20.6.08

escribir

Pero, ¿qué hay de este propio hecho: ser poeta? Ese acto de escribir es un don, un don silencioso y misterioso. Pero ¿y su precio? De noche, la respuesta estalla siempre a mi vista con una claridad deslumbrante: es el salario recibido de las fuerzas diabólicas a las que se ha servido. Ese abandono a las fuerzas oscuras, ese desencadenamiento de las fuerzas mantenidas habitualmente al margen, esos abrazos impuros y todo lo que todavía ocurre en las profundidades, ¿qué se sabe además de ellos arriba, cuando se escriben las historias, a plena luz, a pleno sol?... ¿Queda alguna huella suya en la superficie? Tal vez haya además otro modo de escribir. Por mi parte, solo conozco este, en esas noches en que la angustia me atormenta al borde del sueño.

Kafka,
en el Diario

17.6.08

micro-relato

los muertos

Ya son muchas las veces que dije que no jugaba más. Pero es inútil; mis declamaciones son pasos de comedia. No me toman en serio: alegan que todo lo que digo son ardides para perpetuar mi lugar en el juego. Tengo que quedarme así, mirando para atrás, velando cada cosa. Agoto el privilegio de ser real vigilando el sigiloso advenimiento de lo que pendula en el silencio. Si me doy vuelta, se mueven, avanzan sinuosamente desde los rincones de sombra, progresan a través del territorio indómito que se abre detrás de mi espalda.
Apenas son discernibles los pasos de los movimientos. Diminutas monedas de rara seda: inaudibles; sé de ellas que cambian el aire del ambiente con su aliento rumiante: así siento su cercanía; me quedo quieto, expectante, pero nunca confirmo nada: mi inmovilidad los disuade. Pero el tiempo cede y mi atención me deja cansado. Es inevitable que, eventualmente, alguno toque mi espalda y yo pase al otro lado del juego.
*

El silencio es el regreso de algo.
Algo regresa en el silencio.
Algo, que en algún punto habrá de cruzarse con vos, avanza cuando hay silencio,
cuando le das la espalda.

16.6.08

madrugada, biblioteca; vagabundeo

" (...)
- Entonces vine a liberarla.
Si me decía que sí, ¿qué haría con ella? Si aceptaba todo, ¿adónde la llevaría? Fui afortunado: fracasé.
- El mundo de ahí fuera también es una cárcel. Al menos acá dentro no llueve ni hace frío.
Miré los muñecos y los mecanismos que nos rodeaban: todo estaba roto, nada funcionaba, y esa misma falla se adueñaba de nosotros, que de pronto no sabíamos ni qué decir ni cómo movernos.
"

De Santis, en El calígrafo de Voltaire

11.6.08

late afternoon dream view

*
que anidaba detrás de mis párpados

ni despierto ni dormido, en mitad de esa abrupta transición que encalla en la vigilia, robé del olvido una imagen que anidaba detrás de mis párpados; acaso un despojo del reverso de la vigilia: ese lugar donde habré de regresar después de la vana demora de los sucesivos procedimientos de estar vivo - entre ellos, salir de mi vida en el sueño, atisbar entre imagenes rotas un no se qué que se pierde con la alarma del reloj por las mañanas.

6.6.08

Hiroshima, mon amour, amen


*

Abro mi alma – mi interioridad, mi vacuidad – con estas palabras como una ciudad devastada por el desastre organiza un tour para que los turistas puedan recorrer el espectáculo de las ruinas, la frescura del sufrimiento.
________

( La literatura, memoria turística del desmoronamiento, instantáneo museo de Pompeya después del Vesubio pulcro del aburrimiento burgués, espectáculo del horror donde cada página es un sudario que abulta letras como piedras contadas en un reality show que enumera las fracciones de la realidad después del sismo, disneylandia patética de las tripas afuera, oscuro hilo de tinta hilvanado en el ocaso con el humo de la hoguera de las fosas comunes, ceniza oracular en hileras prolijas, apretadas por tapas de un libro que al cerrarse tiene de funeral sólo el sonido final del ataúd, simulacros vanidosos de un big crunch espiritual, que no pasa de indigestión, lluvia sobre el polvo de piedras de lápidas quebradas que mañana serán viento o río, y la misma lluvia. )

// * //


Oh literatura: concede la dádiva del sentido – una dirección, una música - a cambio de montar el show de mi lento derrumbe.
_____


4.6.08

ganz endere

sube un reptil
por mi pierna. cuando lo busco
se ha mimetizado: tiene
los colores de mi pierna, lo
confundo - con los días - con
mi pierna;
anida
en mí. Pronto
- no sabré cuando -
me reemplazará.
(así le pasó a mi madre; casi
no notamos la diferencia).

2.6.08

d´automne

*

Sobre los párpados el ronroneo del tibio sol otoñal, un día claro.

*

Levanto un pétalo roto del piso, que cayó de las flores que vende un peruano en la esquina. Lo pongo sobre esta hoja (antes, en la palma de mi mano – tan pálida que el fulgor del rojo del pétalo se recorta mejor – donde la miro y la miro, y pruebo su textura con mis dedos, y siento sus rugosidades, sus pliegues, y descubro sus matices y sueño con dormir arropado con sábanas de esa levedad y ese matiz, para que el simple roce me haga suspirar el influjo cansino de mis cosas soñadas – allí, en el reverso de la monotonía de la vigilia – como se exhalan las lentas cosas que resigna un cuerpo hastiado de tiempo.

*

Días más tarde, errando por el cuaderno, encuentro este texto. Cuando doy vuelta la página, está el pétalo. Completamente negro. La oscuridad de la tinta de mi lapicera. Si me alejo, tiene la forma de un hongo. Un hongo nuclear. Tal vez sea un pétalo de la rosa de Hiroshima. Si me acerco, le descubro venas. Son más negras que la tiniebla dispersa por la piel del pétalo derruido. Habrá navegado esos surcos el cáncer del tiempo.

*

( La tinta en la página es el tiempo que me libro de mí. )


*

31.5.08

noche (before setting, before 3)

y bastó abrir una página cualquiera de ese libro del múltiple poeta portugués. era un ritual nocturno, que lindaba con la religión y con la persistencia malsana de la vigilia. allí, leer:

todos estamos solos. nadie lo sabe. calla y finge.


y después, entonces sí desertar de la noche, arroparme en la cama, despojarme de mis apariencias. dormir sin culpa: otra cumbre ya no se daría.


*

19.5.08

ein traum




a chain of flowers



Me despierto. Hay
una cadena de rosas
al borde de la cama.
Siento la dureza del colchón, como
si fuese madera.
Me voy a levantar
pero apenas
si moví las pestañas
cuando un señor mayor – su piel
es de ceniza –
me dice que me quede
quieto.
-Quieto, por favor. – dice; - no ve
que va a arruinar la ceremonia -.
Le hago caso. Le oigo
balbucear cosas;
creo que se queja

de mí,
le pido perdón. Perdón, le digo.
- Encima que le consiguen
esas flores...- dice, y hace una
mueca. Es de desagrado.
Me acomoda, me maquilla, me
peina, me arregla el cuello
de la camisa. Entran mis padres,
amigos, mujeres lejanas, mascotas
de la infancia, señores serios,
vecinos. Se mueven hoscamente, se
mezclan; ya no distingo a ninguno.
Me miran,
hablan entre ellos. En una lengua
áspera: no entiendo lo que dicen
uno señala las flores, otro toca
con delicadeza los pétalos,
y asiente (¿admirativamente?); sospecho
en otros
un cierto rencor. Son las flores.
Me entierran.
No tengo tiempo de protestar;
La tierra me cierra la boca.
Los oigo alejarse, sus pasos cansinos.
Es casi al unísono que se cierran las tapas
de sus ataúdes.



*

17.5.08

je ne sais quoi

Es de noche, y por supuesto no consigo dormir, aun cuando siento, de tanto en tanto, una cierta pesadez a un costado de la conciencia, que viene como una brisa gélida y es el reflejo de que mañana he de levantarme muy temprano y tendré muchas cosas a través de las que arrastrar mi cuerpo, que tiembla ahora de un cansancio anticipado, que no tengo pero que vislumbro cada vez que siento la hora hostil que marca la infantil insurrección de mi desvelo.

*

Alterno el dolor de muelas con una novela policial de Nicholas Blake, y la novela con la ventana que da a la calle donde en la esquina una gata negra investiga las basuras de los vecinos, o con la tv, de a pantallazos fugaces, una película vieja en un canal retro que sigo poco, pero que me interesa al menos como puerto donde encallar mi vocación por la distracción (me distraigo del dolor de muelas con la novela, de la novela con la ventana, de la ventana con la tv, etc) y vuelvo, para amedrentar los vagos placeres de las ficciones, a un libro de filología rumana – un texto duro - que rastrea las vicisitudes y quehaceres de un tal Vlad Tepes, que las leyendazas populares inmortalizarían en Drácula (que significa demonio en rumano, pero, como ya sabemos, vampiro y demonio son, en muchas culturas, intercambiables). Y en medio de todo eso, en alguno de esos vaivenes y errabundeos sin método, sin disciplina, sin necesidad, doy con un librito de la biblioteca (un diario de un sociólogo) y encuentro, al abrirlo en cualquier parte (gesto melancólico y, a la vez, devoto) un fragmento que envidio. Un fragmento que restituye para mí el relampagueo del fragmento en su fulgor más delicado y embriagador:

Dentro de diez años, seguiré sin saber el color de los ojos de ese rostro. Pero lo veo en la calle, en los sueños, transparentándose en múltiples rostros que de pronto comienzan a parecérsele.

*

Goce del fragmento. De la palabra arbitraria. De aquello que me sugiere algo inaprensible; que cierra una historia y a la vez abre mi ensueño: que no se bifurca, que no sigue sendas que construye, sino que se extasía allí en el vértigo dónde se abren líneas de fuga que no seguiré, pero de las que me llega un no sé qué de sus fragancias efervescentes, diluidas en suave pirotecnia que se ausenta lentamente, como una bella mujer en un bar con la que cruzamos miradas y ahora dejamos ir sin decirle nada, (para poder soñar las cosas cuestan su ausencia).

*

Tal vez duerma un poco, después de todo.


///

4.5.08

die niemands rose


. . .


Supongo que la quería. Quejarme, de todos modos, es una actividad profana.
La vi venir, un día, arrastrada por el viento. A los tumbos, por el camino de tierra. La ayudé a levantarse. Se arregló el pelo como pudo, me sonrió tímidamente mientras se arreglaba un poco la ropa. Se quedó un tiempo, aprendimos a no estar solos. El viento vibraba en el vidrio de las ventanas cerradas; casi no lo notábamos. Una mañana me desperté y ella ya no estaba. Vi, en la tierra del jardín, la marca de sus uñas. Sembré, sobre esa tierra arañada, magnolias bellísimas. Si no crecieron, o crecieron y el viento también las arrasó, no lo sé. Sueño todavía con la belleza de esas flores que no vi. Es una rara nostalgia.


///

1.5.08

nombrar cosas (sansepolcro, piero della francesca, greta garbo): evocación, melancolía

sansepolcro


I
En 1944, los alemanes habían tomado Borgo Sansepolcro. No escondo el goce – íntimo y nocturno – de escribir Borgo Sansepolcro, de decirlo para mí varias veces con la lentitud que se le debe a la degustación de las cosas frágiles, evanescentes. No negaré que tal vez emprendo este texto sólo para poder escribir algunas veces más Borgo Sansepolcro.

II
Alemania y la guerra declinan. Un grupo de soldados británicos llega, desde el oeste, a las afueras de Borgo Sansepolcro. Habían recorrido a pie el arduo camino de los Pirineos, por el que hoy, en auto, se tardan 7 incómodas horas. El comandante, Arthur Clarke, recibe la esperada orden de los aliados: bombardear Sansepolcro. Los cañones inician su descarga, pero Arthur Clarke, compungido, exclama el cese de fuego. Recuerda haber leído, hace años, un artículo en un libro publicado hacía más de veinte años. En ese libro, Aldous Huxley relata su fatigoso viaje a Borgo Sansepolcro. El tedio, la incomodidad. Y cómo todo eso se redimió de repente cuando, al entrar a Sansepolcro, vio un cuadro, que describió así: “el mejor cuadro del mundo” (the best picture in the world). Arthur Clarke, que nunca había visto ese cuadro, sintió que había detrás de esas palabras leídas en su juventud algo de sagrado.

III
En el libro donde se anotan los muertos de Borgo Sansepolcro, el 14 de octubre de 1492, el nombre: Piero della Francesca.

Hacía dos días se había descubierto América. El, que había pintado “
La Resurrezione”, moría, viejo. Piero della Francesca. Otra vez el placer de la palabra rendida a su pura sonoridad, a su arquitectura aérea que se tensa un instante casi táctil para disiparse entre quietos vahos de mi noche. Mis manos no vuelven al teclado, miro la ventana cerrada frente a mí, digo, unas veces más, para mí, Piero della Francesca. Suspiro.

IV
Arthur Clarke está nervioso. Ha desoído la orden; las represalias han de ser severas. Sin embargo, en su atribulación, él saca otras cuentas. Las descargas que llegaron a dispararse son suficientes para destruir “La Resurrezione”. Pero tiene suerte. Los alemanes ya se habían retirado de Borgo Sansepolcro. Y las municiones encallaron en distritos marginales.


V
Atractivo el hecho de que Clarke no había visto la obra (la ignoraba por completo: ni una mísera reproducción). No sabía qué era lo que salvaba. Y aun así bastaron unas palabras de un novelista para haberle sugerido que su misión era, de algún modo, vital. Pudo darse el caso de que las palabras mintiesen, y fuesen bellas solamente ellas. Imagino que hubiese valido la pena de todos modos. Raro destino de esas palabras de Huxley: haber escrito lo que esa obra hizo en él, 20 años más tarde la protegería de la muerte.

VI
No sabemos cuando termina una palabra.
Qué salvan, qué condenan. (Qué palabras dijiste a tu amada ayer, que alguna vez serán la llave de algo terrible, la última noche. Qué cosa le dijeron a ella, allá cuando era niña, para que a poco de haberte visto – y sin mucho argumento – te ame.)

VII
“La resurrezione” está aún en la Pinacoteca del Museo Cívico de Sansepolcro (ah: la oportunidad de escribir una vez más: Sansepolcro: modestos placeres una escritura anclada: Sansepolcro.) Inmóvil ya más de 500 años; más vieja que América: quieta mientras América sucedía. Para poder verla, es preciso firmar en la entrada. Entre los nombres de quienes fueron: Greta Garbo.

VIII
Como Clarke, yo tampoco he visto el cuadro (salvo de lejos, digitalizado: inerte). Sin embargo, sí ví el rostro de Greta Garbo. ¿Acaso alguien puede dudar que ese rostro – bello y hermético; mítico - sintió el influjo escisivo de ese cuadro? ¿Alguien puede decir que el rostro de Greta Garbo – tan peculiar, tan Greta Garbo - no lleva una marca muy suya e indeleble y que esa marca es la de Sansepolcro, su portento y su belleza, antigua y sepulcral?

IX
Hoy, Clarke tiene su calle en Borgo Sansepolcro. Lo quieren en el barrio, es considerado un héroe (murió en 1981; el año en que nací). Y todo, las guerras, estas palabras (the wars, these words), el mítico y perdido rostro de Greta Garbo, la última vez que se descubrió América, Borgo Sansepolcro, Eric Cantoná, los libros de historia del arte, el quattroccento, todo ya es parte de la historia de esa pintura - que cada tanto algún poco transitado canal de cable recordará.


***


Y yo, que me asomé a su encanto fríamente abrasivo una noche lentísima, y alivié mis llagas en el reflejo de sus orillas.

22.4.08

time flowing / in the middle of the night




Dolor de muelas. La noche se ahonda. Pasan más lento las cosas - presiento el tiempo en mi cuerpo -. Ni siquiera en el sueño me evado del dolor: no duermo, o me despierta el dolor, o sueño que me duelen las muelas y que no puedo dormir. Es cierto que nadie ha muerto de un dolor de muelas. Pero también es cierto que nadie puede vivir así. Concluyo que estoy en un sitio enrarecido. Herido de una herida que no encalla en la muerte, y entre tanto, explayándome en una agonía que impide todo atisbo de vida. Conozco ese lugar: es la escritura (tal vez por eso es que escribo otra vez, después de tanto tiempo). Y sin embargo, ahora es peor: saldré de la escritura para seguir en ese espacio inconcluso, ilimitado. El dolor de muelas; el laberinto del tiempo; mi cuerpo insepulto.

.Errar.




los infinitos
capullo de los intersticios.
Errar.

20.4.08

la sangre que se pierde se pierde

larvatus prodeo

La tragedia de la melancolía: que muchas veces se parece a la vida. Hay quien se reseca de melancolía sin saberlo: su pulso declina entre los ruidos de la casa quieta, y la sangre que se pierde se pierde de manera tan monótona que esa pérdida tiene las maneras de un ritmo similar al curso de las cosas cotidianas; y la inercia, que acepta el vaivén de los vientos y de los vahos, se dismula adoptando gestos civilizados. Yo mismo, tantas veces me confundo con mi vida. Y tengo tanta gente cercana que me ha reemplazado por ciertas acciones que cometo. Avanzo con una máscara como cualquiera, y hago esfuerzos brutos y patéticos por señalarla, por delatarla. No me toman en serio: creen que es otra pirueta, una forma de romper el hielo, de decir hola.
La tragedia de la melancolía: que se parece a las horas. No las horas insomnes de la noche, tan vacías que enferman de silencio hasta hacerlo mover, verbalizan la carne de nuestros fantasmas insepultos. Las otras horas: las comunes: las esperas en las paradas de los colectivos, caminar las calles diurnas, vestirse para salir, subir escaleras, conversar solo para que las palabras nos dividan del otro, para mantenerlo lejos, hacer trámites, el trabajo, la preocupación por las cuentas, el rumor de los gobiernos en los periódicos de los puestos de diario que pasamos sin prestar demasiada atención, el tiempo indiferente corroyendo el nylon de los carteles publicitarios, etc. Esas horas en las que hago cosas, y si me encuentro con un amigo por la noche o me llama mi madre por teléfono y me pregunta ¿qué hiciste hoy? son esas las cosas que enumero, como si tuvieran que ver algo conmigo (y no lo otro, el murmullo interior). Sometido al lado de acá de las cosas, vivir sin notar que lo que tomamos por vida es simplemente estar triste.
El silencio - la forma del silencio - del zapping anestesia el ansia de un grito coagulado. Parece que nadie escuchase esa agonía (ametrallar un teclado no redime nada).

6.4.08

en la noche, releo

No poseo otra verdad que el silencio, en nombre del cual, despertado entre mis sábanas por las chinches, hablo como si me rascara. Lo que anhelo: la interminable noche de ausencia, una eternidad de palabras enfermas, a pesar mío pregonadas al oído, mi impotencia, la enfermedad mortal de las palabras, mis lágrimas, mi ausencia (más pura que mis lágrimas), mi risa, más dulce, más maligna y más vacía que la muerte.


Georges Bataille
(en: la felicidad, el erotismo y la literatura)

26.2.08

post


Pero también recuerda, como un estribillo hecho de silencio:

"Cada uno busca su propia muerte. Y los actos fallidos son los más logrados"

25.1.08

i morti non sono piu soli


Estas palabras sueltas sobre la tragedia de un escritor.

Seducido, por una vez, por los encantos de una precisa muchacha – una muchacha naive, tierna, bellísima -. Seducido en la acepción más original y primitiva: sustraído de sí mismo, desviado de las prácticas que configuró como su destino. Se siente encantado por las formas de la muchacha, extraviado en los éxtasis de la lejanía que junto a esta muchacha habita. Librado del mundo en ella – incluso a veces suspendido de los vicios de ser Debret Viana – debiera ser feliz. Sin embargo, toda una fase de sí mismo – una de las fases relegadas – se recluye inhóspita en la oscuridad y ladra, y con su ladrido lo retiene. Lo retiene en la culpa de ser un escritor que no escribe.

*--******-------------.

No le sirve (lo intentó) el consuelo de “hoy que hay vida, se vive; mañana, cuando no haya, se escribirá”.
Siente que la escritura no puede ser tan endeble como para depender de una circunstancia tan fortuita como la ausencia de pena.

*/*/*/*****////-----...........¿

Esto lo lleva a otro dilema (acaso el centro de la cuestión): ¿hay que agonizar para escribir? ¿se puede escribir -escribir bien- sino con la agonía? Y si ese fuese el caso, ¿acaso el no está agonizando, más o menos, siempre?

No importa, porque esa muchacha lo distrae de las aguas que bullen en el fondo de los abismos donde él buscaba los reflejos más fétidos del mundo para mojar allí su pluma. (tiene que hacer un movimiento brusco, de mucho esfuerzo, para vislumbrar el perímetro de tristezas que circunda los destellos de la isla que configura, acurrucado, junto a su amante; y aun así no logra un impulso lo suficientemente fuerte como para sostenerse frente a la hoja) Frágil, herido por la nostalgia de la música que mana del silencio del cuerpo de su amante, se aparta de la marejada rumiante de palabras aletargadas en el paladar de la existencia, y marcha tras los signos de la muchacha, o yace, pequeñísimo, abrazando las cosas que ella tocó, buscando respirar de ella, al menos, su ausencia. (encriptado, tal vez, en la memoria de los objetos movidos, los signos desvelados por su tacto leve, su mirada táctil, su ausencia después).

=¿(((((///**----*/*-////$--

Es que, ¿a quién le importa? Le da pudor. Detesta los discos de los músicos que encontraron el amor y cuentan lo bien que andan, y como tener hijos les dio sentido a sus vidas. Siempre es mala música (si alguien no la está pasando horrible, que tenga la decencia de no decirlo, o, al menos que no contamine la cultura con confesiones banales).

Además, el sentido…
Recuerda que Pasolini decía sobre el cine:
“es absolutamente necesario morir, porque, mientras estamos vivos, carecemos de sentido, y el lenguaje de nuestra vida (con el que nos expresamos, y al que, por lo tanto, atribuimos la máxima importancia) es intraducible: un caso de posibilidades, una búsqueda de relaciones y de significados sin solución de continuidad. La muerte realiza un rapidísimo montaje de nuestra vida: o sea selecciona sus momentos verdaderamente significativos (inmodificables ya por otros posibles momentos contrarios o incoherentes), y los ordena sucesivamente, haciendo de nuestro presente, infinito, inestable e incierto, y por lo tanto, lingüísticamente no descriptible, un pasado claro, estable, cierto y, por lo tanto, lingüísticamente bien descriptible (precisamente en el ámbito de una Semiología General). Sólo gracias a la muerte, nuestra vida sirve para explicarnos. (...) Después de la muerte ya no existe esa continuidad de la vida, pero existe su significado. O ser inmortales e inexpresivos o expresarse y morir.


........../8//*/*/00----------¿¿¿/-

Habría que preguntarse: ¿tendrá la literatura (el ansia de literatura, la necesidad de literatura) el suficiente poder como para revertir, o, cuanto menos, sabotear este feliz estado de afasia?

Nosenose

Pero yo no creo que alcance usar los recursos de la literatura – su discurso – para delatar esta trama, para sublimar las venganzas por venir.

**///////**---*/

Aunque, claro, fue necesaria la tercera persona para decir estas cosas.



/ / /

15.1.08

remembering holderlin

Remembering Holderlin, a colación de muchas cosas, entre ellas, mi ausencia, esta afasia del lado de acá - que no pacta con la no-escritura, sino más bien con una apatía hacia esta vidriera de mí mismo, ahora que me parece que no sufro lo suficiente como para ser interesante, y que en estos últimos tiempos, acompasados por una serenidad que no sabría merecer, convivo con mi fase más débil, allí cada vez que me siento bien, que no tengo cómo quejarme y que no logro disfrazarme detrás de ninguna pena que me dignifique -. Entonces, tal vez, los versos de Holderllin, que decía, por el final:

tiene que retirarse a tiempo
aquel por quien habló el espíritu


pero igual dejo la puerta entornada, a la espera de nuevas tempestades (atento en la noche - ahora tanto más breve que en los tiempos de escritura -, cualquier ventizca me entusiasma, y sueño tifones allí donde ronronea, perezosa, una puerta en la dócil madrugada, apenas rozada por la luz nocturna de los ojos de los gatos)

4.1.08

blink


El calor me recuerda que tengo un cuerpo. Enero, otra vez. Fue como parpadear. Evanescencia de las cosas, volatilidad del momento que, ensimismado a ese lábil grumo del tiempo, confundí conmigo y con el universo. Lo que queda de lo que pasa es tan poco, (tan etéreo, tan quimérico, tan tóxico) que siento el deseo, lánguido y lejano, como quien siente que sueña que la vida pudo ser de otra manera y sabe, con su lado despierto de sí mismo, que la belleza de soñar yace en su sublime inutilidad, en la gracia – un poco divina - de malograr el tiempo que pudo servir de algo, tal vez: así, el deseo de inscribir mi vida en la inmanencia de lo que se pierde, pasar con lo que pasa y no quedarme con lo que se queda, como se queda el polvo sobre las cosas quietas, que nadie necesita, que nadie busca, que nadie espera, sumidas en la lenta invisibilidad de la quietud.

1.1.08

breakdown
breakdown
breakdown
- soul malfunction -
__________system reboot_________
long-term re-animation silence....please wait

3.12.07

melancolía del hades

//


Apatía.
Apatía de que las cosas que no fueron no hayan desbordado el vaso del sueño, ese vaso que mantengo cerca de un cuaderno, para que se manche con lo que caiga, y a partir del garabato que quede insinuado por las gotas llovidas, yo pueda tramar una frase, o algo.
//

¿Es que ya no me interesan las luces de la literatura? O, mejor: ¿ya no me interesan las cosas que las luces de la literatura iluminaban y despertaban, que las dejo sedimentar en la oscuridad húmeda de una habitación clausurada?

//

He dejado cosas en ese sótano, he apagado la luz, y no he vuelto a revolver los cajones de mí mismo. Dejé la lapicera quieta, y las páginas en blanco se multiplicaron hasta que ahora es su blancura la que me despierta, cegándome, de este tiempo donde he soñado tan poco y tan cerca, donde las sombras me desertaron, dejando al mundo serio, lívido, uno y estéril.

//

Ahora me arrastro, con lo que puedo, con palabras a medias, palabras usadas, dichas entre torpes balbuceos, a esta página glacial, que me queda demasiado alto; y estiro la mano en una verticalidad inhumana, y escribo sin llegar a ver lo que escribo, y escribo estas cosas que son como el espasmo de un espejo cruel y cierto, que me revela de golpe que no escribo, que no necesité el puerto de la literatura para anclarme las madrugadas naufragadas, sino que dormí sereno, con mi espíritu volátil apaciguado, sin la rumiante tempestad de las cosas que latían, que vibraban en la antesala de su escritura, hincadas, cada una, ante el altar del verbo, temblando con la plegaria entumecida que reclamaba ser palabra. No, nada de eso. Quise querer escribir. Pero el deseo de la escritura no llegó. Sólo el miedo(: Escritor, ahora que no escribes, ¿quién eres?)

//

Despierta en mí esta idea: un hombre que llena páginas – con lo que puede, con mentiras, porque las cosas ciertas se le acabaron en la séptima página – para combatir la cegadora blancura del papel. Tiene, con su tinta negra, que disminuir la blancura de la hoja porque esa luz lo cegaría. Y se queda ahí, toda su vida, anclado frente al escritorio, escribiendo, para combatir un resplandor del que su sola idea le quema los párpados. Y con cada palabra terminada, sueña la noche, para descansar de una vez de la luz, y de luchar contra la luz. Su tinta trama la noche, pero no le alcanza más que para estar ocupado, y no tener que sentir la blancura de lleno, ni el atardecer que detrás, en la ventana, empieza.

//

Al fin de cuentas, lo que importa decir, no será dicho. En algún punto, antes de todo, hubo un pacto: el silencio, a cambio de la verdad. Por eso ahora, aquí, hay que decir otras cosas.

//

Algo así como haber muerto, y junto al Aqueronte esperar la barca que me llevará a destino, pero cuando viene hundir las manos en los bolsillos y darme cuenta que no tengo ni una moneda, y el funcionario del inframundo, Caronte, me dice que no, que no puede hacer excepciones, que tengo que volver, que si no después se lo descuentan a él del sueldo, que no está para hacer caridad, y se va, sin dejarme siquiera intentar dar lástima e incluso, ya a lo lejos, lo veo hacerme gestos obscenos y amenazantes con su largo y lento remo; y yo, caminando cabizbajo de regreso a las cosas vivas, siento una profunda pena por haber sido rechazado, por no haber estado a la altura de la tarifa, y siento envidia ante los hombres pálidos que pasan a mi lado, yo solía ser así, me digo con nostalgia, qué bien me quedaba… y ante la claridad del mundo, me recojo en los rincones, disimulo mi vida entre otras cosas obsoletas, y me dejo mecer por la melancolía del Hades, donde antes yo veía historias suspensas en el aire, y las capturaba en un cuadernito, y toleraba el peso de estar vivo haciendo esas cosas por las que nadie podría señalarme y decir: él está viviendo.

//

No sé. No sé. No es fácil contar una historia, mientras se sube una montaña.
O una escalera.

20.11.07

woman is in the elusiveness of herself

notas dispersas para un ensayo sobre la mujer


La mujer, puerto inabordable.

Las revistas, la tv, el porno, exploran y venden el cuerpo de la mujer (un cuerpo trastornado por una estética objetal; un cuerpo malversado por un proyecto de divinización neo-nazi), pero en esa pornografía de las superficies (saturación de exterioridades) la pierden, la extravían.

(…)

Porque abordan a la mujer como contorno, como se ven los márgenes de un país en los mapas satelitales. Por eso captan algo remoto y errático. - Pero no se trata de una lejanía que induce a soñar: al contrario, se trata de una cercanía obscena, que suspende toda reflexión en su entrega excesiva: con el zoom fatal hacen de cualquier cosa una sola cosa, exacta a sí misma, imposiblemente otra: destierran no solo la sombra, sino que fuerzan al objeto a agotarse en su imagen total y minusválida:
real -

Porque buscan a la mujer allí dónde no está: en sus fronteras.
(…)
Y, además: la deformación que la mirada provoca en el objeto: monstruosidad del cuerpo de la mujer, monstruosidad de su feminidad incluso para sí misma, a partir de la potencia de millares de miradas escrutando sus facciones, que a fuerza de insistir delinean el molde al que habrá de adaptarse par ser mujer.
(...)

Detrás de su desnudez, se pierde el rostro y la identidad de la mujer. Detrás de las apenas diversas fotografías que reproducen su desnudez al mundo, se pierde su propio cuerpo, multiplicado en su propia ausencia (como la fotografía misma, multiplicada pero sin original), rehén de una estética
más bella que lo bello, es decir, inhumana: ver el cuerpo de las modelos, adoctrinado para perder su humanidad – como un renegar patético de la propia naturaleza – y transformado, mediante dietas y photoshops, en un objeto irreal que esclaviza, de diferentes modos, a la sociedad en sí: al hombre, porque se vuelve su deseo (o su fracaso), a las mujeres, porque se vuelve su meta (su falso espejo). Como ambas cosas son imposibles, ambos diluyen su respectiva ansia en formas de angustia.
(…)

Mantienen la ilusión del iluminismo: cubrir las superficies del mundo con la luz de la razón, de la comprensión, de la visibilidad, y en ese desvelamiento, dominarlo.
Pierden.
Traspapelan un mundo del que su exterioridad es apenas una fase.
(…)

(No digo con esto que haya, necesariamente, lado de adentro. No interesa que efectivamente exista algo más allá de lo visible: importa que en la finitud de lo visible, de lo conmesurable, yace la potencia de su interioridad, no como promesa, sino como desfasaje entre sujeto y objeto – sujeto que mira un objeto es ya algo más (y algo menos) que el objeto: nunca el objeto, siempre elusivo -.)
(…)

Así como vino el expresionismo a delatar una verdad que se jugaba detrás de los velos del mundo visible (insisto, aun cuando ese mundo no exista: no importa), justo así necesitamos un expresionismo de la mujer, para leer allí la manera en que su propia elusión nos seduce, nos abre, nos retiene, nos captura.

Y como, con ella, todo lo que nos tienta, es fugaz y fugitivo; y todo lo real – lo logrado – es un territorio estéril, vano, donde sólo pueden crecer anécdotas que no vale la pena contar.

14.11.07

love story *47


los muertos disimulan

I
Te miré, vos me miraste. No dije nada. ¿Qué iba a decir? Vos sí dijiste algo, no me acuerdo qué. Tal vez era muy importante. Todavía no llorabas.

II
Había que descuartizar un cuerpo, dividir las partes, hacerlo desaparecer y repartirnos lo que todavía pudiese servir para algo. Teníamos toda la noche. Pero yo estaba impaciente, me quería ir. ¿Era necesario todo esto?¿había que acometer semejante ceremonia?¿teníamos que hundirnos tanto en la mugre - en las cenizas -? Yo tenía una camisa nueva. No quería que se me salpicara de sangre. No me gusta lavar la ropa. Si algo se ensucia, lo doy por perdido. Y esta camisa me gustaba (tal vez porque era nueva). Sea como fuese, no quería perderla.

III
Me acerqué a la puerta. Me clavaste los ojos, y pusiste una mueca. Ibas a llorar. Ya lo sé, te conozco demasiado. Esa es la mueca que ponés antes de llorar. Ibas a llorar y a tirarme encima cada lágrima. Yo tendría que comparecer ante el ritual del llanto, consolarte de mí. Me hice el tonto y me agaché. Me desaté un cordón del zapato, y me lo volví a atar. Para cuando me paré ya te habías compuesto. Me pasaste un hacha. Vos sacasate un cuchillo de la cartera. Me acuerdo de que me pregunté: ¿por qué está todo manchado de sangre? Pensaba que era tu primera vez, te dije. Ni siquiera me miraste.

IV
Yo le sostenía las piernas, vos serruchabas. Salvo los huesos que astillaban, silencio. Te miré, ahí agachada, toda cubierta de sangre, tan concentrada en despedazar un muerto. Estabas tan sexy. De repente, me dijiste: vas a escribir todo esto. En algún momento vas a escribir estas cosas. Toda tu literatura es morbo y necrofilia. Traté de recordar esas palabras que dijiste. Me pareció que en algún punto harían un buen cuento. Pero en el momento no las pude anotar - sentí que sería una descortesía - y ahora creo que las perdí, y entonces tengo que sustituirlas con ficciones. Está bien. Después de todo, todo es así.

V
Mientras trabajábamos entraron a la habitación – de a uno – el lechero, el portero, dos vecinos, el gato, dos amigos tuyos, Gabriela, mi primo, tu madre, el delivery de empanadas, etc.

Yo pensé: vamos a tener que matarlos a todos; no puede quedar rastro. Y mirando esas cosas que pensaba, dije: esto va a ser un enchastre.
Sí, me dijiste. Va a ser una hoguera lenta.
Tenemos toda la noche.
///
dibujo: boceto de Edvard Munch; Cavadores

7.11.07

trompe-l`oeil



silla de Vincent en Arles, 1888



Vincent Van Gogh ardía. Su temperamento, poco proclive a lidiar con la realidad sino melancólica o tortuosamente, agudizaba sus atributos menos concilables con la vigilia. Entraba y salía de hospicios. La apariencia de sus recuperaciones se concluía en un declive cada vez más profundo. Le quedaba poco más de un año de vida. El sentía que se recuperaba, y escribía a su hermano serenamente (tal vez sólo ansiaba tranquilizarlo). Escribió el 9 de junio de 1889: “Ahora el temor a la vida es menor y la melancolía menos acentuada. Pero no tengo voluntad. Fui y sido siendo terriblemente melancólico” . “Siento deseos de trabajar. La enfermedad tal vez haya sido útil en el sentido de que ahora pinto mejor que antes” , y diez días más tarde, dice: “Me va muy bien y el trabajo me ocupa y me distrae”. Durante su internación en Saint Remy, Vincent sufre nuevas recaídas. Escribe en julio de 1889: “Me va muy bien. Te puedes imaginar que después de medio año de un extremo cuidado en la comida, en la bebida y en el tabaco, debo encontrarme mucho más tranquilo”. Escribe en agosto de 1889: “Debes saber que me resulta muy difícil escribir, pues estoy totalmente confundido”.

silla de Debret Viana, buenos aires, 2007.

5.11.07

farsa

No puede escribir. No le sale. Se sienta frente a la página, se fuerza ante la blancura del principio. Y nada. Como es un escritor siente el imperativo de la escritura. Sabe, cuando camina por la calle, que los demás lo miran, y que esa mirada despectiva parte de un solo hecho: elloa saben que él no ha escrito. Saben que lleva mucho sin escribir. Que esta a la deriva. ¿Que hace entonces? Va hacia atrás, a los cajones de escritura antigua, cuando no se daba cuenta de que estaba escribiendo y entonces podía escribir. Y busca un texto que escribió en uno de esos momentos en que no podía escribir. Lo agarra, lo corta y lo pega aquí. Farsa.

Mi melancolía; mi monotonía: mi lobotomía

No estoy escribiendo. Todo – estas palabras – suceden en la no-escritura. Me dirán: el viejo truco de escribir que no se puede escribir, y entonces ya haber escrito. No; si pudiera escribir, escribiría otra cosa. Porque no puedo escribir escribo esto. Si pudiera escribir escribiría ficciones. Detrás de ellas puedo ocultarme. Las ficciones exhalan fragancias preciosas que embriagan mi alma y me distraen de la urgencia de mi melancolía. En cambio estos fragmentos torpes, esta prosa reseca revelan, exhiben, prostituyen piezas sueltas de mis devaneos. No; esto no es escribir. Es mover la pluma por la hoja mientras ansío que algo me interrumpa. Los garabatos que surgen son siempre iguales. Lo que hago es expandir la escenografía de mi fracaso. Vivo, mientras tanto, mi vida como quien recién ha llegado a un país extraño. Me ocupo de ver cómo se mueven las luces por las cosas. Sí: tareas de encarcelado (después de todo nunca supe salir de mí; aunque, precisamente porque me conozco, bastante seguido me veo y me desconozco: pero no es lo mismo, no es que haya salido: es ser yo - todavía yo - y que mi pasado sea alguien, algún otro).

Si, en cambio, pudiese escribir, sería distinto. Mis cadenas no se modificarían, pero la literatura es el único narcótico que me priva de tener que sentir mi cuerpo, mi hastío y la manera
en que las horas intensifican las muecas grotescas que mi alma hizo alguna vez, parodiándose.