21.7.04

mitologías

Supe de esta historia:
un hombre se hartó. Corrió las avenidas en las horas pico hasta que se le gastaron las suelas. Por la noche, lloró
derramado sobre veredas desiertas. En un parque, al amanecer, se arancó las ropas y las quemó;
perdió las uñas abriendo la tierra; se deshizo de su carne buscando la textura de su carne.
Después se fue, limpio.
Dicen que se perdió entre las calles, que se hundió en el desierto. No son cosas diferentes.

Yo quisiera un poco así. Pero soy - sigo siendo - el que cuenta la historia. (Aun cuando sea mi historia; no importa que no la entienda)

15.7.04


En el colectivo, de regreso a casa. Venía del centro, de un embotellamiento, de no llegar a ver una película japonesa. En los viajes, suelo leer. De algún modo, siento que la lectura me justifica, sino a mí, al menos al viaje. Que el hecho de desplazarse signifique una postergación de la existencia me parece un vacío terrible, devorador: siento los rastros del tiempo en la carne, los veo diluirse en vano: es culpa mía, por haber aceptado el sistema sexagesimal. Lo cierto es que la mayoría de la gente cae en una suerte de letargo cuando se transporta a lo extenso de la ciudad, y literalmente muere: quedan sus cuerpos vacíos como apéndices inútiles del pasamanos, pendiendo al ritmo hostil del empedrado (en el tren hay un signo más explícito: el monótono ruido de la locomotora reemplaza el latido de los corazones de los transeúntes y los coordina en un solo, mortuorio golpeteo). La voz de una mujer me saca del “Diario en Moscú”, de Walter Benjamin. La mujer habla con el colectivero, le dice que no tiene dinero, le pregunta si puede pasar. No tenía apariencia andrajosa, pero sí humilde. El colectivero, áspero y enfático, clama que no, le abre la puerta, le dice que se baje. Ella quiere explicarle, lo hace en tono bajo, herido. Es un ruego suave, como de quien sangra, lentamente, y siente la vida mecerse hacia la lejanía.. Como el colectivero ha clavado el colectivo, e insiste que se baje, ella dice que no, que no se baja, que no puede. Su tono no es imperativo. El colectivero, ya grosero, brusco, dice que no le importa, que se quedará allí quieto si es preciso, le pide que no lo comprometa, que él es buena persona, que se ocupa de lo suyo. En esa frase yo quise trompearlo. Ella calla. Tendría unos cincuenta y pico de años. En los ojos, en las maneras de las manos se deja ver su humillación. Tres, cuatro personas de las que están sentadas adelante reúnen la efímera cifra de 80 centavos y se la dan al colectivero. En una primera instancia, yo pensé escribir que había colaborado con esa suma. Lo cierto es que no puse un centavo. Se organizaron rápido, consiguieron de inmediato el dinero y yo persistí en mi postura distante. No sé qué nombre ponerle, pero nunca me siento interpelado por los llamados de la sociedad. Nunca sentí que yo era parte de algo. La mujer, cuando le dicen que ya tiene su boleto, que ya le han pagado al colectivero, llora. Un llanto muy lento, y en seguida reprimido. Agradece, agradece mucho y el resto del viaje es tentada por excesos místicos: cada tanto grita, agradece al pueblo y alecciona al colectivero sobre causas sensibles. El colectivero, ni bien la cifra fue abonada, enmudece. Yo quiero volcarme sobre el diario de Benjamin, porque su debilidad por Asia me conmueve. Pero también deliro otras imágenes que me confortan: que me acerco al colectivero, le digo que es un mal tipo, que discuto con él y lo humillo con mi retórica, que el tiempo retrocede al instante de la colecta, y yo me anticipo, entrego el dinero –¿qué significan 80 centavos para mí?- y le explico al colectivero su propia mezquindad. Para que estos fantasmas de lo que no ha sido no me ahoguen, los escribo: los delato. Me hubiera gustado decirle, mientras me bajaba, siquiera algo mínimo. Apenas atiné a mirarlo severo, y creo que el colectivero ni siquiera reparó en mí. Lo cierto es que bastó una cifra tan modesta como 80 centavos para que ese hombre revelara su oscuridad, su lastimosa piel. Es posible que ya fuera antes un ser mediocre, opaco, penoso. Pero fue preciso ese episodio para que a los ojos de varios transeúntes se delatara. No es la cifra, ni tampoco es el hecho: es su símbolo. ¿Qué le habrá sucedido a ese hombre para olvidar que el otro –esta vez esa mujer- es igual a él, es su propia imagen desdoblada en un determinado tiempo y espacio, en un escenario preciso que la resuelve despojada y desvalida, en un momento en que precisó ayuda –y encima una ayuda tan barata-? A estas horas ya es una máscara más, una mueca vencida que recorre Buenos Aires, confundiéndose en el vértigo urbano. Yo hubiera querido decirle estas cosas y algunas otras. No me consuela este texto. Pero entiendo que es un paso. ¿Hacia dónde? Hacia mí. Es un paso hacia mí para saber o pretender que no estoy seco.

J.C.


Yo no suelo detenerme en el innumerable presente. Es nunca susceptible de comprensión, y generalmente sus figuras me son frugales: carecen de la niebla y la mística que el cruce del río del tiempo le agrega; las cosas son demasiado precisas, hacen ruido, son noticias.
Sin embargo, en el tiempo de mis días le he dado siempre vital importancia a ese lenguaje del alma que son las lágrimas: se sabe, yo siento que las únicas verdades asequibles son las enunciadas fisiológicamente en un idioma que es preciso aprender a leer. Por ese muchacho hoy roto he llorado yo sobre mi cama sin saber por qué lloraba. Nunca lo ví, ni siquiera habitaba el espectro de espectadores que consumían su figura pública. Siempre me cayó simpático, siempre lo sentí cerca; no quiero, de todos modos, ofrecerme sentimental a los delirios de proximidad que los medios erigen, generando la ilusión de acercar al ciudadano tipo a la farándula, a las celebrities.

¿Importa que mi llanto sea motivado por razones banales? Me parece más interesante interrogar esa mojada sal: hundirme en mis vetustos mecanismos para ver si entiendo (como Barthes: abro un reloj porque quiero comprender - hacer mío - lo que es el tiempo, esa ceniza).
Algo me deja irremediablemente triste en esa partida, que no puedo sino entender como prematura –aunque la senda del destino sea inescrutable y las cosas suceden en su tramado sitio. La anécdota es ya distante; y sin embargo, de vez en cuando me acuerdo, como dudando. Si escribo estas palabras, es precisamente para encontrar aquello que ha vibrado en mí, para que no se disuelva entre las tandas publicitarias.


10.7.04

melodrama


¿Qué clase de vigilancia de mí puedo hacer con estas letras? Tengo nada salvo lo que he olvidado. Todos mis pasos, y aun cuando callado, me alejan del entramado social. Mi soledad se ahonda en las noches quietas. No es casual mi desesperación, no es casual que ahogue el vértigo en literatura. He versado sobre mí todos mis escritos de intención fantástica, y todo lo que he develado es incertidumbre, furtivas huellas en la marea. Después de todo, ¿qué se puede decir con palabras? ¿Acaso las palabras pueden decir algo, realmente (algo más que palabras)? Han sido siempre intercesoras; siempre son la ronca capa de hielo que contorna aquello que quisiéramos nombrar. Ya he aprendido que nada es nombrable. Mis ejercicios literarios, mis esbozos poéticos, mis delimitaciones del yo y mis retratos del llanto o del silencio apenas intentan rodear aquello que quisiera decir - pasar cerca, insinuar, ser el artífice de un roce -. Las palabras no son, no dicen. Pero un cóctel de palabras puede tramarse para transmitir la síntesis de un emoción. Toda aprehensión es perpetrada por el inconsciente. Yo no sé a que particular factor químico obedece, pero algo resplandece en el lector cuando es rozado por esta síntesis. No podrá, esto es claro, nombrar nunca esto que padeció. En todo caso, rodeará esta síntesis contra otras palabras, agregará a la síntesis algo suyo; y allí tendremos un crítico.

23.6.04


Invierno detrás de los párpados.
(...and when nobody sees me i get undress like this:)

17.6.04

Extracto de un texto en una servilleta hallada en San Telmo; 1998.

"Una tarde - se había secado el minutero del reloj y mis pasos pesados de otra derrota cotidiana. Tenía que haberse abierto la primavera ya y la brisa era un velo tibio que acomodaba las desparejas figuras de mis contemplaciones a una exquisita vibración que complacía el dictado de mi deseo - de aquella parte que no sé nombrar de mi deseo.

No quiero beber esta escena ni la tinta de mi etilográfica- pero no me molestaría dmasiado esta niña / camarera que tiende una coca cola sobre mi descanso y mi mesa -;(...) ni siquiera se me antoja parecerme a Whitman, a Frost. Solamente decir un poco. Sobre San Telmo fue a dar mi errático paso; y este empedrado desprolijo me agrada y enjuaga de un zarpazo el progreso de mis pestañas quemadas. Acepto, mientras las antiguas casas bajas reciben mi sonrisa, que he conducido mi vida de una manera errada, como cualquiera de las otras maneras. Aceptaría de mejor manera que esa camarera me mienta.
(...)


A game with time

(...) Ahora tomo coca cola, ahora todavía no he decidido el bar donde detendré mi cansancio, ahora un colectivo me arrastra hacia la noche, ahora deseo a la camarera y ella – que lo sabe- construye una fatal sonrisa divina que me colma y me hiere, ahora, náufrago entre mis sábanas, sin ojos todavía me pregunto qué será de este sábado que aun sin mí ha comenzado y seguirá, ahora escribo estas líneas desprolijas, ahora un invierno hace siete años (aliado a una mujer) me desfigura el corazón para siempre, ahora compro en el mercado central un libro de Carlos Fuentes al insólito precio de 1 peso y con lástima tierna miro a la anciana vendedora que me sonríe tiernamente, ahora otra vez, sobre estas letras que corrijo y tecleo, pienso qué habrá sido de esa anciana, qué le habrá pasado como para tener que deshacerse de todas sus pertenencias a cifras desesperadas, (...) ahora tengo 11 años y tropiezo con un libro de cuentos de Poe, ahora han muerto todos a quienes una vez quise y ({ilegible}) yo ya estaba perdido, ahora regalo ese libro de Fuentes a una amiga ahora ha muerto, con la sangre seca, una madrugada vacía, ahora escucho a un sacerdote profesar verdades cristianas que solo clama porque ahora mi padre le cierra la mano con 50 pesos de coima, ahora saco cuentas: 50 libros de Carlos Fuentes, ahora no he nacido y mis padres, que no saben que serán mis padres, que no saben que enredarán un ({espacio en blanco en el original}) que ahora se rompe en pedazos, conversan sobre un escalón de Ramos Mejía y no se dicen que se quieren todavía, ahora, alguien lee estas palabras impresas en el eventual olvido, ahora amo con toda mi sangre una imagen fantasmal que el cuerpo de la mujer que coincide con esa imagen no puede ofrecerme, ahora, no sé para qué, he nacido y después quizá haya sido lo mismo si nací o no, ahora (...)

Corramos la ilusión del tiempo. He sido yo quien pasó por todo eso: organizarlo sobre un calendario es tan justo como creer que simultáneamente han sucedido todos los hechos de mi vida; en un solo instante del mundo mi vida desplegó sus vértices, incluso en aquél que la venció.

Ya el sol no roza los bajos techos porteños. Anochece. Siento haber perdido las posibilidades de la tarde en esta esquina haciendo vanidosa literatura sobre lo que no supe ser o lo que no debí haber sido: barata apología de mí. Todavía resta algo de bebida: leeré un poco a Fuentes; y quien sabe: acaso la camarera cruce mi mirada algunas veces más y yo pueda soñarla; así me deleitará más el dolor que siento ahora, cuando dejo algunos billetes sobre la mesa y regreso las calles, solo."

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Nota:
A mí el texto no me resulta particularmente memorable. Su experimento narrativo es de una estética deficiente, la rima desquiciada que ejercita demanda el inmediato hastío, las necesidades de reciprocidad carnal son vulgares y demasiado evidentes; y el carácter difuso del “ahora” es un tópico harto transitado por las literaturas. Sí me parece interesante el self-called Un experimento con el tiempo, para enfatizar que toda significación posible mana exclusivamente de su contexto -que decir es la creación de un contexto-. Las palabras son peones vacíos, utilitarios para la construcción de un contexto, de un sentido tal vez irrecuperable. Ese “ahora” repetido frenéticamente por el narrador, es el mismo y cada vez diferente: se ha volatizado. Es posible que su valor literario sea escaso; yo pasaba por la esquina de Humberto 1” y Bolívar cuando una servilleta se volaba de una mesa vacía: aterrizó unos metros más adelante, y cuando pasé cerca noté que estaba escrita. Fue un souvenir de la tarde. Me pareció que no merecía el basural como formato del olvido. Lo he pasado a bytes, intentando descifrar la arácnida letra y manteniendo todos los gestos del original. Más justa me parece esta forma del olvido, esta página, sofocada dentro de algún volumen repleto de tantas otras páginas, en algún cementerio travieso que decimos biblioteca.

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Encuentro esta línea:

"El cuadro está terminado cuando borra la idea"

Me parece que esto, un poco así.

7.6.04

Fragmento de un fragmento encontrado en una plaza y perdido en un subte. La reconstrucción es azarosa, y de fidelidad escasa.


"Si aceptamos un principio teológico, no es arduo comprender que los pasos de la humanidad son de una progresiva decadencia. Basta lidiar con el origen, el origen divino. Un Dios construye un hombre, trama sus formas, dilata la tarde, que ha sido creada por él hace poco, en limar esa partitura de barro. La distancia del hombre a Dios nunca fue tan grande como hoy, no será nunca tan vasta como mañana. Acaso esa sea la oscuridad. Cada vez nos alejamos más del principio celeste. Resulta evidente que esta distancia equivale a perdición, este abismo es proporcional a esa lejanía. Somos la deformación de siglos (soy la deformación de un siglo sobre otro siglo etc). Tal vez hubo una vez un hombre perfecto (¡perfectamente aburrido, estático: hombre que ha sido todos los hombres si los hombres son el conjunto de meros actos!): seguramente el más cercano a la divinidad. Con tantos pasos en el desierto de vidrio nos hemos desfigurado. Al camino que dejamos atrás lo delata la sangre. Un hilo de sangre desde el principio de los tiempos hasta nuestros talones. También de mí estará hecho ese hilo alguna vez. Yo no me atrevo a desandarlo, pero ¿alguien se atreve? Quien sabe lo que aguarde en el principio; después de todo, Ariadna era una brisa en un momento de asfixia o de impaciencia, de necesidad: nunca la quise tanto.

Pienso esa arcilla de la divinidad como un espejo roto. Tal vez al principio estuvo sano, entero. Luego, se quebró. Y nadie sabe por qué, o culpan a otro. En vano los intentos por componer la imagen. Cada movimiento del intento nos corta, me modifica. Somos otros, la imagen primera es inaccesible. Nuestro reflejo es de una distancia abismal. Si logro componer ese espejo (yo soy todos, yo soy los otros, yo soy mi parodia) veré otra cosa. Ese reflejo seré yo, si sobrevivo a la visión completa de mí – si la verdad no me mata; podré dar recién algún paso cierto dentro del insondable laberinto, sin salida, ni minotauro, ni laberinto. Podré seguir muriendo. Esa gloria no es vulgar."

6.5.04


Un detalle.


Es marzo y hasta de los bolsillos tengo que sacar los estruendos de las avenidas, que gimen de nuevo en su monótono delirio incisivo. En un teatro efímero, padezco una masacre a Moliere. He llegado por amiguismo, y revelar lo penoso que ha sido el tránsito por la obra me parece un exceso pueril. Se exhibe ante mí el preciso opuesto a lo tolerable. Todos los gestos que se dan me pesan y duelen -es insalubre el arte mancillado-.
Pero

cuando un personaje femenino dice que las mujeres dicen no para que el viril chimpancé les imponga un sí (la parte de chimpancé y su respectiva virilidad son desafortunados agregados míos), ahí tropiezo entre el público con un rasgo cómplice que nace entre amantes, que los delata diáfanos, eternos.
Se sonríen, se miran primero: él la mira, ella entiende, se besan tibio -repiten un sistema, exaltan un estereotipo; yo no sé qué mensaje han comerciado esos ojos pero no dudo de que esas miradas estaban cargadas de sentido (un sentido ilegible para mí, pero eso es apenas accidental y no cuaja el milagro-: ese paisaje justifica el precio de la entrada (no me interesa que sea un edén fugaz el que cruzó conmigo, no quiero saber a quién engaña ese beso, qué mentiras cifra, qué herida encallará). Los amantes vibran ese segundo, exhiben algunas clausulas del contrato romántico (sadomaso) que los ampara, que los recorta -yo me hundo ahora en el murmullo de la lluvia sobre el mar, pero es una imagen tardía, tramposa: ni literariamente afortunada ni sincera-. A mí me hartan esos retratos melosos, los desprecio, me jacto en soledades de no padecerlos. Me saben a banalidad grosera, a reincidencia patológica del engranaje de la civilización: son códigos vetustos y vencidos. Esta vez me place una diferencia: un instante han vibrado dos almas en la misma nota. En otras ropas que yo tuve pensé o sentí que me había sucedido un encuentro análogo, pero en la recapitulación nostálgica ya no puedo estar seguro: los puentes que tendemos son inciertos, acaso de nuestro paso tengamos algún rastro, pero el otro es una niebla moldeada por el deseo casual que habite el instante, arcilla de la ocasíón, permanente enigma. Además, desde mí nunca pude verme con precisión. Así, esta vez, anclado desde mi voyeaurismo, pude ver la vibración de esa coincidencia (y aunque mi vena no sea romántica, yo no sé si una coincidencia puede no ser un milagro).

Miro otra vez a estos amantes, ya en la salida. Ya son gente (usan los labios solo para hablar, y dicen cosas que se dicen), ya han perdido la música, o al menos yo he perdido el acceso - ya no me interesan, son comunes, se confunden con los otros, con cualquier otro; ya no significan. Intento sacudirme del cuerpo los hematomas que ha dejado este atentado cultural, me compadezco de Moliere y entro en la noche. Otra noche.

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P.S: Me pregunto - cuando escribo esta línea ya es otro día - qué es lo que me ha maravillado de ese código. No pretendo una respuesta, pero cierto rumor en mi soledad me sugiere que ese lenguaje que vi pasar es, de alguna manera, un talismán.

24.3.04

Reconstruction

Voy a ver una película -porque qué se puede hacer sino etc-. Cuando salgo, ya no soy el mismo. Una película danesa me ha trastornado: se ha conmovido mi suelo y durante una semana no sacaré su inflexión de mi carne; incluso mi respiración transita un ritmo diferente.
Acaso he realizado la más drástica utopía tramada. Una pélícula danesa, al menos por un tiempo -sagrada brecha- me ha tornado otro.
Tal vez sea dulce el logo romántico "come share my life". Yo lo considero impreciso. Nuestro deseo requiere movimientos más hondos, más violentos que el de compartir aquello que ya somos. Pienso que la figura de quien ama lleva estampada la frase "come change my life".

23.3.04

such a broken mirror names my face



emboscada de los espejos: utilitaria la imagen, no solamente por el deleite estético, sino para enunciar de paso el necesario, inevitable narcisismo que implica abordar una página a la vez íntima y pública. El atributo perverso asoma cuando esta tibia denuncia, esta revelación de la conciencia multiplica el éxtasis exhibicionista. La única redención no puede darse desde mí: que no haya lectores; después de todo fotos dispersas de un alma a quién le pueden importar.

18.3.04


Las horas



Son las 20.30 de un diciembre rojo. Sobre las cosas se sienta -tiernamente- la noche, su progresiva, ineluctable sombra. Estoy en el parque Rivadavia; solo; vengo de leer algunos capítulos de "El Pasado", de Alan Pauls (meses después, desencantado, pensaré que su única fortuna reside en la posibilidad de identificación: el lector se identifica con anécdotas banales). Estoy triste, pero porque soy triste: no preciso motivos particulares para articular mi congoja - y en todo caso, me los invento-.
Veo
parejas arrojadas sobre bancos del parque como si para siempre se hubieran rescatado de la muerte. ("NO ESTOY CELOSO") Veo en ellos gestos típicos, como si vaciados de su subjetividad fueran en realidad no esa historia íntima, única que naufraga de los horarios, entregándose golosamente en los pliegues de la civilización, sino una terrible expresión dogmática, una petrificación del gesto arquetípico que cada hombre cumplirá -creyéndolo propio y merecido- determinada cantidad de veces a lo largo de su vida (pienso en un sueño que Borges sufrió en Alemania): esos gestos me recuerdan tambien a mí, a algunos que yo fuí.


Triste y resignado, pienso: No hay caso: todas las parejas son - como el fuego de Julio- la misma pareja (que obedece sus ritos como en una milenaria ceremonia mecánica). La gente sigue yirando errática, con su inmóvil brújula cotidiana apuntando a ese norte asfaltado donde el día es un manto de mecanismos sin sobresaltos. Las cosas en su sitio.


Yo - herido-
como en cada naufragio, me extiendo sobre el pasto;
crucificado.
Descubro la belleza del instante: ya es noche, pero las nubes que pueblan el cielo son rojas, no furiosas, pero sí plácidas, confortantes, abrasadoras.
Sonrío, salvado.
La gente continúa su labor de ser gente. Su suizo ritmo invariable y helado. Yo mismo, dentro de un rato (acaso luego de este texto que me/te interrumpe) tendré que retomar mi día y mis horarios dejados en la suela de mis zapatos. Asumir la gris responsabilidad de ser un gesto más que acompañe el movimiento que, por simple repetición, clava al cotidiano el velo transitable de su ficción. Antes de insertarme, y a pesar de hacerlo, este rojo difuso y penetrante es mi amuleto. No me interesa la posibilidad de un dios: pero es santo este intervalo que conservaré, quizá, vagamente en estas letras que lo aluden, para que al releerlo pueda, como ahora, respirar mejor y respirar en serio.
Sé bien que mi derrota es incuestionable, que no es heroica y es común. Nada me salva de la especie, salvo este instante.
Y su nostalgia.

Viviré horas y décadas fugaces y en las cuentas finales habrá dado lo mismo mi participación mecánica o mi ausencia definitiva.

Es triste estar vivo.
Lo único que duele de la muerte es la vida.

(parece un grafito pelotudo, pero no.)


Godard tiene razón: un adulto no existe. Todo mi rostro es una mueca difusa, un confuso deseo transfigurado: estoy perdido, y no hay respuesta que me resuelva. Las/Mis preguntas son juegos con sombras.

(que esa morocha me mire felina por sobre el hombro de su amante, ¿qué puede significar? Indudable: el pasaje de regreso a estar vanamente vivo, con todos los componentes intrascendentes que urden las horas.)


Seguiré como se sigue. Pero, ¿en que rincón de mis pupilas quedará marcado ese rojo? ¿No será que en otras pupilas que no las mías se ha trazado también sagradamente mi redención?
Ese rojo no puede ser entendido sin que arañe los ojos. Sin que desgarre los espejos.
Pero sigo solo (enredado entre las sombras potenciales de algún Otro específico; pero solo).


Y descrifrar pupilas no es un destino.

16.3.04


Hoy- que es un espacio indefinido entre dos vacíos- descreo de la posibilidad de la poesía: todo lo que sucede, en cambio, es registro (registro de estados mentales, emocionales o cosas que atraviesan).
Poesía esta noche me parece el nombre dado a esa ambiguedad subjetiva. El registro sucede: materializa lo etéreo (lo aéreo). Digo cosas, y cuido las palabras con que digo esas cosas; el grado de artificio con que las digo es impertinente.

Esto no es un atentado hacia el artificio; simplemente esta noche siento su inexistencia, percibo que todo ha sido solamente maneras de decir, formas de significar: no existe un trabajo, una deliberada pincelada hacia la belleza de la forma del enunciado: hay apenas enunciado, la forma empleada es solamente un modo de significar (acaso el único modo posible de expresar una subjetividad a través de símbolos compartidos).
De aquí se deriva que toda belleza es el nombre que doy al proceso de identificación (esencial, no necesariamente personal). Esto yo no lo creo, por tanto me detengo.

Pero esto sucede hoy; mañana seguiré limando versos con la paciencia mezquina que la arquitectura de mi celda me provee.


apuntes para otros textos:

Digo siempre más de lo que digo (cantidad fónica) y menos que lo que quiero (decir). Guardo entre mis silencios un deseo de expresar -de librarme- insaciable (detalle: escribirse para arrojarse lejos; literatura del yo como una maquinaria delicada para despojar los espacios del acto de la configuración del yo que no queremos ser -que no podemos seguir siendo-; desnudarse es salvarse, es ser otro (pero otro nuevo). De lo que deseo decir obtengo mucho material; nunca digo lo que quiero -mi deseo no se hace carne- y tengo que contentarme con muchas palabras -rodear el deseo sintácticamente- y nunca me contento: quedan detrás cuentos, poemas, ensayos; y a mí no me encuentro.
(qué otra cosa esperar: el yo no es reductible a un sistema de símbolos (aunque fue mediante la palabra que se crearon las cosas -pero mitos))

15.3.04

Pero el principio no tiene sentido, no significa nada. Porque es en el final, cuando terminan, que las historias empiezan.

13.3.04

Un principio...


("first there was an explosion(...)")


No había sido tramado en el devenir de mis escritos una publicación web. No creo someter tantos vanos papeles sueltos al escrutinio decidido de un público; el empleo dado a este formato de exposición es, a los usos de mi caracter, meramente organizativo. Mal comprendo el fenómeno de exhibición como necesidad; fenómeno del que puedo formar parte. Después de todo, en el artificio mentado de las palabras electas y limadas, mi pulso abierto se ofrece a los ojos masivos (bue, masivos..., sospecho que la exhibición me torna proclive a los delirios de grandeza). Desconozco a esta altura del principio, de qué manera dispondré de este espacio -de mis cansancios-.
No es escaso mi esceptisismo: si concedo mis pliegues, mis borradores a un posible público es precisamente porque lo estimo imposible: seré -al menos en el paisaje de mi desolación- el único lector de mis devaneos inermes. Vanidad es pretender otra cosa.

Decente, formal sería exponer aquí algunos indicios que estructurarán esta página. Ofrecer tal sinopsis implicaría el conocimiento de mis voluntades acerca de este proyecto. Entonces, será otro día. Mientras tanto, una vaga niebla que nada dice, que nada quiere decir: y siempre significa mejor.