deseo,
ese músculo variable, ajeno

10.4.06

hoy


Iba a escribir un preámbulo. Lo empecé, y, a los dos párrafos, borré todo. Dylan no requiere preámbulo. Después encontré la foto (casualmente: la encontré porque no la buscaba, porque buscaba otra cosa). Había salido el sábado del museo de Bellas Artes, había cruzado plaza Francia, llena de artesanos y turistas. Mi cansancio acordaba con el día gris. Decidí darme una vuelta por el cementerio de la Recoleta, que me quedaba cerca de donde pensaba almorzar. Caminar sus pasillos me despierta un humor - que no sabría definir en una palabra y no quiero escribir tanto - pero que me lleva a prescindir de toda alianza terrenal y mezquina, y me predispone a monólogos místicos y desreales. Además, disfruto la cercanía de los felinos que deambulan establemente por allí. Capturé - entre tantas otras cosas esa tarde - un tacho de basura que, como todos, tenía flores rotas. Eso, la cercanía de los muertos, los divertidos turistas, los gatos que hacían de las tumbas sus hogares, y ciertos recuerdos que vibraban calladamente en mí dispararon la foto mucho antes de que la comprendiese. No es una anécdota que necesite más palabras. Escribir hasta aquí fue casi la coartada por no haber escrito estos últimos días.

Dylan - Most of the time

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la letra

7.4.06

acontecimiento de la pasión, farsa de la despedida


En un texto de Baudrillard encuentro el epígrafe para el texto anterior:
"
Con las mujeres ocurre lo mismo que con los acontecimientos históricos: se presentan una primera vez en nuestra vida como acontecimiento y tienen derecho a una segunda existencia como farsa.
"
Y entonces, Debret escribe:
Amanecía en mi ventana; era la hora de abrir la cama y empezar el sueño. Pero pude pensar un poco en Eros y Tanatos. Si hay muerte, es porque hubo vida. La muerte enfatiza el hecho de que la vida se está, mal o bien, ejerciendo. Es un consuelo efímero ahora que mis manos remueven las arenas grisáceas de la memoria, y no me queda más remedio que encontrarme frente a frente con el cadáver pútrido de la vida que dejé. Ahora su polvo se columpia en el aire, y me contamina todo. Pero es cierto que junto a ese animalito cálido y feroz pasé horas de sosiego y encantamiento. Eventualmente, correntadas más viriles arrastrarán los velos de mi mirada. Quedará un resabio de los ayeres, pero acaso quede librada una grieta donde acurrucar la vida, y seguir. Por ahora me parece inútil disecar ese cuerpo con el anhelo turbio de comprenderlo. No hay nada que enteder: fue; y ya no será (como El Libro de la Memoria, de Auster). Fue - y, desde el momento que compone, pieza a pieza, partes sueltas de mi historia - no estuvo mal.
Hay una metáfora, también de Baudrillard, que creo que ilustra bien las cosas:
"
Dos formas de la ruptura: una por alejamiento, otra por exceso de proximidad. Ruptura de carga, ruptura de encanto. Una priximidad semejante, día tras día, a lo largo de los miles de kilómetros del desierto puede llegar a ser tan insoportable como un crimen.
"
Y, a decir verdad, algo así fue.
...
Habrá que saber, alguna vez, dónde detenerse. ( lo que no sé es si es: "te conocí tanto hasta ver el monstruo que había en vos" o " llegué a conocerte tan profundamente que te volví un monstruo")

2.4.06

Eros y Tanatos


Apúntes lisérgicos sobre la identidad del deseo,
ese músculo variable, ajeno
0

Se encontró con una ex.

1

Quisieron, al principio, conversar, actualizarse. Pero el lenguaje ya no le proporcionaba la ilusión de cercanía: D. sentía que estaba reiterando un speech aprendido. Era como si actores torpes tímidos estuviesen imitando a aquellos que una vez fueron. D. sentía una brecha gélida que no sabía cómo resolver: decía cosas sobre sí mismo que sonaban como si fuesen de otro, mediadas retórica y celofán. La situación le parecía paródica: en algún lugar seguramente él estaría viendo la escena, muerto de risa (su risa triste).

2

Terminaron en una habitación, teniendo sexo – que es lo único que D. puede tener con sus ex -. Yo creo que él pensó que así perderían las áridas máscaras que el tiempo había alimentado: desnudos, inermes frente al otro (que era un poco el rostro del pasado, un souvenir frágil de una época diluida abriéndose lentamente como una grieta), de alguna manera limpios en una súbita isla donde el goce fortalecía la resistencia de las ventanas con los ruidos diurnos; así, ilusoriamente nuevos, lograrían, un instante al menos, resquebrajar las muecas que la distancia les marcaba en el rostro, las muecas por las que habían hablado hasta ahora, la muecas por las que habían salido apenas palabras muertas, palabras de ascensor, palabras que mienten lo que esconden: espectros tibios de la herida seca.

3

Pasaba lo que a D. le pasa siempre: horrorizado ante las dimensiones imperiales de su soledad esencial (nunca soledad demográfica) ansiaba con toda la urgencia de su lenguaje establecer un contacto sensible y sincero. No que se diera allí algo trascendental en el plano intelectual de las elucubraciones verbales de la oratoria, sino un gesto, una mirada, un susurro que revelara una suerte de comunión de almas; algo que aunara. Una excusa para decir que el tiempo es un mero delirio de la civilización, y que cuando dos seres se entrelazan ocurre una magia que ninguna realidad logra dilatar. Supuso que con alguien a quien había amado, con quién compartió cuatro años de su vida y con quién, trabajosamente, erigió el espejismo de la completitud, de la unidad y de la milimétrica planificación del futuro (que desde luego se le escaparía); con alguien así, pensó, sería más simple.

4

A mi, particularmente, no me gusta nada esta prosa. Tiene una empecinada fragancia rosada, que recuerda a cursis elementos pop que la cultura colonizadora insiste sin descanso desde sus sofocantes parlantes, ocultos detrás de la coartada de distracción y entretenimiento. Pero lo cierto es que D. sí tenía la vista un poco obnubilada, y más allá de ejercer de modo voraz un cinismo impecable y verborrágico, a veces, cuando su resentimiento se alivia y tiene hinchadas las venas con el silencio de semanas, se permite, débilmente, la pretensión de creer en los dulces del sistema. Le pasa generalmente cuando ya perdió la ropa, y una muchacha bella yace cerca de su cuerpo. Quiere querer, y desea, inconfesablemente, no ser tan él mismo como siempre es. Acaba por comprender que el cuerpo del otro es una orilla que puede bordear hasta extasiarse, pero que la fertilidad de ese terreno es directamente proporcional a la lejanía desde donde él, ávidamente dañado, observa.
Toda belleza es impalpable.

5

Estas cosas pasaron todas una sola tarde. La casa de D. quedaba cerca y ella tampoco supo negarse. Después de algunos cometarios frívolos sobre la disposición de los objetos por la casa, quedaron reducidos a una pura animalidad: enlazada carne ansiosa. Los únicos que se entendieron esa tarde fueron sus cuerpos. Hablaban, todavía, el mismo idioma: como si cada uno hubiese sido educado para dar placer al específico otro con el que se enredaba, agonizante, en una danza bruta de sudor, saliva y semen.

6

El cuerpo de esa mujer todavía era sereno como si atardeciera. D. entendió que era atraído por la figura que se adormecía sobre su cama, por su silencio y su calma de fiera herida. Pero sabía que las cartas se jugarían pasado el ocaso del orgasmo: sólo allí podrían contactarse sinceramente.

7

No fueron pocas las veces que yo le he dicho que esa adolescente propensión a la sensibilidad es su más eficaz artífice de sufrimiento. El suele responder con parábolas bellas, pero falsas, o con ejemplos grandilocuentes. La última vez, por ejemplo, dijo: “un periodista prologa Lolita; dice que si Humbert Humbert hubiese consultado un psiquiatra, se hubiese ahorrado toda la tragedia. Pero agrega: claro que tampoco tendríamos este libro”. Este tipo de cosas le parecen suficientes para aclarar sus dificultades para con la “realidad”.

8

Nabokov escribe: esa palabra que sin comillas no significa nada.

9

Por supuesto que inmediatamente después habían recuperado los duros gestos diurnos, civilizados; es decir: eran otros. En el ademán de vestirse, manoteando las ropas dispersas por el cuarto y la oscuridad, estaba implícita la conciencia del error.

10

El cuerpo de esa mujer había sido un templo, un bálsamo. Los años que estuvieron juntos – lejanísimos - D. los medía por las luces que se movían por su cuerpo moreno, dormido, desnudo.

11

Ella habló de su trabajo, de su familia. Habló de las salidas con amigos, de las (pésimas) películas que había visto, de los (deplorables) recitales a los que había concurrido. Ya no era una actriz, sino una empleada. Tenía auto, vivía bien. Se levantaba por las mañanas, usaba edulcorante. Corría maratones los sábados y soñaba con casarse, con tener hijos pronto. Votaba a los partidos oficialistas y tenía la paz que no da la reflexión.

12

D. se pregunta: ¿cómo – de qué manera atroz – pude colaborar yo en construir este monstruo?
Lo que había sido del tiempo compartido estaba esfumado. Claro que podrían dar con retazos de cosas hechas juntos. Pero nada había dejado una marca perdurable. Estaban lejanos: nada tenía él que ver con esa extraña. Le resultaba una criatura abominable, mediocre. De la cantidad de ineptitudes que componían a D. Resultaba que no le quedaba más que ser un bohemio. Y esa había sido un poco la vida que antes habían compartido. D. no comprendió desde qué caudal subía ese rancio disgusto, pero no sabía cómo respetar a la mujer que en una época había amado. No hallaba ninguna razón en ella como para haberse reunido alguna vez en sus cercanías. Y si miraba bien, la verdad revelada, ni bien se hacía una frase, empezaba a tener un valor retrospectivo: le dejaba ver que siempre había sido así y que el único cambio que se había operado era en su mirada, hoy ya despojada de anestesias.

13

Yo le dije: este texto es - ¡otra vez! – una venganza. D. no lo niega: solamente dice que no sabe contra quién es la venganza.

14

En una época, la cercanía (ese “vivir juntos”) había forjado la ilusión de una simetría. Dos cuerpos que se enredaron durante cuatro años soñaron que sus almas se correspondían. Tal fue la necesidad de creer en magias que ensordecieron los signos de la “realidad”. Al fin, los signos trepaban como alaridos, y cuando la burbuja se laceró, hubo que abandonarla. Vivieron lejos el uno del otro, hasta esa tarde. Habían domesticado a sus cuerpos, que aprendieron la costumbre: por eso solamente ellos, esa tarde, no se mintieron. Vano sería negar que el placer fue intenso. Tan intenso como la honda soledad que sobrevino cuando el goce declinaba.
La mayor parte de su vigilia, D. era célibe del lado de adentro.

15

Se escribe lo irreparable; se escribe para dejar una huella firme que no permita que lo roto se pueda reparar.

16

Ella lo había arropado cuando tuvo fiebre, y veló con paños fríos toda la noche. Le llamó mi amor, mi alma, mi otra mitad. Le dijo “no podría vivir sin vos”. Le escribió un sinnúmero de papelitos tiernos. Buscó el nombre para los hijos que no tuvieron; tembló cada vez que sentía que podía perderlo.
El, por su parte, la amó como a una walquiria. Le dio libros para leer, le escribió cartas que hoy ya son libros (que son ficción). Creó obras teatrales para que ella recorriese. La hizo crecer, le enseñó los rituales del sexo, de la poesía y la música. La moldeó como a una gema rústica. Llegó a necesitarla para atravesar las horas sanamente, para acallar un poco su melancolía inagotable.
Y en algún punto, ella se pareció a lo que el soñó y él llegó a ser el centro de su alma niña. Prendidos el uno del otro, la vida no les costaba tanto.

17

El tiempo desmentiría todo.
Lo que pasó fue una confusión.
Algo como una noche entre borrachos, algo
como dos niños muertos de miedo en un rincón de una casa oscura, que mientras divisan por la ventana la sombra del asesino que se aproxima le dicen al otro, con severa e impostada, calma que no hay nadie, que todo está bien para seguir jugando un poco más.

Algo como en la frase: y cada uno pensó que el que estaba a punto de largarse a llorar era el otro.
Una confusión amable, mientras duró. Un narcótico que hizo de los días una cosa más fácil.
Ahora, en las ruinas que quedaban, parecía más bien una broma pesada, una burla.

18

Pasa que no sabemos nada, y nos morimos de frío. El mundo se agita tosco, y nuestra vida desfila por las horas muertas hilando, en el tapiz de la trama rota del universo, un sinsentido que nos resulta ilegible y cruel. Herido de desiertos, D. necesitó aferrarse a algo para poder seguir dando pasos en el centro de la nada. Llovía tinieblas anchas, y los lobos silbaban en el viento. Una mujer que pasaba fue el casual recipiente donde derramó todo su miedo, su coagulado llanto, su quieta muerte. Una piedra ajada en la que se obligó a ver un talismán sagrado. Quiso quererla, y se insertó en la mitología romántica, donde dos soledades, por haberse encontrado, ya estaban justificadas. Llenar el silencio con la propia alma es una tarea ardua. Más fácil es que otro haga piruetas en nuestro vacío, para distraernos del espejo violento de las noches solas, para no tener que mirar fijo las llagas que se posan en mi retrato, como gotas de humedad.

19

Era, otra vez, la muerte. D. tenía ese fetiche: releer cualquier historia y articularla de modo tal que siempre se estuviese hablando de la muerte; acabando en la muerte. Después de todo amar a alguien consiste en organizar una poderosa mentira (en el sentido de ficción) donde habitar un rato. Es, de una manera débil, una creación: jugar, un poco, a ser dios. Son los materiales del artista los que el amante debe usar para perpetuar su felicidad. Su ocaso debe parecerse a una muerte: amedrentado por la “realidad” que azota las aristas endebles de su burbuja, su frágil, edénica arquitectura. Quedarán los dos amantes solos, obsoletos, frente a frente por primera vez, con el cadáver magullado del amor donde vivieron: que se parece a una casa (una casa rota por la tormenta, claro). No les quedará más remedio que huir: nadie quiere ver el rostro que nos recuerde el deceso del sueño, el despertar a un mundo otro, y hostil; el naufragio del pulso de todo.

Paréntesis

(Aunque sé que hay gente que se queda con el muerto, lo carga de un lado a otro: la civilización se refiere a ellos como “matrimonios”.
¿Qué se podía esperar de una raza que nace “mientras dura la ficción? Esta es una pregunta lateral: otro día la miramos mejor)

20

D. aprendió a vivir otra vez, bastante mal si me preguntan, pero sin hundirse – por completo – en los sargazos de la memoria. Descreyó de los recursos infantiles que había usado para creer en la ficción del amor y se empecinó en dedicar su tiempo y sus habilidades retóricas al ejercicio de la literatura, los goces hedonistas y la desrealidad.

21

Reencontrarse con esa mujer fue como hacerlo con el cómplice de un crimen vergonzoso. Lo que tuvieron había muerto: ahora habían quedado reducidos a los sepultureros que después del entierro se comentan desganadamente algún que otro detalle de la jornada. Le pareció harto extraño que ella, una vez vertiente de emociones estridentes, le significase ahora un objeto tan seco, tan inerte: la había amado hasta odiarla, habían estado juntos en profunda cercanía hasta que no había parte de ella que a D. no le irritase y desagradara. Hubo días en que su misma vida hubiese dado por ella; y hubo días en que encantado la hubiese asesinado lentamente. Y ahora: nada. Un bonito cuerpo, un deleite terrenal. Nada más. Apenas si algunas fotografías, cartas y caseros videos pornográficos retenían un poco el etéreo y desvanecido tiempo que habían cruzado juntos. Pensó: es como un río. Caminó de una orilla a la otra junto a ella. Cuando salieron, y cada uno retomó su rumbo y su soledad, las cosas que habían vivido las había arrastrado la corriente (esto es casi como pensar: Heráclito). Eventualmente, quedaron secos de ese río: con el último lamparón de humedad se esfumó el último detalle que los reunía. Pronto, fueron otros. No se vuelve a ninguna parte. Tal vez, porque nunca estamos donde creemos que estamos y, de regresar, lo hacemos al lugar equivocado. Ella no fue nunca lo que él había visto en ella. Y viceversa. Lo que amaron fue la imagen que crearon para el otro (como dice Pessoa: en fin, a sí mismos se amaron). Para volver basta con torcer nuestra mirada de modo que fabrique otra vez los colores de antaño. Y no retornar a los objetos que miramos en el pasado, porque nos parecerán ajenos, extraños. La ilusión palidece con el tiempo: si no queremos enfrentarnos a la idea de que todo lo que amamos han sido fantasmas, conviene que nos contentemos con el cinematógrafo de la memoria, y evitemos volver allí donde sentimos que fuimos felices.

22

Todo se extravía.
23


El texto quedó largo. Eso me pasa cuando no doy con las palabras inevitables, cuando malogro la idea original. Sea como fuere, aquí dejo de escribirlo. Habría que corregirlo, pero mejor que lo haga otro. O que lo corrija el texto siguiente. Si preguntan qué es, digamos que no es ficción ni es verdad: es un ensayo trunco. Hay cosas que nacen y cosas que mueren, y todo es una magia que nos sacude sin un sentido aprensible. Tenemos miedo en la tiniebla de nuestra soledad, y hacemos, con los tenues hilos de luz que tenemosa mano, sombras chinas contra la pared de la celda. Como estamos débiles y desesperados, terminamos amando a las figuras que creamos, como si estuviesen vivas. Eso es un poco el amor, y es un poco la literatura. Cuando D. me contó estas cosas, lo último que me dijo fue: supongo que hay mucha gente dentro mío. Y se quedó con la mirada perdida, frente a su escritorio atestado y su cuarto vacío.


______________

Cuando la tecnología lo permite, habré de poner por aquí el tango “Como dos extraños”. Aunque no decido todavía cuál de la versiones.
Pero sí, como cambian las cosas los años.
y la foto, de Debret Viana, que salió de su celular.

30.3.06

limbo actual


"

Si me encontrara deshecho por la desgracia, destruido, impotente, en la última miseria física o mental, o las dos juntas, por ejemplo aislado y condenado en la alta montaña, hundido en la nieve, en avanzado estado de congelamiento, tras una caída de cientos de metros rebotando en filos de hielos y rocas, con las dos piernas arrancadas, o las costillas aplastadas y rotas y todas sus puntas perforándome los pulmones; o en el fondo de una zanja o en un callejón, después de un tiroteo, desangrándome en un siniestro amanecer que para mí será el último; o en un pabellón para desahuciados en un hospital, perdiendo hora a hora mis últimas funciones en medio de atroces dolores, o abandonado a los avatares de la mendicidad y el alcoholismo en las calles o con la gangrena subiéndome por una pierna; o en el proceso espantoso de un espasmo de la glotis; o directamente loco, haciendo mis necesidades dentro de la camisa de fuerza, imbécil, oprobioso, perdido... lo más probable sería que, aun teniendo una lapicera y un cuaderno a mano, no escribiera. Nada, ni una línea, ni una palabra. No escribiría, definitivamente. Pero no por no poder hacerlo, no por las circunstancias, sino por el mismo motivo por el que no escribo ahora: porque no tengo ganas, porque estoy cansado, aburrido, harto; porque no veo de qué podría servir.

"

Aira,
prefacio de Diario de la hepatitis

27.3.06

doppelganger




Repasando estos cuadernos he notado que firmé con ese nombre, Debret Viana. Lo usé muchas veces; no las suficientes como para vaciarlo, pero sí como para que me reemplace.

Antes de empezar a escribir Infimos Urbanos, yo era él, - yo era ese -. Ahora, releyendo, noto que tiene sus propias formas, su psicología, sus modos y trampas, sus rasgos particulares. Sus maneras terribles, su tristeza inmarcesible. Diferente de mí, pero no enteramente lejano - nunca yo, pero no absolutamente otro -, es como una aparición que queda grabada en la hoja, como un estado de ánimo que habla, y cuando cesan sus verbos, se desvanece.

Yo creía, al menos, suceder entre los espacios entre texto y texto, esas grietas efímeras para el ojo del lector, pero el único sitio donde mi vida puede acontecer. Ultimanente percibo que estoy perdiendo territorios ante mi propio fantasma, y me confundo con él, de repente, en cualquiera de los rincones del día.


Su sintaxis – muy otra que la mía – se ha apropiado, sin embargo, de algunos detalles de mi propia vida. Hoy, no sin cierto horror, debo enfrentarme a una suerte de duelo con un doble. Si esas cosas componen – como de hecho lo hacen – a Debret Viana, ¿entonces qué queda para mí? Si él ya es eso, yo no tengo más remedio que ser otro.

¿Pero quién?
Escribir ha sido para mí la manera de practicar la verdad; es decir: el lugar donde entrelazo mentiras hasta generar una forma de verdad. Así, es en la literatura (la escriba, o no) donde fui construyendo minuciosamente, los rasgos dispares que componen mi personalidad. Esa búsqueda mía por mí mismo ha generado otra cosa. Una sombra, una agria compañía. De la misma manera que las luces iluministas, mis sueños urdieron su propia traición (que tiene la extraña forma del éxito). Creé lo único que podía crear. Ya lo sabemos: cada vez que intentamos profanar materiales sacros, lo que creamos es un Frankenstein. Buscandome hice un monstruo. Ahora, necesito ser otro. No porque no quiera ser un monstruo - en última instancia, podría hacerme un lugar dentro de Debret Viana y vivir con relativa comodidad -, sino porque ese monstruo es otro y hace lo que quiere. Su misma esencia me excluye. Invertidos los roles, es como si fuese la máscara que parodia mi rostro, con la sola excepción de que no tengo rostro: lo extravié, lo dejé adherido cuando me saqué la máscara que con tanta dedicación había labrado y ahora necesito velozmente garabatear algunas líneas sobre mi limpísima cara para disimular la tragedia.

24.3.06

primer poema visual

He alcanzado una pequeña máquina fotográfica que, precariamente, filma. Había poco tiempo, y como la calidad básica de los trabajos de Anatomía de los pasos solo era deplorable, me apuré a juntar un par de cosas. Era necesario testear el programa, navegarlo un poco. Quedó, desprolijamente, el primer poema visual de Infimos Urbanos. Más allá del mal timing, nada tiene tan hosco como su banda sonora. Me empeciné en labrar cada parte yo mismo y, dadas las herramientas y el tiempo, lo que quedó fue esto.
Es apenas una leve mirada sobre las metáforas cotidianas. Esas que atropellan al transeúnte pasivo, y de alguna manera le alcanzan, por un instante, la ilusión de una verdad. Se trata de una sensación fugaz, donde las piezas metáfisicas se ordenan en una suerte de cosmos - no razonable - pero asimilable, bruscamente y de una vez. Quien lo padece, suele respirar hondo: tiene, desde luego, algo de vértigo. Capturar un momento así es tarea de cazador de mariposas. Si se lo llega a atrapar, lo más probable, como decía Tom Waits, es que se lo rompa. La banda sonora, en este caso, favorece a que el instante poético se fugue por completo.
Pero en fin.



*

Por ser el primer trabajo de edición hecho hasta ahora, ruego que se disculpen el final abrupto, el insulso piano y lo rápido que se van las frases. Se espera que el tiempo lime las asperezas. Y que el caudal que contiene Infimos Urbanos, haga pasar desapercibido a un ejercicio torpe como este.

______

El cuadro del castillo rojo, de Goncalves.

Todo lo demás: Debret Viana

*

22.3.06

break down (un sueño)

Cuando desperté, ví esto:







De lo que había sido antes no quedaba nada. Apenas el reflejo de un cansancio, algunas manchas del tiempo en la ropa. Las suelas hinchadas. Supe, en seguida, que estaba, como siempre, en cualquier punto entre el principio y el final. Ignorar los pasos que me distanciaban de cualquier lugar volvía igualmente inútiles las direcciones posibles. Revisé los bolsillos: encontré que las cosas que traía conmigo no me alcanzaban para sobrevivir el camino (no importaba cuál tomase). Me senté donde estaba. Como había una fragancia a denso azul y a llanto coagulado, entendí que era el lado de adentro de las cosas.

Me quedé labrando un alma: tenía pocas cosas - retazos del que fui, palabras viejas que tendría que combinar de manera distinta, ojos hartos que tenían mucho que desaprender -, pero tal vez algún día llegue a enfrentar los nuevos abismos. O pueda, simplemente, seguir caminando por el borde, como si no los viese.

Era el lado de adentro de las cosas. Recuerdo la línea: la primera luz, la tiniebla visible. La recuerdo ahora: allí las cosas solamente sucedían; y sucedían todas como dentro de un grave acorde piano. La vida me quedaba - todavía - en una orilla lejana. Por las rendijas de la ventana ya me rayarían los ojos los ruidos diurnos. Me diría a mí mismo, cuando relatase el sueño al espejo del baño: otra vez soñé con lo que callo, con metáforas afiladas que no sabré dónde - en qué rincón de la realidad - acomodar sin que me pinchen, me reclamen, y me fuercen a pensarlas sin descanso. Pero por ahora, me sobraba oscuridad para empezar a mirarme un poco.

Era como un film de Lynch, pero demasiado cerca; y demasiado cierto.

*


Bob Dylan - series of dreams

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él entendería
...

17.3.06

paréntesis




) Dream of the return (

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aznar / metheny

Me permito esta grieta, para una canción que calme el desasosiego
*
Al mar eché un poema
que llevó con él mis preguntas y mi voz
Como un lento barco se perdió en la espuma

Le pedí que no diera la vuelta
sin haber visto el altamar
y en sueños hablar conmigo de lo que vio

Aún si no volviera
yo sabría si llegó

Viajar la vida entera
por la calma azul o en tormentas zozobrar
poco importa el modo si algún puerto espera

Aguardé tanto tiempo el mensaje
que olvidé volver al mar
y así yo perdí aquel poema
Grité a los cielos todo mi rencor
Lo hallé por fin, pero escrito en la arena
como una oración

El mar golpeó en mis venas
y libró mi corazón
...

15.3.06

de Debret Viana, la sombra y yo


"

Dedicamos todos nuestros esfuerzos a construir una sombra que a veces es engañosa. Como los magos, movemos tres dedos y producimos la ilusión de un caballo. Y en algún punto la sombra es más importante que nosotros mismos. Vivimos en tercera persona. Componemos unas conductas que aspiramos a que se proyecten como admirables para los demás. Y nosotros mismos nos convertimos en espectadores de nuestra propia vida: nos miramos el domingo a las siete de la tarde y nos gusta lo bien que quedamos tristes. Pero no estamos tristes. No es lo mismo estar triste que mirarnos y complacernos con la tristeza de esa sombra que somos nosotros. Ahora, ¿cómo advertir la diferencia entre lo que uno verdaderamente siente y piensa y lo que uno ha construido para esa sombra, para ese él en que ha venido a convertirse el yo? Tal vez esto mismo que estoy diciendo no es lo que verdaderamente pienso sino lo que me parece elegante pensar.
"

Dolina
de El bar del infierno

8.3.06

las verdaderas aventuras de Debret Viana

Para regresar a su casa le faltaban todavía tres cuadras. En los colores, un poco más difusos y fríos, ya se sentía la noche. Los últimos momentos del atardecer son como una acuarela movida, un azul accidentado, corrido por las manos impacientes de un niño. Caminaba por una de las calles laterales del barrio de Flores, que a esas horas mantienen un tránsito inconstante de gente que vuelve del día. Distraídamente, se fija en el suelo: una cáscara de banana tirada en medio de la acera. Algo así, para alguien anímicamente desocupado, significa el principio de un espectáculo: se sentó en la vereda de enfrente, se quedó mirando, expectante. Pensó: este puede ser el objeto desencadenante de una serie de consecuencias incalculables. Le gustaba presenciar esos momentos en que la realidad se volvía – bruscamente – un teatro -. Vivió con fervor la manera en que los transeúntes pasaban a un costado, o justo por arriba de la cáscara de banana. Apostaba consigo mismo que tal persona, que recién doblaba la esquina, pisaría o no la cáscara. Cada hombre que dejaba atrás los restos de esa fruta virada trascendente le dejaba el atisbo de un sabor de decepción, de progresivo descreimiento en el sentido estético del universo, pero inmediatamente renovaba su magullada fe con la aparición de nuevos individuos surgiendo de las esquinas, que se aproximaban con paso decidido a quebrantar la aparente monotonía de las horas. Como no llegaba tarde a ninguna parte, se quedó esperando. Pasaron minutos y pasaron personas. Y eso fue todo lo que siguió pasando.