16.2.05
13.2.05

Roland Barthes dice que la tragedia es el género más perverso: uno siente placer oyendo contar una historia cuyo final ya conoce.
Yo pienso: ¿no es eso el amor? Uno goza los instantes de una frágil eternidad, sabiendo en algún lado (más o menos callado) que el final es parte de ese relato (y deseando, con más o menos ardor, que algo - mágico - fisure la lógica del cuento y Julieta despierte a tiempo y Edipo se avive un poco y le arruine la vida a Freud).
¿No es así estar vivo: acaso no lleno mi vida de ocupaciones y preocupaciones, no ingreso en rituales, no empiezo juegos y hago frases solamente para desplazar de mí el peso atroz de conocer el final - que todo lo une y todo lo calla?
11.2.05
10.2.05
soñar raro
I
II
III
IV
V
VI
VII
9.2.05

Heráclito revisited
Kawabata escribe:
"El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo."
Dos amantes, divididos por 20 años de distancia. Ella, en un rincón de la lluvia estival, mueve el silencio; Kawabata escribe:
"Al llegar a los cuarenta, la mujer se preguntaba si el hecho de que él siguiera dentro de ella significaba que esa corriente del tiempo se había estancado, en lugar de seguir su curso. ¿O acaso la imagen que ella conservaba de él había flotado con ella a través del tiempo como una flor que avanza aguas abajo? Ella ignoraba cómo había flotado su propia imagen en la corriente de él. No podía haberla olvidado; pero, sin duda, el tiempo había corrido de manera diferente para él. Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, aunque sean amantes."
Yo me quedo pensando....
8.2.05
25.1.05
10.1.05
8.12.04

“Fausto:
(...) Alma, truécate en menudas gotas de agua
y cae en el océano para que no te encuentren nunca.”
La trágica historia del Dr. Fausto; acto 5, escena 2
Cristopher Marlowe
“Del montón de barro que cubre a Emilia siguen fluyendo las lágrimas, que ahora son un verdadero arroyuelo, y el charco que han formado va agrandándose.
(...) uno de los obreros lo ve, se detiene, y lleva hasta él al herido (...) lava con esa agua la herida de la muñeca y la mano de su compañero.
Pero no bien el agua empieza a lavar la sangre de la carne, empieza a curarse la herida; en pocos instantes, el tajo se cierra y la sangre deja de correr.
(...) ese charco que brilla inconcebible bajo el sol.”
Teorema, 16
Pier Paolo Pasolini
"A través de mis lágrimas cuento una historia, produzco un mito del dolor y desde ese momento me acomodo en él: puedo vivir con él, porque, al llorar, me doy un interlocutor enfático que resume el más verdadero de los mensajes, el de mi cuerpo, no el de mi lengua :
Fragmentos de un discurso amoroso
Roland Barthes
- Habré de entenderte cuando tenga un hijo. Pero vos ya has sido hijo: ¿por qué no me entendiste nunca?-.
El padre [1] deja el cuarto y los ecos de la puerta estallada aun restan en las pupilas de ella, que ahora, cerrada sobre la almohada, llora. (como el autor, pienso tal vez que podría hacer una ostentosa metáfora con su llanto, pienso en lluvia, en rabiosas tempestades, en cosas saladas; me decido: ¿para qué la orfebrería?) Ella[2], todavía, llora. Moja la almohada[3] y su llanto es lento, musical. Su llanto conjuga el dolor en la carne. Parece tener frío: ella es un ovillo de nervios recogido sobre sí; pareciera una gaviota herida acurrucada inerme al costado de los vientos, con su llanto como talismán. (mi preocupación es otra: ¿qué hago aquí? ¿por qué narro estas cosas? ¿ quién es esta muchacha que aparece -empapada- en mis hojas?) Ella, desde luego, llora; una oración elevada a ninguna parte, grito afinado por el instinto, desnuda tempestad íntima de sentidos que estalla el alma, irrupción brusca de una animalidad que rasga las ropas urbanas para decir el más verdadero de los lenguajes[4] - el fisiológico -; furiosa seda que se desliza como un idioma furtivo, exacto: el llanto sabe antes que nosotros; y mejor. (yo agradezco no estar en esa habitación: no se qué hacer con el llanto de los otros; soy solamente un par de palabras inútiles, una superflua colección de reacciones lógicas, ajenas, y el llanto no requiere palabras ni explicación; es brusco, violento, poético; nada puede decírsele a un llanto, no hay respuesta que se pueda articular: es implacable) Brillan sus ojos empañados, que ahora fijados en el techo solamente ven nada - un tumulto de niebla, cóctel desprolijo de penas-. (¿qué imágenes recorre ella en este momento? ¿cuales son los colores que la atraviesan? ¿qué metafísica, qué indigestión hace de ella un trozo de vida tiritando de frío? ¿debo especular, falsearla?) No se seca los ojos, y sus lágrimas se lanzan estrepitosas por el acantilado de sus mejillas: sus gemidos no riman: el llanto es la poesía sin artificio. Ha gemido todavía un poco más -fiera herida-, unas sílabas empantanadas. Ella, su llanto[5]:
es a veces el verbo mojado que mece su piel,
es a veces el ritmo tibio de la marea que orquesta su desolada mirada prendida de la noche abierta,
es a veces el espacio ciego
entre el deseo mudo de miedo y el objeto del deseo brillando -indiferente-
es a veces una ciénaga de pastillas que adiestran el pulso rojo
es a veces una flor incendiada en el centro comercial de la ciudad
es a veces murmullo de cristal tirante que vibra al ronroneo de la lluvia
es a veces indómitos corceles desatados como una tormenta
es a veces la grieta de un alma callada en niebla
es a veces ...
(es a veces un solo nombre, indeleble: mi repaso de ayeres que no han sido)
es a veces metálico como un ritual epiléptico,
tributo cansado en los altares dorados del dolor;
una furia santa que - como un accidente - amanece
es a veces las veces que el destino trazado por la pluma onírica se te vuelca encima como una fiera, vuelto laberinto
es a veces una mariposa abismada, una silenciosa perla
para la que derramarse es como un grito de fierro
que suspende la conciencia –tanta fiebre de estar vivo-
es a veces
es a veces un duelo azul de sensaciones encontradas
es a veces un diluvio vano,
un reflejo romántico,
un vago despojo urbano,
es a veces una música encantada,
y lo conmueve
-colonización sensible de la dirección de la sangre: amor una efervescente temperatura que moja a su adversario;-
pero pareciera un grito
warning: se sugiere al lector que las notas al pie sean adheridas a partir de la segunda lectura (idealmente a partir de la octava, pero comprendo el vertigo de estos días); durante el primer encuentro con el texto resultan prescindibles (y direccionan hacia una confusión irreversible con efectos secundarios como calvicie súbita de perone)
[1] enorme, de mármol, altísimo en su postura de amo bajo sus dominios proletarios que simulan las rodillas gastadas del reptar instruido, civilizado.
[2] “Nadie lo (/la) vio desembarcar en la unánime noche (/cama de niña burguesa vuelta murmullo)”
[3] “dream theater”
[4] claro: Barthes
[5] ¡la orfebrería!
[6] resulta imprescindible la confección de un estudio sistematizado del grito: quién grita, desde qué figuras discursivas grita, texturas del grito, unidad del grito (cada ser posee un solo grito, que es interrumpido por la existencia? la humanidad posee un solo grito, y sus componentes lo articulan variadamente? armónicamente, azarosamente?), lo natural del grito, lo cultural (grito como primer paso hacia la comunicación, a la constitución de una lengua o el grito como composición fónica de una lengua para expresar lo inexpresable: símbolo de la lengua que comprende aquello que excede lo civilizado; percepción del lenguaje sobre sí que admite como imposible de erradicar absolutamente el brote instintivo) significaciones, resonancias, empleo, funciones y usos del grito a lo extenso de la historia para delimitar los matices generales que permitan asimilar el grito; y etc.
[7] nunca, nunca.
[8] llorar es siempre estar solo: la pose misma es ya soledad; las lágrimas dividen al cuerpo mojado del resto del universo, lo aíslan cubriendolo con un manto de sal: las aguas que caen alrededor vuelven a quien llora una isla. el llanto es un mecanismo de apertura extrema del yo íntimo: este yo ocupa toda la posible visibilidad de quien llora; el llanto es ensimismamiento: un bombardeo de luces sobre el inconsciente.
[9] la pérdida de la pose por acto violento puede llegar a concretar la expresión del yo –un yo que se ha expandido- íntimo, natural. pero claro, vía Pasolini es comprensible que la domesticación ha penetrado los huesos y la segunda naturaleza –el desierto, la modernidad- reproducen aun la voz que hierve del instinto. ergo: la catarsis expele la cultura misma; la salida está (¿está?) en otra parte (¿pero dónde?).
[10] yo no lo dije antes pero bien entiendo que ha sido una torpeza: la cara de ella es pálida. la luna es un espejo velado que ya ha acariciado su melancolía, enverdecido sus ojos y peinado, en las noches inmensas donde el tiempo se bifurca, su honda tristeza, su desencuentro. yo no lo dije porque no lo sabía entonces: ahora entiendo que esta muchacha aparecida en mis páginas es la misma del poema en prosa XXXVII de Baudelaire. yo no sé bajo qué otras letras habrá estado todo este silencio.
[11] ¿son cosas diferentes?
[12]
“(…) Your monument shall be my gentle verse
which eyes not yet created shall o´erread
and tongues to be your being shall rehearse
when all the breathers of this world are dead.
Shakespeare; soneto LXXXI, verso 13: You still shall live –such virtue hath my pen-
Where breath most breathes, even in the mouths of men”
4.12.04
¿Y si alguna vez sucediera algo? ¿Si efectivamente alguna vez
pasara algo trascendental, que
distorsione mis maneras sabidas, los días
iguales a los días,
mi madera podrida intacta?
Mientras tanto, habré de seguir
contando
granos de arena, gotas
de lluvia, colores en el pulso, sábados,
amantes en el catálogo de humedades
de las sábanas vacías, líneas
en la piel que me delatan, insomnios
que quisiera no merecer,
diminutos rastros de humanidad estancada,
escindida,
roncas ajadas páginas; yo
(98)
Mandar y obedecer son lo mismo.
La tentación por el poder (y su consecuente corrupción) es el explícito derivado de haberse rendido a la dialéctica del amo: es decir, haber obedecido, haber hecho culto de los roles, haber - acaso secretamente – reproducido la putrefacta cultura del esclavo.
Pero, nunca olvidar la trampa: mandar es ser un esclavo: se requieren aquellos que obedezcan para efectivizar el rol. Quien manda se somete no solamente a una cultura, sino también a aquellos a los que ordena, pues son imprescindibles para que su rol sea legitimo, y permanentemente legitimizado (actualizado).
El poder esclaviza: no importa quién lo detente.
(en este momento un policía impide a un muchacho la siesta en un parque. Siento pena por el policía, su función, su símbolo, su subordinación y toda la civilización. Pensar que hemos organizado las naturalezas y estructurado todos los recintos del día para lograr que los parques sean protegidos del sueño de cualquier pasante. Como si todo complotara para cerrarnos en la vigilia... ¡qué inmensa tristeza!)
13.10.04

En un bar, en la esquina de la facultad de letras, reposo un poco del agobio, con un café sobre las "Sombras breves" de Benjamin. Me sorprendo mirando a un hombre: no logro decidirme: ¿me parece conocido o me parece atractivo? Enunciado esto, siento la herida: ¿acaso no se trata de la misma cosa? ¿aquello que nos atrae - como fuerza que no concientizamos - no es precisamente eso que nos resulta vagamente, innombrablemente familiar?
Esta cercanía como sensación (por completo etérea) halla en un cuerpo extranjero una identidad - con la íntima esencia -. El amor, entonces, como una suerte de regreso - ¿hacia donde? hacia uno mismo: lo pasado -.
Mi deseo se orienta hacia un territorio, que si bien extraño, siento, a medida que avanzo, como si lo reconociera.
No me atrevo a postular una teoría - después de todo, esto puede estar pasandome solamente a mí -.
(ahora: ¿qué es esa vanidad que sugiere que algo puede pasarme solamente a mí?: delirio de unicidad)
Es la sensación de desde siempre. Hacia los extraños que me atraen siento que me vincula un pasado que nos trenza - pero es un pasado inaccesible para la imagen: lo percibo si no me lo pregunto, y si lo busco lo perdí: un poco como San Agustín y un poco como Orfeo -.
En el amor - ese accidente, ese cruce -, cuando mujeres confundieron su deseo en mí, nos dijimos cosas (como quien cambia figuritas). Que uno está bien con el otro, que se siente cómodo, que lo quiere, que le agrada compartir la vida, que "siento que te conozco desde siempre".
(lo inverso del vínculo familiar: cuerpos ajenos - y distantes de mi manera de vibrar - se me hacen conocidos por obra de la cercanía, de la costumbre: por haber estado alrededor mucho tiempo, o por imposición de títulos nobiliarios "andá, saludá a tu tío" -)
Anclado en este bar - un bar siempre es estar afuera, estar desencajado, fuera del sistema, bajado del flujo: la vida por la vidriera, pasando - entiendo el desfasaje. Allí donde deseo siento una calidez familiar, pero sé que no he estado allí: la reminiscencia de donde no estuve.
¿Será el pulso de mi atracción una de las formas de la nostalgia?
No sé y no sé.
Hace poco - por algún costado todavía sangro - me he salido de una relación de tres años. Yo sentía el cuerpo de esa mujer como un templo, como mi hogar. Allí, en ella, yo estaba en casa y las cosas en su sitio (me acuerdo de que era fácil vivir). Cuando nos separámos volví a mí un poco desencajado. Al tiempo, la encontré en la calle o en un teatro (como si efectivamente hubiera diferencia). Y ya no pude verla: era otra (de fondo, los primeros acordes melancólicos de Dos extraños): las cosas que me decía yo no podía identificarlas con la mujer que compartió mi vida aquel tiempo. Yo ya no la quería: no la reconocía; todo lo de ella traicionaba la imagen que yo había amado. Su manera de hablar, sus modos frívolos, el vacío sentido que comunicaba, su ropas vulgares, todo trabajaba contra mi idea de ella. A pesar de haber pasado junto a ella 3 años no teníamos un lenguaje que nos identificara: incluso los detalles del pasado - las cartas, las fotos, los regalos, la memoria del sexo, el hueco de su figura en mi colchón - me parecían cosas que le habían pasado a otro: llegaban a mí solamente como un film viejo.
"Las cosas que eran nuestras me parecían en su boca no nostálgicas, sino paródicas, doctor".
(Hace dos semanas conocí a una mujer. Tres veces nos encontramos. Siento, otra vez, el desde siempre: siento que la entiendo y que me descifra: me pregunto si la familiaridad latente en el objeto del deseo no es el deseo de familiaridad: porque te quiero - porque te quiero querer - construyo la ilusión de la familiaridad: solo así puedo romper el hielo hacia el otro: izar el puente; si sos extraña, no puedo darme a vos; por eso de tu silencio tramo una calidez, una correspondencia conmigo: es como una música
Pero, si es así: ¿hasta qué punto no es una farsa, una mentira que orquesta mi necesidad?)
No me quisiera apartar de mi tema. Quisiera saber si el sistema de atracción está organizado por reconocimiento (vago); como el conocimiento platónico: si conocer es recordar, ¿acaso desear no puede ser la percepción de una plenitud perdida y nunca jamás actual?
¿El deseo como actualización del yo escindido?
Solamente puedo especular a través de ejemplos, de literatura.
5.10.04
15.9.04
8.9.04

Bajo Fondo
En mí los rasgos de una antigua, recóndita perversión – de literatura y escenificación: “soy distancia (de mí) y puro artificio; vacío donde caigo, derramado y sin suelo” -.
I
Casualmente- porque soy demasiado perezoso como para investigar a mis amantes – encuentro cartas comprometedoras. Voy caminando por las cornisas cotidianas y de repente, en el rincón menos pensado, un bulto inquieto llameando, pidiendo. De inmediato, más allá de la molestia – desequilibrio- que es sensato sentir mientras leo esas palabras, noto en mí como un goce: sé que estoy contemplando una literatura clandestina – específicamente clandestina (para mí: como cuando vírgenes leían Sade) -.
Termino de leer las cartas: conformo un escenario como si las cartas fueran piezas de rompecabezas – el celoso siempre piensa que las evidencias que encuentra (o inventa) son vestigios de una figura que cierra en tragedia -. Reconstruyo los momentos en que mi amante no está conmigo (momento que de alguna manera coinciden con la génesis, el ecosistema de la escritura de las cartas); leo: “te paso a buscar a las 3 y tomamos un café” o “tu mano extranjera recorriendo mi espalda”. No me gusta lo que reconstruyo, pero es un delirio inevitable (también un goce: me satisface mi inteligencia; aun cuando la confirmación de mis sospechas constituyan el terrible naufragio: el -no deseado- final).
Pienso en enfrentar a mi amante. Pienso en su sorpresa, en mi superioridad: que es también mi fracaso. Pero esto es meramente furia, infantilismos. Después, pienso que es natural que ella tenga sus tentaciones y sus aventuras: nadie puede colmar absolutamente el deseo de un cuerpo[1]: la estructura social nos fuerza a que la elección de un objeto de deseo implique la negación de los otros. Pienso que el error no está en que mi amante tenga una vida que me exceda: el error es haber encontrado rastros de ese placer que no me contempla (ese es su error, su imprudencia; o su perversión, su malicia).
II
Cuando hablamos, ese mismo día, de cosas normales, yo pienso en las cartas. Decido no decirle nada (y no es sencillo dejar de llover signos). Lo decido por muchas razones: organizar ese diálogo implica mi debilidad, implica que he hurgado allí donde no debía (aun cuando mi tropiezo con las epístolas incomodas fueran casuales); todo esto puede traer consecuencias irreversibles. Además, no tengo derecho a hacerlo: solamente podría acusarla de imprudencia – dejar que yo me entere de su placer sin mí -. Ella respondería:
1 que yo, ilícito, he profanado su intimidad (victimización del culpable).
2 que yo no he sido tan prudente tampoco (espejo).
3 “Tenés razón. Me equivoqué. Chau. (tragedie: porque el microcosmos de estabilidad de enamorado puede disolverse en la promesa de cada segundo nuevo)
III
Paso a otros temas, me comporto como si fuese un día cualquiera. Sin embargo, no olvido las cartas. Por un instante, deliro: el otro hombre firmaba “Gris crónico”. Yo, de repente vuelto Hamlet, sueño escribir una obra de teatro, dar ese nombre a uno de mis personajes - ni siquiera me importa que se trate de un nombre horrible-, brindarle un contexto donde las identidades quemen. Vislumbro las rasgaduras en el rostro de mi amante cuando presencie la escenificación de mi depravación. Imagino su vergüenza, su miedo, el vértigo bajo sus párpados, su mirada insegura: yo le devuelvo una mirada inocente, serenada: ¿qué te pasa, mi amor, que estás tan pálida?
(soy como quien gustoso entraría en la muerte si le es asegurado que podrá contemplar el llanto que por él derramarían: el último narciso)
V
Eventualmente, pierdo esta idea y sigo mi vida - requeriría demasiado esfuerzo llevarla a cabo y tanto no me interesa -. Todos los detalles del tiempo de una vida se van acomodando en un monocorde tono gris, y no es mucho lo que uno efectivamente sigue: las cosas siguen solas, y apenas si nos llegan algunos ecos de lo que va pasando, como si le sucediera mi vida a otro: el Yo reducido al film que, un poco, aburrido contemplo.
(Pero: yo ya he escrito este texto; jugando a ser el demiurgo de mi pena, lo he sido dos veces. Ya nunca salgo del texto.)
28.8.04
26.8.04
24.8.04
Equilibrio distante
Serás en mí la callada, la brisa encendida, la siempre ausente,
la pesada lagaña cansina que recomienda
el sueño altísimo como desatino y enmienda
a la cruda certidumbre de que vivo, de que hay muerte.
Serás el incierto vapor alcohólico de la madrugada,
lo que pudo ser y no ha sido,
los pliegues cerrados del destino,
como un cáncer la marca de haberte visto; la indeleble llaga.
Cada silueta de la niebla, cada puerta que no abra
será la precisa y será la tuya, cada ambiguo recodo
de ceniza y de sombra; registro sutil de los despojos
del día que el tiempo concilia con el polvo, con la nada.
Sólo soy un idioma furtivo, una cosa pasada entre tus rojas cosas.
Y vos un poco de ídolo vacío donde la penumbra se demora.
(12-2-003)
- el amor de mi vida,
- nos casaríamos
- y tendríamos hijos (pero quién en su sano juicio puede querer hijos, quien que no sea uilizado como recipiente por la nauraleza)
- o recorreríamos el mundo tomando fotografías de nuestra dicha,
- o sería simplemente una preciosa y bestial noche salvaje,
- anecdótica.
Clichés así: la imaginación calza en estructuras; sueño categorías donde ingresar (porque estoy solo, porque no pertenezco). Cada una de esas cosas es efímera en relación a cómo su sombra, su delicada figura incierta se iba acercando cada vez al caprichoso deseo que me nacía en determinado momento para morir en las orillas del deseo concretado, del éxtasis pasado; y regresar - diferente y precisa - cuando la cadencia de mi soñar la reclamara. No recuerdo qué respondió. Inventé una excusa, y colgué. Por las dudas, los martes de madrugada, si suena el teléfono, subo el volúmen de la música y hago como si no supiera. Miro por la ventana, pensando cual de todos los espectros porteños será el de ella: sueño otra vez.
23.8.04
16.8.04
Me pregunto - desestabilizo -: ¿qué es lo que hay entre texto y texto?¿qué es lo que sucede en ese mágico intersticio que cualquier lector siente como un vacío divisorio, una respiración, una supervivencia (de la virginidad) del papel?
Me respondo - porque llueve y hace frío, y no tengo dónde llegar -, alternativamente: nada y mi vida.
. . .
Y ninguna de las dos respuestas es injusta o falsa.
21.7.04
mitologías
un hombre se hartó. Corrió las avenidas en las horas pico hasta que se le gastaron las suelas. Por la noche, lloró
Yo quisiera un poco así. Pero soy - sigo siendo - el que cuenta la historia. (Aun cuando sea mi historia; no importa que no la entienda)
15.7.04
En el colectivo, de regreso a casa. Venía del centro, de un embotellamiento, de no llegar a ver una película japonesa. En los viajes, suelo leer. De algún modo, siento que la lectura me justifica, sino a mí, al menos al viaje. Que el hecho de desplazarse signifique una postergación de la existencia me parece un vacío terrible, devorador: siento los rastros del tiempo en la carne, los veo diluirse en vano: es culpa mía, por haber aceptado el sistema sexagesimal. Lo cierto es que la mayoría de la gente cae en una suerte de letargo cuando se transporta a lo extenso de la ciudad, y literalmente muere: quedan sus cuerpos vacíos como apéndices inútiles del pasamanos, pendiendo al ritmo hostil del empedrado (en el tren hay un signo más explícito: el monótono ruido de la locomotora reemplaza el latido de los corazones de los transeúntes y los coordina en un solo, mortuorio golpeteo). La voz de una mujer me saca del “Diario en Moscú”, de Walter Benjamin. La mujer habla con el colectivero, le dice que no tiene dinero, le pregunta si puede pasar. No tenía apariencia andrajosa, pero sí humilde. El colectivero, áspero y enfático, clama que no, le abre la puerta, le dice que se baje. Ella quiere explicarle, lo hace en tono bajo, herido. Es un ruego suave, como de quien sangra, lentamente, y siente la vida mecerse hacia la lejanía.. Como el colectivero ha clavado el colectivo, e insiste que se baje, ella dice que no, que no se baja, que no puede. Su tono no es imperativo. El colectivero, ya grosero, brusco, dice que no le importa, que se quedará allí quieto si es preciso, le pide que no lo comprometa, que él es buena persona, que se ocupa de lo suyo. En esa frase yo quise trompearlo. Ella calla. Tendría unos cincuenta y pico de años. En los ojos, en las maneras de las manos se deja ver su humillación. Tres, cuatro personas de las que están sentadas adelante reúnen la efímera cifra de 80 centavos y se la dan al colectivero. En una primera instancia, yo pensé escribir que había colaborado con esa suma. Lo cierto es que no puse un centavo. Se organizaron rápido, consiguieron de inmediato el dinero y yo persistí en mi postura distante. No sé qué nombre ponerle, pero nunca me siento interpelado por los llamados de la sociedad. Nunca sentí que yo era parte de algo. La mujer, cuando le dicen que ya tiene su boleto, que ya le han pagado al colectivero, llora. Un llanto muy lento, y en seguida reprimido. Agradece, agradece mucho y el resto del viaje es tentada por excesos místicos: cada tanto grita, agradece al pueblo y alecciona al colectivero sobre causas sensibles. El colectivero, ni bien la cifra fue abonada, enmudece. Yo quiero volcarme sobre el diario de Benjamin, porque su debilidad por Asia me conmueve. Pero también deliro otras imágenes que me confortan: que me acerco al colectivero, le digo que es un mal tipo, que discuto con él y lo humillo con mi retórica, que el tiempo retrocede al instante de la colecta, y yo me anticipo, entrego el dinero –¿qué significan 80 centavos para mí?- y le explico al colectivero su propia mezquindad. Para que estos fantasmas de lo que no ha sido no me ahoguen, los escribo: los delato. Me hubiera gustado decirle, mientras me bajaba, siquiera algo mínimo. Apenas atiné a mirarlo severo, y creo que el colectivero ni siquiera reparó en mí. Lo cierto es que bastó una cifra tan modesta como 80 centavos para que ese hombre revelara su oscuridad, su lastimosa piel. Es posible que ya fuera antes un ser mediocre, opaco, penoso. Pero fue preciso ese episodio para que a los ojos de varios transeúntes se delatara. No es la cifra, ni tampoco es el hecho: es su símbolo. ¿Qué le habrá sucedido a ese hombre para olvidar que el otro –esta vez esa mujer- es igual a él, es su propia imagen desdoblada en un determinado tiempo y espacio, en un escenario preciso que la resuelve despojada y desvalida, en un momento en que precisó ayuda –y encima una ayuda tan barata-? A estas horas ya es una máscara más, una mueca vencida que recorre Buenos Aires, confundiéndose en el vértigo urbano. Yo hubiera querido decirle estas cosas y algunas otras. No me consuela este texto. Pero entiendo que es un paso. ¿Hacia dónde? Hacia mí. Es un paso hacia mí para saber o pretender que no estoy seco.
Yo no suelo detenerme en el innumerable presente. Es nunca susceptible de comprensión, y generalmente sus figuras me son frugales: carecen de la niebla y la mística que el cruce del río del tiempo le agrega; las cosas son demasiado precisas, hacen ruido, son noticias.
Sin embargo, en el tiempo de mis días le he dado siempre vital importancia a ese lenguaje del alma que son las lágrimas: se sabe, yo siento que las únicas verdades asequibles son las enunciadas fisiológicamente en un idioma que es preciso aprender a leer. Por ese muchacho hoy roto he llorado yo sobre mi cama sin saber por qué lloraba. Nunca lo ví, ni siquiera habitaba el espectro de espectadores que consumían su figura pública. Siempre me cayó simpático, siempre lo sentí cerca; no quiero, de todos modos, ofrecerme sentimental a los delirios de proximidad que los medios erigen, generando la ilusión de acercar al ciudadano tipo a la farándula, a las celebrities.
¿Importa que mi llanto sea motivado por razones banales? Me parece más interesante interrogar esa mojada sal: hundirme en mis vetustos mecanismos para ver si entiendo (como Barthes: abro un reloj porque quiero comprender - hacer mío - lo que es el tiempo, esa ceniza).
Algo me deja irremediablemente triste en esa partida, que no puedo sino entender como prematura –aunque la senda del destino sea inescrutable y las cosas suceden en su tramado sitio. La anécdota es ya distante; y sin embargo, de vez en cuando me acuerdo, como dudando. Si escribo estas palabras, es precisamente para encontrar aquello que ha vibrado en mí, para que no se disuelva entre las tandas publicitarias.
10.7.04
¿Qué clase de vigilancia de mí puedo hacer con estas letras? Tengo nada salvo lo que he olvidado. Todos mis pasos, y aun cuando callado, me alejan del entramado social. Mi soledad se ahonda en las noches quietas. No es casual mi desesperación, no es casual que ahogue el vértigo en literatura. He versado sobre mí todos mis escritos de intención fantástica, y todo lo que he develado es incertidumbre, furtivas huellas en la marea. Después de todo, ¿qué se puede decir con palabras? ¿Acaso las palabras pueden decir algo, realmente (algo más que palabras)? Han sido siempre intercesoras; siempre son la ronca capa de hielo que contorna aquello que quisiéramos nombrar. Ya he aprendido que nada es nombrable. Mis ejercicios literarios, mis esbozos poéticos, mis delimitaciones del yo y mis retratos del llanto o del silencio apenas intentan rodear aquello que quisiera decir - pasar cerca, insinuar, ser el artífice de un roce -. Las palabras no son, no dicen. Pero un cóctel de palabras puede tramarse para transmitir la síntesis de un emoción. Toda aprehensión es perpetrada por el inconsciente. Yo no sé a que particular factor químico obedece, pero algo resplandece en el lector cuando es rozado por esta síntesis. No podrá, esto es claro, nombrar nunca esto que padeció. En todo caso, rodeará esta síntesis contra otras palabras, agregará a la síntesis algo suyo; y allí tendremos un crítico.
17.6.04
"Una tarde - se había secado el minutero del reloj y mis pasos pesados de otra derrota cotidiana. Tenía que haberse abierto la primavera ya y la brisa era un velo tibio que acomodaba las desparejas figuras de mis contemplaciones a una exquisita vibración que complacía el dictado de mi deseo - de aquella parte que no sé nombrar de mi deseo.
No quiero beber esta escena ni la tinta de mi etilográfica- pero no me molestaría dmasiado esta niña / camarera que tiende una coca cola sobre mi descanso y mi mesa -;(...) ni siquiera se me antoja parecerme a Whitman, a Frost. Solamente decir un poco. Sobre San Telmo fue a dar mi errático paso; y este empedrado desprolijo me agrada y enjuaga de un zarpazo el progreso de mis pestañas quemadas. Acepto, mientras las antiguas casas bajas reciben mi sonrisa, que he conducido mi vida de una manera errada, como cualquiera de las otras maneras. Aceptaría de mejor manera que esa camarera me mienta.
(...)
A game with time
(...) Ahora tomo coca cola, ahora todavía no he decidido el bar donde detendré mi cansancio, ahora un colectivo me arrastra hacia la noche, ahora deseo a la camarera y ella – que lo sabe- construye una fatal sonrisa divina que me colma y me hiere, ahora, náufrago entre mis sábanas, sin ojos todavía me pregunto qué será de este sábado que aun sin mí ha comenzado y seguirá, ahora escribo estas líneas desprolijas, ahora un invierno hace siete años (aliado a una mujer) me desfigura el corazón para siempre, ahora compro en el mercado central un libro de Carlos Fuentes al insólito precio de 1 peso y con lástima tierna miro a la anciana vendedora que me sonríe tiernamente, ahora otra vez, sobre estas letras que corrijo y tecleo, pienso qué habrá sido de esa anciana, qué le habrá pasado como para tener que deshacerse de todas sus pertenencias a cifras desesperadas, (...) ahora tengo 11 años y tropiezo con un libro de cuentos de Poe, ahora han muerto todos a quienes una vez quise y ({ilegible}) yo ya estaba perdido, ahora regalo ese libro de Fuentes a una amiga ahora ha muerto, con la sangre seca, una madrugada vacía, ahora escucho a un sacerdote profesar verdades cristianas que solo clama porque ahora mi padre le cierra la mano con 50 pesos de coima, ahora saco cuentas: 50 libros de Carlos Fuentes, ahora no he nacido y mis padres, que no saben que serán mis padres, que no saben que enredarán un ({espacio en blanco en el original}) que ahora se rompe en pedazos, conversan sobre un escalón de Ramos Mejía y no se dicen que se quieren todavía, ahora, alguien lee estas palabras impresas en el eventual olvido, ahora amo con toda mi sangre una imagen fantasmal que el cuerpo de la mujer que coincide con esa imagen no puede ofrecerme, ahora, no sé para qué, he nacido y después quizá haya sido lo mismo si nací o no, ahora (...)
Corramos la ilusión del tiempo. He sido yo quien pasó por todo eso: organizarlo sobre un calendario es tan justo como creer que simultáneamente han sucedido todos los hechos de mi vida; en un solo instante del mundo mi vida desplegó sus vértices, incluso en aquél que la venció.
Ya el sol no roza los bajos techos porteños. Anochece. Siento haber perdido las posibilidades de la tarde en esta esquina haciendo vanidosa literatura sobre lo que no supe ser o lo que no debí haber sido: barata apología de mí. Todavía resta algo de bebida: leeré un poco a Fuentes; y quien sabe: acaso la camarera cruce mi mirada algunas veces más y yo pueda soñarla; así me deleitará más el dolor que siento ahora, cuando dejo algunos billetes sobre la mesa y regreso las calles, solo."
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Nota:
A mí el texto no me resulta particularmente memorable. Su experimento narrativo es de una estética deficiente, la rima desquiciada que ejercita demanda el inmediato hastío, las necesidades de reciprocidad carnal son vulgares y demasiado evidentes; y el carácter difuso del “ahora” es un tópico harto transitado por las literaturas. Sí me parece interesante el self-called Un experimento con el tiempo, para enfatizar que toda significación posible mana exclusivamente de su contexto -que decir es la creación de un contexto-. Las palabras son peones vacíos, utilitarios para la construcción de un contexto, de un sentido tal vez irrecuperable. Ese “ahora” repetido frenéticamente por el narrador, es el mismo y cada vez diferente: se ha volatizado. Es posible que su valor literario sea escaso; yo pasaba por la esquina de Humberto 1” y Bolívar cuando una servilleta se volaba de una mesa vacía: aterrizó unos metros más adelante, y cuando pasé cerca noté que estaba escrita. Fue un souvenir de la tarde. Me pareció que no merecía el basural como formato del olvido. Lo he pasado a bytes, intentando descifrar la arácnida letra y manteniendo todos los gestos del original. Más justa me parece esta forma del olvido, esta página, sofocada dentro de algún volumen repleto de tantas otras páginas, en algún cementerio travieso que decimos biblioteca.
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7.6.04
"Si aceptamos un principio teológico, no es arduo comprender que los pasos de la humanidad son de una progresiva decadencia. Basta lidiar con el origen, el origen divino. Un Dios construye un hombre, trama sus formas, dilata la tarde, que ha sido creada por él hace poco, en limar esa partitura de barro. La distancia del hombre a Dios nunca fue tan grande como hoy, no será nunca tan vasta como mañana. Acaso esa sea la oscuridad. Cada vez nos alejamos más del principio celeste. Resulta evidente que esta distancia equivale a perdición, este abismo es proporcional a esa lejanía. Somos la deformación de siglos (soy la deformación de un siglo sobre otro siglo etc). Tal vez hubo una vez un hombre perfecto (¡perfectamente aburrido, estático: hombre que ha sido todos los hombres si los hombres son el conjunto de meros actos!): seguramente el más cercano a la divinidad. Con tantos pasos en el desierto de vidrio nos hemos desfigurado. Al camino que dejamos atrás lo delata la sangre. Un hilo de sangre desde el principio de los tiempos hasta nuestros talones. También de mí estará hecho ese hilo alguna vez. Yo no me atrevo a desandarlo, pero ¿alguien se atreve? Quien sabe lo que aguarde en el principio; después de todo, Ariadna era una brisa en un momento de asfixia o de impaciencia, de necesidad: nunca la quise tanto.
Pienso esa arcilla de la divinidad como un espejo roto. Tal vez al principio estuvo sano, entero. Luego, se quebró. Y nadie sabe por qué, o culpan a otro. En vano los intentos por componer la imagen. Cada movimiento del intento nos corta, me modifica. Somos otros, la imagen primera es inaccesible. Nuestro reflejo es de una distancia abismal. Si logro componer ese espejo (yo soy todos, yo soy los otros, yo soy mi parodia) veré otra cosa. Ese reflejo seré yo, si sobrevivo a la visión completa de mí – si la verdad no me mata; podré dar recién algún paso cierto dentro del insondable laberinto, sin salida, ni minotauro, ni laberinto. Podré seguir muriendo. Esa gloria no es vulgar."