25.10.11

ínfimos enanos

"No serás nada. Por más que hagas, no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes. (...) No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada."

del diario de Jules Renard.

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(y estoy buscando ahora la manera de editar el cartelito, y cambiar el nombre - un nombre que define mucho mejor esta etapa bartlebyiana: ínfimos urbanos enanos)

24.10.11

Otra vez fiebre. Voy a la cama, pero no puedo dormir. Doy vueltas hasta que me levanto. Escucho las voces de niños que corren y juegan en el piso de arriba. Creo que estoy lucido. Leo - con enorme placer a Vila-Matas y escribo en un cuaderno tres titulos de novelas que todavia no escribí. Ahora me voy a la cama otra vez. No creo que pueda dormir. Las 3am y los pájaros cantan, enloquecidos. Escribir esto me agotó. Me acuesto. Voy a seguir escribiendo en mi cabeza.


-- Desde iPhone

22.10.11

y vino Chewie

Este año fueron Coetzee, Nooteboom, después Siri Hustvedt, Marc Levy, Galeano, Pauls, Feinmann, ayer mismo Cozarinsky. Hoy, lejos del pronóstico más osado, vino Chewbacca.

4.10.11

diario de un hipocondríaco



my kingdom for a vicodin
Me acuesto a la una pero me despierto a las tres. Por tres horas más doy vueltas en la cama, alternando el frío con el sudor. Me levanto a las seis, e investigando en google el medicamento que me recetaron, descubro que es incompatible con el café. Y apago la cafetera. Noto, las veces que me paro del asiento frente a la computadora, que estoy  muy mareado. Hay gatos que afuera maúllan estridentemente como si los estuvieran quemando vivos, o como si fueran espectros penando. En algún punto escribiré una breve cronología de los síntomas.

(para ver el texto completo, click sobre el título)

18.9.11

Escribir es una pulsión, una necesidad. Ocurre. De algún modo - porque su concepción es confusa - parece ser inherente al accidente de existir: va al lado. O un poco detrás. Pero, después, más tarde, cuando los años pasan: ¿por qué azar, a través de qué ardid, cómo, para qué, hacia dónde, con qué, seguir escribiendo?

14.9.11

Borges, Coetzee y la impenetrabilidad del universo


"La fábula cabalística y kantiana de Borges nos da a entender que el orden que vemos en el universo tal vez no resida en absoluto en el universo, sino en los paradigmas de pensamiento que le aportamos. Las matemáticas que hemos inventado (según algunas versiones) o descubierto (según otras), de las que creemoso esperamos que sean una llave para acceder a la estructura del universo, muy bien podrían ser igualmente un lenguaje privado (privado de los seres humanos con cerebros humanos) con los que garabateamos en los muros de nuestra caverna."

fragmento de Diario de un mal año, de Coetzee

4.9.11

3

Creo en pocas cosas y una de esas pocas cosas en las que creo es que, cuando existe dubitación entre dos caminos a tomar, es imprescindible emprender un tercero. Así en todo. Siempre. Cuando dudamos entre dos mujeres, esa duda ha de resolverse en la tercera. Cuando no sabemos si ir a veranear a Gesell o a Mar Azul: Sebastopol. Etc.
No es mucho, pero es un principio. Son casi las 8am, y me convendría ir a la cama. Pero: el "Houellebecq o Palahnouk?" se ha resuelto: Coetzee (diario de un mal año) y Nooteboom (tumbas de poetas y pensadores).

Un sudafricano y un holandés resuelven en mí la puja entre un estadounidense y un francés. Ahora sí, el sueño.  
houellebecq o palahniuk?

19.8.11

Philip Roth de noche

Estoy en la cama, a oscuras. En la mesa de luz el celular que es también mi despertador. Y un libro de Roth que acabo de terminar. "the dying animal". Abrumador. Tanto, que en lugar de dormir, escribo esto. Y esto es poco, y casi nada. Porque aun no tengo lenguaje para digerirlo. Es Bello y es duro. Roth es quien mejor repone lo real. A mi lo real no me interesa. Pero está ahí, es importante. (dudé en poner importante entre comillas.) Roth dice lo real desde adentro. No sé si entiende las cosas. Pero al menos pasa por los problemas y detalles de la existencia. De esta existencia. Hoy. Acá. Y sus encrucijadas irresolubles. Ahora anidó una angustia en mi pecho. No sé si es una angustia nueva. Creo que venía cargandola hace mucho. Pero de soslayo. Era un murmullo nocturno que atribuía a una gotera, o al viento en la persiana, o al pelotudo de mi vecino de arriba, que frecuenta la producción de sonidos excéntricos a deshoras. Ahora la pena tiene carne. Y esa historia (pequeña, como toda historia verdadera) vive en mi. Sé que pensaré en ella, tantas veces más.

Ahora me queda ver la película.

-- Desde iPhone

1.8.11

wine in winter nights - apuntes


tuve que ejercer mi "derecho" al voto. eso, me predispuso mal para el resto del día. los medios de transporte estaban saturados. cinco bares traté antes de conseguir una mesa. y el frío: mi cuerpo doliente por la ciudad, acurrucado dentro del sobretodo negro. la democracia tiene sus agobios.

de madrugada me quedé solo. pringles de queso cheddar y vino tinto.
y "Atonement", de Ian McEwan.
y la impresión que me queda es: those beautiful corpses of what must had been.

la justicia literaria no restituye nada: es apenas una forma refinada de tristeza.

tal vez el deber de la literatura sea contar todas las historias que empezaron a ser y no fueron.
la realidad fragua las tramas: las deshace, las desmenuza, las desvía: todo queda inconcluso: la realidad misma es - por definición - lo inconclusivo.
la literatura está ahí tal vez para paliar ese defecto: narrar las tramas que latentes, murieron jóvenes, que apenas principiado el prólogo, se extraviaron.
yo no sé bien para qué está la literatura. y como no lo sé, tengo muchas teorías. sea como fuese, esta labor es mucho más digna que hacerse cargo de lo que ya es, de lo que ha sido.

la ficción tiene el pulso de lo que no llegó a ser.

son las cuatro de la mañana. probablemente tomé demasiado vino. es momento de aceptar que la literatura no va a cambiar las cosas.

la realidad es espantosa y es irreversible. la literatura no nos va a salvar.
pero nuestro imaginario es precioso, y codificado estéticamente (es decir: literatura) bien puede poner poéticamente las cosas en su lugar mientras realmente, las cosas se pierden, se rompen y no hallan su lugar.

  (acaso eso sea la poesía: poner las cosas en su verdadero lugar, en el lugar que la realidad no logró:
así como un poema es dar con las palabras inevitables)

no no no: no se trata de los mundos alternativos o paralelos.
el poeta es aquel que percibe lo que debió pasar allí donde no pasó.

no lo que pudo pasar. narrar lo que pudo pasar tiene bastante de pedantería.
sin embargo, reconocer lo que debió pasar, dar con el instante donde lo que muere insinúa la savia de su realización: allí hay algo. algo sagrado, seguramente. y también algo demiúrgico, algo prometeico. anyway: algo que vale la pena. una forma de justicia. si el mundo no nos corresponde, que la ficción lo ajusticie.

- cuando yo haya muerto solo y de hambre, que alguien en la ficción haga que el amor de mi vida que nunca conocí, o conocí y traspapelé y perdí, me cocine un omellette imaginario.-

la ficción es la Historia de las cosas que no fueron.
en lugar de compilar los hechos - como hace la Historia -, historiza el imaginario de la humanidad.
y nuestri imaginario
es lo único
por lo que merecemos
ser
juzgados.
es lo único que
llegado el caso
nos absolverá.

a t o n e m e n t

pocas veces un título tan bien puesto.

20.7.11

la cercanía en la era del distanciamiento virtual

la proximidad es una ilusión de la tecnología: en realidad, brotan -de la nada, abrupta y sigilosamente-fronteras y obstáculos entre esos dos puntos del universo que no conocían la distancia porque ignoraban cada uno la existencia del otro. 

la ausencia requiere la existencia de lo que falta: la inmediatez virtual nos ofrece la conciencia de miles de distancias irredimibles, actualizadas en tiempo real.

hasta (never let me go)

Hace tiempo que mi angustia es pasajera. O al menos, que no es física. Vahos esporádicos del ánimo que tiemblan en la existencia. Y se van. Poca cosa. La angustia viene, siempre vendrá. Pero era una sensación, una imagen, un concepto. No carne. No hasta ahora. Hasta esta noche. Vi Never let me go. El cuerpo como envase. La fatalidad irredenta del tiempo. Los cortes cada operación ocurrieron en mí. Me retorcí. Y ahora siento enfermos y mortales a todos mis organos, que hasta hoy vivían en mi inconsciencia, salvando algún esporádico dolor. Siento, en la espesura de la noche, la vibración sutilísima que el flujo de la sangre roe en cada rincón de mi mortalidad.

Tengo miedo. 
Adiós Tommy. Adiós Kathy.
Daré con la novela de Ishiguro, espero que pronto.
Me voy a abrazar a mi gato.

18.7.11

para conversarlo con compte-sponville

"Los dientes son los barrotes del tragaluz de la prisión. El alma se escapa por la boca en palabras. Pero las palabras son todavía efluvios del cuerpo, emanaciones, pliegues ligeros del aire salido de los pulmones y calentado por el cuerpo."

Indicio 12 de "58 indicios sobre el cuerpo",
de Jean-Luc Nancy.

15.7.11

un gordo pelirrojo con boina verde.


Apenas salgo de la librería salto al 12, para llegar cuanto antes a Congreso y tomar el subte A hasta Carababo y Rivadavia, donde el 113 me deja a tres cuadras de casa. El partido de Argentina empezó hace 15 minutos y sufro la infantil ansiedad de no poder verlo (aun cuando jueguen pésimo, es necesaria la experiencia épica del devenir del partido: es un espacio ritual y ajedrecístico donde se dirimen fuerzas inextricables del universo). Mientras acierto las monedas en la maquina del 12, un atisbo de alegría me embarga: la radio del colectivo esta sintonizando el partido. Mi atención se concentra en los sonidos que la ciudad disipa, y el cándido contento se extravía: un gordo pelirrojo con boina verde tiene una radio. No tiene audífonos y tiene el volumen altísimo. Y está escuchando al pibe odol, Claudio Maria Dominguez, que ofrece a bajo costo la receta de la felicidad, el éxito, el amor, y todo lo demás. Ambas radios, a un volumen similar, comienzan a entrelazarse. Oigo la rara mezcla de las realidades: Messi elude a la razón de la felicidad y casi la clava al costado del miedo interior que nos impide realizarnos a nosotros mismos; es una pena que Batista no puso el deseo verdadero de reflexionar sobre Pastore y porque así Messi no tiene con quien generar volumen de luz con la que plasmar su yo tóxico, su yo negativo que no lo deja jugarse por la vida y falta de Burdisso.

Odio al gordo pelirrojo de boina verde.
Cuando me bajo, le dedico una mirada mortal.

11.7.11

Hoy tuve una experiencia ciudadana.

 El pequeño burgués ha de educarse cotidianamente en las intermitencias de la frustración.

 Es mi franco y tengo muchas cosas para hacer. De por sí, esa circunstancia me desalienta. Trato de salvar para mi franco ingentes y lentísimos momentos de nada. La nada es rara, y muy preciada. A esos excelsos momentos los voy llenando con mis pequeños placeres interiores. La música, la literatura, el cine, etc. Hoy no es el caso. Tengo que hacer muchas cosas. Y se rompe el termotanque. Caliento agua en la pava y mi proceso de higienización demora el doble. Voy al dentista. Hace una semana me duele una muela. Me dice que hay que hacer un conducto. Digo bueno. Pero dice que no puede en ese momento, porque para el conducto es preciso un turno de una hora y el mío es solo de media hora. Me da turno para la semana que viene. Le digo que me duele, que cómo hago. Me receta antibióticos. Me mira y me toca en el nervio del dolor con sus utensilios de delicada carnicería. Y algo se rompe o algo porque sangro un par de charcos. Entonces me receta calmantes. Salgo y viajo de Flores hasta Caballito. En el 92. Voy a Claro. Tengo tres trámites que hacer. Las oficinas de claro tienen la límpida blancura insulsa de las clínicas privadas. Necesito que me activen una línea que suspendí cuando hace dos meses me robaron el celular. Pero no, no pueden hacerlo porque necesitan un aparato. Y el aparato es de mi madre y está en Ramos Mejía. Paso al segundo trámite: necesito dar de baja una línea que no uso. Bárbaro. Se puede, pero hay que enviar una carta. Hay que enviarla no sé dónde, documentando todo el árbol genealógico de cada integrante de la familia que alguna vez habló por teléfono. Es peculiar: la virtualidad y la velocidad disipan la distancia del cliente al objeto por comprar, pero desligarse de un servicio requiere involucionar a técnicas comunicativas del siglo XVI. El tercer trámite es simple. Tengo que pagar. Pero. Oh. El sistema de las cajas ha caído y no pueden facturar. Tal vez el problema radique en el lenguaje: en la propia palabra trámite habita algo que lo vuelve irrealizable, o kafkianamente postergable.

Camino dos cuadras, y encuentro la dirección que buscaba.  Me desconcierta el hecho de que sea un edificio, pero me aventuro y toco timbre en un departamento. Suena un portero eléctrico y abro. Y entro no en una casa sino en una tienda de artículos deportivos que opera por mercadolibre; es decir: poco legalmente. Peculiar. Me atiende una muchacha. Le digo que paso a retirar lo que encargue ayer. Una cuerda. Para saltar. La busca. No la tiene. No le quedan más. Pero "va a entrar". Le digo que me de cualquier otra. Una cuerda es una cuerda. Y si bien no me llevo lo que quería, me llevo algo: opto, después de tanto imposibilidad, por trascender el obstáculo. Salgo, y paso por el Village y veo que están dando la última de Woody Allen y quiero verla, y le escribo un mensaje de texto a J. pero me dice que mañana se levanta a las 5, que el viernes. Siento que tengo hambre. Camino tres cuadras y entro a Starbucks. Pensé en un muffin y un laté de dulce de leche y en sentarme lejos del frío a leer After Dark, de Murakami. La realidad difiere de las imágenes de mi deseo. Lo que encuentro es una cola de 320 adolescentes. No sé en qué momento el café se volvió un fetiche teen. Me resigno y me voy. Entro al Disco, al lado del Starbucks. Si no he de comer algo rico ahora, lo comeré después, me digo. Voy al área de delicatessen. Elijo un budín un poco caro con chips de chocolate. Será para después de la cena. Cuando me acerco a las cajas noto 1- que solo funcionan de 14 cajas, 6. 2- que hay 500 personas antes que yo con carritos semi llenos. Calculo que es una tontería perder tanto tiempo por un solo budín. Y comprar más cosas para justificar el tiempo está fuera de todo criterio: estoy a 45 minutos de mi casa, en un colectivo probablemente atestado. Y me voy del Disco. Entro en una farmacia, y compro amoxicilina 500. Tardo un poco en lograr la adquisición: se quedaron sin números para los turnos y se origino un modesto caos entre los fármaco-dependientes. Bajo al subte, para viajar hasta Carabobo y Rivadavia. Y cuando acerco la tarjeta y el dinero, el caballero detrás de la boletería me dice lo que me dijo ayer y antes de ayer: no hay carga. Este detalle complica mi existencia. Ante la carencia de monedas, necesitaba la tarjeta cargada para moverme mañana por la ciudad. Pero no. Tampoco se dio eso. Salgo del subte, hacia la avenida. Y me dispongo a tomar el 55. Y veo que hay desde la parada 4 cuadras de cola. Son las 18.30. Buenos aires ha colapsado. Pero no se detuvo. Y todos siguen su circuito, participes de la inercia del colapso. Todo es inútil. Cada cosa es tan inútil como la siguiente. No hay lo que no sea superfluo. Pero estas son palabras, y para articular la experiencia definitiva y trágica es necesario tocar fondo, hundirse en el barro. Yo, en cambio, por un azar que no comprendo del todo, subo al colectivo atestado y consigo un asiento cómodo. Con una señorita bonita al lado. Y escribo esto y de algún modo lo expío y no estallo, y no salgo a los tiros y mato a 30 como debería, como sería justo, como cualquiera tendría que hacerlo.

Todos tenemos nuestras transas. Nuestras conciliaciones para que todo siga igual.

28.6.11

Tomás Abraham y Debret Viana dialogando

en la facultad de Filosofía y Letras, Tomás Abraham y Debret Viana en el acto de apertura de La Voz Joven. 


El viernes pasado tuve el inmenso placer de escuchar y cruzar unas palabras con Tomás Abraham. Nada. Sólo eso quería decir. No es usual dejarse hechizar por una lucidez expresada simple y coloquialmente. Cuando tenga la filmación, la subo.

16.6.11

se viene La Voz Joven


Falta poco. El viernes 24 estaré en la facultad de Letras diciendo algo sobre este portal, del que dirigiré todo lo vinculado a cultura.

15.6.11

un perro blanco

Es difícil determinar - no ya de un modo veraz, sino meramente discursivo - qué será de tu vida. Yo suelo caer en esas trampas especulativas. Ignoro qué es la vida (demasiado vasta para siquiera pensarla): mi ensoñación se limita a mí día. Cuando voy al baño, tengo la compulsión de tirar la cadena en mitad del proceso de  hacer pis, y muchas veces tengo que tirarla dos veces porque sigo orinando aun después de que se haya vaciado el tanque. Tengo, por tanto, tendencia a una ansiedad que podríamos calificar de voraz. De ahí - tal vez y entre otras cosas - que me empeñe en ver signos en las cosas.


No me atrevo a decidir un significado: juego, sin embargo, con una pluralidad de sentidos que los signos, en su psicótica combinación, van arrojando. Sé, en alguna parte de mí, que nada significa nada. Y abogo por el sin sentido que concatena el mundo de un modo arbitrario y despiadado. Lo sé, y me entristece. Aun así, urdo con los hilos deshilachados de las cosas que pasan pequeñas tramas de las que espero inferir el movimiento inmediato que el mundo hará. No me sale casi nunca, pero no lo practico para conseguir un título de vidente, sino por mero reflejo: me sale así.


Es una forma de enfermedad no saber ver las cosas en las cosas. Decía Caeiro que tenemos el alma demasiado vestida. Y que el único misterio del universo era que no había ningún misterio. Sin embargo, como la vida es triste (porque es fría y gratuita y ni siquiera es triste es triste: su indiferencia, su vaguedad, etc) ansiamos que algo pase. Y amamos los misterios. Y la sensación de extravío.


Trato de percatarme de la maquinaria del mundo a través de las pocas cosas que percibo. Mi forma de razonar es, sin embargo, primitiva. No se trata de algo en lo que reflexiono: es apenas – ya lo dije - un reflejo. Explico más o menos cómo funciona. Supongamos que pasan tres cosas buenas. Bueno es un término vago: no importa. Por ejemplo, las tres cosas buenas pueden ser: 1- cuando subo al colectivo saco del bolsillo una cantidad casual de monedas y justo es el importe exacto; 2- me entero que alguien adoptó a un perro viejo y rengo que vivía en la calle; 3- otro gol de Messi.


Se trata, desde luego - y por regla - de cosas banales (sólo nos ocurren cosas banales). Nimios eventos del día en los que apenas reposamos nuestra atención en los segundos que ocurren (a veces, ni siquiera) para luego extraviarlos para siempre (salvo, claro, que la serie de eventos signifique algo: pero eso pasa poco, porque el universo, si la tiene, preserva su cifra secreta; y cuando pasa se llama locura).


Con los tres buenos eventos, podemos empezar a especular. De un modo simple, lo que ocurren son tres cosas: a- que, al haber ocurrido tres cosas buenas seguidas se trate de un buen día, y se espera, por tanto, que las cosas siguen ocurriendo bajo ese ritmo; b- que se trata de un día extraordinario, y esas tres cosas sean el inicio de una serie ascendente de cosas maravillosas; c- que al haber ocurrido tres cosas buenas, necesariamente deban ocurrir tres cosas malas para equilibrar el universo. Todo esto es absurdo. Lo único que sucede siempre es la cuarta opción: d- nada: el universo es indiferente y la ilusión de racha, o concatenación de eventos parte de nuestra desesperación de que la dispersión fría de cosas que pasan tengan finalmente algún sentido. Pero no: el sentido es un montaje. Entre tanto, sin embargo, estas cosas absurdas pasan. Son rápidas pulsiones que se cruzan por nuestras cabezas. O la mía, al menos.


Los tres puntos nombrados (las tres cosas buenas) son un principio narrativo. Luego, el día se atendrá más o menos a ellos. La idea - como marco teórico - prevalece en un recinto dormido de la mente. Y acaso contrastemos los eventos que sucedan con esa idea preliminar. Cuando pisemos caca en la calle, diremos: "al final no fue un buen día" o " ya sabía que esto iba a pasar: demasiado bueno venía todo", etc.


Hoy me levanté un poco tarde, pero sin esfuerzo recuperé el tiempo. Llegué a desayunar antes de irme a trabajar - cosa por lo general inusual: tengo predisposición genética a llegar tarde - y cuando estaba llegando a la parada, llegaron simultáneamente no uno sino los dos colectivos que me llevan hasta la estación de tren (por lo general, tardan mucho). Una vez allí, el tren llegó en segundos - raro, otra vez: el viernes había tardado 30 minutos y hoy era feriado). Viajé sentado, cuando suelo viajar parado, o bien estrujado contra el prójimo. Mientras leía un libro de poemas de Bukowski, veo a un muchacho idiota sentado en el piso. Tendría 30 años, y una camiseta de fútbol. Y escupía contra el suelo del vagón del tren a razón de una vez cada 23 segundos. Cuando mi ansia de homicidio colmó mi tolerabilidad, me cambié de vagón no sin antes propinar al muchacho idiota una mirada mortal que equivalía simbólicamente a arrojar sobre su nariz un termotanque. Cuando llego a Once es temprano, y no tengo que correr. Camino por el andén y veo un perro, arrojado sobre el piso. Gordo, grande. Blanco. Me sorprende su quietud ante las centenares de personas que caminan alrededor, y los trenes, y demás. Claro: está muerto. Interiormente, me derrumbo. Me quedo un rato dando vueltas, esperando que el perro se mueva. Cada diez pasos me doy vuelta, y espero. Pero no. Muerto. Camino hacia el colectivo y en un costado donde hay vías donde estacionan trenes veo una gatita marrón y blanca y embarazada. Y pienso que tendrá seis gatos y quien sabe si sobrevive uno sin comida ni refugio en un lugar tan hostil. Cruzo la calle, en el colectivo me encuentro con compañeros de trabajo (es un viaje breve, de no más de 15 minutos). Pero los saludo y me voy al fondo del colectivo. Y me siento y pienso en el perro. Muerto, y ahí. Tirado. Estuvo vivo, y ahora está ahí. Y la gente camina alrededor. Y tal vez algún gerente o capataz de la orden a los empleados de limpieza de que lo arrojen a la basura. Ese será el destino de algo que estuvo vivo. Y pensé también cómo muere un perro en medio de un andén de tren. Estamos en verano: de frío no murió. ¿Alguien lo mató? No sé: todo es inútil. Comí una milanesa napolitana. Me había olvidado las llaves de mi locker, pero me  prestaron otras. Las horas se parecieron a las horas. La ciudad, a través del vidrio del colectivo de regreso a casa, me pareció un monstruo de asfalto. Llegué, y calenté algo en el microondas. Cuevana no funcionaba. Y ahora me puse a escribir estas cosas. No sé para qué. No postulo en ellas una cosmovisión, sino la angustia naufragante de habitar una errancia. Me quedan unas porciones de una torta de chocolate que hizo mi abuela. Se me sustituye, en un rapto lúcido, el concepto de realidad en mi cerebro por la voracidad del mundo en mi piel, mi paladar y mi estómago. Realidad y mundo son oposiciones. El perro blanco está muerto. Yo estoy en mi bata negra, sobre el sofá. Ninguna cosa es más real que otra. Ninguna es menos inútil. Escucho la basura revolverse abajo, por los cartoneros de madrugada. La realidad es una imagen interior, una sensación de mi exterioridad. El mundo está ahí afuera. Inconmensurable. Ajeno. Ahí. Con cines, big macs y tsunamis. Sueño con que la dispersión sea sanada alguna vez, cuando todas las piezas quizá atraídas por un punto gravitatorio atractivo, se reunan. Pero soy una pieza entre tantas, y no tengo derecho a esas certezas: mañana va a ser parecido. La escritura es a veces una simple demora. Tardo sobre el teclado, buscando letras, exprimiendo del lenguaje alguna savia sagrada que destrabe un pensamiento. Pero nada de eso ocurre. Escribo como una forma de no irme a la cama a no dormir y pensar en estas cosas todavía. Pero el tiempo del texto es tramposo y entre frase y frase ya me lavé los dientes, ya perdí la bata, ya puse la alarma. Blanco. Muerto. Las sábanas tienen a veces algo de laberinto.

10.6.11

master king

"La gente cree que soy una persona bastante extraña. Eso es incorrecto. Tengo el corazón de un niño pequeño. Esta en un frasco sobre mi escritorio. "

7.6.11

noche

debería estar durmiendo, pero no: en lugar del sereno sueño, escribo (una novela repentina, y no lo que debería escribir para la facultad). y la madrugada atareada tiene - ya cuando casi discierno las primeras luces en las grietas de la persiana mal cerrada - su recompensa gourmet: descubro que la combinatoria de jamón crudo con nucrem es epifánica.

2.5.11

blog it



I 

Hoy vi en once un cartel de una casa de ropa que decía: hay talles para gordos y para supergordos. Me pareció raro. Está en frente de la plaza Miserere, sobre Rivadavia. No lo estoy inventando. Pueden ir a verlo ustedes mismos. Claro que en lugar de este texto sería mejor una foto. Ya los estoy escuchando: ¿por qué no sacaste una foto, Debret? Necesitaría una cámara. Por eso no hay fotos por aquí últimamente. Se quemó la batería de mi ben-q. Y hasta que resuelva qué cámara se concilia con mis modos y la manera de afrontarla económicamente,  estoy reducido a la imaginería parapléjica de las palabras. No porque con las palabras no pueda decir, sino mas bien porque lo inhallable en lo dicho es la cosa en sí. No me hago ilusiones: la fotografía tampoco captura la cosa en sí. Pero tiene una precisión que las palabras no logran sino mediante el recurso del sensacionismo. Y otra vez ahí estaríamos con el problema de siempre: siempre una cosa entre la cosa, siempre medios, intercesores: fantasmas, etc. No me quejo. Gracias a dios que es así. Soy escritor y no fotógrafo. No escribo para nombrar algo (salvo, al final, irremediablemente, a mí). No escribo para que algo se vuelva visible, no me interesó nunca la comunicación, la comprensión, el develamiento: carezco de trastornos iluministas. No creo, a esta altura, que escriba para algo. Es una compulsión. La grafomanía. En todo caso, escribo más bien para nublar un poco la falsa claridad del mundo. Para arremolinar las sombras. Para anochecer el sentido. Para tornar confuso lo desambiguado. Y todo eso no deja de ser más que un pobre lirismo megalómano. Cada uno tiene que dar con su propia forma de morir. La mía, es la literatura.

 II 
En fin, escribo en realidad esta vez porque unos muchachos pasaron por la librería y me reconocieron y me dijeron que venían de Asunción y que hacía tiempo me leían y que para ellos era significante este espacio que yo tenía un poco desertado. Y eso me conmovió. Y quise escribir algo. En el colectivo, mientras volvía a casa. Pueden decirme que me conmovió poco como para escribir en el colectivo: ya no sé dónde escribir, ya no sé sentarme a escribir. De todos modos, discutí con una mujer y me distraje. Y salió esto, interrumpido y precario. Y lo peor es que todavía estoy en el colectivo y está por llover. Me traje un libro de Coetzee y no leí una palabra. Quería escribir algo. Aunque más no fueran cosas tan próximas que casi no son literatura. Ahora solo quiero llegar a mi casa sin que se largue la lluvia. Hay tres perros jugando en la plaza. Sonrío. Y pienso en seguida en la pareja del asiento de enfrente - la plaza ya quedó atrás. Ella es joven y hermosa. Rubia, de cabello enrulado. El es un jipi jovato. Me indigna la situación cuando en realidad debería alegrarme: cuando sea un viejo choto, si me esmero es posible que, confusión mediante, una muchacha joven y bonita incline su simpatía hacia mi lado. Y las confusiones, como sabemos, abundan. Pero no me siento contento por esto. Al revés. Me indigesta como si se tratase de un crimen contra la naturaleza. En fin. Todo es seducible. Todo es perdible. Y todo está perdido. Ya. Ahora. De antemano. Ya vienen a reprocharme: y entonces, ¿para qué? ¿Para que escribir? ¿Para qué trabajar, para qué saber, para qué todo? Y bueno: porque es inútil. Porque no vale la pena. Mis editores me acusarán otra vez de romántico. Amé el rincón que dejo la pérdida en mi. Y eso ya no tiene remedio.

III 
Y voy a corregir este texto alguna noche con mi gato durmiendo sobre mis piernas, y voy a subirlo al blog para probarme que lo fútil es el combustible de la letra.