27.8.07

reververage silente de las sentencias


tribunales





I
Hoy me miré las manos. No es algo que suelo hacer, no tengo tiempo. Pero hoy me las miré varias veces. Tuve que hacerlo: sentía un leve ardor. No interfería con mi vida, pero afloraba allí donde me quedaba quieto. Sé bien que eso de quedarse quieto es un contratiempo, una descortesía. Pero últimamente tengo dudas, no sé qué debo hacer con mi vida. Mi madre dice que leo demasiados libros. No sé. No creo que sea eso. Es simplemente que a veces, entre una cosa que hice y otra que tengo que hacer surge una espera. Y, como me aburro, leo algo. Lo que sea, lo que tenga a mano. Igual le digo a mi madre que no se preocupe: últimamente las cosas van más rápido y para seguirles el paso hay que ser uno con la realidad, que es un lenguaje hecho de acciones. Eso lo dijo Pasolini. Que el lenguaje de la realidad es la acción. No sé quién es Pasolini. Lo leí en medio de una espera. Parece que hacía cine y que lo mataron. Pero el caso es que, de repente, quedo detenido (esperando que me abran una puerta o que me entreguen un papel, o que sellen ese papel, o en el ascensor, cuando hay gente y es incómodo mirarse en el espejo, o etc). Y hoy me sorprendí cada vez diciéndome: ¡qué rojas tengo las manos! Me miraba las manos y sí, en verdad estaban muy rojas. Razoné el glacial invierno de afuera, y la calidez de los interiores burgueses por los que circulo rutinariamente. Supuse que esas sucesivas brusquedades térmicas imponían el carácter rojizo de mis manos.
Pero no sé. No sé.


II
No me fijé en otras manos. Podía verificar si el color que usurpaba las mías también urgía en otras manos, pero no: me daba pudor (mirar a los demás me da pudor). Sin embargo, oculté las mías de los demás. No sé por qué. Simplemente lo hice. Soy tímido. Pero esa tarde todos me trataron muy cordialmente. Como si fuese uno de ellos. Tuve que adoptar poses poco ortodoxas, y me sorprendió que pasasen desapercibidas. Recapitulando después, en el colectivo de regreso, los movimientos que yo había cometido para evitar revelar las palmas de mis manos noté que eran los mismos que los de los demás. Me habían salido tan bien porque los venía viendo desde siempre. Era la manera en que los demás caminaban. Me lavé las manos con agua fría, cuando llegué a casa. Raspé con jabón la palma de mis manos. Pero no hubo caso: seguían rojas. Lo bueno es que el ardor se ha calmado hasta desvanecerse. Y como no me molestan, ya no reparo en lo rojas que están.

24.8.07

epígrafe tardío para El Otro

Encuentro el epígrafe perfecto para el relato El Otro. Pero es muy largo y como de todos modos no quiero perderlo, lo copio aquí, como una inscripción.
...


"(...)No podría haber combate decisivo: en ese combate no hay decisión, ni siquiera hay combate, sino sólo la espera, la cercanía, la sospecha, las vicisitudes de una amenaza cada vez más amenazante, pero infinita, indecisa, contenida totalmente en su misma indecisión. Lo que la bestia presiente en la lejanía, esa cosa monstruosa que va a su encuentro eternamente, es ella misma, y si alguna vez pudiese encontrarse en su presencia, encontraría su propia ausencia; es ella misma pero convertida en la otra, a la que no reconocería ni encontraría. La otra noche es siempre la otra, y aquel que la oye se convierte en el otro, al acercarse a ella se aleja de sí, ya no es quien es acerca sino quien se aparta, quien va de aquí para allá. Aquel que entró en la primera noche intenta intrépidamente ir hacia su intimidad más profunda, hacia lo esencial; en un momento dado oye a la otra noche, se oye a sí mismo, y el eco eternamente repetido de su propia marcha, marcha hacia el silencio, pero el eco lo devuelve, como la inmesidad susurrante, hacía el vacío, y el vacío es ahora una presencia que viene a su encuentro."
...


Se trata de uno de esos momentos en que detesto que Blanchot se me haya adelantado. El capítulo es "La trampa de la noche" en el tomo "Inspiración", de El Espacio Literario.
*


Lo que me sigo preguntando es si ese personaje debía morir. No lo sé. Vacilo. Muchos personajes mueren. E cuento e una máquina que debe cerrar. La muerte del personaje principal le da cierta redondez. Lo incesante, lo que sigue pertenece a la novela. Acaso por eso la novela pueda hacese cargo mucho mejor de la vida que un cuento. Esto nunca empieza a ser una virtud de la novela, y consagra al cuento como un género superior. Por eso no sé si debía morir. El drama de la otredad no concluye, e incluso la muerte es una ilusión ofrecida para apaciguar su malestar. La muerte es una solución. Toda mi literatura ha descreído siempre de las soluciones. Las cosas no se resuelven: la muerte de un personaje es una evasión: la fuga de la trama, no su conclusión. Como a Sherlock, tal vez haya que revivirlo.
*


También recordé un fragmento de un cuento de Borges (mis noches son muy largas; adivino, por el murmullo del techo metálico del patio, que llueve afuera, en el invierno de afuera; ¿qué otra cosa podría hacer?). En "La casa de Asterión", el minotauro (que es casi la conciencia de un cachorro abandonado) deambula tristísimo por las galerías del laberinto, y dice:
...


"Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar por el suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto lo ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cóm el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente lo dos."


...


Vislumbro que el caso de Asterión es el perfecto reverso. El, sabiendose solo, juega a que hay alguien que lo visita y lo acompaña. Porque lo imagina le es lícito el conocimiento de su imaginería. Sabe del artificio que compone, y lo disfruta dentro de los límites del juego. En cambio, en el otro, al sospechar sin nunca encontrar, se abre la eterna suspensión de la vida en la ilusión de una otredad que no se confirma. En esa dilatación empieza la promesa de realidad, y se sufre a cada paso la ambiguedad del juego en la contínua postergación de sus fronteras, que se extienden cada vez que uno (que el) pensaba que podía palparlas.



///

22.8.07

zapping


1- Perú. Un terremoto sepulta la ciudad de Pisco. En Chicha, cerca de allí, lo muros de una cárcel se derrumban. Más de 800 presos escapan. Los diarios titulan: "fugados". Pero al otro día, la mayoría regresa. Dicen que afuera la realidad era tan espantosa que preferían quedarse allí. Uno dice: no nos fugamos, corrimos por nuestras vidas; y ahora, regresamos.
.

2- Desocupados, los obreros residuales del capitalismo reclaman las cadenas laborales que un día los ataban. "Sí, nos explotaban. Pero era mejor que esto".
.

3- Es un pibe. 17 años. Asesina a dos adolescentes. Lo agarran; va preso. Le dan arresto domiciliario, pero pide ir a la cárcel. Dice: "en casa me aburro".
.
.


Es una plegaria que llevo tiempo escuchando. Por favor, arránquenme mi libertad. En ella ardo, aturdido, extraviado, entregado a lo real como en un lentísimo altar de sacrificio.

18.8.07

mientras El Otro

escribir



Epocas de torpeza (los efluvios de lejana epifanías se atascan en la afonía de la garganta de mi pluma / lenguaje / escritura /whateveretcjustamente)



Ya no puedo escribir un cuento: lo que hago es organizar la manera en que un cuento se ha malogrado: hilvano los pasos sueltos arrojados dispersamente en la senda por donde el cuento se extravió.

apuntes sobre El Otro

Sí; la soledad está llena de cosas: como el desierto está poblado de espejimos.


Madura del silencio una voz sudada de mil imágenes secas. Como la promesa de una lejana sirena que el náufrago sueña en la monotonía de su destino, la rutina del oleaje.



La seducción que ejerce cada una, es análoga.

14.8.07

dos tímidos pasos hacia la escritura

nota rápida en un cuadernito dejado al costado de la mesa de luz





Angostas las paredes de la caverna de este invierno mientras me raspo las uñas congeladas contra las rocas con el sueño, ya un poco cansado, de la tibieza de una siesta en la primavera, que se deja soñar - levemente - como una promesa fútil, cuando cae la tarde, acurrucado en un ángulo del sofá desde donde el cielo, por la ventana, no se ve. / Omito, en el texto, las penas que vinieron con el frío. Que sea el texto el espacio donde puedo respirar, el paréntesis en el devenir de los calendarios que reúnen el lado de afuera de mi vida que, a estas alturas del tiempo perdido, ya es toda mi vida, (y por ella, desde luego, merezco la sentencia más severa: seguir: seguir con este texto; seguir con mi vida: da lo mismo y es, al mismo tiempo, el reverso). /




...





¿Tengo algo para decir? No lo sé. Probablemente no. No me compete saberlo. No se escribe nunca porque se tiene algo para decir. Sería tan sencillo (tan burdo, tan pedestre: tan ejecutivo). Si uno tiene algo para decir, lo dice. Y se acabó: queda ahí: dicho. Manda un correo con su mensaje para la humanidad, o para quien sea, siempre tan lejano, tan inasequible como la humanidad. El principio de la escritura es la incertidumbre, el miedo, el ansia, el querer decir algo y no saber qué ni saber cómo. Aunque es cierto: es posible que se sepa antes el cómo que el qué. No sé. Retorcer el lenguaje hasta que de él se escurra algo, cualquier cosa nuestra que pueda ser dicha.



La ilusión de que algo pueda valer la pena.
...





¿Adonde va este texto? Pienso: ¿acaso puede hacerse una pregunta más tonta que esa? No sé dónde va mi vida y tengo que saber dónde va este texto… Si al menos fuese ficción… Si fuese ficción sabría a dónde va el texto precisamente porque no sé hacia donde va mi vida.
...


Miro por la ventana. No da a ninguna parte. Al patio de un vecino. ¿Qué veo? Nada. La noche. ¿Qué hay para ver cuando es de noche si no la noche? Qué me importan a mí los matices. Son torpes variaciones de la noche platónica que llevo dentro del pecho, y que solo encuentro en el trazo de Van Gogh. Ah, Vincent... cualquier árbol puede ser un incendio arrebatado en el viento que imagina una mirada herida.
...





(Extraño las cosas que tengo desde la perpetua previsión de su irremisible pérdida.)







(Quiero perder las cosas que tengo para que algo me obligue - puesto que yo no puedo - a ser yo, sin anestesias ni condescendencias)
...


Y tengo sueño. Los párpados se me derrumban. El imperio de la vigilia es tan endeble como eso.



Pero la cama no me sirve. ¿Escribir me sirve? Tampoco. Pero estoy cansado de dar vueltas sobre la cama. Entonces: doy vueltas sobre el teclado, sobre el lenguaje, sobre mi ánimo, mi pasado, mis terrores.





Después de todo la invisibilidad es una cuestión de paciencia.





Y la imaginación es el caudal del miedo.

12.8.07

Me preguntan qué quiero decir con que la soledad está llena de cosas.
Respondo: la soledad está llena de cosas como el desierto está lleno de espejismos

9.8.07

/ * /

Ok: Infimos Urbanos está estancado. Acaso en unos días se reanimen las venas espesas por donde cansadamente solo fluye este silencio. ¿Es que todavía queda algo por decir? No es el punto. Es solo cuestión de cambiar esta parálisis por las muletas de la literatura (o, por lo menos, del discurso). Si vamos a algún lado o no, poco importa. Al menos podré rumiar por la habitación, girar con el tiempo. Y entre tanto, nada.




Pero hay otros lugares. Un pequeño blog de haiku (Las aguas etéreas) donde hay cosas como ésta:





luna abierta.
un perro llora en la ciudad:
es la ciudad.




o como ésta:



todo delira
impunemente. Kafka
nos está soñando.






o bien la la galería de fotos (Anatomía de los pasos solo); donde hay cosas como ésta.








///


Se están efectuando las curaciones pertinentes para que todo lo que murmura en la desidia de mi tristeza termine en el papel, en lugar de afasia, acedia e insomnio.

24.7.07

"...y mañana el destierro es la orilla tuya que me das ya sin ti"


one night stand






Infinita pena por esa mujer que pasó una noche en casa. Noche perfecta, que yo creí llena de intimidad pero en realidad lo que había pasado era que ella y yo nos dijimos las cosas con el susurro de la intimidad (su ánfora, nunca su jugo), en la semi penumbra de una habitación iluminada por la estática de un canal de tv cuando la película que vimos hacía horas había(...).


(..)en el sofá, entrelazados, confundí las fronteras: creí que podía haber magia cuando lo que pasaba ocurría lejos de la vigilia, ambos narcotizados por algo que tiene que ver con la noche, con la cercanía de los cuerpos, la desesperación de la soledad y la inmarcesible(...) creí que empezaba algo cuando estaba acabando. Vislumbré un principio cuando sobrevenía el final: ese el fundamento de la desilusión. Ella era tan dulce, tan salvaje: una enajenada walkiria urbana. Me acuerdo de su piel blanca y de su sentido del humor. ¿Puede ir bien algo que sucede tan rápido? ¿Puede seguir hacia alguna parte algo que comienza en el umbral de la perfección?


(…)Insegura, cada tanto me preguntaba ¿querés que me vaya? Y yo me preguntaba si realmente era posible que no se diese cuenta del poder que tenía.


(...) habíamos visto dos películas (una de Scorcese, que teníamos que ver por predisposiciones académicas, y El Labertinto del Fauno, porque la convencí), habíamos cenado, habíamos jugado con palabras y con manos, nos habíamos reído con fuerza; y lo único que habíamos hecho era jugar el silencioso juego de la seducción. Le leí un poema de Pessoa; ella me leyó uno de Bukowski. Le hice un capuchino y me dijo que estaba aguado. Discutimos sobre arte: ella me decía que en todo film hay un narrador. Yo le decía que no necesariamente; que lo que sí había era narración: no importa quien habla: hay habla, y punto. No nos pusimos de acuerdo. Su pierna fue a descansar sobre la mía. Le dije que podía quedarse, le ofrecí la otra habitación y ella dijo que le daba miedo. Le dije que podía dormir en mi cama; yo dormiría en el sofá. Me dijo que se sentiría mal si me despojaba de mi cama. Le di mi palabra de boy scout de que no la tocaría: en verdad no quería tocarla: era demasiado preciosa: quería demorar el arribo a su belleza, quería habitar semanas el suspenso de su cuerpo abierto, la tibieza prefigurada de sus labios. Bailamos algunos blues: sus movimientos eran tan gráciles que no sentí mi torpeza. Ella estaba despeinada, y se vestía de manera tal que su cuerpo quedase disimulado por las ropas. Se parecía un poco a Julie Delpy, pero cuando era joven, en algún film de Godard. Antes de entrar en la cama, hablábamos uno en los brazos del otro, con excusas tontas nos tocábamos partes neutrales de cuerpo, sin erotismo ni seducción: solamente el candor de la urgencia del otro; contactos para los que podía argumentarse la coartada de la sociabilidad inocente. Me dijo que yo era lindo. Le dije que no. Insistió un poco (así de buena era), pero tuvo que desistir. Apagamos las luces, nos cubrimos con las sábanas. Hablamos de filosofía. En la mitad de la palabra Heidegger se encontraron nuestras bocas. Me pasó algo muy raro: no supe (y hasta el día de hoy no sé) quién besó a quién. ¿Acaso es posible la simetría de las voluntades hallando cada una en la otra el estímulo que padecía? ¿O simplemente chocamos, en el accidente de la cercanía y la oscuridad, y cada uno creyó que era besado por el otro y respondió con un beso? No lo sé. Es un detalle poético. Solo de las cosas que no sé puedo hacer detalles poéticos. De esa noche queda eso: algunos detalles poéticos y una rara nostalgia: no siento el ansia de regresar a esa noche, pero sí el dolor de su evanescencia. De los placeres en los que me hundí, nunca uno huyó de mí tan delicadamente.


(...) dediqué la eternidad a recorrer ese cuerpo con la lentitud de mis yemas famélicas. Ella, como un instrumento dócil, vibró notas excelsas. Aprendí esa noche músicas que nunca más sonaron bien.


(...) después de todo, nos quedamos hablando. Horas. Prendidos a la oscuridad queríamos demorar ese momento (algo ya hacía presentir que el alba nos distanciaría). Sin embargo las cosas que dijimos no podían hacerme prever su desaparición (solamente acaso la proximidad del ideal: ante el fulgor de la belleza absoluta, conviene desconfiar: son las formas de la parodia, de la ironía: ¡ah, quien pudiese habitar la ironía del universo sin darse cuenta!) No sé quién de los dos fue el primero en quedar dormido. Entre las intermitencias del sueño, sentí mi mano dormida deslizarse por el níveo cuerpo de una ninfa.


(...) no sé si soñé; si soñé algo, lo perdí.


(...) la luz entraba por la puerta entreabierta. Esto fue lo primero que vi. Después a ella, parada a un costado de la cama, vistiéndose. Fue la última vez que la vi desnuda. Me vio que la miraba, y me dijo “quedáte un poco más”; y yo me quedé: ¿para qué desterrarme de esa somnolencia que era como la música de un epitafio, para qué entrar en la pérdida?
(...) el desayuno. Cuando llegué a la cocina, iba por la mitad y leía. Cosas de la facultad. De ahí en más, ya estábamos distantes. Nos comportábamos como si nada hubiese pasado, como si no hubiésemos dicho nada, como si no supiéramos nada del rostro del goce del otro, como si recién nos encontráramos, extraños todavía. Fue triste. Fue un velorio.
(...) dos horas después estábamos en la calle. No pude recordar cuando había sido la última vez que la había tocado. Tomamos el mismo colectivo: compartiríamos un rato más la dirección, pero íbamos a lugares diferentes. Era la grosera metáfora de todo. El viaje fue silencioso. No dijimos nada, y cuando hablábamos era para mantener las formas. Pensé: nadie en este colectivo, ninguna de estas personas imaginaría el tipo de cercanía que pacificó nuestros cuerpos, que concilió mi silencio con el suyo hacía unas horas. No quedaba nada. Ella se bajó, y yo seguí. Eso también era una metáfora. Lo último que me preguntó fue si le había dejado alguna marca en el cuello. Desde la calle levantó su mano, la movió en el aire. Yo la saludé desde el colectivo en movimiento No la vi nunca más. Esta noche la recuerdo. Y recuerdo todas esas cosas que dijimos que ibamos a hacer juntos. ¿Mentíamos? No sé; no creo. Adiós, A. Adiós.


(...) lloraría por ella conmigo, si tuviese con qué.

21.7.07

polaroid

Pasó caminar por las calles laterales del centro cuando atardecía después de haber sido abducido por millares de trámites. Y ver todos esos bares, diminutos, 7 por cuadra, tan tentadores, todos tan distintos entre sí, algunos con un tinte decadente, otros antiguos, otros supermodernos con todos de plástico. Deseo sensual de pasar muchas tardes esta tarde en cada uno de ellos, imaginar lo bella que sería la calle horrible por la que paso desde esa mesa que da a la ventana, soñar también con un viaje a esos bares, dedicar meticulosamente las horas a pasar por ellos, a tomar un café o un submarino, y simplemente quedarme allí, leyendo un diario, o viendo las cosas pasar sin más pretensión que su melancólica evanescencia. Y sentir, por primera vez en todo este mes de pérdidas e irreversibilidad, ganas de escribir. No llegar a hacerlo porque me esperaba una mujer en la entrada de un subte y yo estaba llegando tarde, y porque desandar el camino hasta el bolsillo donde guardo la lapicera me pareció fatídico.

19.7.07

.....

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9.7.07

migas en el fondo del bolsillo

dos cosas, primero esta:



"(...)Según dicen, durante aquellos años Holderlin casi no salía, y en las raras ocasiones en que abandonaba su habitación, era solo para dar paseos sin rumbo por el campo, llenarse los bolsillos de piedras y recoger flores, que luego haría pedazos."



o,
también, aunque no necerariamente como algo opuesto:




"(...) ¿no es siempre velarse a uno mismo? Atado a la espera deambulo por el corredor de la funeraria. En la habitación principal me velan a mí: quiero ir, quiero entrar, verme. Pero un funcionario está parado frente a la puerta. Me dice que todavía no, que hay que esperar. Y yo espero. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Con esa espera cometo mi vida."

6.7.07

cogito ergo mortuus



*
tal vez la mano
sigue trazando frases
como siguen creciendo
las uñas, el pelo
de un muerto
*

4.7.07

yerma

"
Si me encontrara deshecho por la desgracia, destruido, impotente, en la última miseria física o mental, o las dos juntas, por ejemplo aislado y condenado en la alta montaña, hundido en la nieve, en avanzado estado de congelamiento, tras una caída de cientos de metros rebotando en filos de hielos y rocas, con las dos piernas arrancadas, o las costillas aplastadas y rotas y todas sus puntas perforándome los pulmones; o en el fondo de una zanja o en un callejón, después de un tiroteo, desangrándome en un siniestro amanecer que para mí será el último; o en un pabellón para desahuciados en un hospital, perdiendo hora a hora mis últimas funciones en medio de atroces dolores, o abandonado a los avatares de la mendicidad y el alcoholismo en las calles o con la gangrena subiéndome por una pierna; o en el proceso espantoso de un espasmo de la glotis; o directamente loco, haciendo mis necesidades dentro de la camisa de fuerza, imbécil, oprobioso, perdido... lo más probable sería que, aun teniendo una lapicera y un cuaderno a mano, no escribiera. Nada, ni una línea, ni una palabra. No escribiría, definitivamente. Pero no por no poder hacerlo, no por las circunstancias, sino por el mismo motivo por el que no escribo ahora: porque no tengo ganas, porque estoy cansado, aburrido, harto; porque no veo de qué podría servir.
"
Aira,
prefacio al Diario de la hepatitis

1.7.07

22.6.07

infidencias

Nadie leerá lo que aquí escribo; nadie vendrá a ayudarme; si se hubieran impuesto la tarea de ayudarme, permanecerían cerradas todas las puertas de todas las casas, todas las ventanas estarían cerradas, todos estarían en cama cubriéndose la cabeza con la manta, toda la tierra se tornaría en un albergue nocturno. Esto tiene un sentido, pues nadie sabría de mí y si supiera algo, no sabría mi paradero, y si supiera mi paradero, no sabría cómo detenerme, y si supiera cómo detenerme, no sabría cómo ayudarme. El pensamiento de querer ayudarme es una enfermedad que debe curarse en la cama.


draft sobre El cazador Gracchus
Kafka
::::

portrait of Kafka; de Cuevas

10.6.07

reversibilidad del tiempo: literatura:



la inscripción de la pérdida


Suena el despertador a la hora en que lo puse la madrugada de hace dos noches para despertarnos ayer, (después de casi no dormir: la urgencia de los cuerpos) porque ella tenía que ir a la facultad, porque yo tenía que recuperar el tiempo concedido a la hipnótica fugacidad de los márgenes de su rendida belleza (expulsado de su subjetividad – sólo se acerca a mí bajo su apariencia objetiva – no puedo más que darme a la pasión de las formas, la pasión del contorno: el goce geológico de la feminidad seducida).

Son las 8.48; y es triste cómo las marcas de los goces de ayer, desvanecidos en la sucesión del tiempo (evanescencia doblemente desconsolada por la memoria: el remedio que hiere), se inscriben en la letanía de hoy (otra vez solo, atravesando las mismas horas, sentado en el mismo sofá, arrojado a la misma cama que ayer , con cada cosa enrarecida o usurpada por los fantasmas de las prácticas de ayer – extrañeza de quedarse en la escena del crimen -; todo esto sin pena, sin añoranza: sólo la memoria; decir pensar que ayer, a esta hora, etc, y denunciar con ese mecanismo al tiempo como un concierto de distancias y contactos), sin reversibilidad salvo en la forma de tristeza o de ironía (siempre un desdoblamiento u otro, uno después de otro, uno enfrente del otro, uno tan estéril como el otro, eventualmente dilatándose en la erosión fósil del pasaje al texto: estetización – manipulación – prostitución; una última, melancólica y vanidosa reverencia - a lo que fue, y pasó).

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Eras morocha esa noche, y servías a los propósitos más salvajes del azar del universo.
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7.6.07

cable desde el backsound (prefiguración de relevancia)



Son las 4.47 am. No encuentro las palabras para terminar un relato (sé que se llamará El otro; sé de su trama y adivino su cadencia, pero no doy con palabras etéreas que sugieran lo que no quiero decir). Cansado de pensar, me distraigo tomando libros de la biblioteca ubicada junto al escritorio. Estoy sentado en una silla con ruedas. Me deplazo, tomo un libro, leo un fragmento, lo dejo y tomo otro. Lánguidamente, reitero la ceremonia. De fondo, la tv está prendida: backsound. Pasé por Lorca, Unamuno, Camus, Pasolini, Dostoievski, Salinger, Deleuze, Gogol, y llego a Ionesco. Su diario. Paso las hojas, leo un fragmento (hay una anotación sobre el margen, dice “el yo”); el fragmento dice así:


“Releo unas páginas de mi diario íntimo. Escribir diarios íntimos es, según parece, sucumbir a una tentación individualista condenable. En realidad, el es un . Es decir, estoy determinado a ser lo que soy, a pensar como pienso, por condiciones objetivas. Estas condiciones objetivas son vividas por todo un grupo social (...)”.


Interrumpo la lectura, pronuncio, en silencio, la palabra “conciencia”. Esto lo hago muy lentamente. Lo hago para evocar esa añeja teoría que dice que un escritor no es más que la expresión de una conciencia (que claro, no es poco). Sin quererlo, soy atraído por las luces de la tv (víctima de la contemporaneidad, qué más que rendirse al hechizo lumínico del espectáculo del desmoronamiento...). Una actriz levanta la vista del libro que está leyendo, y mira a cámara, guarda silencio (¿un segundo?) y dice "conciencia".


( “...conciencia...” )


Quedo helado. La reconozco, al rato. Es Alphaville, de Godard. Siento que ha sucedido algo. Y como no sé bien qué, escribo esto.
Y cuando termino de escribir esto, me voy a ver el final de Alphaville.
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4.6.07

los 2 textos anteriores: la aversión por la catarsis, el énfasis de la ficción y que por favor dejen de adjudicarme las travesías de ese que dice yo

desmontaje
(para tranquilizar a familiares y amigos)

Miento. Siempre miento. Miento mintiendo. Miento al decir que miento. Es cierto que tengo balcón, pero no saldría con este frío. Y de salir, seguramente no me quedaría viendo un auto al pasar, y sería difícil que un gato doblase la esquina justo en ese momento. Tampoco padezco insomnio: no tengo problemas para dormir, salvo una suerte de desfasaje: el sueño me viene al amanecer; despierto a mediodía. Si apoyo la cabeza en la almohada, quedo dormido. No eran las dos de la mañana, no llamó ningún amigo (de hecho, no llamó nadie), ni creo tener un amigo que tenga un amigo que conociese a alguna de las mujeres perdí. Además, he tenido la precaución de no vincular mujeres con canciones, por lo que puedo abandonarme a mi melomanía sin emboscadas sentimentales. Café suelo tomar de mañana, y no por las noches: ¿cuál es el sentido de que un narrador que se declara insomne tome una taza de café? Y esa mujer, no sé quién será. En todo caso, no la conozco. Ni guardo nostalgias de ese orden. Estaba conociendo a una pelirroja pintora preciosa por aquellos días, y la noche en que brotó el texto casi todo estaba impregnado por la fragancia que la fascinación de su cuerpo níveo y sinuoso había manado una madrugada cercana, con la misma suavidad que nacen los relámpagos. No miré las nubes en el cielo, ni hubiese buscado en ellas figuras y si las hubiese buscado, no hubiese podido hallarlas, y de hallarlas seguramente no se parecerían a las siluetas siniestras que forman las ropas que dejo dispersas en la habitación cuando las miro desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño; sobre todo porque la ropa no es distinguible desde la perspectiva que ofrece mi cama, y aun su fuese distinguible, hay muy poca luz para ver algo (me gusta dormir en la impenetrable tiniebla); y si fuese posible ver algo, no lo vería, porque no tengo insomnio y me duermo en seguida. Y sobre la gente que pasa por las mañanas... mi barrio es muy calmo, es una calle sin tránsito, no pasan colectivos y rara vez cruza un auto, no hay negocios cerca y la gente que pasa lo hace con lerda frecuencia. Tampoco recordé ninguna frase leída en el día, y cuando prendí la tele no había un film de Woody Allen. Ojalá hubiese habido: tal vez así no hubiese escrito el texto. Pero no importaba tanto, porque no prendí la tele (y esa específica película de woody no la vi a los diecisiete). Mucho menos me hice esas preguntas que no son más que una forma estilizada de una milenaria inquietud existencial (que me ocurre de cuando en cuando, en el momento menos previsto y no necesariamente en el oportuno escenario hiperreflexivo del insomnio). No soy yo, por otra parte, quien paga la cuenta del teléfono, y tampoco compro la comida ni el papel del baño.
Y la tristeza, bueno, la tristeza es cierta.

*

Lo único cierto es que tenía ganas de escribir un texto en ese preciso tiempo verbal, me atraía que empezase con “tener 25 años”, y lo más importante es que ansiaba terminarlo con la repetición de la palabra “tristeza”. Había algo en decir “y la tristeza, la tristeza” que me fascinaba. Degusté un centenar de veces el sonido de la frase y si derramé el gesto de un ritual de una tristeza ficticia bajo la encarnación de prosa, fue para poder decir, al final, “y la tristeza, la tristeza”. Desde luego no hay repetición: su sonido es similar (n idéntico porque viene manchado con el anterior, y su cadencia no es la misma) pero su iterabilidad es imposible. Que esa palabra “tristeza” fuese tan distinta, significase tanto otra cosa que la cercanísima palabra “tristeza” era un excitante.
* *

Y todo esto es tan falso como lo primero (lo anterior, lo siguiente, lo callado). ¿Cuál es la practicidad de demostrar que he mentido exhibiendo ahora la verdad? Sólo puedo probar que miento mintiendo, mintiendo más, mintiendo todavía, no dejando de mentir nunca. Llevando hasta el exceso y la monstruosidad las fronteras de la ficción. ¿Qué la profanación publicitaria de mi biografía dé cuenta de cómo falsifico cada detalle concedido al papel? No. Para nada. Será la desmesura de la impostura la que confirme que mi palabra (las que dejo en la hoja) no tienen nada que ver con la disposición diurna de las cosas.

Soy un escritor.

28.5.07

La torre de Viterbo, Xanadu o algo



( pardon me while I have a strange interlude )
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La improductividad de mi vida social. Salgo a cenar con algún amigo, con alguna muchacha. No hago más que repetir las historias que ya me sé (con un amigo, antiquísimo, de la primera infancia, incluso nos contamos una y otra vez las mismas anécdotas, nos reímos como la primera vez).

*

Y todo para qué. Con qué propósito. Acaba de irse una pelirroja de mi casa. Son las 7am; tuve que pagarle un remis. Llovía y cuando cerró la puerta del auto, el auto arrancó y se fue, me quedé en la vereda, bajo el marco de mi puerta, viendo la lluvia caer. Y pensé. Me detuve y pensé en la evanescencia de las cosas. Como todo pasa y nada nada queda. Como cumplo serenamente las rutinas que inscribí sobre mí. La lluvia me ayuda a pensar en estas cosas (la lluvia no le hace bien al capitalismo). Me veo tantas veces perdiendo el tiempo, pasando por las horas como quien pasa por las superficies más periféricas de la savia de la existencia. Estar vivo y sentir la vida son cosas que distan tanto. Abro el cofre donde guardé las horas vividas, lo saco de la maleta donde cargo el pasado, le descorro el polvo y bajo la tapa no hay nada. ¿Y qué podría haber? Probablemente, historias apócrifas. Incluso la risa genuina, la vivencias compartidas, los episodios memorables no son experiencia más que por haber aplicado sobre ellos manías literarias que, traicionándolos, no hicieron más que volvernos un relato, un cuento que se cuenta, un artefacto estético, un dispositivo para distraer el tedio. ¿Y el sexo? Abro una mujer, la recorro, la doblo, saco de ella sonidos de fiera extasiada, gemidos, gritos, murmullos de tigre en la siesta, silencios de algas mecidas en un río quieto; gozo yo mismo en esa travesía y al rato, cuando resurjo en el tiempo lineal y la vigilia de las cosas, me aburro, quiero hacer otra cosa, irme. El puro presente que es el arrebato sexual denuncia la muerte, la fugacidad latente. Me gusta, pero vuelvo a mí con las manos vacías. Sé de la soledad. Sé que es irredimible. Me canso de reiterar los rituales de la ilusión de la comunicación. ¿A qué seguir haciendo muecas en el desierto?

*

Al final, mis únicas horas productivas son mis horas solitarias. Aun cuando no tengo nada para mostrar, cuando recorro las calles solo, y tomo un café en algún bar que encuentro en el momento en que me canso de andar, cuando abro un libro o me extravío en la contemplación del río, una plaza, un cardumen de automóviles, el ajetreo de la avenida, un hombre que lee un diario, un ave detenida, un gato, el preciso tono de la luz ese atardecer, etc, ahí siento no solo que estoy vivo – eso se siente fácil, puesto que es – sino que siento, después, cuando llego a mi casa, cuando entro en la sábanas de la noche, siento que he vivido, que estuve en ese día, que lo agoté, que fui yo, de alguna manera que tiene un no sé qué de verdad, y absoluta blancura.

*

Debería dejar todo, colgar en el perchero del sótano de mi vida cada espejismo que incitaba a cruzar la puerta de la casa, abdicar de las peripecias del movimiento, de los otros. Hablar para mí, escaparme a la montaña, o a un barrio donde nadie me conozca. Y escribir cuando sienta ganas de escribir, y tocar el piano cuando lo necesite, y escuchar música cuando quiera, y ver millones de películas para mí mismo.

*

Claro que también

turning in my climb

i looked down on the lake

traced upon the water,

there, i saw

your face

and sang in recollection

of the times we shared.

(...)


__ / * * * / __

26.5.07

Tedium Vitae



Nocturama, adrift


Tener 25 años, tener el invierno del lado de afuera de la ropa y del lado de adentro, abrir la puerta del balcón, quedarse viendo los leves matices de la luz de la madrugada en el asfalto vacío donde nada pasa, salvo a veces una reseca hoja otoñal, arrastrada por el bajo aliento nocturno, o un gato, que cruza la calle y dobla la esquina, contarse a uno mismo, frente al espejo de la espesa tiniebla de las dos de la mañana, la manera en que se perdieron las cosas perdidas, enumerar, junto al susurro de las hojas que mueve el viento gélido, las cosas que no se dijeron a tiempo, ver como ahí ya empiezan las tres de la mañana, que suene el teléfono y un amigo nos cuente que otro amigo encontró en un bar del centro a una mujer que quisimos y extraviamos hace tres años entre las diversas rutinas de los días, colgar y tararear una canción lejana para no pensar tanto en todo lo que se desmorona y recordar que esa canción tenía algo que ver con esa mujer, y pensar que esa mujer es hoy una desconocida, y pensar los silencios que habitamos juntos mientras el tiempo era un juguete inútil tirado en el suelo, al lado de la ropa y la vigilia, preparar un café, volver al balcón, buscar en el lenguaje la enunciación de sensaciones que no sentimos, ver las nubes en el cielo y descubrir las mismas figuras siniestras que forman las ropas que se dejan dispersas en la habitación cuando se miran desde la cama y con la luz apagada, en el tibio preámbulo del sueño, saber que no llueve, y que mañana tampoco lloverá, y que si lloviese sería lo mismo pero al menos habría algo qué mirar, un genuino espectáculo evanescente, y pensar que decir esto es como ansiar el llanto para que sus aguas distraigan del tedio de la vida vista con los ojos del invierno de la tres de la mañana de un balcón que da al vacío sustancial de una calle pétrea, pasa un auto y verlo pasar, hundir los ojos en el silencio que deja cuando desaparece en la distancia, decirse pasa, como todo, y oracularmente presentir la gente que mañana caminará esta calle como peones lúdicos en el ajedrez trivial de las infinitas veredas de enfrente del universo ritual, ver, en la desdibujada lejanía la autopista y saber que pasan autos aunque no los vea como se sabe que la vida ocurre del otro lado del desasosiego estéril que retiene el cuerpo entre sus sabidas prácticas cotidianas, siempre más acá del deseo, distraerse con el recuerdo de una frase que se leyó en el día, prender las luces de la casa porque hubo un ruido (de pasos, de madera seca), darse cuenta de que era la tv, que quedó encendida, ver la marea azulada que adormece las paredes, es una película de Woody Allen (Manhattan), sonreír cuando a Woody Allen otra vez lo deja Diane Keaton a pesar de saber la película de memoria y recuperar de algún lugar poco visitado del pasado esa misma sonrisa que se tiene a los diecisiete años, mientras se ve la película por primera vez, apagar la tv porque es tarde, porque mañana, preguntarse ¿en qué momento fue que me volví real?, preguntarse ¿dónde comenzó el agujero por donde huyó el tiempo grácil de una amena templanza que solo tuve en la memoria y una vez en el ansia?, y responder irónicamente alguna cosa agraciada pero falsa y presentir el dolor de tener que ser irónico siempre, entrar en la habitación, entrar en la cama, ver todavía en la oscuridad la figura en el techo de las manchas de humedad, sentir la fatalidad que tiene saber que seguramente habrá de amanecer, y que hay que pagar la cuenta de teléfono, y pasar por el mercado para comprar galletas y milanesas y papel para el baño, y la tristeza, la tristeza.
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la fotografía, de Debret Viana,

19.5.07

Apología del fragmento



Dice Michael Haneke:
“La fragmentación es la única forma de abordar un tema con sinceridad”.

Nuestra propia humanidad nos niega las totalidades: somos finitos, estamos condenados a un solo sitio del presente, y estamos forzados a interrumpir la vigilia con períodos de inconsciencia que llamamos descanso o sueño. El fragmento es el único discurso al que podemos creerle: acomete una historia desde su evanescencia, detiene, unos instantes, algunos rasgos de la resbalosa verdad. Todo lo demás, es ficción (mejor o peor contada).
*

(Una cosa más sobre Haneke.
Cabe comentar, al margen, que a Debret Viana todavía le enfurecen ciertas tristes confusiones de la estructura cultural (el canon, la doxa, etc). Siente que es menos horrible que un artista no sea percibido, y habite su tiempo aislado en las periferias, que un otario que garabatea un mamarracho sea divinizado por las academias y audencias. Teniendo en cuenta los 71 fragmentos de una cronología del azar, de Haneke, Elephant, de Van Sant, no puede empezar a ser considera más que un trivial ejercicio de una mentalidad pasiva.)

17.5.07

para remediar la vanidad de pretender que somos responsables de tanta melancolía (y explicar por qué la tristeza es un estado sereno)

La vida en sí misma no es desesperada, sólo ligeramente melancólica. Algo difuso en la luz del día, impalpable como el lenguaje, da a las cosas un aire de melancolía que viene de mucho más lejos que nuestro inconsciente o nuestra historia personal.

Jean Baudrillard

15.5.07

perseverancia de lo inconcluso, y otros naufragios

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A veces un cuento se enreda, se desvía, no agota sus direcciones y cansa demasiadas palabras; el lenguaje comienza a hablar solo (con sus musgos cacofónicos sustituye a la voz diferencial del yo), subyuga a quien lo despertó y pervierte la idea que en su instancia platónica excitaba epifánicamente, justo como una imagen que se refleja en un podrido charco estancado se desdobla, y al acercar una bella lejanía, la arruina;
a veces un cuento se extravía, y captura en su desmesura errática a quien profanó la materia con la que se mantiene el silencio, lo suspende de su vida, lo pierde.
Un cuento puede ser algo muy vengativo.
A mitad de camino puede sublevarse, y su tránsito, que imaginabamos sereno, se torna un laberinto brusco lleno de pasajes falsos, sendas circulares y naufragios.
Un cuento es algo que fácilmente se vuelve arisco: seduce al principio desde su divina previsión abstracta, y luego histéricamente cierra las puertas que entornaba.
Justo como en el cuento anterior.
Hay que hacer el esfuerzo de arrancar el cuento de uno mismo como se arranca un riñón y arrojarlo lejos para que no moleste más, expulsarlo de sí y acompañarlo hasta el olvido, en medio del ajetreo de la otredad. Los mejores lugares para perder un cuento inacabado/inacabable son los cajones oscuros y poco transitados del escritorio, las hogueras, o un blog.
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la historieta: de Liniers

11.5.07

talismán; paraguas para cualquier día que se pierde

encuentro estos versos:
If I could just once catch your eye
invisible against the words
that hold you down in solitude
and never let you go
the way that every time
my eyes just close
like lids of wooden men in file
I put you under rainy day
your hat´s all off
and I´m gone away.
extraño y sutil goce en "lids of wooden men in file"; saborear el verso, sentir su particular viento pasar por mis labios como pasa la yema de un dedo por la piel tibia del agua de un río lejano mientras en los relojes del mundo atardece; repetir su fraseo en el silencio de las bibliotecas de mi habitación hasta que pierda todo sentido y quede solamente la frágil melodía rebotando las memorias abstractas del tiempo desvaído; morder mi lengua para extraer el jugo de esa música, en vano; preguntarme dónde se esconde: ¿por qué la belleza ha de ser tan fugitiva, por qué no reposa en ninguna parte, por qué solo dura el instante en que arde?; asistir a su desfallecimiento con un suspiro y una sonrisa triste, prever que la felicidad es siempre un estado anterior; contarme a mí mismo lo que sentí en ese verso como forma anticipada de cansarme de la incomuncabilidad de las cosas esenciales;
enmudecen los movimientos del mundo detrás de la ventana, todo se hace siesta, es cuestión de acurrucarse junto a ese verso - mansa serie de sonidos que resucitan un no se qué de religión que extravié de tanto estar despierto, limpísima manada de liebres que huyen en la lejanía, y abren una frontera de blancura - para soñar las sensaciones que no tengo sin el esfuerzo de pervertirlas en imagenes reconocibles, ese fascista vocabulario de la otredad: no, apenas roce de suavísima lluvia, como si de una bocanada profunda bebiera la distancia entre las cosas.

3.5.07

Tom Waits





Hace unos días estuve ahí (no diré nada del éxtasis y los ojos húmedos: la experiencia es incomunicable y el lenguaje una torpeza, un manotazo de ahogado). Tras la primer nota del piano, todo cede, furtivo, hacia el territorio níveo donde las palabras se evaden, y caen, secas, sin significado: hermosa y vanamente.




(una pena que hayan colocado dos adoquines profesionales para entrevistarlo)(fui el último en dejar el teatro; me quedé mirando las butacas vacías, el escenario obsoleto; en el hall de entrada la gente ocupaba espacio y hacía ruido - ¿qué otra cosa hace la gente? -; tomé el subte todavía con una extraña sonrisa en la cara, esa felicidad melancólica que es mi única manera de presentir la fragancia de la alegría; tomé un café en un bar del Abasto para sentarme junto a la ventana y sublimar la evanescencia que tienen todas las cosas urbanas, y por la noche fui al cine, una película oriental. todavía resonaba en el temblor de mi pulso la presencia de Tom Waits mientras esperaba el colectivo, entrada la madrugada, cansado y lejos de casa.)

1.5.07

márgenes de la escritura


Rousseau escribe, en los últimos meses de su vida las Reflexiones de un paseante solitario. El texto tiene una extraña lucidez que no dista del patetismo. En un momento, dice que la escritura es la “duplicación de la existencia”.

Supongo que una época iluminista podía permitirse esa ciega fe en un acto que aparentaba trabajar el razonamiento hasta volverlo palabra. Recuerdo a Blanchot, que se preguntaba: ¿es seguro que la literatura no trabaje para el mal? No sabemos responder. Graham Greene, por otra parte, se pregunta: ¿cómo es posible que alguien viva sin escribir? Yo me pregunto: ¿cómo es posible que alguien viva, si escribe? ¿Es pensable la escritura sino como una disfunción, una manera de no entender el circuito de la vida, de no darse al flujo ritual de las cosas inertes? No sé y no sé. Básteme decirle a Rousseau: No, no es la duplicación de la existencia, es la malversación de la existencia.
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Ah, la escritura... esa manera de discutir con los muertos, con los lejanos; y de ajustar cuentas con la realidad sin pagar el precio de ser real.

29.4.07

un ejercico narrativo (mal draft)



Muelles


( 3 polaroids )


1
Chicago, 1967

Tembló su mano en el picaporte. Con el peso de su cuerpo, agotado y tambaleante, abrió la puerta. En el bar sonaba Coltrane, de fondo y ásperamente. El aire embotado no apestaba más que su aliento. Dio algunos pasos. Al séptimo chocó contra la barra, y se sentó, un poco a tientas. Pidió una cerveza. La bebió de un sorbo, pero lentamente. La garganta le ardía: la penumbra coagulada. Miró la sala: hombres que conversaban ruidosamente, hombres que bebían, hombres que como él miraban la pared, inertes, y tres mujeres en el fondo, riendo desafinadas. ¿Se reirían de él? Ni siquiera lo habían visto, pero sentía que, a esta altura, todo se reía de él. Nadie le respondió a la pregunta que él no supo hacer. Pidió otra cerveza. A la sexta le dijeron que ya estaba bien. Casi no insistió. Miraba la barra, ausente. Tiene la barba de días, y el pelo desprolijo. La camisa fuera del pantalón, los ojos rojos. Los 42 años le pesan como nunca. Una uña morada, los cordones de un zapato desatado. Piensa: ¿con qué fuerza voy a arrastrar mi cadáver hasta el próximo bar? Cuando se acerca el hombre de 50 años que estaba sentado al otro lado de la barra, nota que tampoco tiene buen olor. Llama al cantinero por su nombre, le dice:
- Otra copa acá para el amigo -.
Y dirigiéndose a él, dice:
-Si acepta este gesto, caballero, tendrá que aceptar el próximo: un café.
- Está bien. – dice él, sin mirarlo.
- Muy bien entonces. Deje que me pida un café para mí, y ya estoy listo para escuchar su historia.
El lo mira, sonríe levemente y da un trago a la cerveza. Se dice para sí: es nadie, este hombre es nadie: como yo. Y empieza a hablar. Las palabras salen solas: es como desempacar. Sabe que el lenguaje sirve de poco (ya lo ha usado tantas veces, ha escrito cartas, ha dicho te amo, todo todo en vano), pero siente que tal vez usándolo se canse, y mañana, dormir sea algo posible. El otro prende un cigarrillo.


II
San Petesburgo; 1908

Habían sido nueve los días de nieve. Hoy, en cambio, el sol templaba la tarde. Se podía caminar las calles con placer. Ella se entregó al día. Caminó la plaza, encontró un banco que daba a la tibieza de los principios del otoño, y se sentó. Las cosas brillaban esa tarde; es la nieve, pensó, todas las cosas excitadas por la levísima duplicación en el espejo frágil que es cada copo de nieve. Tenía un libro en la cartera, se lo había robado a su hermano. Su hermano tenía tantos, no se iba a dar cuenta; además, él casi no leía literatura. Su mirada queda prendida del reflejo del sol sobre la nieve, la sinuosa evaporación de los copos, la lentísima agua que corría por las hojas de los árboles. Se pierde pronto en el libro, uno de Chéjov. Se cumplían, hacía poco, diez años de su muerte, estaba bien recuperarlo. ¡Qué triste había sido aquél entierro! El frío, la lluvia. Hasta Tolstoi se veía desconsolado. Le hubiese gustado conocer un poco más a Chéjov. Lo vio tres veces, cuando ya estaba postrado, y por sobre el hombro de su hermano, el doctor Schwohrer. Chéjov tenía un hilo de voz y estaba tan optimista, creía que se estaba curando pero su hermano le había dicho a ella que era no pasaría la semana. Era tan triste. El libro la distrae de los detalles de su memoria y cada tanto, resucita alguno que, después de una pequeña pirueta en el aire de la nostalgia, se desvanece. Un sonido metálico la interrumpe, en mitad del relato. Ve, en el suelo, junto a su zapato, un anillo plateado que rebota, gira, y se queda quieto. Un muchacho se le acerca, le pide disculpas. Levanta el anillo, lo mira, dice:
- No quise molestarla. Espero que no la haya golpeado.
- Tendría que tener más cuidado. – dice ella – Parece caro.
- No lo quiero, de todos modos. Puede quedárselo. Me recuerda a alguien.
El joven parecía no haber dormido en toda la noche, los ojos hinchados, de haber llorado tal vez. Ella dijo:
- Pasará. Todo pasa.
- Puede ser. - dijo él. Paso su mano abierta por la frente, suspiró.
- Se lo ve cansado. - dice ella.
- Fue una noche larga.
- Vaya, descanse.
- No puedo regresar al lugar de donde me fui.
La mujer lo mira, maternalmente. El muchacho se pone un poco nervioso, mira hacia la plaza, sigue el camino con la mirada, finge distraerse mirando el paso de un perro que persigue a otro perro. Finalmente, dice:
- Al menos no ahora
- El anillo, guardalo – dijo la mujer. - En el bolsillo interior, ahí. Para que no se pierda. Las cosas no se terminan. O por lo menos los finales no son nuestros para dar. Sos muy joven todavía.
El muchacho mira el anillo, tiene cara de tristeza. La mujer dice:
- Probablemente lo único que ella necesita es tiempo.
El joven la mira, se muerde el labio inferior; parece pensar. Murmura, entre dientes:
- Le dije tantas cosas, fui malo.
- Ayer nevaba. Nevó toda la semana, parecía eterno. Y hoy salió el sol, y los copos de nieve se derriten – le dice ella y hace un gesto, leve. Dos veces, con la palma de la mano, se golpea sobre la falda, suavemente. El muchacho entiende la invitación. Torpemente, con vacilaciones, se sienta sobre el banco de la plaza, y empieza a reclinarse hasta que su cabeza queda sobre la falda de ella. La mujer abre el libro, lee en voz alta el relato de Chéjov. A la tercera página se da cuenta de que el muchacho ha quedado dormido. Sigue leyendo para sí el resto del cuento, hasta que atardece.


III
Vigo, 2004

- Es la última, ¿dónde la dejo?
- Ahí, por favor – y señala un baúl marrón, desvencijado. – Ahí arriba, en cualquier lado. Da lo mismo. -
Cuando cierra la puerta, todavía oye los pasos de los empleados de mudanza por el pasillo. Frente a sus cosas desparramadas por el departamento siente por primera vez el vértigo de estar solo en una ciudad desconocida de un país extranjero. Se toma una taza de café (no sabe igual que en Buenos Aires) y empieza a desempacar. Encuentra algunas camisas, un cinturón, los cables de la pc, la pasta de dientes, un muñequito articulado de Pantro, de cuando era niño; ni señal del control remoto. Cuando da con la caja donde están los libros, entiende que lo primero que tiene que hacer es organizarlos en los estantes. Antes, cuando era joven, escribía. Había pensado, incluso, en ser escritor. Lo único que quedaba de todo eso eran los libros, el placer por la lectura. Tomó un libro al azar (era uno de Pasolini), pasó el dedo por las hojas, sin detenerse en ninguna. Ese amor táctil.
Iba poniendo los libros en los estantes, y la ropa en cajones, y el cepillo de dientes en el baño: había empacado rápido y mal y las cosas se le aparecían de repente, desordendas y caóticamente. En medio de todo el desorden, sintió la embestida. Era una idea. Una perfecta trama para un cuento: la soñó de golpe, entera, como una visión, una profecía. Quedó paralizado, parado en la habitación, con una caja en la mano: el éxtasis bestial de la musa. Qué molesto, pensó al principio. Viene en cualquier momento, despóticamente; no le interesa que esté haciendo otra cosa. Y después se preguntó: ¿cuánto hace que no escribo un cuento? ¿diez, quince años? Tal vez más. No tenía sentido dejar pasar el brote: dejó la caja en el suelo, tomo una hoja y dejó que la idea se adueñase de él, ¿a qué contrariar la dictadura del deseo?
La primer línea salió veloz, la segunda costó un poco más. Trabajosamente, logró cerrar el párrafo. Lo leyó para sí. Sonrió: le parecía legible. El segundo párrafo fue arduo, el tercero, lentísimo: escribía una palabra, la tachaba, volvía a escribirla, dudaba; daba una vuelta por la habitación, miraba por la ventana, el tránsito de la avenida, palomas en la cornisa del edificio de enfrente, y volvía a arremeter contra la hoja. Le parecía, a medida que avanzaba, que el texto se desviaba, que no decía lo que él pensó en un principio. El cuarto párrafo no lo comprendió: le hacía aguas, era sinuoso, ambiguo. Incluso obsoleto, Para el sexto párrafo se había aburrido.
Cerró la lapicera, la apoyó sobre el escritorio. No, no es para mí, se dijo. Hizo un pequeño bollo con la hoja y la arrojó a la oscuridad del cajón de la cómoda. Habría que planchar la camisa, pensó: quería darle una buena impresión al jefe de redacción, mañana, en el periódico. Pero en lugar de hacer eso abrió un libro, uno de Kawabata, y se extravió entre sus palabras. Fue un sueño
lejano, como una dulce y lenta siesta.




fin
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la foto, uno de los libros de Próspero en Prospero´s books, de Greenaway

24.4.07

¿acaso el tiempo hace que lo que pasó no pasase?


En un cuento de Bukowski, la siguiente situación: una pareja (añeja, 20 años juntos más o menos, casi rancia) conversa una noche antes de apagar la luz. Ella recupera un tema que fastidia a su marido, que sólo quiere dormir: un affaire que él cometió. El, harto, le dice: ¡Pero de eso ya pasaron cinco años!; la mujer le responde: ¿acaso el tiempo hace que lo que pasó no pasase?
El cuento sigue su camino, y toma otras direcciones (el homicidio, etc) que no son los de mi interés, que quedó fijado, petrificado en esa pregunta. Si arremeto contra esta hoja, si relaté lo que pasó hasta ahora es porque siento que debo responderla.
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Hago un esfuerzo y me olvido de mí para que, una vez siendo nada, pueda ponerme en mi lugar y sentir lo que hubiese pensado si no fuese otro, y lo que respondo suena, más o menos, así: NO;
el tiempo no hace que lo que pasó no pasase: al contrario, hace que lo que pasó una vez pase mil veces, psicóticamente rebotando en el teatro de la memoria: algo que pasó una vez es algo que pasa siempre, que nunca deja de pasar (sobre todo si nos lastima). Algo que pasó es algo de lo que somos; queda inscripto en algún resquicio de la vertiente por la que corremos, y, subrepticiamente, todo está diciendo, de una manera o de otra, eso que pasó, cada vez, todo el tiempo. Algo que pasó no necesita el esfuerzo de una resurrección: nunca se desvanece (es, y su ausencia es una presencia permanente que la delata y la nombra); en todo caso lo que pone en escena es el simulacro de su desaparición; lo hace para resurgir con violencia, masacrarnos desprevenidamente: es un truco mezquino.
Algo que pasó ingresa en la eternidad más despiadada: no termina, no sabemos lo que puede, ignoramos con qué otras piezas de la realidad puede hacer máquina, desconocemos qué bestias puede alimentar. Deberíamos saber, al menos, una cosa: volverá. Algo que pasó es siempre una fatalidad, algo que pasó es toda nuestra biografía.
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Somos un sótano monstruoso: todo lo que arrinconamos en la oscuridad crece fétidamente, se educa en el destierro y aprende, lenta, laboriosamente, a vengarse. No somos más que maletas de nosotros mismos, con un muerto en el baúl.